Otra agotadora función había concluido para Doble D, quien ahora se hallaba con la cabeza recostada en sus brazos sobre la mesa negra de roble del vestidor. La capa negra descansaba suspendida en el colgador, a su izquierda. El ropero se hallaba a su derecha, ostentando en cada compuerta un espejo común y corriente a su medida que el paso del tiempo se había encargado de desgastar.

Desde que adicionó a su espectáculo la muestra de las bolas de energía, sintió que todo había comenzado a ser mas agotador. Mediante un proceso que desafiaba a varias leyes de la Física y la Química, Doble D lograba transformar la energía interna de sus moléculas en energía con luz, visible y cuyo fin no era mas que el de embellecer su espectáculo y deslumbrar a su audiencia, pero a costa de quemar calorías en gran cantidad.

Como fue algo que había logrado dominar muy recientemente, todavía no conseguía llegar al final del día sin terminar exhausto. Y no es que no le gustase su publico. El les era devoto y creía que sin ellos el no seria lo que es hoy, pero vamos, todo tiene un limite, en especial su poder.

No obstante, lo que se llevó las palmas de los adultos mayores, los chiflidos de los chicos y los suspiros de las chicas no fueron las bolas de energía. Fue una rosa. O mejor dicho, fue habérsela obsequiado a esa chica. Eso fue aun mas inédito que su truquito de las bolas, o al menos lo fue para él, porque con o sin magia nunca antes lo había hecho. Fue una reacción que había surgido en el momento. El la vio allí, sentada en su banca observándolo fijamente, dando la impresión de estar explorando mas que sus manos, y entonces, por algún motivo que va mas allá de la magia, él no pudo contenerse. Luego hubo uno que otro contacto visual y entonces la función terminó entre aplausos. Ella no aplaudió. Y así como el entró al escenario, se fue por el costado, siguiendo el protocolo. Luego las luces se encendieron y todos se fueron.

Lo que no le gustaba de esto es el inevitable hecho de que, por mas que no le guste reconocerlo, esto no pasaría de una simple anécdota. En estos momentos, ella debe estar regresando a su casa, tal vez ya sin la rosa. Debe estar enviándole mensajes a su novio sobre lo que acababa de vivir hoy. Quizá algún reproche sobre el detalle que el mago tuvo y su novio debería tener alguna vez. Ni siquiera sabia el nombre de esa chica, y como mucho solo había participado en su vida como una simple anécdota para contar.

En ese momento se escuchó un golpe seco en la puerta. Y luego otro. Y luego silencio. Y luego...

La puerta se abrió tan bruscamente que la perilla choco contra la pared de madera. Doble D ya se había levantado de su silla, asustado.

—¡Tú!

Por un momento creyó que la imaginación o el cansancio le estaban jugando en contra. Se talló los ojos, y comprobó que estaba equivocado: era ella.

—¡Tú! ¡Estafador! ¿Cómo rayos hiciste para mover esta rosa? —interrogó Marie blandiendo el regalo.

Tardó segundos en reaccionar. Bajo la cálida iluminación del vestidor, su piel libida reflejaba el amarillo de las luces, y también se le podían ver las pecas. En el escenario, apenas y pudo notar que su color de cabello era azul. Ahora puede hasta ver el color de sus ojos, y la expresión en ellos. Su belleza era tan deslumbrante que intimidaba, y mucho. Y Doble D supo que de ninguna manera se habría atrevido siquiera a acercársele si otro fuera el contexto.

—¡Te estoy hablando!

Doble D dio un respingo.

—¿Se-señorita, que...?

—Tienes hilos, ¿verdad? Abre la boca —Marie se acercó a él con paso amenazante.

—Pe-pero... —Doble D retrocedió.

—¡Que la abras, te digo!

Doble D detuvo las manos de Marie antes de que ella llegara a su boca. La sostuvo de las manos, con cuidado de no lastimarla.

—Señorita. Este poder es real. Se que es difícil de creer, pero...

—¡¿Pero qué?! ¡¿Por quién me tomas?! ¡¿Crees que voy a creer en eso?! —repuso gritando.

—Pero... es la verdad.

Marie apartó sus manos con brusquedad.

—Entonces, haz una demostración. Vamos —le exigió, cruzada de brazos.

—¿Qué quiere que haga?

—No se. Saca tu varita y hazme algo.

—No. En primer lugar no tengo varita y en segundo...

—Entonces con tus manos —ordenó ella, agarrando sus manos para que le apuntaran—. Vamos, haz algún hechizo conmigo, Harry Potter.

El muchacho trago saliva. Muy pocas veces le había realizado hechizos a otros, y no fue para hacerles algo bueno. Solían meterse en problemas debido a la avidez de Eddy por los juegos de azar, y aunque a Doble D no le gustase, no le quedaba otra opción que defender a Eddy de los matones a los que engañaba. En otras palabras, jamás había hechizado a alguien si no para defenderse.

—No puedo hacerlo, comprenda.

—¿No puedes? ¿Entonces no...

—Es que no puedo arriesgarme a lastimarla. Creí que con la... bueno... la rosa había quedado claro.

—Lo único que me quedó claro es que ustedes son muy hábiles para las ilusiones —respondió, agitando la rosa—. Además de mago falso, debes ser todo un rompe corazones, ¿no?

—Pero ¿y eso qué tiene que ver?

—¿No lo niegas? Eres un rompe corazones —acusó ella, señalándolo—. Y por tanto también debes ser un fraude.

—Lo lamento, señorita, pero no soy ni una ni la otra —se defendió con firmeza.

Marie sonrió desafiante.

—Ah, ¿no?

—No.

La chica volvió a acercarse, esta vez como insinuándose. Llevaba unas sandalias de cuero ligeras, una falda de jean que terminaba cuatro dedos arriba de sus rodillas, y una blusa blanca que dejaba ver su ombligo. A Doble D no le sorprendió que llevara un piercing ahí.

—Hazme algún hechizo bueno, entonces —propuso Marie. Quería saber quien era este chico, pero también quería saber hasta donde era capaz de llegar alguien que le obsequia una rosa.

—¿Qué? ¿Hechizo bueno? —Doble D no dejaba de pensar en lo insistente que era.

—Si. Haz, no se... Haz que me enamore de ti —dijo en un susurro.

Doble D trago en seco, no solo por lo que acababa de proponerle. La perseverancia de esta niña era impresionante. Tenia dentro de ella un fuego que calcinaba todo lo que era amenazante o simplemente incomprensible para ella, tan como lo serian él y su espectáculo de magia.

—Es... ¿Es una bro...?

—¡Ay, por todos los cielos, ya me cansé! ¡Haz algo! ¡No sé, mueve esa silla o escribe algo en la mesa, lo que sea! —explotó ella.

—De... de acuerdo.

Justo en el momento en que apuntaba su mano la silla, con el rabillo del ojo pudo ver a sus tres compañeros llegando al vestidor.

—¡Ahhh! ¡Una mujer! —grito Ed, lleno de horror.

—Tranquilo cabeza hueca. Es solo una chica —repuso Eddy. Se giró a la muchacha—. Los intrusos no pueden entrar a este vestidor. Kevin, a la cara —ordenó.

El mono que estaba sostenido sobre el hombro de Ed dio un gruñido y saltó hacia ella.

Con un grito, Marie se cubrió su bello rostro con sus brazos, cerrando los ojos y esperando a que ese chimpancé le rasguñara la cara y se pusiera a jugar a la silla voladora con su cabello.

Pasaron los segundos... y no pasó nada.

—¿Eh? —Marie se volvió a ver. Lo que vio en ese momento fue sorprendente. El mono se hallaba suspendido en el aire, entre los amigos de Doble D y ella. Su expresión era la de un animal atontado. Ahora lo podía ver bien. No llevaba nada mas que una gorra roja y unos pañales.

La chica se giró al mago. El lo estaba haciendo. Con una mano, había detenido al animal, manteniéndolo levitando.

—Oye, ¿qué haces? —espetó Eddy.

Doble D habló en un idioma absolutamente extraño, que no daba la impresión de ser latín, ni ruso, ni nada de eso. Kevin solo escuchó, y luego de un intercambio de palabras y murmullos, esbozó una extraña sonrisa mostrando las encías.

Todavía suspendido en el aire, el mono le extendió su pequeña mano a la humana. Ella le dio la suya, mas insegura que cuando recibió la rosa.

—¿Qué pasa contigo, Eddy? Ella solo vino a hablar conmigo —protestó el mago.

—Oye, yo solo velo por nuestra seguridad. ¿Ya olvidaste lo que hizo la última chica que entró al vestidor?

El mono saltó de su plataforma imaginaria y aterrizó en los hombros de Doble D.

—Pero no es lo mismo. Solo estábamos hablando tranquilamente —dijo él. Observo a la chica, quien parecía desorientada.

—Si, como no —dijo Eddy.

—¿Quiénes son ellos? —preguntó Marie.

Doble D miró a sus amigos y carraspeó.

—Señorita, ellos son mis compañeros en este emprendimiento. Déjeme presentarlos —dijo con cortesía—. El es Ed. Operario de atención al cliente y nuestro hermano mayor.

—Umm... mu-mucho gusto —Ed dudo en extenderle la mano, pero Eddy la tomó con rudeza y se la extendió hasta la chica.

—Hola —respondió Marie. Lo reconoció al instante, era ese uniceja que las había atendido en la entrada de la carpa.

—El es Eddy. Encargado de eventos, publicidad, administrador de nuestras humildes ganancias, y nuestro tercer hermano.

—Hola —pronunció el anunciador gruñón, con los ojos rasgados.

—¿Qué tal? —dijo ella sin interés.

—A mi ya me conoce. Mi nombre es Doble D. Soy lo que llaman el único mago vivo del siglo XXI, y soy el segundo mayor. Es un placer conocerla señorita... emm...

—Marie —respondió—. Me llamo Marie.

—Es un placer conocerla, Marie. —Era un lindo nombre—. Y este pequeñín de aquí se llama Kevin. Creo que ya se han saludado.

El mono hizo unos sonidos de animal alegre. Marie volvió a saludarlo agitando la palma de su mano. La verdad es que ese detalle de la gorrita roja le parecía tierno y gracioso.

Ed vio algo colgado de la mano de la chica. Era la rosa.

—Eddy —musitó Ed. Luego de la ultima función de Doble D, ambos habían escuchado del publico que abandonaba la carpa, rumores sobre lo que había hecho el mago. Cosas como ''¿Viste cómo le dio la rosa? ¿Cuándo harás eso por mi, Johnny? Aunque sea sin magia.''. Así fue como se dieron cuenta de que los rumores eran verdad. Doble D le había obsequiado una rosa a esta chica, y eso explicaba por qué él estaba con ella en este vestidor, solos.

«Claro, ahora todo tiene sentido», pensó Eddy.

—Oye, Doble D —dijo Eddy, con voz melodiosa. Doble D notó que ya se había calmado—. Ed y yo iremos por refrescos, los dejamos solos. Ya volvemos.

Antes de girarse, el mago vio el guiño que le había hecho su amigo. Ed le hizo un pulgar arriba antes de ser arrastrado por Eddy.

Sus tres compañeros salieron. La puerta se cerró. Doble D dio un suspiro.

—Oh... disculpa lo ocurrido. ¿Quería que moviera la silla?

Marie todavía seguía con la mirada perdida.

—No... ya no hace falta... —dijo ella lentamente. Los monos voladores no existen. Eso en su mundo aburrido en donde la gente se transporta en vehículos automotores y recurre a controles remotos para cambiarle de canal, o en donde las leyes de Newton no elevaban por los cielos a algún Kevin, o en donde las leyes de la Termodinámica no permitían jugar a Dragon Ball haciendo bolas de energía. Todo lo que conocía de este mundo ahora no valía nada.

Con una expresión de asombro y total incertidumbre ante las maravillas que el universo osaba ocultarle a ellos, los mortales, Marie se tomó la sien con una mano y se sentó lentamente en la silla.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Doble D, alarmado, ayudándole a sentarse.

—Si... no te preocupes. Es solo que... —Apoyó sus codos en sus piernas y se llevó las manos al rostro, intentando hacerse la idea de que había vivido una mentira. Doble D estaba preocupado; creía que estaba llorando.

El muchacho le puso una mano en el hombro.

—Escuche... Marie. Se que es difícil de creer para alguien tan... bueno, tan escéptica como usted. La entiendo, de verdad.

Ella asomó los ojos y los dirigió hacia él, luego bajó sus manos, y se quedó observándolo, con una pizca de inocencia y desolación. Ya no parecía una adolescente; ahora daba la impresión de ser una niña perdida a punto de llorar.

—Supongo que esto es como la religión y los creyentes. Yo no creí en usted y eso ya no me hace digna de su respeto, ¿no es así Lord Doble D? —acusó ella, manifestando un resentimiento que el muchacho detectó al instante.

—No, por favor no piense eso —respondió, pensando cada palabra antes de decirla—. Comprendo que no haya creído en... bueno, en esto, a primera vista. Quizá este pensando que yo la creo una necia pero no es así.

—¿Entonces que piensas? —preguntó, volviendo a verlo.

—Pienso que es muy inteligente para no dejarse llevar por lo primero que ve, y muy perseverante para defender con convicción lo que cree hasta el final.

Jamás en su vida alguien le había dicho eso. Los idiotas de la escuela solo sabían adularla por su cabello, sus ojos, su nombre, o cualquier otra anatomía, sin notar que eso no le interesaba en lo absoluto. Ella confiaba en su capacidad intelectual y su fuerza de voluntad, aun cuando nadie se la remarcara a menudo. Pero incluso alguien como ella deseaba que hubiese una persona que lo hiciera, una persona que le recordase que era mas que una cara bonita, aun cuando esa persona fuera un desconocido.

Todavía sentada en la silla, volvió a ver a Doble D a los ojos, y su semblante cambio, logrando formar una sonrisa.

—Solo una cosa.

—¿Si?

—Deja de ustedearme.

Esos giros de contexto podían contra Doble D. Siempre podían.

—¿Que qué?

—Eso. Que dejes de decirme "siñiriti istid istid lilili". Solo falta que me llames dama.

—Entonces, ¿Cómo debería llamar... te? —le preguntó. Antes de que ella espetara su nombre, el la recordó—. Oh. Marie.

Marie se puso de pie lentamente. Ahora tenia en su mirada una expresión mas segura.

—Creo que ya te he fastidiado demasiado.

—No, para nada. Fue agradable conocerte.

—Si, claro. Lo dices solo porque quieres ser amable con una "señorita" como yo —concluyó ella, sintiéndose complacida.

—Eso es verdad. Pero también me gustó pasar los últimos cinco minutos contigo. No se quien seas, pero quisiera conocerte mejor.

Ese chico es un experto, pensó Marie, intentando pensar en cualquier otra cosa para ocultar el rubor de su rostro.

—Bueno, y... ¿cuántos años tienes?

—Diecisiete —respondió Doble D—. ¿Y tu?

—Tengo dieciséis, pero en unas horas es mi cumpleaños —confirmó con una sonrisa—. Es una lastima porque ya me tengo que ir. Si me quedaba hasta mañana, tendrías que haberme dado un regalo.

—Eh, claro que si —dijo él, mirando a la rosa.

—¿Umm? —la chica elevó la rosa una vez más—. Me la quedaré, pero no creas que es porque me gustes o algo. Lo haré porque yo también soy amable.

—Me parece bien —respondió Doble D con otra sonrisa.

—Bueno... —Sin disimularlo, Marie intentaba alargar la despedida todo lo posible—. Yo me voy... por esa puerta... así que... me voy...

—Un segundo —la detuvo él.

—¿Si? —Ella se giro a él con los ojos brillosos, llenos de esperanza.

—Se que esto sonara descarado pero... —comenzó a decir, rascándose la cabeza—. ¿Me dar...

El teléfono de Marie sonó.

—Disculpa. —Atendió—. ¿Qué pasa, Lee? —Y comenzó ese incomodo silencio de Doble D, quien ahora tendría que esperar a que terminara de hablar—. Si, estoy en... Estoy ocupada. ¿Qué pasó?

Doble D pensó en lo cerca que estuvo hasta que esa llamada los interrumpió. Quizá así sea mejor. ¿Qué pasaba si después de su pedido, ella creía que él era otro de esos interesados, o como le había llamado, rompe corazones? De pronto se sintió incapaz de volver a pedírselo.

Entonces, algo le dijeron a Marie.

—¿Que mama dijo qué?