Second Chance.

Parte II

Tema dado por hacer spoilers : Salto en el tiempo.


~Advertencia: AU, Personajes terriblemente OOC~

Lo aclaro porque en el capítulo anterior muchos se horrorizaron de lo que estaba sucediendo.

—Dejaré que la rueda de la vida gire a su antojo.

Los ojos castaños de Cardinal parecían a punto de salirse de control. Sacudió la cabeza de modo frenético —Está cometiendo un error…

—¡Pues que así sea! —no me preocupé en ser delicado. Así como hizo ella, me alejé varios pasos en sentido contrario, imponiendo distancia —Ella siempre se salía con la suya, tú la defendías.

—Mi señora no cometió mayor pecado más que, posiblemente, prestar su oído a…

—No me interesa oírte, Cardinal—la interrumpí— Vuelve a tus obligaciones y deja de inmiscuirte en lo que no te incumbe.

Sin esperar que me respondiera seguí caminando, ignorando la zozobra que de golpe me roía el pecho. Conforme cada paso que daba, la sensación iba haciéndose cada vez más grande.

La erudita me veía con desamparo. Lo sabía con tanta precisión como si tuviera ojos en la spalda. Cardinal sentía un cariño entrañable por Asuna, en mi vida anterior se había opuesto rotundamente a las acusaciones que se alzaron contra ella, y cuando me decidí a dictar castigo, hice que la enviaran lejos para que sus pedidos de justicia no interfieran con mi sed de sangre. Sin embargo apareció antes, aún así, cuando logró llamar mi atención, el cadáver tibio de quién solía ser mi esposa se encontraba tendido en la plaza. Sí, había vuelto antes pero no fue suficiente.

Y si era gracias a ella que tenía está segunda oportunidad de arreglar mis errores del pasado, no iba a desaprovecharla

Hasta el momento, mi elección de alejarme de mi ex esposa estaba dando buenos frutos.

Evitarla los primeros días estaba dando resultado. No fue tan difícil como pensé. Desayunaba al alba, o luego de que la familia lo hacía, y cuando podía, me saltaba la cena, aunque esto último era más difícil. Por respeto a mis padres, trataba de estar siempre presente.

Si Asuna fue consciente de mi desplante hacia ella, no lo demostró verbalmente. Aunque la forma huraña en la que me veía, ponía en manifiesto que me tenía tanta repulsión como yo a ella.

Pero eso solo ocurría de mi lado, tanto mi madre como mi hermana estaban prendadas a su hechizo. Aún el rey, mi padre, le rendía extrema pleitesía. Al parecer las jovencitas huérfanas y desamparadas tocaban una fibra sensible en el viejo corazón del monarca, el cual yo ignoraba que tenía.

Conforme los días iban pasando y las primeras semanas se afianzaban, mi vida fue volviendo a la normalidad, o lo más normal que conocía antes de que ella viviera en el palacio.

Mi madre y mi hermana tuvieron especial cuidado de que sus actividades fueran distintas a las mías, y en otros horarios para que no tuviera que encontrarla.

Obviamente su futuro era diferente al mío ahora que no sería reina. Y la brecha que nos separaba se definía notablemente.

—¡Kazuto!

La voz lejana de Quinella fue volviéndose más cercana, conforme salía de la nebulosa de mis pensamientos. Ella estaba sacudiendo su mano frente a mis ojos.

—Lo siento, me distraje —murmuré con pena, prestándole toda mi atención. Ese día vestía de violeta, haciendo juego con el encendido color de su cabello. Llevaba un parasol negro de encaje en su otra mano para resguardarse del sol y sonrió sensualmente cuando notó que la veía —Me disculpo, ¿me decía?

—Hace un clima extenuante, pero parece que su alteza no lo nota —sacudió sus largas pestañas en una acción deliciosa.

De algún modo se había vuelto una especie de rutina que ella viniera todos los días, después de mi entrenamiento, solíamos pasear por los jardines reales a la vista de todo el mundo. Yo tenía una imagen que proteger como futuro rey, y también debía resguardar la integridad de mi futura emperatriz.

En verdad no le había dicho a mis padres que ya había elegido a la mujer que me acompañaría al trono, aunque a estas alturas era demasiado notorio. Hasta los sirvientes trataban a lady Quinella con tanto respeto como si fuera yo mismo.

En el pasado… la forma en la que llevé adelante mi noviazgo y su consiguiente matrimonio, fue muy distinta. Me encapriché con esa mujer de tal forma, que me salté todos los pasos establecidos. Violé los protocolos en cuanto a la reputación de una dama, pues prácticamente obligué a Asuna a casarse conmigo. Acaricié sus manos antes de que fuéramos cercanos, bebí de sus labios inexpertos cuando apenas éramos amigos y le pedí matrimonio mucho antes de que mis padres lo supieran. Cuando ellos, ajenos a todo, tenían otras candidatas en mente.

Esta vez haría las cosas bien.

—La compañía es demasiado agradable para notar esos detalles, milady.

Ella sonrió extasiada, con una expresión felina pintada en los labios—Exagera usted.

—Pero si el calor del día le resulta sofocante—murmuré sujetando su muñeca. Su piel estaba fría pese a que se quejaba del verano que atravesábamos —Conozco un lugar perfecto para proteger su piel.

La invitación hizo efecto. Se tomó de mi brazo mientras la guiaba por los extensos jardines, hacía el invernadero, semi oculto bajo algunos árboles aromáticos, lugar un poco alejado del palacio.

Las puertas de vidrio de aquel sector estaban abiertas lo que me pareció extraño, pero no había nadie a simple vista. Seguramente el jardinero lo hubo dejado así más temprano.

—Es la primera vez que visito este lugar —Quinella cerró la sombrilla —Dicen que la reina cultiva sus propias orquídeas.

Era cierto. Mi madre tenía una buena mano con las plantas. La colección de flores que ella misma cuidaba con esmero era uno de sus grandes orgullos. Posiblemente ella estuvo aquí por eso el invernadero estaba abierto.

—La reina tiene un pasatiempo algo excéntrico —reí entre dientes.

—¿Es acaso alguna ley real? —preguntó con un susurro, sus dedos rozaron el cuello de mi blusón de entrenamiento —¿Acaso está escrito en algún lado que las reinas deben tener una ocupación más allá de las leyes de estado? Porque no creo tener la astucia de su madre, alteza. La última vez que cuidé un arbusto, se secó a los dos días…

Reí, la coquetería le salía por todos los poros. Seductora y hermosa. Interesante combinación.

—Mi futura reina puede emplear su tiempo en lo que le venga en gana —le dije sujetando sus dedos antes de llevarlos a mis labios —Mientras disponga de su tiempo para atenderme…

Era algo atrevido confesarle eso. Era la primera vez que cometía una infidencia como tal. Pero ella no parecía escandalizada por mis palabras. Una doncella inocente sin duda no hubiera entendido.

Pero en ese momento tenía la mente demasiado abotargada como para ponerme a pensar.

—Atenderé a mi señor siempre que él lo deseé…—se acercó algunos centímetros hasta que el calor de su cuerpo se hizo palpable. Era la primera vez que estábamos tan cerca, lejos de la vista de cualquier curioso.

No la había besado aún… pero ese parecía el momento propicio para remediar eso.

Sus ojos azules vibraron antes de que se cerraran, su barbilla se alzó, entreabrió los labios y la punta de su lengua se agitó suavemente al enseñármela. Me lancé sobre ella. Mis manos se aferraron a su cintura y cuando la lujuria de su gesto me instó a robar sus labios, un ruido molesto detrás nos interrumpió. Sonó como si algo se hubiera quebrado.

Nos separamos, jadeantes por haber sido pillados en falta. Con la ansiedad comiéndome la sangre me giré para ver que había ocurrido y casi me voy de bruces al suelo.

Asuna salió de detrás de una línea de macetas perfectamente alineadas. Se veía algo molesta y avergonzada, en las manos llevaba un recipiente cargado de hojas y semillas. Un delantal blanco cubría el frente de su vestido, al igual que un velo a modo de cofia le protegía el cabello.

¿Qué diablos estaba haciendo allí?. Y así como la pregunta brotó en mi cabeza, otro recuerdo apareció con la misma rapidez.

Yo besé a Asuna en ese mismo invernadero

Entre las orquídeas de mi madre, usando alguna tonta excusa que ya no tenía importancia. Sus labios temblorosos ahogaron una negativa contra mi boca. Tímida, inocente. Recuerdo que de la pena que sentía se derrumbó contra mi hombro. Eramos amigos, pero desde ese momento había cruzado una línea de la que nunca había de volver.

Sentí que la ira ante mi estúpido actuar me brotaba desde las entrañas. ¿Porqué escogí ese lugar para llevar a Quinella? ¡Habiendo tantos otros, mucho más bonitos, más elegantes… más acorde al estatus de mi novia!

¿Porqué era tan tonto?

—¿Qué haces aquí? —pregunté con furia.

Y aunque se veía apenada por ser testigo de mi aventura amorosa, apretó el recipiente que llevaba consigo y alzando el mentón con esa altivez que solía volverme loco, refirió secamante —Vine por semillas de cardamamomo y hojas de… menta — noté la taladrante mirada de Quinella por encima de mi hombro, razón por la que Asuna retrocedió algunos segundos antes de mirarme fijamente. Era la primera vez desde que estaba en el palacio que me contemplaba de esa forma —Suguha-chan y yo estamos haciendo galletas, necesitaba algunos condimentos…

Luché contra mi instinto primario de gritarle que se fuera, que quitara de mi vista esos ojos de oro. Que dejara de ser tan patética. Por otro lado, quería reírme de su apariencia. ¡La ex emperatriz vistiendo como una pordiosera! Cuando en el reino era bien conocida su elegancia y su buen gusto. No era la reina Asuna quien estaba frente a mis ojos, sino una joven con peores fachas que las de una sirvienta.

¿Pero porqué no podía quitar mis ojos de ella? Buscaba inútilmente que se viera turbada, incómoda, pero parecía al revés. ¡Yo era quien se sentía acobardado por verla aquí! ¡Deseaba que sufriera los mismos celos, y la amargura al notar que existía alguien suplantando su lugar! De la misma forma en la que yo me sentí cuando supe que tenía un amante… La rabia era igual a ese momento…

¿Por qué no podía sentirme ganador de esta situación? Yo estaba en una posición ventajosa, sin embargo…

—Pues si ya tienes lo que vienes a buscar, vete —la arrogante voz de Quinella obligó a que quitara mi atención de Asuna y la viera. Me costó reconocerla, tenía el ceño fruncido en un gesto de desagrado. Había verdadero odio en sus ojos, y disimuladamente se sujetó a mi pecho en una acción que me hizo saltar un poco. Era como si quisiera demostrarle a su interlocutora que yo le pertenecía. Por supuesto, una tontería. ¿Por qué haría una cosa como esa? —Nos estás importunando, niña.

—Lo siento, milady, alteza —hizo una reverencia elegante, pero al hacerlo, el recipiente se tambaleó en sus manos. Algunas hojas cayeron al suelo.

Casi me adelanté en su ayuda, pero el brazo firme de Quinella me retuvo cual garra de acero.

—Estás importunando a su alteza.

—Lo siento —Asuna juntó como pudo, y con las manos llenas de polvo, pasó junto a nosotros. Desapareciendo en el exterior.

Sin darme cuenta me alejé de la proximidad de Quinella, miré por la puerta por donde había salido la pelirroja, pero su silueta ya no se veía.

—La duquesa de Coral Village da pena —mencionó en un tono irritante —La reina sin duda está haciendo un trabajo de beneficencia, acogiéndola bajo su ala.

—No tenía donde ir —la miré arqueando una ceja. El tono de su voz era demasiado altanero, no conocía ese rasgo en su personalidad.

Si de esa forma trataba a una igual, pues Asuna era una noble igual que ella, aunque de momento no lo mostraba, ¿cómo trataría a la plebe una vez suba al trono a mi lado? ¿Sería una buena emperatriz?

—Su alteza se ve extraño —sonrió y de pronto su expresión engreída desapareció dejando a la dulce mujer en su lugar. Esa que yo conocía y me gustaba.

—Me sorprendió verla aquí, es todo —le tomé la mano.

El momento se había arruinado. Ya no podía besarla en el invernadero. Este lugar estaba plagado de otros recuerdos y… no deseaba repetirlos. Me asqueaba de solo recordarlo.

Salimos al jardín y caminamos bajo los árboles, sus dedos se sentían temblorosos bajo mi mano. Las sombras de las hojas se extendían sobre nuestras cabezas creando una bóveda agradable, aplacando el calor de la jornada. Pero conforme íbamos acercándonos al palacio, los pasos de mi acompañante se sentían largos y cansinos.

—¿Milady? —me volví a ella con interrogación, notando con asombro que atravesaba la distancia entre nosotros y me besaba en los labios. Una caricia rápida, insípida.

—L-lo siento, alteza… yo realmente no quise… —su voz deliciosa y titubeante, me tentó a rodear su barbilla y darle un beso real. Intenso.

Desde ese momento quedaba instaurado que Lady Quinella era la prometida del príncipe Kazuto, heredero al trono. Al hacerlo delante de todos, me había atado a ella y lo había hecho oficial.