Hasta estar dentro de ti

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Capítulo 01~

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Un año después...

Una gota de sudor, recorrió de manera lenta la frente del rubio, hasta caer y perderse en el suelo que la absorbió de inmediato. Sumido en la inspiración que le atacó de manera insistente, daba suaves pinceladas en el lienzo que de manera lenta se fue llenando, armando de a poco el paisaje frente a sus orbes verde pálido. Cada movimiento, llevaba impregnados la pasión y fascinación del joven, nada lo detendría en ese momento, a menos que le interrumpieran de manera insistente o de forma brusca.

Su elegante ropa, un traje fino y demasiado caro que normalmente no utilizaba para plasmar su talento, se encontraba prácticamente manchada por las salpicaduras de pintura que traviesas caían descontroladas, decorando su camisa, chaleco, pantalones e incluso sus zapatos, de esa forma que muy poco le importaba, cuando estaba preso de su pasatiempo favorito.

Volvió el pincel a la paleta de madera que sostenía con la mano izquierda y lo hundió en la pintura blanca, regresándola en un rápido movimiento siguió copiando el cielo donde nubes adornaban el azul techo, mismas próximas a tapar el anaranjado sol, oscureciendo de gran manera el paisaje arruinando su perfecto paisaje, solo salieron a tomar un poco de aire y terminó por correr a su estudio y traer consigo todo sus instrumentos para sacar a flote su indiscutible talento.

El hermano menor del artista, ignoraba por completo la hazaña que estaba logrando en el lienzo, veía hacia el jardín que se encontraba debajo de la terraza; donde el rubio se encontraba plasmando lo que calificó como una mañana agradable y hermosa, la cual no tendría oportunidad de ver en otra ocasión de ese año.

Kazuto no comprendió y ni le pidió que le explicara a que se debían sus palabras. No entendía nada de arte y pintura, igual que Eugeo no comprendía la afición que el azabache tenía por coleccionar tazas y simplemente guardarlas en vitrinas, sin intención de utilizarlas o mostrárselas a alguien fuera de su familia, solo las observaba por largas horas, en silencio, esbozando un gesto de satisfacción.

No entendían la pasión del otro, pero sabían que no era necesario explicarlo, el silencio entre los hermanos era la forma de saber que si a ellos les gustaba, estaba todo bien. El respeto mutuo entre los dos menores era algo que el duque no comprendía.

—Es un buen trabajo.

Las cortas palabras del menor de los Kirigaya, rompió la concentración absoluta del rubio, que detuvo el movimiento de su mano para apreciar el cuadro aun incompleto.

—Todavía no es perfecto —se dio la vuelta solo para encontrar al de cabellos negros viendo hacia abajo, nunca poniéndole atención, como era habitual —¡Claro que es un buen trabajo! —se corrigió al notar que su hermano no se refería a la pintura, como era obvio, ni siquiera había visto lo que estaba haciendo.

—Alice es feliz —mencionó al levantar su vista y pasearla de forma analítica sobre el húmedo pincel en las manos del rubio. Sus pupilas captaron las gotas del pesado líquido a punto de derramarse.

—Se nota que la hago muy feliz —habló apenado, tratando de recuperar la inspiración, la cual sentía había abandonado por la interrupción de su pequeño hermano, quien usualmente se mantenía callado y no iniciaba conversación alguna.

Menos con el calor sofocante que estaban atravesando, clima que irritaba sobremanera al azabache.

—Pronto tendrán hijos —el desinterés con el que habló, hizo que el rubio dejara caer el pincel al suelo.

Parecía que Kazuto estuviera hablando del clima o sobre un bocadillo y no de un tema tan importante como era hacer crecer a la familia, pero así era él de directo, decía lo que pensaba sin importar como reaccionara la contra parte.

—Espero que así sea, Alice y yo seriamos muy felices si somos bendecidos de esa forma —se agachó para recoger el instrumento que había dejado una mancha considerable sobre el piso. No se preocupó tanto, luego mandaría a un sirviente a limpiar el lugar y así no hacer enojar a su esposa, por ponerse a pintar en cualquier lado de la mansión.

—Ya ha pasado un año, has estado con ella todas las noches, es casi seguro que pronto quede embarazada.

Eugeo reprimió su pena, indiscutiblemente la poca inspiración que había acumulado se le fue quitada de golpe. Sintiéndose un poco sofocado por la idea de terminar sí o sí su trabajo, manchó de nuevo la punta del pincel, dando varios movimientos sobre el lienzo, continuó tratando de plasmar aquella imagen que seguía vívida frente a sus ojos.

—Kazuto, el matrimonio es más que eso —desvió la mirada hacia su hermano, que al notar que el rubio intentó hacer contacto visual con él, rápidamente desvió sus magnéticos ojos plata, viendo los pies del artista, los cuales se encontraban llenos de pintura —El amor es lo que nos ha hecho feliz, no el placer.

El menor de los Kirigaya se mantuvo en silencio.

—No lo comprendo —se limitó a contestar.

—Es muy complicado —tartamudeó al notar que Kazuto cerraba los ojos, un signo de que estaba luchando consigo mismo para tratar de entender algo que simplemente no podría procesar como el resto de las personas —Es como el ardiente deseo que tienes por adquirir otra pieza de porcelana —se apresuró a decir para no provocarle una jaqueca.

—Te equivocas —le contradijo con demasiada efusividad —La hermosura de las tazas es diferente a lo que dices.

El rubio parpadeo un par de veces, movió su mano con rapidez sobre el lienzo antes de contestar. La forma de ver las cosas para Kazuto era algo muy diferente al resto del mundo, le costaba comprenderlo a veces, pero amaba a su hermano y en ocasiones se sentía inútil por no poder entenderlo.

—Tienes razón, es algo muy diferente, perdón por compararlas —le dio las ultimas pinceladas al cuadro, se detuvo un momento para apreciar su trabajo —Algún día hermano, alguien que te comprenda mejor que nosotros, te lo hará saber.

—Lo dudo —contestó rápido.

—¿Por qué tanta negatividad? —rió cuando, el de cabellos negros dejó de atrancarse en la pared, único rincón donde había encontrado la soledad de la sombra.

—No es negatividad —se frotó la sien —Es imposible, Akihiko siempre lo dice —aclaró.

—Nuestro hermano sigue tan calculador como siempre —se acercó hasta él —Pero aunque lo parece, él no sabe todas las cosas del mundo. No le des más importancia que la necesaria, es un viejo gruñón.

Ignorando el desastroso estado de su traje, Eugeo rodeó los hombros de su hermano en un gesto de comprensión. Y aunque quizás lo estaba incomodado, Kazuto aguardó en silencio a que acabara. No le rechazó como hubiera hecho con otras personas, por lo que sintiendo la calma del de cabellos negros, Eugeo se permitió darle esa pequeña muestra de afecto.

—Yo me di cuenta antes que tú, que terminarías casándote con Alice.

Ante esa seca declaración muy cierta, Eugeo no hizo más que dejar escapar una fuerte carcajada. Jaló a su hermano al borde del barandal donde en el jardín la joven esposa de cabellos dorados y ojos zafiros se encontraba disfrutando de la mañana, sentada con toda la elegancia que un caballero deseaba en una dama, mientras preparaba el té.

—Nunca fallas en tus cálculos —bromeó divertido. Algo que Kazuto no comprendió y se mantuvo callado.

—Pronto la volveré a ver —expresó sin intentar alejarse del sonriente artista, que encantado, seguía apreciando la belleza descomunal de su esposa.

—¿A quién? —le cuestionó al no saber a qué se refería su hermano.

—Ya es un año.

—¿Un año para qué? —insistió el rubio.

Kazuto ya no contestó más, colocó su vista en su mano que se aferraba del barandal cuando la rubia notó que estaba siendo espiada por el par de Kirigaya, haciendo una señal con su mano les pidió que bajaran a acompañarla.

La mente del menor, repasó de manera rápida aquella visión de lady Yuuki, el recuerdo estaba tan fresco en su memoria, como si hubiera sido ayer que aprecio el color ardiente e inconfundible de su cabello. Recordaba hasta el mínimo de talle de ese día, como iba vestida y por cuantos segundos la aprecio bajo las escaleras, por más que quisiera no podía olvidar nada de esa noche y ese momento en especial, le era pasado en su cabeza una y otra vez en una repetición constante.

—Kazuto te encuentras de buen humor hoy, ¿verdad? — Alice le recibió con una taza de café negro, sin azúcar, sin crema. Tal como le gustaba.

Él observó la taza que le era ofrecida. Era blanca, simple, sin adornos, diferente a las que él coleccionaba, pero de buena calidad, satisfecho se la llevó a los labios degustando el líquido.

—Ya ha pasado un año.

La rubia miró a su esposo, preguntándole silenciosamente a que se refería, en respuesta éste negó lentamente con la cabeza, sin entender.

—Espero que te refieras a un recuerdo bonito —le alentó con esa sonrisa hermosa dirigida siempre a él.

Alice adoraba a su cuñado pequeño, guardaba memorias preciosas de él, custodiándola mejor que su propia doncella, cuando algún desubicado osaba acercársele. Siempre le trató con respeto, y en las pocas ocasiones en las que riñó con su ahora marido, Kazuto siempre estuvo de su lado, protegiéndola.

Alice jamás sintió temor de estar cerca suyo, pese a las múltiples habladurías que se cernían sobre él y su excéntrica personalidad. Con ella siempre fue un modelo de virtud, un excelente compañero, silencioso, que sabía escuchar y luego detallar al dedillo todas sus palabras. En los momentos donde Eugeo desaparecía en su estudio, Kazuto se pegaba a ella como una forma de remediar la ausencia desmedida de su hermano.

—Sí lo es. Es un recuerdo importante —respondió por fin, para alivio de la blonda, quién amplió la curva de sus labios —Pero primero debo ver a nuestro hermano.

Aquello hizo que la rubia frunciera el ceño. Se llevaba bien con la cabeza de la familia, pero su personalidad imponente y esa manía de querer solucionar las vidas de sus hermanos menores a toda costa, le ponía los nervios de punta. Nunca se sabía qué era lo que corría por la cabeza del duque. No dudaba que era capaz de entregar todo para proteger a su familia, ¿pero bajo que costo?.

—Ten... cuidado, Kazuto —le dijo con simpatía, sin ocultar la preocupación que la repentina reunión con Akihiko le causaba.

Seguramente se trataba de alguno de sus negocios, el mayor siempre buscaba a Kazuto cuando necesitaba cerrar un contrato, usaba su asombrosa mente y la rapidez para leer documentos detallándolos al dedillo después hasta con los ojos cerrados.

A Alice, tanto como a Eugeo, les alarmaba que usara al joven para su beneficio.

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El duque esperaba el veredicto con el ceño fruncido bajo el marco metálico de los anteojos que usaba. Sus dedos tamborileaban sobre el borde del escritorio en el que estaba apoyado. Su hermano menor estaba sentado frente a él leyendo una pequeña pila de papeles.

Pese a que era el más joven, Kazuto era imponente por sí mismo. Su estadía en el asilo, del cual Akihiko lo había rescatado cuando creyó que ya lo habían torturado suficiente, no había mermado su contextura moral. Era un hombre fuerte, tal vez no tan alto como los dos hermanos que lo precedían, pero el sello inconfundible de su aristócrata familia se leía en todos sus poros.

Piel blanca, ojos gris plata, cabello negro como las alas de un cuervo. Eran los condimentos perfectos para que cualquier dama estuviera loca detrás de él. Pero lord Kazuto Kirigaya era un caballero bastante excéntrico y de un carácter especial. Las mujeres no le interesaban más que para saciar su apetito carnal, lo que su fiel amante cumplía siempre que lo necesitaba.

Ese era otro detalle que debía agradecer a su hermano mayor. Akihiko le había dejado claro sin usar palabras, que el matrimonio no era algo que se hubiera inventado para él, su extraña personalidad no era compatible con la idea de dos personas juntas amarradas de por vida en esa especie de negocio marital. Y él le había creído. ¿Para qué buscar una esposa si todo lo que necesitaba, su amante se lo daba, complaciéndolo con creces? Sortiliena, Liena, le había sido presentada por su hermano Eugeo cuando todavía se encontraba preso en ese hospital de dementes. El rubio se la había llevado con el afán de ponerle un poco de color a su monocromática existencia y deseando despertar alguna reacción que demostrara que, pese al infierno que llevaba en los hombros, seguía vivo.

Y por supuesto, resultó.

Sortiliena era mayor que él por unos cuantos años, pero eso no fue motivo suficiente para que su encuentro fuera un fiasco. Todo lo contrario. Kazuto tenía 18 años cuando comprendió que las formas del cuerpo femenino calzaban de alguna manera con las suyas. A pesar del tiempo transcurrido, cuatro años ya, la relación se mantenía sólida: el joven sabía que Liena era demasiado práctica y no albergaba la idea romántica de casarse con él. Era un simple acuerdo de conveniencia: ella recibía dinero, él placer. Y así continuaría.

—No he visto ningún error —pronunció finalmente, dejando caer la última hoja sobre el escritorio.

Akihiko lo contempló con la seriedad propia de él. Decidió cambiar de pregunta —¿Crees que sea un buen negocio?

—Te gusta la ciencia.

No necesitó que su hermano dijera más, Akihiko le arrebató una pluma y estampó su firma en cada hoja, antes de llamar a su secretario personal y entregarle el documento.

—He comprado la patente de esos inventos —Kazuto no dijo palabra—. No espero que lo comprendas, lo hago porque se lo prometí a Kouchirou. Le dije que cuidaría de esa niña.

Kazuto miró por un segundo la expresión pétrea de su hermano, antes de contemplar sus manos que se encontraban abiertas, expectantes, sobre sus rodillas—. ¿Qué pasó?

—Desconozco los detalles, solo sé que lady Yuuki se ha quedado huérfana.

—¿Crees que comprando las ideas de su familia le haces un bien?

—Su hermano y su padre tenían mentes brillantes... pero poco comprendidas. A la larga será una buena inversión. Además... —se alejó de su lugar y consideró mover los pesados cortinajes de su estudio. Pero la luz potente tenía un efecto contrario en Kazuto, normalmente le encandilaba y decía que le producía migrañas. Desistió de su idea y simplemente alzó un poco la cortina para que un rayo de sol acariciara la penumbra—. Ha heredado una fortuna importante, pero quiero doblar el valor de su dote para que un caballero elegible pida su mano.

—Eso la haría presa de un cazafortunas.

—Está bajo mi protección —gruñó—. Nadie se atrevería a meterse con el duque. El hombre que la quiera como esposa será un candidato aprobado previamente por mí.

—¿Quieres insertar en el mercado matrimonial a lady Asuna Yuuki?

—Con ayuda de Alice, para ser más precisos.

Kazuto se tocó la sien. Era una señal inconfundible de que empezaba a gestar una jaqueca.

—Yo puedo pedir la mano de lady Asuna.

Akihiko se puso tenso y se giró tan rápido en su dirección, que Kazuto debió cerrar los ojos como si se hubiera mareado.

—¿Qué has dicho?

—¿Por qué no? Estaría dentro del círculo de la familia, a Alice le gustará y tú no tendrás que preocuparte demasiado por cuidarla.

—Ni siquiera la conoces...

—Puedo arreglar eso.

—Creí que este punto te había quedado bien claro, Kazuto —su voz se endureció—. No puedes casarte, eres demasiado vulnerable y...

—Su cabello parece fuego, lava. Posiblemente, sea un rasgo propio de su personalidad, si es amiga de Alice debe ser agradable ¿verdad?

—Esas no son razones suficientes para hablar de una boda. Lord Noboyuki... quizás no lo recuerdas pero ha sido mi compañero también... y aunque tiene un título nobiliario de menor rango...

—Lo recuerdo perfectamente, siempre olía extraño —lo interrumpió sin prisa—. Tiene ojos de reptil y boca grotesca. Habla más con las manos y según creo, no son palabras que una dama debería oír...

El mayor alzó las cejas —Un análisis bastante insustancioso considerando que apenas le has visto —murmuró—. Conozco a Kou y tiene cierto apego hacia la muchacha... y pienso que sería una excelente alianza...

—Sería el peor error de tu vida. Se marchitaría demasiado pronto y todo ese fuego se apagaría. Ella arde ¿sabes?

—Kazuto, no vuelvas a usar la palabra 'arder' cuando te refieras a una dama, ¿entiendes? No está bien visto —el nombrado asintió, poniendo sus manos ahora sobre el escritorio—. Agradezco tu preocupación, pero Sugou es un buen hombre.

—No te gusta que alguien interfiera en tus planes, lo sé. Pero, estás equivocado —se puso de pie —. Vas a arruinar la vida de esa chica si continúas con esa idea.

—¿A dónde vas? —el joven de anteojos se giró por completo al verlo rodear el mueble y dirigirse hacia la puerta.

—Negocios. Hay una delicada pieza de arte que deseo adquirir.

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—Me complace que el hermano menor de uno de mis grandes amigos esté interesado en una de las tazas de mi colección.

El vizconde cerró los ojos en un ensayado gesto de conveniencia. Tenía las manos grandes y huesudas. Usaba anteojos de montura dorada y llevaba el cabello engominado, peinado hacia atrás. Sus delgados labios se movieron como los de una serpiente cuando su lacayo le llevó la pequeña pieza, que depositó sin mucho cuidado sobre la mesa.

—La quiero —le respondió, simplemente tomando el objeto y acercándola a sus ojos para examinarla detenidamente. Debía ser de la dinastía Ming; era pequeña, de color blanco añejo. El dibujo de unas flamas reverberantes se alzaba sobre el reborde algo estropeado.

—Es un excelente negocio.

Kazuto la sostuvo entre los dedos y contempló con detenimiento el grabado; no era el fulgor del fuego como creyó en un primer momento. Eran flores, los pétalos de color rojo-anaranjado daban la ilusión de serpenteantes llamas que lamían la cara superior de la pieza. Complacido, la llevó a sus labios y metió la lengua por el hueco, comparando su textura.

—¿Qué hace? —aventuró divertido y escandalizado el lord.

—Probando su validez —cerró los ojos cuando la textura algo salada se disolvió en su lengua —. Cinco mil yenes.

—¿No es un precio demasiado pobre ante la importancia de la pieza?

—Está ajada. Cinco mil yenes y es mi última oferta.

—Oh vamos, el dinero le sobra Kirigaya, puede subir la apuesta un poco más —se quitó los anteojos y le miró de frente—. Le voy a decir la verdad, planeo desposar una dama y, para eso, necesito una buena cantidad de dinero con el que comprarle un obsequio costoso.

—Le hubiera obsequiado la taza. El dibujo de aquí se parece al color de su cabello.

—¿Cómo dice? —una sonrisa altanera se dibujó en sus labios mientras lo veía con fijeza. Por supuesto, Kazuto no le devolvió el gesto, pasaba la yema de los dedos por la pieza como si midiera la cerámica, usando toda su concentración—. Sabe poco de las mujeres, amigo. A ellas no le interesan cosas como estas, cómprele joyas, pieles, vestidos, llévela de viaje alrededor del mundo y las tendrá a sus pies.

Kazuto actuó como si no le hubiera oído—. Cinco mil.

—Está bien, acepto solo porque es hermano de Akihiko, pero que le conste que no ha sido un buen negocio.

Kazuto volvió a ignorar su parloteo, metió la mano dentro de su chaqueta de terciopelo y extrajo la chequera. Chapoteó la pluma dentro del frasco de tinta y, alisando el cheque, escribió la cantidad estipulada para luego firmar. Todo el proceso fue llevado en un solemne silencio.

Sugou Noboyuki reprimió un suspiro al aceptar el papel. Había sido una mala venta, pero necesitaba el dinero. Compuso una sonrisa perversa, al tiempo que observaba como el criado de su compañero empacaba la taza con delicadeza exagerada dentro de una caja de madera rellena de heno. A juzgar por su expresión, parecía renuente de dejar ir el objeto, estuvo mirándolo hasta que el lacayo pelirrojo le puso la tapa y, ni aún así, apartó la vista.

—Espero presentarle pronto a mi prometida.

Ante sus palabras el joven de cabello negro se puso recto —No estaría tan seguro.

—¿Cómo dice?

—Ahhh, m-milord es tarde... Recuerde que su hermano y lady Alice lo invitaron a esa velada en el teatro —se apresuró a interrumpir el sirviente haciendo una exagerada reverencia—. Ya sabe que su hermano detesta la impuntualidad tanto como usted.

Kazuto se giró a verlo en silencio. Sin decir más palabras, se puso de pie escoltando con delicadeza la caja que guardaba tal tesoro.

—Si va al teatro le veré allí —Sugou le extendió la mano, pero su recién cliente ni siquiera hizo ademán de estrecharla. Sólo inclinó la cabeza y siguió su camino, abandonando al dueño de casa con semejante desaire.

—No por nada le llaman Kazuto Kirigaya, el loco —rió y se llevó el cheque a la nariz—. Pobre diablo, es un demente.

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—Señor, si no le salvaba iba a decirle algo muy desagradable a ese sujeto... y no es que ese tipo me caiga bien, pero hay momentos donde debe guardar la verdad y permanecer en silencio —el criado pelirrojo farfullaba, más para sí que para su amo, meneando la cabeza.

—Mentir está mal.

—No le estoy pidiendo que mienta, simplemente que no responda.

Kazuto se encogió de hombros, se reclinó cuan largo era en su carruaje. —Te agitas demasiado Ryo. Ese hombre debe saber que no va a desposarse con lady Yuuki, aunque Akihiko se moleste mucho.

—Recuerdo que el año pasado quise hacer una presentación entre ella y usted, y se negó. ¿Qué ha cambiado ahora?

—Porque si es Alice quien lo hace, me prestará mayor atención, es su amiga. Además ahora está sola en el mundo, necesita algo de que aferrarse. Y porque, si Eugeo está de mi lado, será más sencillo llevar a cabo el plan.

—¿Qué plan?

—Asuna no va a casarse con ese hombre —afirmó y añadió de inmediato—. No desempaques la taza.

—Está bien pero, señor, piense en lo que le dije. Será difícil burlar la resistencia de su hermano Akihiko. Ya lo intentó una vez y sabe lo que pasó.

—Él no tiene por qué estar de acuerdo ni al corriente de todo esto.

—También he cancelado previamente las citas que tenía con la señorita Liena esta semana.

Kazuto abrió grandes los ojos, y los entrecerró, asintiendo sin saber qué más decir.

—¿Sabe qué? Estaba convencido de que deseaba mucho esa pieza para su colección, es una sorpresa que ahora quiera obsequiarla... —murmuró Ryoutarou con un hilo de voz pero, como era habitual, su empleador ni siquiera le respondió.

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Kazuto se mantenía con la cabeza agachada, viendo el oscuro suelo, ignorando por completo, a la soprano que cantaba y mantenía a todos alucinando por su divina voz. Era sensación en las últimas semanas y la razón por la cual su cuñada Alice, deseaba tanto ver una función, arrastrándolo con ellos en el proceso.

El de por sí callado joven sostenía con gran anhelo la caja de madera que seguía sin ser abierta desde su compra, la cual protegía como si de un tesoro sagrado e invaluable se tratara, con sus gruesas manos acariciaba la fina madera; sintiendo que de esa forma podría sentir la validez de aquello que se escondía. La delicadeza con que la trajo hasta ese lugar, con mucho cuidado sabiendo de lo frágil que era la porcelana.

Su rostro no mostraba expresión, como siempre, se mantenía quieto, enfocándose únicamente en un lugar ajeno que había tomado su atención en una de las esquinas del lujoso palco, perteneciente al duque Akihiko. Los lugares concurridos y con demasiado ruido, le provocaban fuerte jaquecas, y no podía concentrarse en nada, no sin esforzarse. Además de que no comprendía la fascinación de los nobles para asistir a esos lugares donde personas gritaban palabras en lírico que no entendía.

Eugeo su hermano mayor y su esposa Alice, amantes de la opera, se mantenían atentos al escenario, disfrutando del canto de la nueva estrella, se encontraban sentados a dos asientos del suyo, dándole su espacio.

La actitud cerrada, y por momentos hostil, del menor de los Kirigaya, era algo corriente para el resto de los hermanos, y por supuesto no les molestaba. Por otro lado, la sociedad comentaba por lo bajo y entre chismorreos la actitud parca del joven heredero, entre susurros, y de boca en boca se decía que había pasado parte de su adolescencia en un asilo para dementes, hasta que el duque en persona fue a sacarlo de ese lugar. Y siempre al resguardo de su importante familia, el loco Kirigaya daba rienda a su excentricidad.

—¿Te mencionó Eugeo que hoy vendrían unos amigos a acompañarnos? —preguntó con suavidad la rubia, sabiendo que al silencioso joven le incomodaría iniciar una conversación en un lugar como ese, donde la música y voz de la intérprete era como un eco que le martillaba la mente.

—Sí, muchas veces, de hecho —le respondió en seco, al momento que estudiaba a su cuñada, sin verle el rostro, regresó de nuevo su atención al suelo.

—Mi amiga de la academia y su prometido —informó sin perder la suavidad y delicadeza en sus palabras, las que usualmente utilizaba para hablar con Kazuto, algo que el aludido agradecía.

El azabache dejó de acariciar el tesoro que tan celosamente guardaba y se llevó dos dedos a frotarse la sien, al sentir un dolor gestarse en esa parte de su cabeza. No era por la intromisión de su cuñada, sino por la mención absurda del prometido de lady Asuna .

—No lo creo.

La delicada dama, simplemente sonrió por la fría respuesta de su cuñado, conocía tan bien cuando algo le hacía enojar.

—¿Qué no crees Kazuto?

Interrumpió el rubio al momento que el taciturno joven regresaba su mano a la caja, sintiéndose un poco mejor. Aferró con más fuerza a su pecho aquel tesoro, resguardándola de la mirada curiosa de su hermano, quien no se molestó en preguntarle porque traía consigo una pieza de su colección.

—Que lady Asuna se case con él —mencionó —Nobuyuki sin dudas provocará que ya no continúe ardiendo.

—¿Ardiendo? —se sorprendió el rubio.

—Akihiko dijo que no era cortés, dirigirme a una dama usando la palabra arder —aclaró mirando de reojo a Alice, quién más que escandalizada parecía divertida —Ardiendo está bien ¿no?.

La voz del rubio quedó atorada por unos segundos en su garganta, al no querer imaginarse en qué problema estaba envolviendo el duque al menor, que parecía respetarle mucho, pero al mismo tiempo sabía que Kazuto no obedecería a nadie y de alguna manera se las ingeniaba para hacer lo que quería burlando lo que le prohibieron, era un genio, buscándole solución a los problemas, por eso Akihiko siempre lo quería de su lado.

—Creo que está bien, siempre y cuando no le ofenda a ella — respondió Alice con suavidad, mirando a su esposo para que este la secundara.

—Kazuto, recuerda que hay algunas reglas de la sociedad que no están enteramente dichas, pero que debes acatar, las que se refieren al respeto frente a una mujer son las más importantes — se orilló a responder de esa manera, para no caer en los mismos trucos que el duque —Pero no le hagas tanto caso a Akihiko, hacer eso te sofocará.

—¿Entonces sí puedo usar arder?

—Sí —le confió tratando de no titubear, asintiendo enérgicamente —Pero ¿en qué forma planeas usarlo? —preguntó curioso.

—Para las llamas de su cabeza —respondió con rapidez señalando su cabello.

—No imagino nada parecido a eso —balbuceó aun más sorprendido, ver a Kazuto aguantar ya mucho tiempo en el teatro era un logro, a estas alturas ya se habría retirado o como en ocasiones anteriores; desaparecía por días, sin que nadie más que su ayuda de cámara supiera en donde se escondía del mundo.

—No lo molestes más, Eugeo —le regañó su esposa, al notar que si el rubio seguía profundizando la charla, el de cabellos oscuros no aguantaría hasta la mitad de la opera. Simplemente se pondría de pie y saldría del lugar en silencio —Estate agradecido que nos acompañó esta noche cariño, sabes que a Kazuto no le gusta venir a estos lugares concurridos y ruidosos. Es normal que se muestre incómodo.

—Lo sé —el de ojos verdes, no protestó más, se acomodó en su silla antes de dirigir su vista de nuevo al escenario.

—Kazuto, —trató de llamar de nuevo su atención la rubia —Asuna está pasando por un mal momento —el de cabellos negros ni siquiera la volteó a ver, repasaba con la yema de los dedos el borde de la caja de madera, asegurada contra su pecho —Espero que te lleves bien con ella, le caería bien un poco de apoyo.

—Eso planeo —fue lo poco que dijo.

Alice sonrió complacida, casi nadie podía comprender lo que Kazuto pensaba o decía, él era un genio nato. Y luego de que se convirtiera en su hermana mayor tras la boda del año anterior, sabía del ser privilegiado que era su cuñado, y a pesar de las murmuraciones que se levantaban a su entorno, ella hacía oídos sordos.

¿Cómo alguien sin malicia podría ser causa de una mala reputación?

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No pasaron muchos minutos cuando la puerta del palco se abrió, dejando ver la ya conocida cara de Ryo, la ayuda de cámara del más joven de los Kirigaya. Anunciando a los dos invitados que habían pasado la mitad de la ópera en su propio palco, uno de menor lujo seguramente.

Alice fue la primera en levantarse y correr, para abrazar a la agraciada joven de cabello castaño, que correspondió con la misma alegría aquel encuentro, ya se habían abrazado y mostrado su pesar anteriormente, pero la fuerte amistad y cariño en ambas era muy notoria, la rubia pensaba en lady Yuuki como su propia hermana, a la cual debía de proteger.

Ante la muestra de amistad, el único que no se movió de su lugar fue como siempre Kazuto, dándoles la espalda, se hundió en la suavidad del asiento y se permitió seguir en su mundo, mientras el resto se saludaba y parloteaba de asuntos que no le interesaban.

—Es un honor que nos hayan invitado —el orgullo desmedido en Noboyuki era evidente, sin embargo veía con desprecio al único que no les había recibido, a quien no parecía importarle los modales —Sin duda mi amigo Akihiko tiene el mejor palco en todo el teatro.

—Le gusta presumir la buena vista, pero por el trabajo muy pocas veces viene —contestó Eugeo, al momento que terminaba de saludar a la dama, después de que su esposa se permitiera romper el abrazo inseparable entre ellas.

—Deberíamos de sentarnos y disfrutar del espectáculo —ofreció la rubia, tomando de la mano a su amiga y guiándola para que se sentara junto a ella, dejando a ambos caballeros detrás, siguiéndoles el paso.

Los ojos de Asuna se quedaron fijos en el azabache que se mantenía como una estatua en su lugar de reposo, sin mostrar señales de querer introducirse a la conversación o tratar de averiguar quiénes se sumaban al amplio palco. Algo en su fuerte y atrayente perfil, le llamó la atención, no solo aquello que protegía de las miradas con su cuerpo. Algunos de sus cabellos eran demasiado largos le cubrían parte del rostro, dándole un toque de misterio, pero sin esconder a totalidad su varonil aspecto.

—Permíteme presentarlos —habló emocionada Alice, al notar el interés de la castaña —Asuna él es mi hermano menor Kirigaya Kazuto, es callado, algo directo, pero es alguien de confianza y muy brillante, te caerá muy bien —le aseguró, con tono cómplice.

Ante la mención de su nombre el de cabellos negros levantó su cabeza, estudiando por completo el rostro femenino que le veía con una sonrisa en los labios, sin hacer contacto visual por mucho tiempo, con lentitud se levantó dejando su preciado tesoro en el asiento, se arregló su fino traje y recompuso su postura.

—Ella es Asuna Yuuki, mi amiga querida de la academia de señoritas —embozó una enorme sonrisa al decirlo.

—Es un honor milord —la aludida le ofreció su mano en muestra de saludo. La cual Kazuto tomó con ánimo, estrechándola con fuerza —Creo que no habíamos tenido ocasión de conocernos.

Al no tener respuesta más que la mirada profunda del joven sobre ella, Asuna tímidamente intentó retirar su extremidad. Algo que le fue imposible, cuando el callado lord llevó la mano que mantenía cautiva hasta su rostro, rozando su nariz con la ligera seda del guante femenino.

Asuna contuvo el aliento en tanto Kazuto aspiraba el aroma natural que desprendía su piel, en esa posición y sin importarle reacción alguna, siguió trazando con su nariz, un camino por todo el largo del brazo de la dama, delineándolo y disfrutando de ese pequeño tacto.

Ella se había quedado sorprendida ante la falta de caballerosidad del joven lord.

—Su perfume es delicioso —se detuvo en el hombro de la joven —Y al igual que su cabello, es un rasgo propio de su personalidad —informó, como si estuviera hablando de asuntos que solo él conocía.

—Gracias por su cumplido —fue lo que apenas logró hilar la apenada dama, que prácticamente tenia encima al extraño joven, que ni siquiera la veía a los ojos, pero parecía renuente a dejar ir su mano y a respetar su espacio personal.

Todos se habían quedado callados ante lo directo de las acciones de Kazuto, la misma Alice y Eugeo, que pensaban conocerlo bien, no daban crédito a lo visto, nunca esperaron ver que Kazuto fuera quien iniciara un contacto humano de esa índole, cuando él odiaba tenerlos y más aún con personas nuevas.

La pareja daba gracias que Asuna fuera alguien tolerante y no mostrara signos de horror a tan descortés obrar.

El mismo Nobóyuki no quiso intervenir, al conocer en primera instancia, el estado de locura del hermano menor de su amigo el duque. El simple hecho de verlo cargar consigo el objeto que le había vendido recientemente, apoyaba más las suposiciones sobre su falta de cordura.

El contacto no terminó ahí, Kazuto soltó los dedos de la perpleja dama que siguió inmóvil, viendo cómo ahora él se aproximaba un poco más a su rostro, y de un rápido movimiento tomaba un rizo escondido detrás de su oído, y fruto de esa delicadeza exagerada con la que hacía todo, lo llevaba hacia su rostro, para examinarlo con detenimiento.

—Después de todo, no quema —pronunció suave, hasta sorprendido—. Arde, como lava.

—¿Cómo lava? —preguntó en un hilo de voz —Nadie había comparado mi extraño cabello de esa manera — confesó con timidez —Gracias por no decir que es feo.

—Es muy hermoso, más fino que la seda —la punta de su nariz y sus labios palparon las suaves hebras que se derramaron entre sus dedos —El cabello de otras personas es paja comparado al suyo.

—Es bueno saberlo —rió divertida, a ella no le gustaba el tono que poseía, le parecía demasiado llamativo para su gusto. —Otros opinan lo contrario.

—Es fascinante, muy bello ¿No le quema? —agudizó su mirada para observar de mejor manera, notando como las luces tenues del lugar le sacaban destellos.

—No en realidad —confesó nerviosa, los labios del joven de pronto estaban a nada de tocar su piel.

—Déjelo arder —notó que aquellas pupilas fundidas en plata, que estuvieron evitando su mirada todo el tiempo, ahora reparaban en ella por escasos segundos.

Sin esperar respuesta a tal sugerencia, las fuertes manos de Kazuto fueron en busca de las horquillas que sostenían el peinado, con la clara intención de quitar una.

—Creo que ya es suficiente ¿no le parece? —intervino Noboyuki, evitando que se permitiera arruinar la apariencia de la joven —Mi prometida no está para bromas, perdió a su familia no hace mucho ¿sabe? —ligeramente empujo al de cabellos oscuros.

—No —respondió Kazuto, desviando la mirada hacia el cuello femenino.

—¿Cómo dice? —cuestionó ofendido, el vizconde.

—Usted la marchitará —apretó con fuerza la horquilla que logró robarle a la chica.

—¿Qué está diciendo? —se paró frente a Kazuto, quien era una cabeza más bajo que él, pero ciertamente más robusto que el vizconde.

—Que usted es un repti...

—Será mejor que nos sentemos —intervino Eugeo, tomando de los hombros a su hermano, obligándolo a que pusiera su atención en él, algo que fue imposible, pues su mirada plata seguía puesta en Asuna, que a juzgar por su expresión, estaba visiblemente consternada.

El silencio pareció reinar por unos segundos en la cabeza del Kirigaya menor, mientras el rubio le susurraba algunas palabras en su oído, para tratar de calmarlo.

—¿Te encuentras bien querida?—le tomó de la mano el vizconde, para acariciarla. Asuna no se negó al contacto.

La pequeña mueca de dolor que reprimió Kazuto al ver esa acción, le fue imposible de contener. Preocupando de gran manera a los dos rubios, cuando le vieron quitarse a Eugeo de encima, rodear los asientos y salir disparado fuera del palco.

—¿Se encuentra bien? —intentó seguirlo Asuna, al notar lo angustiada que se encontraba la pareja de esposos, quienes se debatían entre darle persecución o dejarlo ir.

El suave agarre que aumentó en su mano por parte de su prometido evitó que decidiera salir tras él.

—No te involucres cariño, él está loco —susurró por lo bajo Noboyuki, para que la pareja a un costado de ellos no les escucharan.

Una nube de duda se creó en la cabeza de Asuna, pero al ver la seria mirada de su prometido, que punzante atravesaba el delgado cristal de sus lentes, comprendía que solo ansiaba protegerla. Y recordándole cómo debía de comportarse una dama, asintió no tan convencida.

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—No puede seguir actuando de esa manera —le regañó Ryo a su amo, quien se mantenía estático en esa incómoda posición —Si su gracia se entera de lo que hizo, puede causarle problemas y le reñirá muy feo. Insistirá en contratar a alguien más para que le cuide, y ya no podré salvarle, señor.

No existió respuesta de parte del inentendible joven, que se encontraba de cuclillas, con las manos hechas puños sosteniéndose la barbilla, meneó un poco su cabeza antes de susurrar.

—Akihiko no se atrevería a hacer algo semejante. Me necesita.

—¿Cómo estás tan seguro? —le cuestionó no muy convencido, pues el duque todopoderoso opinaría lo contrario si alguien no hacia lo que dictaba.

—Lo tengo todo planeado —se levantó para quedar a la altura del pelirrojo —Además él me necesita.

—¡De nuevo ese plan! —habló preocupado —Debería de olvidarlo, o será desechado por su hermano.

—Quiero un trago —fue la respuesta de su amo.

—Pues vayamos al bar —con cierto alivio se dirigió hacia donde sabía se encontraba la zona de las bebidas, pero se detuvo luego cuando notó que su empleador no se había movido de su lugar. Se volvió —Un poco de whisky le hará volver a la realidad —habló para el mismo, ya que sentía sofocarse por el actuar de su amo.

—Si tanto deseas, ve tú. Tienes mi permiso.

—No estará pensando... —bufó con horror al notar una casi indistinguible sonrisa formarse en el rostro de su amo, algo que escasas veces sucedía —¡Otra vez lo hizo! —balbuceó temeroso del castigo que el duque le daría por no cuidar al Kirigaya con más precaución

—Ve a tomar un trago, te lo mereces Ryo. Yo esperaré aquí.

Ryoutarou quería arrancarse el cabello de su cabeza, después de todo su amo lo había calificado como paja, no sería gran cosa perderlo en un ataque de pánico. Analizó por unos segundos la situación, antes de tomar la decisión de alejarse del gran escándalo que seguramente se formaría más adelante gracias a alguna acción alocada de su empleador.

Tratar de llevarle la contraria a Kazuto Kirigaya en esos momentos sería inútil, misión imposible, él haría lo que deseaba, sin esperar aprobación de nadie, todo estaba tan fríamente calculado y nadie podría detenerlo.

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Los suaves y delicados pasos que lady Yuuki daba de forma pausada, para no asustar al joven lord que de espalda, se fueron debilitando mientras dudaba. El lord se mantenía parado sin notar su presencia aun, viendo a la nada seguramente, pues solo penumbra bañaba la zona donde mantenía su total atención.

Detuvo los movimientos de sus zapatillas cuando el lord de cabellos oscuro se dio la vuelta, presintiendo ya a tan pocos centímetros la intrusa presencia.

Ese par de ojos grises no dejaron de buscar los suyos, observó primeros sus pies finamente calzados en seda; lentamente subiendo, apreciando la falda de su vestido por varios segundos, hasta continuar su camino deteniéndose en las pequeñas manos de la dama.

La sonrisa resplandeciente que apreció por escasos segundos la puso a dudar, en varios aspectos, lo que Sugou le había contado en confidencia mientras se daba la lluvia de aplausos en honor a la fabulosa intérprete.

—Milord, ha olvidado esto en el palco —se apresuró a decir, al notar que la atención del Kirigaya seguía en la caja de madera —Alice dijo que seguramente estaría tomando un poco de aire por lo que me tome la molestia de venir a entregárselo.

La pétrea mirada plata dejó de observar aquello que le pertenecía para enfocarse en el rostro agraciado de lady Yuuki, suave y brillante como la porcelana. El fuego de su pelo seguía ardiendo, sus ojos eran de una tonalidad menor pero combinaban a la perfección con las llamas que lucía como cabello.

—No es mío —confesó con voz débil.

—¡No! —habló avergonzada —¿Entonces de quién es? —pregunto incrédula, pues ella había sido testigo que él portaba dicho objeto.

El de cabellos negros no contestó, se acercó a donde ella se encontraba parada, esa misteriosa sonrisa se mantenía en su faz.

El está completamente loco, querida, no se te ocurra quedarte a solas con ese demente —recordó, las palabras de Sugou, que de manera sutil y sigilosa le había advertido del peligro que significaba estar cerca del menor de los Kirigaya.

La fugaz idea de retroceder pasó por su cabeza, pero al recordar que su querida amiga Alice le había confiado la entrega de ese paquete, aduciendo que era algo muy importante para Kazuto y que seguramente continuaba afuera, esperando que todo el espectáculo terminara para recuperarlo, le hizo que se mantuviera quieta, esperando que el lord se acercara cuanto deseara.

—Es suyo, Lady Yuuki. Ahora le pertenece.

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Nota:

Holasu a todos! Hoy a mí (Sumi) me toca hacer esta nota de autor. Primeramente MUCHAS GRACIAS! por tanto amor hacia nuestro fic y hacia nuestro Kirito. Nos alegramos que les haya gustado tanto como a nosotras.

En segundo lugar, sé que la personalidad de Kazu de momento es rara, aunque quizás con este capítulo puede que hayan entendido un poco más cuál es su... diagnóstico. Trataremos de ir develando mas detalles de su historia a medida que avance la trama. Lo prometo!

Y... no sé que más decir! La verdad agradezco tanto cariño de su parte, esperamos traer la segunda parte muy pronto! Ya estamos trabajando en eso ^^

Gracias AgustinK65 por escribir tantas escenas bellas 3 eres una genio!

Sumi~