—¡Argghh, que asco, no!

Doble D se sacudió bruscamente, desde el suelo, y logró espantar al pequeño perro pequinés que había venido a hacerle el favor. Sentía los flujos de su baba correr por su rostro. Luego abrió los ojos, lentamente.

Cubriéndose con las manos para no verse cegado por la luz, lo primero que vio fue verde, mucho verde, y algo de gris a unos metros. Concluyó que se trataba de arbustos, césped, y un poco de concreto por allá. Sobre el segmento gris, una señora se paseaba silenciosamente acompañada de un pequeño pequinés blanco, el mismo que acababa de despertarlo.

Sus sentidos no reaccionaron tan rápido como esperaba, por lo que le tomó un buen intervalo procesar toda la información que recibía, reactivando cada circuito de su cerebro, solo para darse cuenta finalmente de que estaba... en un parque.

—¿Qué...? —murmuró, todavía con las manos en el rostro. En ese momento, el hedor a whisky que emanaba su boca, al rebotar en las cuencas de sus manos, regresó a sus narices. El resultado fue catastrófico: una cascada de porquería amarilla escapando pintoréscamente de su boca.

Cuando terminó de vomitar, se hallaba de manos y rodillas contra el suelo. Su espalda amenazaba con crujir como una hoja, y su cabeza sentía mil revoluciones por segundo. Además de la acidez de su boca, si pudo pensar en algo, fue en lo patético que debía verse en ese momento.

«¿En dónde estoy? ¡¿Qué diablos me pasó?! ¡Maldición!»

Luego de unos segundos de agonía en donde le pareció haber oído sus propios sollozos, hizo un esfuerzo por ponerse de pie. En derredor, detrás de los arbustos y el follaje, unas aves realizaban el ritual auditivo de todas las mañanas. Fin de la noche, cielo pasando de un añil oscuro a un azul claro, y hora de cantar amigos, que el sol está por salir y esos humanos citadinos no se van a levantar solos. ¿Cómo? ¿Qué hay un tonto que pasó la noche durmiendo entre los arbustos de un parque? ¡Vamos a reírnos de él!

Sí, eso debía ser lo que pensaban esos pájaros, aparentemente los únicos testigos de su desgracia. Cuando se giró a ver el resto del parque, no encontró a nadie más cerca. Había gente caminando sobre la acera de las calles que encerraban al parque. La ancianita y el pequeño perro ya se encontraban casi a la salida.

Doble D se llevó una mano al rostro. Se frotó la cara pesadamente, llenándose la palma con la saliva de ese pequinés. Nada de esto se comparaba a las mañanas en las que se levantaba temprano, después de haberse pasado toda la noche terminando un proyecto. Esto estaba a otro nivel. No recordaba absolutamente nada de lo que había pasado anoche, y dudaba si quería recordarlo, a decir verdad.

—Ed... Eddy... —balbuceó. Hubo algo que movió su cabeza al mencionar a este último. Algo le decía que Eddy tuvo una idea muy estúpida que culminó en su despertar en este parque. La experiencia, supuso. Algo que involucraba alcohol, desde luego, pero hasta donde recordaba, era abstemio. Siempre se había negado a cualquier bebida alcohólica que Eddy o los otros le ofrecían.

Salieron a despedir el último día de sus vacaciones yendo a un bar.

Esa idea cayó como un rayo a su corteza cerebral, fulminando los rincones que hasta ahora tenían recuerdos borrosos. No se trataba de cualquier bar, era más bien el bar Dublín; un club reciente con sectores para todos los vicios del ser humano, tales como el sector de la barra, el de la pista de baile, etcétera. Ahora recordaba que esa idea no le había agradado en un principio, como tampoco veía con buenos ojos comprar esas dos botellas de whisky aunque él no pensara tomar, o que no debía dejar a su primo apostar con esa pandilla de matones ni aunque Eddy le dijera que si, o que...

«¡¿Qué?!»

Y bum. Otro shock de recuerdos. Clark no podía resistir a la tentación cada vez que veía mazos de cartas sobre una mesa, además de billetes, cigarrillos, y cinco gordos rudos apostando hasta a sus madres. El era muy bueno en ese juego. ¿Y que ocurriría si se lo presentara a Eddy, el impulsivo con alma de mánager codicioso por excelencia?

—¿Clark? ¡Maldición! —exclamó mientras se llevaba una mano a la gorra y comenzaba a caminar, sin saber exactamente a donde ir o que hacer. Clark era su primo. Sí tuvo la misma suerte que él —o quizá no tanta suerte— no cabía duda de que su tía lo mataría. Antes de salir, le había encargado a Doble D cuidar de él, a lo que su madre, hermana de su tía, le había dicho que no debía de preocuparse, que su tesoro era un muchacho responsable al igual que su primo y que para las dos o tres de la madrugada a mas tardar ya estarían de vuelta en casa.

Solo recordaba haberlo visto jugar. Clark era un jugador compulsivo, bastante bueno en casi cualquier juego de azar. Le había asegurado que esos tipos no le daban miedo y que en cuestión de una hora el bar Dublín pasaría a llamarse el bar de Clark y todos lo amarían y ellas morirán por el y toda esa sarta de tonterías que siempre decía cuando estaba motivado. Obviamente Doble D ya no estaba consciente para ver el desenlace.

Llamarlo. Tenía que llamar a alguien. Metió su mano en el bolsillo.

Todo se derrumbó dentro de él. Hay veces en la vida en la que ocurren hechos tan catastróficos que, en un primer momento uno no termina de creerlo, y hasta parece no ser más que una vil ilusión del cerebro. Y momentos después, uno termina por aceptarlo, lentamente, dolorosamente, pero lo acepta, y lo hace porque no tiene otra opción. Eso fue lo que ocurrió con Doble D cuando descubrió que sus bolsillos estaban vacíos. No había nada más que unas monedas. Sin teléfono, sin billetera, sin llaves, sin dignidad, sin sus amigos, sin su primo. Solo tenia unas monedas, el hedor del alcohol y el meo del perrito en sus pantalones que acababa de notar.

—Lo siento, tía... lo siento, mamá...

Mejor ni vuelvas a casa, se dijo.

Pero no era momento de lamentarse. Lo hecho, hecho estaba, y ahora no tenia otra opción. Debía encontrar a sus amigos y a su primo, si no quería que las cosas se complicaran aún más.

Entonces un nuevo recuerdo llegó. En realidad eran cinco. Los Eds, su primo, y el mejor amigo de su primo. Eso y el hecho de que no sabía absolutamente nada del paradero actual de los otros cuatro.

A medida que se acercaba a la entrada del parque, pasando por los caminos de concreto, los tortuosos senderos de grava, el monumento a algún soldado histórico o ancestro de Peach Creek, una pequeña fuente, y algunos carteles de anuncios y propaganda política, intentó imaginarse cómo fue posible que esa basura líquida haya entrado a su organismo en primer lugar. ¿De verdad lo habían convencido de tomar? No lo esperaba de sí mismo. Supuso que en algún momento debió haber ocurrido algo. No una apuesta, Doble D no jugaba a esas cosas. Habrá sido otra cosa. Tuvieron que haber interactuado con alguien más aquella noche, pero el solo recordaba a, además de sus amigos, los guardias de la entrada, el joven flacucho de la barra, los matones de las mesas de la zona del bar, los espectadores, y nadie más.

¿Y qué más ocurrió? «¡Recuérdalo, maldita sea!»

En el sector del bar no solo habían hombres fornidos buscando agrandar su riqueza o alguna otra cosa. En las mesas pudo notar a varias mujeres sentadas entre grupos de amigos. Algunas de ellas le habían llamado la atención, y no era solamente porque fuesen atractivas. Pero los recuerdos no eran muy precisos y no podía traer detalles. De algo estaba seguro: no estaban las Kanker. Pese a toda la resaca que nublaba sus recuerdos, sabría indudablemente si hubiera visto a Marie anoche.

Un último relámpago llegó a él. Fue tan intenso que tuvo que tomarse de un poste de luz para no caer. Se llevó una mano a la sien y entonces la vio. Ella llevaba un sombrero de paja tan grande que la hacia ver como a una niña, pero el sabia que debía tener su edad. Quien quiera que fuese, esa chica lo estaba llevando de la mano a través de pasillos de oscuridad y focos de luz aislados. Un recuerdo tan inusual que dudo de que fuese realidad, pero los detalles y todo lo demás le daban la impresión de ser real. Eso había pasado.

Lo que quería decir una cosa. Ella lo trajo aquí.

Llegó a la cabina de teléfono. Para este momento, la luz matutina ya era lo suficientemente intensa como para poder ver su reflejo en uno de los lados de la caja. Una marca de labios en su cuello confirmaban lo evidente. Doble D se apoyó sobre la cabina y bajó la cabeza. Era posible que estuviesen hablando de algo más que un simple robo a unos jóvenes. Quizás... No, decidió mejor no pensar en ello. Por si las dudas, se pasó una mano con pesadez por su boca. Además de los residuos de whisky, había un poco de marca de lápiz labial.

Tomó el único puñado de monedas que la señorita amiga de lo ajeno le había dejado amablemente y los introdujo en la ranura. Si sus amigos habían sido victimas de robo, entonces posiblemente ya no tengan sus teléfonos. Decidió no arriesgar las monedas y marcó a su mejor amiga.

—¿Diga? —dijo la conocida voz. Dulce voz. Angelical voz.

—¿Nazz? ¿Eres tú?

—¡Doble D! ¡Qué bueno que te oigo! ¡Estaba preocupada por ti! —exclamó desde la otra línea. Parecía liberarse de la angustia, y eso lo confundió aún más.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió? Nazz, estoy tan...

—Eso debería preguntarlo yo. Eddy me llamó hace una hora —respondió.

—¿Eddy? ¿Qué pasó con Eddy? ¿Dónde están todos?

Hubo un segundo de silencio. Doble D pudo imaginar que ella estaría pensando en cómo le diría lo que sea que le relató Eddy, y espero a que no fuese tan terrible.

—Bien, escucha. Eddy me dijo que fueron a Dublín y que tuvieron problemas. Al parecer, mientras tu primo Clark jugaba a las cartas con los sujetos de ese lugar, Eddy perdió la consciencia y despertó tirado en la puerta del bar. En ese momento Clark y Liam lo encontraron y se lo llevaron corriendo. Aparentemente se había armado una pelea entre ellos y los tipos del bar.

—Cielos.

—Así que los tres salieron corriendo de ahí. Fue increíble pero no hubo forma de comunicarnos; esos desgraciados le robaron el teléfono a Eddy, y los de Clark y Liam se habían quedado sin batería, así que tuvieron que buscar una cabina telefónica para llamarme. Eso habrá sido a las cuatro o cinco de la mañana. Luego de que me contara todo esto, le dije que llamaría a Rolf y a Kevin para que fueran en su ayuda mientras ellos iban hacia el callejón.

—Espera, ¿Y Ed? ¿Y yo?

—Según le dijeron Clark y Liam, cuando se armo la pelea ya no los vieron en el bar. —De repente, Nazz dio un grito ahogado—. ¡No me digas que te dejaron adentro!

Otro dolor de cabeza. Todo comenzaba a volverse mas pesado y la resaca amenazaba con derrumbarlo en cualquier momento.

—No, Nazz, estoy... Desperté en un parque.

—¡¿Qué?!

—Pues si... Aparentemente todo ocurrió cuando él se desmayó. Recuerdo estar en el bar, con los demás viendo jugar a Clark, luego de un momento a otro una chica me estaba llevando por las calles. Y luego me despierto en medio de un parque sin mi teléfono ni mi billetera... y meado por un perro.

Otro grito ahogado.

—¡Doble D, eso es terrible!

—Lo sé. Ser orinado por un perro es algo que no le deseo a nadie.

—Eso no, tonto. No puedo creer que los hayan atacado y les hayan robado.

—Yo tampoco, Nazz... —dijo cabizbajo—. Te estoy llamando desde una cabina con las únicas monedas que me dejó.

—¿Quieres que llame a tu ma...?

—¡No! —la detuvo, con el corazón en la garganta—. Perdón, pero por favor no la llames. No quiero preocuparla ni nada...

—Se enterará tarde o temprano, Doble D —se lamentó Nazz.

—Mejor que sea conmigo presente. Escucha, tengo que encontrar a todos. ¿Eddy te dijo algo más sobre a dónde fueron?

—Me dijo que iban a ir por Lincoln hasta los suburbios, los tontos no llevaron dinero suficiente para un taxi. Y esto fue hace una hora y media —le dijo ella. Doble D repitió lo último en un intento de reflexión. Una hora y media. Realmente dudaba de poder alcanzarlos, eso si es que lograron avanzar sin problemas—. Ahora que lo pienso, si aún no sabemos de ellos es porque deben seguir vagando en el centro. ¡A lo mejor ya se encontraron con Rolf y con Kevin!

—Genial. Entonces iré para allá a ver si los encuentro. Si te llama dile que voy para allá.

—Doble D.

—¿Si?

—Ten mucho cuidado, por favor.

Doble D pudo sentir una minúscula punzada de emoción en su interior.

—No te preocupes, lo tendré. Y Nazz, gracias por esto... —dijo, mientras se pasaba una mano por el gorro—. Se que debimos haberte despertado...

—No, no, no. Ustedes son mis amigos, es lo mínimo que puedo hacer.

—Lo sé —respondió él, con una risa nerviosa—. Gracias.

—De nada. Cualquier cosa por ti.

Doble D juro poder haberla visto guiñarle el ojo después de la ultima frase. Luego colgó. Casi sin notarlo, esbozo una pequeña sonrisa. Hablar con ella le había hecho muy bien.

Volvió a llevarse una mano a la cabeza. Era increíble que todo esto les estuviese pasando. Deseaba poder tener un momento para tranquilizarse, tomar una taza de café y pensar un poco mas sobre lo que iba a hacer, pero tiempo era justo lo que no tenia. No podía dejar a Eddy y a los demás ahí, de hecho aún no terminaba de entender que les había pasado, y siendo franco, todavía no aceptaba haber perdido todo lo que llevaba.

—¡Pssst! ¡Doble D! ¡Por aquí! —musitó una voz a su izquierda. Por un momento creyó que aquella voz provenía de su mente. Se giró a ver hacia esa dirección. Doblando por la esquina, detrás de un par de robles de gran altura y el vallado de metal, había un contenedor de basura. Medio rostro conocido se asomaba.

Fue para allá, y no pudo creer a quien vio.

—¿Eddy? ¿Qué haces aquí? —preguntó con sorpresa mientras le ayudaba a levantar la tapa del contenedor. El pútrido hedor de los alimentos en plena descomposición volvió a revolverle el estómago.

Se inclinó para devolver un poco más, y luego volvió a incorporarse.

—¡Maldita sea! ¡Estamos muertos, Doble D! ¡Dime que no te siguieron! —advirtió Eddy, mirando hacia todos lados.

Doble D lo observó. Apestaba a mierda, aunque la imagen de por sí era graciosa; tenía una cáscara de mandarina en su cabeza. Por lo menos se encontraba bien.

—¿Qué? ¿De quienes hablas, Eddy? ¿Y por qué estás metido en un contenedor de basura? —cuestionó, tapándose la nariz.

Su amigo continuó explorando cada esquina del parque. Doble D pudo detectar un atisbo de terror y rencor en sus ojos.

—Esos gorilas... Esos tipos nos siguieron a mí y a los demás... Liam y tu primo... yo estaba con ellos y nos estaban persiguiendo, entonces vi desde allí este contenedor, les dije que me siguieran y corrí a esconderme. Liam y Clark no llegaron, por lo que supuse que los idiotas no me escucharon y siguieron de largo. Pero desde aquí alcancé a ver a esos tipos buscando por este parque. Luego vi a una persona de cabello plateado y creí que era una chica. Cuando estaba por salir a hablarle, me di cuenta de que era un tipo y que era el que les daba órdenes a los demás sujetos. —Lo toma de la camisa—. Doble D, ¡Abrieron este contenedor! Si no fuera porque alcancé a cubrirme con esta bolsa de consorcio me habrían encontrado y me habrían arrancado la cabeza.

El instinto los llevó a mirar en derredor, nuevamente. Unos peatones por allí, otros dos en la parada del bus, y nada más.

—Entonces, ¿esos tipos fueron detrás de Clark y de Liam?

—Es lo mas probable. —Eddy apoyo sus brazos en el borde del contenedor y continuó verificando el horizonte—. Sabia que era una mala idea dejar que apostara con ellos, ¿Por qué no lo detuviste, Doble D?

Doble D quedo boquiabierto ante sus declaraciones, siendo que había sido justo al revés.

—¡Pero si fuiste tu quien lo alentó a apostar con ellos! "Vamos, Clark, solo se vive una vez. El país de las oportunidades." Eso salió de tu boca.

—Ya, pero fue solo para animarlo. No creí que fuera a meternos en problemas.

Doble D suspiró con firmeza.

—De cualquier forma ya no importa. Ven, sal de ahí.

—De acuerdo. Dame una mano, amigo.

Doble D lo ayudó a salir, Eddy lo tomó del brazo para impulsarse hacia afuera, logrando salir, cayendo encima de él.

Una vez cruzada la avenida que separaba al parque, Doble D declaró poder caminar por su cuenta.

—Vamos hacia los suburbios. Nazz ya me llamó y me contó todo. Tenemos que encontrar a Ed y a los demás.

Mientras se abrían paso por las calles desiertas del centro de Peack Creek y se adentraban al ambiente matutino clásico de todos los días, Doble D le relató todo lo que había vivido en la noche antes de sucumbir a la nubosidad de sus recuerdos, y después, cuando despertó en ese parque hasta que se encontraron. Eddy solo escuchaba.

—A ver si entendí. Esa chica te llevo hasta aquí luego de haberte drogado, ¿te robó y se fue?

—Correcto.

—Ya veo. —Eddy sonrió pícaro—. ¿Y tuvieron sexo?

Doble D se giró a verlo con incipiente indignación.

—¡No, Eddy! No tuvimos nada —espetó, ignorando las risas de su amigo—. Lo único que hizo fue robarme, dejarme aquí abandonado y solo con unas monedas.

—Y su marca de labios en tu cuello y tú boca. Hasta en los robos te llevas la mejor parte. Al menos dime que valió la pena.

Doble D puso de nuevo una cómica cara inescrutable. El buen Eddy nunca cambiaba.

—Eddy... —Pero algo se detuvo. No fue la expresión de orgullo fraternal de Eddy por su posible victoria, que por cierto no le importaba en lo absoluto. Lo que era crucial era su identidad, de la cual no recordaba mucho—. Pues no lo sé. Tenía ese sombrero que le cubría hasta el cabello, y era un poco más baja que yo. Quizás hasta tenía mi edad, pero es todo lo que recuerdo. No creo que alcance con esto para encontrarla. Oye, pero eso no importa. Dime qué fue lo que ocurrió allí.

Eddy sentía como el mínimo esfuerzo por evocar algún recuerdo sobre el bar lo desorientaba y lo mareaba.

—No se... Yo solo escuchaba "atrapen a ese gordo" y "que no escapen". Querían matar a tu primo, Doble D. No se como pero todo se había ido a la mierda.

—Nazz me dijo que te encontraron tirado en la puerta de Dublín.

—Eso es verdad, pero te lo juro, en un momento estaba viendo la partida de truco con ustedes, y al siguiente Liam me estaba zarandeando y gritando cosas que no entendía, y un grupo de simios nos querían cortar la cabeza. Prácticamente me sacaron arrastrando de ahí. Oye, en serio. Esos dos casi hacen que nos maten. Clark debió haber hecho algo que los molesto mucho. Tal vez les estaba ganando épicamente o tal vez lo descubrieron haciendo trampa. Y luego esta Liam. Se metió con la novia de uno de esos tipos.

—¿Qué? ¿En serio? —pregunto Doble D sorprendido, aunque conociendo a Liam eso no era de extrañar.

—Si. Cuando aun teníamos conciencia voltee a ver y estaba hablando con una chica que estaba con uno de ellos. Debí suponer lo que ocurriría —finalizó rascándose la cabeza—. Cabeza de Calcetín, entiende que si seguimos vivos es porque el niño Dios es generoso.

—Es temprano para relajarse. ¡Ed esta desaparecido!

—¡Maldición! Es verdad.

Cruzaron por la avenida Costigan, una de las principales, transversal a Lincoln. Un Audi blanco pasó por la calle, con la música a todo volumen y los bajos sacudiendo el exterior, haciendo retumbar toda la calle. Cruzó un semáforo en rojo y dobló por una calle. Eddy lo observó sin verlo, estaba absorto en sus preocupaciones. Sin rastro de Ed ni de los demás todo parecía tan fastidioso. Eso y el hecho de que esos estúpidos del bar se estén saliendo con la suya.

—Tenemos que hacer algo, Eddy. Hay que encontrarlo.

—De verdad no lo puedo creer. Estamos metidos en un gran problema. ¿Qué mas nos falta?

En ese momento se escucharon voces de atrás.

—¡Corran!

—¡Sálvese quien pueda!

Eran Clark y Liam. El primero, quien originalmente había vestido una camisa roja a cuadros sobre una prenda blanca, ahora solo vestía los restos de dicha prenda. En cuando a Liam, parece que fue más rápido. Solo notaron un corte en su pómulo derecho y algo de mugre de cloaca en su cabello celeste.

A unos cincuenta metros avistaron un grupo de jóvenes corpulentos, aparentemente molestos, aproximándose como una jauría salvaje, profiriendo insultos y recuerdos a las madres de los cuatro.

—¡Son ellos! ¡Son esos tipos que nos seguían! —reconoció Eddy.

Eran seis muchachos. Tres de ellos eran tipos robustos, otro era gordo. Clark había jugado una partida con esos cuatro. El quinto era ese joven de cabello plateado, y el último era un sujeto no habían visto en el bar: llevaba ropa negra, un pasamontañas y guantes, y dado el contexto en el que se encontraban, más que un ladrón parecía un asesino.

Cruzaron Queens, la avenida transversal principal, que dividía casi a la mitad a Peach Creek marcando el limite de la zona neuralgica de la ciudad. Del otro lado, comenzaban los barrios bajos.

Llegaron hasta una manzana desierta que parecía un gran terreno baldío con algunos arboles en las esquinas. En el medio se alzaba un pino muy alto, con una plataforma de madera que alguna vez fue la base de una casa del árbol. Los cuatro atravesaron la maleza repleta de basura plástica y trozos de madera. Llegaron a escalera colgante y subieron.

—¡Rápido! ¡La escalera! —bramó Eddy, una vez que todos llegaron arriba. Los matones estaban llegando.

Los cuatro comenzaron a hacer subir la escalera colgante hasta el extremo, de manera que esos tipos ya no tuviesen forma de subir.

—¡Aquí no nos alcanzarán! —aseguró Clark, temblando de miedo.

—Pero algún día tendremos que bajar —respondió Doble D.

—Algún día tendrán que irse —dijo Clark, quien no veía con malos ojos quedarse a dormir en esa plataforma—. ¡Fue una trampa, yo lo sé!

—"Trampa". ¿Así es como se llama ahora meternos en problemas? —espetó Eddy.

—Eddy, no creo que sea buen momento para discutir entre nosotros —le respondió Doble D.

Allí abajo, se podían escuchar los gritos e insultos. Doble D presto atención al movimiento de las maderas. Los golpes de esos tipos lograban hacerla sacudir unos milímetros.

—¡Baja aquí, gordo tramposo de mierda! ¡Y trae a tu novia el de pelo celeste!

—Pfff, seis contra cuatro. —Eddy se posicionó en la barandilla y les gritó, sosteniéndose la parte intima—: ¡¿Perdieron las pelotas en el camino?! ¡Vengan de a uno, simios homosexuales!

—¡Eddy! —exclamó Doble D horrorizado, mientras Liam echaba a reír y Clark seguía con un semblante preocupado. La risa de Liam se esfumó cuando vieron a uno de ellos comenzar a trepar por el tronco.

—¡Oigan! ¡Un gorila se aproxima a nosotros! —dijo Liam, lo suficientemente alto para ser escuchado. Eddy y él continuaron riendo, mientras los primos se horrorizaron aún más.

—Liam, ¿cuál de esos orangutanes era el que estaba con tu chica?

El chico volvió a guardar la sonrisa.

—No lo recuerdo, Eddy... ¡Auch! —Una pequeña piedra lanzada desde abajo había impactado en la cabeza de Liam—. Santa María, qué puntería —dijo despreocupado, sobándose la cabeza.

—Oigan, ¿No creen que se está acercando mucho? —anunció Doble D con un hilo de voz. Ambos se movieron hacia el otro lado y vieron al trepador a menos de dos metros de distancia

—¡Maldición! —exclamó Clark, sujetando a Eddy—. ¿Qué haremos, muchachos?

—¡Yo que mierda sé! —respondió apartándolo de el para pensar mejor—. Piensen en algo ustedes.

—¡¿Te crees muy valiente metiendo tus manos en las cosas de otros?! ¡Pues ahora meteré algo en tu boca, a ver si te gusta! —le gritó el escalador a Liam. Era un muchacho calvo y un poco fornido, aunque no tanto como los de abajo.

—¡Amigo, ella me dijo que no tenía novio! —se defendió, tranquilo.

—¡Y una mierda! ¡Te romperé el cuello!

Doble D y Eddy se giraron a ver. Dos de esos tipos (los dos más robustos) habían comenzado a escalar. Abajo quedaban otro de esos matones; el sujeto de cabello plateado, a quien reconocían de la escuela pero cuyo nombre no surgía en sus mentes; y por último ese misterioso enmascarado.

—Meh, llegaran aquí de todas formas —predijo Liam, recostándose en el piso—. ¿Alguien se cuenta un chiste?

—¡¿Qué estas haciendo?! ¡¿Esos locos nos van a alcanzar y tú tan tranquilo?! —exclamó Clark, casi arrancándose los pelos con las manos.

—Si, lo harán —respondió Liam con una sonrisa. Luego se puso de pie y comenzó a hacer elongaciones y movimientos de brazos. Sea lo que sea que piense, Clark lo entendió al instante.

—¿Qué tienes en mente? —le preguntó Doble D, quien aun no sabia en que pensaban.

—Pues nada. Cuando lleguen se me ocurrirá algo... o tal vez no.

—Diablos, no tenemos oportunidad contra ellos. Y Rolf y Kevin no llegan —exclamó Eddy, luego tomó de la camisa a Doble D—. ¡Rápido, piensa en algo Cabeza de Calcetín!

Lo cierto era que el panorama era desolador: estaban atrapados en una casa del árbol, incomunicados, con tres energúmenos subiendo por ellos y otros tres esperando abajo. Nadie pasaba por la calle, y los pocos autos que lo hacían seguían de largo. Debían pensar que estaban jugando. Y Ed... y de Ed no sabían absolutamente nada.

—Si no los hubieras provocado llamándolos simios tal vez habría podido hablar con ellos —acusó Doble D.

Eddy estaba por responderle cuando escuchó el ruido de una motocicleta cesar. Los refuerzos al fin habían llegado.

—¡Víctor! ¡A la cara!

—¡Hola, perdedores!

Los dos Eds y Clark sintieron alivio. Observaron a la cabra de Rolf saltar hacia el matón de abajo, derribándolo, mientras que Kevin intentaba darle un golpe al muchacho plateado.

—¡Llegaron! —celebró Eddy.

—¡Estamos salvados! —dijo Clark.

Doble D se dejó caer en el suelo de madera, liberando un fuerte suspiro. Pero en ese momento uno de ellos había llegado.

—Oh, oh —dijo Liam, quien había acabado de prepararse. Rápidamente el joven calvo se abalanzo sobre él, ambos forcejearon un rato. El sujeto terminó por tomarlo del cuello con una llave, utilizando su peso para tratar de hacerlo caer con él al vacío—. Oye, si querías un abrazo solo debiste pedirlo.

—¡Liam! —Clark fue tras su amigo, sosteniendo lo del pie para que no cayera.

Doble D y Eddy volvieron a mirar hacia abajo. El matón al que había atacado Víctor recibió un puñetazo de Rolf en la cara y cayó inconsciente. El animal se alejó unos veinte metros del árbol.

—¿Y tú quién diablos eres? —cuestionó Kevin al enmascarado, quien sin responderle, se dispuso a atacarlo.

—Un asesino que contratamos para ustedes —respondió el chico de plateado. Su voz no era para nada grave, pero no dejaba de ser siniestra—. No volverán a pisar nuestro bar.

—¿Qué? —murmuró Kevin, bloqueando un ataque. Rolf volvió con él para meterse en la pelea doble.

Habiendo tomado carrera, Víctor galopó con velocidad hasta el tronco del árbol y sin detenerse comenzó a escalar, en dirección a uno de los dos sujetos. La punta de uno de sus cuernos le dio justo en el trasero, haciendo que el muchacho diera un sobresalto, un grito, y cayera hacia abajo.

—Es mi héroe... —murmuró Eddy. Justo al lado de él, de la barandilla de madera una mano se asomaba. El otro había llegado.

—¡Eddy, cuidado!

Eddy vio al sujeto subirse a la plataforma de un salto y pegó un grito. Era el mas grande de todos. De fondo pudo verse a Víctor regresando a tierra.

—¡Están muertos!

—Clark... me vas a dejar sin... sin cabeza —le dijo Liam, quien se estaba quedando sin aire por la llave del sujeto. Clark se dio cuenta de esto e intentó escalar por el pantalón de Liam, hacia donde lo tenía agarrado, para intentar hacer que lo soltara. El centro de masa de los tres cruzó la barandilla y entonces comenzaron a inclinarse lentamente hacia afuera. Y cayeron.

—¡Clark! ¡Liam! —gritó Doble D.

—¡Doble D! ¡Ayúdame! —Eddy forcejeó con el otro matón, siendo reducido rápidamente.

Los tres, Liam, Clark, y el calvo, cayeron justo donde yacía inconsciente el otro matón.

—Bien hecho, Víctor —lo felicitó Rolf, sin dejar de pelear. Si de combates se trataba, aquella joven cabra era lo mejor que tenía en su rebaño.

Un descuido hizo que el supuesto asesino le acertara en el rostro. Rolf retrocedió, tomándose la nariz. En ese momento el enmascarado, en lugar de seguir atacando se dio a la fuga. Confundido, Rolf pensó en seguirlo, pero luego miró hacia arriba. Los chicos Eds estaban en aprietos. Ese otro rufián, uno de los chicos famosos de la escuela, seguía peleando con Kevin.

Mientras tanto, en la casa del árbol, el grandote tenía a Eddy en el piso, listo para golpearlo en la cara, y dados los estados físicos de ambos, Eddy terminaría indudablemente en coma.

—¡Doble D! —volvió a gritar Eddy.

Todo se detuvo en Doble D. Su amigo corría peligro de muerte. Él podría ayudarlo, y sin ninguna duda querría hacerlo, pero eso implicaba una cierta ruptura con su pacifismo. Si había una posibilidad de solucionar esto con palabras, ahora eso ya se había esfumado.

«Es todo. La diplomacia acabó. Tú sabes que hacer, Doble D, no lo niegues.»

Pensó en Nazz. Pensó en Ed. Pensó en Clark. Pensó en su madre. Pensó en todos los que lo creían un pacifista... Pensó en los que creían que él nunca recurriría a la violencia...

Pensó en qué es lo que le diría Marie... y tomó una decisión.

Se dirigió hacia el grandulón, dispuesto a hacer todo lo posible para ayudar a Eddy.

—¡Deja a mi amigo!

«Te lo dije. Tus reglas no valen nada.»

«Ahora no, por favor.»

Eddy cerró los ojos, esperando recibir un poco de medicina del matón y quizás, si tenía suerte, despertar en un hospital con la menor cantidad de huesos rotos. Pero nada de eso ocurrió. Cuando abrió lentamente sus ojos, vio al sujeto tratando de despegarse de algo que tenía en su nuca. Medio cuerpo enfundado con un pantalón jean oscuro colgaba a cada lado de su cuello. Logró ver entonces a Doble D, trepado sobre su cuello, bloqueando su nariz y su boca con sus manos.

—Doble D... —murmuró Eddy, asombrado.

—Eddy, ¡Sal de ahí!

Pero Eddy no hizo caso; se puso de pie y con un grito de batalla se lanzó contra el mastodonte.

—¡Muere!

Rolf estaba escalando el árbol dispuesto a ayudar a los chicos Eds. El chico plateado era muy escurridizo. Rolf notó que no practicaba ningún arte marcial, y que sólo con su experiencia era capaz de dar pelea. No obstante, pensó que Kevin y Víctor serían suficientes para lidiar con el.

Justo cuando estaba por llegar, vio una masa oscura cayendo de la cima. Era el matón, junto con Eddy y Doble D, todos gritando mientras caían.

—¡Amigos! —Rolf se soltó del tronco, dejándose caer.

El sonido al caer fue seco, y una cortina de polvo marrón inundó el sitio, haciendo que todos tosieran. El árbol incluso llegó a temblar un poco. La barriga del sujeto sirvió para amortiguar la caída de los Eds. En ese momento, el sujeto enmascarado que se había ido estaba regresando.

—¡Policías! ¡Hay que irnos! —anunció este.

—¡Esto no se quedará así, bola de manteca! —gritó el joven plateado, señalando a Clark. Ambos se fueron corriendo de ahí, dejando al resto de matones tirados a su suerte.

—¡¿A dónde creen que van, cobardes?! —vociferó Kevin mientras iba tras ellos.

—¡Espera, Kevin! —exclamó Rolf.

Kevin los persiguió por dos manzanas, hasta llegar a una furgoneta que habían dejado estacionado en la avenida. Se dirigió rápidamente hacia su motocicleta, aparcada sobre la acera del otro lado de la calle, pero sus esperanzas por detenerlos se esfumó cuando vio una cosa.

Las ruedas habían sido pinchadas. De fondo pudo escuchar el motor de la furgoneta arrancar. Se giró a verlos alejarse por Lincoln, cruzar dos semáforos en rojo y perderse al doblar en una calle.