Capítulo 03~

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Como todas las mañanas, Asuna se levantó antes que llegara la doncella que fue elegida por Alice, para que le ayudara a todo lo referente con el cuidado femenino.

Ese día se vistió sola, únicamente le pidió ayuda a la joven con su cabello, lo tenía largo, y trenzarlo le llevaba una buena cantidad de tiempo si debía hacerlo sola. El cuidado que le daba a esa parte de su cuerpo en ocasiones le atormentaba, poseía un color poco habitual, siempre llamaba la atención de todos a su alrededor. Las mujeres la miraban con una nota de escándalo, censurándola. Todo lo contrario a los caballeros que siempre le dedicaban una expresión... anhelante.

Le apenaba mucho, pero no por eso escondería su cabello bajo un sombrero. Además desde que lord Kirigaya lo comparó con la lava... sus mejillas no paraban de arder al recordarlo, como si la erupción de ese volcán fuera en su rostro.

Cásese conmigo...

Quiero hacerla mía, Lady Yuuki... no una, sino muchas veces

Por supuesto, aquellas palabras no eran las más apropiadas que un caballero debía decir, pero Asuna al repasarlas, no sentía rechazo, sino más bien una fehaciente curiosidad hacia ese hombre que rompía las reglas del decoro con absoluta certeza, como si se riera de ellas.

Lord Kirigaya era tan enigmático y misterioso...

No pudiendo controlar sus emociones y recuerdos, se llevó ambas manos a cubrirse el rostro, no era adecuado e, absoluto tener esa case de pensamientos hacia otro hombre, cuando la ruptura con el Vizconde Noboyuki estaba demasiado fresca. ¡Pero, por supuesto, que cuando descubrió sus verdaderas intenciones era lógico que desbaratara cualquier lazo que lo uniera a él!

Gracias al apoyo de Alice, los medios no atacaron con todas sus fuerzas. Que su querida amiga se casara con alguien de estatus poderoso tenía sus ventajas, apreciaba mucho el soporte que le daban, y al mismo tiempo se sentía culpable por el malestar que creó, los periódicos no escribieron nada de aquel secuestro donde gratamente participó, seguramente el duque movió cielo y tierra para que la reputación que caía sobre ellos no fuese arruinada.

Al día siguiente, durante el desayuno, notó que Lord Eugeo aún seguía incómodo por la situación. ¡No lo culpaba! Tras el espectáculo que presenció era obvio que continuara enojado. Él rubio era tan bueno y carismático que no parecía que le odiara, nunca le reprochó lo ocurrido, ni le exigió que se alejara de su hermano, pero lo sobre protector que era en cuanto a Kazuto se trataba, se percibía en cada uno de sus poros.

Luego de eso, dos semanas transcurrieron sin volver a verlo, pero aun recordaba como aquellos ojos oscuros huían de ella y en cortas ocasiones; inexpresivos la veían por milésimas de segundos, estudiándola de manera tan profunda que ansiaba saber qué mundo escondían. Sus diestros labios indicándole a los suyos como moverse, esa calidez seguía latente en su interior.

—Kazuto... —sus dedos se posaron sobre sus rojos puentes que le permitieron pasar a marcarlos aquella noche.

La melancolía de saber cuándo volvería a verlo, retumbaba cual tambor en su corazón, haciendo que perdiera concentración alguna.

—Asuna... Asuna... —el suave llamado a su costado le hizo reparar que se había quedado callada durante mucho tiempo.

—Lo siento Alice ¿Qué decías? —preguntó avergonzada pues no le puso atención a su amiga y no quería expresarle lo que en su cabeza surcaba.

—Hoy has estado demasiada, distraída... —la rubia sonrió confidente al dar con la transparencia de los pensamientos de la pelirroja —Solo no te despegues de mí —le guiñó un ojo antes de volverse y continuar con su caminata.

Asuna se avergonzó de golpe ¿Tan marcado se le veía cuanto extrañaba la presencia única de Kazuto? Movió su cabeza para no pensar más en eso, terminaría chocando con un poste si no ponía atención a donde se dirigía.

Cuando estaba a punto de seguir la silueta de Alice, la sensación de estar siendo observada le hizo voltear hacia atrás.

Las calles estaban vacías, uno que otro carruaje circulando, más nadie parecía seguirles. Ignorando ese extraño suceso, decidió seguir la rubia cabellera que se había alejado varios metros de ella.

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Eugeo trataba de no alterarse cuando leía una y otras vez las palabras escritas en el telegrama que recién recibió, la simple hoja algo amarillenta se arrugó cuando no soportó fingir estar calmado.

—¿Ha sucedido algo?

Su esposa quien apareció en el momento menos adecuado se acercó a él, no importando que su lujoso vestido se manchara de pintura.

—No es nada —dobló la hoja y lo guardó en su bolsillo —Un pequeño contratiempo ha surgido, no hay de qué preocuparse.

—Para los Kirigaya pequeño es sinónimo de alarmarse —atacó divertida a lo que Eugeo no pudo evitar reír ante su broma.

Con sutileza acarició la mejilla de su esposa, el suave color verde que quedó tras su toque logró que apaciguará un poco sus pensamientos —Te ves hermosa —susurró con extrema ternura.

—Te diste cuenta —la dama se despegó un poco de él para modelarle el nuevo vestido que acababa de comprar —Sabía que te gustaría el violeta.

—Todo en ti se ve hermoso —agregó encantado por lo alegre que se encontraba su mujer, más tratando de no mostrarse angustiado por la recién noticia que recibió de Akihiko.

—Gracias por el cumplido —se acercó y le robó un fugaz beso en los labios —¿Qué tal si te limpias y bajas a tomar el té con nosotras?

Eugeo no hizo más que asentir con la cabeza y sin borrar la sonrisa de su rostro, respiró aliviado cuando Alice salió de su estudio con rumbo a la planta baja. No tenía tiempo que perder tomando el té, pero conocía a su esposa tan bien, que de seguro se angustiaría más que todos al enterarse de la noticia, y con recordar que ella se opuso rotundamente a que Kazuto se quedara encerrado y siendo vigilado por Akihiko, no quería escuchar sus reproches de que tenía la razón, que lo abrumaban al ser tan controladores y sobre protectores con él.

Sacó de nuevo el telegrama de su bolsillo y leyó interminablemente lo descrito en la hoja.

Ven de inmediato, Kazuto ha desaparecido...

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El cosquilleó que sintió en la nariz, provocó que Asuna se moviera incómoda en el lecho, se acomodó la manta que la cubría e intentó conciliar el sueño nuevamente cuando aquella extraña sensación en su piel desapareció.

El cansancio la mantenía rendida a la suavidad de su almohada, gracias a la ausencia de Eugeo; ella y Alice pasaron toda la noche recordando su estancia en la academia de señoritas y claramente hablando del hermano menor de los Kirigaya.

Sonrió tontamente, resultaba insólito sentir tanta ventura y... sentimentalismo respecto al hombre que proclamara de manera desvergonzada que deseaba hacerla suya. Por los dichos de Alice estaba más que segura que Kazuto era el tipo de persona que cumplía su palabra contra viento y marea; y pese a su porte inexpresivo confiaba en que él nunca le haría daño, era una certeza que brotaba de sus huesos. Por supuesto, estaba loca al sentirse jubilosa por albergar tales pensamientos, no existía romance alguno entre ellos, y ni siquiera una propuesta formal de matrimonio, pero parecía el drama de una de esas novelas que se devoraba con locura, donde ella era la protagonista.

Nuevamente aquel leve cosquilleó se manifestó en su rostro, esta vez muy cerca de su párpados; los cuales se negaban a averiguar qué clase de mosquito silencioso estaba molestándola. Trató de no darle tanta importancia y se acurrucó más entre las sábanas.

No tardó en sentir otro ataque a su rostro por lo que en esa ocasión su mano se meció delante de ella para ahuyentar lo que no la dejaba dormir en paz. Pasaron varios segundos sin que le aquejaran, por lo que se creyó victoriosa en esa lucha, no obstante los pequeños pinchazos en su piel, que no eran propios del insecto, le rasparon la mejilla, el tacto no le hirió, se sentía cómodo y cálido, tan cálido que sintió su cuerpo desfallecer.

Sus parpados temblaron en un acto de nerviosismo al sentir muy cerca de su boca una respiración que no era la suya, pero la bruma que tironeaba de ella desde la tierra de los sueños era tanta, que posiblemente lo había imaginado. Jaló la manta que le cubría para volver a taparse la cara, pero sus esfuerzos fueron inútiles, parecía que la cobija se había atorado con algo, obligándole a abrir los ojos de una vez por todas.

El par de pupilas aceradas rehuyeron de las suyas apenas tuvieron su atención, y se fijaron en la punta de su nariz

—Ka...

Fue la única silaba que logró articular antes que sus labios fueron tomados, primero con suavidad, para ahogar el grito que se quedó estancado en su garganta y luego, tornándose más riguroso, invitándole a participar de la caricia. Algo que no consiguió negar...

La rudeza con que eran probados sus labios la cegó por completo, deseaba tanto de ese contacto, que no se percató de la comprometedora posición en que estaban envueltos, fue hasta que Kazuto le permitió respirar, que reparó en que se encontraba encima de ella, aprisionándola con pertenencía, sus cuerpos a nada tocarse.

Toda muestra de sueño desapareció de su rostro; una de las manos del lord se encontraba colocada a un lado de la almohada, para retener su peso, la otra sabiamente más abajo, casi a la altura de su cintura y sus piernas una a cada lado, dejando las suyas en medio.

—Hola.

No supo que contestar cuando escuchó su voz; pacifica e impasible. Kazuto ni siquiera la miró a los ojos, con la misma actitud que recordaba la evitó a toda costa, aun cuando ella estaba enredada en la perplejidad de tenerlo ahí, luego de tanto tiempo sin siquiera comunicarse. El joven se mantenía con la cabeza inclinada, como si algo bajo él hubiera llamado su atención; Asuna solo lograba apreciar sus negros cabellos; tan oscuros que el espesor de la noche no llegaban a comparársele.

—Milord... —con torpeza logró que sus labios se movieran —¿Qué hace... aquí?

—Quería ver a Asuna.

Y aunque esa declaración le hizo palpitar su corazón, el joven ni siquiera levantó su vista del foco de su atención.

—Me alegra que haya venido a visitarme, perdón por no escribirle, Alice dijo que estaba ocupado —trató de ocultar su excesiva pena. La posición en que se encontraban no era la adecuada para una señorita, y mucho menos para una dama que atravesaba el período de luto.

—Akihiko necesitaba ayuda en asuntos de política.

La calma que transmitía su captor la ponía nerviosa, como si para él fuera perfectamente normal estar acurrucado en el lecho de una dama que ni siquiera era nada suyo.

—¿Por dónde entró? —trató de cambiar el tema pese a la vergüenza que le quemaba las mejillas.

—Por la ventana.

Asuna le vio aterrada, su habitación estaba en el segundo nivel, simplemente le resultaba imposible que hubiera trepado por las paredes sólo para llegar hasta ella.

Las dudas de saber ¿desde hace cuánto la estaba observando dormir? O quizás ¿Era esta, la primera vez que se colaba por su ventana, cual acosador a admirarla mientras descansaba? La preguntas circularon por su cabeza, pero nada escapó de sus labios al no tener el valor de preguntárselo.

—Mis hermanos no saben que estoy aquí —agregó como si fuera necesario que ella estuviera enterada.

—¿No se ha lastimado? —ignoró lo recién escuchado, daba gracias al cielo que lord Eugeo no se encontrara en casa, ya que de encontrarlos ahí de seguro terminaría echándola a la calle.

—No.

La joven respiró aliviada al escucharle, no se perdonaría si en su intento de ingresar hubiera resultado herido.

—Rompí tres floreros de Alice, se los regaló Eugeo cuando se casaron, de seguro se enojaran conmigo.

—No creo que... —sus palabras murieron cuando sintió la mano del lord posarse sobre su seno derecho. El temor que le invadió le hizo congelarse.

—Es suave.

Fue entonces que Asuna comprendió que todo ese tiempo Kazuto estuvo embelesado observándole su pecho, que para desgracia suya la traicionera sábana no le estaba cubriendo el exagerado escote de su ropa de cama.

—Son cálidas y poseen buen tamaño —susurró con satisfacción y con una delicadeza extrema, apretó la curva que pareció crecer bajo su mano.

La piel de la joven se erizó, ciñó los labios al sentir que de ellos escaparía un inadecuado sonido, que nunca antes había traspasado su boca.

—Quiero probarlos.

No fue una pregunta, tampoco un pedido de permiso. Kazuto parecía esa clase de hombre que tomaba todo lo que estuviera al alcance de su mano, al ritmo de sus palabras su boca se colocó sobre esa fracción de su cuerpo. Aquella sensación que la invadió le gritaba que el concepto de querer acostarse con ella seguía más que firme. Y claro, en la posición que se encontraban, solo bastaba que le alzara el camisón para arriba y con toda libertad podría cumplir su objetivo.

—¡Espere por favor! ¡No lo haga...! —sus suplicas lo detuvieron, pues el joven alzó la vista hacia su cabello desordenado en la almohada.

—Me tiene miedo —por un segundo cerró sus ojos con fuerza, una mueca de incomodidad y dolor se reflejó en su rostro.

—¡No! —se apresuró a decir con la respiración agitada —Es solo que... —luchó para poner en palabras adecuadas la alteradas ideas de su mente —no es correcto, además no es mi casa.

—A Alice no le molestará —murmuró en una rara muestra de humor.

—Pero no... no está bien, milord —sería una mentira, si dijera que a su amiga no le agradaría saber que nuevamente su cuñado se había acercado a ella, conociéndola de seguro le volvería a insistir para que aceptara sus sentimientos y dejara el luto de una vez por todas.

Pero Kazuto no había hablado de sentimientos, sino de una propuesta por completo indecorosa...

—Dijo que no quería manchar mi reputación —recordó aquello que sin dudas lo haría entrar en razón.

El lord tomó un mechón de cabello y lo olfateó como si no la hubiera oído —Sigue ardiendo.

Ella no hizo más que reír, al parecer el deseo de jugar con su cabello, esclareció las brumas en la mente del joven

—Deberíamos levantarnos —sugirió esperando que dejara de aprisionarla con su cuerpo.

La poca claridad que se asomaba por la ventana le alertaba que muy pronto amanecería y la doncella que puntual siempre venia cada día no tardaría en llegar y si los descubría, no quería ni imaginar el escándalo... Sería algo mucho peor que lo ocurrido en casa del duque.

El lord se movió un poco hacia adelante, sus cuerpos se encontraron, compartiendo calor y los latidos de Asuna aumentaron su ritmo, sentía que su corazón terminaría saliéndose del pecho.

—Entonces Asuna se casará conmigo —la dama no fue capaz de hilar respuesta —Aun quiero hacerla mía, en este momento, más que nunca deseo fundirme en usted —y como si en verdad quisiera mostrarle cuan dispuesto estaba, se llevó el mechón de cabello a su boca, lentamente lo saboreó antes de sacarlo, el trozo rojizo se encontraba humedecido y de una tonalidad ligeramente más oscura.

Las mejillas de la joven no paraban de arder, todo su rostro adoptó el color carmesí de su pelo, muestra enorme de lo abochornada que se sentía al escucharle y realizar esa acción sin sentir vergüenza.

Él dejó de contenerse y se dejó caer sobre ella, dominándola con su presencia, la boca de Kazuto rozó con sus labios el cuello femenino, Asuna soltó un pequeño jadeo, no sentía miedo de lo que hacía en ese momento, pero...

—Yo... milord —se mordió el labio inferior al sentir de nuevo como su piel expuesta era besada.

—Acépteme por favor — fue el ruego desesperado, el cual aprovechando la vacilación de ella, buscó sus labios, los que atrapó y no mostró intención de soltarlos.

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—¡Puede estar haciendo una locura en estos momentos!

El duque bebió de un solo trago el whisky en su vaso y no pudo evitar colocarlo con brusquedad en su escritorio, el choque de la madera y el vidrio resonó de tal manera que demostraba la excesiva preocupación al desconocer el paradero de su hermano menor.

—Quizás solo desea estar solo, ¿recuerdas? Cuando se siente abrumado, va al bosque o al lago y aprecia la tranquilidad que atrapan esos lugares —Eugeo mostrándose más calmado que el mayor, era la voz que intentaba serenarlo —Le encanta admirar la belleza natural.

—Después de lo sucedido con lady Yuuki, no estoy seguro que se encuentre enfrascado en la naturaleza —le confió sin dejar de mostrarse culpable.

Ante el silencio del rubio, Akihiko se llevó la mano al rostro, estaba furioso consigo mismo, debió cuidar y vigilar a Kazuto; lo mantuvo revisando cientos de documentos para tratar de mantenerlo ocupado, lo tuvo a su lado todo el tiempo y lo llevaba de reunión en reunión; su ayuda para los negocios siempre era muy oportuna.

Por las mañanas Kazuto era total silencio, no mencionaba palabra alguna, algo tan normal, pero el cansancio de estar tanto tiempo en lugares que no le agradaban le hizo permitirle que se quedara en la mansión a descansar. Varios días lo dejó con Ryo; nada salía de lo normal, ambos iban y venían, incluso fuera del ducado, Akihiko sentía que no debía de preocuparse más, después de todo no había mencionado nada sobre el tema que involucraba a la joven pelirroja.

Los días fueron sumándose, luego de una noche muy estresante para ambos, decidió no molestarlo al día siguiente, Kazuto estaba tan tranquilo cuando lo vio en la mesa durante el desayuno y eso fue lo último que recordaba. Al caer la tarde se llevó la más grande sorpresa de que su hermano salió y no volvió, no dijo nada a nadie, y al amontonarse fue horas era obvio que había desaparecido.

Él nunca hizo algo para privarlo de su libertad, su hermano era libre y conociendo que en un momento dado, que tanto él como Eugeo no comprendían, ni podían predecir, Kazuto se alejaba del mundo y se encerraba en sus propios pensamientos, alejándose por varios días hasta decidir por voluntad propia regresar, solo tenían que esperar... pero esta vez era distinto. Dadas las circunstancias, se alertó y al ver que el pelirrojo no daba crédito en esta ocasión de su paradero, no dudo en ordenar buscarlo, sin resultado alguno.

Amaba tanto a sus hermanos que nunca sucumbiría a intentar frenarlos de manera inhumana como muchos hacían, siendo el mayor y el más sabio, no debía perder la cabeza, protegerlos era su deber. Sobre todo a Kazuto... su pequeño e inquieto hermano. Se sentía en deuda con él... siendo el mayor, el derecho de vigilarlo era como una esquirla que se clavaba en su carne y soportaba a gusto.

—Seguramente no tarda en aparecer —Eugeo rompió el pesado silencio, aunque su calma era admirable, no podía ocultar lo atormentado que se encontraba ante la situación, mientras los minutos sumaban, su temple sereno perdía la paz. —Ya lo hemos buscado en todos los lugares a donde frecuenta, es solo cuestión de tiempo para que vuelva.

—¡Lo malo es que tengo a medio mundo buscándolo y nadie da con su paradero! —Akihiko se dejó caer en su silla, al sentir que estar parado moviéndose de un lado a otro no le ayudaba en nada.

—Volverá —insistió Eugeo.

—¡¿Pero cuándo?!

El duque estaba a un paso de colapsar, no podría esperar que el tiempo pasara, cuando sabía que estando indefenso el azabache podría meterse en problemas, cualquiera intentaría aprovecharse de él. Debían de encontrarlo y rescatarlo de cualquier enredo que lo pusiera en peligro. Su hermano era su prioridad mayor, no le importaba su trabajo, ni sus deberes como noble, debía hallarlo.

—Sabes que él no es igual al resto...

—Kazu no le haría daño a nadie, ambos lo sabemos, no creo que esté abrumando a alguien en estos momentos —dijo el artista.

—No puedo evitar preocuparme —siseó Akihiko —Desde lo ocurrido con... —calló al saber que ni él podía mencionar ese nombre.

El rubio dejó escapar un suspiro de frustración, ninguno había superado eso aún, se alejó de la ventana, donde la mayoría del tiempo estuvo observando la angustia del mayor, se acercó a su hermano y trató de tranquilizarlo poniendo una de sus manos sobre su hombro.

—Continuaré la búsqueda, estoy seguro que si soy yo, no tardaré en encontrarlo.

Ante el leve asentimiento de Akihiko se dirigió a la salida, pero antes de que llegara a la puerta, la voz de su hermano lo detuvo.

—Eugeo ¿Cómo esta lady Yuuki?

—Alice no la deja sola ni un momento, han estado muy activas, no debes preocuparte. Se encuentra segura y protegida bajo mi ala —respondió al reconocer las profundidad de las palabras del duque —No les he dicho nada.

—Es preferible que así sea —junto sus manos y dejó su mentón reposar en ellas. La luz del exterior opacó el vidrio de sus anteojos por un segundo.

—No podremos ocultarle esto a Alice, en algún momento debemos informarle —ya se temía el fuerte regaño que recibiría por parte de su esposa al guardarle tal secreto.

—Hablando de ella ¿Crees que sepa algo?

El rubio negó de inmediato, ella no era el tipo de persona que llegaría a esos extremos. No sería capaz de esconder a Kazuto de ellos, solo para actuar de Cupido, era ilógico.

—Se la ha pasado comprando ropa, además Kazu no sería tan tonto como para ir directo a mi casa sin que yo lo supiera.

Su acompañante no tuvo más opción que estar de acuerdo, ni él se creía capaz de creer que el menor se encontrará en la casa de campo del rubio.

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—No puedo creer que me he despertado tan temprano —Alice se llevó la taza a su boca, aparentando no verse cansada —Casi me da un infarto, entraste gritando a mi habitación y por poco me tiras del colchón.

Kazuto ni siquiera le prestaba atención a su suave regaño, con la cabeza gacha continuaba concentrado en la porcelana que contenía la infusión de té. No había expresión alguna en su rostro pero la rubia estaba más que segura que él se encontraba comparando la validez de la taza, que no eran de sus favoritas y mucho menos le agradaría beber de ella.

—Quiero que me ayudes.

El dedo índice del joven lord acarició la madera del mesón, muestra de que ya no le interesaba apreciar más la porcelana.

—Eso ha sido directo.

—Siempre dices que vaya al grano.

Alice sonrió quitando la somnolencia de sus preciosos ojos azules —Creo que después de Eugeo, soy la segunda persona que te conoce mejor. ¿Quieres qué te ayude? Sabes que lo haré con los ojos cerrados, sin preguntar nada.

Kazuto seguía sin responder, su atención estaba fija en el patrón irregular de la mesa, la infusión frente a él de seguro se encontraba fría a estas alturas, pero la bebería igual. El joven lord nunca derrochaba nada. Alice se inclinó sabiendo que debía continuar con aquel monólogo.

—Se que tus hermanos no ven más allá de sus narices... lo que anhelas es tan claro...

El joven alzó la cabeza al oírla, abrió la boca para contestar, pero repentinamente se detuvo. Miró de soslayo los rayos de sol que alumbraban cual halo los rubios cabellos de su cuñada.

—No puedo decírtelo, Eugeo se enojaría conmigo más que cuando le dije que debía investigarte porque creía que eras una caza fortunas... Pero, quiero a Asuna para mí... para... no, no voy a decirte el resto, Akihiko dice que hay cosas que atentan contra el decoro y buen gusto de una dama...

Ella rió por la franqueza de su cuñado, quizás por ahora era su libido masculino quien hablaba, pero estaba segura que aunque Kazuto no lo comprendiera, había algo más profundo en esos sentimientos a los que aún no le había puesto nombre. Él estaba sediento de amor y de alguien a quien mostrarle pertenencia... Y Alice no tenía dudas de que, terminaría amando a Asuna como ningún hombre ha amado a una mujer, aun cuando sus hermanos mayores le dijeran lo contrario.

Le resultaba gracioso que su cuñado estuviera ahí, significaba que la razón de ver a su esposo tan angustiado y su repentino viaje de regreso a la mansión de Akihiko era a causa de que el de cabellos negros los mantenía en un caos total, comprendía que se fue sin decir nada o acaso ¿lo planeó todo?

—Me refería a tu felicidad...

Fue interrumpida de nuevo —Quiero enseñarle el mundo que le ha estado vedado, pero me rechazó.

—Está bien, lo entiendo —se tomó unos minutos para pensar cómo explicarle las leyes de la época que atravesaban —Kazuto, sé que tienes buenas intenciones... pero, ¿recuerdas todas las atenciones que Eugeo tuvo conmigo para ganar mi aprecio? Eso es lo que debes hacer. Debes cortejarla, gánate su afecto y cariño como todo un buen caballero.

—Debo regalarle joyas como a Sortiliena.

—No, nada de eso —descartó esa absurda idea, Asuna no era el tipo de mujer a quien le importaban las joyas, él estaba enterado, que le hubiera regalado una de sus lujosas tazas era muestra de ello, pero a cuanto a cortejar, sabía que el menor de los Kirigaya no sabía nada sobre ese tema —Kazuto acércate.

El joven no respondió, siguió sentado, sin moverse un milímetro. Alice tuvo que levantarse y rodear la pequeña mesa y sin esperar reacción de su cuñado lo abrazó por detrás.

A Kazuto no le agradaba el contacto, pero como siempre cuando se trataba de ella, hacia el mayor esfuerzo para no rechazar esa muestra de afecto.

—Asuna es joven, después de lo de lord Sugou, ella desea que un caballero la corteje, seguir con ese proceso tradicional. Para estar contigo primero debe acostumbrarse a tí.

—Eso llevará mucho tiempo —levemente se frotó la sien.

Alice no pudo esconder la risita divertida al escucharlo, él era tan calculador y muy inteligente, más le faltaba un poco de cortesía y eso sería fácil de enseñarle, era un Kirigaya después de todo. La dama terminó de romper el contacto al jurarse internamente que no descansaría hasta hacer todo lo que estuviera en sus manos para ayudar a su atribulado cuñado..

—Te instruiré en el tema, con mis consejos y siendo su chaperona ,en pocos días lograrás tu objetivo ¿Estás de acuerdo?

Pasaron varios segundos hasta que el joven asintiera con la cabeza.

—Entonces hay que iniciar de inmediato —agregó al sentir que no tenía mucho tiempo —A una dama debe tratársela de manera delicada, debes ser gentil, ofrecerle tu brazo para acompañarla a caminar.

—No quiero salir a caminar con ella, actualmente deseo... —se detuvo de golpe tragándose sus palabras. Ella sabía que lo hacía para no decir nada descortés.

—No desesperes —intentó que no perdiera la calma mientras ampliaba la sonrisa —El cortejo es muy diferente, es un paso a la vez, no debes seducirla, compórtate como un buen caballero.

—La quiero solo para mí.

—El ritmo lo marca la dama —cantó alegre, tomó una de las rosas del florero y se la tendió, instándole que la tomara —Asuna no tardara en bajar, a una señorita le gusta recibir detalles como estos, acompaña el gesto con un halago, este será el primer paso.

—Eugeo siempre te compraba cientos de ellas —agregó sin mostrar expresión en su rostro —Gastaba mucho dinero en flores, tanto que Akihiko se enojó con él. ¿Debo hacer lo mismo?

La rubia quería dejar escapar una carcajada al escucharle, pero ante el acercamiento de su amiga, quien tardó demasiado en vestirse, reprimió su gracia y en modo confidente le dijo que se pusiera de pie para recibirla, algo que Kazuto hizo sin dudar.

—Perdón por la tardanza —la pelirroja se acercó a ellos a paso lento.

Alice le dio un pequeño empujón al joven al notar que se había quedado inmóvil viendo en dirección de los labios carmín de su amiga. Kazuto le había confiado a medias su aventura, el tomar un tren desde Tokyo, escapando de la presión de sus hermanos, para entrar a su casa de campo por una ventana del segundo piso, cual ladrón, solo para velar el sueño de Asuna, la cual parecía más afectada de que no se hubiera herido al escalar hasta su habitación, que por la situación íntima en sí. Quizás para Kazuto de momento era solo obsesión, o la curiosidad propia de que una dama no se hubiera arrojado agradecida a sus pies al oír su propuesta, él pasaba por alto muchas de las leyes que forjaban la sociedad, pero no era tan iluso como para ignorar sobre qué bases se movía el mundo, y el dinero era una parte frívola y fundamental. Kazuto no tenía idea de lo que era el amor y era deber de la blonda ayudarle.

—Esto es para usted —Kazuto estiró la flor ante ella, al mismo tiempo que su mirada se movía al lado derecho del suelo.

Asuna se mostró sorprendida al inicio, la pena de lo sucedido todavía estaba fresco en su rostro, pero rápidamente le regaló una sonrisa —Muchas gracias, milord —tomó la rosa y se la llevó a la nariz.

—Los pétalos de esa rosa se verían más hermosos si conformaran su única vestimenta, Milady.

—¡Kazuto! —Alice lo censuró con bochorno, notando que el color de la agraciada flor se propagaba a las mejillas de su invitada.

—Lo siento, trataré de guardar esa clase de pensamientos para mí mismo... —El joven no se veía arrepentido en absoluto, empero, mantenía los ojos fijos en los pies de Asuna. El vestido que llevaba era modesto, guardaba el riguroso duelo que la sociedad conservadora imponía, pero el ruedo era demasiado corto para la moda de esa época. Le llegaba muy por encima de los tobillos, dejando una agradable porción de piel a la vista. Las matronas posiblemente no lo considerarían apropiado para una señorita en su circunstancia, pero él no podía negar que agradecía el detalle —Tiene pies bonitos...

—¿Eh?

Alice rió sin poder evitarlo —Touché, Kazuto.

Este no dijo nada, parecía más interesado en seguir observando su reciente descubrimiento —Hay cosas que no puedo callarlas, debo dejarlas salir.

—Entiendo, milord. Por eso, creo que empiezo a acostumbrarme a su franqueza... Pero algunas cosas que dice son demasiado...

—Intensas —Alice acotó sin perder el temple divertido —Recuerda lo que hablamos, querido. Debes comportarte como un caballero.

—Sí, docenas de rosas, lo tengo —murmuró haciendo un gesto indiferente.

Asuna lo miró con confusión en tanto se prendía la flor al escote aburrido que su vestido poseía, bajo la mirada apenada de su anfitriona.

—Eso me recuerda, Asuna. Me parece de que ya es tiempo que dejes el luto. Ya vas a cumplir un año con él, y eres una mujer tan hermosa que considero injusto que te marchites de esta forma.

—No lo sé, Alice...

—El negro es mi color favorito —sonó la inexpresiva voz del joven lord pese a que ninguna le pidió opinión.

La rubia alzó los ojos al cielo reprimiendo una risita, finalmente volvió a tomar asiento junto a la mesa —¿Por qué no nos acompañas a tomar un té mientras lo discutimos? Asuna, quizás puedas usar un color sobrio para mantener el respeto y la costumbre, pero nada que sea negro por favor.

La joven suspiró mientras notaba como el joven lord aguardaba para escoltarla a su asiento. Le sorprendió un poco su gesto, y mas aún cuando al acomodar su silla, le rozó a conciencia el cabello, el cual pese a que estaba recogido, brillaba como una antorcha bajo el sol.

—¿Qué color crees que le luzca, Kazuto?

Asuna casi murió de la vergüenza ante la desvergonzada pregunta; miró con el ceño fruncido a su amiga, pero esta pareció no ser consciente de su impertinencia, mantenía fija la atención en el tercer invitado, el cual estaba con los hombros encorvados mirando a la distancia.

—Esmeralda —murmuró lacónico.

—Creo que es una buena elección.

—Y amarillo —mencionó luego —Color fuego... como su cabello...

Alice disparó una mirada jocosa en dirección a su amiga, la pobre estaba abochornada tratando de bajar su calor con la taza de té que sostenía entre las manos —Curiosa opción, Kazuto. Has elegido tonalidades que posiblemente destaquen su cabello ¿verdad? —volvió la cabeza, con aire pensativo —Quizás deba preguntarle a Eugeo, también; siendo el artista que es, sabrá despejar nuestras dudas de la mejor manera, en cuanto a qué vestimenta usar que no opaque el vistoso color de tu cabello.

—No.

La rotunda respuesta hizo que la anfitriona alzara la mirada. El joven no la veía, pero su rostro serio estaba vuelto en su dirección, sus labios tensos daban cuenta de que había hablado con absoluta convicción. Una ligera sonrisa bailoteó en las comisuras de los labios de Alice, era un excelente indicio de aquello que esperaba germinara en su corazón. Esa suerte de negación evidenciaba al hombre que no ansiaba compartir lo suyo con nadie. Por otro lado, era la primera vez que veía a su cuñado con esa actitud tan reacia hacia otro miembro de su familia, después de todo Eugeo era quien le daba todos los gustos.

—¿Tienes planes para hoy, querido? —decidió ignorar su negativa y seguir golpeando el hierro mientras estuviera rojo —Haré una cita con mi modista en la tarde, sino tienes nada que hacer te invitaría a que nos acompañes.

—Alice...

—Asuna shhh, será un obsequio de mi parte. ¿Qué dices Kazuto?

—Sí.

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Eugeo había dicho que él iba a encontrarlo, y... lastimosamente en las últimas horas había agotado todos sus recursos. A un día entero de su desaparición, donde tenía a todos los criados del duque ocupados en el paradero de su huidizo hermano menor, los ánimos francamente se encontraban por los suelos.

Nadie lo había visto, ni siquiera al salir de la casa. Parecía que la tierra se lo había tragado ¿cómo podía ser posible?

Las opciones que barajaba se redujeron a tan solo una. Y mientras esperaba que el carruaje se detuviera, rogaba que su corazonada fuera fructífera.

—¿Milord? La señora lo espera —le anunció uno de los lacayos tras golpear gentilmente la puerta del vehículo.

Se apeó rápidamente y contempló el espectro de la pequeña casa de dos plantas que se encontraba en la zona más exclusiva de la ciudad, el cual muchas veces fuera refugio de Kazuto. Era una edificación estrecha, pero elegante; algo que el menor en persona había escogido para la propietaria que con una sonrisa serena se acercaba a saludarle. Vestida a la última moda con un vestido de muselina violeta y el cabello castaño recogido elegantemente, Sortiliena Serlut era el paraíso hecho mujer. El sutil aroma a lavanda, perfume que era su sello característico, lo envolvió algunos segundos, dándole la negativa a la pregunta que lo había llevado hasta allí.

—Lord Eugeo, hacía mucho que no lo veía —se inclinó sonriente, haciendo una reverencia con su majestuosa falda.

—Liena, —la nombró con demasiada familiaridad —Kazuto no se encuentra aquí ¿verdad?

La mujer se enderezó, sus cejas castañas descendieron sobre sus pupilas azules con expresión triste —Hace tiempo que Kazu no viene a verme, su criado canceló las últimas citas hace un mes más o menos... Lo que me ha llevado a preguntarme ¿ quizás he hecho algo mal?

—Por supuesto que no —se tocó el ala de su sombrero y suspiró —Pronto volverá a ti.

La sonrisa deslumbrante que le dedicó lo encegueció por algunos segundos. Tenían posiblemente la misma edad y Eugeo recordó que fue exactamente ese gesto, lo que llamó su atención la primera vez que la vio. Su belleza fue tan solo un bonus a la idea que le llevó ofrecerle ese trato que la sacó de la miseria en la que vivía. No era una señorita de sociedad, por lo que no tenía una reputación que proteger, ni escándalos de los cuales ocultarse. Cuando se la presentó a su hermano, notó como esos ojos acerados se abrían en admiración, al igual que la atrevida mirada azur de la muchacha, reconociendo con agrado a quien era ofrecida. Desde ese momento, ambos hicieron un silencioso pacto de conveniencia; porque a partir de ahí, ella se apegó graciosamente a servirle al menor de la familia Kirigaya, a cambio de protección. Eugeo sabía que Sortiliena tenía los pies puestos sobre la tierra, que no albergaba sentimientos románticos por Kazuto... aunque eso no negaba que no acariciara en secreto la idea de convertirse en su mujer. Por supuesto, también era muy educada, y conocía de sobra el sitio que le tocaba ocupar. Era exclusiva de Kazuto y ningún otro hombre podía ponerle una mano encima.

Era su amante. Eugeo en persona había alimentado esa idea cuando se encontraba en el asilo. La llevó y se la presentó. Desde ese momento, la joven de cabellera castaña pasó a formar parte de su vida así como Ryoutarou.

Quizás no era tan mala idea que Sortiliena y Kazuto se casaran... eso alejaría todo tipo de idea extraña de la cabeza de su hermano menor...

—Pensé que estaría en su casa de campo, milord —la voz cantarina de la mujer se oyó por sobre la niebla de sus pensamientos —Creí que le gustaba pasar la temporada de primavera lejos de la ciudad. Es lo que Kazuto siempre mencionaba.

—En efecto —se recompuso quitándose el sombrero —De allí vengo, pero algunos negocios de último momento me trajeron aquí. He dejado a mi esposa en aquel lugar.

Liena asintió, naturalmente, no conocía a Alice más que de nombre. Sería una completa humillación que una dama de su alcurnia se cruzara con una cortesana como ella, aunque fuera la amante de un hombre tan rico como Kazuto y usara joyas y vistiera lujosamente, las reglas de la sociedad eran demasiado claras en cuanto a qué posición ocupaban cada una.

Aunque si Kazuto y ella formalizaran de alguna forma... esa regla cambiaría, y la familia extendería su protección y nombre hacia ella.

—Él siempre hablaba de lo mucho que le gustaba su casa, milord.

El rostro de Eugeo se iluminó parcialmente — ¿Quizás durante el verano te gustaría visitarla? Son célebres las recepciones que Alice organiza al comienzo de la temporada.

—¡Me encantaría! —pronunció jubilosa y le tomó la mano enguantada.

Eugeo miró ese gesto con el ceño fruncido, ella se dio cuenta, tal vez de la intimidad que traslucía su acción, y retiró la mano. El joven rubio era muy rico, pero era conocido por la sociedad el profundo amor que le tenía a su mujer, y aunque en esa época era común que hombres casados tuvieran una querida que calentara el lecho que sus esposas desdeñaban, él se mantenía firme, lejos de todo escándalo que pudiera romper el delicado equilibrio conyugal.

—¿Desea tomar un té?

—Te lo agradezco, Liena. Pero solo quería saber si mi hermano estaba aquí.

—Como mencioné hace mucho que no lo veo.

—Pronto solucionaremos eso —se colocó el sombrero y se volvió para marcharse —Gracias por tu hospitalidad.

—Siempre es un placer, milord.

Eugeo la miró algunos segundos por encima de su hombro y finalmente se dirigió al carruaje que otra vez le esperaba con la puerta abierta. Cuando se subió a él, el sol pintaba una ardiente acuarela en el cielo.

Maldijo no tener tiempo para plasmar ese atardecer en un lienzo. Pero en esos momentos, el paradero de su hermano menor era lo más importante.

••

••

Alice recogió su espeso cabello con un lápiz mientras seguía comparando encajes y brocados, había olvidado sus modales como señorita y se hallaba sentada en el suelo, rodeada de diversos rollos de género de muchos colores, telas estampadas, ralladas, moños y complicados adornos de encaje.

Su mal humor se debía a que su cuñado había desaparecido por completo. Luego de esa charla matinal, en la que él estuvo de acuerdo en actuar como un caballero para conquistar a su amiga; repentinamente luego del almuerzo, se esfumó como por arte de magia, dejándolas a su suerte para emprender el viaje a la modista

Y mientras se acercaban a la boutique de Madame Ashley, una costurera de pueblo, pero que se las apañaba perfectamente para las damas que vivían en el campo durante la temporada, Alice notaba que ella era la única ofendida, Asuna se veía de buen humor, como si considerara gracioso el desplante del joven lord.

Pero la idea de la blonda de actuar como casamentera entre los dos había vuelto a truncarse por el carácter volátil de su cuñado. ¿Dónde se había marchado ahora?

—La verdad, mademoiselle luce enchanté con el esmeralda —la modista, una mujer de sonrisa contagiosa y bastante extrovertida, envolvió la silueta de Asuna, quien estaba parada en una tarima alta, con un precioso género de dicha tonalidad —¡Vea como hace juego con su cabello! Milady, usted siempre deberá usar un accesorio verde en su guardarropa.

Alice se permitió abofetearse mentalmente y prestar atención a lo que estaba ocurriendo. Ya luego se encargaría de regañar a ese muchacho. Miró a su amiga y no tuvo más opción que darle la razón a la experta dama. Y Kazuto también la tenía, para variar; no olvidaba que había sido su elección. La pelirroja se veía hermosa con ese género.

Asuna sonrió débilmente no sabiendo qué decir. Odiaba ser el centro de atención, y desde que llegó a la tienda, varias costureras la desvistieron y dejándola en ropa interior la subieron a una tarima, donde empezaron a envolverla con telas de muchos colores mientras Alice observaba revistas de moda, señalando los vestidos que quería le confeccionaran. Su opinión, o su negativa más bien, no servía de nada; la rubia la manejaba a su antojo.

Si bien sus padres tenían una economía sólida, la pelirroja jamás había estado en una situación similar; compraba sus vestidos sin mucha atención y siguiendo los consejos que su madre le daba. Sin duda toda esa algarabía propia de la nobleza, o del círculo en el que su amiga se movía, le parecía en extremo exagerada y cansadora. Pero Alice lucía tan ilusionada que trataba de mostrarse participativa, cuando lo único que ansiaba era salir corriendo de allí.

Cuando volvió a ser consciente de sí misma, Asuna notó que la modista y sus costureras abandonaban la habitación cargando rollos de tela, la blonda las siguió a corta distancia, con los brazos llenos de revistas y figurines de moda.

—¿Alice? —la llamó con cierto apuro.

—Ya regresamos, vamos al atelier armar la moldería y a seleccionar que adornos debes llevar...

Asuna se preguntó mentalmente si no era más sencillo preguntarle a ella qué tipo de cosas le gustaban, la moda actual definitivamente no era de su agrado, pero por supuesto su opinión no tenía voz ni voto.

—¿Puedo cambiarme al menos? —preguntó buscando con la mirada donde estaba su vestido, deteniéndose al ver que la rubia lo llevaba consigo.

—Espera un momento, madame lo necesita para hacer el molde. Quédate aquí, serán solo unos minutos —sonriendo alegremente desapareció tras la puerta, la cual cerró con suavidad.

Asuna suspiró audiblemente mientras se contemplaba a sí misma y trataba de no sentir pena por hallarse tan expuesta. El pequeño pantaloncillo de seda le tapaba los muslos y era bastante cómodo de usar bajo los enaguas, igual que la camisola que actuaba a modo de armadura de tela, resguardando sus senos. Pero en esa ocasión no era consuelo. Dio una vuelta sobre sus talones repasando el lugar y peguntándose si no era mejor bajar de esa tarima y sentarse en esa mesa llena de retazos que estaba a un lado, en lo que las demás regresaban. El amplio ventanal que estaba tras su espalda la distrajo unos segundos; cuando arribaron a ese lugar la luz que emanaba del sol era agradable, pero a esa hora, cuando el sol había recorrido un buen trecho en el cielo, la luminosidad que entraba era absoluta. Tanta que la hizo parpadear. Ahora entendía porque el tamaño descomunal de esa abertura, madame Ashley necesitaba toda la luz posible del día para trabajar y coser.

El sonido de la puerta abriéndose le hizo voltear, agradecida de que finalmente ese suplicio llegara a su fin. Pero...

Sus ojos se habían acostumbrado tanto a la luz, que tontamente se encandiló. Parpadeó, confusa, notando que se había quedado ciega por un instante.

Cuando fue capaz de enfocar los ojos, notó la figura imponente de un hombre acercándose a ella, el reflejo del sol evitaba que pudiera verle la cara, pero ya sabía quien era... Ese imponente porte, y la silueta vestida rigurosamente de negro pertenecía a una sola persona. Por un instante le pareció que estaba viéndola fijamente, pero figuraciones suyas; Kazuto no veía a los ojos a nadie.

Antes de que pudiera agarrar algo para cubrirse, él apareció junto a ella; no mirando su desnudez aparente, sino concentrado en sus largas piernas; en sus pies, específicamente. La seda verde que habían usado como molde para ella, estaba allí y fue lo primero que tomó para resguardar su pudor, envolviéndose.

Kazuto se le acercó con lentitud, como si él fuera un devoto y ella una divinidad inalcanzable, y entonces se hincó buscando apoyo en la tarima en la que seguía de pie; como si aquel fuera el altar erigido para su belleza y delicadamente, con ese fervor con el que hacía las cosas, le rozó la rodilla con la yema de los dedos.

—Suave... —le oyó murmurar.

—Milord... —la situación era completamente surrealista para la pelirroja, afianzó el agarre de la seda esmeralda contra su cuerpo, pero no fue capaz de moverse.

Él no estaba invadiéndola como hiciera las anteriores ocasiones, parecía muy tranquilo y seguro de sí, en tanto sus dedos tocaban su piel, sin otra intención que una diáfana caricia.

—Milord... por favor deténgase...

Kazuto retiró la mano y poniéndose de pie alzó el rostro en su dirección, sin verla por supuesto, su flequillo le cubría los ojos y parecía estar debatiendo algo consigo. Sin aviso extendió los brazos y asiéndola de la cadera la bajó, sin esfuerzo, hasta su altura. Asuna soltó un chillido que quedó sepultado contra la chaqueta que él usaba. Las grandes manos la afianzaron con brío, y ella fue muy consciente del cuerpo firme que palpitaba contra su piel.

—Asuna cásese conmigo ... —susurró contra su cuello, su aliento sacudiendo algunos mechones desordenados de su cabello.

—E-esto es una locura... deje de decir ese tipo de cosas...

—No quiero que ningún hombre la vea de esta forma... No lo soportaría...

—Tampoco es correcto que usted lo haga... —susurró con voz temblorosa, sintiendo de pronto el tacto húmedo de esos labios recorriendo su hombro —Milord...

Su ruego duró un segundo, lo que le tomó aspirar una bocanada de aire que él le robó al segundo siguiente, cuando su boca le atrapó. Asuna nunca había escuchado que alguien pudiera desfallecer después de unos cuantos besos, pero así se sintió tras algunos instantes, cuando la destreza de ese hombre pareció quitarle toda la energía. Sus piernas perdieron firmeza y se derrumbó literalmente contra Kazuto, sus propias manos se aferraron a esos hombros en busca de la estabilidad que su cuerpo había perdido.

Él no parecía dispuesta a soltarla, sus labios apresaban los de ella con fiereza, un atisbo rudo de su personalidad, más Asuna no podía encontrar una razón para pedirle que se detuviera, ni siquiera cuando sintió el tacto en la parte baja de su espalda.

Era una situación indecorosa, pero a esas alturas donde sus emociones clamaban por algo que desconocía, sabía que no podría ponerle fin. Su cuerpo, su piel, sus entrañas pedían más de esos besos vehementes... Y también sabía que estaba casi entregada en bandeja, sin embargo, pese a la ligereza de sus prendas íntimas, el muchacho no hacía ademán de ir más allá.

—Asuna se casará conmigo... —declaró enardecido, apresando su labio inferior con los dientes, sintiéndolo suave tanto como su piel —No puede negarse cuando su cuerpo me ha dado una respuesta afirmativa...

Se sentía demasiado avergonzada para hablar, desfallecida contra su pecho, se mantenía de pie. solo porque Kazuto sostenía por sí mismo todo su peso. Su respiración estaba rota, sus labios temblorosos, y sus mejillas tan rojas como su cabello. Realmente no estaba en condiciones de responder algo coherente.

—N-no es apropiado...

—Podría armarse un escándalo si alguien se entera de esto... y la obligarían a desposarme...

Asuna intentó buscar sus ojos al oírle decir eso, por primera vez sintió una punzada de inquietud en su estómago. Empero, solo alcanzó a visualizar su perfil, fuerte, tranquilo, tan al contrario de ella que era un manojo de nervios.

—¿Milord...?

Él debió oír algo que su atribulada cabeza no, pues al segundo siguiente, la joven cayó de rodillas sobre el suelo cuando su sustento se esfumó, al tiempo que la puerta volvía a abrirse, esta vez dejando entrar a Alice, quien sonriente traía varias prendas consigo.

—Ya acabamos, pruébate estos —pronunció alegremente acercándose a ella—¿Qué pasa contigo?

—Estaba cansada de esperar... —respondió con voz ahogada evitando sus ojos, mientras con toda la dignidad posible se sentaba en el borde de la tarima.

—¿El aire estaba sofocante aquí dentro?

—¿Por qué lo preguntas?

—Tus mejillas están rojas y las ventanas abiertas, Asuna...

La pelirroja decidió no responder y rogó porque sus piernas la sostuvieran mientras aquellos vestidos apenas hilvanados se ceñían a su cintura.

••

••

Kazuto apareció para la cena, con su semblante tranquilo, llevando rosas para su cuñada y su huésped. Alice no podía borrar la sonrisa al ver que finalmente aceptaba sus consejos. Lo regañó por haberlas abandonado la tarde entera, y aunque intentó sonsacarle donde se había metido, el muchacho se mostró particularmente evasivo, preocupándose más en degustar la comida, pues la cocinera había preparado su plato favorito, que en esclarecer las dudas de la rubia.

Asuna era otro cantar, apenas despegaba la vista del plato y cada vez que la interrogaba contestaba con monosílabos. ¿Quizás la presencia de Kazuto provocaba su incomodidad?

Acabaron la cena demasiado rápido y luego la dueña de casa se retiró de la sala, argumentando que el haberse levantado tan temprano esa mañana, le había causado una profunda jaqueca y necesitaba descansar.

Asuna temía quedarse a solas con Kazuto, pero este no intentó nada extraño. La acompañó solícito y hasta le propuso pasear por los alrededores del jardín. Ella sabía que no sería bien visto salir de noche con él, pero la servidumbre no se mostraba exaltada por el ofrecimiento.

Sin duda la familia Kirigaya estaba acostumbrada a vivir bajo los tintes de un escándalo floreciente.

Se sentaron bajo la galería exterior. Era una noche preciosa, el firmamento negro era un excelente anfitrión para los puntos luminosos que titilaban en su seno. La luz de la luna daba la claridad necesaria para despejar la oscuridad, mientras los jóvenes compartían el silencio; Asuna porque no sabía qué decir luego de tantos encuentros vehementes, Kazuto porque al parecer a su naturaleza extraña le encantaba disfrutar de esa quietud.

¿Cómo iba a conocerle si él no le decía nada?

—¿Milord?

—Llámame Kazuto, Asuna —la voz firme con la que le respondió, la apenó. No se esperaba una acotación semejante, ni que la tuteara con tanta simpleza.

—Kazuto... —murmuró débilmente —¿No ha considerado vivir en el campo? Se nota que le agrada mucho.

—A Akihiko no le gustaría y puedo venir las veces que desee a la residencia de Eugeo...

—Por supuesto —Se sintió tonta por haber preguntado eso. Quería conocerle. Alice había dicho que era un excelente compañero de conversación... ¿porqué se mostraba tan distante con ella?

—A Asuna le gusta este lugar —agregó con convicción.

Ella sonrió, abrazó sus piernas, olvidando que el ruedo de su vestido no era lo suficientemente largo —Me recuerda a la vieja granja de mis abuelos. Pasaba los veranos allí metida lejos de todas esas cosas que enloquecen a una niña noble, quizás por esa razón no estoy acostumbrada a la época estival, la que todas las señoritas de mi edad parecen amar...

Él volvió la cabeza mirando sus zapatos —¿Te gustaría vivir aquí?

—¿Aquí?

—En una residencia como esta.

Asuna rio —Me encantaría... —se encogió de hombros, apoyando el mentón en sus rodillas —Quizás con mi pequeña fortuna adquiera unas cuantas hectáreas... me conseguiré un gato, sembraré patatas y me volveré ermitaña, pero feliz... —sonrió ante su ocurrencia.

Él deslizó la mano y le rodeó los dedos con suavidad, ella miró su gesto y lo contempló esperando que dijera algo, pero los segundos corrieron y no hizo ademán de romper la quietud. Ni siquiera la miró. Siguió allí tocando su piel con aire sereno.

—Me gustaría un perro y algo más que algunas hectáreas... campos para cabalgar y... un lago.

—Un lago es bonito.

—Si Asuna está ahí para recibirme cada día al caer la tarde, será perfecto.

—Kazuto...

La firmeza con la que rodeaba sus dedos se incrementó —¿Piensas que estoy loco?

—Por supuesto que no —se apresuró a contestar, devolviéndole el agarre —Mi padre era un inventor, así que puedo comprender un poco lo que piensa... Él tenía el sueño de que se podía surcar los cielos y acercarse a las estrellas... la gente decía que estaba loco... que no había forma en la que una persona pudiera volar... — sus ojos se humedecieron al recordarlo —Pero yo le creía... Mi padre tenía muchos defectos, pero él nunca me mentiría.

Kazuto se volvió con tanta rapidez hacia ella, que se sobresaltó, empero, él ciñó la presión con que sostenía su mano y se la llevó a los labios y la besó. Una, dos, varias veces. Asuna contuvo el aire ante ese gesto, le pareció tan íntimo... y sintió el mismo cosquilleo en su estómago que cuando la besaba, raudo, en la boca.

—No olvides esa promesa.

—No lo haré —respondió con voz afectada sin dejar de mirarlo.

Kazuto no la soltó, siguió apretando sus dedos limpiamente, con la vista al frente, como si pudiera ver a través de la oscuridad galopante que cubría el bosquecillo que era propiedad de su hermano y que se extendía en una mancha negra frente a ambos.

—Será mejor que te retires a dormir, Alice está espiándonos desde el piso superior... —murmuró con pasmosa tranquilidad.

Asuna lo soltó de inmediato y cuando alzó la vista, hacia la ventana ubicada encima de ellos, en la segunda planta, alcanzó a distinguir un reflejo de luz que velozmente se apagó, y la estela de cabello dorado, desapareciendo en las tinieblas de la casa.

—Buenas noches Asuna.

La joven se cubrió las mejillas tratando de bajarles la pena que sentía —Buenas noches milord...

••

••

Despertó por la luz que entraba a su recámara. Acostumbrada a levantarse temprano durante su época en la academia, no podía permanecer más tiempo en la cama si el sol se encontraba ya en lo alto.

Se giró hacia el lado opuesto del lecho para tomar su bata, cuando sus ojos encontraron un pequeño bouquet de rosas amarillas ubicadas sobre la almohada contigua a la suya. Parecían recién cortadas, algunas gotas de rocío aun embebían sus pétalos.

Se sentó, tomando la ofrenda entre sus manos y aspiró el aroma por varios segundos. Los tallos estaban algo irregulares, pero les habían quitado las espinas, y estaban enlazadas con un fino cordón negro para evitar que el ramo se abriera. Sonrió inexplicablemente.

—Asuna debería recibir rosas amarillas todas las mañanas...

La voz la hizo sobresaltar. Kazuto estaba sentado en el sillón frente a su tocador. Le daba la espalda, quizás confiriéndole algo de privacidad. Reviso su apariencia, ya había perdido la cuenta de las veces que la vio en camisón, aún así se colocó la bata y salió del lecho.

—Buenos días Kazuto —sostuvo el bouquet contra su mejilla y lo observó, él ya estaba vestido con un traje de montar color negro, botas altas marrones, el cabello lo llevaba desordenado y algo largo... por un segundo tuvo la tentación de peinárselo con los dedos.

—Alice aun se encuentra durmiendo, no le gusta levantarse temprano. Eugeo la consiente mucho, Akihiko solía decir que era una floja...

Asuna reprimió una risita y tomó uno de sus aburridos vestidos negros del arcón, lo acomodó sobre el biombo que a veces hacía de vestidor, en lo que esperaba a la doncella que la ayudaba en su arreglo.

—En la academia siempre estaba salvándole el cuello —añadió con humor —Es una remolona adorable... y ya es un rasgo de su carácter que no va a cambiar.

Kazuto no estaba viéndola ahora, sus ojos contemplaban, concentrados, algún punto que lo había atrapado dentro del espejo frente a él, como si fuera la primera vez que descubría algo semejante. Asuna lo observaba fascinada, la manera en la que esas pupilas aceradas se mantenían fijas, la llevaron a morderse el labio con ansiedad. Se veía tan hermoso y... tan inalcanzable.

—Kazuto —lo llamó rogando que su mirada la encontrara en aquel espejo, pero el joven apartó los ojos, turbado.

—Veo que aun la conserva —murmuró levantando entre sus grandes manos la preciosa taza de porcelana que le obsequiara, y que ella guardaba celosamente entre las piezas de su tocador.

—Es uno de mis mayores tesoros, milord.

El joven estudió las flores carmesí que adornaban el objeto —No es de gran valor, aun así Asuna lo cuida como si fuera oro.

—Fue un obsequio suyo, por supuesto que es valioso para mí.

Él hizo una mueca, pasando por alto sus palabras —No es necesario que uses eso — la interrumpió de pronto, señalando el vestido que ella había escogido —Hoy llega tu nuevo guardarropa. Alice está muy emocionada por eso —se levantó del sitio que ocupaba y Asuna notó que llevaba una pequeña rosa amarilla prendida en el ojal, se le acercó sin titubear mirado hacia su costado derecho y con esa dulzura propia, soltó la flor de su traje y alzando la mano, la colocó tras su oído, entre algunos rebeldes mechones de cabello mandarina —Asuna debería usar rosas amarillas en su cabello.

—Milord... —se sonrojó.

Kazuto le rodeó la barbilla con sus grandes manos y le rozó la sien con los labios —¿Te gustaría tener rosales en tu residencia...?

Le pareció una pregunta extraña y totalmente fuera de contexto, posiblemente recordaba lo que en un arranque de humor le había confiado la noche anterior —Muchos, cientos. De color amarillo ya que dice que van bien con mi cabello.

—Lo tendré en cuenta.

Asuna se quedó quieta, sosteniendo el bouquet entre sus manos, en tanto él respiraba contra su cabello tomándose todo el tiempo del mundo.

—Considero que para lord Kazuto debe ser aburrido velar mi sueño —no quería quedarse callada y fue lo primero que cruzó su mente. La cercanía que él insistía en mantener ya no le resultaba abrumadora, en cierto punto le parecía familiar, y despertaba una inquietud nueva en su estómago. Sobre todo, en esa clase de momentos en los que se quedaba silencioso contra ella, sin hablar y sin moverse como si estuviera dormido. Pero Asuna sentía la intensidad de sus ojos y sabía que estaba consciente estudiándola con fascinación.

—Ver a dormir a Asuna es una de mis actividades favoritas... se ve indefensa y me hace desear estar allí para protegerla de todo el que quiera hacerle daño.

—Aquí nadie me va a hacer daño, milord...

—No estoy tan seguro.

—La casa de lord Eugeo es segura... —los dedos masculinos le sellaron los labios con cierta presión, él estaba viéndola de soslayo, estudiando la delicada curva de su mejilla arrebolada.

—Asuna cásate conmigo, puedo darte todo lo que desees.

—Yo...

—¡Lady Asuna! ¿Ya se encuentra despierta? Madame Ashley ha traído sus nuevos vestidos —la voz excitada de una doncella los interrumpió, golpeaba la puerta con demasiado entusiasmo para ser tan temprano en la mañana —Desea que usted se los pruebe mientras ella se encuentra aquí.

Asuna ni siquiera necesitó explicarle la situación al joven, este le besó la frente y encaramándose a la ventana, salió hacia el exterior para treparse hasta su habitación.

El corazón de la pelirroja saltó en su pecho, no sabía si por la adrenalina de ver a ese muchacho actuando como un ladrón, o por las atenciones hermosas que él tenía con ella. Se acercó a abrir la puerta todavía con el bouquet de rosas prendido a su muñeca.

No pensaba quitárselo en todo el día.

••

••

—Ya no sé donde buscar... he agotado todas mis ideas —Akihiko Kirigaya, el legendario duque que ponía a temblar a cualquiera con sus pupilas negras como el pedernal, lucía derrotado mientras se derrumbaba entre sus brazos sobre el escritorio de su estudio —Tengo terror de que le haya ocurrido algo malo.

—Hermano no seas pesimista, sabes que de ser así ya nos hubiéramos enterado; las malas noticias viajan rápido.

—Lo sé, Eugeo. Pero estoy francamente desesperado.

En verdad sus palabras ilustraban su apariencia. El cabello oscuro del duque, rasgo que compartía con el menor de la familia, se veía desprolijo, al igual que la camisa puesta al descuido que enseñaba el inicio de su torso.

Eugeo intentaba conservar el temple, pese a que se sentía igual de preocupado, no iba a sucumbir a esa clase emociones; alguien debía sostener a la familia, y ese no era el duque, entonces tenía que ser él.

La puerta del estudio se abrió y una grácil mujer de corto cabello negro y preciosos ojos verdes, entró portado una enorme bandeja. Vestía de azul, lo que al rubio le recordó a su esposa a quien hacía más de dos semanas no veía. Le sonrió genuinamente al depositar el servicio sobre la mesa y se dispuso a entregarles una taza de café cargado a cada uno.

Con el rostro orlado de diminutas pecas y la sonrisa fresca, aquella mujer era una bocanada de aire fresco para el animo funesto de ambos hombres.

—Mi padre siempre decía que se piensa mejor después de una buena taza de café —comentó alegremente.

—Y tu padre tenía toda la razón del mundo, Rinko —respondió el duque aceptando el gesto con una sonrisa culposa.

—Me alegra verte, pese a que sea bajo estas circunstancias, Rinko —Eugeo le devolvió el gesto con un mohín agradecido —Y sé que a Alice le encantará saber qué estás aquí.

Trató de elegir sus palabras cuidadosamente, no quería incomodar a la bella mujer, y mucho menos a su hermano mayor. La relación que los unía era complicada y apenas se sostenía por sí misma. Parecían viejos amigos y no los amantes que alguna vez fueron. Era obvio que ella aun albergaba sentimientos profundos por el duque, se notaba por la forma desesperada con la que lo contemplaba... no lo había olvidado. Pero no podía decir lo mismo de Akihiko, por el rictus severo que ya nunca abandonó su semblante, guardaba secuelas de esa tormentosa época en la que estuvo prendado de esa bruja... cuando dañó el corazón de la mujer que ahora lo veía desamparada y, movido por emociones terrenales, recluyó a Kazuto en un centro para enfermos mentales...

Algo que nunca entendió. Pero el tema todavía era demasiado delicado para ambos y el duque intentaba por todos los medios resarcirse de sus pecados.

—En verdad me encantaría verla, envíale mis saludos.

—Puedes venir al campo siempre que quieras, esa también es tu casa.

—Gracias Eugeo —le respondió con genuina gratitud.

—Hablando de ella —Akihiko interrumpió con prisa —¿Le has escrito para saber como marcha todo por allí?

—Le telegrafié hace unos días, es extraño que aun no me halla llegado una respuesta.

—¿Le explicaste la situación?

—Si no lo hacía, era capaz de tenerla aquí reclamando el porqué no habíamos contado con ella —le explicó a Rinko, pero la mujer parecía entender por completo la situación.

—¿Lady Yuuki es amiga de Alice?

Eugeo alzó una ceja sorprendido de que ella supiera tantos detalles, posiblemente en su desesperación, Akihiko le había confiado todo.

—En efecto. Se conocieron mientras cursaban la academia de señoritas de Madame Sakuya. Pero su hermano Kouchirou fue compañero de Akihiko en la universidad.

—Sí, creo que lo recuerdo. Una familia un tanto... fuera de lo común.

—Su padre era un científico, ganaba lo suficiente para vivir con sus inventos, aunque las malas lenguas dicen que derrochó gran parte de su fortuna por amor a ese pasatiempo. Al menos, se preocupó de que sus dos hijos tuvieran educación.

—¿Y también crees que esa chica es una caza fortunas? —aventuró directamente, sorprendiendo a ambos hombres por la rudeza de sus palabras.

El rubio miró de mala manera a su hermano mayor —En verdad, eso está muy lejos de mis pensamientos, Rinko. No creo que lady Yuuki sea una mujer de esa calaña. Pero está sola y desamparada, y recientemente ha roto un compromiso, dejando a uno de los miembros de nuestro selecto club de nobles, con el corazón destrozado... Y me temo, que mi pequeño hermano ha sido el artífice de esa decisión. Por alguna razón que desconozco, Kazuto se ha obsesionado con ella desde que la vio en mi boda...

—¿Porqué piensas que es una obsesión? Quizás se haya enamorado de la muchacha.

—¡Rinko! —el duque intervino con fiereza, censurándola con la mirada —No voy a dejar que una niña mimada juegue con él, ni permitiré que tome una tajada de nuestra fortuna. Quizás haya sido seducida por la cuenta bancaria que Kazuto posee... No puedo saberlo. Pero, conozco a mi hermano, él no puede ver la maldad tras las personas, pero yo sí—gruñó —No permitiré que otra arpía le rompa el corazón.

La mujer le sostuvo la mirada con una valentía envidiable. Actualmente era la única persona capaz de hacerle frente al malestar del duque —A Kazuto nadie le ha roto el corazón, milord. Pero parece que usted no lo entiende.

La forma en la que el mayor apretó los molares, pareció llevarse de tajo la quietud que gobernaba el estudio. Eugeo decidió intervenir antes que la situación pasara a mayores.

—Lady Asuna se encuentra en mi casa de campo haciéndole compañía a mi esposa. Y reitero, Rinko, no tengo nada en contra de ella; he compartido algunas conversaciones y me parece fresca e inocente. Pero está sola en el mundo y mi familia ha tomado la responsabilidad de cobijarla y conseguirle un nuevo hogar...

—Un marido —interrumpió duramente, adivinando lo qué había tras la noble acción —Así deja de importunar en los bien trazados planes que la ilustre familia pueda tener. Así es más sencillo controlar a Kazuto ¿cierto?

Dicho de ese modo sonaba horrible. Eugeo abrió los ojos, horrorizado de que esa fuera la verdad tras la decisión de su hermano mayor. Pero este habló antes de que pudiera exteriorizar sus dudas.

—Te estás extralimitando, Rinko. Mi mayor preocupación siempre ha sido mi familia, mis hermanos... —se puso de pie —Kazuto no es como los jóvenes normales de su edad; le aburre estar en un club de caballeros, no puede estar quieto hablando de deportes y política, encuentra tedioso apostar o jugar a los naipes, no bebe porque argumenta que el alcohol le causa jaqueca, y en vez de fumar, es capaz de quedarse observando por horas como la llama consume el cigarro... Y en cuanto a las mujeres... —suavizó la voz por respeto a ella —Liena ha sido capaz de entenderlo a pesar de los años que llevan juntos... si él me hubiera pedido convertirla en su esposa, no me hubiera negado, de cierta forma me sentiría tranquilo. Ella sabe cuidarlo, lo ha hecho todo este tiempo.

—Es su amante —dijo haciendo una mueca, y miró a Eugeo con la rabia ardiendo en sus magnéticos ojos verdes —Todavía era un niño cuando lo empujaste a sus brazos.

La mujer se abrazó a si misma, quizás trayendo a memoria las veces que acompañó a Akihiko a ese infierno, cuando intentaban recomponer su relación... pero la confianza entre los dos se había roto y ya no volvería a ser la misma. Un adolescente Kazuto sujeto por una camisa de fuerza, se mecía rítmicamente en la única silla que tenía ese maloliente cuarto. No parecía reconocer a ninguno de sus hermanos y pese a que ambos se turnaban para visitarle y hablarle, él no paraba de sacudirse como si fuera un columpio. Rinko recordaba como si fuera ayer, haberse acercado hasta él, sin sentir temor o repugnancia, e ignorando las lágrimas que caían por sus mejillas, le acariciaba el cabello con ternura hasta que Kazuto se quedaba inmóvil.

Con el tiempo, cuando Akihiko consiguió el permiso para sacarlo, se preguntó si él la recordaría. Ella y el duque ya no estaban juntos, pero le guardaba un cariño especial a ese muchacho. Por eso estaba allí, a pesar de los años que habían pasado.

—No te entrometas, Rinko. Esto no tiene nada que ver contigo.

Las duras palabras de Akihiko le supieron como si una bala de cañón le hubiera impactado en el pecho. Sintió el conocido escozor en sus ojos y parpadeó, conteniéndose.

—Yo agradezco tu sinceridad Rinko —Eugeo agregó para aquietar las aguas, y cuando iba a añadir algo más, un lacayo entró a la habitación portando una pequeña bandeja de plata con una esquela. Y tras inclinarse ante ellos, se la ofreció ceremoniosamente.

—Llegó en el correo, Lord Eugeo. Creo que es la respuesta que estaba esperando.

Con el rostro iluminado por tener noticias de su preciosa esposa, se hizo una pausa para leer. La pareja restante pudo ver como el semblante del rubio cambiaba de calma a incredulidad, y luego de sorpresa a furia.

—¡Kazuto se encuentra en mi casa de campo! —exclamó a viva voz, dándose la vuelta, mirando a sus acompañantes —Rinko debes venir... alguien tiene que estar ahí cuando Alice me explique porque hasta ahora me lo dice...

— ¿Qué estás diciendo?

—¡Qué ese niño se ha burlado de nosotros todo el tiempo...!

¡Cariño estamos bien! ¿Así que buscas a Kazuto? Pero él ha llegado aquí el mismo día que te fuiste. La hemos pasado muy bien juntos los tres. Asuna, él y yo organizaremos una velada en unos días para celebrar el inicio de la temporada... ¿Porqué no vienes? ¡Te echo de menos! —Alice.

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El vestido color esmeralda la envolvía de tal forma que se sabía consciente de la admiración que causaba entre los abundantes caballeros que poblaban el salón de baile. Ella no había bailado ni una sola vez... y lo estaba dudando. En su condición, posiblemente no sería bien visto; aunque Alice le insistía en que ya dejara el luto, y llevara a su familia en su corazón. Lo cierto es que le había hecho caso; por eso vestía así, por eso llevaba rosas en el cabello, las que todos los días Kazuto dejaba en su lecho, y por eso había aceptado participar de esa fiesta.

Una recepción simple, había dicho Alice. Quiso reír. De simple no tenía nada.

Sin duda el baile era todo un éxito. Alice era una grandiosa anfitriona y se movía de acá para allá atendiendo a sus invitados. Ella trataba de seguirle el paso en lo que podía, pero por supuesto no era lo mismo; la blonda lo hacía de forma natural; como si hubiera nacido para ser el centro de todo ese lujo desbordante. Asuna no era así, nunca podría serlo.

Caminó por el salón abarrotado de gente, con la cabeza en alto como su amiga le había enseñado, desechando a todo aquel que se acercaba para pedirle una pieza. Kazuto, más temprano, le había hecho prometerle que le reservaría el primer baile para él... pero hacía dos horas que la velada estaba en su apogeo y no había rastros del muchacho.

Trató de no pensar que se vistió con ese vestido hermoso para impresionarlo, guardándose la pena de ese escote que remarcaba generosamente la voluptuosidad de sus pechos, según dictaba la moda. Ansiaba que él la encontrara bonita.

Ya habían pasado cuatro semanas desde que se encontraba en esa preciosa residencia, y por algún motivo desconocido Kazuto cesó en sofocarla con sus variadas propuestas de matrimonio... quizás porque ella se negaba una y otra vez, y era lógico que se rindiera. La zozobra que sentía en el pecho no sabía a qué atribuírsela. Las visitas a su alcoba dejaron de ser diarias, para ser esporádicas; y ni siquiera estaba allí cuando despertaba, era consciente de su presencia gracias al ramillete de flores que dejaba en su almohada y porque, creyéndola dormida, le besaba la frente o las mejillas. Y cuando se sentía más osado, lo cual ocurría pocas veces, depositaba un beso entre el valle de sus pechos. Pero Asuna no podía recordar esos detalles sin abochornarse.

—Espero hayas guardado el primer baile para mí —sonó la voz que había aprendido a conocer en todo ese tiempo. Le hizo cosquillas en el cuello al susurrar contra su piel.

Asuna se giró, advirtiendo lo guapo que se veía en ese traje oscuro —Estaba esperándole, milord.

—Disculpa la tardanza, Asuna. Te ves muy hermosa.

Se sonrojó —Gracias.

No la veía a los ojos, pero contemplaba su cabello con una reverencia casi religiosa. De pronto tomó un mechón y lo llevó a sus labios. Asuna no pudo evitar temblar.

—Baila conmigo.

Pese a que había tenido su presentación en sociedad como toda una rica niña noble, no recordaba sentirse tan nerviosa como lo estaba en ese momento en que él, con la mano en su fino talle, la guiaba entre las parejas que bailaban, hacia un sector donde pudieran moverse con facilidad.

Tan solo acababa de acomodar la mano en su cintura, con su pecho rozando el de ella, cuando se quedó quieto. Una sonrisa extraña adornando los labios masculinos.

—Mis hermanos están aquí — dijo con convicción.

—¿El duque también?

Kazuto no respondió oralmente, la atrajo a su cuerpo sin importarle el espectáculo que estaban montando, le besó el cabello, la frente, sus mejillas con una ternura que la hizo derretirse contra él.

—Tenemos que irnos, Asuna.

—¿Por qué?

—Esta casa ya no es segura para nosotros. Debemos volar de aquí.

Tal vez no entendió a qué se refería, pero no fue capaz de ponerle un freno cuando, jalándola del brazo, la arrastró entre las parejas por el medio de la pista de baile, hasta el otro extremo del salón donde las puertas llevaban al jardín.

La expresión fúrica de Lord Eugeo al descubrirlos, fue algo que la perseguiría y la llenaría de pena por mucho tiempo.

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Nota:

Hola a todos! Aquí Sumi reportándose luego de mucho tiempo.

Agradecimiento a todo el que desea pasarse a leer esta historia!.

Gracias a Kim por tu paciencia! me ha esperado como 4 meses para seguir escribiendo esto! gracias bella 3 te admiro y te adoro como no tienes idea!

Esperamos traer el próximo capitulo pronto.

Dudas? Comentarios? Déjalos aquí abajo y trataremos de responderlas 3

Gracias totales!

Kim & Sumi.