Nico estaba en su cabaña, aún furioso con Will por aquella discusión estúpida que habían tenido. A su defecto fatídico de guardar rencor se le unía que no soportaba que la gente le ocultara cosas, menos aún si era algo importante o relacionado con él. Y por la manera de actuar del hijo de Apolo, estaba claro que le escondía algo que le afectaba directamente. Nico no era una persona empática ni que supiera leer fácilmente a las personas, pero incluso él se daba cuenta de que Will se había callado por miedo. Los hijos de Apolo eran un libro abierto, y Will no era una excepción. Así, el hijo de Hades estaba dividido entre el enfado y la preocupación. ¿Qué le podría haber pasado a Will? ¿Algo relacionado con el ataque de aquel monstruo? Quizá había sido más grave de lo que el rubio le había dicho, o hubiera pasado cualquier otra cosa antes de que él llegara a su casa, o quizá...

—Es un imbécil y ya está, se cree con derecho a sobreprotegerme y claro... —rezongaba el muchacho mientras terminaba de arreglar el desorden de su cama, para luego sentarse encima de ella y bufar de exasperación. En realidad, estaba más preocupado que enfadado. Nunca había visto a Will así de tenso y esquivo. Tenía que averiguar lo que le estaba ocurriendo, y si el rubio no se lo quería decir, no tendría más remedio que hacer sus propias pesquisas.

Hubo, no obstante, una noticia que le alegró mucho, porque enseguida se enteró de que Percy Jackson había ido al campamento, justo la persona a la que en aquel momento quería ver. Lo encontró fuera de la enfermería, estornudando y con los ojos enrojecidos, como si estuviera resfriado.

—Hola, Percy —le saludó al acercarse a él—. ¿Piensas quedarte mucho tiempo?

El hijo de Poseidón lo miró e hizo un gesto de saludo con la mano.

—Hola, Nico —contestó, sorbiendo por la nariz—. No, sólo estoy de paso. He venido acompañando a una chica y a Apolo hasta aquí.

—¿Apolo? —preguntó el chico, alzando las cejas-. Extraño, salvo aquella vez que fue a buscarnos y vinimos en su carro, nunca había...

—Es que esta vez es muy distinto —aclaró Percy—. Nuestro querido tío Z le ha expulsado del Olimpo y ahora, a todos los efectos, es mortal. Completamente mortal.

Nico no pudo evitar abrir la boca, sorprendido, y miró rápidamente a la puerta cerrada de la enfermería. De todas las preguntas que le estaban surgiendo en aquel momento, sólo una de ellas se le escapó de los labios:

—¿Cómo están los hijos de Apolo? ¿Cómo... cómo está Will?

—Ellos en general, no lo sé, pero Will... te lo puedes imaginar, está aterrorizado. Me ha contado lo de la serpiente en su cabaña, y eso se le ha juntado con esto. Aparentaba estar tranquilo, pero seguramente no le falte mucho para perder los nervios del todo —respondió Percy, y Nico sintió una punzada de culpa que le apuñaló el corazón. Bien, quizá debería ir con Solace y por lo menos hacerle compañía, dejando aparcado aquel asunto. Por ahora—. Nico...

—¿Sí? —el hijo de Hades apartó la mirada de la enfermería para fijarla en Percy, quien lo miraba como evaluando si seguir hablando o no—. ¿Hay algo más que me quieras decir?

El hijo de Poseidón suspiró, rascándose la nuca y poniendo cara de resignación.

—No debería, pero lo voy a hacer. Que luego Will me perdone —murmuró—. Ven conmigo, nos apartaremos un poco.

A Nico le latió el corazón mientras caminaban hacia la hoguera situada en la centro del símbolo de la omega que formaban las veinte cabañas. ¿Le iría a contar Percy lo que Will no le había contado? No, un momento... ¿Will le había contado A PERCY antes que a él? La cólera volvió a invadirle.

—Jackson, ¿me estás diciendo que Solace te ha dicho algo que no me ha querido contar a mí? -preguntó, con voz chirriante. Percy asintió. El hijo de Hades dio una patada en el suelo—. Ma che dannato stronzo!

Otra cosa que Nico era incapaz de controlar era el gritar maldiciones en italiano cuando se enfadaba mucho. Lo bueno era que nadie le entendia, así no tenía que dar incómodas explicaciones a nadie. Respiró hondo mientras trataba de recomponerse. Percy simplemente le miraba esperando que se le pasara. Nico, avergonzado, carraspeó.

—Bien, em... disculpa, Percy. Soy todo oídos.

El hijo de Poseidón le contó lo que le había dicho Will. Nico no tenía ni idea de quién era Ticio, pero pronto se le olvidó. Un escalofrío le recorrió la espalda al enterarse de que tanto Will como él estaban en peligro mortal. No era nada nuevo, pero tenía una desagradable sensación en el cogote, como si estuvieran vigilándole desde la distancia. ¿Se estaría sintiendo así el hijo de Apolo?

—Y eso es todo lo que me ha dicho —terminó Percy—. Aunque estés cabreado con él, deberías entrar y quedarte a su lado. Yo sólo sé lo que él me ha querido decir, si quieres saber el resto de la historia tendrás que preguntárselo. Ahora creo que volveré a mi casa, no entraba en mis planes venir.

Nico se debatía entre sus pensamientos, dividido entre sí seguir enfadado o entrar para encarar a Will, que le explicase todo lo que había pasado y entonces planear ambos qué pasos tendrían que dar. Pero también tenía otro asunto que tratar con Percy.

—Quieto ahí, Jackson, que me tienes que explicar otra cosa —Nico le cortó el paso y le frunció el ceño—. De camino hacia aquí, Will y yo nos desviamos involuntariamente, y ¿a que no adivinas a dónde fuimos a parar?

—La oráculo es Rachel, no yo —respondió el mayor, confuso—. ¿Dónde fuisteis a parar?

—Caímos accidentalmente al otro lado del río Este, en Brooklyn —respondió el hijo de Hades—. Y allí conocimos a unos amigos tuyos, un tal Carter y una tal Sadie, a los cuales parece que olvidaste mencionar. Porque me han contado unas cosas muy interesantes respecto a cierto trabajo que hicisteis tú y Annabeth con ellos hace un tiempo, algo sobre un dios y un mago que querían destruir el mundo...

La cara de Percy fue todo un poema. Primero se sorprendió con una expresión de pasmo, como si le acabaran de decir que Zeus le había declarado su sobrino favorito, y luego empezó a murmurar con gesto de fastidio:

—Y eso que era él quien decía que teníamos que mantener nuestros mundos separados, bravo, Carter, bravo —se pasó una mano por la cara—. Nico, llegamos a un acuerdo para mantener nuestro pequeño grupo en secreto. Sólo nos reuniríamos si ocurría algo que amenazase tanto a griegos como a egipcios. Carter siempre decía que juntarnos sólo traería problemas, y estoy muy de acuerdo con él... o lo estaba hasta ahora.

A Nico no le convenció para nada aquella explicación.

—Percy, se supone que nosotros estamos aquí para luchar cuando ese tipo de cosas pasan. Los demás magos de la mansión dijeron lo mismo. —protestó—. ¿Por qué no avisaste al campamento, o por lo menos a mí?

—Porque cuando conocí a Carter tú estabas todavía convaleciente de tu casi-disolución en las sombras. No podrías haber hecho nada para ayudar, y lo sabes —respondió Percy, encogiéndose de hombros en un gesto de disculpa—. Además, fue totalmente accidentado, y... no empezamos del todo bien, ¿sabes? Digamos que hay gente que no muestra mucha gratitud, especialmente cuando la rescatas del estómago de un cocodrilo.

—Esa última parte prefiero no saberla —atajó Nico—. Pero sigues sin responderme, ¿por qué no me contaste nada después de que pasó todo?

Percy puso los ojos en blanco.

—Porque, aunque Carter se haya saltado el acuerdo y os haya soltado todo a Will y a ti, no es bueno que dos mitologías distintas se crucen. Mira lo que pasó con los romanos, y eso que prácticamente los dioses son los mismos. ¿Te imaginas lo que ocurriría si tuviéramos que convivir con los dioses egipcios? Los pocos que yo he conocido son... demasiado caóticos e impredecibles. Sería una catástrofe. No, es mejor que todo permanezca separado. Y ahora que lo sabes, tienes que guardar el secreto, y decirle a Will que lo haga también.

En el fondo, Percy tenía razón. Griegos y romanos siempre habían luchado como enemigos acérrimos, y habían estado a punto de destruirse en una guerra de la que luego Gea se habría aprovechado para acabar con todos sin problemas. Aún así, saber que se había perdido aquellos acontecimientos le retorcía las entrañas.

—Nico, ¿lo entiendes? —insistió Percy, clavándole aquella mirada seria que le hizo apartar la vista.

—Sí, sí, lo entiendo —contestó, chasqueando la lengua—. No preguntaré nada más sobre los egipcios.

De todas formas aquello no ocupó su mente mucho tiempo, estaba el problema de que había una o más criaturas que iban detrás de él para matarle. Era una cuestión de prioridades.

—Muy bien —Percy le palmeó el hombro, aunque le dirigió una mirada de sospecha—. Volveré a casa, me pasaré el fin de semana para ver qué tal está Apolo y si todo va bien por aquí. Cuídate, Nico. Y haz el favor de no hacer locuras... sin llamarme antes.

—Lárgate ya, Jackson —gruñó el chico, aunque dibujó una pequeña sonrisa en sus labios—. Y cuídate tú también, nos vemos.

Percy le hizo un gesto de despedida con la mano y se marchó, caminando hacia el bosque. Nico se quedó en el sitio, pensando en lo que había oído de hijo de Poseidón. Se habían ido moviendo hacia la hoguera central, junto a la que se encontraba la diosa Hestia en su forma de niña pequeña, impasible a lo que ocurría a su alrededor y sin ser notada por los campistas. Sólo aquellos que se fijaban bien podían verla y, al igual que Percy, interactuar con ella. El hijo de Hades miró fugazmente a la niña de pelo castaño brillante y ojos color ámbar, quien permanecía quieta, dibujando en el suelo con uno de sus dedos. ¿Le ayudaría? Podía pedirle consejo, aunque ni él mismo sabía qué preguntar. Hestia era una diosa que ayudaba de forma más desinteresada que los demás, como cuando a él y a Percy les prestó asistencia mientras buscaban información acerca de Luke.

Se acercó despacio hacia la hoguera, pero entonces oyó una voz que le llamaba:

—Nico.

Era Will Solace, y no venía solo. Ayudaba a caminar a un chico de su edad, de pelo castaño, con camiseta y vaqueros y cara de asustado. También había con ellos una niña Morena, con vestido verde y gafas a la que no conocía. Al ver a Nico, un brillo de reconocimiento apareció en los ojos del castaño.

—Me acuerdo de ti —dijo—. Nicholas, hijo de Hades, ¿no?

—Nico, no Nicholas. Nico di Angelo —se presentó—. Tú... supongo que debes de ser Apolo. Tienes un aura de muerte a tu alrededor.

Aquello puso al chico muy nervioso, y pareció como si fuera a salir corriendo. Will puso los ojos en blanco.

—Nico, no es el primero al que asustas con eso. ¿Podrías...? —preguntó Will, poniendo los ojos en blanco. Nico hizo una mueca.

—Me limito a decir lo que veo, Solace —aclaró, escuetamente. Aún estaba molesto con él —. Percy ya me ha contado que ahora Apolo es mortal y que le había traído hasta aquí. Y si se muere, vamos a estar en serios apuros. Tú el que más.

Apolo se puso visiblemente nervioso ante aquellas palabras y miró a Will como con miedo. No había nada en él del arrogante y narcisista dios que solía ser.

—Te pido disculpas por la faceta creepy de mi novio. Le gusta dar miedo a los demás —explicó Will mientras negaba con la cabeza. Nico levantó un dedo amenazador.

—Will, ahora no...

—Vale vale, perdón —se disculpó el rubio con una media sonrisa. Actuaba como si no se hubieran peleado—. Dejémoslo en "mejor amigo" o "media naranja", ¿te parece?

—En tu caso, medio incordio —bufó el hijo de Hades. La niña morena parecía divertida ante su tonta discusión.

—No es que no me divierta esta pelea, pero se suponía que teníamos que ver a un centauro —dijo.

—Ah, sí —reaccionó Will—. Meg, ¿podrías acompañar a mi padre a la Casa Grande y hablar allí con Quirón? Yo tengo que tener una pequeña charla con Nico. Después te llevaré a descansar en la cabaña 7.

Nico podía ver que Will trataba de mantener la tranquilidad y tenerlo todo bajo control. En aquellos momentos era uno de los campistas de más edad en el Campamento Mestizo y eso significaba que debía dar una imagen de fuerza y confianza a los demás. Siendo consciente de todo lo que en ese momento aquejaba al chico, Nico no pudo sino admirarle. Si las palabras de Percy eran ciertas y Will estaba a punto de derrumbarse, no lo parecía.

—De acuerdo —aceptó la chica, dirigiéndose con el adolescente desgarbado que era ahora el dios del sol hacia la gran mansión azul de varios pisos de altura. Will se quedó mirándolos hasta que ya no pudo verlos, y entonces se volvió hacia Nico. El hijo de Hades seguía viendo el miedo y la preocupación en ellos.

—Nico, sé que estás enfadado conmigo, pero te voy a pedir por favor que... —empezó Will, pero Nico le hizo un gesto de que parara.

—No... déjalo. A lo mejor yo debí tratar de entenderte un poco más en lugar de mandarte a la mierda como hice. Sólo... sólo te pido que no me ocultes nada, Will. Por favor, sabes que es lo que más odio —le pidió Nico. Will tragó saliva y se le pusieron los ojos vidriosos. Entonces abrazó a Nico con todas sus fuerzas y escondió su cabeza en los hombros del hijo de Hades mientras empezaba a temblar. Nico sonrió y puso una mano en la espalda de Will y otra en su cabeza, mientras el hijo de Apolo se desahogaba en silencio.

Varios minutos más tarde, Will se separó. Tenía los ojos enrojecidos, pero sonreía y parecía más tranquilo y aliviado que antes.

—Está bien —dijo, respirando hondo—. Vamos... vamos a sentarnos.

Caminaron un poco más allá, alejándose de la hoguera y acercándose a la cabaña más cercana, la de Deméter, y se sentaron apoyándose en la pared. Nico miró a Will, expectante.

—Tampoco creas que yo sé mucho, no tengo más pista que unas pocas palabras —explicó el chico—. El monstruo contra el que me enfrenté era un gigante llamado Ticio, no sé si lo conoces, utilizó una droga para dormirme todo el cuerpo, y dijo que esa droga la había fabricado Asclepio.

Nico alzó las cejas, sorprendido.

—¿Asclepio? Pero ése es...

—Hijo de Apolo, sí —confirmó Will—. No entiendo por qué ha hecho eso, pero estoy tan cerca de comprenderlo como de ir a la Luna. El caso es que logré matar a Ticio con ayuda, todo sea dicho, y me dijo antes de desintegrarse que había un plan preparado para matarme, mencionó a una criatura llamada Pavor Reptante.

Nico frunció el ceño y se pasó la mano por el mentón, tratando de hacer memoria.

—No recuerdo haber oído nunca de un monstruo con ese nombre. ¿Seguro que se refería a una criatura? —preguntó.

—Quiero creer que sí —respondió Will—. Pero no sé cuál es. Quizá mi padre lo pueda saber, pero tiene una grave amnesia de sus vivencias como dios al haber sido convertido en mortal. Espero que pueda recordar qué es el Pavor Reptante, porque si no...

No dijo nada más, pero Nico adivinó lo que cruzaba por su cabeza en aquellos momentos. Estaban realmente jodidos.

—Espero que sí —deseó el hijo de Hades—. Pero ¿por qué ocultármelo? Si estás en peligro haré cualquier cosa para protegerte y lo sabes. Y a tus hermanos también.

Will dibujó en su cara una sonrisa tan resplandeciente al mirarle que Nico se ruborizó. El mote de Solecito que le había puesto no iba nada desencaminado. La cara del rubio parecía iluminarse al sonreír.

—Y sabes que te lo agradezco. Pero tú también estás en peligro, Nico. Ticio me dijo que el rey de los fantasmas moriría conmigo, que también te matarían a ti —dijo, agarrando con fuerza la mano izquierda del hijo de Hades, cambiando la sonrisa por una expresión tensa y compungida—. Y no pienso permitir que mueras por protegerme a mí.

Nico esperaba una respuesta así, pero no pudo evitar emocionarse. Sus apagados ojos brillaron levemente.

—Lo haría con gusto —insistió—. No estoy dispuesto a perder absolutamente a nadie más. Ni familia... ni gente a la que quiero.

Apartó la mirada, gruñendo y pensando de dónde había salido esa cosa tan cursi, negándose a creer que él la había pronunciado. Notó la mano de Will en la barbilla y lo miró. El hijo de Apolo estaba allí, muy cerca, con aquellos ojos azules fijos en los suyos.

—Oh, Nico —dijo, con voz emocionada—. ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando a que digas algo así?

Nico no pudo responder, porque Will cerró los ojos y lo besó.

Sus labios atraparon los del hijo de Hades, y éste sintió que todo su cuerpo explotaba en aquel instante. Enrojeció hasta la raíz del pelo, las mariposas esqueléticas se multiplicaron en su estómago, el corazón que él creía muerto revivió inmediatamente y una muy agradable sensación de calidez le invadió todo el cuerpo. Quiso salir corriendo, fundirse con las sombras, apartarse y chillar, todo al mismo tiempo... y terminó quedándose allí, cerrando también los ojos y agarrando a Will del brazo para atraerle más hacia él y devolverle el beso. Su primer beso. El primer beso que daba en toda su vida y Will se lo acababa de robar. Aquel beso que Nico tenía reservado para Percy Jackson en sus más locas fantasías se lo llevaba su amor de la realidad.

—Lo siento... —dijo Nico cuando se separaron. Le temblaban los labios y aún se sentía como si una tormenta le hubiera arrasado por dentro—...pero no se me ocurre ninguna cursilada por el estilo para decir ahora.

Will se echó a reír. Y Nico también sonrió, no con su sonrisa irónica ni burlona de siempre, sino con una de verdad.

—No te preocupes, ya sé que ese no es tu estilo —le dijo el hijo de Apolo—. Oye, gracias por...

—No lo menciones. Más bien hablemos de qué es lo que vamos a hacer en estas circunstancias.

En medio de la felicidad que sentía, Nico tenía espacio para la preocupación. Según Percy y Will, él también era un objetivo de ese misterioso grupo de, al parecer, monstruos. Que quisieran matarle no era nada nuevo, pero sí le inquietaba que los monstruos se organizasen contra dos objetivos concretos. Cronos y Gea estaban fuera de juego, ¿habría surgido algún nuevo líder que los aglutinase?

—En primer lugar, como he dicho, le preguntaré a mi padre —decidió Will—. De todas formas, no bajes la guardia y cuídate, especialmente si sales del campamento, en cualquier momento podrían...

—Ya he escuchado el sermón de Percy antes, lo tengo bien presente —Nico se tocó la sien con un dedo—. Will, no te preocupes, he cuidado de mí mismo durante mucho tiempo y no se me da mal. Mejor céntrate en protegerte a ti mismo y a tus hermanos.

El hijo de Apolo asintió.

—Sí. Sí, tienes razón. Cuando menos tiempo pase lejos de ellos, mejor —se levantó rápidamente y Nico lo siguió. Por el rabillo de ojo alcanzó a ver a lo que le parecieron varios campistas de Afrodita escondiéndose en su cabaña y cerrando la puerta de golpe. Estaba claro que su instinto natural de voyeur no se les terminaba de quitar. Pero le daba igual que Will y él fuesen a ser la comidilla de todo el Campamento Mestizo—. ¿Vienes?

—Claro.

Ambos se pusieron en marcha hacia la cabaña de Apolo. Jonathan y Dalia estaban fuera, y al ver a Will llegar con Nico corrieron hacia él.

—¡Will! —exclamó Dalia, mirando de reojo a Nico, quien se apartó unos cuantos pasos—. Nos lo ha dicho Austin, ¿es cierto... es cierto que papá ahora es mortal?

Ambos niños parecían temerosos, y Will rápidamente les puso las manos en los hombros en ademán protector, sonriéndoles.

—Sí, lo es —respondió—. Pero no tenéis que preocuparos, a nosotros no va a pasarnos nada. Yo me encargaré de que todos estéis a salvo. Después lo traeré aquí y entre todos le ayudaremos. ¿A que os gustaría pasar tiempo con papá?

Los pequeños asintieron rápidamente.

—¿Pero va a querer él pasar tiempo con nosotros? —preguntó Jonathan, dubitativo. Will asintió.

—Estoy seguro de que sí —respondió—. Normalmente, un semidiós necesita a su padre divino cuando busca consejo y ayuda, y también cuando no tiene a nadie más. Ahora, es nuestro padre divino el que nos necesita a nosotros, así que vamos a prepararle una cama en la cabaña para que pueda descansar en cuanto regrese, ¿de acuerdo?

—¡Sí! —los niños entraron corriendo en la cabaña. Will se incorporó, suspirando.

—Eso ha sido fácil —dijo, y Nico le dio una palmada en la espalda.

—Te dejaré con ellos, más tarde hablaremos, una vez hayas interrogado a tu padre a base de bien —le dijo, para después marcharse en dirección a su propia cabaña. Will se quedó sonriendo hasta que Nico desapareció de su vista.

—Moirai, as min symveí típota kakó se emás (Moiras, que nada malo nos pase)—rezó en voz muy baja, para luego entrar en su cabaña. Antes de cerrar la puerta, le pareció escuchar un siniestro chasquido, pero se dijo que seguramente habría oído mal.

No tardó en poner a sus hermanos al corriente de lo que ocurría, y la reacción de todos fue la que esperaba. Miedo, preocupación, nervios... Austin incluso llegó a sugerir que, ahora que su padre había perdido sus poderes, ellos tampoco podrían utilizar sus habilidades adecuadamente. Will mandó callar antes de que se produjera un griterío y les dijo que se quedaran tranquilos, que se lo podrían preguntar a Apolo en cuanto volviera de hablar con Quirón.

—De momento preparémonos, en menos de una hora nos reuniremos para comer. De cara al resto del campamento tenemos que aparentar normalidad, ¿de acuerdo? —les pidió, a lo que ellos asintieron—. Perfecto, pues cada uno a lo suyo. Nos veremos después en el comedor.

Will regresó a la enfermería. Alisó la cama que había ocupado Apolo y permaneció allí, paseando de arriba abajo, con la mente completamente concentrada en la conversación que después tendría con su padre. Tenía que haber algo que él pudiera hacer para proteger a sus hermanos y a Nico, era su responsabilidad ahora que Apolo era Lester y no tenía poder. Tenía la responsabilidad también de velar por los demás campistas, tanto desde su cargo como monitor como el de médico jefe. La posición de Will Solace era muy alta en el Campamento Mestizo, si lo pensaba bien. Los líderes de cabaña que tenían otras atribuciones como Sherman Yang, que era el instructor de combate en ausencia de Percy, o como Miranda Gardiner que se encargaba de los cultivos del campamento, eran aunque lo negasen, superiores a los demás que se limitaban a ser consejero de su cabaña. Y todo el mundo sabía que un gran poder conlleva una responsabilidad extra. A Will no le importaba cargarse de responsabilidades, sabía que le tocaba hacerlo y punto. Lo que pudiera pensar él no importaba. Mientras Nico y sus hermanos estuviesen bien y a salvo, él sería feliz.

Se recostó un poco en su mesa, encorvándose, pero apenas había cerrado los ojos cuando fuera de la enfermería estalló una algarabía de gritos y de gente corriendo, y la puerta se abrió de golpe, levantándolo de su asiento.

—¡WILL! —chilló Marcel, entrando como un vendaval. El chico sudaba, estaba pálido y con cara de horror. Se apartó de la puerta para que entrasen Jackson y Dewey transportando un cuerpo. El rubio corrió hacia allí y vio que a quien transportaban era a Chloe, que tenía la piel de un color verdoso enfermizo y tiritaba de frío—. ¡Chloe... Chloe...!

—¡Ponedla en una cama! —ordenó el chico. Sus hermanos así lo hicieron y entonces Will los apartó de allí para poder examinar a la muchacha. No parecía tener heridas visibles, pero tenía los ojos cerrados, los labios muy apretados y temblaba sin control—. ¡¿Qué le ocurre?!

—Su pierna, Will —murmuró Dewey, al borde de las lágrimas—. Mírale la pierna.

El joven Solace así lo hizo, y casi se le paró el corazón. Chloe tenía el pie izquierdo descalzo, y en el tobillo habia dos pequeños agujeros circulares que rezumaban una sustancia de color verde oscuro, que le corría en hilillos hacia la planta del pie y manchaba las sábanas de la cama.

—Serpiente —balbuceó Will—. ¿Cómo... cuándo... qué?

—Poco después de que te fueras —respondió Jackson. Marcel y Dewey se habían puesto a llorar en voz baja—. Otra serpiente apareció al lado de Chloe, la mordió y desapareció, se esfumó en polvo como la de antes.

Will se tuvo que sujetar a la cama para no caerse al suelo. Contempló a Chloe convulsionarse en la cama. Le puso un dedo en la frente; la chica se estaba enfriando a toda velocidad. El muchacho obligó a sus piernas a responder para ir a buscar el néctar y la ambrosía, que cogió con manos temblorosas mientras se derrumbaba por dentro. Acercó la bebida a los labios de Chloe, quien abrió apenas una ranura la boca, y le vertió dentro todo el líquido que pudo. Pero no sirvió de nada. Varios segundos después, el cuerpo de Chloe dejó de temblar y se quedó completamente inmóvil.

Will se negaba a creerlo, a pesar de que lo sabía. Ahí estaba, ése era el punto débil de los hijos de Apolo. Las mordeduras de serpiente. Cualquier herida podía curarse con néctar, ambrosía o con cantos sanadores, pero en el caso de los vástagos del dios del sol, si eran mordidos por una serpiente venenosa estaban condenados.

Chloe había muerto.

Escuchando los llantos de Marcel y Dewey, y viendo la cara destrozada por el dolor de Jackson, Will Solace sólo tuvo fuerzas para dejarse caer al suelo y rendirse al llanto.

Había fracasado. Y ni siquiera había empezado.