Capítulo 05.

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Cómo si estuvieran a punto de librar un duelo, a paso lento se acercaron a donde los hermanos Kirigaya desmontaron. Los lacayos corrieron a encargarse de los caballos.

No deseaba admitir que el ambiente se tornó tenso, la penetrante mirada del duque, a quien por fin conocía, le hacía sentirse intimidada. Akihiko Kirigaya se parecía demasiado a Kazuto, era un poco más alto y más delgado, pero la esencia de parentesco resplandecía, las pupilas irradiaban una actitud feroz totalmente diferente a la de sus hermanos.

La calidez del fuerte agarre en su mano evitó que se echara para atrás por tan fuerte presencia.

—Todo estará bien —Kazuto le susurró cuando los hombres caminaron hacia ellos.

Ella asintió y afianzó el agarre, sentirlo le daba fuerza.

El silencio se apoderó del lugar cuándo se detuvieron. Lord Eugeo la miró primero a ella y luego a su pequeño hermano, no dijo nada, al parecer quien tomaría la palabra era el duque.

—Lo que has hecho ha roto los límites Kazuto —su voz salió grave. Y se estaba conteniendo.

Pero el joven lord no pareció tomar en serio el regaño. Mantuvo el temple sereno.

—¿No deberías estar en unas de tus reuniones de política? —dijo en cambio.

—¿Cómo podría concentrarme? Si te vi un día y al otro la tierra te tragó, ¿en que estabas pensando?

—Quería ver a Asuna —levantó los hombros restándole importancia.

El duque se llevó una mano a la cabeza, durante ese intercambio de palabras estuvo enfocándose en su hermano, asegurándose que se encontrara bien, no pudo obviar la forma en que la pareja se tomaba de la mano, por lo que su atención viajó a la dama.

—Luego reprenderé tus actos —bajó la mano. —Pero en cuanto a lady Yuuki, por lo que Kouchirou contaba, creí que se trataba de una señorita respetable, luego de romper su compromiso y escapar de esa manera con un hombre ¿no sé avergüenza de arruinar su reputación?

—Yo, no fue mi intención… —fue interrumpida por Kazuto.

Aunque no la miraba directamente a ella, sus pupilas parecían tenerla como única fuente de atención.

—Fui yo quien la arrastró hasta aquí. No he dañado su reputación.

Akihiko arqueó las cejas, de esa forma exigía una explicación. Eugeo se mantenía en silencio, tratando de ser paciente y escuchar lo que el menor tenía que decir. Siempre trato de complacerlo, pero ahora en esa situación no podía hacer mucho por ayudarle a menguar el carácter del mayor.

—Asuna —se dirigió a ella con dulzura. —Él es mi hermano, el duque Akihiko.

—Es un placer su gracia —logró decir, a pesar que sentía sus nervios de punta.

El duque no contestó, se quedó firme, cual estatua rodeada de oscuridad. La fría noche le daba un toque más imponente.

—Hermano ella es…

—¡Sé quién es Kazuto! —Dijo con exasperación. —Evitemos esto y explica, ¿por qué nos has puesto un pie en el abismo?

El menor le ignoró y siguió con la improvisada presentación.

—Ella es lady Asuna Kirigaya, mi esposa.

Fue todo. La expresión que sus cuñados pusieron no lo olvidaría, ni el grito que hizo retumbar el cielo.

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Era media noche y las luces en la ostentosa mansión seguían iluminando la residencia. La mayoría de los sirvientes iban y venían, nadie podía conciliar el sueño. Y era demasiado obvio a esas alturas la razón. El sentimiento de festividad por la buena nueva que incluía al lord más joven, quedó reducido a un tenso ambiente.

—Esto no puede ser cierto —expresó Ahikiko al ver a Kazuto tan ensimismado en el cabello de lady Asuna.

Estalló cuando la noticia del matrimonio fue dada, no pudo evitar que esa mujer pusiera sus garras en su hermano menor y ahora, con lujo de hechos se convirtió en su cuñada.

Observó el acta de matrimonio sobre el escritorio, era tan real, no fue una boda ilegal, Kazuto había hecho algo que le costaría liberarlo. Pensó a detalle todo.

Y, a la vista saltaba que había consumado el matrimonio. Lo que le sumaba otro problema.

—No es para tanto Akihiko —escondiendo su sonrisa Alice terminó de ofrecer té. —Ellos han tomado su decisión. Acéptalo.

El duque le dedicó una mirada irritada, aún creía qué una parte de la culpa caía sobre la rubia que impidió que actuará con la rapidez para evitar la locura cometida.

—Ahora Asuna es parte de la familia —agregó Rinko. Lo que aumentó su malestar.

—Ella ha engañado a Kazuto, ¿acaso solo yo lo veo? —buscó la ayuda de Eugeo.

El rubio, se encontraba observando a la pareja, por su profunda admiración sabía que estaba pensando en pintar un cuadro de ellos o, usarlos como modelo de uno, lo que lo dejaba solo en ese barco.

Eugeo al igual que él, asumía el legado de proteger a la familia, pero siempre más consentidor en cuanto a las peticiones del menor. El lazo que ahora los unía, instaba al rubio a tratar de comprender la decisión tomada.

Suspiró pasado. —No dejaré que…

—Ella es mi esposa, no permitiré que nadie la alejé de mí, ni siquiera tú —interrumpió de forma sorpresiva el menor.

En ningún momento dejó de acariciar los cabellos de su flamante esposa, la que estaba apenada de pies a cabeza por recibir esa atención frente a la familia de este. Más cuando la sonrisa discreta de su amiga le alcanzaba.

—Ella es mía —se llevó los mechones de cabello a sus labios, para sentir su suavidad. Como si se tratara de una porcelana que acaba de adquirir..

Rompiendo los límites Akihiko cruzó la habitación, se detuvo frente al recién consabido matrimonio, su hermano ni se molestó en mirarle, aprovechaba ver su silueta a través de los ojos claros de Asuna. A quien su presencia notó, no resultaba tan aterradora como intentaba.

—Él no te amará Kazuto nunca podrá darte lo que buscas, solo quería robar tu honra. Deberías reconsiderarlo y buscar otro pretendiente, ahora que nadie más que nosotros sabe de esto.

—¡Akihiko! —le censuraron ambas damas ante lo deshonroso que estaba actuando.

Con toda el valor que poseía se puso de pie, el duque era mucho más alto que ella. Pero eso no la acobardaría, durante su regreso a la casa de su amiga se juró no arrepentirse. Al menos deseaba intentar con todas sus fuerzas llegar cómo una ladrona y entrar a reclamar como suyo, un rincón del corazón de Kazuto.

—Claro que lo sé —dijo suavemente. —Milord fue muy franco en expresarlo, aún así acepté estar a su lado. No pienso abandonarlo.

—Por la fortuna de mi hermano valía la pena intentarlo —agregó con fin de presionarla.

—Tengo mi propia herencia —le recordó. —No soy una caza fortuna, ni pienso hacerle daño a mi… esposo.

Un sentimiento nuevo se apoderó de ella ante la forma que desde ese día le llamaría. Dejó de observar la hiriente expresión del duque para posarla sobre la argolla plateada en su dedo.

—Aunque no le agrade, soy su cuñada.

Ahikiko apretó los dientes. Los Kirigaya tenían la odiosa fortuna de acarrear mujeres con carácter fuerte, que cuestionaban todo lo que decía.

—Ella me ha aceptado tal como soy —Kazuto le tomó la mano.

—Su belleza te ha cegado.

—Ella no es…

—Ya es suficiente de ese interrogatorio —Alice llegó a romper la tensión, no quería que el nombre de aquella mujer llegara a crear escándalo. —Deben estar cansados.

Mirar a su cuñado y amiga tan felices, irradiando esa dulzura que sólo los verdaderos amantes desbordaban, la hizo mostrar una sonrisa. Tal como predijo, Asuna era la única mujer que podía y llegaría a comprenderle, a saber las necesidades que Kazuto necesitaba y con el tiempo a enseñarle a amar, pues no estaba ciega para notar que así sería.

—Alice tiene razón, hay que subir —sin perder la caballerosidad le ayudó a levantarse.

—Un momento —los detuvo el duque. —Kazuto, tú y yo debemos hablar, en privado —recalcó.

La habitación se llenó de silencio, aunque quisiera retirarse junto a Kazuto, si este aceptaba la invitación de su hermano, no podía hacer más que resignarse, subir a su habitación y esperarlo.

—No —dijo el aludido para sorpresa de todos.

—¿Qué? —la ofensa se notó en sus ojos. Estaba acostumbrado a que le obedeciera sin tanto rodeo.

—Llevaré a mi esposa arriba, la ayudaré a acomodarse. Hablaremos mañana durante el desayuno.

—Para eso están las doncellas, incluso Alice o Rinko pueden encargarse.

—¡No! Lo haré yo —sentenció.

Ignoraron el mal humor que el duque expulsó, por guía de uno de los sirvientes se dirigieron al piso de arriba.

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Alice pensó a futuro —Se dijo al entrar a la habitación que la rubia había preparado para ambos. Más amplia y grande.

Su atención paso por la cama con dosel color crema, sin querer se avergonzó. A pesar que Kazuto ya la había hecho su mujer, era inevitable no sonrojarse. Él lo dijo, quería perderse dentro de ella, no una, sino muchas veces.

—Akihiko puede ser muy directo cuando se enoja.

Le escuchó decir a su espalda. Con el corazón latiendo con rapidez se giró, él le observaba el cabello, parecía que algo en sus mechones reclamaba su total atención.

—Exagera al preocuparse demasiado. Es cuestión de tiempo para que acepte nuestro matrimonio.

—En realidad lo comprendo, un poco. Prácticamente nos fugamos por los cielos para casarnos sin siquiera mencionarlo.

En silencio se desató la corbata y los botones de su camisa.

Apenada desvío su atención a otro punto. Creyó escuchar una risa inaudible, supuso era su imaginación. Al volver al frente Kazuto solo vestía pantalón y botas.

Acercándose de un paso la tomó de las mejillas y robó su aliento, en un gesto de ternura; ansioso bebía de sus labios. Sin perder delicadeza la guío hacia la cama.

—Te deseo —enredó los dedos en su cabello.

Asuna se mordió el labio, no se acostumbra a que fuera tan sincero.

Él volvió a besarla, su otra mano se deslizó por la espalda femenina, buscando quitarle el vestido. Al sentirlo trató de alejarse, algo que Kazuto no estaba dispuesto a ceder.

—No es apropiado… —logró decir cuando la atención de los amaestrados labios fue directo a su cuello. —Es casa de Alice —cerró los ojos luchando por no sucumbir a esa caricia.

—A ella no le importará.

Se agachó mientras la dejaba sentada en la cama. Con la misma delicadeza llevó a cabo la tarea de una doncella; le quitó las zapatillas, medias, y con la misma delicadeza se deshizo del vestido.

—Te deseo —repitió. Con la yema de sus dedos le acarició el brazo.

Yo también —Pensó para sí misma al recordar su cuerpo brindándole calor, sus besos que le obligaron a entregarse a él sin restricciones y…, lo dulce que fue cuando la reclamó como su mujer.

Ahora, mientras le despojaba de las últimas prendas, ese acto se repetiría.

Su corazón latía descontrolado.

Desnuda, y con él encima de ella, nunca estuvo en una posición tan agradable. El cuerpo de Kazuto acariciaba el suyo, un tacto que la hacía sentirse amada, los besos contenidos en su pecho le hacía aferrarse a su espalda ante el placer que le provocaba.

El trato que su piel sensible recibía le hizo gritar su nombre, no una, sino varias veces, lo que motivó al joven lord a apretar el sobrante con su otra mano.

Gritó más fuerte. Un par de lágrimas decoraron sus ojos.

Una de las manos de él se posó en su glúteo, el que masajeó, y la otra a un costado de su rostro, la boca creó un puente de besos que inició en la unión de sus pechos hasta su oído, el que acarició con la punta de la lengua.

—Me vuelves loco —susurró. Con sus labios limpió el recorrido de la lágrima.

Sus rostros estaban tan cerca que Asuna deseó que aquel espectáculo que observó por unos segundos, después de entregarse a él volviera a repetirse. Lo que no fue así, las pupilas oscuras admiraban el puente de su nariz.

Con todas sus ganas ansiaba que le viera directo a los ojos, instada por el deseo lo tomó del rostro, obligándolo a levantar la atención a ella.

Instintivamente Kazuto cerró los párpados. No quería mirarla, ¿acaso había algo mal con ella? Infinidad de dudas empezaron a quebrantarle la fe.

—¿Por qué no deseas verme? —no pudo evitar que su voz sonara quebrada.

Su silencio la puso a temblar, él le dijo la otra vez que no exigiera respuestas, que no podía darle explicaciones, y que era perfecta, que nada malo había con ella, pero aún así, ¿por qué?

El no saberlo, la mataría lentamente.

En medio de una lucha interna quizás, él abrió los ojos. No la veía, su atención se desviaba hacia la derecha.

—No quiero hacerte daño.

No entendió a que se refería, ¿qué podría causar mirarse fijamente? Conectar miradas no la heriría, al contrario, la haría la mujer más feliz.

—Puedo perder el control, yo… soy el loco Kirigaya.

—No estás loco —le acarició la mejilla. —Eres un hombre único, un ser magnífico, no podrías hacerme daño.

—Si podría —confesó en un susurro.

Se quedó callada por incontables segundos, analizando la situación. Durante el tiempo que lo conocía no observó que fuera alguien impulsivo y violento, no sería capaz de dañar a una mosca. Así como aseguraba que no podía amar, le temía a la idea de que aquella locura que la sociedad aseguraba que sufría fuera verdad y de alguna forma le haría daño, perdería el control.

—No dejaré que eso pase —le confío.

—Puedo hacerte daño —insistió.

—Te detendré, si algo pasa yo… te detendré.

Observó cómo sus pupilas temblaban. —¿Lo prometes?

No dudó en asentir, no una, sino varias veces. Quería que sus miradas se conectaran, tan solo durante un par de segundos en su intimidad, lo ansiaba, estaba actuando de forma egoísta, pero lo quería.

Aún con su respuesta él dudó unos segundos, cerró los ojos y… en medio de ese instante Asuna suplicó una vez más.

Ese pedido fue complacido, cuando con lentitud aquél par de joyas negras bañadas en azul le miraron directamente.

No pudo con la emoción, lágrimas cristalizaron su vista, lo que la llevó a luchar para seguir observándolo. Sabía que ese espectáculo no duraría para siempre.

Y fue así, la intensidad en la mirada de Kazuto aumentó, con tal fiereza la besó, de una sola caricia la dejó sin aliento.

Con sus grandes manos le abrió un poco más las piernas, adoptó una posición más cómoda y de una sola estocada entró en ella.

Soltó un fuerte jadeo ante su primera invasión, lo sentía grueso y duro, abriéndose camino cada vez más profundo en su interior, sin dejar de besarla.

Sus embates cobraban tanta velocidad que Asuna no paraba de soltar delirios. Era muy distinto a la primera vez, pero sentía que él seguía, de alguna forma, siendo gentil.

El punto de unión ardía. Sin entender se abrazó a él con tanta fuerza, que temió que sus uñas se enterraran a su espalda. La voz de Kazuto resonó en un grueso gemido. Se detuvo.

Aún enterrado en sus profundidades, resguardó el rostro en su cuello, ahí donde gran parte de su cabello yacía como un estanque. Sus brazos la estrecharon.

—¿Te hago daño?

Inmersa en su calor absoluto negó. Por la agitación no podía hilar ni una sola palabra. Al moverse, sin intención, apretó el miembro de él, causando otro sonoro gemido de placer que ahogó contra su piel.

—Bien —junto a esa palabra sintió, su hombro y cuello fue delineada con su nariz.

Esta vez de manera lenta, Kazuto recobró la vida de su cadera. Las embestidas provocaban tal delirio, que con cada movimiento se sentía fundirse a él. El calor de tenerlo de esa forma, le hacía pensar de una manera que en la academia sería castigada por deshonrar la mente pura de una dama.

Pero al final eran pensamientos, diferentes en todo sentido al acto en la que era participe. Seguía siendo un manojo de pena.

Los húmedos besos se detuvieron sobre uno de sus pechos, presionó fuerte, demasiado, como si él quisiera tatuarse a su piel.

Asuna no sabía que hacer con su cuerpo, el que empezaba a padecer un ligero tremor ante la brusquedad que de la nada sus embestidas adoptaron.

Lo único que tenía claro y, que deseaba era probar de nuevo sus labios.

Sus manos, luchando contra la proximidad del fin, se deslizaron sobre la bronceada espalda hasta quedar enredada en su cuello, una de ellas sobrepasó el límite deteniéndose en la barbilla masculina.

Instintivamente Kazuto levantó la cabeza, no la miraba directamente, pero su ser parecía traspasarle con la intensidad de sus pupilas, que habían adoptado un precioso tono plateado.

Él no sé detuvo, en ningún momento.

Sin poder contener los sonidos que a raudales escapaban de su boca, buscó unir sus labios. Un beso necesitado…

Su cuerpo se tensó en esa caricia, Kazuto empujó por última vez, un certero movimiento que la envió a la cima, le llenó y junto a él, su orgasmo le acompañó.

A pesar que el día anterior durmió gran parte de la mañana el sueño le atacó como nunca.

El cuerpo de su esposo se tumbó a su lado. Sin salir de ella. Cansado, no perdió la oportunidad de jugar con sus rojos mechones.

Luchando con sus párpados notó que él decía algo, no logró escucharle, sus sentidos se esfumaron cuando cerró los ojos.

El calor de su cuerpo calentándola fue lo último que sintió.

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—No sabes cuan feliz estoy por ustedes —decía Alice sin dejar de sonreír.

Luchando contra su pena le devolvió el gesto. Luego de casarse de esa forma con su cuñado creyó que ella se enfadaría, después de todo se aprovechó de su bondad. Hasta pensó huir.

—Siempre te vi como mi querida hermana —confesó al terminar de ayudarla a vestir. —Ahora nuestros lazos se han unido más.

Invadida por el cariño abrazó a su amiga, el contacto se prolongó, pues ambas por fin encontraron al hombre ideal y por dicha del destino, sus esposos eran hermanos.

Al romper la muestra de afecto, la blonda le tomó de las manos.

—Ahora, cuéntamelo todo.

La sangre se estancó en las mejillas de Asuna, simulando el color de su cabello. Hablar sobre esa aventura que ninguna otra mujer había gozado le tomaría mucho tiempo, sabía que Alice quería los detalles de cómo sucedió. Y decir unos puntos la apenaban.

Sumado el hecho qué cuando despertó se encontró sola en el lecho. Estaba angustiada.

Kazuto no estaba.

Por lo que la rubia le explicó, entendió que lo vio salir al alba, lo sabía porqué su gracia lo siguió y ella como dama preocupada envío a Eugeo para que verificara que el duque no incomodara la caminata de Kazuto.

Una parte de ella creía que su amiga deseaba tener esa charla, por eso se deshizo del artista.

—Dijo que debíamos volar —inició. —No entendí en el momento que se refería a algo literal. Cuando observé el globo y al aeronauta lo comprendí, sentí miedo pero al final, fue hermoso admirar el mundo desde esa perspectiva.

—¡Que romántico! —las pupilas azules de Alice destellaban un brillo que la motivó a continuar.

Aunque al contar el accidente aéreo, la rubia se mostró horrorizada, casi pega un grito. Agregó que regañaría a Kazuto por exponerla al peligro.

Para no hacer de ese momento más vergonzoso se saltó la parte de lo que él hizo al verificar que no se hubiera hecho daño. Lágrimas escaparon de los ojos de la blonda al confiarle los votos que intercambiaron.

—Has atrapado a un hombre de ensueño —dijo mientras se secaba las lágrimas con su pañuelo. —Y sé que Kazuto ha sido afortunado.

—Al contrario —sonrió. —Soy yo la afortunada, sino fuera por él, lamentaría en este momento haberme casado con lord Nobuyuki.

—Ni mencionarlo querida.

La risa de ambas llenó la habitación.

—En cuánto al huraño duque —dijo llamando su atención.

—Akihiko es muy sobreprotector, lidiar con sus defectos y virtudes será difícil —la suave voz proveniente de la puerta las obligó a girar el rostro. —Es un hombre complicado.

La joven de corto cabello negro, a quien apenas conoció la noche anterior por el escándalo que trajo la noticia de su boda, yacía con una expresión seria en el rostro, tan rápido como los ojos fuego se posaron en ella sonrió de manera cariñosa.

—Creo que no me he presentado oficialmente. Soy Rinko Koujiro, me consideran parte de la familia porque estuve comprometida con Akihiko alguna vez… —ante sus palabras los ojos cristalinos de Asuna se abrieron en sorpresa —Es una larga historia, y muchos años de relación. Les guardo mucho cariño a Eugeo y Kazuto…

—Cariño que es recíproco. Kazuto te adora —añadió Alice.

—Y yo le adoro a él como si fuera mi hermano —se apresuró a explicar, notando el resquemor en los ojos de miel —Puedo decir que conozco a Akihiko lo suficiente. Es un hombre complicado, pero puedo asegurarte que bajo esa máscara de indiferencia existe un corazón. Si logras llegar a él...

—Coincido —se levantó la rubia. —Acepta su consejo, amiga. Será de mucha ayuda que Rinko esté aquí, se podría decir que es la única persona a la que el duque escucha.

—Exageras Alice.

Ese comentario y la expresión ausente que reflejaron los ojos verdes de la mujer, hizo que a Asuna la invadiera la curiosidad. No era correcto indagar de esa forma en la privacidad de otros por lo que se abstuvo de preguntar. Pero podía ver en ella una historia.

—No le ha hecho gracia que me casara con su hermano —confesó con obvia desilusión.

—Está cegado. Se preocupa demasiado por Kazuto… Creo que aun piensa que debe cuidarlo como si fuera su niñera —agregó Rinko con un mohín. —Pero por cierto. ¡Felicidades por tu matrimonio!

—Muchas gracias —se sintió feliz, al menos contaba con el apoyo de las damas que rodeaban a los hermanos.

—Bueno, aprovechando que los caballeros están fuera, deberíamos ir a desayunar —recordó Alice. No deseaba tomar los alimentos con los gruñidos de inconformidad de Akihiko.

Con el asentimiento de ambas, se dirigieron al comedor, donde seguramente las atentas sirvientas tenían todo preparado.

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El té quedó derramado, ensuciando el fino mantel, por más inaceptable de la situación ninguna de las presentes le prestó atención a ese detalle. Observaban con gran interés al joven lord que de la nada entró y se arrodilló frente a la pelirroja, fue tanta las ansias que cargaba consigo que empujó la mesa, provocando el accidente.

—Ven conmigo —habló suave. Con una ternura inusual.

Quizás Kazuto no estaba al tanto del tono que utilizó, pues se encontraba tan tranquilo mientras su esposa parecía librar una exploración en su rostro.

—¿Ahora?

—Tengo algo que mostrarte —dio un leve jalón a sus manos intentando convencerla.

Asuna le dedicó una mirada avergonzada a Alice y Rinko que reían ante su tímida actitud.

Una parte de ella no creía correcto dejarlas cuando apenas había tocado el desayuno. Era una descortesía de su parte.

—¿Te ha sentado bien la caminata? —interrumpió Alice para darle tiempo de reponerse a su amiga y al dar por sentado que su cuñado ni siquiera se percató que ellas también estaban en el comedor.

Sin dignarse en mirarlas, él asintió, adoptó una reacción más caballerosa ante ellas, emitió un rápido saludo. Recordando las enseñanzas de como actuar frente al resto de damas.

—Al parecer lograste deshacerse de Ahikiko.

Ante las palabras de Rinko una débil sonrisa traviesa decoró el rostro masculino.

—Deduje que necesitaba quedarse admirando las nubes.

—Fue una buena decisión —dejó escapar una risita. Lo que menos haría Akihiko era calmarse, estaba segura se encontraba echando rayos por ser burlado nuevamente.

—Es cuestión de tiempo que regrese —dijo volviendo su atención en su esposa.

—¡Oh! Si ese es el caso deberías ir con él —le alentó la rubia.

—Pero, apenas y hemos…

—Es lo de menos —apoyo Rinko. Se dirigió a Kazuto. —Llévatela, nos encargaremos de que Ahikiko no los moleste.

El joven asintió y sin esperar respuesta por su parte la guío a la salida.

—¿Ha estado así de energético? —quiso saber Rinko.

Alice rio. —Más de lo que debería. Él ha encontrado en Asuna lo que necesitaba, aún no lo comprende pero…

—Es cuestión de tiempo. Se nota que ella sabrá guiarlo —le respondió esperanzada.

Una sirvienta llegó con un mantel limpió, por lo que ambas se pararon para no estorbar en la tarea de la joven.

En el momento justo cuando terminaron de tomar el desayuno, los escandalosos pasos del par de hombres les alertó.

—¡Nuevamente se salió con las suyas!

Ahikiko se dejó caer en la silla, su rostro detallaba lo agotado y frustrado que se encontraba. Eugeo se encontraba menos tenso.

—¿Cómo les ha ido? —quiso saber Alice al ofrecerles té.

Ambos guardaron silencio, bebieron de la cálida infusión.

—Le perdimos el paso —confesó el rubio. —¿No ha vuelto por aquí?

Las dos mujeres se vieron entre sí.

—Se llevó a Asuna, pero no dijo a dónde o cuándo regresarían —les informó Alice.

—¿No pudieron detenerle? —cuestionó irritado Akihiko. —¡Pero claro! Ustedes están de su lado.

—Que no acatemos tus órdenes no quiere decir que estemos en tu contra —le corrigió Rinko. —Debes entender que esto no es una guerra ni una apuesta, es la felicidad de Kazuto.

—Y él me preocupa. Saben cómo es, puede perder el control y hacerle daño a lady Yuuki, quiero evitar problemas a la familia.

—¿A costa de qué?

El duque suspiró, observó el contenido de la taza y trató de relajarse, crear caos entre los miembros de su familia no le ayudaría a solucionar nada.

—Disfrutemos el desayuno en paz —añadió Eugeo y suavizó el tono de su voz —Hace mucho que no se encontraba la familia entera reunida.

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Ya estaba acostumbrada a su silencio, pero debía reconocer que cuando este era demasiado profundo, como en ese momento, se sentía inquieta. Quizás el hecho de que no habían despertado juntos, formaba una nube de duda en el horizonte de sus pensamientos. Se había marchado sin decirle nada, y había aparecido de igual modo, para raptarla consigo.

El caballo que los transportaba era ágil y ligero, la fuerza con la que su jinete lo llevaba, ponía en evidencia su experiencia. Se estaba conteniendo de ir a la carrera por causa de ella, pero Asuna no sabía si esa era un hecho para agradecer o no. Kazuto parecía uno solo con su cabalgadura, ni siquiera movía las riendas, se encontraba erguido, mirando al frente, escudriñando el camino pedregoso que se extendía por delante, el animal se dirigía solo, casi conociendo los pasos de su amo.

—¿Estás incómoda? —su voz sonó tan de repente, que ella se sobresaltó.

La joven estaba sentada de lado, usando el amplio pecho masculino como apoyo, sus fuertes brazos rodeaban su cintura, mientras llevaba las riendas.

—No lo estoy —alzó la mirada, pero como sabía, él no le devolvió el gesto —¿No era mejor venir en carruaje? Quizás tú te encuentres incómodo de viajar de esta forma.

—Nos iba a llevar más tiempo —replicó escuetamente. Con un brazo le apretó la cabeza contra su pecho, y el caballo brincó, moviéndose bruscamente. Parecía que había saltado algún obstáculo en medio del camino, luego, echó a correr por campo abierto.

Asuna apretó los ojos, los segundos se hicieron eternos.

—Ya estamos aquí —Kazuto le tocó la cabeza ligeramente y después descendió de la montura, que en el algún punto de su lapsus se había detenido.

Vio una colina preciosa y un grupo de árboles que protegía una pequeña edificación, un capricho, rodeado de enredaderas de campanillas azules.

Antes de que pudiera preguntar qué hacían ahí, Kazuto la tomó de la cintura, y con la misma habilidad con que la montó al corcel más temprano, la ayudó a descender, manteniéndola pegada a su cuerpo.

Asuna se alejó algunos pasos, mirando el hermoso escenario que se recortaba frente a sus ojos, atrás de ella, su esposo acariciaba el cuello del alazán y le decía algo al oído que no pudo oír. Se le daban bien los animales, y estos se sentían a gusto a su lado.

Ubicó su mano sobre sus ojos a modo de pantalla. Era media mañana, pero el sol pegaba con fuerza a campo abierto, quizás debió llevar un sombrero consigo, pero con la prisa con la que Kazuto la había sacado de la casa, simplemente lo olvidó.

Oyó los pasos presionando la hierba y el joven se detuvo a su lado en silencio —¿Te gusta?

—¿Dónde estamos? —lo miró de soslayo. Él veía el terreno con ojos ávidos.

—He comprado esta heredad para nosotros —murmuró suavemente —Será nuestra casa de campo.

—¿Qué?

Kazuto volteó en su dirección, pero no la miró directamente, parecía abstraído contemplando su cabello —Asuna mencionó que le gustaría vivir en el campo.

—Sí, pero…

—Te dije que haría lo que estuviera en mis manos para darte todo lo que quieras —sujetó sus dedos y echó a caminar, llevándola consigo. Se acercaron a la edificación. Las paredes de ladrillos estaban llenas de flores como si alguien las hubiera plantado a conciencia allí. El techo estaba destrozado, pero el resto se veía bastante sólido. Detrás se veían hectáreas vírgenes de árboles y praderas esmeraldas —Aquí Asuna podrá sembrar patatas…

La joven soltó una risita —¿Recuerdas eso?

—Recuerdo todo lo que dices —apretó su mano que aun custodiaba —También hay mucho lugar para que puedas plantar tu jardín con todas las rosas que desees tener, y allá atrás de esos árboles… —le indicó con los dedos de su otra mano —Se encuentra el lago.

Los ojos de Asuna se abrieron impresionados —¿El lago?

—¿Recuerdas lo que te mencioné aquella ocasión?.

—Por supuesto que sí, era una de tus condiciones, junto a un campo inmenso para cabalgar.

Echaron a caminar nuevamente y rodearon la edificación, a la que Asuna contempló con asombro. Las paredes eran altas y a pesar de la maleza que las rodeaba, no se veía que estuvieran en mal estado, tampoco parecía una construcción muy remota. Simplemente alguien la había abandonado allí.

—Pertenecía al anterior marqués, Lord Levanteinn, que había adquirido este valle, pero por algún motivo nunca acabó de construir la casa y se volvió al abrigo que le confería la ciudad —le contó —La edificación no es tan antigua como parece, se ve sólida y puedo arriesgar que podremos usar estos cimientos como base para nuestra residencia.

Caminaron otro buen trecho, durante el cual Kazuto nunca soltó su mano. Era un tacto liviano, apenas sujetaba sus dedos. Parte de la delicadeza con la que la trataba todo el tiempo. El sonido del agua fluyendo fue haciéndose más fuerte conforme se acercaban. Algunos arbustos de baja estatura cubrían la vista, pero cuando el joven movió las ramas a un lado, Asuna vio el pequeño espejo de agua y soltó una exclamación de asombro. No era muy grande como imaginó, pero sin duda contribuía el aspecto más importante de aquellas tierras.

Asuna no entendía mucho de inmuebles, pero intuía que aquellas hectáreas que contaban con su propia reserva de agua eran las más costosas y las más buscadas por los arrendatarios. Por ende, aquella propiedad debió costar un dineral.

—¿Te gusta?

Se dio cuenta que se había quedado en silencio durante todo el trayecto, y aunque él verdaderamente disfrutaba de su quietud, cuando se trataba de ella, la intranquilidad que sentía cuando no sabía qué pasaba por su cabeza, era evidente. Se apresuró a hablar.

—Esto es hermoso Kazuto, pero…

—¿Pero?

—No puedo aceptarlo. Es demasiado…

—Es nuestro, para que estemos juntos. Para que no tengamos que depender de Alice y Eugeo, o de Akihiko. Tu hogar —le acarició la mejilla —Nuestro hogar.

Era más de lo que Asuna hubiera pensado, más de lo que necesitaba. Si todo cuanto ella quería se encontraba allí a su lado, sosteniendo su rostro con la misma delicadeza con la que maniobraba una taza de porcelana.

Ella suspiró y contempló el pequeño lago —Es hermoso, Kazuto.

—Y será más hermoso cuando podamos hacer aquí lo que se nos venga en gana, sin pensar si incomodamos a los demás.

Asuna se echó a reír. Eso había sonado tan a él, que sintió una corriente de regocijo que le resultó imposible de contener. Sin pensarlo, se aventó a Kazuto y lo rodeó fuertemente con sus brazos, y lo hizo con tanta energía que por un momento temió que perdiera el equilibrio y cayeran al estero. Pero el joven permaneció firme como un ancla, retribuyendo ligeramente su gesto. Ansiaba sentirlo, ansiaba comprobar que era real.

Cuando hundió la cabeza en su pecho, entre los pliegues de la chaqueta que usaba, Asuna recordó que Kazuto era reacio a esa clase de contacto. A él no le gusta que le abracen, ni que le toquen. Se congeló ante su hilo de pensamientos, aun existían detalles del carácter de su marido que ignoraba. Dio un paso hacia atrás, para separarse, pero entonces sintió la firme presión de sus brazos.

El le estaba devolviendo el gesto con cierta reserva.

—No es necesario que lo hagas, si te incomoda —Asuna despegó la cara y lo miró. Por supuesto esos ojos grises huyeron de ella en dirección a la tranquilidad del estanque esmeralda.

—Me gusta —murmuró —Es similar a cuando te entregaste a mis brazos, te aferraste a mí de la misma forma…

El rostro de la muchacha ardió. También había olvidado que la sinceridad era otro rasgo dominante de su personalidad. Kazuto debía decir todo lo que cruzaba por su cabeza. Rió.

—Este es un contexto diferente —le explicó luchando por no apenarse.

—¿Por qué? Se te ve igual de feliz que anoche. Te brillan los ojos de la misma manera.

Asuna apretó los párpados con bochorno. Los labios de Kazuto le acariciaron la mejilla, pero no fue en busca de sus labios, le besó la línea de la barbilla y segundos después sentía el tacto húmedo de su lengua en el cuello, tocando un punto sensible que la obligó a estremecerse contra él. Sus manos se hicieron puños al sujetarse de su espalda.

—Una vez no basta, Asuna —le había dicho lo mismo la vez anterior y ahora reafirmaba sus palabras. Su voz sonaba igual de contenida y pese a que la tenía a su merced, no hizo por ir más allá —Pero no quiero hacerlo aquí, al menos; no ahora.

Cuando se alejó, ella sentía el calor amontonarse en sus mejillas. Estaba apenada, al contrario de él, que volvía a recorrer la extensión que los rodeaba con expresión satisfecha.

—Al menos tienes más sentido común que yo —murmuró Asuna bajo su aliento. Se compuso el cabello.

—¿Entonces te gusta? —Kazuto prosiguió, como si hubieran dejado en suspenso la conversación.

Ella tardó un poco en comprender a qué se refería —Es un lugar precioso.

—Hoy mismo traeré una cuadrilla de trabajadores para que empiece a construir.

—¿No es demasiado pronto?

Él sacudió la cabeza en negación —Deseo que Asuna y yo tengamos nuestra propia casa.

Los ojos de miel de la joven se humedecieron, cuando Kazuto hablaba con tanta vehemencia, hacía que su corazón se estrujara. Él le había dicho que no podía amarla… ¿Pero qué era lo que sentía ella?

••

••

Volvieron pasado el mediodía y por ende se habían perdido el almuerzo. Empero Kazuto no parecía preocupado por eso. Llevó al caballo a las caballerizas y escoltó a su esposa dentro de la casa.

En el recibidor no se encontraba nadie, por lo que dedujo que todos debían estar en sus aposentos, descansando. Siguiendo su razonamiento, ordenó que prepararan un almuerzo liviano para ambos, en lo que se refrescaban y se mudaban de ropa.

Llevó a Asuna a sus habitaciones y no le quitó los ojos de encima mientras ella se aseaba y se decantaba por un vestido más liviano color azul y unas zapatillas simples, luego se recogió el cabello en una coleta desenfadada, sabedora que su esposo no apartaba la vista de lo que hiciera. Este declinó su sugerencia de mudarse el traje, pero se quitó la chaqueta y se quedó en mangas de camisa, después se refrescó la cara y se humedeció un poco el cabello.

Asuna no sabía que estaba famélica, hasta que una de las sirvientas depositó un plato de arroz y huevo frente a ella. Recordó que no había desayunado con propiedad porque él había aparecido y la había llevado consigo.

Sin embargo la paz habría de durar poco, los fuertes pasos que resonaron en la estancia vacía, parecían magnificarse conforme se acercaban al comedor.

—¿Ya dejaste de jugar a las escondidas conmigo? —la penetrante voz del duque Akihiko la inmovilizó en su lugar. Su estómago se cerró de pronto —Cuando acabes, ven al despacho.

Obviamente no se estaba refiriendo a Asuna, pero ella no pudo evitar la sensación de impotencia que la recorrió. Ni siquiera la había saludado como dictaban las leyes de cortesía que movían a la aristocracia, algo que esa familia cumplía fielmente. Parecía que aquel hombre solo se mostró para decir aquello, pues tras la bomba de sus palabras, salió sin dar la oportunidad a réplica. Ella dejó caer el tenedor sobre su plato, cuando advirtió que Kazuto depositaba la servilleta en la mesa, y dejando su almuerzo a medias, se disponía a seguir a su hermano.

La joven pelirroja no supo como fue capaz de ponerse de pie antes que él, y caminar tras la imponente silueta del duque a toda velocidad.

—Asuna —la voz suave de Kazuto la llamó para detenerla. Pero ella estaba demasiado cansada y esa situación en el almuerzo había sido la gota que colmó el vaso. Abrió la puerta del despacho y entró antes de que pudiera pensarlo.

Akihiko se giró a verla con las cejas en alto —¿Qué demonios significa esto?

—Kazuto no es su criado —dijo apresuradamente, sin pensar. Actuando por impulso —Se dirige a él de la misma manera en la que llamaría a un lacayo para que le limpiara el estiércol de las botas. ¡Él es su hermano!

—Lady Yuuki —la nombró sin dejar de mirarla con agudeza, sin transmitir más que irritación por su atrevimiento — Lleva en esta familia poco más de dos días y ¿ya se cree con el privilegio de venir a darme órdenes?. Kazuto y yo hemos trabajado en armonía desde mucho antes de que usted apareciera en el horizonte.

—No le estoy dando órdenes, solo le estoy remarcando que habla de su hermano, no de su secretario personal.

El duque le sostuvo la vista sin parpadear —Es usted una joven muy lista, lady Yuuki y está colmando mi paciencia.

—Me llamo Asuna y no me considero especialmente lista, señor —le respondió ignorando su segunda acotación —De ser así me habría opuesto terminantemente a su idea de comprometerme con lord Noboyuki.

—¡Oh por fin deja de lado las frivolidades! —se acercó a ella con largas zancadas y la agarró de los hombros. Akihiko era mucho más alto que Kazuto, y más fuerte también — Rompió una promesa de matrimonio que hubiera exaltado su nombre, y decidió embaucar a Alice y a Euge, en busca de un mejor postor —refirió —Kouchirou me habló de una joven de carácter que no dudaba en usar toda clase de artimaña en afán de conseguir lo que desea… Sin embargo aquí está fingiendo que es una doncella desamparada.

Asuna tuvo ganas de reír. Quizás en algún momento fue esa joven orgullosa y porfiada de la que su hermano presumía, pero luego del golpe que le había dado la vida, apenas estaba logrando reponerse.

La puerta se abrió en ese momento y Kazuto entró con violencia, directamente hacia su hermano mayor y le empujó lejos de su esposa.

—No la toques.

Akihiko se zafó sorprendido —¿Qué te pasa Kazuto?, soy yo.

—Asuna ve a la habitación —la voz del menor de la familia sonó muy distinta a como hablaba generalmente. Eso llevó a que la chica saliera del despacho sin muchas ganas de continuar con el almuerzo.

Pasó de largo la mesa que aún continuaba servida, y se apresuró por las escaleras con el corazón galopándole en la garganta. Nunca había visto a Kazuto actuando de aquel modo tan vehemente, si hasta parecía que Kazuto amaba a Akihiko y viceversa.

Abrió la puerta de la recámara que les pertenecía y se echó en la cama ya armada. Alguna de las eficaces doncellas de Alice, había puesto en orden la habitación durante su ausencia.

—¿Asuna? —la voz de la dueña de casa obligó a que despegara la cara de la almohada. Al parecer había entrado detrás de ella —¿Que ha ocurrido? He escuchado a Kazuto gritar. ¿Está todo bien?

—Me he enfrentado al duque y creo que no le ha hecho mucha gracia.

—¿A Kazuto?

La joven se sentó, acomodándose el cabello que le tapaba la cara —Creo que él también se ha molestado.

Alice sonrió con comprensión y se sentó a su lado en el lecho. Le acomodó los mechones anaranjados con ternura casi maternal —Creo que has dado un avance gigante hoy, Asuna.

—No lo veo como un avance, pero es que no pude contenerme. Si es su hermano y le ama, ¿por qué le trata así?

—Estamos hablando de Akihiko, se cree que es un general y todos nosotros sus subordinados —rió con suavidad —Yo también me he enfrentado a él en su momento y es un poco estresante. Pero créeme, has hecho lo correcto amiga.

—Me temo que intente algo en nuestra contra.

—Oh, es demasiado inteligente para eso. Es muy consciente que Kazuto te ama, y no hay manera que pueda desbaratar eso. Aunque se enoje y suelte su ira, sabe que no puede ir contra ustedes.

—Alice… Kazuto no me ama —fue todo lo que murmuró con voz débil.

—¿Todavía tienes dudas? —le palmeó la cabeza como si fuera una niña, mientras reía —Puede ser que no lo grite a los cuatro vientos como deseas, pero es que Asuna ¡es tan obvio! —le pellizcó la mejilla —Los hermanos Kirigaya no expresarán su amor como cualquier persona normal del mundo. Son tercos y muchas veces debes leer entre líneas.

—Sí ya me habías dicho algo parecido antes.

—¿Lo ves? —Alice se puso de pie —Vamos a buscar a Rinko, necesito una taza de té. Así también me cuentas donde se escabulleron esta mañana, ¿una escapada romántica?

Las mejillas de la chica se encendieron —Kazuto ha comprado una heredad… dice que quiere tener su propia casa de campo…

Ante eso, la blonda se detuvo y se giró para escudriñarla —¿La pasan mal aquí? ¿Te sientes incómoda?

—Por supuesto que no.

—Oh… —la rubia rió por lo bajo en tanto arrastraba a su mejor amiga —Ya lo entiendo, Kazuto quiere tener privacidad, algo que aquí, al parecer no tiene.

••

••

—¡Si sigues cometiendo una tontería tras otra, no podré solucionar nada!

—He comprado el terreno con mi dinero, no he tocado tu fortuna Akihiko.

—¿Pero por qué una propiedad en el campo? Por años has renegado a la idea de vivir aquí… ¿Ella te ha hecho cambiar de opinión? ¿Te ha obligado a gastar tu dinero? —las preguntas se sucedían como disparos, uno tras otro de la boca del duque.

Se podía decir que Kazuto le escuchaba porque tenía las manos hecha puño en sus rodillas, tenía el rostro entornado, provocando que su fleco, algo largo, proyectara una sombra ligera sobre sus ojos.

—Asuna no me ha pedido nada para sí misma, todo ha sido mi idea.

—Es que no entiendes Kazuto, ambos son distintos, provienen de mundos diferentes que pueden colisionar en cualquier momento… Además tú… ¿no te parece cruel atar a una muchacha a un matrimonio sin amor? ¿No crees que eso la hará infeliz?

—¿Infeliz como tú? ¿Qué tienes a Rinko al alcance de tu mano y aun así no le pides perdón? ¿Estar separado de ella no es poco feliz?

Akihiko no se esperaba esa respuesta. Kazuto nunca era tan locuaz con él, mucho menos opinaba abiertamente de temas que lo involucraban de modo indirecto. Se quedó mudo, lo que el joven aprovechó para abandonar la silla que ocupaba, llevando consigo un fajo de papeles —Si Asuna está casada conmigo, tu nombre la protege también, ¿verdad?. Así como cuidas de Alice y de Rinko aunque no sea nada tuyo.

—Kazuto espera, aun no hemos terminado. Sé que eres consciente de que la locura que acabas de cometer, pero… —hizo una pausa —Aun puedes reivindicarlo.

El joven se quedó inmóvil por varios segundos —Deseo que Asuna sea mi esposa. Y es mi mujer. Nunca te he pedido nada.

La suavidad con la que dijo aquello desarmó las defensas del duque, por una vez Kazuto volvía a ser aquel niño pequeño que le pedía ayuda. Su voz también descendió una octava —En el momento en que note que tú o ella son infelices, anularé el matrimonio aunque sea necesario mover cielo y tierra para lograrlo, ¿oíste?.

—Me aprenderé el contrato —el joven señaló los papeles con la cabeza como si no hubiera oído lo anterior —No molestes a Asuna.

Ni siquiera le dio tiempo a replicar, salió por la puerta en silencio. Akihiko se acomodó en la silla de alto respaldo, meditando las palabras de su hermano. El nombre que hacía que su corazón sangrara aun dentro de su pecho.

Rinko…

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—La verdad es que me encantaría hacer un retrato de ambos —Eugeo decía con entusiasmo, dirigiéndose hacia la pareja que se encontraba sentada en el lado derecho de la mesa. Y aunque toda la atención se hallaba puesta en ambos, la de Kazuto se perdía en el rubor adorable de su esposa —¿Me lo permiten?

—Tendrá que ser un retrato a carboncillo, no creo que a tu hermano le cause ilusión mantenerse quieto como estatua por largas horas —respondió Alice con una sonrisa.

Por supuesto el nombrado no se dio por aludido. Sostenía la mano de Asuna entre las suyas y con los dedos recorría su alianza una y otra vez; el tacto del metal le producía una ligera satisfacción.

—Me parece bien.

—¿Entonces han adquirido tierras para edificar una propiedad? —Rinko añadió bebiendo de la copa de vino que una doncella le acababa de llenar.

Kazuto se giró en su dirección —Se trata de ese capricho que pertenecía al marqués Uolo Levanteinn.

—¿Esa edificación en lo alto de la colina? —se interesó Eugeo con sorpresa —Quise comprar esas tierras muchas veces ¡no es justo!

—Asuna mencionó que tiene un lago.

—Son buenas tierras, Kazuto —la mujer de corto cabello le sonrió con ternura maternal, la cual fue bien recibida.

Al ver la escena Asuna recordó lo que Alice le había dicho en la mañana. Del cariño especial que Rinko tenía hacia Kazuto y viceversa.

—¿Y te ha gustado, querida?

La voz dulce de la morena le hizo encontrar sus pupilas de esmeralda —Es un lugar precioso —su esposo le sujetó la mano —Alguna vez dije que quería una granja para sembrar patatas —lo miró de soslayo, en tanto esbozaba una sonrisa —Pero es más grande de lo que había pensado.

La aguda mirada del duque se clavó en ella antes de mirar a su hermano. Algo en sus descuidadas palabras hizo que su rostro se tensara.

—¿Sembrar patatas? ¿Qué clase de idea era esa? —Alice se rió.

—No pensé que Kazuto lo tomaría tan literal.

—¿Cómo hiciste para comprar esa heredad? Estuve detrás por años, pero el viejo Uolo jamás dio el brazo a torcer —prosiguió Eugeo interesado.

—Le ofrecí una buena suma de dinero —respondió el joven lord como si fuera lo más obvio del mundo.

Empero el duque no estaba disfrutando de ese ambiente familiar. Miraba a su hermano menor y a su esposa con el ceño fruncido. En tanto esta le sostenía la mirada cada tanto, pero con un aire recién descubierto de orgullo. No fue capaz de degustar el plato pese a que habían preparado su comida favorita.

—¿Kazuto tienes lo que te pedí? —interrumpió la conversación de la nueva casa de campo y se dirigió sin miramientos hacia su hermano.

—Sí, he memorizado todo el contrato.

—Entonces si eres tan amable de acompañarme —miró de soslayo la expresión irritada de Asuna —Me gustaría discutirlo contigo en el despacho. Puedes venir si lo deseas Eugeo, esto te atañe a ti también.

Por supuesto no esperó que las damas estuvieran de acuerdo con sus decisiones. Se levantó pese a que la cena no había terminado y salió de la habitación con sus hermanos pisándole los talones.

—En algún punto te acostumbras a las exigencias de Akihiko —murmuró Rinko con aire resignado —Todo lo que pueda decir, sonará fatal para ti, pero en verdad él ama a sus hermanos.

—Eso lo entiendo, solo me sorprende la forma en la que les muestra su amor. ¿Por qué es así Rinko?

Sabía que la pregunta era descarada e iba más allá de lo que se había prometido a si misma cuando se presentó en la mañana. No iba a entrometerse en la vida de esa mujer, sin embargo, las ansias de saber que tanto estaba ligada la ruptura de aquel compromiso con el triste pasado de Kazuto, la impulsaba a adentrarse a terreno pantanoso. Su inquietud era tanta que sorprendió incluso a Alice.

—¿Alguna vez has oído hablar de que una mala decisión puede arruinarte la vida? —pronunció lentamente —Porque eso fue lo que marcó a Akihiko en lo tocante a Kazuto.

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—He tratado de convencerlo y no quiere dar el brazo a torcer.

—Bueno, se parece a ti ¿no es cierto?

—Eugeo, estoy hablando en serio. ¿También tú estás cegado por la belleza de esa mujer?

—Cuidado con lo que dices, no siembres dudas innecesarias en Alice. Ellas son amigas, y Asuna es mi cuñada. Desde que habita este hogar la he visto como una hermana —miró el rostro de Kazuto esperando alguna reacción negativa de su parte, pero el joven estaba viendo como se reflejaba el brillo de las lámparas en el vaso de cristal que tenía en las manos. Y no parecía haber oído la conversación. Pero se equivocaba, el joven captaba todo lo que ocurría a su alrededor y un semana después era capaz de reproducirlo con lujo de detalle —Algo que se ha hecho real con el correr de los meses.

—Te pones de su lado porque Alice ha sido quien nos metió en esto. Ella fue quien lo planeó. ¿Pero oíste lo que dijo en la mesa?

—Estaba hablando en sentido figurado, ¡Akihiko por Dios!

—Quinella también empezó así, y uno de nosotros le dio la confianza necesaria y…

—Esta situación es completamente distinta, nuestro hermano fue quien descubrió las intenciones de esa mujer… —interrumpió el rubio subiendo la voz — Pese a que no le creíste.

Las manos del duque se hicieron puño sobre la lujosa madera de caoba del escritorio —No quiero que Kazuto vuelva a pasar por lo mismo… —miró al aludido que seguía contemplando el vaso con ojos grandes y húmedos.

—No hay más que mirar que él sigue aquí con nosotros, y no lejos de nosotros. Algo significativo debe haber en Asuna —replicó el rubio con aire mordaz.

Akihiko guardó silencio. Su hermano menor tenía razón a su pesar. Si Kazuto se sentía en peligro, o ahogado por aquella situación, hubiera desaparecido en el alba, se habría perdido en el bosque, o hubiera tomado el primer tren hacia la ciudad vecina. A él no le importaba si tenían visitas importantes en la casa, o si estaban en el medio del cierre de un negocio, Kazuto no entendía de esas costumbres de los nobles, simplemente si se veía acorralado, desaparecía y volvía después de algunos días con el animo renovado.

—¿Qué vas a hacer con Liena? —el duque se acercó hasta donde Kazuto seguía sentado, este no le miró —Eugeo y yo llegamos a la conclusión de que ella hubiera sido la indicada. Te conoce como nadie, ha cuidado de ti hace años y…

—No me interesa Sortiliena —respondió tajante, alzando los ojos mirando fugazmente a su hermano —Ella no me comprende.

—¿Y lady Yuuki sí? Kazuto la conoces hace poco más de seis meses —trató de razonar el duque.

—Con Sortiliena no siento lo mismo que cuando estoy con Asuna —contestó firme —Podría estar perdido dentro de ella en este mismo momento, pero estoy aquí contigo porque tú así lo quisiste. Pero si cierro los ojos puedo recrear el color del ocaso en su cabello húmedo, y el amanecer en sus ojos cuando se entrega a mí… Sortiliena jamás ha logrado algo similar.

—Kazuto ya… ya comprendemos. No necesitas ser más gráfico —Eugeo se sacudió el cabello con bochorno. Akihiko seguía imperturbable, a excepción del músculo que le latía en la mejilla —De todas formas debes hablar con Liena en algún momento. Ella no tiene la culpa de lo que ha ocurrido.

—Lo haré.

—Todos los hombres casados tiene una amante.

—Eugeo no la tiene, y yo tampoco la tendré.

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La noche no era del todo fría, pero Asuna sentía que su ropaje era demasiado liviano para la ligera brisa nocturna. Luego de la charla con las mujeres, dónde había intentado comprender un poco más el fiero carácter del duque, había salido al jardín para despejarse un poco. Habían pasado tantas cosas en tan pocos días que no acababa de acostumbrarse.

Fugarse con Kazuto, casarse con él, entregarse a sus brazos, formar parte de una tempestuosa familia… Sino fuera por Kazuto y por Alice, aquello sería sin duda muy distinto. La expresión del duque Kirigaya cuando la miraba durante la cena denotaba exasperación, él no disfrazaba la irritabilidad y la antipatía que le inspiraba. Parecía que su arrebato de enfrentarlo en horas de la tarde solo avivó el mal concepto que tenía de ella.

—Es usted una joven muy lista, lady Yuuki.

La voz cruda del duque provocó que se le crisparan los cabellos de la nuca. Cuando se giró a verlo, descubrió su imponente silueta iluminada por los faroles exteriores. En ese momento se parecía demasiado a Kazuto, salvo por los lentes que usaba. Pero era condenadamente obvio que eran hermanos.

—Ya le dije que no me considero lista. He acabado la academia porque era lo que mis padres esperaban de mí, pero realmente no he sido una alumna modelo.

—Ha embaucado muy bien a Alice y a Eugeo con ese cuento de sentirse desamparada, pero yo no soy tan ingenuo.

—¿También piensa que he jugado ese papel con su hermano?

—No me quedan dudas.

Asuna se cruzó de brazos, los latidos de su corazón le resonaban en los oídos pero no iba a quedarse callada. Volvió sobre sus pasos, acercándose a su interlocutor.

—Milord, Kazuto me persiguió por semanas pidiéndome matrimonio a lo que me negué una y otra vez. Le dije que deberíamos ser amigos, que estaba comprometida con otro hombre —suspiró —Pero de repente, me encontré volando en un globo y luego firmando una licencia especial, mientras juraba que estaría con él hasta que la muerte nos separara. Según veo, Kazuto me ha embaucado a mí.

—Kazuto no comprende esas cosas. Él es vulnerable.

—¡Él no es vulnerable! Es muy inteligente, y un gran amigo —Akihiko arqueó las cejas al oírla —Primero me otorgó su amistad antes de cortejarme.

—Mi hermano no sabe lo que es amistad, lady Yuuki. Nunca ha tenido más amigos —dijo sin entonación —Pero usted llega, le conoce hace poco tiempo, y ya cree que tiene un vinculo con él. Lo único que ha visto es que Kazuto es rico y está loco, y alimentada por las fantasías románticas de mi cuñada Alice, no dudó en aceptar sus atenciones y hacerse de una presa fácil.

No pensó que ese hombre pudiera soltarle una acusación tal. Él no sabía como habían sido las cosas, y por un instante sintió que su temperamento tomaría el control.

—No sabe lo que dice.

—Por unos buenos millones es capaz de mantener la boca cerrada, ¿no?

—Le repito milord, ya que parece haberlo olvidado; tengo mi herencia que no será tan importante como la suya...

—La fortuna de Kazuto es diez veces mayor —la corrigió ácidamente —No permitiré que una cazafortunas arruine a mi hermano pequeño, aunque sea lo último que haga.

—¿Quiere que firme un documento renunciando a sus bienes? —los ojos de Asuna brillaron sospechosamente, y aunque su voz salió entera, sus manos temblaban levemente —Quizás así su excelencia pueda estar tranquilo.

—No sería una mala idea. De ese modo, sería más fácil disolver ese matrimonio.

La joven le contempló en silencio, deseando romper esa fría máscara de indiferencia de alguna forma —Ya comprendo… usted cree que él está loco y que ninguna mujer podría amarle.

—Kazuto está loco. Es el loco Kirigaya, el excéntrico hermano menor del duque. Él no sabe lo que es amar, nunca podrá hacerlo lady Yuuki.

—Quizás estar a su lado es todo lo que necesito…

—¿Con qué motivo? ¿Piensa que él pueda hacerla feliz?

Eso hizo que sus ojos temblaran —Nunca le haría daño a Kazuto.

El duque sonrió —¿Piensa que voy a creer las palabras de una chiquilla embaucadora? —se dio la vuelta para volver al abrigo de la casa, cuando casi se chocó de bruces con Kazuto que estaba semi oculto tras un pilar.

—No me gusta que molestes a Asuna con tus tonterías —le dijo en voz baja enfrentándole.

—Solo estábamos teniendo un intercambio de opiniones —alzó los hombros —De igual forma, creo que haré venir a mi abogado, lady Yuuki me ha dado una excelente idea.

—No voy a separarme de ella.

—Escúchame…

—Es mi esposa, es una Kirigaya y está bajo mi protección. La única forma que tienes de acabar con mi matrimonio es volviéndome a encerrar en el loquero.

—Kazuto no vuelvas a decir eso.

Asuna atravesó la distancia que los separaba y lo abrazó, sin importarle que Akihiko estaba allí. Pero ella necesitaba tocarlo, no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿Por qué decía una cosa semejante?

—Me encerraste por una mujer —murmuró quedo. Rodeó con su brazo la espalda baja de Asuna y la acercó a su cuerpo. La hizo girar con suavidad para guiarla de vuelta hasta la casa. El suave calor que emanaba del cuerpo del joven alejó el frescor de la noche y se acurrucó contra su pecho, sintiendo en su espalda la penetrante mirada del duque Kirigaya.

Me encerraste por una mujer. Las palabras que Kazuto había soltado livianamente daban vuelta en su cabeza, mientras las consideraba sin entender. La expresión culposa del cabeza de familia hablaba por sí sola.

¿A qué se referían? ¿Y por qué tenía cierto temor de preguntarle a Kazuto directamente?

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Otra vez la vorágine de la noche anterior se hizo presente. Rechazando la asistencia de las doncellas, Kazuto le quitó el vestido y la ayudó a prepararse para la cama.

Sin embargo su camisón no duró demasiado, entre la suavidad de las sábanas la despojó de la prenda y reclamó su cuerpo con frenesí. Parecía que cuanto más obtenía de ella, más desesperado se encontraba por fundirse a su ser.

Sus caderas mantenían un ritmo constante buscando el alivio, mientras Asuna le acogía y le alentaba a continuar con los sonidos de plenitud que escapaban de sus labios abiertos. No podía contener la fluidez de su voz que escapaba a torrentes, inundando la recámara, era el saldo de la actividad que compartían. Piel húmeda y tibia, músculos que se contraían en éxtasis, manos que se buscaban, besos vehementes. Y la explosión deliciosa que recorrió a ambos de arriba a abajo y que los dejó desmadejados en la cama.

Finalmente cuando el delirio de la entrega acabó, volvieron lentamente a tierra. Asuna se negó a separarse de él y se aferró a su pecho, sintiendo la somnolencia y el peso de todo lo ocurrido en el día que caía pesadamente sobre ella. Fue consciente que Kazuto la cubrió con las sábanas, pero se durmió instantáneamente.

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Algo se movía en el lecho agitándola. Se talló los ojos descubriendo la penumbra que los rodeaba. Era noche cerrada.

Se sentó en la cama, preguntándose qué era lo que la había despertado. Se encontraba desnuda, pero su piel estaba tibia; había dormido en los brazos de su Kazuto y… ¿dónde se encontraba él?

Cuando se giró hacia el costado derecho, sintió las manos clavarse en sus hombros con renovada fuerza. Los ojos del joven eran de un gris fosfórico, y la estaba mirando fijamente. Pero como si no la conociera.

—Por tu culpa, por tu maldita culpa….

—¿Kazuto…? —ella trató de tocarle la cara, no le estaba haciendo daño realmente, pero le desconocía. El joven le rechazó el gesto, golpeándole la mano —S-soy yo Asuna…

Empero Kazuto, hizo más presión —Ojalá pudiera matarte, maldita.

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Holasu a todos! Aquí Sumi les saluda en otro capítulo del melodrama de la tarde xD

En este capítulo apenas vamos viendo alguno de los traumas que nuestra pareja tendrá que pasar, además del obstáculo mayor que es Akihiko. Pero no le odien! Tiene un pasado igual de triste que Kazuuu.

Espero que se encuentren bien en lo que cabe, considerando la cuarentena eterna que estamos teniendo en la mayoría de países de Latinoamérica. Hagan cosas para divertirse, escriban, dibujen, canten! Pero no dejen que los malos sentimientos y la depresión les haga perder el rumbo.

Gracias por leer a todos! Seguramente el siguiente capítulo vendrá pronto!

Kim & Sumi