Will Solace se echó el pelo hacia atrás, despegándose el flequillo que el sudor le había adherido a la frente. Su melena dorada, que empezaba a taparle las orejas, se había vuelto muy rebelde aquel verano, y el muchacho ya desistía de peinársela, porque no aguantaba ni dos segundos en el mismo sitio. Pero en su propia opinión y en la de muchas otras personas de su entorno, aquello le sentaba bien, le hacía parecer un surfero macarra, palabras textuales de personas como Nico di Angelo. Y Will tenía que admitir que, cada vez que se miraba al espejo, se quedaba un buen rato mirándose con una sonrisa bastante arrogante. Él mismo se consideraba atractivo, y eso que no le gustaba pecar de narcisismo.

Y en aquel momento se encontraba en la galería de tiro con arco de su ciudad, Austin, a mediados de junio. Una época en la que el calor apretaba sin piedad y, para colmo, el centro tenía averiado el sistema de aire acondicionado. Y Will parecía ser la única persona a la que no le importaba eso. Llevaba allí toda la mañana, desde temprano, y gracias a la amistad que tenía con el encargado, cuya única labor era la de vigilarlo desde su puesto mientras disfrutaba como podía del aire que emanaba de su ventilador portátil, iba a poder estar tanto tiempo como quisiera sin necesidad de pagar.

Eso le permitía no preocuparse por ningún límite de tiempo o de tiros, y podía concentrarse al cien por cien en tensar el arco y disparar la flecha. El carcaj que llevaba era suyo, se lo había traído del Campamento Mestizo el verano pasado, y lo había utilizado cada día que acudía a la galería de tiro. No pegaba mucho con las flechas y los arcos modernos de allí, pero la estética no era lo que más le importaba a Will.

Respiró hondo, mientras contemplaba la diana, situada al otro lado de la habitación. Era la única que había en aquel momento, y había seis flechas clavadas en el círculo rojo del centro y una en el amarillo. Will apuntó justo al lado de esa última flecha, y tras tensar la cuerda, disparó. Con un golpe sordo, la flecha se clavó exactamente donde había decidido, a apenas dos milímetros de la otra. El chico sonrió. No pasaba ni un solo día sin entrenar el tiro con arco, era prácticamente una obligación para él.

—No dejas de sorprenderme, chico —la voz del encargado le distrajo momentáneamente, y Will se giró para ver al hombre abandonar su puesto y acercarse a él. Duke Collins, un hombre que estaba próximo a jubilarse y que ya estaba allí la primera vez que Will acudió para tirar con arco—. Sé que no es la primera vez que te digo esto, y me disculpo si ya estás cansado de oírlo, pero deberías participar en los torneos de tiro con arco estatales y nacionales. Estoy seguro de que te convertirías en el número uno de Estados Unidos y cuando seas mayor representarías a nuestro país en las Olimpiadas.

Will no pudo evitar sonreír, igual que el resto de las veces que había escuchado aquellas palabras. No contaba con llegar a ser adulto, nunca había conocido a un semidiós adulto y no iba a ser él el primero en lograr sobrevivir tanto tiempo. Quizá de haber sido un simple mortal se habría planteado aquella meta para su vida, aunque también soñaba con ser un médico de renombre. De todas formas, no eran sino fantasías de quien niega la realidad.

Will Solace sabía que moriría muy pronto.

Mejor dicho, tenía el horrible presentimiento de que eso era lo que ocurriría. Llevaba un año temiéndolo y dándole vueltas, y sólo las dos guerras que había tenido que librar le habían distraído de aquellos pensamientos. Ahora que había paz relativa, sus antiguas cavilaciones habían vuelto.

—Quizás —respondió cortésmente pero con evasivas al señor Collins, como siempre—. Pero usted sabe que nunca me ha interesado competir.

Puso otra flecha en el arco, lo tensó y disparó. Se clavó al lado de las otras dos del círculo amarillo.

—Pues es un desperdicio —insistió el hombre—. Además, de esa manera pondrías contenta a Kristin.

Will chasqueó la lengua, levemente molesto. Agh, Kristin. Era lo único que le impedía disfrutar del todo de la práctica del tiro con arco en aquel lugar.

—Kristin debería concentrarse en perseguir sus sueños en lugar de ir siempre detrás de mí, señor Collins —replicó el muchacho, en tono seco—. Tiene un futuro brillante por delante, y en ese futuro no estoy yo.

Kristin Doyle, una chica un año mayor que Will, morena de pelo corto y con ojos del mismo tono azul que los de Will, era una de las arqueras más talentosas que había conocido nunca. Era famosa en todo el instituto por haber ganado el campeonato estatal de Texas de tiro con arco en cuatro ocasiones, durante cuatro años consecutivos, y había quedado en tercera posición en el torneo nacional. Era extremadamente competitiva, y casualidades de la vida, su lugar preferido para entrenar era la misma galería de tiro a la que iba Will. Y como no podía ser de otra manera, el primer día que ella pudo ver la manera de disparar que tenía, le nombró su eterno rival y continuamente le exigía que se presentase a los torneos con ella para poder demostrar que era mejor que él. Pero Will siempre se había negado, lo cual hacía sentirse a Kristin muy frustrada y enfadada.

—No deberías dar las cosas por sentado tan pronto, muchacho; tienes quince años —dijo el hombre—. Creo que por lo menos podrías competir una vez con ella, aunque sea aquí mismo.

Will suspiró. El señor Collins podía ser demasiado insistente a veces. Negó con la cabeza.

—Lo siento, pero mi respuesta no ha cambiado. No quiero ser el eterno rival de Kristin. Hay mucha más gente apropiada para competir con ella en torneos —sentenció, mientras sacaba una flecha más y la disparaba, esta vez al círculo azul—. Para mí, esto sólo es un pasatiempo.

Y mi única esperanza de sobrevivir, pensó mientras sonreía, sarcásticamente. Se quitó el carcaj, dejó el arco en el suelo al lado y se pasó una mano por la frente para secarse el sudor.

—Si no le importa, me tomaré un descanso —dijo el chico. El hombre, resignado, asintió.

—Como quieras. ¿Te apetece un refresco? —invitó.

—Sí, me encantaría. Muchas gracias.

Con su refresco sabor manzana, sacado de la nevera portátil del señor Collins, Will se sentó en uno de los bancos que rodeaba la zona de tiro. Abrió la lata y echó un trago, estremeciéndose al sentir el helado líquido en la boca y la garganta. Pero estaba delicioso. Después apoyó su espalda en la pared y se relajó un poco, cerrando los ojos y perdiéndose de nuevo en sus pensamientos, que se dirigieron a Kristin y el señor Collins. Recordó con algo de amargura un encuentro que tuvo con su autoproclamada rival, una semana antes de que fuera al Campamento Mestizo el año anterior. La última negativa que le daría ante su enésima exigencia de tener una competición de tiro en la galería. Kristin le había acusado, rabiosa y furiosa, de estar menospreciándola, de mirarla por encima del hombro y le había dicho que de arrogancia se moriría. Después se había ido de allí, sin dar tiempo a que Will pudiera disculparse por haberla herido en su orgullo. Pero no podía explicarle a la chica las verdaderas razones que le impedían aceptar sus desafíos.

Era mejor que pensara en él como un arrogante que la subestimaba, así era todo mas fácil. Aunque se le retorcieran las entrañas de la culpa que sentía. No le gustaba, o más bien no soportaba que nadie lo pasara mal por causa suya.

En cuanto al señor Collins, Will sabía lo que realmente pensaba de él por mucho que suavizase sus palabras cuando hablaba. Sabía que, a ojos del hombre, estaba desperdiciando su vida negando su mayor habilidad. Y no había gente a la que Duke Collins odiara más que a la gente que tiene talento para brillar y no lo quiere aprovechar. Uno de sus hijos era así, y aceptar aquel hecho lo había destrozado. Jamás dejaría de tratar a Will con amabilidad, claro que no, pero el muchacho era consciente de que aquella pequeña parte del señor Collins veía en él a su hijo díscolo y le hacía sentirse muy decepcionado.

En momentos como ése, odiaba a muerte ser un semidiós. De no serlo, podría convertirse en amigo de Kristin. Podría satisfacer al señor Collins. Podría tener sueños de convertirse en médico, deportista olímpico o cualquier cosa. Pero era un semidiós. Su vida se resumía en ir al Campamento Mestizo en verano y volver a casa para ir al instituto el resto del año, vigilando continuamente que no aparecieran monstruos para matarlo. Y, como añadido, lidiando en su cabeza con ese espeluznante presentimiento.

—¡Will!

Aquel grito le hizo saltar del banco, sobresaltado. El señor Collins estaba a su lado.

—¿Eh? ¿Q-qué ocurre, señor? —preguntó, mirando a uno y a otro lado.

—Nada, es que no te movías, y creí que te habías quedado traspuesto a causa del calor —contestó el hombre—. Si no te terminas el refresco, se te va a calentar mucho.

Will vio que la botella de refresco seguía prácticamente llena, y se apresuró a beberse lo que quedaba, tras lo cual tiró la botella a una de las papeleras. Se pasó una mano por la boca.

—Disculpe, es que cuando me pongo a pensar en mis cosas, desconecto del mundo —se excusó el chico, con la mirada fija en la cintura de sus pantalones cortos de color marrón—. Continuaré practicando un poco más.

Caminó hacia donde había dejado el arco y el carcaj, y los recogió del suelo, echándose las flechas a la espalda y sosteniendo el arco en su mano derecha. Colocó una flecha en el arco y tensó la cuerda, pero en ese momento se dio cuenta de que la diana parecía borrosa y difuminada. Will parpadeó para aclararse la visión, pero no funcionó. Disparó entonces hacia donde le parecía que estaba el centro, pero no pudo distinguir dónde se había clavado la flecha. Se frotó los ojos con una mano, pero lejos de ayudarle, sólo lo empeoró más. La sala entera empezó a difuminarse y las formas nítidas empezaron a oscurecerse.

Will decidió volver a sentarse, seguramente se le había cansado mucho la vista, pero al ir a moverse, las piernas no le respondieron. Las sentía pesadas, entumecidas, y no notaba los pies dentro de las deportivas que llevaba. Tampoco notaba el arco en las manos, que se le abrieron solas y dejaron caer el objeto al suelo. Sus brazos cayeron, colgando inertes a ambos lados del cuerpo. Intentó moverlos, pero no tenía fuerzas para hacerlo. ¿Qué le estaba pasando?

Alarmado, intentó avisar al señor Collins, pero notaba la mente embotada y empezaba a perder la noción del tiempo. Por un instante, olvidó dónde se encontraba, y empezaron a cerrársele los ojos, siendo incapaz de mantenerlos abiertos. Una sensación de hormigueo le invadió todo el cuerpo, y entonces cayó en la cuenta de lo que le pasaba.

Droga... me han drogado. Pero ¿quién...?

Ni siquiera pudo juntar dos pensamientos. Su cuerpo inerte perdió el equilibrio y se precipitó hacia el suelo, pero algo frenó su caída, aunque no pudo notar el tacto del agarre.

—Señor... Collins... —murmuró, a punto de perder la consciencia. Lo último que oyó fue un susurro junto a su oído.

—Me has decepcionado demasiadas veces, Will Solace.

Los ojos del muchacho se cerraron y su mente se apagó por completo, sucumbiendo a la oscuridad.

Al despertar y abrir los ojos, tuvo que cerrarlos de nuevo, pues una fuerte luz le cegó, y se sentía algo mareado. Bajó la mirada hacia su regazo y, en aquella ocasión, pudo soportar abrirlos sin deslumbrarse. Parpadeó unas cuantas veces hasta que pudo ver bien, y vio sus pantalones y sus piernas. Estaba sentado en el suelo, y tenía los brazos extendidos en el suelo, doblados por el codo. Estaba apoyado en algo duro, pero no sabía qué era y, aunque sabía que algo le impedía caerse hacia atrás, no podía sentir el tacto. Había recuperado la consciencia, pero no podía mover ninguna parte de su cuerpo, salvo los ojos. Su mente era un cúmulo de nubarrones oscuros que le impedía hacerse incluso la más leve pregunta acerca de dónde estaba, qué había pasado o lo que había hecho, pues apenas recordaba nada.

—Nnnh... —murmuró. No pudo articular palabras, sólo aquel gruñido ronco. Y, en respuesta, escuchó una voz masculina ante él:

—Tengo que admitir que me preocupé un poco al ver que tardabas tanto en despertar, muchacho. Pero por suerte, no me he pasado con la dosis, porque estás vivo.

Will escuchaba la voz, pero no podía levantar la cabeza. Todo su cuerpo estaba dormido, aunque él estuviera despierto. Notó que alguien se acercaba a él y vio una mano que le cogió por la barbilla y le obligó a levantar la cabeza. Duke Collins estaba delante de Will, agachado y mirándole. Sus ojos negros eran fríos y lo miraban con indiferencia, todo lo contrario a la mirada amable que tenía antes.

—Se...ñor... Collins... —musitó Will. No lograba entender nada, pero ahora que estaba despierto, empezaba a sentir hormigueos en las manos y los pies. Estaba empezando a desentumecerse—. ¿Qué...?

—¿Te cuesta sumar dos y dos? No me extraña, esa droga era lo más fuerte que te puedes encontrar hoy en día. Cualquier pastilla de las que venden como la más efectiva no es nada al lado de lo que te has bebido —el hombre le dio un golpecito a Will en la rodilla derecha, y el hormigueo le subió al chico por las piernas y los antebrazos—. Asclepio nunca falla.

¿Asclepio?

Una chispa de lucidez brilló en la mente de Will, disipando ligeramente la niebla. Fue consciente entonces de dónde se encontraba: en el almacén de material de la galería. Un cuarto pequeño, lleno de estanterías metálicas con equipos de flechas sin estrenar, dianas apiladas en el rincón, arcos colgados en unos ganchitos en las paredes, y todo tipo de productos de mantenimiento y repuestos de cuerdas.

El hormigueo se terminó de extender por todo su cuerpo, y los ojos de Will se desenfocaron por un instante. Ya empezaba a ser más consciente de sí mismo, aunque aún no era capaz de moverse. Al menos, por los picores que notaba en la lengua, ya iba a ser capaz de hablar bien.

—¿Por qué... por qué ha hecho esto? —preguntó, tratando de mantener la cabeza erguida.

En la cara de Duke Collins se dibujó una sonrisa torcida, cruel y sarcástica, y después lo miró como si tuviera compasión de él.

—Tú mismo te lo has buscado, Will, tú mismo te lo has buscado —respondió, mientras se apartaba de él y se ponía de pie—. Deberías haber escuchado mis recomendaciones, pero no, tenías que rechazar mis consejos y quedarte en tu pedestal de soberbia y arrogancia. Odio a los arrogantes y a los creídos que se creen que están por encima del mundo. Y por eso vas a morir.

Quizá era porque aún le costaba razonar, pero Will no entendía lo que estaba diciendo el señor Collins. Sólo había captado que tenía intención de matarle. Y su aún adormecido cuerpo se negaba a responderle. Cada vez que intentaba mover aunque fuese un dedo, el hormigueo se convertía en pinchazos dolorosos.

—N-no lo entiendo... ¿qué he hecho? —preguntó el chico, mirando directamente a los ojos del hombre, que parecían atravesarlo con su frío odio.

—Fallarme. Traicionar las expectativas que había puesto en ti —fue la colérica respuesta del adulto—. Y yo que me había convencido de que sería capaz de perdonar lo que me hizo tu maldito padre si resultabas ser mejor que él, me he llevado una gran decepción.

Will se quedó paralizado, sin respirar siquiera, mientras asimilaba lo que había escuchado.

—¿Mi... mi padre? Señor Collins, sabe que no tengo padre...

Ésa era la historia que continuamente le contaba a todo el mundo, y nadie había hecho preguntas al respecto. Para la gente, su única familia era su madre Naomi. A menos que el señor Collins se estuviera refiriendo a...

Will notó como si un líquido frío, más frío que el refresco de manzana, se le derramase por dentro del estómago y sintió un escalofrío. No, no podía ser, de ninguna de las maneras.

Duke Collins no podía ser un monstruo.

—No intentes insultar mi inteligencia, diosecito —bramó el hombre, que empezó a deformarse y a crecer hasta casi rozar el techo del almacén con la cabeza. En su rostro, antes lampiño, brotó una barba negra frondosa y enmarañada, y su bien peinado cabello negro se convirtió en una manta de greñas que le colgaban por todas partes. Su ropa se transformó en una túnica negra hecha jirones que permitieron a Will ver que tenía parte del abdomen desgarrado y sangrando, en una masa sanguinolenta de vísceras que no parecía que fuera a curarse pronto. El hedor a carne podrida le inundó las fosas nasales y sintió unas repentinas ganas de vomitar—. Esto fue lo que me hizo tu maldito padre, niño.

Will trató frenéticamente de mover las piernas, levantarse, hacer algo, pero no fue capaz de moverse. En su lugar, sufrió el ataque de unos pinchazos de dolor que le recorrieron todos los músculos. El chico no pudo evitar gemir de dolor.

—Duele, ¿verdad? —preguntó el gigante—. Después de haberte dormido el cuerpo entero, supongo que no es agradable despertarte. Podría ahorrarte el sufrimiento y matarte, pero prefiero ver cómo te retuerces hasta que te aplaste la cabeza, Will Solace.

Will estaba intentando recordar quién podía ser aquel gigante, pues su padre había matado a miles de monstruos, tanto a solas como junto a su hermana, a lo largo de los milenios. Y él no se había leído tantos mitos como para reconocer a los monstruos a simple vista, como Annabeth Chase, por poner un ejemplo.

—¿Quién... quién eres? —preguntó, tratando de soportar el dolor mientras intentaba seguir moviéndose. El gigante bloqueaba la puerta, pero si tenía libertad de movimientos podría al menos hacer algo, en lugar de quedarse mirando cómo le mataba.

El monstruo bufó, enseñando los dientes, negros y rotos en la mayoría de los casos.

—¿Que quién soy? ¿Ni siquiera eso sabes? ¡Escoria arrogante!

Alzó su enorme puño y golpeó a Will en el costado, haciéndole doblarse hacia delante y quedar tirado en el suelo. El dolor del puñetazo se sumó a los pinchazos, haciéndole literalmente retorcerse en el sitio. Pero descubrió que ya podía mover los brazos, y uno de sus pies le respondió medianamente bien. Sólo tenía que aguantar, aguantar un poco y podría tratar de salir de allí.

—¡Soy Ticio! ¡TICIO! —rugió la bestia, y en su furia pareció volverse aún más grande—. ¡Y no sabes la paciencia que he tenido durante seis años, viéndote delante de mis narices, conteniendo mis ganas de asesinarte! Debería haberlo hecho nada más verte, sí, así me habría ahorrado esta traición por tu parte.

A Will ya le silbaban las orejas de las acusaciones que le lanzaba aquel tipo, y no pudo contenerse en responderle, iracundo y molesto:

—¡No entiendo de qué estás hablando! ¡Yo no te he hecho nada! ¡Sólo venía aquí a practicar con el arco!

—¡Y cada una de esas veces ignorabas mis consejos y sugerencias! Sin duda considerabas que no tenías que rebajarte a escuchar a nadie que no fuera tu propio ego, sin importar decepcionar a los demás, ¿verdad? ¡Aún después de las infinitas ocasiones en las que te he perdonado la vida!

Agarró a Will por un pie y lo levantó en el aire hasta que su cabeza quedó a medio metro del suelo. Los brazos le colgaban flácidos, pero la sangre empezó a fluir en dirección a su cerebro, lo cual terminó de despejar su atontada mente y centrarse mejor en lo que estaba pasando. De haber tenido allí sus flechas de bronce celestial, todo habría sido más fácil, pero por suerte, conocía un par de truquitos que su padre le había enseñado. Sólo necesitaba llegar hasta su carcaj. La cuestión era cómo lograría hacerlo.

—Lo has malinterpretado todo —intentó defenderse, mientras colgaba bocabajo. El agarre del gigante le hacía daño en la pierna—. No te lo dije por ser arrogante, lo hice por...

—¡CÁLLATE! —aulló Ticio, soltándole. El chico se estrelló contra el suelo con un grito de dolor, y se encogió sobre sí mismo, respirando con dificultad—. Has agotado mi paciencia, ahora vas a...

Las palabras del gigante fueron interrumpidas por un estruendo que se oyó al otro lado de la puerta. Will también lo escuchó, pero estaba más ocupado recordando cómo se respiraba. Entre los diez tipos de dolor distintos que tenía, se sorprendía de seguir consciente.

—¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ PASANDO AHORA?! —rugió Ticio, arrancando la puerta de una patada y saliendo en tromba del almacén. Will, pensando que tenía una oportunidad de oro para tratar de escapar, cerró los ojos, apretó fuertemente los dientes y se apoyó en el suelo con ambas manos.

Todos sus músculos se quejaron al mismo tiempo, pero el chico hizo caso omiso al dolor lacerante que le dominaba, e hizo acopio de todas sus fuerzas para apoyar un pie en el suelo y tratar de levantarse. Tuvo la sensación de que su cuerpo pesaba una tonelada, y muy despacio, se puso en pie. Una repentina náusea le obligó a apoyarse contra la pared para evitar caerse, y se sujetó lo mejor que podía en una de las estanterías, jadeando y tratando de recomponerse. Sus piernas le temblaban y parecían a punto de fallarle, pero el muchacho aguantó.

En la galería, los pasos de Ticio se detuvieron, y Will oyó una voz femenina:

—Señor Collins, he oído ruidos muy fuertes desde la calle. ¿Pasa algo?

Era Kristin Doyle. Alarmado, arrastró los pies lo más rápido que pudo. Tenía que avisarla, tenía que decirle que se fuera de allí o estaría en peligro.

—No, no pasa nada, Kristin —respondió el monstruo—. Sólo se me han caído unas cosas mientras limpiaba el almacén, nada más.

—Ya veo... ¿le importa si le echo una mano? —preguntó ella, y sus rápidos pasos se oyeron, acercándose hacia el almacén.

—¡Para! ¿Qué estás haciendo, niña? —gritó Ticio, y Will vio aparecer a Kristin por la puerta. Sus ojos azules brillaban, y no pareció sorprenderse de ver a Will allí. Él supo de inmediato que su presencia no era casual.

—¿K-Kristin? —balbuceó. Entonces se dio cuenta de que la chica llevaba su carcaj entre las manos.

—Ya hablaremos luego, ¡ahora coge esto! —exclamó Kristin, lanzándole el carcaj. Will lo atrapó torpemente, y entonces la muchacha cogió uno de los arcos que había en la habitación—. Espero que tengas fuerzas para usarlo, porque...

—¡OS VOY A DESCUARTIZAR!

—... me parece que va a venir a por nosotros.

Le entregó el arco a Will, el cual, confuso por lo que acababa de ver, casi perdió el equilibrio y se cayó, pero Kristin se puso detrás de él y le sujetó fuertemente por la cintura. Ticio, bramando como una manada de cien toros, apareció en el espacio vacío que había dejado al arrancar la puerta, y clavó sus ojos en Will.

Sabiendo que sólo tenía unos segundos, y obligando a su mente a ignorar el dolor de su cuerpo, se concentró en el carcaj.

Grígoros aetós, na me voithísei se aftí ti máchi —vocalizó, con voz potente, y el carcaj brilló con una tenue luz dorada, materializando una flecha en su interior. Ticio cargó contra él, pero Will, en un movimiento tan rápido y ágil que hasta él se sorprendió de ser capaz de realizarlo, colocó la flecha, cuya punta de bronce celestial resplandecía con un tono verdoso, tensó la cuerda del arco y disparó contra el gigante. La saeta vibró mientras atravesaba el escaso espacio que la separaba de su presa y se clavó en medio de su estómago, entre las vísceras malolientes.

El aullido de dolor de Ticio hizo temblar el gimnasio, y en medio de su carga, por pura inercia, se estrelló contra la pared, que se derrumbó hacia la calle ante tan fuerte golpe. Kristin rápidamente apartó a Will de allí para que no le aplastaran los escombros. A través del boquete, el chico pudo ver que ya era de noche cerrada, y sintió que se le paraba el corazón. ¿Cuánto tiempo había estado dormido? ¿Qué hora era?

—Como esperaba de mi rival. Solace uno, gigante cero —sonrió Kristin—. ¿Estás bien?

Will apartó la mirada del cuerpo de Ticio, que gruñía y gemía de dolor mientras, empezaban a marcársele todas las venas con un feo color verde.

—Engendro... engendro del... maldito Sol... —mascullaba. El adolescente tuvo ganas de echarse a reír a carcajadas. Miró a Kristin, aún sin asimilar del todo lo que acababa de pasar.

—Estoy... no sé cómo estoy —confesó, mientras dejaba caer al suelo el arco y el carcaj—. El señor Collins me secuestra, y luego me entero de que no era Duke Collins sino un gigante que me quiere matar en venganza, y apareces tú de la nada y... ¿cómo diablos has sabido que...?

—Soy más de lo que parezco, Solace. Y por cierto, gracias por darme las gracias por haberte salvado ese culo arrogante que tienes —apostilló Kristin, haciendo una mueca—. Para tu información, entré en la galería a practicar, pero al no ver a Collins fui al almacén por si estuviera ahí, así que lo escuché todo. Tiré al suelo la diana para crear una distracción, y el resto ya lo conoces. Aunque no esperaba que el amable dueño de la galería fuera... esto.

Will necesitó un par de segundos para entender las palabras de Kristin. Una mortal que había visto a través de la Niebla y que sabía lo que tenía que hacer para librarse de Ticio, por eso le había dado el carcaj. La única explicación era...

—Tú... ¿acaso tú eres... como yo? —preguntó, mirándola como si estuviera viéndola por primera vez. Ella se encogió de hombros.

—No, no soy tan excéntrica como tú, Solace. Pero sí veo cosas. Y soy consciente de cosas. Supe que tenía que darte el carcaj porque supe, no conozco el motivo, que ibas a poder matarlo. Y lo que he visto me lo ha confirmado del todo.

Era demasiada información para el cerebro de Will. Estaba dolorido, cansado después de usar su poder y mareado. Suspiró quedamente y se dejó caer, pero Kristin le agarró de un brazo y se lo pasó alrededor del hombro, mientras con la otra mano le agarraba la cintura.

—Creo que va a hacer falta que te lleve a tu casa, Solace, porque si te dejo solo, no vas a llegar en la vida —le dijo, sonriéndole—. Dime dónde vives, anda.

Antes de que Will pudiera responder, Ticio se movió y le agarró del tobillo con una mano palpitante y llena de venas. Sobresaltado, Will bajó la mirada y vio su cara. Resoplaba, tenía el rostro cubierto de venas y sudor y los ojos inyectados en sangre.

—No estoy solo en esto, Will Solace... hay más, hay muchos más... y el Pavor Reptante te clavará sus colmillos, y no sólo a ti. ¡El rey de los fantasmas morirá desangrado junto a ti! ¡Y os torturaré en el Tártaro durante mil eones!

Se contorsionó violentamente en un ataque de dolor, y empezó a desintegrarse en un charco de veneno verde. Will se puso pálido, y un escalofrío de miedo lo atenazó. El rey de los fantasmas... era...

—Menuda porquería —escupió Kristin—. En fin, vámonos antes de que venga alguien y nos pillen aquí. Menos mal que a estas horas no hay ni Dios por la calle, que si no...

Will atinó a decirle, con voz muy débil, la dirección donde vivía, y ella le sostuvo mientras empezaban a caminar lentamente. El chico sólo pensaba en las últimas palabras de Ticio.

Pavor reptante. El rey de los fantasmas. El rey de los fantasmas era Nico di Angelo, el hijo de Hades.

Tenía que regresar al Campamento Mestizo cuanto antes.