Al día siguiente, las tres hermanas llegaron con deseos de presenciar una vez más la función de Doble D. Marie utilizó gran parte de su arsenal de encanto para convencerlo de hacerles un descuento, a lo que este tuvo que invitar. El mago pagó por su propio espectáculo. Después de eso y en la hora libre, los tortolos, como los llamaban Eddy y Lee, se escaparon de la feria para seguir conociéndose a solas. Luego de la hora de almuerzo, Eddy se encontró a si mismo paseando por las calles de la feria, a la simple espera del turno de la tarde, hasta que en la tienda de puntería vio a Ed y al mono, con May.

—¡Ya lo tienes, ya lo tienes! —animó May. Ed dio en el blanco y ganó el premio: un pequeño mono de peluche bastante idéntico a Kevin. May pegó un gritito.

—Oh, sí, soy el mejor —dijo Ed.

—Gracias, Ed —lo abrazó May—. Ahora tendré un Kevin para llevarme.

—Ten cuidado, el Kevin original se pondrá celoso —advirtió Ed, genuinamente risueño.

—¿Qué es esa cosa? —interrumpió Eddy. El peluche era tan diminuto que cuando May lo guardó en su bolso terminó perdiéndose en la marea de objetos.

—Ed me regaló un mono de peluche. ¿No es muy lindo?

—Sí. Supongo —dijo Eddy, con la mente en otra cosa—. Y a todo esto, ¿Por qué regresaron después de semanas? Cabeza de Calcetín estuvo deprimido mucho tiempo.

—Eso es cierto —confirmó Ed.

—Fue idea de Marie. Dijo que quería ver de nuevo a Doble D. La tubería se volvió a arruinar. ¿Pueden creerlo?

—Oh, sí. Qué desgracia —se burló Eddy.

—¿Desgracia por qué? —dijo Lee en su oído. Eddy se asustó.

—Maldita sea, Lee.

—Tampoco para que te asustes, niñita. Doble D debería agradecérselo a los plomeros. Hicieron tan mal su trabajo que la tubería no duro mucho —explicó.

Eddy la ignoró.

—Oigan, ¿y ustedes? ¿Realmente quieren que su hermana se… salga con nuestro amigo? ¿No bastó dejar al pobre deprimido por un mes entero y bajar la calidad de nuestros espectáculos? ¿Exactamente qué es lo que quieren de él?

—Nosotras solo queremos la felicidad de Marie —dijo May, borrando la sonrisa. Como si hubiesen acabado de regañarle.

—Fue aún más duro para ella —siguió Lee—. ¿Sabían que estuvo con cara de muerta durante todo este mes? Que los chicos apestan. Que el único que vale la pena es imposible. Que nunca se casaría. Ya no la soportaba. Solo si tienen hermanos entenderían. ¿No tienes hermano, Eddy?

—Ah…. Si. —Eddy recordó a su hermano mayor—. Tengo uno, pero es mayor que yo y no lo veo hace años.

Doble D y Marie se encontraban sentados en el mismo lugar en donde se reconciliaron —si no cabía otra palabra más adecuada— justo el día de ayer.

—Entonces, ¿ya soy tu novia?

—Si tú quieres… Es decir. ¿Está segura de esto, señorita?

—Sí. No sé qué será de nosotros cuando me vaya de nuevo, así que mientras tanto puedo permitir que seas mi novio por ahora. ¿O no quieres?

—No, sí. Digo, digo. Sí, no —balbuceó Doble D. Marie echó a reír—. Sí quiero, Marie, sería un honor. Es extraño, nunca he tenido una novia.

—Sí, y yo soy Britney Spears.

—Lo digo enserio.

Marie se giró a él rápidamente. En sus horas libres Doble D había adquirido el hábito de quitarse el chaleco y andar solo con la camisa blanca con mangas largas, y solo algunas veces el botón superior desabrochado. En opinión de Marie se veía infernalmente atractivo. Pero todo debía ir a su paso.

—Hablando de eso. Si vas a ser mi pareja hay algo que tenemos que hacer antes.

—¿Qué cosa?

—Necesito someterte a mi adecuado y para nada nocivo interrogatorio. Lo siento, Doble D, pero si quieres salir con Marie Kanker, esas son las reglas.

Ella se levantó y se puso detrás de él. Colocó sus pequeñas y pálidas manos en los hombros de él y le hizo masajes, lentamente. Doble D dio un gran suspiro. Luego comenzó a acariciarlo en el gorro. Por último, le dio un ligero beso en el cuello. Doble D se estremeció.

—Creo que tengo miedo.

—No tengas miedo, cariño. Quien no debe no teme —susurró en su oído—. Solo relájate, y prepárate. Te haré unas preguntas y tu dirás sí o no. ¿Entendido?

—Sí.

Marie tomó aire. Sin apartar las manos de sus hombros, inició.

—Tu nombre es Eddward Vincent, con dos D, y tienes diecisiete años. ¿Cierto?

—Sí.

—No tienes familia salvo tus dos amigos, ¿cierto?

—Sí.

—¿Fumas?

—No.

—¿Bebes?

—No.

—¿Has besado a alguna otra chica?

—Sí.

—…

—…

—¿Tienes tatuajes?

—No.

—¿Alguna vez probaste drogas?

—No.

—¿Esa chica que besaste es tu amiga Nazz?

—No.

—…

—…

—¿Eres ateo?

—No.

—¿Terraplanista?

—No.

—¿Antivacunas?

—No.

—¿Sientes atracción por mí?

—Sí.

—¿Pensaste en ir a buscarme cuando me fui?

—Sí.

—¿Has pensado en mudarte de este lugar?

—Sí.

—¿Has tenido… relaciones?

—No.

—¿La primera vez que entré a tu vestidor, pensaste que era otra loca fanática más?

—Sí.

—¿Hay más chicas que te atraen o con quien tengas algo?

—No.

—¿Me adoras?

—Sí.

—¿Incluso cuando apenas nos conocemos?

—Sí.

Retiró sus manos de su gorro.

—Terminamos.

—Eso fue más intenso que la sesión de besos. Me siento como Ben Stiller en La Familia de mi Novia —admitió Doble D, liberando un suspiro.

—Esa era la idea.

—Dios. Para ser honesto, tengo deseos de hacerte el mismo interrogatorio, solo para conocerte. Pero no quiero caer en preguntas inadecuadas o que me hagan quedar como un entrometido.

—Ay, ya. Soy tu novia, tienes todo el derecho. Aunque te adelantaré las respuestas. No bebo con frecuencia, pero si fumo a veces. Nunca consumí drogas y nunca lo haría. No, no lo hice. Mis hermanas y yo somos católicas. La primera vez que te vi te encontré muy lindo, pero al mismo tiempo pensé que eras un fraude más y hasta tuve deseos de subir al escenario y desenmascararte, incluso golpearte por ladrón. Después de nuestra noche quise regresar al día siguiente, pero me contuve. Y sí te adoro.

Doble D se la quedó mirando.

—Así que quisiste golpearme.

—Oye, no. Te digo cosas lindas y tú solo te centras en que quise golpearte.

—Lo siento.

Minutos mas tarde, camino de regreso y aprovechando que ella tenía una sonrisa de oreja a oreja, a Doble D se le ocurrió preguntar.

—Marie, perdona que lo pregunte, pero… ¿a tu ex novio le hiciste el mismo interrogatorio?

—No —respondió sin borrar la sonrisa.

Así fueron pasando los días. Doble D y Marie siguieron viéndose, aprovechando el cada vez mayor tiempo libre que tenía el mago. Era extraño, pero cada vez él le parecía más familiar. Le daba la impresión de que él pasaba gradualmente a ser un viejo conocido, furtivamente habitual y salido de la misma nada. Hace varios años, cuando apenas superaba el metro veinte y todavía no usaba sombras, Marie solía fantasear con el príncipe azul que la rescataría de su frio mundo gris y la llevaría hasta el fin del mundo en su corcel. Lo que comenzaba como un caballero medieval con bíceps de envidia y voz grave fue transformándose, con el pasar de los años, en un muchacho con apenas físico, delgado y alto, pero no por eso menos hombre. Sí más valiente. Algo mas cercano a la realidad.

Pero esto se había salido de sus expectativas. Lo de la magia no se le habría ocurrido ni en un millón de años, ni en la fantasía más surrealista. Doble D era de carne y hueso. Eso lo había comprobado con cada caricia que le había dado, con cada beso que se concedieron, con cada palabra que se dedicaron. Lo único irreal de él, además de su poder, era su modo de ser, tan atento y detallista. Un hombre de verdad. En su mundo lo más romántico que le regalaba un chico a una chica eran algunos memes que encontraba en algún grupo de Facebook. Mamá se había cansado de decir que los hombres así ya se habían extinguido. Lee por su parte, sostenía que habían sido las mujeres zorras y sin valores los que acabaron con ellos, pero que no los justificaba, así como no justificó al ex de May segundos antes de romperle la nariz, mientras Marie consolaba a su hermanita en sus brazos y pensaba una vez más en Doble D, segura de que este era totalmente distinto.

—Quedó en el piso llorando y sangrando. Lee no decía nada, pero yo alcancé a ver como sonreía. Y yo también estaba sonriendo, Doble D. La única que seguía llorando era May.

Doble D había invitado de nuevo a almorzar a Marie a su casa. Se había entretenido escuchando todo el relato de Marie sobre el desafortunado y breve amor de May. El chisme se extendió hasta después de la comida y culminó con ambos descansando en el sofá.

—Pues… no sé qué decir. También habría sonreído, ese tipo se lo había buscado —respondió el, mientras acariciaba su cabello azul. Marie se le había recostado, usando sus piernas como almohada.

—Dilo sin pudor, Doble D. Se lo merecía. El y todos los hombres que juegan así con las mujeres. O los que te tratan de zorra y te ofenden simplemente por no querer acostarte con ellos. Pero me alegro de estar segura de que mi hombre no es así. ¿No, cielo?

Doble D asintió, preguntándose como diablos un hombre podría hacerle daño a la chica que quería.

Marie se incorporó y lo miró fijo. Por un momento tuvo la sospecha de que le había leído la mente. Pero su rostro estaba enrojeciendo, y sin decir una palabra lo besó de nuevo. El la recibió con deseo y la trató con cautela. Se dejaron caer y el sofá rechinó con el peso de los amantes. Estuvieron así unos minutos hasta que se hizo la hora.

Marie no se atrevió a decirle nada por los siguientes días, solo se limitó a disfrutarlo mientras podía. Y algo que había notado con mucho gusto fue que cada día los besos eran más apasionantes. Gradualmente el amor tierno y dulce que había dado pie a la relación se estaba haciendo a un lado para dar lugar al amor de adultos, salpicado de pasión salvaje y de placeres ciegos. Algo le decía que había encontrado al indicado. Y cuando finalmente lo reconoció, se sintió más liberada.

Se hizo el viernes, el penúltimo día antes de que su lapso de amor culminara. Había dejado pasar demasiado tiempo, pero quería asegurarse de que él de verdad sentía algo por ella. Se había tomado la semana para conquistarlo lentamente. Y ahora estaba segura de que sí.

Los Eds y sus amigos tuvieron una mañana más caótica de lo normal. Los incautos amantes de la magia y lo surreal entraban como fajos de billetes a la tienda. Eddy visualizó sus propios bolsillos inflándose como burbujas. En ese lugar era más feliz que nunca. Lo mismo podría decirse de Ed, a quien todo le parecía bien siempre que tuviera cerca a sus amigos, y que nadie corriese peligro. Ya se había hecho amigo de Nazz y de Rolf, y a menos que Doble D y Eddy decidieran lo contrario, o a menos que ellos dos fueran con ellos, prefería quedarse aquí.

Doble D creía que opinaba igual hasta que conoció a su chica. No estaba en sus planes pasarse toda la vida haciendo imitaciones realistas de ataques de Dragon Ball, violando las leyes de la Termodinámica o sacando de un sombrero a cada mascota de la feria. Aún era muy joven para pensar en tener una familia, pero a veces era agradable y tentador imaginarse yendo a buscar a los niños en auto después de llamar a su mujer para recordarle cuando la amaba y aún la podía amar. Mamá le había dado un obsequio pensando en la futura mujer que «cuidaría de él» cuándo ella ya no estuviese. Si ella supiera que dicho obsequio ya lo tenía alguien probablemente se sentiría feliz por él. En primera instancia, lo interrogaría para saber por qué se lo dio sin conocerla el debido tiempo. Doble D la defendería a capa y espada celeste. Finalmente, mamá terminaría por aceptarla. A Doble D le gustaba pensar así. Esa chica era digna de ser defendida contra todos, comenzando por Eddy, quien se la había pasado todo este último mes recordándole diariamente que había muchos peces en el mar y que la olvidase de una vez. Era cierto, había muchos. Ninguno como ella.

De cualquier manera, los tres fueron felices. Lo fueron durante todos los meses en los que trabajaron en Mondo A-Go Go, hasta hoy.

Se encontraban almorzando en la tienda del buen Rolf con sus amigos, como todas las tardes. Nazz no dejaba de reconocer lo bien que se veía Doble D. Como si hubiese rejuvenecido. Eddy sostenía que se veía excelente a comparación de hace unos días, cuando parecía un muerto viviente.

—Es porque ahora tiene novia —dijo él, dándole un mordisco a su sándwich.

—Doble D se nos quiere casar —sugirió Ed, mientras Kevin comía su banana al lado de él. Todos sus amigos rieron. Menos Rolf.

—¿Y a ti qué te pasa, Rolf? ¿Qué no te agrada la chica de Doble D? Se ofenderá —dijo Eddy. El muchacho se quedó mirando hacia un punto sin decir nada, hasta que decidió responder.

—No. No es nada de eso, chico Eddy.

—¿Entonces?

—Nada…

—¿Seguro, Rolf? —insistió Nazz—. Tu rostro nos preocupa. Puedes contarnos.

—No se… Rolf se ha levantado muy cansado hoy. —Lo que dijo no hizo más que confundir a todos. Se miraron entre ellos, sin saber que pensar—. Olvídenlo. Debe ser porque Rolf tuvo una pesadilla —finalizó Rolf, forzando una sonrisa.

—Pues cuéntanos —propuso Eddy.

El relato era uno clásico de los que solía jugarle la mente a Rolf, pero Doble D lo sintió aún más aterrador. Al igual que él, también estaba angustiado. El principio del relato le había parecido muy realista, y de un momento a otro se vio sumergido en su propio desarrollo de los hechos. Era algo aterrador de imaginar siquiera, pero lo verdaderamente extraño era que no estuviese ocurriendo en la realidad. Ya llevaban meses viviendo aquí, y nunca pasó nada. Ni tendría que pasar nada… ¿no?

—¡Doble D! —gritó Eddy.

—Oye, no tienes que gritar —reclamó Nazz.

—¿Qué? ¿Qué ocurre?

—¿Qué si no soñaste con lo mismo? —preguntó Eddy. Doble D se mostró estupefacto—. ¿Qué no escuchaste nada? ¿Ni la parte donde se derrumbaba la montaña rusa? Oye, esa chica sí que te tiene loco.

Luego de hablar sobre los extraños sueños de su amigo, Doble D fue a caminar y a esperar a las hermanas. Le había contado a Marie que ese día tendría algo de tiempo luego del mediodía y la hora del almuerzo, y que por supuesto le encantaría pasarlo con ella.

Ya no solo hablaban para conocerse; eso había sido durante los primeros dos días antes del beso, y los otros dos días luego de que ella regresara. Sus largas conversaciones habían evolucionado a anécdotas o relatos graciosos para sacarle una sonrisa a otro. El tipo de cosas que se cuenta la gente, no con un objetivo sino como una consecuencia de su relación. Claro, sin contar los coqueteos y los chistes de doble sentido que Marie arrojaba y que Doble D fingía no entender.

—Mejor dime algo lindo. ¿De verdad quisiste viajar hasta donde yo vivo? —preguntó Marie.

—Bueno, no sé si ese era el plan, pero si quería verte. Te busqué en Facebook. Me quedé viendo tu foto de perfil varias veces.

—Ah, acosador. Me gusta.

—Lo siento.

—No. De verdad me gusta. Lo único que no me gusta es que no me hayas mandado solicitud aún.

—Marie, no sabía cómo te lo tomarías, después de la manera en la que te fuiste. Sin mencionar que solo lo usabas para compartir memes.

—Cierto… Pero pudiste mandarme solicitud en esta semana, ¿no? Espera, ¿eso quiere decir que tienes Facebook? —preguntó ella. El asintió—. Y yo que creía que no sabías ni abrir el Explorer. ¿Cuál es tu usuario?

—Pues…

Doble D estaba por sacar su celular. Sin embargo, en ese momento Marie pensó que no era hora de distraerse con esos aparatos. Tenia a su hombre al lado, no necesitaba nada más.

—No, mejor mas tarde. Mejor sigamos besándonos.

—Pues… de acuerdo. Sus deseos son ordenes, señorita —dijo él, y cumplió su deseo. Se encontraban contra un árbol cercano al acantilado donde Marie le había hecho el interrogatorio, y que se había convertido en su lugar favorito para ir a pasar el rato. Por lo menos allí se sentía más cómodo y seguro que llevándola a casa, donde todo parecía querer conducir a hacer eso que le parecía grosero siquiera mencionar frente a una chica.

Estuvieron dedicándose al otro por unos minutos más, cuando la cuestión atravesó la mente de Doble D, y este interrumpió el beso.

—¿Marie?

—¿Sí?

—¿Qué es lo que va a pasar con nosotros cuando termine la semana? —preguntó. Ella no respondió—. Se que también lo has pensado. Mañana tú tendrás que volver a tu vida, y yo a la mía. Pero esto no me tranquiliza. Y ahora voy comprendiendo mejor tu reacción cuando me… cuando nos besamos por primera vez. Me da temor, pero al mismo tiempo no quiero separarme de ti.

—Ni yo, Doble D… Yo… sí he pensado en algo, pero entenderé si no quieres.

—¿Qué cosa? —Doble D pensó inmediatamente en una relación a distancia. Pero se suponía que Marie no creía en eso, y de hecho él tampoco.

—Bueno, solo es una idea tonta que se me había ocurrido para que siguiéramos viéndonos, pero es demasiado tonta.

—¿Pero que…?

—Olvídalo. Es la idea de una niña ingenua que vive en sus fantasías. Es una tontería.

—Marie.

—De hecho aun no entiendo que rayos paso por mi cabeza para pensar en algo así.

—Marie.

—Dios, sigo siendo una tonta.

—Marie.

—¿Qué? —espetó ella, con un nudo en la garganta.

—¿Qué es? Esa idea que se te ocurrió. ¿Me dices de que se trata? Quiero oírlo.

Marie suspiró, tomó aire y finalmente lo soltó:

—¿Por qué no se mudan los tres a Peach Creek?

Eddy aprovechó la hora libre que tenía para salir a caminar, una vez más. Le gustaba ponerse a fumar en medio de toda la marea de gente de todas las edades. Era su forma de demostrar quien mandaba en ese lugar. Las muecas de fastidio de los padres apartando a sus hijos lo demostraban. El humo le abría paso por las calles para poder dirigirse a donde quiera que fuera. Incluso el mismo Doble D había desistido de convencerlo de que lo dejara, alegando siempre el cáncer de pulmón y otros golpes bajos. Eddy siempre fue firme en su posición. Uno debía tener una forma de expulsar las preocupaciones para poder ser feliz en la vida. ¿Para que viene uno a la vida si no es para vivirla? Podría morir mañana mismo y no se arrepentiría de absolutamente nada que no hubiese hecho. Se marcharía de aquí con una sonrisa en el rostro. Y esa era la cuestión, de este lugar no saldría mientras siguiera respirando.

Cerca del sector de los autitos chocadores vio a Ed, con Kevin, y bien acompañado de las dos hermanas de Marie.

—¿Qué hacen? —preguntó Eddy.

—Le estoy mostrando unas fotos graciosas a Ed. ¿Quieres ver? —respondió una risueña May. Lee caminaba cruzada de brazos. Eddy advirtió lo bien que le quedaba ese jean ajustado y las caderas que tenía, y de inmediato pensó que si había algo de lo que se arrepentiría de no hacer.

—A ver.

—Aquí esta —anunció May. Había encontrado una foto en su galería que quería mostrarle a los Eds—. Son como los Minions, pero de otro color—dijo riendo.

—¿Es la foto del plomero mostrando la… la…? May, eso no es gracioso. Aunque realmente no sé por qué no consiguen mejores cinturones —opinó Lee.

Ed miró la foto y también rio.

—Déjenme ver —dijo Eddy, acercándose para ver la foto. May dejó de reír al ver como Eddy había palidecido en cuestión de instantes. Su semblante había cambiado radicalmente, pasando a ser uno de terror.

—Eh… ¿Eddy?

El susodicho sacudió la cabeza y se frotó los ojos para corroborar que había visto bien.

—Súbele el brillo. ¡Súbele el brillo!

—Oye, ¿qué te pasa? —espetó May, subiendo el brillo del celular al máximo—. Se vale pedir bien las cosas, amigo.

Eddy logró ver con mayor claridad la fotografía, y no lo pudo creer, En las últimas noches había tenido sucesiones de sueños tan desoladores que parecían pesadillas, pero que además podían verse como algo peor. Algo como predicciones. Algo que le decía que Rolf no se equivocaba hoy, y que él era un idiota por reírse de su pesadilla. Ahora la fotografía lo confirmó. Eran plomeros, trabajando en la cocina. Solo que algo perturbó al extremo a Eddy.

Tenían playeras verdes.

—Marie, no quiero que te ilusiones por lo que te voy a decir, pero la media de meses en que duramos en un lugar ronda por los ocho, con un error de cinco días. Más temprano que tarde tendremos que irnos a otro sitio, y por el momento no tenemos un lugar de preferencia.

—¿Estás diciendo que sí pueden venir a Peach Creek?

—Hay una posibilidad. Todo depende de que tal puede llevarse adelante el negocio allí, o que otro tipo de negocio podríamos desarrollar. Yo no planeo dar espectáculos toda la vida. Tal vez podría usar mi poder para ayudar a la gente. Pero Marie. —Doble D la tomó de las manos—. Si tu vives allí para mi es un gran e importante motivo para ir.

Sin poder evitarlo, Doble D acarició el rostro de Marie muy suavemente. El roce sonrojó a Marie, pero no tanto como lo hicieron sus palabras y mucho menos como lo están haciendo sus ojos, mirándola ahora mismo. Ella solo estaba segura de una cosa.

—Doble D… Yo te a…

Y entonces, hubo una gran explosión en la feria.