Aquella noche, Lee se encontraba perdiendo el tiempo en la computadora no personal que compartía con sus hermanas, una portátil que funcionaba sin batería, cuando Marie abrió de un portazo la puerta de la habitación. Estaba hundida en lágrimas.

—¿Y a ti qué te pasa?

De la boca de Marie no logró salir algo audible, pero sus ojos revelaron lo trágico. Resultó que no era tan trágico como el sentido de la palabra lo indicaba, sin embargo, para Marie sí se trató de un golpe muy duro. Cuando le dijo lo que vio, Lee no lo pudo creer al principio. Por como lo había contado sonaba como a un chiste, y uno de mal gusto. May se había ido a de compras con mamá esa tarde, y era tal la ansiedad de las dos hermanas que fueron hasta el centro para buscarla.

—¿A dónde van con tanta prisa, niñas? —había preguntado mamá.

—May tiene que ayudarnos en algo —fue la respuesta de Lee.

Casi arrastrándola, la llevaron consigo hasta donde Marie había visto lo que vio. Para cuando llegaron ya era de noche.

—Ese tonto. Sabía que algo muy sospechoso sucedía —opinó May.

—Tiene que pagar por lo que hizo —sostuvo Lee.

Pero no pagó por lo que hizo. El más peligroso secreto del joven más rico de la ciudad permanecería guardado bajo los archivos de Lee Kanker por varios meses después.

Lee buscó una vez mas por la barra, a ver si veía alguna cara conocida, mientras deslizaba una mano sobre la cuchilla de su hoz. Rozó la apertura de un pequeño compartimento en el arma, donde se hallaba la bala de plata que había reservado con cariño para su vampírico ex cuñado.

Todo lo que percibía Eddy en ese lugar era el ruido. Algún tema de rock sonaba allí afuera, lejano, pero potente. Vio una puerta y una habitación que no era suya, y supo en donde estaba. Seguía en la mansión, y la fiesta continuaba.

Se levantó con pesadez. No le tomó mucho tiempo deducir el estado en el que se encontraba. Casi no había bebido en la noche, por lo que no tuvo problemas en orientarse. Estaba oscuro. Las ventanas habían sido forradas por ambas caras.

—¡Oficial! ¡Ayúdeme! —gritó alguien en esa habitación. Por la voz grave de retrasado, Eddy supo que se trataba de Ed.

—Soy yo, tarado. —Eddy agudizó la visión a la oscuridad. Ed estaba esposado de muñecas y tobillos a un gran yunque. Lo que más se temía era un hecho. Estaban atrapados—. ¿Qué es esto?

Su teléfono sonó. Era Freddy. Eddy vio además que tenia varias llamadas perdidas de Lee.

—Eddy Skipper McLean. Ya has despertado. Susie me comentó que sus amigos tuvieron problemas en capturarlos y encerrarlos en ese cuarto. Pero es bueno ahora que desde allí no podrán evitar que los delate frente a todo el mundo —dijo el millonario, esta vez con un tono despreciable. Eddy trató de abrir la puerta y descubrió que le habían puesto llave. Puso el altavoz.

—Hicimos todo lo que nos dijiste. ¿Por qué nos traicionaste?

—¿Crees que me hice famoso y reconocido en Peach Creek por juntarme con insignificancias humanas como ustedes tres? ¿Crees que realmente esperaba aplastar a las niñitas del Consejo con ayuda de ustedes? ¿Ustedes, que lo único bueno que hicieron en su vida fue ir a molestar al fracasado de tu hermano? Esto es más grande de lo que crees, socio. Jugaron sucio en ese torneo de tenis.

—¡Oye, tú también fuiste parte de esto! ¡Solo seguíamos tus ordenes, maldito traidor!

—Si, y doy gracias por ello. Han hecho demasiado por mí, aunque no lo crean. Ahora, tendrán el honor de sacrificarse por la causa. Dentro de dos horas el proyector transmitirá las imágenes que mi informante en el Consejo sacó de ustedes usando lásers. Pero como soy más bueno que Jesús les permitiré negociar.

—Métete tus negocios en el culo.

—Oye, calma, Eddy. Cielos, al menos déjame terminar. Doble D no está con ustedes. Si quieren salvarse, quiero que lo llamen y le digan que vaya donde el micrófono y confiese que hizo trampa en el torneo.

—¡Jamás!

—Entonces vayan buscando otra ciudad donde vivir. Fue un placer haber hecho negocios con ustedes, pequeñines. Ah, y no olviden un abogado. Goodbye.

Eddy tomó lo primero que encontró en la mesita y lo arrojó con violencia contra la pared.

—Eddy, acaso él… ¿nos traicionó? —preguntó Ed con temor.

Eddy lo miró, lleno de furia.

—¡No! ¡Es una broma para YouTube, idiota! ¡Ahora vendrá y nos sacará de aquí, y nos iremos de putas! ¡Abre la cabeza! ¡Estamos atrapados!

—Yo… Solo preguntaba, Eddy. —Eddy volvió a apoyarse en la mesa. La cabeza le estaba estallando. Sentía lava en el estómago, un violento arranque de ira y rencor, y de pronto se vio en la necesitad de romper un par de cosas más—. Eddy… ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Qué hacemos? ¡¿Qué hacemos?! ¡¿Cómo carajos quieres que lo sepa?! ¡Estamos perdidos! ¡Ahora todos sabrán que hicimos trampa en el torneo gracias a ese puto traidor! ¿Y adivina qué? Nos expulsaran del colegio. —Eddy dijo lo último con un hilo de voz, mientras todos los recuerdos lo invadían de golpe. Estaban condenados, y ahora iban a perderlo todo. Absolutamente todo—. Saldremos en las noticias. ¡Lo viralizarán! ¡Tendremos que irnos de la ciudad para siempre! ¡Mierda!

Ed no dijo nada. Permaneció en silencio, viendo como Eddy trataba de calmarse luego de su descargo. Eso no fue todo. Eddy dio un alarido de dolor cuando se dio cuenta de que ya no tenía el frasco.

—Oh, encima se robaron nuestro dinero. ¡Se llevaron nuestros quinientos dólares! ¡Maldita sea, todas las semanas me roban algo! ¡La puta madre! —Eddy tomó una taza de porcelana y la arrojó contra el suelo—. Voy a matar a Freddy. ¡A Freddy y a su estúpida novia!

Ed no sabía que decir. No quería abrir la boca y seguir recibiendo reprimendas de Eddy. Se sentía igual de abatido que él. No era rabia, si no mas bien desilusión y tristeza. Justo cuando parecía que iban encaminado a algo y que todo estaba saliendo bien, lo perdían todo.

—Doble D ya sospechaba algo… Debí haberlo escuchado… —dijo Eddy. Tuvo una fugaz luz de esperanza al recordar a su superdotado amigo—. Doble D. Él sigue afuera con Nazz. Él puede ayudarnos.

Tomó su celular y llamó a Doble D.

Doble D y Nazz se habían ido a sentar en un banco cerca de la fuente del jardín. El agua reflejaba la inmaculada luna llena, y las ondas de luz que formaba se reflejaban en la pareja. Se habían pasado gran parte del tiempo hablando de cosas sin importancia. La intensa sesión de besos los había dejado a ambos exhaustos y con las bocas manchadas de rojo, tanto que parecían un par de payasos. Nazz se la estaba secando a él con un pañuelo.

—Creo que ya terminé. Sí. Listo.

—De verdad, Nazz. No era necesario.

—Claro que sí. Tenías la boca completamente roja —comentó ella. Todo el lápiz labial que se había puesto yacía en el pañuelo—. Lo siento, me propasé contigo.

—No. Valió la pena —dijo él. Se acercó a ella para retomar el asunto, pero justo cuando estaban a un centímetro, la llamada de Eddy llegó.

—Creo que deberías atender —le sugirió la diablilla. Él se reincorporó y atendió.

—¿Eddy?

—Doble D… Estamos en problemas. —Doble D puso el altavoz. Eddy procedió a contarle absolutamente todo. Doble D fue perdiendo la serenidad y la alegría que había tenido hasta ese momento. Comenzó a atravesar varias emociones. Desde la indignación, hasta el miedo. Pero por sobre todas las cosas, se sentía culpable. Habían sido traicionados por su culpa.

—Sí… Trataremos de buscarlos, Eddy —dijo antes de colgar.

—No puedo creerlo —dijo Nazz, totalmente indignada—. Qué desgraciado.

—Todo… todo esto es mi culpa. Yo fui el que se los sugirió. Fui yo —se lamentó él.

—No fue tu culpa. Tú solo quisiste ayudarlos a encontrar a los ladrones. En todo caso, la culpa fue mía… y de Johnny y Billy en parte —sostuvo Nazz, tomándolo del rostro—. Escucha, no podemos quedarnos aquí. Nos necesitan.

—Cierto. Yo los metí en esto y yo tengo que sacarlos. Aunque aún no sé cómo lo haremos.

—Ya veras que hallaremos la forma —dijo Nazz, antes de darle otro beso. Regresaron a la mansión.

Que Freddy era alguien en quien difícilmente se podía confiar era algo que Lee Kanker sabía desde incluso antes de que su hermana comenzara a salir con él. Pero al menos, durante su relación, le fue difícil deducir que este tipo escondía un secreto de ese tipo. Un secreto tan… tan aborrecible. Y lo escondía bien. Durante todo ese tiempo se preguntó cómo fue que no le hizo pagar las consecuencias por haber hecho lo que hizo. Tenía el arma cargada en su frente, y solo tenía que disparar. Y deseos no le faltaron. Solo un disparo y acababa con su vida, con su reputación, con todo. La información es poder, y lo primero en lo que pensó Lee fue en sacarle provecho a la situación. Hubo mas cuestiones que se entrometieron, posibles problemas con la ley, entre otras cosas. Lee sabía que este podría tirarle encima a todo su estudio de abogados para iniciarle causas por extorsión, y ahí ella lo habría perdido todo. Por esto es por lo que decidió conservar el secreto.

Hasta hoy.

Lee se sorprendió al no encontrar a los Eds por ningún lado. Era como si se hubiesen ido. Probablemente también era parte del plan del bastardo. Al final Marie tuvo razón; él planeaba deshacerse de ellos hoy mismo.

Se abrió paso entre la multitud de jóvenes que bailaban alguna basura prefabricada del último año. Ella tenía una aversión incluso mayor debido a que era lo que siempre ponían en el local de tatuajes donde trabajaba, toda la tarde. Todas las canciones sonaban igual y aun así lograban los chorrocientos millones de visitas en YouTube. Era increíble. La única explicación posible era que la gente congregada actuaba como una masa, y a la masa le gustaba la mierda.

Fue ahí cuando vio algo que le llamó la atención. Aparentemente habían colocado maquinas que inyectaban vapor blanco, como esos que había en las discotecas, pero con una particularidad. Primero, el gas era rosa, no blanco. Segundo, no veía las máquinas por ningún lado. Tuvieron que ser máquinas. En realidad, nunca hubo de esos en las fiestas anteriores de Freddy, así que era una invención nueva.

El gas se expandió por todo el vestíbulo, apoderándose primero de la mitad cercana a la salida. Lee le echó una última ojeada a la mitad trasera, hacia el lado derecho donde estaban los baños. Vio a ese chico Liam con una chica colegiala en la puerta del baño. Se acercó para oír, pero Nicole la interceptó.

—Disculpa. Lee. ¿No has visto a Kevin? Hace más de una hora lo estoy buscando.

Lee recordó como había enviado a su hermana mas pequeña para distraer a Kevin y sacarlo del camino. Lo que le dijo a Marie allá arriba no era broma, realmente creía que sería mejor para Nicole, quien hasta ahora no había dado la impresión de ser una mala persona, buscarse a un hombre de verdad, una compañía mejor que el perdedor patán que tenía por novio, que debía agradecer todas las noches por haber encontrado a otra que lo soportara y que aun así se daba el descaro de engañar.

—¿Qué parezco? ¿Su maestra de primaria? No lo he visto.

Nicole estaba tan angustiada que pasó por alto su respuesta. Se giró y fue con Liam y esa chica asiática.

—Liam, ¿no has visto a Kevin por aquí? Dijo que se sentía mal y que iría al baño, pero eso fue hace como una hora o más, y ya me está preocupando.

—¿A Kevin? —preguntó este, recordando que no lo había visto en toda la noche—. No. Pero deja que me fije. Ya vengo, damas —saludó él, siempre con una sonrisa. Acto seguido se metió al baño.

Lee volvió a girarse. El gas se estaba acercando vertiginosamente. Fue entonces cuando tuvo el primer y único impulso absurdo e irracional de la noche. Una parte de ella, quizá la más superficial y la que aún conservaba vestigios de su niñez, decidió que ese gas era algo malo. No tóxico, ni oloroso, ni dañino. Simplemente malo. Y echó a correr.

El gas avanzaba hacia la parte trasera. Se volteó, y pudo comprobar que tuvo razón al alejarse. El gas había atrapado a varios de los muchachos del equipo de Tim, muchos de los cuales se habían disfrazados de piratas. Los vio aturdidos, ladeando las cabezas, como si no supieran en donde estaban. Entonces pegaron un grito de guerra. Parecido al que hacían los espartanos en la película 300.

—¡Dennos todo, niños!

Comenzaron a atacar a todos mientras cantaban alguna canción de piratas con una apabullante sincronía y armonía. Los que tenían espadas de cartón las usaron. Los que no, tomaron lo primero que encontraron; vasos, botellas, etc., como arma.

El siguiente grupo en caer en la misteriosa maldición volátil fue el de las amigas de Nicole, de las cuales algunas se habían vestido de porristas. Comenzaron a saltar y a hacer acrobacias mientras canturreaban alguna coreografía en apoyo a los durazneros.

Rolf estaba en el público, buscando a los escuálidos que le habían vaciado un barril de alcohol encima. Aspiró el gas, y de pronto se encontró en un lugar extraño, lleno de jóvenes y un ruido estridente. Este no era su hogar.

—¡Recórcholis, Batman! ¡Esos piratas están atacando a todo el mundo! —dijo Billy, señalando hacia donde estaba el lio.

—Debe ser el espantapájaros, o alguna otra artimaña del Joker, esa basura que mata por dinero —respondió Johnny.

Ambos corrieron hacia el centro de la pelea, listos para dar y recibir golpes de todo tipo. Antes de llegar al gas, Johnny pensó que estaba haciendo una excelente imitación de Batman. Una vez que estuvo en él, todo se tornó extraño. Era como despertar de golpe tras una leve sacudida. No conocía bien el vestíbulo de esa mansión, pero claramente esto no era Ciudad Gótica.

Lee no tenía tiempo para presenciar todo ese lio. Se volvió y trató de hacerse paso por entre la gente, pero el gas avanzaba más rápido. Tanto que llegó a alcanzarla. La chica se cubrió la nariz, se abrió camino golpeando a todos y logró llegar al pasillo, custodiado por el gran Ben.

—¿Marie pasó por aquí?

—Si, hace un momento. Pero Freddy me dijo que no dejara pasar a nadie.

—Si, eso dijo él. Pero necesito pasar.

—Bueno… Al demonio, ustedes se conocen. —El hombre se corrió y la dejó pasar.

Subió las escaleras al primer piso, donde habían encontrado a Kevin. Allí estaba Marie sentada en un rincón, inundada en lágrimas.

—¿Y a ti qué te sucede?

—Nada. Vete.

Alguien había cortado con tanta basura latina y había puesto una canción de Guns n roses. Eso combinaba más con el ambiente de furia de ahora. Marie se encontró acurrucada en el suelo mientras los parlantes reproducían la música.

—May no me atiende —dijo Lee—. No encontré a los Eds por ningún lado, y Freddy…

—Vi a Doble D —irrumpió Marie. Lee se calló—. Con Nazz. Los vi b-besándose… afuera.

Axl Rose se apoderaba de la fiesta con su poderosa voz, y el ambiente rítmico de Izzy Stradlin. Slash aparecía con su guitarra para hacer su arte.

—¿Y?

—Esto es u-una m-mierda, Lee… —dijo entre sollozos. Casi no se le entendía nada.

—Deja de llorar y levántate. Tenemos cosas que hacer —insistió Lee, pero Marie seguía llorando—. Oye, los vimos juntos la otra noche en la prisión abandonada. Sabias que terminarían así. ¿Por qué te sorprende?

—No c-creí que iba a d-doler tan-tanto. ¿N-no lo entiendes? ¡Yo lo amo, Lee! Aún… aún lo amo… No puedo…

La gran hermana mayor comenzaba a desesperarse. Si no hacían algo ahora, Freddy terminaría saliéndose con la suya. Y ahí sí no habría nadie que los rescate.

Lee sujetó el mentón de Marie, y le dijo todo lo que pensaba.

—Escucha, Marie, escucha muy bien lo que te voy a decir, porque no lo repetiré. —Marie la miró con sus ojos hinchados—. Olvídate de ese idiota. Tuvo mucho tiempo para valorarte a ti y todo lo que hiciste por él, y nunca lo hizo. Si él prefiere estar con esa oxigenada, que solo está con él para no estar sola, antes que contigo, es su problema. Pero ahora necesito que hagamos algo por estos tres tarados y contra el bastardo que se atrevió a faltarte el respeto.

Lee la soltó y se levantó. Marie no dejaba de llorar. Estaba devastada.

—No podré olvidarlo, Lee… N-nunca logré hacerlo.

—¡Al menos ponle voluntad! Diablos… Voy a estar buscando arriba, alcánzame cuando te hayas podido levantar.

Y la dejó ahí. Sola. Absolutamente sola y sin nadie que la amara en ese oscuro pasillo. Se encogió aún más, sumergiéndose en esas crecientes tinieblas. Eran dolor y agobio.

No llores esta noche. Aún te amo, nena. No llores esta noche.

Se secó una lágrima. Se puso a pensar en lo increíblemente estúpida que debería estar viéndose ahora mismo, sentada en las escaleras en una fiesta, sola, llorando por un amor no correspondido de hace años. Por algo que la estaba destruyendo por dentro.

No llores esta noche. Hay un cielo sobre ti, cariño. No llores esta noche.

Pero no podía olvidarlo. Tuvo en ese momento la certeza de que quizá jamás podría. De que tendría que vivir con ese dolor. De que nunca seria suya. Y entonces, ¿qué se hacía ahora, cuando todo parecía perder sentido y nada de lo que se podía hacer cambiaría su realidad? Tal vez comenzar a castigarse a sí misma. Como, por ejemplo, volver a reprenderse por haberse alejado de él, dilapidando cualquier oportunidad que tuvo para salir con él.

Lee sabía que no podría contar con Marie, no al menos por ahora. Mientras subía de nuevo al despacho, intentó una vez más llamar a su otra llorona hermana. Pero no contestaba.

—¡Contesta el maldito teléfono, May! —Nada. No atendía—. ¡Mierda! ¡¿Para qué carajo tienen teléfonos si no los van a atender?!

Lee no podía entender como el estridente tono de llamada con vibrador incluido no lograba llamar la atención de May. Si bajó de nuevo a la fiesta era entendible, pero al menos debía sentir el vibrador. Aunque haciendo un poco de memoria, se le vino una imagen muy fuerte a la cabeza. Una bastante vulgar.

El estridente tono de llamada sí había logrado despertarla. May Kanker no pasó por la misma dura modorra a la hora de despertar. Aun así, sentía como si algo hubiese cambiado en ella, o en su cuerpo. Removiéndose entre las sabanas, se estiró para despertarse, y su mano derecha tocó el cuerpo de otra persona.

Ignoró las llamadas entrantes de su celular y abrió los ojos con rapidez, temiendo sufrir la ceguera de la luz diurna. Pero no había luz diurna, seguía en la fiesta de Halloween, con el sonido de la música amortiguada por una puerta y por pensamientos angustiantes sobre su situación actual. No quiso girarse a ver, pese a que ya sabía lo que había ocurrido, y con quién había ocurrido. Se volteó hacia su lado. El piso estaba desparramado de ropa. Debajo de sus zapatos pudo vislumbrar sus bragas color lila, y un poco más allá yacía su sostén.

May bajó la cabeza e intentó pensar en si de verdad ocurrió lo que ocurrió. Más despierta que nunca, se resistía a reconocer que eso ocurrió. Pero los hechos hablaban por sí solos. Otro de los tantos consejos de mamá: lo hecho, hecho esta, y no hay nada que puedas hacer al respecto. Seguramente lo dijo luego de embarazarse de Lee, o de Marie, o de ella.

Tratando de no despertar a Kevin, movió las sabanas y fue saliendo lentamente de la cama. Se sintió aún más extraña cuando vio sus propios pechos al aire libre. No porque anduviera algo mal en ellos o porque nunca se los viera, sino porque era la primera vez que otra persona las veía. Y las tocaba. Y las besaba.

Lo primero que hizo fue revisar su celular. Eran las tres de la mañana. Había pasado apenas una hora. Además de eso, tenía cinco llamadas perdidas de Lee. Pero lo que más le dolió fue ese mensaje de Whatsapp de Ed preguntando donde estaba, que estaba jugando videojuegos en la zona de juegos y que ella no sabía lo que se perdía.

Comenzó a vestirse, tratando de pensar en otra cosa que no sea en los gemidos que había soltado hace no más de una hora, cuando un chico había decidido serle infiel a su novia con ella, llevándola a conocer el paraíso, donde el césped es verde y las chicas son lindas. No, no estaba en casa. Se sentía extrañamente estúpida volviendo a ponerse el disfraz, pero ya no aguantaba estar ni un minuto así.

Examinó detenidamente el pequeño cesto de basura. Allí estaba aquel instrumento de látex usado. No supo si sentirse aliviada, o asqueada y horrible por ello. Tenía la necesidad de irse de ahí. Si se despertaba y le proponía otra ronda, quizás eso es lo que terminarían haciendo.

Cuando estaba por tocar la perilla, él la llamó.

—May…

La chica suspiró y se volteó lentamente.

—Esto fue un error. No volverá a pasar —sentenció ella.

—Lo sé. Solo quería saber cómo estabas. Temo haberte… lastimado —dijo Kevin, sentándose en la cama. La penumbra apenas dejaba ver parte de su torso. May pudo ver en sus brazos las huellas de las uñas que le había clavado durante el acto.

—Estoy bien. Aunque aún no he caminado. —Abrió la puerta. Él no dijo nada más, pero May aún tenía algo que decir—. Fue algo lindo, Kevin, pero no debió pasar. No quiero ser la amante de nadie, si es lo que estás pensando. Adiós.

—Pero…

May cerró la puerta dejándolo con la palabra en la boca. Se alejó de ahí con prisa, prácticamente huyendo despavorida y con un nudo en la garganta. La fiesta seguía igual de ruidosa, pero por alguna razón se escuchaban más gritos que antes, como si estuvieran en una batalla. Aunque no descartaba que así sean las fiestas de verdad. Apenas había ido a unas pocas en su vida como para tener un juicio formado sobre ellas.

Se adentró por los oscuros pasillos, sosteniéndose de la pared al notar que se le dificultaba caminar. Lanzó una maldición al aire mientras sufría en cada paso. Llegó a la escalera de mármol, donde se sentó a descansar, y rompió en llanto, ocultando su rostro en sus manos. Lo había echado a perder.

Lee abrió la puerta de una patada, decidida a matar a alguien. Sí, eso era lo que iba a hacer esta noche. Iba a asesinarlo. Iba a hacer lo que debió haber hecho desde el primer momento.

El sujeto escuchó el portazo y volvió a revolcarse dentro del cofre. El cajón daba saltos cuando se movía.

—¡Sáquenme de aquí! ¡Por favor! ¡No puedo respirar!

—¿Dónde está Freddy? ¿Dónde están Ed y Eddy? —interrogó ella, acercándose. Hubo un momento de silencio.

—¡No lo sé! ¡De verdad!

—Entonces me voy. —La chica volvió a la puerta y la abrió.

—¡No! ¡No, por favor, sácame de aquí!

—Dime lo que quiero saber —exigió ella, volviendo a cerrarla de un portazo.

—Está bien. Está bien. Hablaré. Freddy encerró a esos dos, Horace y a McLean, en una de las habitaciones de la mansión. No sé cuál, de verdad que no lo sé. Planeamos transmitir en el proyector gigante de la fiesta una serie de fotografías y videos que evidencian que ellos usaron linternas durante el torneo de tenis.

—¿Y dónde está Freddy?

—Está en la habitación de control de música de la mansión. —El sujeto la escuchó abrir la puerta para irse—. ¡Oye! ¡¿No dijiste que ibas a sacarme?!

—Eh, no. No lo hice.

Volvió al pasillo desde donde se veía toda la fiesta. El gas rosa se había expandido por toda la planta baja. Prácticamente ya era un caos. Parecía una batalla como la del Age of Empires, juego que por cierto también tenían en la zona de juegos de computadora. Se lamentó pensando en que podría estar ahora mismo en la comodidad de los asientos pateando traseros de nerds, usando las estrategias más sucias y riéndose en sus caras, pero el deber y la familia la llamaban.

Todo en el vestíbulo era un caos. Vasos y objetos volaban por todas partes. Sarah, Jimmy y Willy observaban todo, ocultos bajo una mesa.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Willy.

—Tú eres el genio. Sal y haz algo. —Sarah lo empujó afuera. Willy tomó su varita y se puso de pie. Al primero que reconoció fue a ese grandote al que le había pateado el trasero, literalmente, en la final del torneo de tenis. Se había disfrazado de Hitler.

—¡Tú, enano de mierda! ¡Te voy a meter a un horno!

—Sarah, lo van a hacer papilla —dijo Jimmy, temblando de pies a cabeza.

Willy blandió la varita hacia él.

—Esto… a ver… ¡Expelliarmus! —pronunció, agitando la varita.

—¿Qué está haciendo el bobo? —preguntó Sarah desde la mesa. El matón se acercaba lentamente hacia él.

—Rayos, no funciona. A ver. ¡Petrificus Totalus! No… ¡Desmaius! ¡Crucio! ¡Avada Kedavra!

—Creo que intenta hacer un hechizo de Harry Potter —comentó Jimmy, aferrándose a ella.

—Gracias, Capitán Obvio —espetó Sarah— ¡Oye, Willy! ¡Estamos en la vida real! ¡Deja de jugar y piensa en algo para sacarnos de aquí!

—Rayos. ¿Por qué mis hechizos no funcionan? —se preguntó Willy. El matón ya se había puesto delante de él.

—¿Y si de verdad cree que es Harry Potter?

—Jimmy, no estoy para juegos.

—No. Piénsalo, Sarah. Aquí todos están actuando como si creyeran que son lo que están disfrazados.

—¿Y por qué tú no te crees Ron Weasley ni yo Hermione Granger?

Ese fue un buen punto de partida para analizar el motivo que los llevó a estar acorralados bajo una mesa. Sarah y Jimmy habían ido a la barra a pedir gaseosa mientras Willy se paseaba por la zona de juegos una vez más cuando el gas fue liberado. Cuando regresaron, el chico ya actuaba extraño. La furia ya se había armado, por lo que Sarah tomó a los dos de las capas y rápidamente los ocultó bajo la mesa más próxima.

—No sé. A lo mejor… A lo mejor el gas rosa que vimos tuvo algo que ver.

—Puede ser… Oye, Jimmy. Si eso que dices resulta ser cierto entonces eres un genio. No como ese cuatroojos charlatán —sentenció Sarah, volviéndose a ver a Willy. El chico seguía agitando la varita en frente del matón.

El gran Hitler estiró el brazo para golpearlo. Entonces llegó Rolf y lo golpeó con los cuernos.

—Chico Potter, ¿qué está pasando aquí? —preguntó el granjero.

—¿Un minotauro? Oigan, es un minotauro —señaló Willy a Sarah y Jimmy.

—Rolf, ¿pero qué carajos es lo que sucede aquí? —preguntó Sarah. Ella y Jimmy aprovecharon para salir.

—¿Quién es Rolf? Mi nombre es…

—¡Vas a morir, hijo de puta!

El tipo se acercó a atacar a Rolf. Este se preparó para enfrentarlo.

—Debéis iros, niños.

Doble D y Nazz trataron de abrirse paso hasta los pasillos, pero todo había empeorado por ahí. Los piratas perdieron la cabeza y comenzaron a golpear a todos los varones de la mansión. Tuvieron que retroceder al centro del vestíbulo para que no los golpearan. Allí la otra mitad del equipo de fútbol americano, disfrazados de espartanos, gritaban y lanzaban cosas.

Uno de esos espartanos sorprendió a Doble D.

—¡Toma esto, subcampeón!

Doble D apenas tuvo tiempo para tomar consciencia de que iba a ser golpeado. Sin alcanzar a reaccionar, Nazz golpeó en el rostro al chico, tirándolo al suelo.

—¿Q…qué? —murmuró él. Doble D no podía creerlo. Ella realmente tenía buenos reflejos.

—¡Me golpeaste, perra!

El chico se levantó. Doble D se interpuso sin pensarlo.

—No te acerques a ella —espetó él. Estaba perturbado. Ese tipo había ofendido a Nazz. A su Nazz. Necesitó de mucha fuerza para tranquilizarse y él no ayudaba.

«Vamos. Golpea a ese fracasado. Insultó a nuestra chica. Se lo merece. No seas un cobarde y golpea...»

—Mira lo que me hizo tu novia, renacuajo. Deberías controlar a esa pu…

Antes de que Doble D pudiera reaccionar, alguien había derribado al chico con una patada voladora. Una figura negra. Un caballero de la noche.

—¿Johnny? —preguntó Nazz.

—¿Johnny? Yo soy Batman —Johnny fue a seguir peleando contra el boxeador, que era más grande y le llevaba una gran ventaja. Doble D quiso acercarse, pero Nazz lo detuvo.

—No. Doble D, por favor. Vamos a buscar a Ed y a Eddy.

Solo porque ella se lo pidió fue que se abstuvo de ir a buscar a ese energúmeno. Le había faltado el respeto. No le agradaba para nada dejar las cosas así, pero ahora la prioridad era encontrar a sus amigos.

Billy llegó como Robin para apoyar a Johnny. Doble D y Nazz trataron de llegar hasta el pasillo que conducía a las escaleras secundarias, pero se toparon con un problema. El guardia Ben y otros dos de seguridad habían armado una barricada con varias mesas y muebles. Un grupo de cinco chicos disfrazados de soldados estaban atacando la muralla con patadas.

Una mesa voló en frente de los dos chicos. Doble D se volteó. Era Clark. Este pegó un grito y se golpeó el pecho.

—¿C-Clark? —balbuceó Doble D. Comenzaba a comprender que había pasado.

—Doble D… ¿Q-qué le pasa?

Doble D se interpuso una vez más entre él y Nazz. No creía que su primo fuera capaz de agredirlos, pero la mesa que había arrojado hace segundos le decía otra cosa. El grupo de piratas actuando como piratas y ese extraño gas rosa casi invisible les indicaban a gritos otra cosa.

El increíble Hulk se aproximó a Doble D, y le clavó los ojos. Durante ese corto instante que pareció durar una eternidad, el muchacho pudo ver un vestigio de quien era su familiar, tratando de recordarlo.

Nazz se había sostenido del brazo de Doble D, tratando de evitar que se metiera en problemas por defenderla. Cualquiera de los gorilas del equipo de Tim era capaz de dejarlo en coma de un solo golpe, pero el hecho de que fuera su propio primo quien lo encarara la desconcertaba.

Finalmente, Clark dejó a los dos chicos y se fue a golpear a otros muchachos.

—Doble D, ¿Qué está pasando? ¿Por qué el no…?

—Él me recordó, Nazz —respondió, con una sagacidad que lo aterraba—. No perdamos tiempo.

—¡Corran!

El segundo acto de Quicksilver llegó a continuación. Liam reconoció a Dobl Nazz y llegó con ellos.

—¿Doble D? ¿Nazz? ¿Ustedes son normales?

—¿De qué estás hablando? Liam, ¿qué es lo que les paso a todos?

Los tres corrieron a ponerse a salvo en la entrada a los baños, donde aún quedaban varios que no habían aspirado el gas.

—No sé. Nicole se acercó buscando a Kevin. Me dijo que estaba en el baño y que llevaba una hora esperándolo, así que entré a buscarlo, pero no lo encontré. Cuando salí…

—Todo se había desatado —finalizó Doble D.

—Si… Todos actúan en lo que se vistieron, ¿no?

—Eso parece —respondió Nazz. Se había quedado pensando en la desaparición de Kevin. ¿Por qué tardaría tanto en el baño? ¿Se habrá escapado de su novia?

—Qué bueno que no aspiraste eso —dijo Liam, mirando su vestido de diablilla—. Debería presentar una queja a Freddy por el escándalo de su fiesta. Oh, esperen.

Quicksilver corrió hacia donde estaba un muchacho disfrazado de un personaje de Naruto con una gran espada.

—Disculpa. —Le tocó el hombro—. Ese sujeto que está ahí dice que tu disfraz te hace ver como un afeminado y que sin la espada no podrías ganarle ni a un niño de primero.

—¿Qué? —Le había señalado hacia Hank, que también se encontraba tratando de derribar el muro del pasillo—. Ese miserable de Gilligan, pero me las va a pagar.

El chico fue a enfrentarlo, dejando su espada. Liam la tomó y regresó con la pareja.

—Un regalo de bodas, para ustedes dos —les dijo Liam, guiñando el ojo. Doble D se ruborizó. Nazz se mostró fastidiada.

—Si ese chico Hank se entera les volverá a hacer la vida imposible.

—Meh. No se enterará.

—Como sea —dijo Doble D—. Liam. Escucha. Encerraron a Ed y a Eddy en una habitación pisos arriba.

—¿Quiénes? ¿Y por qué harían eso?

—Fue Freddy. Trabajábamos para él y nos traicionó —reveló Doble D. Nazz se sorprendió de que finalmente revelara eso. El secreto ya no era un secreto.

—Lo sabía —declaró Quicksilver. Doble D pregunto cómo—. Atando cabos. Bien. Trataré de darle un buen uso a esta cosa.

Eddy pateó la puerta por decimonovena vez, pero nada.

—No tiene caso. Solo queda esperar a Doble D. —Eddy se sentó contra la puerta. Agudizando los oídos, escuchó los gritos de la fiesta—. ¿Eh? Ed, ¿lo escuchas?

—¿Qué cosa?

—Se están peleando. Allí abajo. ¿No lo escuchas? Carajo, y nosotros aquí. ¿Qué estará pasando?

El teléfono de Eddy recibió otra llamada. Era Lee. Eddy se vio tentado a ignorarla. Lo último que necesitaba era las burlas de ella. Pero quizá era su ultima alternativa para escapar de ahí.

—Buenas noches, Eddy.

—¿Qué quieres?

—Decidirme. Que Freddy los utilizó y se burló de ustedes ya es algo que nosotros seis sabemos.

—¡¿Sólo llamaste para joder?! ¡¿Tú qué sabes?!

—Ya lo sé todo. Sé que acudieron a él para encontrar a los sujetos que los atacaron y les robaron a ustedes tres cuando se fueron de fiesta el primer día de clases.

—¿Qu…?

—Lo sé porque el deforestado mental que seguramente está ahí contigo nos lo dijo aquella noche en la prisión abandonada.

Eddy se giró a Ed, lleno de ira.

—¡¿Que hiciste qué?! ¡Ed!

—¿Yo qué?

—Les dijiste a Lee y a las demás sobre nuestros asuntos.

—Yo… No sabía que eran ellas —se excusó Ed. Lee continúo hablando.

—Tiene razón. Le hicimos creer que éramos fantasmas y lo obligamos a revelar todo lo que sabia a cambio de su balón. El tonto creyó que le estaba hablando al fantasma de Marilyn Monroe. Pero eso no importa. ¿Dónde está el cuarto de música? Freddy lo cambió de lugar hace poco.

—No… Ustedes… Trío de entrometidas, ¿por qué siempre tienen que meterse en nuestros asuntos?

—Mi paciencia se agota. Estoy en los pasillos superiores buscando a Freddy.

—¿Estás en dónde? Oye, espera, sácanos de aquí.

Eddy se puso a golpear de nuevo la puerta para hacerse oír por Lee, si es que ella estaba cerca.

—¿Y por qué lo haría? Hasta donde sé, ustedes trabajan para él.

—¡Lee, no estoy jugando! Debes sacarnos de aquí.

—No hay problema, solo admite que Freddy los traicionó y que necesitan que nosotras tres salvemos sus traseros, de nuevo.

Retiró el teléfono de su oído. Sintió de nuevo la rabia crecer. Lee debía estar disfrutándolo mucho.

—¡No! ¡Jamás!

—Entonces adiós.

—¡No! ¡Espera! ¡Espera!

—Dilo.

Eddy quiso morir en ese momento. No podía creer como todo se había ido a la mierda en una noche.

—Fuimos… traicionados… y… —Lee le dio que continuara—… y las necesitamos.

—Eso era todo lo que quería oír. —Y colgó.

—¿Qué? ¡Nos colgó! ¡Maldita sea, nos colgó!

En ese momento alguien abrió la puerta de una embestida, haciéndola volar, llevándose puesto a Eddy. Era May.

—¡May! ¡Llegaste! —celebró Ed.

—¡Oye, ¿estabas escuchando?! —cuestionó Eddy, debajo de la puerta.

May casi volvió a quebrarse tras ver a su gran Ed de nuevo. Lo habían tenido esposado en ese yunque, abandonado en la oscuridad. La necesitaba y ella había tardado en acudir a su rescate por estar haciendo lo que hizo.

—Si. Vi que golpeaban a esta puerta y escuché que eran ustedes —respondió ella, sin ocultar lo deprimida que estaba.

—Libera a Ed. Lo encadenaron a ese yunque.

May se acercó a él, tratando de no hacer contacto visual. Tomó las esposas de las manos y los mordió, deformándolos. Hizo lo mismo con los pies. Ed rompió las esposas y fue liberado.

—¡Gracias, May!

Ella se volvió a la puerta. Dio un pequeño sollozo que Eddy alcanzó a escuchar.

—Oye, ¿te sucede algo?

—Lee los esta buscando. Tiene el video —dijo ella. A Eddy se le pusieron los pelos de punta al escuchar eso. El video. El maldito video—. Vamos.

El cuarto de música se encontraba en el extremo del tercer piso, tomando el camino de la derecha y siguiendo por el pasillo flotante hasta el final, en un corto desvío hacia afuera. Es decir, del otro lado desde el despacho. La puerta era de acero. La muerte (Lee) trató de abrirla a patadas. En el altavoz que estaba al lado de la puerta Freddy habló.

—Oye, estás dañando la puerta.

—Esa es la idea. Abre la puerta y enfrenta esto como un hombre. Si es que de verdad eres un hombre.

—Atrevida. Te gusta arruinar los planes de todos, Lee. Al igual que arruinaste el torneo de tenis que íbamos a ganar.

—Sí, ya sé que ustedes fueron los de las linternas. Por eso quiero entrar.

—Escucha lo que dices, Darling. ¿De verdad vas a ayudar a Ed y a Eddy? ¿Después de que trataron de hacerte perder?

La muchacha rio a carcajadas.

—¿Crees que lo hago por esos tres inútiles? Solo quiero verte morir, Freddy. Eso es todo lo que quiero.

—Querer es gratis. Ten cuidado con lo que deseas.

Era una habitación fortificada. Aunque su función era la de darle ambiente a la pista, parecía más una fortaleza. Desde allí controlaban todo, y en cualquier momento transmitirían las imágenes de los láseres. Odiaba admitirlo, pero ya no se le ocurría nada que hacer.

En ese momento, Jill (Marie) llegó caminando. Seguía con los ojos hinchados de tanto llorar por su amor.

—Creo que se me ocurre algo —dijo ella.

—¿Esa es Marie?

—Hola —habló Marie al micrófono. Todavía sollozaba—. No sé qué fue lo que te hicieron los Eds para que quieras arruinarles la vida así. Ni tampoco viene al caso ahora.

—¿Estás llorando?

—Sé qué no sientes nada por mí y que tu único miserable interés en que regrese contigo no tiene nada que ver con el amor. Mucho menos el deseo. Y también sé que nunca te amé. Me acabo de dar cuenta de eso hace una hora, pero…

—No. Espera. Sí había deseo, Marie. Eso te lo puedo asegurar —respondió él. Marie lo vio venir, pero aunque sabía que era otra de sus jugadas, en las que él fingía que abría su corazón, ella pudo escuchar algo de sinceridad en sus palabras—. Yo me esforcé… Me esforcé, pero logré que me…

—¿Lo ves? Ni siquiera puedes decir que me amaste porque tú nunca me amaste.

—Yo… Oye, yo te quería, ¿sí? Pero mamá insistía en que solo querías…

—Cierra la boca —ordenó Marie. Había recuperado un poco de firmeza en su voz—. Lo que diga tu mami me importa un carajo. No hablaré de eso ahora. Cierra la boca y limitate a oír. Tú fuiste un error que debimos haber enterrado hace tiempo. Aún no sé qué vi en ti. Así que te lo diré una vez. Si no abres esta puerta en este mismo instante, entraremos a todas las redes sociales existentes y publicaremos esto.

Marie acercó su teléfono al micrófono y reprodujo el video. Se había guardado una copia en su celular.

—¿Qué? ¿Qué es eso? —Se lo escuchó titubear al reconocer los diálogos—. No, eso es… Eso es imposible. ¡Eso es imposible!

Lee se acercó al micrófono.

—Eres un tarado, Freddy. ¿De verdad creíste que esos inútiles de los Eds habían borrado el video? Necesitábamos saber que era lo que de verdad se traían ustedes. Y también necesitábamos saber, bueno, Marie necesitaba saber, si Doble D también era parte de eso. Por eso te hice saber de la copia del video, para que enviaras a Ed y a Eddy a nuestra casa a destruir la copia, sin saber que tenía una contraseña secreta que no habrían podido encontrar si no hubieran abierto el archivo. Primer engaño de tus socios. La contraseña consistía en un problema de matemática que solo el cerebrito de Doble D podía resolver, y llevaba a un video mío instándolos a ir a buscar otra copia a la biblioteca. En cuanto bajaron a la biblioteca nos confirmaron que Doble D participaba también.

—Esos… Esos me engañaron…

—Claro. ¿Qué crees que hacían analfabetos como Ed y Eddy en la biblioteca? Pero no obtuvieron la copia. May le robó el pendrive a Ed ese mismo día. ¿Que qué logramos con eso? Sabemos mejor que nadie que sobornabas a los miembros del ex club de periodismo que maneja tu amiguita Susie para que calumniaran a tus víctimas, así que antes de que lo hicieras con los Eds, a Marie se le ocurrió mandarlos a la biblioteca en el mismo horario en que el club merodeaba por ahí, y ver qué pasaba, y oh, sorpresa. Esos tarados del club cavaron su propia tumba. De esa forma logramos ganar más tiempo —continuó Lee—. Solo quedaba averiguar el motivo principal por el que ellos acudieron a ti. Hicimos que Ed nos lo revelara usando nuestras artimañas. Todo fue para atrapar a los ladrones que los atacaron esa noche en el bar. Ya lo sabemos todo, imbécil. Y tenemos tu video. ¿Qué dices a eso?

Freddy no respondió. Se había hecho el silencio.

—¿Se habrá muerto? —preguntó Lee.

Marie vio a tres empleados del millonario llegando a los pisos superiores, donde estaban ellas. También eran caras conocidas, pero al contrario del gran Ben, esos no le caían bien.

—Será mejor que les entreguen toda copia que tengan a mis empleados. De lo contrario Ed y Eddy pagaran el precio.

—Nos tira a sus esbirros encima. De verdad no tiene pelotas —se quejó Lee.

Los tres llegaron al pasillo, bloqueando toda salida posible.

—¡Atrápenlas! —se lo escuchó gritar desde el otro lado.

Pero detrás de ellos venían otros tres chicos. Ed, Eddy y May. Ed los golpeó con el martillo de Thor y los hizo caer hacia la pista.

Doble D, Nazz, Liam, Johnny y Billy habían sido acorralados por todo el grupo de piratas de fútbol. Los dos últimos habían sido afectados por el gas, por lo que de verdad se creían que eran sus personajes.

—Nanananana nananana Batman —tarareaba Liam, tratando de defender al grupo con la espada.

—Buena melodía. Creo que deberían usarlo para hacer programas y series sobre mí —dijo Johnny.

—Pero ya los hicieron, hace décadas —informó Liam.

Los tres empleados que derribó Ed cayeron justo encima de cuatro de esos piradas, aplastándolos.

—¡¿Qué rayos?! —gritó Doble D, sorprendido.

—Algo está pasando arriba —dijo Nazz. Ambos miraron hacia arriba. Aprovechando la distracción, un chico vestido de payaso se acercó a los dos.

—Mueran. —Iba a golpear a Doble D, pero una vez mas los reflejos de Nazz los salvaron a ambos. La chica lo derribó con un puñetazo de karate.

—Eres… brillante —dijo Doble D.

—Así te gusto —dijo ella, besándolo una vez más—. Pero esto aún no termina. Y solo puedo usar las manos. Diablos.

—Sí… —dijo Doble D. El panorama no era alentador, por lo que se vio obligado a pensar en alguna alternativa. Recordó en ese instante que había ido con Ed y Eddy a una tienda de disfraces el cual tenia fama de tener cierto secreto oculto. Se decía que el dueño manejaba magia oscura. Doble D no creía en esas cosas, pero no perdería nada si intentaba algo.

El increíble Clark volvió a encontrarlos. Por la mirada en sus ojos, parecía que aún no podía recordar que no era Hulk. Doble D lo llamó.

—¿Qué haces? —preguntó la chica.

—Improviso.

El verdoso se acercó a él. Realmente parecía Shrek. Doble D le acercó la cruz de madera a la frente y la sostuvo con firmeza. Clark comenzó a maullar de dolor y a sostenerse la cabeza.

Se tiró al suelo y se encogió, tratando de resistir el dolor. Luego dejó de gritar y se levantó, bastante desorientado.

—¿Qué… qué pasó?

Doble D no podía creerlo. El crucifijo sí había funcionado.

—Inyectaron un gas en la fiesta y te creíste Hulk por una hora.

—¿Qué yo q…? —Una porrista lo derribó con una patada voladora. Nazz le propinó una placentera bofetada a la chica, desmayándola. Nunca se sintió tan bien golpear a alguien.

—Qué chica… —murmuró Doble D. Nazz se giró a él y le dio un pulgar arriba, sin ver que detrás de ella, el espartano de hace un rato se preparaba para golpearla. No supo de que manera, pero Doble D sintió que se interponía involuntariamente, al mismo tiempo que un brazo suyo se alargaba en forma de puño, e impactaba limpiamente contra el rostro del espartano. Cuando quiso darse cuenta, ese chico ya había caído.

—Doble D… —dijo Nazz, bastante sorprendida.

—Yo… no sé qué pasó.

El muchacho se puso de pie para seguir peleando, pero Billy (Robin), se interpuso.

—Santos caracoles, Padre. Si esa cruz logró hacerlo pasar esa bestia fétida lado bueno, ¡quizá funcione con los demás!

—Si. Es lo que estaba pensando —admitió Doble D. Mientras los demás lo cubrían, se acercó a la chica que había desmayado Nazz, y con mucho cuidado acercó la cruz y la presionó contra su frente. La chica comenzó a moverse en espasmos y a gruñir. Era aterrador. Duró solo unos segundos, y luego se quedó ahí, durmiendo plácidamente.

—¿Funcionó? —preguntó Nazz, acercándose a ella.

—Creo que sí —respondió Doble D, no muy seguro de lo que había hecho. Si de verdad funcionó, todo indicaba que tendría que hacer lo mismo con todos los cientos de invitados afectados por el gas, uno por uno. Nada práctico. Johnny, Billy y Liam le cubrían la espalda todo lo que podían, pero los objetos volaban por todas partes y era un peligro para ella seguir aquí—. Debo sacarla de aquí.

Mientras la tomaba en brazos con mucho esfuerzo, vio a un minotauro defendiéndose de Hitler. Reconoció a su viejo amigo Rolf.

—¡Rolf! ¡Ayuda! —lo llamó. El granjero lo escuchó, derribó de un golpe a su oponente y se acercó a él. Doble D le acercó a la chica—. Llévala a un lugar seguro. Yo tengo una cruz y puedo volverlos a todos a la normalidad, pero me tomaría mucho tiempo.

—Pondré a salvo a la doncella, pero ¿quién eres tú?

Doble D no supo que decir. Ese gas también había afectado a Rolf. Rápidamente le acercó la cruz a la frente. Rolf gritó y soltó a la chica. Doble D la agarró de nuevo antes de que se golpeara contra el suelo. Rolf se apretó la cara y emitió quejidos por unos segundos.

—¿Rolf?

—¿Eh? ¿Qué? ¿Chico Doble D?

Doble D volvió a entregarle a la chica en brazos.

—Solo sácala de aquí.

Rolf obedeció, todavía confundido. Doble D se giró y se dio cuenta de que se había alejado de sus amigos. Nazz quiso acercarse a él, pero otra chica, mas grande que la anterior, se acercó para atacarla a patadas. Nazz tuvo que defenderse como pudo.

Doble D miró en derredor en busca de alguien mas conocido. Trató de regresar hacia la entrada a los pasillos, ayudando a todos los que estaban en el camino. Exorcizó a otra porrista, una bailarina, dos ninjas, y a las dos enfermeras que le habían sonreído hace unas horas. Sin embargo, varios de los chicos aún seguían atacando con furia la barricada que el vigilante había armado para impedir el paso. No tenía más opción; tendría que buscar otro camino. Cuando se giró, vio de nuevo a solo dos metros a esa extraña figura con la bolsa en la cabeza.

El espantapájaros solo se quedó ahí, mirándolo. Se veía extraño, como si no fuera parte de todo eso. Doble D se acercó a él, y bajó la cruz.

—Doble D —habló el espantapájaros, con voz ronca—. No hay nada que puedas hacer.

—¿De qué…? ¿Quién eres?

—¿Quién soy? ¿Quién eres? ¿Qué hacemos ambos aquí? Nada de eso importa. El destino fue escrito el día en que nacimos, y nada se puede hacer al respecto.

—¿Qué?

—Esto ya no depende de ti —dijo él, acercándose.

—¡Atrás! —ordenó Doble D. El espantapájaros se mantuvo indiferente.

«¿Quién es este fenómeno?»

—No soy un fenómeno —respondió él. Doble D sintió los pelos ponerse de punta—. ¿Qué sucede, Vincent? ¿Le temes a lo desconocido? ¿Nos temes a nosotros? ¿O te temes a ti mismo?

—¿Q-quienes? ¿Qué quieren? —El muchacho comenzaba a desesperarse—. ¿Qué quieren?

—¿Qué das por esos dos miserables amigos tuyos? —dijo él, acercándose más. Doble D comenzó a retroceder. Se había quedado sin palabras, solo limitándose a aferrarse a la cruz. El espantapájaros se volteó a ver a donde estaba Nazz—. ¿Qué das por salvar a tu… conejita?

—¿Qué es lo que quieren?

—Solo te queremos a ti —repitió él, dando un paso más—. Tira la cruz. Y enfréntanos. Tu voluntad contra la nuestra. ¿Crees que podrás? ¿Tu voluntad es suficiente? Entonces hazlo.

A través del temblor de la cruz se manifestaba el terror de Doble D. El chico retrocedió una vez más, aferrándose aún más a su cruz. Se sentía paralizado, vulnerable. El espantapájaros ladeó la cabeza, y entonces arremetió contra él. Llevó una mano enguantada hacia la cruz, y se la quitó, arrojándola al suelo. Luego llevó su otra mano al rostro del chico. Doble D cerró los ojos y sintió como una fuerza lo empujaba hacia atrás, haciéndolo tropezar. El ruido había menguado en un débil pitido. Fue abriendo de nuevo los ojos. Seguía en la fiesta, en medio de la batalla campal. Se giró a todos lados, pero el Espantapájaros ya no estaba. La cruz tampoco.

Uno de los piratas lo sorprendió, tratando de darle un puñetazo giratorio. Doble D alcanzó a cubrirse y rápidamente se escabulló entre la multitud. No quería involucrarse en una pelea sabiendo que perdería, y mas ahora que ya no tenía el amuleto.

Corrió buscando una zona segura. Se chocó con un chico, de menor estatura que él. Ambos cayeron. Doble D identificó al muchacho como Harry Potter. Era…

—¿Willy Miller?

—¿Eh? Lo siento, Padre. —Willy le ayudó a levantarse, al mismo tiempo que Doble D recordaba que los menores como ellos no habían sido invitados a la fiesta—. Ese sujeto me estaba…

—¡Doble D! —gritó una chica. Antes de que el muchacho pudiera darse cuenta, Sarah lo embistió en un abrazo—. Oh, Doble D. Al fin un amigo.

—Es Doble D. Es un amigo nuestro —le aclaró Jimmy a su amigo.

—Chicos, ¿qué hacen aquí? Deberían estar en sus casas. Oh, Dios, sus padres los matarán. Matarán a Ed, mejor dicho.

—Ya, tranquilo, Doble D. Creo que esto es más preocupante —respondió Sarah. El muchacho trató de pensar con la cabeza fría, pese a no haber decidido aún si lo que había experimentado hace segundos con el Espantapájaros de verdad fue real. Poco después de eso, todas las luces excepto la del proyector se apagarían.

Mientras todo esto ocurrió, los Eds y las Kanker atacaron la habitación de música en donde se ocultaba Freddy.

—¿Dónde está esa rata traidora? —exigió Eddy. Lee señaló con el pulgar hacia la fortificada puerta.

—Creo que eres el único que puede abrir esta puerta, gran Ed —dijo Lee. El chico sonrió. No todo estaba perdido, este era su momento. Se preparó para golpear.

—¡Van a entrar! ¡Pon el video, maldita sea! —ordenó Freddy, desesperado.

Un martillazo. Freddy y otros dos chicos gritaron adentro. Otro martillazo. Gritaron como niñas. La tercera fue la vencida. La puerta se agrietó y se partió en tres. Ed, Eddy y Lee entraron, justo a tiempo. May y Marie se quedaron en el pasillo esperando.

—¡¿Qué?! ¿Cómo? —dijo Freddy, llorando de miedo.

—¿Cómo? No importa —respondió Lee—. Oficial, es todo tuyo.

Eddy se lanzó a él y comenzó a golpearlo. El millonario se cubrió.

—¡Ay, basta! ¡¿Por qué me golpeas?!

Los otros chicos eran Jason y el DJ que siempre contrataba Freddy. Se habían ocultado tras el escritorio. Lee los apartó tomándolos de la playera y arrojándolos afuera. Se acercó a la computadora. Lo utilizaban exclusivamente para dirigir el ambiente musical de la pista, como lo que haría un DJ. Claro que ahora iban a recibir algo mucho mejor que la basura que habían puesto hasta ahora, pensó Lee.

De la cuchilla de la hoz abrió el compartimiento pequeño y sacó el pendrive. Marie también tenía una copia en su teléfono, pero Lee quería ser la que le diera el golpe final.

—¿Tú que hacías aquí, Jason? —preguntó Eddy, sin dejar de patear a Freddy. Su presencia explicaba las canciones de Guns n Roses que habían colocado hace un rato.

—Freddy me contrató para ayudar a ambientar la fiesta y a cambio me dejaría elegir las canciones a las cuatro de la mañana —respondió nervioso.

—¿No serás otro informante de esta sabandija? —acusó Eddy.

—¡Ya! ¡No me pegues más! —Freddy se había hecho un ovillo en el suelo. May se le había sumado también—. ¡Héctor, haz algo!

El empleado de Freddy trató de ayudarlo con Eddy, pero Marie lo agarró del pescuezo y lo arrojó hacia el vacío. Jason se fue corriendo por los pasillos. La chica vio su largo y sedoso cabello ondeante desaparecer en las tinieblas.

En la computadora ya tenían preparado el material de los Eds con las linternas para exhibirlas en el proyector gigante. Resultó que todo era verdad. Pese a que ya lo sabía, Lee experimentó una especie de repugnancia contra el trio de imbéciles luego de ver las imágenes de Eddy y de Ed usando las linternas en las gradas. Si esto salía bien, esos tres le deberían una, y una bien grande.

Lee conectó el pendrive a la computadora. Ahí estaba el famoso y enigmático ES TU FIN HIJO DE 4. Desde allí también podía manipular el proyector, así que lo abrió.

—¡No! ¡Por favor, no! —rogó Freddy. Eddy lo pisó para que no pudiera arrastrarse.

Marie y May vieron desde allí un cuadro de luz formándose en el proyector. Luego parpadeó. Luego apareció la imagen borrosa de la miniatura del video. Estaba cargando. Le habían hecho una edición antes de traerlo. Lee le puso un fragmento de cuenta regresiva desde nueve hasta dos, en blanco y negro, como el de las viejas películas. Cada numero la estremecía mas y más. Todas las luces de la mansión se habían apagado. Todos allá abajo estaban mirando hacia el proyector.

Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Pantalla negra.

Y comenzó.


Lo primero que hizo Marie luego de descubrir el secreto fue correr. Correr como nunca lo había hecho desde aquel lugar desconocido hasta su casa. Estaba destruida. Había hecho un gran esfuerzo para quererlo, y cuando por fin podía decir que lo había logrado, entonces fue cuando lo conoció de verdad. Ya llevaba tiempo sospechando de que algo no andaba bien con él. Un montón de indicios la llevaban a pensar y a aventurarse en una operación de búsqueda. Lo que se encontró allí fue más que horrible. Mucho mas que espeluznante y atormentador. Algo que le rompió el corazón. Fue una experiencia que no superaría pronto.

Abrió la puerta de su habitación de un portazo, derrumbándose en jadeos y lágrimas. Lee le preguntó qué pasaba. Marie se lo contó. Lee la miró extraño. Luego de meditarlo unos minutos para poder creerlo, ambas fueron a buscar a May al centro comercial. Tenían que darse prisa, había que capturar las imágenes de esa escoria con las manos en la masa. Tenía que estar registrado.

Marie condujo a sus hermanas hacia donde tuvo que ver esa horrible escena, cerca del centro de la ciudad, en un pequeño lugar residencial. May no dejaba de hacer preguntas. Marie contenía el deseo de arrojarle algo a la hueca cabeza para que se callara.

Encontraron la casa y se metieron. Habían dejado la puerta hacia el jardín abierto, y no había nadie más en la casa. Caminaron con extremo cuidado hasta el lugar de los hechos. Al asomarse por la puerta, lo vieron todo. Lee tuvo que reprimir el impulso de reír. Marie seguía llorando. May se tapó la boca. Lee sacó el teléfono y comenzó a grabar.

—Buenos días o buenas noches, a ustedes, que tienen el placer de ver esto —siseó ella—. Lo que van a presenciar a continuación es la verdadera cara de Freddie Lockhart, ese payaso al que tanto adoran y admiran. Ahí está su héroe.

Lee apuntó hacia la puerta para grabar unos segundos, y luego de registrar un rato, la abrió de una patada.

Freddy Lockhart y Jason Ferguson estaban desnudos en la cama, besándose.

Los dos gritaron. Lee terminó de abrir la puerta de otra patada.

—Siempre supe que había algo extraño en ti, Freddy, desde la primera vez que vi tu horrenda cara. Ahora que te veo dentro del closet ya sé que es.

—¡Puedo explicarlo! No es lo que creen —dijo él, parándose. Se cubrió sus partes con las manos.

—No, solo quiero decirte algo. Ten, May. —Lee le dio el celular para que siguiera grabando ella—. Quiero que sepas que esto no es por eso. No los golpearé por falta de pelotas. Los golpearé por burlarse de mi hermana.

Acto seguido le dio un puñetazo. Jason trató de defenderlo.

—No lo golpees.

—¿Qué? Tengo para ti también, ven aquí.

Lee ordenó a May cortar el video, y golpeó un poco más a los dos. Los golpeó y los pateó, como si la traición se la hubiesen hecho a ella. Nadie se metía con sus hermanas. Nadie más que ella. Luego de dejar a Freddy llorando como una niña y a Jason inconsciente, Lee se detuvo. Marie solo se acercó a él.

—Eres la peor basura que he conocido en mi vida. Yo traté de hacer las cosas bien contigo. Te he sido fiel, te he dado todo de mí, y tú me… haces esto. Solo quiero decirte que mereces todo esto y mucho más. No creas que esto se quedará así. Me vengaré de ti, te lo prometo.

Marie abandonó la habitación antes de llorar de nuevo. Lee se acercó lentamente hacia él. Freddy retrocedió como un niño cagado de miedo.

—Ahora que no estamos al aire, solo quiero que sepas que no fue solo por lo que le hicieron a Marie. —Los miró a los dos—. Ustedes me dan asco.

Ella se retiró. May fue la última en acercarse. Solo le dio una bofetada al millonario.

Una vez afuera, solo se dedicaron a consolar a Marie en el camino, y a decidir qué harían con el video. Varios meses después, todo lo grabado seria presenciado por un cuarto de Washington en su misma mansión.


El video finalizó. Todos se quedaron en silencio en la fiesta. Nazz, Liam Johnny, Billy y Clark, que habían sido acorralados tras una esquina y solo dependían de la espada de juguete que habían conseguido, también vieron todo. Incluso Doble D, Sarah, Jimmy, Willy, y el recién regresado Rolf. Absolutamente todos lo vieron.

Se hizo el silencio en la mansión. Y entonces, y como si se tratara de alguna bizarra obra de teatro del siglo pasado, alguien del equipo de fútbol que no había sido afectado por el gas lanzo un chiste muy subido de tono sobre los amantes. Una risa se escuchó en alguna parte. A esta se le sumo otra, y otra, y varias más. Los matones que habían acorralado a los seis chicos también estallaron en risas. Pronto Willy echó a reír también.

—¡Esa estuvo buena!

—¡Mírenlo! ¡Freddy es gay!

—¡Con razón era tan afeminado!

—¿Quién lo diría? El equipo de soccer tiene a un marica en la portería. Por eso siempre se comen todos los goles.

Doble D aprovechó la distracción para dejar a los chicos con Rolf, y regresar con Nazz y los demás.

—Doble D… ¿Tú… tú lo sabias? —preguntó Nazz.

—No —dijo él, absolutamente conmocionado—. Ni siquiera lo sospechaba.

A fines del año pasado se había corrido el rumor de que Jason Ferguson, el portero del equipo de soccer, efectivamente pateaba para el otro lado. Solo los que conocían lo que significaba eso compartieron el rumor. Jason salió a desmentirlo y quedó en la nada, aparentemente. Ahora en cuanto a Freddy, alguna vez a alguien se le había ocurrido juzgar su estilo tan amanerado y bromista de ser, y su extrema pulcritud hacia todo lo que sea de clase media y baja. Hubo gente que en algún momento lo pensó.

Las risas no pararon.

—No… no… —Freddy ocultó el rostro en el piso y se puso a llorar.

—Mieeeerda —pronunció Eddy lentamente. Estaba impactado. No tenia palabras para lo que había visto. Todo este tiempo habían trabajado para un… para alguien así. Y nunca lo había sospechado.

—Miren al nene de mami llorando —continuó Lee.

Lo tomó del cuello del traje y lo arrojó hacia el vacío.

Freddy cayó encima de sus empleados, que amortiguaron el golpe. Cayó frente a Doble D, Nazz y los demás. Se levantó con dificultad. Lee y los demás bajaron por las escaleras hasta reunirse con él. Se encontraba acurrucado en el suelo, sollozando en medio de los jóvenes que iban recuperando su consciencia a base de carcajadas y comentarios despectivos hacia su persona. Lee Kanker miraba satisfecha su sentencia. Tal como lo había dicho, ahora todos conocieron de verdad a Freddy.

Escucharon una ventana romperse. Se giraron y vieron a Jason huyendo por allá. Algunos también se habían reído de él.

—Linda fiesta, Freddy —se burló Lee.

Parecía un feto acurrucado en el medio de todo. Entre quejidos, Freddy se levantó lentamente.

—Estúpida… —sollozó él—. Desgraciada. —Corrió hacia ella, con intención de atacarla—. ¡Desgraciada!

Marie iba a interponerse, pero Lee reaccionó rápido. Le dio al millonario un puñetazo en la nariz. Freddy volvió a caer, esta vez con lágrimas y sangre.

—Tú fuiste el estúpido, Freddy. Nadie JODE a mi familia.

Él solo escuchaba las carcajadas diabólicas de la gente. Mil dedos apuntando hacia él. Mil demonios ensañándose con su intimidad.

—¡Ja! ¡Miren al marica! —se rio Eddy, recordando la traición.

Incapaz de seguir viendo como su vida se había caído a pedazos, Freddy corrió hacia la salida. Sus empleados le abrieron.

—¡Corre, reina! ¡Corre! —gritó alguien.

Lo siguieron hasta la salida. Freddy entró en la parte trasera de la limusina, todavía llorando como un niño, y cerró la puerta. El auto se marchó a toda velocidad.

—¿A dónde se ira? —se preguntó Doble D.

—Seguro escapó a su casa —respondió Ed.

—Esta es su casa, tonto —aclaró Eddy—. Pero mejor. Nadie lo quiere aquí. Obtuvo lo que merecía. Ese… ese puto traidor.

Kevin recién había bajado al vestíbulo, encontrándose con todo el lio.

—¿Qué pasó? —le preguntó a Rolf.

—Pasaron un video del ricachón revolcándose en la cama con el chico Jason.

—¿Qué? —Kevin rio—. No, enserio Rolf. ¿Qué pasó?

—Eso pasó de verdad.

—¡Oh, Kevin!

Nicole llegó con él y le dio un gran abrazo. Kevin sintió un frio en su nuca. En lo último que había pensado durante su aventura era en su novia, aunque realmente no quería que se enterara. Ojos que no ven…

Pero May estaba viendo. No podía dejar de sentirse responsable por lo que había hecho. Los relatos de mamá sobre sus parejas la habían hecho detestar a los infieles, y hasta el día de hoy creía que estaba en el lado correcto. El pecado ya había sido cometido.

Eddy estaba recostado en la entrada. Lee regresó a la mansión, pero antes se detuvo a decirle una última cosa.

—La próxima vez que se metan en problemas busquen ayuda en sus amigos, o mejor aún, háganlo ustedes.

Eddy no dijo nada. Lee entró a la mansión. Un minuto después, salió con May y Marie. La segunda aún estaba de brazos cruzados y con un semblante de amargura. Su corazón dio un vuelco cuando a la salida vio a Doble D, al lado de Nazz.

—Marie… ¿Estás bien? —preguntó él.

Marie lo ignoró y siguió su camino. No quería estar ni un minuto más ahí. Solo quería llegar a su almohada y desahogar todo lo que tenía adentro.

—¿Qué le pasa? —preguntó Nazz.

—No lo sé… —Doble D se sintió preocupado por ella. Debió haber sido duro descubrir que tu pareja te engaña, más allá de que sea con alguien de su mismo sexo. Si es que era eso lo que la tenía así. Ahora comprendía esa relación. ¿Acaso él la utilizó para ocultar su sexualidad? ¿Para mantener con seguro la puerta del closet?

El sol saldría en tan solo minutos. Todos adentro reanudaron la fiesta. Sarah y sus amigos regresaron también adentro, pero ahora custodiados por Ed. Doble D y Nazz bailaron un poco más.

Para las cinco y media, el cielo se tornó azul añil, casi claro. Doble D salió al jardín, donde hace unas horas había compartido un apasionante momento con Nazz. Ed y Eddy lo estaban esperando en el mismo banco, para hablar.

—Caballeros, en vista de lo acontecido últimamente, me veo en la obligación moral de ofrecerles mis más sinceras disculpas.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Eddy.

—Si hay alguien responsable por todo lo que ocurrió, ese soy yo. Yo fui el que sugerí la idea de recurrir a él. Lo hice movido por el deseo de ayudar a mis amigos, y no pude ver el problema en el que nos estaba metiendo.

—Pero viejo, nosotros quisimos. Casi hasta que te obligamos. ¿No es cierto, Ed?

—Sí.

—Te dije que nos involucraríamos con cautela y fue justo lo que no hicimos. Nos involucramos en un montón de cosas. Esa rata es muy ingenua si cree que dejaré las cosas así.

—El hecho es que no sirvió de nada —dijo Doble D.

—¿Y el tipo que me secuestró? Tal vez fue otro aliado de esa mierda de Freddy.

—No sé, Eddy. No tengo ganas de pensar en eso.

Eddy empujó a Ed para que le hiciera un lugar a Doble D para sentarse.

—Cierto. Ahora tienes que pensar en tu chica —aguijoneó Eddy.

—Imagino que nos vieron —adivinó Doble D, ruborizado. Ambos asintieron—. No pasó nada, Eddy. Solo… ocurrió. Pero eso no significa que ahora seamos novios.

—¿Qué? ¿Entonces en que quedaron?

—En nada. Simplemente aún no hablamos de nosotros. Creo que todavía somos… amigos.

—Amigos con derecho, mira el lado bueno —señaló Eddy—. ¿Y? Cuéntanos. ¿Qué se siente besar a Nazz?

Doble D tenía un montón de adjetivos insuficientes para responder a esa pregunta. Simplemente había sido el momento mas feliz en mucho tiempo. Pero era parte de su intimidad.

—Bien.

—¿Solo bien? Qué aburrido eres.

—Eddy, hay algo que aún me inquieta. ¿Te has enterado del gas?

—Si, ya nos lo contaron Rolf y Nazz. Kevin no estaba abajo, nadie sabe dónde se metió —relató Eddy—. Aún no he entendido esa parte. Freddy quería que su fiesta resultara sin problemas. ¿Por qué metería un extraño gas que vuelve locos a todos para que generen disturbios en su propia mansión?

—Es que no fue Freddy —respondió Ed, enigmático y misterioso.

—¿Qué dijiste, Cejotas?

—No fue él. Fueron ellos —dijo. Eddy le preguntó cómo es que lo sabía—. No sé. Solo sé que fueron ellos.

Doble D se vio invadido una vez más por los nublados recuerdos de aquella escena surrealista con ese extraño sujeto.

—Ed tiene razón. No fue Freddy. Fueron… fueron ellos —dijo Doble D. Procedió a contarles a ambos sobre su extraña experiencia con el Espantapájaros.

—¿Y la cruz desapareció y ya? Pero alguien tuvo que haberlo visto —opinó Eddy.

—No lo sé, Eddy. Le pregunté a Sarah y a Jimmy y dijeron que no vieron nada.

—Me suena a que ese Espantapájaros tiene algo que ver con los que nos jodieron el primer día, los que me jodieron en la final, y los que jodieron a todos esta noche —enumeró Eddy

—El gas… Lo compraron en ese laboratorio. Ellos… los extraños que fueron a ese laboratorio —concluyó Doble D.

—Los amigos de esa chica —dijo Eddy.

—Si… Creo que ya no tienen control, quienes quiera que sean.

—No. —Eddy se puso de pie—. En algún momento terminarán por cagarla, y ahí los atraparemos. Ustedes están conmigo, ¿verdad?

Ed asintió sonriente, pero Doble D permaneció cabizbajo, y así le respondió.

—Eddy, no quiero que discutamos ahora que acabamos de vivir una noche caótica, pero necesito decirles esto. Creo que se acabó.

—¡¿Qué?!

—Se acabó, Eddy. Lo he estado pensando en toda la noche, y de hecho también lo he hablado con Nazz. No vale la pena seguir con esto.

—¿Estás hablando en serio?

—Sí. Se salieron con la suya, y hay que aceptarlo y dejarlo atrás.

—Pero Doble D… —murmuró Ed—. ¿Qué va a pasar con la venganza, Eddy?

—¿Enserio te vas a dar por vencido? ¿Te rendirás y ya? —insistió Eddy.

—Es que no hay nada más que podamos hacer. Y además, ¿te has puesto a pensar qué es lo que harías si los encontraras? ¿Les dirías «¿Hola, amables sujetos»? ¿«Ustedes nos robaron a mí y a mis amigos y queremos que nos ofrezcan disculpas y nos devuelvan nuestras pertenencias»?

—No. Yo quería mandarlos a prisión, pero no sin antes vengarme de ellos. Golpearlos, no sé. Doble D…

—Lo siento, muchachos. Pero yo paso. Por favor, entiendan mi posición, y reconsidérenlo. Se los digo como amigo.

Y sin decir más, Doble D se levantó y los dejó.

—Eddy. ¿Entonces no habrá venganza?

Eddy lo tomó de la camisa.

—Ni lo sueñes, Ed. Doble D puede rendirse y sentar cabeza, pero yo no. Ni tú. Todas las escorias que se burlaron de nosotros y nos jodieron pueden ir preparándose.

Ed dibujó lentamente una sonrisa.

—¿Qué planeas, Eddy?

—Por ahora nada, pero seguiré buscando. Tenemos un montón de nombres. Freddy, Susie, Sam, los del Consejo, los del club. Alguno de ellos… Ese espantapájaros.

El sol ya se estaba poniendo. Todos afuera iban abandonando la mansión, ahora a cargo del gran Ben ante la ausencia del exiliado Freddy.

—Así se habla, Eddy.

El más joven del trio se sentía mas seguro que nunca. Cada golpe, cada atropello, no hacía más que fortalecerlo en su búsqueda.

—Quienes quiera que sean, donde quiera que estén, los encontraremos. Uno por uno. Nos la van a pagar.

Ambos amigos se quedaron apreciando la brisa otoñal y matutina de un nuevo y renovado día.

Nada volvió a ser lo mismo después de aquella fiesta de Halloween. No para algunos, que vieron su vida caerse a pedazos luego de aquella noche. Ni para otros, que simplemente comenzaron a soñar. Solo a soñar.


Bueno, gente. No tengo más que palabras de agradecimiento por aquellos que leen esta historia. Para los que se estén preguntando, no falta mucho para que vuelva a renacer el EddxMarie, y el EdsxKankers en general. ¿Qué? ¿Pensaron que me había olvidado de nuestra Marie? Nah, esta historia recién comienza, y necesitaba este primer arco para terminar de meter a los Eds en problemas.

¿Quiénes serán esos misteriosos sujetos a los que Ed y Eddy hicieron referencia? ¿Quiénes serán «ellos»? ¿Quién será el espantapájaros? Lo sabrán mucho más adelante.

Saludos a todos, y viva la libertad carajo.