Marie Kanker atravesó una marea de cuestiones e incertidumbres y padeció muchas de ellas con inseguridad antes de decidirse regresar al fin. Y podía decir con orgullo que el motivo no tuvo que ver con ninguna obsesión adolescente en su punto más ardiente. No tuvo que ver con la curiosidad. No tuvo que ver con el chico nuevo del trabajo que le había coqueteado y aun no comprendía que a ella no le gustaban los rubios pedantes. No tuvo que ver el nuevo novio (ahora ex) de May, que termino durando poco más de dos semanas porque era muy descuidado para ocultar a la otra. Mucho menos tuvo que ver la visita de la tía y su infaltable «¿Para cuándo el novio, Marie?», ni los relatos prohibidos de Lee practicando eso que Marie le había negado a su único ex, porque no lo merecía. No tuvo absolutamente nada que ver con traumas de su infancia o sueños, esos que charlatanes como su psicoanalista adoraban hurgar de la misma manera en la que algún habitante de algún paraíso socialista rascaba el fondo de su cacerola para tener algo que comer. Si alguien quiere algo, simplemente va a buscarlo. Marie se había encerrado en el baño con esa porrista descerebrada y le había roto la nariz a golpes porque se lo había buscado al meterse con ella. Eso era todo lo que había que comprender. El motivo para regresar, si había uno, era el sencillo hecho de que lo suyo con el muchacho de la feria no había terminado.

El verano era la época del año de mayor concurrencia a la feria por razones lógicas e indiscutibles. Pese a que el atractivo de Mondo A Go-Go hacía alusión a una laguna de agua dulce en medio de un desierto gris, los turistas lograban de alguna manera dar con la feria. Era algo de rutina: caían como la lluvia, se hacían un festín con las atracciones que ofrecía cada rincón del parque de diversiones, arrasaban las tiendas de comida y de regalos, y se marchaban con una sonrisa en el rostro. Muchos de ellos regresaban al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. El lugar guardaba una fuerza invisible e irreal, pero tan natural como un volcán en erupción. Algo así como una gran magia.

Lee y May se lo habían tomado sin preocupación, como si fuera otro día más de visita, ansiando gastarse todos sus ahorros de la semana en la montaña rusa o la casa de los espejos. O quizás otro asalto a los autitos chocadores, para ver si por fin alguien podría destronar a la invencible May Peligro Al Volante Kanker.

Había transcurrido poco más de un mes desde su última visita, pero la vibra en el aire era la misma. Estaba despejado, y la máxima para hoy era de veintisiete.

—Suerte con tu novio, Marie —dijo Lee—. A menos que te lo hayan ganado.

—Largo de aquí —espetó Marie. Pero las palabras de Lee quedaron resonando en ella por un tiempo más, mientras iba caminando por las atestadas calles de asfalto de la feria. Doble D tenía todo el derecho a salir con otras chicas, y toda la predisposición a hacerlo. Si comenzó a salir con su amiga rubia eso ya escapaba a su alcance. Era incluso probable; era un chico joven y guapo, y por lo que había visto entre ellos ya había una ligera química. Pero por Dios, como deseaba que no fuese así.

Se quedó esperando a que él llegara. El plan era que Lee iría a buscarlo y a decirle que ellas habían venido, y que ella estaba esperándolo a la entrada de la feria. Al principio podía decir que se sentía relajada, sin caer en la resignación. Conforme iban pasando los minutos toda la furia de la incertidumbre cayó sobre ella. ¿Y si ya salía con alguna otra? Era algo que a Marie le costaría aceptar, pero que no tendría más remedio. Al fin y al cabo, vivían en mundos totalmente distintos.

Cruzada de brazos, se quedó en la puerta viendo hacia afuera de la feria, por donde el camino desaparecía al doblar por el prominente campo. El caudal de gente seguía entrando. Era un día muy agradable y ella se había arreglado lo suficiente como para reconquistarlo. Incluso traía puesto el collar de zafiro. Lo había usado todos los días, llegando a notar que tenía cierta mística impregnada, que de alguna manera lograba hacerla sentirse más segura. Fuera de todo temor, planeaba sacar provecho de que hacía bastante calor.

De repente alguien la tocó en el hombro. Marie se volteó para verlo. Era él.

—Eh… ho… hola —dijo Doble D, temblando por algún motivo. Estaba agitado.

—Hola —saludó Marie, esbozando lentamente una sonrisa.

—¿C-cómo has estado?

—Bien. Ya sabes… ¿Y tú?

—De maravilla… Como siempre.

Y se quedaron callados, en un silencio incómodo. Claramente ella no había venido hasta aquí solo para eso. Como una chiquilla a la que habían acabado de regañar, Marie dijo todo lo que se había guardado en cuatro semanas.

—No me he disculpado por meter mi lengua en tu boca sin permiso. Oh, y… disculpa por decirlo así.

—D-descuida. No hay… problema.

—No creas que voy y beso a todos los chicos con los que hablo por un día. Solo me ha pasado contigo.

—Lo sé, Marie. De verdad, no me ha molestado —respondió. Marie tuvo la necedad de creer que él hasta lo había disfrutado—. Oye, ¿qué tal si vamos a caminar por ahí mientras hablamos?

Marie aceptó encantada. De nuevo, y sin todavía romper del todo el hielo, fueron por el mismo camino que los conducía a la casa de los tres Eds. Ambos se mantuvieron cautos, guardando cierta distancia que el tiempo había creado entre ellos.

—Marie, no es que quiera discutir contigo por esto —dijo Doble D, no muy seguro de sus palabras—, pero realmente necesito saber que hizo que te fueras como te fuiste y no volvieras.

Ella no respondió al instante. Sabía que iba a preguntar sobre eso. Y sabía que ella tendría que responder. Eso si quería que lo que sea que se formara entre los dos sea algo serio.

—Sí… Creo que mereces una explicación. Y no te preocupes, te la daré.

—Gracias.

Marie guardó silencio. Doble D supuso que estaba pensando en lo que iba a decir y por donde iba a empezar.

—Mamá suele decirnos que era peor que nosotras a nuestra edad, pero que eso se debía más por la falta de figuras paternas y malas influencias. Para que te des una idea, tuvo a Lee a los diecisiete, con un imbécil que se acostó con ella en su cumpleaños. Para su cumpleaños número dieciocho, se fue de viaje de fin de semana con unos amigos y dejó a Lee con la abuela. Tomaron un bus a Miami, donde pasearon por un montón de fiestas y conocieron a unos muchachos. Ella se involucró de más con uno, y como aún seguía dolida por lo que le hizo el padre de Lee, quería desquitarse. Estuvieron así casi una semana entera haciendo todo eso que ya te imaginaras, y al momento de la despedida, prometieron mantenerse en contacto. No existían los teléfonos celulares inteligentes y mucho menos el bendito Whatsapp, pero si los fijos.

»Unos días después de su aventura, mamá estaba embarazada de nuevo. Te imaginarás como estaba la abuela. Pues bien, cuando mamá se lo contó a este muchacho, él dijo que respondería por ambos, y que muy pronto iría por ella para irse a vivir juntos, etcétera. Plot twist: nunca volvió a llamar.

»Mamá jamás volvió a saber de él. Esa es la verdad de mi vida, Doble D. Yo nunca conocí a mi padre.

—Qué… qué terrible. De todas formas, lo siento mucho.

—Tranquilo. Tal vez eso haya sido lo mejor. Mamá nos dijo también que estaba metido en asuntos bastante feos. Era amigo de los tipos dueños de clubes, gente con sangre en las manos. ¿Quién sabe? Tal vez ya esté muerto. Aunque tampoco pretendo sacralizar a mamá con esto. En parte es por sus errores que somos de clase baja, vivimos ahogadas en cuentas y hasta las tres tuvimos que salir a buscar trabajo para pagar las deudas de casa. Pero esa ya es otra historia. No quiero hablar de mis padres, Doble D. Ya he hablado mucho de ellos con esa psicóloga barata con la que me mandaron. Quiero hablar de nosotros.

—Marie, ¿cómo se relaciona eso con lo nuestro? ¿No creerás que yo…?

—No. Jamás, Doble D. Yo no estoy sugiriendo eso. Además de que sé que nunca lo harías. No sé cómo, pero lo sé. Tampoco estoy sugiriendo que seas… contrabandista o estés metido en algo de eso. Eres un chico bueno y honrado. Y mucho menos estoy sugiriendo que tú y yo debamos hacer… eso.

—¿Qué cosa?

—Nada, olvídalo —respondió Marie, poniéndose roja—. Lo que quiero decirte es que tuve pánico. Cuando te besé sentí que estaba en una montaña rusa, escalando sin frenos a gran velocidad, a punto de llegar a la pendiente. Pensé que terminaría enrollándome mucho contigo y que tarde o temprano tendría que olvidarte porque tu vives aquí, y yo vivo al otro lado del condado y no creo en las relaciones a distancia. Y ya tengo muchos problemas como para sumar uno más a mi vida.

—Vaya… No sé qué decir… —dijo Doble D. Habían llegado a un pequeño acantilado, donde se sentaron bajo la sombra de un árbol, en una manta que Doble D sacó de la manga—. Lo de tus padres es algo triste, y lo entiendo. Sabes bien por qué lo entiendo. Ahora en lo que a nosotros respecta, para mí nunca fue un asunto terminado. Creí que ibas a regresar al día siguiente, pero no lo hiciste.

—No. Aún seguía confundida. Pasamos el siguiente día aburridas en el motel hasta que terminaron de reparar la tubería, y después todo siguió igual. Traté de olvidarte por varias semanas, pensando «solo fueron dos días, un chico no puede quedarse viviendo en tu cabeza por algo que ocurrió solo dos malditos días». Pero de verdad, no te he olvidado… —dijo ella, mirándolo fijamente mientras olas intimidantes se estrellaban con furia contra las rocas del acantilado, y las gaviotas graznaban y jugaban por ahí—. ¿Y tú? ¿Cuánto tardaste en superarme?

—Marie, yo no te he superado.

Se quedó callada, mirándolo con sorpresa.

—Ya, en serio. Conoces a muchas chicas aquí.

—Lo digo enserio. Cuando dije que fuiste lo mejor que me ocurrió en todo el mes fue de verdad. Pasé todos los días esperando ver tu cabello azul ondeando por las cabezas del público. Lo siento, eso sonó muy poético. Pero tienes que entender cómo me sentía. Semanas enteras torturándome sobre lo que ocurrió. Creí que no volverías…

—Pero volví.

—Sí. Y no te imaginas cuanto me alegra eso.

—¿De verdad? —preguntó ella. Los ojos le brillaban. Doble D asintió.

—Te lo juro por esta rosa que haré aparecer bajo mi manga —dijo, haciendo su magia. La rosa había brotado del fondo de su manga blanca. Ella rio, pensando en lo bien que se sentía que en algún lugar existiera alguien que esperara por ella.

—Y supongo que sabrás por que regresé.

—¿Para hablar conmigo?

—Porque te extrañé y me moría por verte. ¿Necesito más razones?

—Si no me pellizcas ahora mismo comenzaré a creer que estoy soñando.

—Tal vez quien está soñando soy yo —dijo ella, recostándose en el suelo. La falda se le subió tanto que Doble D vio el color de sus bragas. Lo dejó pasar solo por el hecho de que hacían casi treinta grados y de que ya había confianza suficiente entre ambos—. Bueno, en realidad la tubería volvió a estropearse, y cuando discutíamos que íbamos a hacer el fin de semana para perder el tiempo, aprovechando las vacaciones que nos dieron, finalmente decidí regresar.

—Aja —emitió Doble D, sin haberla escuchado del todo. Marie se removió—. Qué coincidencia. Es que sigo sin creerme que estés aquí.

—Yo tampoco —dijo Marie—. ¿Podrías acercarte? Quiero tocarte.

—¡¿Qué?!

—Sí. Para asegurarme de que eres real. —Marie lo tomó de la camisa y lo hizo recostarse a su lado—. Recuerdo que te di un beso. Ahora lo quiero de vuelta.

Doble D dejó que acariciara su gorro. Ella sonreía como una princesa. De hecho, para él era igual que una princesa enojada y rebelde.

Tomó su rostro cuidadosamente, apreciando una vez más sus fogosos ojos de color avellana que lo miraban con adoración, y le dio un cálido beso, tierno y sin intenciones ocultas. Marie lo correspondió al instante, llevando sus manos detrás de su cuello. Con los ojos cerrados, ella sintió la mano de él tocar sin querer su pierna, muy arriba. Lo escuchó disculparse con un murmullo. En medio del beso y con una infortunada sonrisa, Marie contuvo el deseo de reír.

Pasaron juntos una media hora más. Estar con ella era tan mágico que el mago casi olvidó que tenía que volver a su trabajo. Regresaron tomados de la mano, donde sus hermanas la esperaban.

—¿Te veré mañana? —pregunto él.

—Estamos de vacaciones, Doble D —informó May—. Así que…

—Mañana, pasado, y pasado… —dijo Marie. Doble D se sintió alegre.

—¿Incluso este fin de semana? Vamos a estar libres.

—Por supuesto —sonrió ella—. Y pasaremos todo el día juntos.

Marie tuvo la audacia de tomarlo una vez más para besarlo delante de sus hermanas. No fue muy intenso. Solo lo suficiente para finalizar en cortos besos.

Doble D la vio subirse al transporte con una gran sonrisa en el rostro, distinto a lo que había sido la vez anterior. Cuando volvió con sus amigos, les contó lo que había ocurrido. Rolf y Nazz lo felicitaron. Eddy le contó que Lee y May se habían acercado a saludar y a ver al monito.

—Esa Lee se cree la gran cosa. Vino a querer darme lecciones de ahorro. A mí. ¿Pueden creerlo? —dijo Eddy. Rolf y Nazz rieron.

—Creo que le caigo bien a May —opinó Ed, algo acalorado por el sol.

—Ah, no, olvídala, viejo. Le da mas importancia a Kevin —se burló Eddy.

—No le hagas caso, Ed. Yo creo que si se acerca a ti es por algo —le dijo Nazz.

Perdida en el paisaje uniforme y aburrido que se veía en su ventanilla, Marie pensó que debió haberse atrevido a decirle la verdad. A decirle su idea de por fin tener algo serio con él. Luego se convenció de que tendría el día de mañana para hacerlo, y Doble D tendría toda la semana para pensarlo, si de verdad la quería.