Capítulo 04~

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Akihiko dejó los papeles, referentes a un nuevo negocio en el que pensaba invertir, para ver al jovencito frente a él, que como era costumbre, tenía la atención puesta en otro lugar, en esa ocasión se mantenía sobre el reloj de péndulo en la esquina del estudio.

—¿Qué ha sucedido está vez?

—Solamente hice lo que dijo.

Su pequeño hermano no se dignó en verle, su oscura mirada perseguía el movimiento del péndulo.

—No es lo que escuché —el duque, exasperado, terminó por levantarse y se colocó frente al reloj para ganar la atención del menor.

Pero Kazuto en cambio, buscó otro punto de interés, siendo este la piel de sus propios zapatos.

—Se fue gritando. ¡Está demente!

El duque mantuvo la calma, ya era el tercer maestro esa semana y también una infinidad de institutrices, los que durante varios años no llegaban a comprender la peculiar personalidad del Kirigaya más joven.

En esa ocasión, el respetable profesor a quien había contratado, salió corriendo como si hubiese visto un demonio apoderarse de un cuerpo humano; la razón, ver a su estudiante sacar de una simple ecuación, una infinidad de números incomprensibles, llenando hojas por horas y horas sin que pudiera detenerle.

El problema no era en sí lo que Kazuto hacía, sino más bien cómo lo realizaba. Se enfocaba tanto en aquello que llamaba su atención, que podía quedarse sumergido en eso hasta que perdiera el interés, lo que usualmente sucedía por horas, incluso días, cerrando por completo sus otras funciones como humano; no hablaba, comía o bebía, a veces ni sentía dolor. Su temor era que algún día decidiera dejar de respirar. En la época actual eso era calificado como un estado anormal.

Si la cantidad de personas interesadas en ese trabajo no disminuía, era debido a que deseaban hacerse con la fama de ser quien domó al extraño lord, hermano del gran duque. Eso los llenaría de renombre suficiente, como para que el resto de nobles solicitaran sus servicios, pagando fortunas exorbitantes para que educaran a sus hijos.

Estiró su mano con la intención de acariciarle el cabello, estaba seguro que Kazuto se sentía mal a pesar que su tranquilo rostro no demostrara expresión, pero al notar la incomodidad de su hermano, optó por solo colocar la misma en su hombro.

—La próxima vez, trata de no asustarlos.

El menor no contestó, se mantuvo quieto, como una estatua.

Las preocupaciones de verlo indefenso en ese mundo que no llegaba a comprenderlo, le obligaba a imponerse la tarea de encontrar a alguien que en verdad supiera entender las necesidades que tenía.

Y cuando creyó encontrar a la persona adecuada, el decir con alegría y alivio "ella es Quinella, tu nueva institutriz, trátala bien" y no notar la mirada hambrienta que la bella mujer le dedicó a su joven hermano, quien recién acababa de regresar de cabalgar y apenas era un adolescente anguloso, fue el error más grande que hubo cometido. Después de todo, él mismo quedó hechizado por la dama que casi destruyó por completo sus vidas.

Siendo Kazuto el más afectado...

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—La tensión es asfixiante, deberían tomarlo con calma.

—¡Es de Kazuto de quien hablamos! —repitió por enésima vez el duque.

Rinko no se sintió intimidada, ni mucho menos ofendida, sabía que Akihiko estaba molesto consigo mismo por toda esa situación que se había salido de sus manos. Estaba acostumbrado a que todo a su alrededor funcionara con la precisión de un reloj, y que algún detalle se escapara de su atención suponía un desastre. Desde siempre había protegido a sus hermanos, era un deber que se impuso tras la muerte de sus padres, cuando aún era muy joven. Y solo una vez en el pasado había fallado a esa promesa, las consecuencias fueron tan horribles, que se prometió no volver a hacerlo... Sin embargo, la larga vigilia estaba pasándole factura, por lo que se hallaba más irritable que nunca.

En múltiples ocasiones, ella lidió con su semblante duro y frío. En aquella temporada donde las cosas entre ellos eran frágiles y complicadas, era común verlo distante a pesar que sus labios la tocaban y gritaban que estaba ahí.

Y aunque sabía que le escondía algo, no cesó en estar a su lado; cumpliendo su papel como prometida del duque, acompañándolo a las fiestas que eran invitados y bailando únicamente con él.

Verlo tan perdido como solía estar en el pasado, nuevamente le mostraba que había caído en el mismo error. Otra vez no tomaba la decisión correcta.

Buscando la ayuda del hermano de en medio, la dama movió su atención al rubio que al igual estaba tenso y lidiando con un problema propio. Pero al menos sabía asimilarlo mejor.

—Has dicho que Lady Yuuki no va tras su fortuna.

Eugeo asintió, la travesía de buscar a Kazuto, sumado al extenso viaje hasta su hogar, estaba haciendo que el agotamiento se sintiera sobre sus hombros.

—Es una dama fina y no he notado que le interese el dinero de la familia.

—Entonces no veo el porqué tratan de frenarlo. Permitan que la corteje.

—Rinko, dudo que Kazu conozca la diferencia entre cortejar y querer seducir carnalmente a una mujer —Eugeo se peinó su desordenado cabello con una mano.

Suspirando, ella regresó su atención al duque que no parecía dispuesto a contestarle.

—A mi parecer lo tratan como un adolescente que está saboreando su primera relación con una joven.

—No puede verse de otra manera —argumentó el rubio que por quinta vez, corría la cortina de la ventanilla para medir el tiempo que faltaba para llegar a su casa de campo.

La terquedad de ambos hombres, le estaba provocando una jaqueca.

—¿Acaso están tan ciegos para no ver que él puede cuidarse solo y tomar sus propias decisiones en cuanto a su vida?

La mirada oscura del duque la fulminó, como si hubiese dicho algo impropio, en cambio el joven de iris verdes denotaba perplejidad ante esa verdad. Cómo si nunca lo hubiera considerado de ese modo.

—Es más listo que todos nosotros juntos —continuó al ver esa brecha —, aunque no desean procesarlo, él se ha enamorado. ¡No es algo imposible como le han hecho creer!

—¿Y cómo estás tan segura? Ni siquiera conoces a esa mujer, seguramente le engañó de alguna manera astuta —la contradijo el duque.

La dama hizo uso de aquel carácter fuerte que en pocas ocasiones hacía gala, juntó sus manos frente a sí y con la cara en alto, sin doblegarse ante la presencia de Akihiko, habló con seguridad.

—Lo sé porque conozco a Kazuto.

El poderoso hombre tuvo que retractar lo que sea que estaba a punto de decir, esa mujer sabía cómo hacerle tragar sus propias palabras.

Pero Rinko aún no terminaba —No es un tonto, no es algo pasajero lo que siente por ella. Lo ha dejado claro si ha llegado al extremo de desafiarlos.

—No importa como lo plantees, la protección de Kazuto es mi responsabilidad, no dejaré que cometa un error que lo hiera. ¿Ya olvidaste cuando... ?

Al darse cuenta de lo que su lengua iba a declarar, optó por callarse. No era adecuado desquitarse con ella, que fue otra víctima de su ingenuidad.

El ambiente en el carruaje se estaba volviendo tenso, así lo notaba Eugeo al ver la manera en que ambos se estudiaban, ninguno pensaba retroceder, decidió que la tarea de traer tranquilidad caía sobre sus hombros, aunque él mismo no pudiera calmarse, después de todo, también debía lidiar con su esposa, quien por algún motivo, mantuvo ocultas las travesuras de su hermano.

—Ya puedo ver las luces de mi casa —demasiada iluminada, prefirió no agregar.

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Alice no podía borrar la sonrisa de su rostro al ver a la pareja sobresaliendo del resto de personas en la pista. Se veían tan encantadores juntos. La química que flotaba entre ambos era tan obvia que resultaba imposible que alguien pudiera pasarla por alto.

Apenas unos días atrás, Asuna se encontraba en medio de un dilema emocional, ¿la causa? Kazuto.

La rubia no sabía muy bien qué pasaba entre ellos, pero no era ajena a lo que sucedía y conforme pasaban los días, fue testigo de como esa relación incipiente tomó forma hasta convertirse en un lazo de amistad que esperaba nadie pudiera romper. Su cuñado seguía a la huésped a sol y a sombra, era su compañero recurrente para recorrer la casa y ya era común verlos juntos, a una distancia mínima pese a la recomendada. A veces, se veía a la señorita pelirroja leyendo en el jardín, con el inalterable lord sentado a su lado en silencio, o a Asuna viéndolo cabalgar y realizar acrobacias que la dejaban con el corazón en la boca. Muchas veces solo compartían la quietud del momento, perdidos en la marea de sus propios pensamientos, pero sin duda él era un gran confidente. Lejos quedaban esos días donde Asuna le rehuía a su presencia, había aprendido a conocerlo tanto como ella, y Alice esperaba que el cariño que sintiera en su corazón, variara a algo mas profundo y eterno. Pese a que la rubia no sabía lo que pasaba puertas adentro de la alcoba, ni los detalles hermosos que el joven dejaba en su almohada cada mañana, sospechaba que ese pequeño ramillete que la pelirroja siempre llevaba prendido a la muñeca, era obsequio de Kazuto. El color rosado de sus mejillas hablaba por sí solo.

Por otro lado el vestuario de su amiga era hermoso y no había pasado desapercibida su belleza natural. Hasta el color encendido de su cabello, llamaba la atención del público masculino que se daba cita esa noche. Sin embargo, debía ocultar ese detalle a su cuñado. Este no se tomaría muy bien saber que otros hombres tenían puesta la mira en ella.

Estaba tan enfocada en sus pensamientos, que no notó, en qué momento la pareja decidió escabullirse dentro del mar de personas que poblaban uno de sus jardines.

La respuesta de esa fuga la tuvo al escuchar su nombre, justo detrás suyo.

—Alice ¿a dónde han ido?

—Querido, bienvenido —ignoró la fuerte expresión en su esposo, que mantenía la mirada donde hace unos minutos la pareja se encontraba —. ¿Pero qué te ha pasado? Todo tú estás desaliñado.

Su apariencia era lo que menos le importaba a Eugeo en ese momento. Sus ojos recorrían el lugar buscando a su hermano, estaba seguro que lo había visto por escasos segundos y Alice era el puente para dar con él de inmediato.

—Tienes mucho que explicar —dijo en cambio, creyó escuchar una risa por parte de su esposa, lo que le molestó —. No hagas esto más complicado. Está con Asuna, ¿cierto?

—¿Quién?—fingió ignorancia.

—No hay excusas en esta ocasión —detrás del rubio el duque apareció acompañado de una dama, a quien tenía el gusto de conocer.

—¡Rinko!

La anfitriona al ver a la recién llegada saltó a abrazarla y saludarla con demasiada efusividad, dejando a los dos caballeros consternados y a un paso de estallar por su falta de seriedad.

—Alice, no los cubras y dinos, ¿dónde está Kazuto?

La rudeza en la voz de su cuñado, rugía como nunca antes, parecía el dios que repartía truenos en una tormenta.

—¿Cómo puede estar él aquí? Odia las multitudes.

—No vengas a fingir no saber nada —bufó el duque, quien tuvo que controlar su voz al notar que los invitados los veían con curiosidad, claramente reconociendo de quienes se trataban —. Eugeo ve a revisar las habitaciones.

El artista ya estaba adentrándose al calor hogareño de su residencia, cuando el mayor le pidió que fuera a buscarlo en su interior.

Los ojos turquesa de Alice vieron perderse a su esposo en las escaleras, su astucia al menos le había dado unos segundos más al azabache para que aprovechara el tiempo antes que sus hermanos le confrontaran por la travesura.

—Rinko, ve al jardín —ordenó al notar el brillo divertido en las pupilas de la anfitriona.

—No me moveré de aquí —le desafió la bella mujer alzando la barbilla.

La rubia agradeció a los cielos que alguien cuerdo hubiera llegado. La serenidad que representaba la presencia de aquella mujer de ojos verdes, era de gran ayuda para hacer entrar en razón al par de hermanos.

—Como quieras, pero si algo sucede, recaerá en ustedes —manifestó pasando junto a ambas a paso apresurado.

La fría actitud de Akihiko hubiera congelado a cualquiera. Pero no a ellas, sin duda por algo ambas estaban ahí, teniendo el valor de desafiarlo y salir victoriosas.

—La velada es hermosa, su gracia, ¿no cree que debería aprovechar y sacar a una debutante a bailar? —la pícara voz de Alice lo obligó a detenerse a regañadientes.

—No he venido a ilusionar a nadie. ¡He venido a por mi hermano!

—No está aquí —le explicó con prisa —. No lo he visto desde medio día, apenas le mencioné la fiesta, dijo que no participaría...

Rinko, al comprender el mensaje oculto tras la insistencia de Alice, estuvo dispuesta a ayudar.

—Akihiko esto es una tontería, solo mira a tu alrededor, sabes bien que a Kazuto no le gustan este tipo de actividades. Seguramente buscó refugio en la montaña, cuando termine la fiesta lo tendremos aquí con nosotros.

El duque dudó, lo que decía era verdad, describía correctamente el carácter de su hermano. Cuando lo llevaba consigo a los bailes, especialmente para que verificara si un negocio sería buena inversión, él se quedaba con la vista fija en los dados mientras el resto de caballeros jugaba, un par de minutos después salía del lugar para ya no volver, incluso durante la boda de Eugeo apenas estuvo un corto período de tiempo.

El gritó ensordecedor de la multitud, lo trajo de vuelta a la realidad, Alice y Rinko veían al cielo, sus rostros mostraba perplejidad, lo que le llevó a ver al mismo punto.

—¿Qué es eso? —susurró al ver ese enorme globo sujetando una canasta mientras sobrevolaba el cielo, tapando por un instante la luna.

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—Estoy seguro que su hermano ¡el duque! cortará mi cabeza.

El ayudante de cámara de Kazuto se encontraba desordenando su rojo cabello cuando los notó.

Asuna no sabía a qué se refería el hombre, que estaba a un paso de caer desmayado por la presión que su amo le hacía cargar.

— ¿Está todo listo?

Ryo se jaló su cabello una vez más antes de contestar alarmado —Claro que lo está, solo apresúrese para que pueda largarme también, no quiero soportar la ira de su gracia.

La inquietud de Asuna aumentaba con cada segundo, al igual que su corazón, que latía descontrolado ante la calidez transmitida por la fuerte mano del lord, que con ternura extrema siguió guiándola por el jardín.

Casi corriendo cruzaron ese trayecto, buscando el lado opuesto a la salida.

Si buscaban escapar ¿no era mejor ir a dónde se encontraban los carruajes?—pensó de manera inocente.

La residencia poseía una gran extensión de campo llano, utilizada para los paseos a caballo y aunque ella no era hábil montando, había estado un par de veces en esa zona junto a Kazuto quien era un excelente jinete. Los caballos siempre se encontraban a gusto en su presencia, sin duda lo consideraban parte de su manada. Pero en esa ocasión, el terreno se encontraba vacío, salvo por aquella inmensa burbuja de color amarillo y rojo que estaba flotando sobre esa extensión, sujeta a una canasta capaz de albergar a media docena de personas. Esta se encontraba anclada al suelo, gracias a que cuatro hombres, de complexión fuerte, sujetaban cada extremo para evitar que emprendiera vuelo antes de tiempo.

—Sadore ¿podemos volar ya?

—Por supuesto, milord —les recibió un hombre que llevaba una llave inglesa en las manos, se le notaba complacido al ver el objeto flotando cómodamente en el aire.

Asuna le miró con curiosidad, posiblemente era un inventor, pues no encontraba otra lógica al ver ese artefacto, y las herramientas de diversas formas y tamaños desperdigadas a sus pies.

Notó como Kazuto sacaba una bolsa con monedas de su bolsillo y se la lanzaba, Sadore gustoso la guardó rápidamente sin intención de contarla.

—Asuna... —se volvió a ella.

Por un instante creyó que la vería a los ojos, pero no fue así, su atención se posó en el agarre que mantenía en su brazo.

—Debemos volar.

— ¿¡Qué!? —no pudo evitar gritar. ¿Se refería a eso? Cuando se lo propuso, no creyó que fuera algo tan literal.

No, aquel hombre que les sonreía como si supiera un secreto que ella desconocía, no era un inventor, era lo que su padre llamaba un aeronauta.

Por instinto todo su cuerpo comenzó a temblar, nunca antes sus pies habían dejado el suelo y ver el tamaño de esa bolsa de aire estaba drenando toda su confianza.

—Con este globo haremos nuestro el cielo.

—Es una primera experiencia que me gustaría emprender con usted, pero no creo que sea en esta ocasión...

No estaba lista para volar, y al parecer Kazuto no le preguntaría si quería hacerlo, pues el que terminara cargándola y llevándola adentro de la barquilla era muestra de que no tenía opción de negarse. Le abochornó el estar siendo observada por media docena de caballeros mientras era acunada en sus brazos, pero al parecer, aparte del ayudante de cámara nadie reprochó tal acción.

—Hay un clima agradable —le escuchó decir cuando con facilidad había logrado su objetivo.

—Honestamente milord, le temo a las alturas —se sinceró, pero su miedo solo parecía engrandecer el deseo de su acompañante.

Él arqueó su rostro en una sonrisa picara, lo que Asuna apenas alcanzó a advertir, ya que se dio la vuelta para dar un par de indicaciones al pelirrojo, quien solo deseaba que la tierra se lo tragase. Cuando hubo terminado de arreglar lo que sea que debía constatar con su sirviente, de un ágil salto ingresó e inmediatamente fue directo al centro del globo; allí se erigía una caja metálica conformada con bobinas y engranajes de diferentes tamaños.

—¿Qué es lo que hace? —se acercó, él estaba concentrado en colocar una manivela en una ranura.

Seguramente lo que actuaría como llave.

Ella conocía mas o menos como estaba conformado un motor, siendo su padre y su hermano inventores, estaba bastante familiarizada con el diseño de alguno de esos aparatos. De niña solía acabar con las manos llenas de aceite por su afán de armar engranajes y válvulas. Su madre la regañaba todo el tiempo, pues esas no eran actividades propias para una niña noble como ella. Y tal vez fue por ese motivo, que decidieron meterla de pupila en un internado para señoritas.

—Deberías alejarte un poco —le aconsejó Kazuto tras notar su mirada.

Asuna no dudó en hacerle caso, el leve olor a combustible se condensó en el aire.

Lentamente, el joven giró la manivela, una diminuta chispa anaranjada se produjo, logrando que una llama uniforme latiera, los mecanismos hicieron ruido mientras la canasta vibraba. Ella se sujetó al borde, al momento que le escuchó gritar a los hombres que soltaran las cuerdas.

—¿Ya había hecho esto antes, milord? —se obligó a preguntar tratando de sonar calmada. Para su sorpresa, él no contestó de inmediato, seguía contemplando el motor con toda concentración.

—He acompañado a Sadore muchas veces en sus travesías. Es fácil —respondió lentamente.

La idea de echarse para atrás y bajarse, tuvo que olvidarla para luchar con el miedo de ser testigo de cómo, la única cuerda que los anclaba a tierra era desatada. La canasta volvió a estremecerse algunos segundos, y finalmente se elevó, flotando livianamente en el aire.

Asuna cerró los ojos cuando se alzaron, se aferró al mimbre de la canasta, como si su vida dependiera de ello, hasta que sus nudillos quedaron blancos y entumecidos. Quería gritar, pero la voz no le salía.

—Te pierdes el espectáculo, Asuna —sintió el suave susurro en su oído.

El hecho de que la inestabilidad de la cesta pareció volverse del lado donde yacía agarrada, le impedía ver qué sucedía.

—No tengas miedo, estoy aquí—su mano fue tomada y un beso postrado en sus nudillos —No dejaré que nada malo ocurra.

Con la pena encendida en sus mejillas le obedeció, de manera lenta sus pestañas se movieron, al primer parpadeó vio al grupo de hombres que se veían diminutos, la iluminación de la mansión desde ese punto hacía que la residencia destacara. Al segundo siguiente, sus ojos se centraron en el suelo que se veía cada vez más lejano y sintió un vértigo horrible.

—Acércate a mí —le acarició la espalda en un afán de sosegarle —, debemos equilibrar la canasta. Con esta correntada suave, viajaremos al este. Al inicio del sol.

Su temor se estaba haciendo realidad, al notar que efectivamente el peso estaba en la esquina donde ella se encontraba, ya habían sobrevolado la ostentosa mansión de Alice para ese entonces, pero el viento seguía empujándolos hacia esa dirección, el miedo de que tras una ráfaga terminaran chocando contra un árbol, le hizo buscar en los brazos de Kazuto la protección que necesitaba.

—Estamos volando —susurró todavía sin creérselo.

—¿Recuerdas lo que te dije? ¿Que cumpliríamos la promesa que te hizo tu padre?

Ella asintió, parpadeando, notando el escozor en sus ojos. Se aferró fuerte a su saco para que no notara que estaba demasiado afectada por sus palabras.

—Gracias Kazuto...

—Aun no es seguro. Debo equilibrar el peso.

No se opuso en permitirle realizar esa acción, aunque por un momento echó de menos la seguridad que transmitían sus brazos. Kazuto soltó unos sacos de arena y la canasta se estabilizó por completo; cuando terminó, le invitó que se acercara al borde para apreciar la vista. En un segundo la tierra se había hecho más pequeña y el cielo más grande. La belleza del firmamento oscuro coronado por diminutas perlas doradas le dio la bienvenida.

Aunque era de noche, Asuna no pudo ocultar su asombro al ver las extensiones de tierra grisácea bajo ellos, las luces; como puntos anaranjados ardían en el suelo.

—Es hermoso...

—Sabía que te gustaría.

—Me encanta, nunca antes había visto el mundo de esta manera.

—Es algo que solo los aeronautas e inventores entienden.

A ella volvieron a humedecérsele los ojos. Sonrió con valentía, quitándose las lágrimas

—Contempla el cielo. Por esta noche es nuestro.

Su mirada cristalina le obedeció. El estar tan cerca de la luna que parecía una elegante esfera de plata, y las estrellas titilando a la par, le hizo extender la mano como si pudiera tocarlas. Era una tontería, lo sabía, pero sus dedos se estiraron con ahínco, hasta que la firme mano de Kazuto la tomó.

—¿Deseas que te baje una estrella?

—Eso es imposible —rió por tal ocurrencia —, el estar tan cerca de ellas me es suficiente.

—Entonces te traeré seguido a verlas. Cuando te canses del lago, las caminatas y el té, escaparemos como ahora.

Nuevamente estaba incluyéndola en sus planes, en aquel futuro incierto del que siempre hablaba. No sabía si estaría a su lado para siempre, pero no podía depender de la hospitalidad de su amiga, algún día debería hacer maletas y buscar su propio camino. Como pensó antes que aquel hombre revolucionara su vida, con su pequeña fortuna se compraría una propiedad donde vivir tranquila. Claro, mentiría si dijera que no extrañaría pasar tiempo con él, pues aunque era dueño de una personalidad muy singular, se había acostumbrado por completo a tenerlo a su lado como una especie de guardián.

Ya se encontraban sobrepasando los cien pies, la nubosidad en el ambiente hacía que el frío le helara el cuerpo. Si la hubiera puesto en advertencia habría traído algo más grueso con qué cubrirse, su actual vestuario no era el más propicio para protegerla del clima.

—Tienes frío.

Inmediatamente su mano fue liberada, se volvió para verle y le encontró despojándose de su abrigo.

Creyó que como el caballero que era se lo ofrecería, lo que no fue así, en cambio la prenda cayó al suelo, y los botones de su blanca camisa fueron quitados, dejando su pecho y torso expuestos ante ella.

—¿Qué hace? —gritó alarmada, sus mejillas ardían, era la primera vez que veía a un hombre desvestirse delante de ella y creía el único que no mostraba vergüenza.

—Los libros dicen que así se entra más rápido en calor.

Acompañando sus palabras, la abrazó por detrás, su pecho desnudo terminó cubriendo su espalda, una de sus manos le rodeó el cuello mientras la restante se posó en su abdomen.

El calor que la invadió seguramente competía con el color de su cabello, no sabía si era el efecto científico de su argumento o el compartir calor corporal de esa manera tan poco convencional le hacía hervir en esa fiebre.

—Ya me siento mejor —balbuceó.

—Aun no, el frío apenas inicia. Tenemos unas cuantas horas hasta la llegada del amanecer.

Sintió como Kazuto enterraba la cara en su cuello, aspirando su aroma.

—Kazuto... ¿A dónde nos dirigimos?

Ella tragó fuerte, ahora su cabello era atrapado por la boca de su acompañante.

—A donde el viento nos lleve Asuna.

Terminó por morderse el labio, su corazón latía descontrolado.

—Alcanzaremos ver el amanecer cuando el combustible se agote.

—¿Qué? —su cuerpo tembló y trató de darse la vuelta para verle, pero la mantuvo firme contra él.

Estaba tan entretenido en su cabello que no le contestó.

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Tenía suerte, la despreciable vida al fin le estaba dando la oportunidad de salir de ese bache donde había estado por mucho tiempo.

El solo ver los anchos corredores desbordando en gala y los cientos de sirvientes al servicio, incluso del suyo, con afán de que no perdiera la cabeza al tratar con el joven lord, la llenaba de una sensación de libertad que nunca había sentido.

Sin duda la familia Kirigaya era la más rica entre la nobleza. La suerte le sonrió para llegar a ellos, era una mujer hermosa, pero debido a que procedía de una familia de condición más baja; la hija de un barón, ningún hombre rico o de estatus mayor deseaba arriesgarse. Después de todo, quien heredaría la poca fortuna de su familia sería su hermano mayor.

Ese jovencito a su cuidado era un espécimen raro, era su salto a la mejor vida, a simple vista notó esa peculiaridad que le llamó la atención. Aún no era un hombre, pero esos rasgos que denunciaba a leguas que la naturaleza era sabia y perfecta, le hizo desear que fuera su presa, lo que comprendía un reto enorme, pues él no quedó idiotizado por su belleza como siempre le ocurría a la población masculina. Kazuto simplemente no la veía, pero algo en su personalidad salvaje, le hacía pensar que ese niño presentía sus intenciones.

—Lady Quinella.

La aparición del duque la sacó de su ensoñación.

—Su gracia, disculpe no lo escuché llegar —con encantó se inclinó a modo de saludo.

El hombre, sonrió impregnado por su dulce apariencia . Lo que ella notó. El duque también era una buena opción, solo había un pequeño muro que impediría sus planes. La odiosa prometida de ojos esmeralda que siempre la observaba con desdén.

—No es necesario tanta formalidad ¿y Kazuto? —dijo preocupado al no verlo en la sala, lugar asignado para las clases del menor.

—Se aburrió de ejecutar el piano, por lo que le sugerí que saliera a tomar aire fresco.

La satisfacción del duque resplandeció, al fin, luego de tantos años, ese ángel llegó a quitarle un peso de encima. Quince años tenía su hermano y ella era la primera que luego de un par de horas no lo creía un monstruo.

—Estoy complacido con sus enseñanzas.

—Me hace feliz educar, el amo Kazuto, si me permite decirle, es todo un genio.

Eso llenó de orgullo a Akihiko, su hermano estaba en buenas manos.

—Sabe, mi prometida salió al pueblo, me dispongo a tomar el té ¿le gustaría acompañarme?

—Sino le incomoda, sería un placer.

Y sin saber, cuándo o cómo, esa invitación se volvió parte de su rutina, con el tiempo la amistad paso a ser algo más íntima.

Tanto, que sintió que podía llegar a amarla, de la misma forma en la que amaba a Rinko, con la diferencia que Quinella era su amante y ella su prometida, la futura duquesa Kirigaya.

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—¿Qué sucede Kazuto?

El menor no contestó, se le notaba molesto, a pesar que como muestra de premiar sus logros le había traído desde China una de esas tazas que tanto eran de su interés, ahora ni la veía.

—Estuve con Rinko en el jardín.

Su mirada se encontraba pérdida en la sombra de un árbol.

—Me comentó eso cuando vino a verme, estaba muy ocupado y no pude atenderla, pero igual pasó a dejarme una taza de café.

—Ya no pasas tiempo con ella.

—Es a causa del trabajo.

—Antes eso no era problema.

—Los tiempos cambian —quiso darle una palmada en el hombro pero el menor se apartó, dejando en claro que no deseaba que le tocara. Akihiko se quedó sorprendido, y algo confuso ante su abierto rechazo. Siempre se sintió orgulloso del lazo que había cultivado con su hermano pequeño. Lazo que de pronto había empezado a resquebrajarse.

—Pero si pasas tiempo con ella.

El duque no pudo ocultar su perplejidad, creyó que nadie más sabía de esos encuentros.

—¿Te diste cuenta?

—La vi salir de tu estudio. No es justo para Rinko.

El duque respiró profundo, ya era hora que tuviera una charla de hombres con su hermano.

—Kazuto acércate —el menor no hizo caso —, es normal que los hombres tengan amantes, las esposas comprenden que nosotros tenemos necesidades que ellas no pueden cumplir.

— ¿Entonces porqué no se lo dices?

El mayor terminó poniéndose de pie —Aun eres joven para comprenderlo.

—No es justo para Rinko —continuó insistiendo.

Creyó que al final entendió, pues las cosas con ambas mujeres no cambió, su prometida seguía tan linda y amable como siempre, Quinella parecía más feliz.

En cuanto a Kazuto...

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Ahora su cabeza daba más vueltas que un molino de viento.

—No es justo para Kazuto.

Las dos mujeres se apoyaban mutuamente mientras le impedían el paso. Estaban furiosas y no dejarían de hostigarle hasta que consiguieran detenerlo.

De algún modo, esas dos lograron distraer su atención del enorme globo que pasó flotando sobre sus cabezas. En ese momento, estaba más preocupado por el paradero de su pequeño hermano, que por los lujos exagerados de algún aeronauta colinas arriba. Pero conforme transcurrían las horas y Kazuto no aparecía, empezó a sospechar que aquel globo era otra de las extravagantes actividades del menor. Este tenía un historial bastante alto en ese tipo de travesuras. Solía ir a esa misma residencia porque sabía que Eugeo no le ponía el freno correspondiente.

Un par de horas después, cuando los invitados empezaron a retirarse, la sensación de que debían darle persecución a ese globo se volvió prioridad. Pero no importaba que él fuera el duque, la servidumbre en esa casa solo le obedecía a Alice, y aunque Eugeo intentó amenazarlos con que serían despedidos si no se movían, pues habían creado una barrera humana frente a los carruajes, ninguno obedeció, aduciendo que solo lo harían si Lady Alice lo pedía.

Su cuñada salió ganadora, además que su fiesta fue un rotundo éxito y siguió insistiendo que el espectáculo en el cielo y la velada en su hogar no estaban relacionados, desconocía de quien era tal artefacto, ni a dónde se dirigía o si Kazuto y Asuna se encontraban a bordo.

Quería matar a alguien en ese momento, pero se abstuvo ante la multitud que aun se encontraba disfrutando de la soprano que engalanaba la velada. Alice siempre había tenido el corazón blando para darle cobijo a todo tipo de artistas independientes.

Ninguno vio a Kazuto en ese artefacto. Desconocían como en tiempo récord logró escapar. Pero la corazonada de que escapó por los cielos no le abandonaba.

Ese niño seguía burlándose en su cara.

—Akihiko será mejor que te sientes —sugirió Eugeo quien decidió darse por vencido en intentar convencer a las dos mujeres, y ahora bebía una botella de vino.

—No es no Eugeo, ven y controla a tu mujer.

Solo bastó una mirada de la rubia para que el de ojos verde se quedara quieto y optara por beber directamente del pico de la botella.

No sabía si por la falta de sueño o por el poder que ella ejercía sobre él, que actuaba tan manso y obediente. Lo último que deseaba era que Eugeo se aliara con las damas. Pero al menos lo entendía, no tenían pruebas para culpar a Alice de las decisiones que tomaba Kazuto, ella misma se excusó diciendo que no existía razón para encerrarlo en casa hasta que ellos llegaran. Era normal que el joven le hiciera una visita, no era un delito que le recibiera. Además, el que guardaran la noticia de su desaparición en un silencio infranqueable, la había molestado en demasía.

Y todavía ellas se veían tan radiantes y bellas, en cambio ellos eran un desastre total.

—No me detendrán —amenazó —, tomaré un caballo e iré en busca de mi hermano.

El fuego que ardía en las pupilas de ambas mujeres, le gritaba que no cederían.

— ¡Maldición! Alice, Rinko, saben que estoy angustiado por Kazuto, hago todo esto por su bien.

— ¿Y crees que nosotras no?

—Casarlo con Liena no solucionará nada —la rubia estaba enfurecida. Cuando esa descabellada idea le fue revelada, se abstuvo de abofetearlos por decencia.

—Traten de comprenderlo. Si no actúo rápido, Kazuto será engañado.

—Lo comprendemos —Rinko dio un paso hacia adelante —, lo que no aprobamos es cómo tratas de manipular todo bajo palabras bonitas y buenas intenciones.

—Tiren esa terquedad a la basura, déjenme pasar y luego discutiremos quien tiene razón.

—No lograrás nada —la rubia se dirigió a su esposo —. Nosotras también estamos angustiadas, no sabemos de su paradero, encontrarlos sanos y salvos es nuestra prioridad.

—Si pensamos igual ¿qué estamos esperando?. Manda a alguien a preparar un carruaje.

—Aquí trabajamos de manera diferente —la dama parecía decepcionada —. Si quieres acompañarnos a buscarlos, deberás comportarte y entender que haremos las cosas sin intenciones de dañar a nadie.

—Deben de estar bromeando —bufó Akihiko.

—Depende de ti, es así o no saldrás de esta casa aunque la reina venga —le quitó la botella al rubio —. Cariño es mejor que vayas a ducharte.

Y aunque ahora tenían la oportunidad de salir y buscar por sus propios medios dar con el paradero del menor, ninguno quiso hacerlo.

—Los Kirigaya se cuidan y se apoyan entre sí ¿verdad? —Rinko sonrió al recordarle esas palabras que muchas veces a él le tocó repetir.

Faltaba poco para el amanecer, pero el duque no deseaba despegar la atención de esa mujer.

••

••

— ¡Esto no puede estar sucediendo...!

Su grito se lo llevó el viento. Aterrada ante el temblor inestable de la barquilla, se sostuvo del brazo de Kazuto, quien no mostraba signos de miedo.

Luego de pasar toda la noche juntos, ver el ocaso arder fue el espectáculo mayor. La franqueza de su acompañante en asemejar el color de la mañana con su cabello, le hizo adoptar ese rubor que tanto le encantaba en su rostro.

Recorrieron un par de kilómetros más sobre unos gigantescos campos de trigales, cuando notó que en vez de seguir ese ritmo en el cielo, estaban descendiendo.

Tímidamente se volvió hacia Kazuto, aún no se había vestido; la fracción de su tallado cuerpo resplandecía bajo las luces de la mañana, se avergonzó al estar viéndolo de esa forma.

Reprimiendo las ganas de continuar admirándolo, su atención se movió a dónde la mirada oscura se encontraba observando el fuego que creaba el aire al inflar el globo, notó que la llama era más pequeña de lo que recordaba y cada vez fue haciéndose más débil, al punto de extinguirse.

Cuando eso sucedió, el globo crujió de modo monstruoso, dejándola sorda por unos segundos, el sísmico movimiento se acrecentó junto al silbido del aire escapándose. No había que ser sabio para entender que eso no debía suceder.

—Se acabó el combustible — fue la corta explicación que Kazuto dio.

Eso los llevaba a su actual situación, el globo cayendo en picado al suelo. Dirigiéndose a una zona boscosa, no cabía duda que terminarían chocando con un árbol.

—No temas, te protegeré.

Caminó de manera estable a pesar que la inclinación tras la súbita pérdida de aire, debía impedírselo. La jaló del brazo y de un suave movimiento Asuna terminó con la cara enterrada en su pecho desnudo.

Sus mejillas ardieron, no era correcto estar con un caballero así, aunque eso no importaba cuando sus vidas estaban en riesgo, no quería morir pero si lo hacía en sus brazos, no sería una muerte tan lamentable.

Sintiendo que era necesario sujetarse de él le rodeó, tan fuerte como pudo.

—Asuna...

Ante el llamado, despegó su cara, quizás sería la última vez que le vería, quería sonreírle, pero no pudo, el miedo que sentía era más grande. Lo que deseaba para calmar su ritmo cardíaco, era que le dejara ver la profundidad de su mirada, pero no fue así, como siempre sus ojos huían de los suyos.

Y ante el inevitable parpadeó que dio al intentar de alguna manera que conectaran miradas, el atrevimiento de él fue besarla, tomar sus labios en un ardiente beso que le robó el aliento.

Sus piernas perdieron la fuerza y al segundo siguiente, se encontraban en la esquina de la canasta, él inclinado sobre ella, protegiéndola con su cuerpo, mientras no cesaba de besarle.

Se detuvo cuando al fin un fuerte golpe los sacudió, hasta que se quedaron quietos. La sensación fue tan extraña, que Asuna brevemente despegó los parpados. El globo que antes flotaba encima de sus cabezas había desaparecido por completo, volvió sus ojos contemplando los alrededores, todavía estaban a una altura considerable. Y tras ver la distancia que los separaba del suelo, soltó una pequeña exclamación de miedo, en respuesta los brazos de Kazuto, los cuales nunca titubearon, la apresaron con mayor firmeza. Y tal vez fue ese movimiento inesperado, lo que hizo que la cesta volviera a sacudirse como una cáscara de nuez a la deriva en el mar, el árbol que les daba cobijo osciló y la corriente gélida propia del amanecer hizo el resto.

Como un remolino, los siguió arrastrando árbol tras árbol, rama tras rama, mientras caían en un espiral que parecía eterno. Sus gritos, porque no solo Asuna probaba la resistencia de sus pulmones, sino que Kazuto también lo hacía, los acompañaron hasta que, otra vez se quedaron quietos, ambos desmadejados en el fondo de la cesta. Al parecer la manta que conformaba el globo actuó como ancla, enredando las telas contra algunas ramas y proporcionándoles una frágil estabilidad.

—¿Te encuentras bien?

No pudo contestarle, el shock de ese suceso se lo impedía. Sin embargo ver a Kazuto con un leve corte en la cabeza la asustó.

—¡Está sangrando! —él no pareció darle importancia a su angustia.

—¿Te has hecho daño, te duele algo? —se alejó de ella para examinarla con detenimiento. Si bien el fondo de la cesta había actuado como protección para Asuna, la caída fue abrupta y muy torpe. No iba a perdonarse si por culpa de aquella travesura la muchacha salía herida.

Sin pedirle permiso le tocó los hombros y con esa actitud tan analítica de él, le recorrió los brazos con las yemas de los dedos, palpando que sus huesos estuvieran en el lugar correspondiente, luego le recorrió el pecho y las caderas por encima del vestido. Con expresión seria, mordiéndose el labio en concentración, le levantó las faldas ignorando su grito de bochorno y otra vez con las manos recorrió sus piernas, calentando su piel alarmantemente fría. La caída había hecho que perdiera un zapato, pero eso no impidió que le revisara los pies.

No comprendía como no reparaba en él mismo e insistía en preocuparse por ella.

—No me ha pasado nada —dijo tratando de mostrarse tranquila.

Kazuto no estaba seduciéndola, en verdad lucía alarmado por la situación —Una vez me caí del caballo y de una forma muy tonta me quebré el coxis.

Asuna enrojeció y apartándole las manos de su cuerpo, afirmó —Milord le juro que no me he quebrado el coxis.

No convencido volvió a analizarla por completo. Al asegurarse que aparte de su desaliñado vestuario y cabello nada estaba fuera de lugar, la ayudó a ponerse de pie. Casi al mismo tiempo, la canasta se meneó y la inestabilidad casi provocó que volvieran al suelo.

Una rápida mirada le hizo notar porqué se movían tanto, la lona y cuerdas quedaron enredados y la canasta flotaba aún, eso les salvó de precipitarse a tierra, pero en cambio, se zarandeaban con cada movimiento como si estuvieran sobre un columpio. La altura no dejaba de ser considerablemente peligrosa.

—Debemos curar su herida.

Él no contestó, parecía estar pensando en algo mientras estudiaba la situación.

—Primero debemos bajar.

Asuna tragó fuerte mientras volvía a ver hacia abajo, el árbol donde estaban atrapados no era joven, la altura era vertiginosa, sin duda aún recordaba como trepar, su hermano Kouchirou le hubo enseñado en algún momento de su niñez.

—Bajaré primero, iré por ayuda y volveré por ti.

—No... —instintivamente se aferró a su brazo —No me deje sola, puedo trepar, no soy muy hábil, pero estoy segura que puedo, no le daré problemas.

—No quiero que te lastimes.

—Por favor.

Su rostro se tornó duro, en término de unos segundos cambió a uno comprensible, quizás hasta satisfecho con la insistencia que le daba.

—Bajaremos juntos, no dejaré a Asuna atrás.

Eso la hizo absurdamente feliz.

—Seguramente los campesinos o leñadores que habitan el pueblito que acabamos de cruzar, nos vieron chocar y no tardarán en venir a ver qué sucede.

La tomó de la mano y la sostuvo hasta acercarse al tronco del árbol.

—Primero iré yo.

—Espere —logró detenerlo. Aún estaba semidesnudo, si era como dijo, que personas llegarían, no sería bien visto que los encontraran de esa forma, no quería que pensaran que chocaron por haber estado entretenidos en un nido de amor —, debería vestirse.

Creyó escuchar que reía, fue algo tan fugaz que pensó que solo fue su imaginación. Y luego con toda tranquilidad se colgó a una de las ramas, el corazón se le detuvo al pensar que caería, pero con sus fuertes brazos dominó su cuerpo logrando una postura estable, le ofreció la mano, ella tímidamente aceptó su ayuda, la destreza de ese hombre que parecía haber crecido entre los árboles como los chimpancés le sorprendió y fue su tabla de salvación al momento de empezar a descender.

La sostuvo contra su pecho mientras sus ojos plateados admiraban el desastre que había quedado —A Sadore no va a gustarle esto...

—¿Milord? ¿Qué quiere decir? ¿No había hecho esto antes?

Otra vez él guardó silencio antes de responder —Nunca habíamos llegado hasta este extremo.

¡Hey! ¡Milord! ¡Milady!

Unos agudos gritos les obligaron a bajar la mirada. Un grupo de seis personas agitaban las manos con alarma. Asuna se asustó ante lo pequeños que se veían. La distancia que los separaba era más profunda de lo que le había parecido al principio.

—Ellos nos ayudarán —pronunció en su oído con tranquilidad. Sin dejar que le respondiera, siguió descendiendo con ella pegada a su cuerpo.

Por supuesto, Asuna no era ninguna noble remilgada, sabía donde apoyar los pies, y qué rama aferrar que soportaría el peso de ambos. Se tragó su temor y la sensación del frío atroz que taladraba sus huesos, y se separó de él, buscando descender por sí misma; la falda se le arremolinó en torno a sus piernas cuando dio el primer paso. El grupo de rescatadores alabó su gesto, y desde el suelo, le indicaban a gritos que rama se veía fuerte para sostenerla. Kazuto le seguía de cerca con agilidad, y podía sentir la intensidad de su mirada clavada en ella, cerciorándose de que no corría peligro. Pero por temor a dar un paso en falso, no se animaba a levantar la cabeza y verle.

—Es tiempo —la voz del joven sonó firme y segura a su lado —¡Por favor, salven a mi esposa! —les gritó con voz desgarradora.

Asuna volteó a mirarle con duda, pero su pregunta murió en las profundidades de su garganta, pues el muchacho la tomó de la cintura, y sin miramientos la lanzó hacia abajo. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar, cuando abrió la boca, se encontró a firme resguardo en los robustos brazos de uno de aquellos hombres, quien rápidamente la colocó sobre sus pies, en el suelo.

—¿Se encuentra bien, milady?

Estaba atontada, sentía que sus pies trastabillaban entre sí, pero al segundo siguiente el fuerte resguardo de Kazuto, que había aterrizado tras un hábil salto a su lado, le impidió que acabara de bruces en el suelo.

¿Cómo había llegado allí abajo con tanta rapidez?

Se estremecía sin control por el tamaño de aventura que había vivido, y por el viento gélido que le cortaba la cara y desparramaba su cabello en todas direcciones. Miró a los hombres que los habían rescatado. Campesinos y leñadores, gente sencilla dispuesta a brindarles una mano.

—Gracias por la ayuda —Kazuto murmuró con serenidad. Envolvió a la joven contra su pecho. En algún momento debió colocarse la camisa, pues la suavidad de la tela le apretó las mejillas. Por un segundo, echó de menos el calor abrasador de su cuerpo —Vi un pequeño asentamiento cerca de aquí, ¿habrá allí algún lugar donde mi esposa pueda descansar?

Asuna se puso rígida cuando le oyó decir que era su esposa, pero entendía que estaban en el medio de la nada, y los campesinos se comportarían mejor si pensaban que estaban casados, y no que era un hombre fugándose con su amante. Decidió no abrir la boca, de momento no necesitaba más escándalos, ya luego se ocuparía de las consecuencias que ese paseo en globo acarrearía sobre ella. Mientras tanto, aceptaría cumplir el papel que le tocaba en esa charada, los lugareños eran gente sencilla pero muy rigurosa en cuanto a las apariencias, fingir que estaban casados era lo más conveniente de momento.

—Conozco una posada, pequeña pero muy limpia, milord. Le aseguro que allí podrán reposar... —el hombre que había atrapado a Asuna la miró fugazmente —Estoy seguro de que la señora podrá recobrar fuerzas.

Sin duda, su apariencia, luego de una noche entera a la intemperie y después de casi sufrir un ataque al corazón tras semejante hazaña, le había dejado un resultado poco favorecedor. Debía lucir terrible.

—Aceptamos su oferta, por favor enséñenos el camino.

—Milord ¿qué hará con todo esto? —otro hombre se adelantó señalando lo que quedaba del globo.

Kazuto contempló aquel desastre y sacudió la cabeza —Volveré por el motor luego, pero lo demás ya no sirve. Cuando mi esposa se encuentre debidamente alojada, vendré a ver.

Los hombres asintieron antes de mirarse entre sí, y sin más palabra se pusieron en marcha, descendiendo a paso lento pero seguro, aquella colina. Para ese entonces un tímido sol apenas se alzaba en el cielo.

••

••

Sintió el ligero roce en su cabello y de pronto sus sentidos actuaron, sujetando la mano intrusa que había osado tocarle. Los ojos verdes de Rinko le contemplaron con bochorno, notando que la tenía asida por la muñeca. Sus huesos frágiles y pequeños se estremecieron bajo el firme agarre del duque.

—Pensé que su gracia estaba dormido. Le traje un café —pronunció con serenidad, señalando la taza humeante que descansaba frente a él, sobre el escritorio.

Esa habitación le pertenecía a Eugeo, era el lugar donde atendía los asuntos que tenían que ver con sus negocios. Era un sitio bastante impersonal, como Akihiko bien sabía, el verdadero corazón del rubio se encontraba en el estudio aquel que tenía en la azotea donde aprovechaba sus ratos libres para pintar.

—Ya todos se han ido a descansar, quizás deberías hacer lo mismo —murmuró con cierta ternura.

—No pienso descansar hasta que no sepa donde está mi hermano pequeño.

Rinko puso los ojos en blanco y de un gesto, se zafó de su agarre —No cambias ¿verdad?

Él la miró fijamente, pues pese a que su propio aspecto no era el más decoroso, lucir el mismo traje del día anterior no era lo más correcto para un duque tan poderoso. Ella, en cambio, se veía radiante, conservando ese corte de cabello que era muy transgresor para la época, donde predominaban las cabelleras largas. El vestido azul que tenía puesto apenas le hacía justicia a su figura. Era una mujer preciosa.

—Tú tampoco has cambiado —respondió secamente.

La mujer arqueó las cejas antes de reír sonoramente —Milord, no estamos hablando de mí, precisamente. Kazuto ya no es el niño que puedes mantener pegado a tu falda. Es un adulto capaz de tomar decisiones por sí mismo.

La miró fijamente —Siempre te pones de su lado.

Ella volvió a arquear las cejas, pero finalmente retrocedió poniendo las manos en su espalda —Él siempre se ha puesto del mío.

La estocada le dolió.

Y aunque habían tratado de solucionar todo en ese tiempo, la herida era demasiado profunda. Él nunca lo comprendió hasta que fue demasiado tarde, y Rinko acabó rompiendo el compromiso que tenían. Los años pasaron y pese que ella se había distanciado de él, descubrió que nunca lo hizo de sus hermanos. Si hasta había estado presente en la boda de Eugeo y Alice. Y esta última le guardaba un excesivo cariño.

Rinko no había vuelto a comprometerse, aunque se rumoreaba que varios nobles querían su mano... y no sabía como sentirse respecto a eso.

—Siempre he tratado de velar por tus intereses, Rinko. Quizás no de la mejor forma...

—Ahórrate el discurso conmigo, Akihiko —aún mantenía ese carácter altanero —Si quieres seguir aquí desvelándote, hazlo. No creo que Kazuto se aparezca en todo el día.

La tomó de la muñeca otra vez. No sabía porqué pero desde que arribaron al campo, no podía dejar de tocarla. Le volvía loco.

—¿Sabes algo? —la apuró —¿Alice te ha mencionado qué pasó?

De un tiró se soltó —Sé lo mismo que tú, pero conociendo esta clase de episodios, sé que cuando Kazuto se siente acorralado por ti, desaparece. Y eso es lo que haz logrado con toda esta persecución. Asume las consecuencias de una vez.

Sus ojos color esmeralda se convirtieron en dos llamas cuando mencionó lo último. Parecía que no se estaba refiriendo solo a lo acontecido con el menor de la familia. Las rencillas del pasado, y las malas decisiones que tomó en su momento seguían allí presentes, creando un abismo insalvable entre ambos.

—Bebe tu café —mencionó Rinko finalmente y se alejó del estudio a paso firme.

••

••

La posada no era el sitio más elegante que Asuna hubiera visto en su vida, era pequeña y anticuada; pero estaba limpia. Y las personas que la regenteaban parecían muy felices de tener como huéspedes a una pareja de ricos excéntricos que, de modo inesperado, cayeron del cielo.

La joven pelirroja tenía la amarga sensación de que aquella travesura en globo sería la comidilla de la pequeña comarca durante las próximas semanas. La vergüenza que sentía ante ese detalle era absoluta; el joven Kirigaya, en cambio, se veía sereno y muy a gusto, como si fuera habitual aterrizar forzosamente en un pueblo olvidado y exigir asilo y todas las comodidades que el dinero pudiera comprar. Se comportaba de un modo que nunca le había visto. Casi como una persona normal, mientras seguían a la posadera por un desvencijado pasillo hacia el lugar de su hospedaje.

La habitación que les asignaron estaba ubicada en el piso superior: era bastante grande, con una ventana simple a un lado, una enorme cama con barrotes de hierro que parecía del siglo pasado, y una mesa pequeña con dos sillas. Dentro se respiraba olor a sol, como si hubieran tenido las ventanas abiertas hasta que ellos llegaron.

—¿Podría preparar el baño para mi esposa? —preguntó él girándose de pronto, tras recorrer la estancia con la mirada.

—K-Kazuto no creo que sea necesario... —Asuna se adelantó, abochornada.

Él no le prestó atención, pero observó de soslayo a la mujer que parecía feliz de poder complacerlo —Por favor, hemos viajado toda la noche y ella necesita descansar.

—Por supuesto, milord. Enseguida. También les traeré ropa de cama y un poco de té.

La joven esperó que la mujer saliera de la habitación, para acercarse a su acompañante que parecía más interesado en observar por la ventana, que en prestarle atención. Bastante contradictorio con lo que le había dicho a la posadera.

—Kazuto, esto es una locura. Yo... ni siquiera sé porque estoy aquí.

—¿Me tienes miedo Asuna?

Ella quiso reír de los nervios —¿Miedo? Milord, si le tuviera miedo no estaría aquí con usted. Pero esto que hemos hecho, el habernos fugado de esa fiesta como si fuéramos delincuentes...

—No nos fugamos, era el momento propicio para volar. El estaba clima perfecto, la noche despejada —su cabeza se movió en su dirección pero no estaba viéndola.

—Le agradezco mucho que haya honrado la memoria de mi padre con esa aventura pero... — Ya no puedo regresar. Se mordió el labio. No quería continuar hablando. No era culpa de él. No le había puesto un revolver en la cabeza para que aceptara subirse a ese globo, ella lo hizo con plena conciencia. Sabiendo de antemano que no era lo más correcto para una dama en su posición. Si bien tenía una pequeña herencia, eso no le daba el aval para comportarse como una millonaria petulante. Nunca lo había sido y nunca lo sería —Yo no soy como usted.

—¿No estás demente?

—No hablo de eso —le respondió demasiado rápido —. Me refiero a que no soy una aventurera como usted, milord. Ya no tengo una familia que respalde mis actos, ni un apellido que pueda borrar mis errores. Ahora solo estoy yo y debo velar por mí misma...

Kazuto atravesó los pasos que los separaban y la cobijó en un abrazo fuerte, desesperado. Muy distinto a las veces en que la había tocado. Alice decía que él le rehuía al contacto humano, sin embargo allí, mientras las grandes manos masculinas se hundían en su cabello suelto, y entre las telas de su vestido, parecía perfectamente consciente de sus actos. Como un ser desgarrado que se aferra a lo único que puede salvarle.

Ella no opuso resistencia, primeramente porque aquella acción del joven lord la tomó desprevenida y segundo, porque en ese momento, la puerta se abrió sin ceremonia y varios hombres entraron cargando una tina repleta de agua caliente que depositaron en el centro de la habitación sin mencionar palabra.

Kazuto tampoco se mostró locuaz. Seguía pegado a ella.

—Milord, aquí dejo el servicio de té y algunas prendas de cama.

Él asintió, sintió el movimiento de su barbilla al rozarle el hombro. La puerta volvió a cerrarse y entonces, se alejó. Como había pasado antes, sintió frío ante su ausencia, pero, decidida, se adelantó a servirse una taza de té.

Debía verse terrible, había perdido la mitad de las horquillas del cabello durante el paseo, y extravió uno de sus zapatos tras el aterrizaje. Pero aún así Kazuto mantenía la vista fija, fascinado, en ella.

—Primero el baño — dijo con seriedad. Y en alguna parte de su cerebro, advirtió que le echaba el cerrojo a la puerta. Trató de serenarse pese a que sus manos empezaron a temblar —Asuna está helada y es peligroso.

Tuvo que dejar la taza recién servida en la bandeja, pues, de pronto, él estaba tras su espalda soltando con demasiada familiaridad los ojales de su vestido. Quizás debió flotar la distancia entre la puerta y su cuerpo porque nunca lo sintió llegar.

—Milord... —trató de detenerlo, girándose. Pero él no le hizo caso, sus dedos se movían hábiles, con prisa, quitándole las ataduras.

Le soltó el vestido y con el mismo apremio, procedió a desajustarle el corset. La preciosa prenda color esmeralda cayó pesadamente al suelo de madera, seguido de la corsetería y de las enaguas. Se arrodilló ante ella y con la misma intensidad le bajó las medias de seda, antes de desanudarle el único zapato que llevaba puesto. Luego se irguió ante ella y la observó. Asuna vestía solo la camisola transparente que actuaba a modo de ropa íntima y que translucía sin misericordia sus senos. Debajo, los diminutos calzones de encaje protegían su lugar más sagrado, resguardando su pudor.

Kazuto cerró los puños ante esa visión y desvió la mirada —Métete en el agua. Estuviste expuesta al frío mucho tiempo.

Asuna no se movió, se quedó allí, sintiéndose desnuda y más avergonzada de lo que había estado alguna vez en su vida. Parpadeó, con el rubor quemándole la cara, pensando que él iba a tomarla y... resignándose un poco a lo que el destino decidiera. Pero Kazuto la rodeó, sin titubear, y otra vez, se dirigió a la puerta.

—Iré a ver qué puedo rescatar del globo. Cuando acabes, bebe algo caliente y vete a la cama. Necesitas dormir.

Ni siquiera esperó que ella respondiera. Con esas palabras, alcanzó la puerta y salió.

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El agua caliente le había calmado los espasmos y le devolvió el calor. Ahora, mientras se peinaba el cabello húmedo usando un cepillo que la posadera le había dejado junto a la ropa, volvía a repasar aquella odisea y el bochorno que sentía era tanto, que estaba convencida que nunca jamás, podría mirar la cara de su amiga de nuevo.

No tenía idea de dónde estaban, pero habían volado durante demasiado tiempo y seguramente se encontraban a muchos kilómetros de la casa de Alice. Y a esas horas, cuando el sol del mediodía estaba en lo alto, en aquella mansión debía ser una verdad absoluta que la invitada de la casa se había fugado con el hermano menor del duque, para no volver.

Se apretó el rostro con la mano libre, mientras sus hombros pequeños se sacudían de bochorno bajo el camisón.

Era una perdida, una desvergonzada. Había arruinado por completo su reputación y toda idea de contraer matrimonio en algún futuro próximo quedaba nula.

No es que me importe —se miró en el espejo, soltando un quejido —Pero Alice...

Era consciente de que ya no podría volver a esa casa. ¿Con qué cara habría de mirar al duque y al hermano de este, marido de su mejor amiga? ¡Era una descarada! ¡Una libertina! Su sola presencia era capaz de acarrear la deshonra al ilustre apellido que le había dado cobijo todo ese tiempo.

Debía hallar el modo de salir de allí, encontrar un lugar seguro al cual arraigarse y entonces... hacer traer su equipaje de casa de la blonda. Quizás lord Kazuto podría ayudarle a escapar...

Se mordió el labio. Había mencionado tantas veces que deseaba hacerla suya, que cuando creyó que finalmente tomaría lo que le estaba ofreciendo, él desapareció de escena dejándola pasmada y confundida. Había echado de menos su avance, no podía negarlo. ¿Qué le había hecho cambiar de decisión? ¿Acaso ya no le gustaba? ¿Se había aburrido de tratar de conquistarla? Por más que lo pensaba, no hallaba explicación a su rechazo.

Se estremeció al mismo tiempo que la puerta de la habitación volvía a abrirse.

El joven se detuvo algunos segundos al verla allí, pero finalmente entró —Te dije que durmieras.

—Kazuto —se veía pálido y ojeroso. La herida en su frente ya no sangraba, pero era tan notorio que él era quien necesitaba con urgencia descansar. Se le acercó, preocupada —El agua aun está tibia —mencionó suave señalando la bañera de bronce.

—No lo necesito —dejó el motor en el suelo y algunas cuerdas que había traído consigo. También había rescatado su saco, el que colgó en el respaldo de una de las dos sillas que estaban en la habitación.

Ignorándole, Asuna sirvió una taza de té y se la entregó —Quisiera pedirle algo —él miró su camisón de manera inexpresiva y bebió la infusión. Con los dedos le hizo una señal de que continuara —, lo he estado pensando y quisiera que me ayudara a conseguir un billete para ir a América. Por supuesto yo se lo pagaría apenas disponga de mi dinero... Es... es solo un préstamo temporal.

—¿Por qué quieres ir a América? ¿No deseabas una casa en el campo?

—Milord, usted sabe... no puedo volver a casa de su hermano —tuvo ganas de reír histéricamente ante la situación, pero se contuvo. Al parecer él no entendía las leyes de decoro de la sociedad, o de plano, le importaban muy poco.

Kazuto se pasó la lengua por los labios antes de deshacerse de la taza vacía. Con los dedos agarró un mechón de su cabello aún húmedo y lo sostuvo —En algo estamos de acuerdo.

Su voz había sonado tan íntima que una corriente cálida corrió por la espalda femenina —¿En qué?

—Ya no hay razón para que sigas hospedándote allí.

—¡Por eso mismo! Si me brinda su ayuda, yo... puedo...

Kazuto no la dejó terminar de hablar. Extendió la mano y con decisión le rodeó la barbilla. Sostuvo su rostro algunos segundos como si estuviera debatiendo consigo, entonces, ahogando un jadeo desesperado, estampó su boca con la de Asuna. Se cernió sobre ella, venciendo sus defensas, hasta que la sintió suspirar en rendición a sus caricias.

Había salido porque ver lo apetecible de su cuerpo estaba desquiciándole. Pero la caminata colina arriba solo sirvió para avivar su libido. Regresó creyendo que la encontraría dormida y así tener un poco de calma. Pero, ¡qué equivocado estaba!. La visión de Asuna esperándolo en esa prenda blanca, demasiado grande para ella, oliendo a jabón de limón y diciendo toda esa sarta de tonterías, encendió la mecha que nunca se hubo apagado.

La deseaba. La deseaba al punto del dolor.

Kazuto le apretó la cadera, advirtiendo el rugir de la sangre femenina que latía, respondiendo a su indómito llamado. La boca de Asuna era dulce y sabía a té; sus labios se suavizaron devolviendo y participando de buena gana con sus besos. Metió la rodilla entre los blancos muslos y la sintió temblar, pero nunca se alejó, valientemente se movió de modo intuitivo contra él. Tentándole. Jadeó desesperado. Ella era tan suave, tan cálida... tan inocente.

—Ayúdeme... —le suplicó contra sus labios. Ojos cerrados, respiración errática.

—Siempre —le respondió Kazuto.

Las manos masculinas se movieron bajo el camisón, buscando su piel. A dos pasos de la cama la despojó de la prenda y como tantas veces le dijo, la hizo suya.

Suya. Por fin.

••

••

Asuna despertó sin saber que se había quedado dormida. Levantó los párpados con suavidad para adecuarse al nivel de luz y lo primero que encontró al enfocar la vista, fue la mirada firme de Kazuto clavada en ella.

Fue como si hubiera visto el sol por primera vez en toda su vida.

Sintió que el aire abandonaba sus pulmones, y que todo a su alrededor se desvanecía en una nebulosa. Por primera vez desde que le conocía, la mirada de Kazuto estaba completamente clavada en la suya.

Sus iris eran plateados, como bien sabía, lo que no sabía era que las negras pupilas estaban rodeadas de pequeñas motitas azules, que resplandecieron aún más en esa sintonía color acero. Kazuto permaneció inmóvil, como si estudiarla reclamase toda su concentración. No parpadeó, no se movió, ni siquiera parecía respirar, solo la observaba fijamente.

—Kazuto... —ella lo llamó con suavidad, sintiendo que sus propias pupilas temblaban ante la maravillosa sensación de perderse en sus ojos.

Sin embargo, él pestañeó y giró la cabeza. Cuando volvió a mirarla, la magia ya se había roto, otra vez volvía evitarla, mirando a cualquier parte menos a ella.

—¿Qué ocurre? —aventuró, ignorando su propio bochorno de saberse desnuda a pocos centímetros de su cuerpo esbelto, y de que posiblemente su aspecto no era el mejor tras entregarse a sus brazos y luego de caer rendida de cansancio.

Él cerró los ojos y sacudió la cabeza en negación, se inclinó y la besó con suavidad —No ocurre nada, sigue descansando.

—Pero ¿porqué...? ¿Por qué no me miras? ¿Qué tengo?

Kazuto abrió los párpados, pero otra vez desvió la atención —Nada. Eres perfecta.

—Entonces... —balbuceó.

—No puedo explicarlo, Asuna. No me pidas que lo intente.

—Está bien —se mordió el labio, y retomando la timidez ante su desnudez, estiró las mantas para cubrirse — Respecto a lo que... te dije antes... —prosiguió envalentonada. Lo había tuteado, pero a él no parecía importarle. Después de lo que habían hecho, era risible que siguiera tratándole con tanta deferencia.

En cambio, el joven no tenía ganas de conversar. Se inclinó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo y la besó una vez más —Descansa, nos espera un largo día y un largo viaje.

—¿Qué?

Pero ya no le respondió, sus diestras manos se encargaron de mantenerla absorta en otra cosa de momento.

Cuando volvió a abrir los ojos notó que una generosa penumbra coloreaba los confines de la habitación. De pie y vestido tan solo con el pantalón, Kazuto se encontraba a un lado de la abertura, contemplando el exterior. Desde esa posición se adivinaba que el sol estaba agonizando en el cielo.

¡Había dormido todo el día!

—Ya es tiempo —murmuró de pronto, y se giró a verla distraidamente —Tenemos que partir.

Asuna se incorporó somnolienta entre las sábanas, su cabello lacio cayó hacia adelante en lo que buscaba con la vista qué ponerse. Advirtió los movimientos a un costado del lecho, y encontró que Kazuto llevaba en las manos su camisón; seguramente debió rescatarlo del suelo, donde lo lanzó tras quitárselo con evidente ansiedad. Se le acercó, pasando por alto el bochorno que sentía, y sin mediar palabras la vistió. Había tal ternura y delicadeza en sus acciones, que la joven estaba convencida que él jamás sería capaz de hacerle daño.

Después de la forma tan dulce en qué la amó, en que la volvió mujer. Su mujer. Comprendía que nada de lo que pudieran decirle, cambiaría la opinión que se había formado de él. Y luego de ese momento, en aquel lecho que fue testigo de su entrega, su vida daría un giro de ciento ochenta grados. No sabía si para bien o para mal, pero lo cierto, y era muy consciente de ello, era que su existencia había cambiado para siempre.

—Respecto a lo que te dije antes, si me prestas el dinero, yo juro que te lo devolveré lo más pronto posible...

La observó confundido, absorto en la línea elegante de su cuello —¿Para qué quieres dinero? No volveremos a casa de mi hermano. Buscaremos nuestro norte, lejos. En cualquier lugar que se te ocurra.

—Pero... Kazuto —trató de razonar agarrando su brazo. Era firme, como todo su cuerpo.

—No me apropié de tu honra para dejarte expuesta o para convertirte en mi amante —declaró libremente. Ella se sonrojó —Pero, quiero más, ansío más —deslizó su mano sobre la femenina hasta que sus dedos se unieron —Una vez no basta, eres como una droga... y ansío probarte otra vez, y todas las que hagan falta hasta que tu perfume quede impregnado en mi piel. En este momento más que nunca deseo estar dentro de ti, Asuna. Me vuelves loco.

Ella no supo que decir. Abrió la boca y la volvió a cerrar, quedándose muda y avergonzada. Cuando él hablaba de esa forma tan vehemente, costaba reconocer al loco Kirigaya, porque Kazuto parecía muy seguro de sus palabras; más que muchos hombres que conocía.

—No tienes que sentirte en deuda conmigo —le refirió con suavidad —, yo quise hacerlo.

—Yo también quise, y quiero. Por eso, deseo darte mi apellido y todo lo que tengo.

Asuna soltó una exclamación, se cubrió los labios en tanto sus pupilas temblaban —Esto es una locura... ya era una locura subir al globo, pero tu idea lo excede por completo.

—Todo lo que ocurre a mi alrededor es una locura... —agregó haciendo una mueca melancólica —Menos tú. Tú eres lo que ha valido la pena en toda mi vida.

—Pero... dijiste que no me amabas... —sus labios dejaron escapar la duda que venía carcomiéndole las entrañas. Sus ojos ambarinos le imploraban que lo rebatiera.

—Y no te amo, no puedo amarte —murmuró con lentitud, hasta con pesar —Pero puedo cuidarte y darte todo lo que tengo. Puedo protegerte y cumplir cada capricho que tengas.

¿Y si deseo tu corazón? —Asuna se mordió el labio. Él le suavizó el ceño fruncido con los dedos, antes de besarle la frente.

—No te faltará nada, lo prometo.

Asuna permaneció muda. Sin duda era una mejor salida a todo el dilema que había empezado tras su fuga en el globo. Ella estaría a salvo y él...

Unos fuertes golpes a la puerta la detuvieron en terminar de hilar sus pensamientos —¡Milord estoy aquí!

La voz masculina era conocida. Sonaba histérica y cansada. Kazuto se levantó de un salto y se dirigió a la abertura, la cual abrió en una pequeña rendija. El haz de luz proveniente del exterior, proyecto una delgada huella dentro del cuarto —¿Conseguiste todo lo qué te pedí, Ryo?

Al oír el nombre del ayudante de cámara del noble, ella se cubrió con las sabanas hasta la barbilla, pero el joven lord no parecía dispuesto a que nadie más, además de él, la viera en ropa de cama.

—Por supuesto que sí, milord. ¿Por quién me toma? Hasta traje un velo para la señorit... para lady Asuna.

—Bien, espérame afuera y ten todo dispuesto —estaba por cerrar la madera, pero tras ver de soslayo a la chica le abrió y agregó en voz baja —Te pagaré en oro tu ayuda, Ryoutarou. Que no te queden dudas.

—Esto es lo mas lejos que ha llegado, milord. Su hermano me asesinará... antes de que pueda disfrutar de todo eso.

Kazuto ignoró el parloteo del pelirrojo y se giró hacia su invitada con dos envoltorios en las manos. De uno se notaba un traje limpio, listo para que él lo vistiera. Y del otro...

—Le exigí a Ryo que consiguiera un vestido adecuado para ti —le quitó el envotorio y le enseñó un moderno traje celeste claro, el color era tan pálido que con ese nivel de luz, casi que parecía blanco.

—Kazuto...

—¿Asuna te casas conmigo?

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Por algún motivo no dejó que la posadera le ayudara con el arreglo de su ropa. Él mismo actuó como doncella, ajustando el corset, las enaguas y el vestido con una delicadeza que ni la más calificada de las sirvientas podría cumplir. Asuna ignoró la voz de advertencia que mencionaba en su cabeza una y otra vez, que toda esa experiencia previa se debía a la cantidad de mujeres que había desvestido en su vida. Pero, realmente, no quería pensar en esos detalles. Permitió que le peinara el cabello y dejó que le colocara el velo pequeño que mencionaba el lacayo.

Kazuto también se vistió sin ayuda, un soberbio traje color obsidiana, se veía increíblemente elegante y apuesto. Se peinó el cabello con los dedos, y tras sujetar los nerviosos dedos de Asuna volvió a abrir la puerta.

Repentinamente tres personas entraron sin mencionar palabra, como si fuera muy común que se celebrarse una reunión en el cuarto de una posada.

Asuna reconoció a uno de los leñadores que les había ayudado en la mañana, el otro sujeto, vestía una levita oscura y llevaba un rosario anudado a los dedos con expresión adusta, mientras que Ryoutarou le hizo una pequeña inclinación de cabeza y se ubicó al lado de su patrón.

Asuna abrió los ojos con aprensión cuando entendió. ¡Aquel hombre de negro era un sacerdote!. Repentinamente recordó las palabras del joven, aquella vez en casa del duque, cuando le mencionaba que podía conseguir una licencia especial para desposarla. Sin duda había cumplido su palabra.

Era una locura, una completa locura... como todo lo que la rodeaba desde que se encontró por primera vez con el hermano menor del duque, el loco Kazuto Kirigaya.

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—Nosotros encajamos, tú y yo, Asuna —le decía él acariciando la sencilla alianza plateada que Ryoutarou había conseguido a toda prisa y que ahora descansaba en su dedo anular —Los dos somos seres extraños con los que nadie sabe qué hacer. Pero encajamos juntos —apretó su palma, antes de entrelazar sus dedos —. Encajamos.

Asuna le sonrió con los ojos húmedos. La sencilla ceremonia ya había acabado y estaban afuera de la pensión esperando por un medio de transporte. Ella ni siquiera podía recordar los votos que había dicho, pero esas palabras tan llenas de sentimiento sin duda las atesoraría en su corazón. Como siempre, él era capaz de decir lo acertado en los momentos que más lo necesitaba. Si estaban a la deriva, navegarían a la deriva juntos.

—Milord, solo conseguí dos caballos, será mejor que yo tome otro rumbo. Si lord Akihiko se entera que supe de esto todo el tiempo, va a correrme.

—Deja de llorar Ryoutarou —Kazuto le restó importancia y se acercó a tomar las bridas de los dos alazanes —¿Te animas a cabalgar?

No era una experta, apenas estaba aprendiendo bajo su tutela —¿Irás a mi lado?

—Por supuesto.

Sin dejarla responder, la tomó de la cintura y la sentó en la cabalgadura, luego se volvió hacia la posadera que los veía con cariño y diversión — Gracias por todo, milady. La próxima vez que viajemos en globo volveremos aquí. Es una promesa.

La mujer pareció encantada. Por supuesto, no podía quejarse luego de que Kazuto le pagó sus servicios con una enorme bolsa de oro que era mucho más, de lo que realmente habían gastado.

Se subió al otro caballo, y agarrando con maestría las riendas de Asuna, emitió un silbido leve y se pusieron en marcha. Era casi noche cerrada cuando descendieron la colina y atravesaron los terrenos llanos, cubiertos de toda clase de sembradíos.

Ella no tenía idea de a dónde se dirigían, pero él había mencionado una y otra vez que iba a protegerla y velar por sus intereses, por lo que no tenía miedo, sino curiosidad de ver cual sería el plan que había dispuesto para ella.

Kazuto no era gran hablador, aunque Asuna entendía que cuando estaba en silencio no era porque estuviera molesto, sino porque aquella quietud que flotaba entre ambos, era tan bella que no quería desbaratarla con nada.

El camino parecía ser por territorio virgen, y sino fuera por el sendero delgado que ambos perseguían, ella pensaría que eran las dos únicas personas del mundo. Y sin embargo, no sentía miedo, ni porque no estaba manejando su caballo, ni porque viajaban sin escolta por un lugar que podría estar plagado de ladrones.

—Creo que tenemos compañía —dijo Kazuto de pronto, y ella también oyó el sonido de cascos acercándose —Quería esperar hasta llegar a casa de Eugeo para dar la noticia, pero creo que las recepciones improvisadas son las mejores.

Asuna no entendía a qué se refería, hasta que vio a la media docena de jinetes acercándose en sentido contrario, y el cabello rubio de uno de ellos hizo que se echara para atrás, incomodando a su caballo que relinchó con alarma.

Eugeo, el duque Akihiko y también algunos sirvientes de Alice les bloquearon el paso. El alivio mezcla de incomodidad y furia, en los rostros de algunos, obligó a que se detuvieran a su vez.

—Tendrás el placer de conocer formalmente a mi hermano mayor —mencionó con diversión, y esbozando una alegre sonrisa la miró confiado, mientras apretaba su mano —Es hora, Asuna Kirigaya.

Y desmontó.

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Nota.

Hola a todos aquí Kim.

Junto a mi amiga Sumi que ha hecho maravillas en este capítulo, que genial eres!, hemos traído nuevamente a nuestro lord.

Kazuto por fin ha obtenido lo que ansiaba desde el principio de esta locura.

Prometemos luego el lemon! Y trataremos de actualizar pronto aprovechando la cuarentena.

A quien llegó hasta aquí muchas gracias!

Chicos quédense en casa, lean, escriban, dibujen, hagan su tarea o cualquier otra actividad, intenten mantenerse ocupados y no salgan.

Nuevamente gracias!

Kim & Sumi

Pd: Agradecimiento especial a KiraKirin Passel por betear esto. Gracias!