Capítulo 06.

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Algo se movió en el lecho agitándola y trayéndola de vuelta de la tierra de los sueños. Se talló los ojos, descubriendo la densa penumbra que la rodeaba. Era noche cerrada, posiblemente las primeras horas de la madrugada.

Desorientada, se sentó en la cama, preguntándose qué era lo que la había despertado. Se encontraba desnuda, pero su piel estaba tibia denunciando que, hasta hacía poco, había dormido en los brazos de su esposo, pero el lecho se sentía grande y vacío… ¿dónde se encontraba él?

El brusco movimiento que sintió al costado derecho, la despertó por completo. La imponente sombra se materializó en dos fuertes manos que se clavaron en sus hombros con fuerza. Cuando iba a soltar un grito de alarma, descubrió que se trataba de Kazuto. Por lo que se contuvo, pero la expresión confusa volvió a atacarla rápidamente; el rostro del joven estaba demudado y sus ojos eran de un gris fosfórico y amenazante. La veía con fijeza como si no la reconociera.

—Por tu culpa, por tu maldita culpa….

—¿Kazuto…? ¿Qué dices? —ella trató de tocarle la cara, no le estaba haciendo daño realmente, pero le desconocía. El joven le rechazó el gesto, golpeándole la mano, se apresuró a hablarle —S-soy yo Asuna…

Él no pareció oírle, las frías yemas de sus dedos se apretaron a su carne —Ojalá pudiera matarte, maldita.

Ante su tono de voz, ella se hizo para atrás, pensando que él desistiría, pero se equivocó. La siguió sobre el colchón, cerniéndose sobre su figura desnuda —¡No dejaré que vuelvas a arruinarme!

—¡Kazuto! —le puso las manos en el pecho para empujarle, notando que bajo sus palmas temblorosas, su corazón latía de modo errático. No consiguió moverle ni un centímetro—¡Soy Asuna!

La mano masculina trepó de su hombro a su barbilla, de donde la sostuvo, haciendo una pequeña presión. Su rostro se le acercó, pequeñas gotas de sudor le oscurecían aún más el cabello. Sus ojos en la penumbra tenían una leve tonalidad gris azulada, que apenas se distinguían gracias a sus pupilas dilatadas. No parecía él. Era un completo extraño, pero la veía fijamente con expresión siniestra.

—Maldita, maldita, maldita… — repetía con los dientes apretados, reflejando una faceta que nunca le había visto. Había tal rabia en su gesto, que sus atractivos rasgos estaban contorsionados en una mueca severa.

—K-Kazuto…

Su voz se quebró, no porque tuviera miedo, sino porque no era su esposo el que estaba allí. Era una persona completamente diferente, y aunque no estaba haciéndole daño, la situación podría cambiar en cualquier momento. ¿En verdad sería capaz de cruzar la línea y lastimarle?

—¡K-Kazuto por favor! —le obligó a verla, sujetando su rostro y bajándolo a su altura para que le pusiera atención —¡Kazuto!

Un relámpago de razón, pareció encender su mirada y él se detuvo ante su tacto insistente, parpadeó como si acabara de despertar, y su agarre se suavizó. Sus dedos acariciaron delicadamente su garganta —¿Asuna?

Y ella quebró el sello de sus emociones, su voz fue familiar e íntima, por lo que se lanzó a su pecho al reconocerlo. Intentó no estallar en llanto ni mostrarse asustada, pero sus ojos se hicieron agua que comenzó a deslizarse por sus mejillas.

—¿Asuna? —insistió Kazuto acariciando su cabello. La sintió temblar entre sus brazos —¿Qué pasó?

Ella sacudió la cabeza en negación —N-Nada, creo que tuviste una pesadilla…

El joven guardó silencio mientras deslizaba las yemas de los dedos por su espalda desnuda. Se sentía inquieto. La forma en la que Asuna temblaba era semejante a cuando él estaba a punto de sufrir una de sus crisis. No era algo normal. Hasta su piel se había encrespado fruto del tremor que la recorría.

¿Acaso le había hecho daño?

No era tonto, comprendía que su lapsus debió abarcar algunos minutos, una pesadilla demasiado vívida como ella dijo. Acunó su cuello, sintiendo cuan frágil eran los huesos de esa zona, y sus manos demasiado grandes y torpes, en un descuido podría…

Iba a apartarse de la joven, temeroso del hilo de sus pensamientos, cuando sintió el cuerpo femenino reaccionar a su propia desnudez. La brisa nocturna y la oscuridad latente se encargaron de hacer el resto.

Los brazos de Asuna se ciñeron tras su cuello, sintió sus labios húmedos en su sien, y el roce de sus mejillas mojadas. Sus senos se aplastaron contra su pecho. Él también estaba desnudo y sus caderas respondieron alegres a la tentadora invitación impresa en la piel de su esposa. Lo próximo que Kazuto supo fue que ella lo tomaba del mentón y aplastaba su boca contra la suya. El tacto de su lengua vino no mucho después y se permitió suspirar, sorprendido, por la sensualidad de aquella caricia.

Ella podía ser muy persuasiva, notó con asombro, con la poca experiencia que tenía, de aquellas veces que se amaron en esa cama, Asuna lo empujó contra el colchón y aprisionándolo bajo su cuerpo le hizo el amor.

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Cuando Asuna despertó finalmente supo que se había hecho tarde. El calor del día le indicaba que debían ser más de las nueve de la mañana, las sábanas que la envolvían protegían su desnudez, pero se sentían calientes y pegajosas. Necesitaba un baño.

Por supuesto Kazuto no estaba ahí. Después de que se amaron con locura en las horas previas al amanecer, ambos habían sucumbido al sueño. Ninguno fue capaz de hablar de lo ocurrido momentos antes; el joven por supuesto conservó su silencio y ella no se atrevió a acabar con él. Estaba demasiado impresionada, o tal vez un poco desorientada por lo que había ocurrido.

Pero ahora que se hallaba despierta y tenía los pies sobre la tierra, se daba cuenta que Kazuto había desaparecido tal cual lo hizo el día anterior. Se colocó el camisón que recogió del suelo y esperó que la doncella que Alice había puesto a su cargo, se aventurara a la recamara al oír que ya se había levantado.

Cuando la joven de coletas entró a poner en orden la habitación, Asuna le solicitó agua para un baño. No había mejor forma de iniciar el día, que refrescando su cuerpo y sus ideas.

Una vez se halló debidamente vestida y peinada, con un veraniego vestido verde menta y una diadema de trenzas en la cabeza para paliar el calor, insoportable en esa época, se aventuró a ir a desayunar.

Habían armado una mesa gigante en el jardín aquel donde Kazuto y Asuna solían pasear cuando todavía no eran nada. Bajo la sombra acogedora de algunos árboles frondosos, resplandecía el blanco del mantel, la fuente llena de frutas de estación y las paneras repletas de pan de campo, el juego de tazas vacío y las teteras cargadas de humeante líquido, al igual que el botellón de jugo recién exprimido; todo esperando por ella. Y no había nadie, denunciando que la mayoría de la familia había tomado sus alimentos temprano y se hubo retirado a cumplir sus obligaciones.

Se sentó en el único lugar que estaba preparado y empezó a servirse determinada cantidad de cosas; un vaso de jugo de naranjas, café, rodajas de pan con manteca. No se había dado cuenta de cuan hambrienta estaba hasta que se metió el primer bocado a la boca.

—¿Necesita algo más lady Asuna?

La voz solícita de su doncella la obligó a mirarla por encima de su hombro —No te preocupes, Keiko —volvió a su café algunos segundos, antes de girarse en su dirección otra vez —¿Dónde están todos?

—Lady Alice y lady Rinko fueron al pueblo a entrevistarse con Madame Ashley, creo que oí algo de que Lady Rinko necesitaba un guardarropas nuevo para pasar la temporada.

—Típico de Alice.

—Lord Eugeo está en su atelier desde temprano y el duque… —hizo una pausa en lo que se encogía de hombros —No lo he visto, quizás salió con lord Kazuto durante las primeras horas del día.

Asuna asintió guardando la incertidumbre dentro suyo. Al parecer era muy común para los hermanos que el menor de la familia se desapareciera así como así. Ella no lograba acostumbrarse. Durante el tiempo en el que pasó como invitada en aquella misma casa, cuando trataba de evadir los variados intentos de conquista de Kazuto, él siempre estuvo allí. Se colaba a su habitación para verla dormir, depositaba flores en su almohada y siempre era lo primero que veía cuando abría los ojos. Era tan romántico y cuidadoso con ella.

¿Que había cambiado?

¿No se suponía que ahora que estaban juntos aquellos detalles se multiplicarían aun más? Repasó los incidentes de la noche anterior. Ese hombre que le habló con tanto desprecio no era Kazuto, aunque sí ese era su cuerpo, y sí, aquellas sus manos y su voz, pero la esencia tímida de esposo había desaparecido por completo. Era un completo desconocido, y si ella no lo hubiera hecho reaccionar a tiempo, ¿qué tan lejos habría llegado? ¿Habría sido capaz de hacerle daño? En el último instante, sus manos habían avanzado de sus hombros hasta abarcar la base de su garganta.

El miedo que sintió, o tal vez, la inestabilidad de sus emociones, la llevó a actuar de modo vehemente, entregándose a sus brazos, buscando borrar todo mal recuerdo de la única forma que creyó funcionaría. Y lo hizo. Kazuto era un hombre y no pudo negarse a su seducción.

Ninguno lo hizo, de hecho. Y terminaron entregándose, hambrientos, a la necesidad de sus cuerpos.

Sus mejillas enrojecieron de solo recordarlo. Cuan desinhibidos se mostraron, y aunque quería saber qué había pasado; qué llevó a Kazuto a ese estado de desvelo, no se atrevió a preguntar. Como siempre, evitó su mirada, y con párpados bajos se dedicó a amarle como ella hizo con él. Manteniendo el silencio.

—Lady Yuuki imaginé que había salido con mi adorable cuñada, ¿acaso las mujeres no son adeptas al lujo de un vestido nuevo?

Cuando alzó la vista, el duque Akihiko estaba ahí, del otro lado de la mesa, frente a ella. Otra vez comprobaba lo mucho que se parecía a su esposo; salvo el color de sus ojos que los diferenciaba completamente y la expresión desagradable que estaba pintada en el adusto semblante, era una versión más adulta de Kazuto.

Era gracioso que físicamente se parecieran tanto, pero sus personalidades eran completamente opuestas, Asuna podía arriesgar que su esposo compartía rasgos temperamentales con Eugeo, pese a que en apariencia eran completamente opuestos.

—No todas las mujeres somos así, su gracia —se esforzó por contestar amablemente. Pasando por alto que la había llamado por su apellido de soltera. Todavía se oponía a que formara parte de esa familia.

—No deja de sorprenderme, milady. Ahora bien, ¿le molesta si me siento con usted un momento?

Asuna no respondió. No era su casa, por lo que el duque podía hacer lo que se le viniera en gana. Apoyó un gastado libro de tapas azules sobre la mesa y corrió el sillón de jardín hacia atrás, luego se dejó caer cuando largo era, y tomando la jarra de jugo, se sirvió una generosa cantidad para sí mismo, la cual degustó sin prisa.

Asuna ya no pudo continuar con el desayuno, su estómago se cerró tras oír su primera acotación.

—Mi hermano ha desaparecido otra vez ¿verdad?

Ella hubiera elegido no responder, pero ya había evitado contestar su anterior pregunta. Actuar de manera grosera, no iba a hacer que se llevara bien con él. Intentó ser sincera.

—La verdad no lo he visto desde la mañana —jugó con los pliegues de la servilleta que descansaba en su falda —Posiblemente haya ido al que será nuestro futuro hogar, ayer se veía muy ilusionado por empezar la construcción lo más pronto posible.

Se aferró a esa esperanza con uñas y dientes, y casi que la creía a ciegas.

—Posiblemente sea así, milady —la secundó —Pero, tengo entendido que desde los meses que ambos llevan viviendo en casa de mi hermano Eugeo, es la primera vez que desaparece sin decir a donde va ¿no es cierto?

¿Acaso era tan transparente?

—Quizás su gracia pueda explicarme a dónde quiere llegar con esa acotación.

Akihiko no le contestó de inmediato, acarició el libro que había dejado un lado. Tenía el ceño fruncido como si estuviera cavilando alguna cosa.

—En el pasado, cuando Kazuto se sentía agobiado por algún problema, tenía por costumbre desaparecer, dejándonos a Eugeo y a mí con el corazón en la boca. A veces se perdía por días o por semanas enteras, obligándonos a poner al ducado entero en su búsqueda. Luego, volvía mansamente como si nada hubiera pasado, se sentaba en la mesa a desayunar y le pedía a Ryoutarou le sirviera café, ignorando nuestras preguntas de dónde se había metido.

Alice le confió eso mismo en algún momento. Pero durante los meses que estuvo viviendo con ellas, mientras Eugeo estaba en la capital, el joven jamás se alejó más que algunas horas para malhumor de la rubia que estaba empecinada en actuar de Cupido entre ambos. El tiempo restante estuvo con ella como si fuera su sombra.

¿Por qué ahora era diferente?

—¿Piensa que Kazuto ha tenido algún altercado conmigo? —lo miró fijamente tratando de mostrarse serena, pese a la preocupación que la embargaba.

—Mi hermano necesita descargar sus energías de algún modo —prosiguió como si no la hubiera oído —Luego, nos confió que en esas temporadas en las que se desaparecía del ducado, se recluía en casa de su amante. Por supuesto existen necesidades que solo una mujer como lady Sortiliena Serlut puede saciar. ¿Sabe que disfruta de ese vínculo con Kazuto gracias a Eugeo? —ella mantuvo la atención en él, sin desviar la vista, aunque deseaba con todas sus fuerzas hacerlo —Por la expresión perpleja de su rostro asumo que no se lo ha mencionado, ¿verdad?

Asuna no contestó de inmediato. No sabía qué decir. Sabía que era perfectamente normal entre los nobles que un hombre casado tuviera una amante, alguien que le diera lo que su esposa le negaba en la cama… Pero su matrimonio era demasiado reciente para aceptar una decisión como tal.

—¿Porqué tendría una amante si me tiene a mí? —preguntó con suavidad, mostrándose digna y orgullosa.

—Parece que no lo está entendiendo, lady Yuuki…

—Soy lady Asuna Kirigaya, milord —le interrumpió —Aunque a usted no le guste.

—Así que finalmente el corderito muestra sus garras —se cruzó de brazos sin dejar de estudiarla, esbozando una sonrisa de medio lado —Si nos guiamos por el orden de los acontecimientos, fue usted quien se metió en la relación de Kazuto y Sortiliena, engatusándole para que la desposara.

Ella apretó los puños bajo la mesa, y finalmente se puso de pie. Su rostro lucía demudado, sus ojos estaban cautelosos y sus labios convertidos en una línea tensa —Si me disculpa, su gracia —arrojó la servilleta en la mesa, e inclinó la cabeza en su dirección, no pensaba entrar en su juego. Era obvio que estaba buscando provocarle — Se me cerró el estómago y no tengo apetito.

—¿Quiere saber dónde está Kazuto, milady? En los brazos de su amante, lugar al que siempre regresa cuando necesita contención.

Pero Asuna ya había emprendido el camino hacia la otra parte del jardín. Y se guardó de responderle.

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Después de aquel encontronazo con el hermano mayor Kirigaya, no supo que hacer. Allí dentro de aquella casona nadie le permitía mover un dedo y renunció a la idea de quedarse encerrada en su habitación de ociosa. Alice y Rinko todavía no habían vuelto del pueblo, por lo que tampoco podía contar con la compañía de alguna de ellas. Arriesgarse a ir a buscarlas, estaba fuera de consideración, Asuna no era buena para ubicarse y posiblemente acabaría extraviándose.

Por lo que el resto del día lo pasó en el otro extremo del parque, arreglando las plantas del jardín secundario que bordeaba la fachada principal. Se colocó un mandil que consiguió tras insistirle mucho a Keiko y con manos desnudas se dedicó a remover la tierra, cortar ramas secas, hojas marchitas y limpiar aquella parte. Ignoró el adusto sol que quemaba inmisericorde sobre su cabeza desnuda. Y así las horas transcurrieron lentamente.

Almorzó algo ligero bajo la mirada de reprobación de su doncella personal y siguió arrancando malezas y malas hierbas de entre los rosales, que según tenía entendido por el personal, eran el orgullo de la dueña de casa.

Cuando finalmente acabó, tenía la nariz roja por el sol, las manos llenas de raspones y asperezas y tierra negra hasta por debajo de las uñas. Su aspecto general no era el mejor ni el mas elegante para una lady como ella, pero no pensaba ponerse a disposición de su cuñado para que este siguiera humillándole.

Además el ocuparse del jardín le ayudó a mantener la cabeza fría. No tenía a nadie para hablar de las ácidas palabras del duque, y ponerse a llorar por una verdad que intuía era mentira, no le parecía lo más razonable ni lo más sensato. Sobre todo porque la otra parte; es decir Kazuto, no estaba ahí para esclarecer aquellos dichos. Así que guardó aquellas dudas en alguna parte de su subconsciente y se preocupó en pasar la tarde de alguna forma.

Tenía la ligera esperanza de que, en algún momento, el menor de los hermanos aparecería por el sendero y la regañaría por ocuparse de una tarea que estaba destinada a los siervos, además de desmentir el venenoso discurso del duque, pero conforme avanzaba el día, fue convenciéndose que sus ilusiones habrían de hacerse trizas.

El sonido de caballos y el trote de un carruaje que repiqueteaba por el camino principal a la granja, le alertó de que ya no estaba sola y con renovada energía se enderezó, sacudiendo el bajo de su falda. Pero así tan rápido como sus ilusiones resurgieron, estas se aplacaron cuando vio que se trataba del elegante vehículo de su amiga.

—¿Asuna? — la voz de Alice la obligó a enderezarse mientras se limpiaba las manos en el mandil y se secaba con el antebrazo la frente sudorosa. Fue tan descuidada que se llenó de barro la mitad del rostro —¿Qué haces aquí?

Pidió al cochero que se detuviera mientras de un salto descendía del lujoso carruaje y corría hacía su mejor amiga, quien sonreía avergonzada de que la pillara en esas fachas. La expresión de desilusión que empañaba sus ojos, era demasiado obvia como para pasarla por alto.

—Estaba aburrida dentro de la casa, así que mira, he arreglado tu jardín.

—Asuna, tenemos un jardinero que se ocupa de eso —le riñó y reiteró —¿Qué haces aquí? Pensé que estabas con Kazuto.

—Él desapareció temprano —le explicó tratando de restarle importancia.

La puerta del carruaje se abrió y Rinko descendió, alzando el velo de su sombrero para ver a la joven pelirroja. Arqueó las cejas ante su aspecto —Te has estado divirtiendo, ¿verdad?

Asuna se sintió un poco más aliviada de que no la hubieran juzgado. Aunque la expresión de Alice era de desapruebo total.

—¡Hubieras venido con nosotras! Pensé que Kazuto te había llevado consigo, has estado todo el día aquí sola ¿cómo es posible? —se acercó a hacerle unas señas a su cochero, el cual inmediatamente continuó el camino hacia la casa.

—¿Porque no nos reunimos para tomar el té? —Rinko propuso —En una hora, así tenemos tiempo de refrescarnos un poco.

—Me parece una excelente idea —consintió, y la mujer de corto cabello se apresuró por la galería hacia la entrada principal, posiblemente sospechando que las dos amigas necesitaban algo de tiempo a solas. Alice se volvió a Asuna que persistía en limpiarse las manos en su mandil —¿Qué ocurre? No es propio de ti hacer este tipo de cosas.

—¿Y qué querías? Tus lacayos no me dejan mover un dedo allí dentro —suspiró —Sabes que no puedo actuar como tú, Alice. No nací para esto.

—Asuna —se adelantó y la sujetó de los hombros, riendo ante las manchas de barro que tenía en la frente, las que limpió pese a que sus guantes eran de inmaculado encaje blanco —Kazuto se casó contigo porque eres tú… Aunque no sé si encuentre encantador ver como estás ahora… posiblemente se sienta un poco embaucado.

La pelirroja sonrió algunos segundos, luego lentamente su gesto se desvaneció —Dime la verdad Alice.

—¿Qué ocurre? —reiteró.

—¿Es cierto que Kazuto tiene una amante?

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Como hija de un lord, y desposada con un noble como Eugeo, Alice sabía de las costumbres que algunos caballeros tenían. Pero su marido no era de esos. Desde el principio de su matrimonio le había asegurado fervientemente que jamás buscaría el placer fuera de la casa, la amaba demasiado por lo que no tenía ojos para otra mujer.

Pero en algún momento, Alice supo que Kazuto sí tenía una amante. Y desde hacía mucho tiempo, antes de que ella le conociera formalmente. Por supuesto, siendo mujer no estaba invitada a opinar abiertamente sobre ese asunto, pero se enojó bastante con su marido y con el hermano mayor de este, cuando supo de su existencia.

Por otro lado, Kazuto jamás le habló de ella, lo poco que conocía de Sortiliena Serlut era por los ocasionales chismes que la servidumbre de Akihiko dejaba caer a cuenta gotas, quienes le tenían cierto aprecio. Luego descubrió por qué.

Aquella mujer se convirtió en el ancla que salvó al menor de los hermanos de caer en el desaliento total.

Nunca supo como fue que se conocieron, o cómo se solidificó el vínculo que les unía, no podía exponer lo que pensaba de eso, y aunque Eugeo le consentía en todo, ese era un asunto que claramente no le concernía. Que una lady como ella hablara de una cortesana, era una bajeza que no podía permitirse. Era gracioso como la aristocracia avalaba una relación licita como tal, pero prohibía que una mujer noble expusiera sus ideas sobre ello.

Así que cuando Asuna le interrogó sobre aquella mujer, a ciencia cierta no supo qué decir. Por un lado quería confesarle todo lo que sabía, pero por el otro… comprendía que ella no era la indicada para esclarecer sus dudas.

¿Pero dónde se había metido Kazuto?

También esperaba que Eugeo la detuviera, porque era capaz de echar al duque a la calle apenas lo tuviera en frente. Estaba tratando de calmarse para no estallar de furia.

—Alice — Asuna se encontraba frente a ella sentada en la mesa bajo la arboleda, el canto de las chicharras, algo muy común en el campo, era lo único que se oía, coronando aquel tórrido día de verano. El servicio de té que había solicitado estaba allí frente a ellas, una gran variedad de pasteles y demás delicias se extendía a la vista, igual que las tazas vacías esperando a ser llenas con el fragante líquido que flotaba de las teteras. La joven pelirroja se había mudado de ropa, un vestido amarillo pálido que resaltaba en demasía el color de su cabello. Se había quemado con el sol, tenía la nariz roja al igual que las mejillas, pero se veía repuesta —Dime lo que sepas.

Notó las verdes pupilas de Rinko clavadas en ella, como esperando oír qué era lo que iba a decir. Por supuesto, la joven morena debía saber mucho más que ella conociendo a la familia desde que Eugeo y Kazuto eran adolescentes, pero se guardó de mencionarlo.

—No lo sé Asuna, jamás he oído ese nombre. Además comprendes que no es un tema que Kazuto o Eugeo hablarían conmigo —mencionó viéndola fijamente, sin parpadear —Akihiko solo quiere desestabilizarte, no pienses demasiado en ello.

Su voz salió entera, pero cuando extendió la mano para llenar su taza de té, los dedos le temblaron. Se maldijo internamente. Le había dicho una verdad a medias; era cierto que no sabía nada de la otra mujer, pero sí era cierto que su existencia era real. Una pequeña mentira piadosa no le hacía daño a nadie ¿verdad?

—No sé que pensar.

—Además, Kazuto ha estado aquí con nosotras todo el tiempo, ¿lo recuerdas? —añadió —Y creeme, conociendo lo sincero que es, la hubiera mencionado en algún momento.

— Sí, tienes razón, pero...

—No puedo creer que Akihiko llegue a esos extremos por controlar a su hermano —intervino Rinko, desviando el tema.

Asuna se giró en su dirección —Me odia demasiado.

—No, no te odia —la joven de corto cabello se apresuró a interrumpirla —Es como cuando un gran cachorro está herido, intenta morder a todo el que ose acercarse para ofrecerle ayuda. De algún modo, necesita ponerse a la defensiva para evitar que alguien dañe a la familia.

—No planeo hacerle daño a Kazuto.

—Lo sabemos, Asuna —Alice le sirvió una taza de té y se la ofreció —Dale tiempo a que el duque idiota lo acepte también.

—Calma querida, estamos aquí. De tu lado, apoyándote —Rinko sujetó la mano de la pelirroja y le dio un maternal apretón. Como respuesta obtuvo una sonrisa húmeda y una expresión de agradecimiento en aquellas pupilas que parecían oro fundido.

De momento, las tres se enfocaron en disfrutar de la merienda, sumiéndose en sus pensamientos.

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—¡No puedo creer que se haya atrevido a hacer eso!

—Alice cálmate, Asuna será capaz de oír tu voz desde su habitación.

La blonda se detuvo en el medio de su alcoba y miró a su marido, quien parecía muy tranquilo, acostado en el lecho. Con los brazos bajo su cabeza y luciendo muy despreocupado, lamentó no tener su talento natural para plasmar su silueta en un cuadro, pues se veía muy atractivo. Los músculos de sus brazos se flexionaban bajo la camisa que usaba; la línea de su cuello tenía algunas manchas azules, denunciando que estuvo pintando hasta hacía poco, pintura coronaba su cabello rubio, el ruedo de sus pantalones y hasta las suelas de sus zapatos.

—Ella estuvo sola todo el día.

—¿Kazuto ha vuelto a desaparecer?

Se sentó en la cama y suspiró, Eugeo soltó una risita y la abrazó atrayéndola hacia su cuerpo —Akihiko le habló de Sortiliena.

El cuerpo de Eugeo se tensionó un momento —Ese tema no nos incumbe, lo sabes.

—No es algo que debes decirle a una pareja que lleva menos de una semana de contraer nupcias.

—Akihiko no desea...

—¡No intentes defenderle, Eugeo! ¡No hay motivo para que haya sido así de cruel! No tenía porqué decirle ese tipo de cosas. Si Kazuto no ha hablado con ella aun…supongo que tendrá sus razones.

Él suspiró contra su cabello —Kazuto ya no piensa en ella de esa forma. Nunca lo ha hecho.

—¿De verdad? —se enderezó para verlo, esperanzada de que le confiara algo tan íntimo.

Le acarició la mejilla con ternura, deslizando los lacios mechones de cabello dorado tras su oreja —Sí, él mismo lo mencionó —rió al recordar algunos detalles que por supuesto no le confiaría a su esposa —Deja de preocuparte, pareces una madre.

—Es mi mejor amiga de quien estamos hablando Eugeo… Y ella… lo ama, y sé que Kazuto también… —él abrió la boca para acotar algo al respecto, pero ella lo detuvo poniéndole la mano — Si Akihiko dejara de poner obstáculos entre ellos, sería más fácil que ambos trabajaran en sus sentimientos.

—Kazuto es un adulto y Asuna también lo es. ¿No me dices siempre que tengo que dejar de sobreprotegerlo? Es un buen momento para poner eso en obra, Alice..

—Pero… —ella hizo un puchero que él disolvió con un beso.

—No te entrometas, cariño. Harás que Asuna o Kazuto acaben odiándote.

La joven guardó silencio. Su marido tenía razón. Se acomodó bajo su cuello y se permitió tranquilizarse mientras él le recorría la espalda con caricias tímidas y relajantes.

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La ausencia de Kazuto hizo lo suyo en el ánimo de la pelirroja, pues no se presentó para la hora de la cena; y aunque eso suponía una afrenta para el duque Kirigaya, Alice comprendió y amparó la decisión de su amiga.

Sin embargo, Akihiko se mostró bastante satisfecho, la sonrisa relajada que lució todo el tiempo, era un aliciente para que la anfitriona le diera una bofetada con todas sus fuerzas, pero recordando las palabras de Eugeo, se mantuvo callada y evitó cualquier tipo de interacción con él.

Hasta Rinko se mostró particularmente taciturna esa noche, de modo que los hermanos eran los únicos que mantenían viva la conversación en la mesa.

—¿Dónde vas? —el rubio cortó lo que estaba diciéndole a su hermano, algo relacionados a unos negocios en la capital, para volverse a su esposa, la cual alzando el vaporoso ruedo de su vestido violeta, se acercaba a una de las doncellas que aguardaba para seguir sirviendo la comida.

—Pediré que le lleven una bandeja con la cena a Asuna.

Akihiko desvió la mirada para encontrar los fulgurantes ojos verdes de Rinko clavados en los suyos. Esa noche vestía de granate, y tuvo que acordarse de como respirar cuando la vió entrar al comedor. Su belleza seguía igual de subyugante y perfecta. La pregunta de por qué nadie estaba cortejándole, martilló en alguna parte de su cabeza.

—¿No enviarás a buscar a Kazuto?

—¿Todavía no ha vuelto? —aventuró con una ceja en alto.

—Posiblemente los caballeros esperan que nosotras encabecemos la búsqueda —Alice no pudo evitar sonar ácida. Es que el estar conteniéndose le había provocado un malhumor sin igual.

—Cariño —Eugeo le extendió la mano con serenidad —Me ocuparé de eso, te lo prometo.

Solo entonces la joven rubia se sentó a su lado, pero la mirada desanimada que le dedicó Rinko, le dijo sin palabras, que ella tampoco había tenido éxito buscando información.

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¿Cómo podía dormir si su marido aun no había vuelto? Estaba preocupada, asustada y se sentía desamparada. Una tontería por supuesto, Alice y Rinko estaban allí, pero… no era lo mismo. La razón por la que aun seguía en esa casa había desaparecido en un abrir y cerrar los ojos.

No tenía apetito, la bandeja quedó intacta en su habitación. Tampoco tenía sueño, había abandonado el cobijo de su lecho para sentarse en los escalones que conducían al jardín. En el mismo lugar donde hablaron de sus sueños, y ella le confió a Kazuto que quería sembrar patatas… Empero, en ese momento, esos recuerdos parecían tan lejanos, tan distantes.

—Asuna —la voz masculina la sobresaltó. Por lo que entendía, debía ser pasada la medianoche y los habitantes de esa casa deberían estar durmiendo, al contrario de lo que ella estaba haciendo.

—Milord, lo siento. ¿Le he despertado?

—¿Qué haces aquí?

Ella ajustó la larga bata en torno a su cuerpo. Los ojos del muchacho rubio brillaban cual gemas en la oscuridad, se veía consternado y también algo somnoliento.

—¿Cree que puedo dormir sabiendo que Kazuto no está? No soy tan desalmada, milord.

La expresión de Eugeo se suavizó, caminó algunos pasos hacia ella, pero sin interrumpir en su espacio personal.

—He puesto a algunos sirvientes en su búsqueda, saben que no pueden regresar hasta no traer noticias de su paradero y… —se masajeó el cuello en tanto reprimía un bostezo —Suena terrible pero, las malas noticias viajan demasiado rápido, si algo malo le hubiera ocurrido, sin duda a estas alturas ya lo sabríamos.

—Sé que tiene razón, milord, pero mi corazón se niega a permanecer sereno. Estoy muy preocupada.

—También intuyo que Ryoutarou se encuentra con él.

Los ojos de Asuna se humedecieron, sin duda no había considerado esa opción.

—Ve a dormir. Alice me reñirá si sabe que no he logrado convencerte.

Asuna se puso de pie y se inclinó levemente —Perdón por las molestias causadas, buenas noches, milord. Cualquier novedad…

—Serás la primera en saberlo, ve a descansar.

Asuna asintió, y tras darle la espalda, se perdió en el corredor oscuro. Eugeo levantó la cabeza hasta la ventana superior y le hizo una seña afirmativa con el pulgar al rostro de Alice que se veía preocupado y que había observado todo desde esa altura.

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No pudo dormir bien, cuando sus párpados se cerraron de cansancio, estaba rayando el alba en el cielo. Se despertó atontada, pensando que observaría a Kazuto sentado a los pies de la cama, viéndola dormir como usualmente hacía… Pero la habitación seguía tan solitaria a como la dejó el día anterior.

Esta vez trató de desayunar temprano para evitar algún encontronazo con el duque. Se decantó por una blusa blanca de hombros descubiertos y una falda azul cielo, se trenzó el cabello ella misma, y bajó apresuradamente, notando que la mesa otra vez estaba armada bajo los árboles tal como el día anterior.

—Lady Asuna, lord Kirigaya solícita su presencia en su despecho —un sirviente de rostro muy joven se inclinó ante ella al darle el mensaje.

Ella dejó lo que estaba haciendo y siguió al muchacho, convencida de que el esposo de su amiga era quien le había llamado. Posiblemente Eugeo tuviera noticias frescas del paradero de Kazuto y, tal y como le prometió el día anterior, deseaba ponerla sobre aviso.

El jovencito, a quien nunca haba visto hasta entonces, se inclinó cortésmente ante ella una vez que se detuvieron ante la nombrada habitación, y siguió su camino.

Asuna no golpeó, simplemente abrió la puerta y entró, cerrando suavemente tras ella. Una vez enfrentó a las personas allí, supo inmediatamente cuál había sido su error. El duque Akihiko estaba allí, sentado como un poderoso y mundano rey tras el escritorio, y a su lado el asombrado rostro de un hombre que le hizo muy familiar.

—Asuna —se adelantó el muchacho, que debía tener la misma edad que el noble. Alto, de increíble ojos azules y cabello violáceo atado en una cola de cabello. Vestía una sobria chaqueta oscura y pantalones del mismo color, un lujoso conjunto denunciando su estatus de noble.

Asuna buscó en su memoria el nombre del invitado, y tras la protocolar reverencia a su cuñado que veía sorprendido a su interlocutor, le saludó —Lord Woolsburg, ha sido mucho tiempo…

—Asu-Lady Asuna, lamento mucho lo ocurrido con Kouchirou, quise… quise ir a ofrecerle mis condolencias, pero cuando fui a su hogar, sus sirvientes me dijeron que estaba de viaje…

Ella sonrió, incómoda ante la expresión analítica que adoptaron las facciones de Akihiko —Sí, Lord Eugeo Kirigaya me tomó bajo su tutela por un tiempo.

—Desconocía que tuvieran relación —intervino el duque con sequedad —Pero por supuesto, Kouchirou era nuestro compañero en la universidad, eso lo dice todo —sus cejas se arquearon al notar que su invitado no le quitaba los ojos de encima a su cuñada. Se aclaró la garganta —Lord Woolburg pasa el verano en una finca ubicada al sur de la casa de Eugeo; cuando supe que estaba tan cerca le solicité la tarea de labrar el acta correspondiente… ¿Para qué hacer venir a mi abogado desde la ciudad, si puedo solucionar esto de modo sencillo?. Imagino que sabe a qué papel se refiere, ¿verdad Lady Yuuki? Que conozca a Eldrie, lo hace más simple —hizo una pausa —El documento por favor.

Akihiko le hizo un gesto de que colocara los papeles en el espacio libre que quedaba sobre el escritorio. Abriendo su maletín el joven sacó una especie de libro tapizado en lujoso cuero negro, se le veía renuente mientras lo abría en el medio y lo depositaba frente a su amigo. Este leyó lo allí descrito rapidamente y tras asentir con satisfacción, le hizo un gesto tosco a Asuna —Léalo, llénelo claramente y fírmelo.

Eldrie notó con espanto como la joven se inclinaba ante los folios con expresión vacía.

—¿Sabe leer, verdad?

No era necesario aquel comentario ácido, y mucho menos ante la presencia de alguien conocido. No cesaba en su afán de humillarle. Asuna no respondió, mojó la pluma en el frasco de tinta y se inclinó mientras con letras perfecta escribía su nombre de soltera, su fecha de nacimiento y demás datos que la reconocían como quién era. En otras palabras aquel documento decía que de disolverse el matrimonio con Kazuto, ella no cobraría ni un centavo. Se iría con lo puesto, tal y como había llegado.

—Asuna ¡espera! —Eldrie la frenó cuando se encontraba punto de estampar su firma —No sabía que se trataba de ti… —escuchó que el duque chasqueaba la lengua en desaprobación —Si firmas eso, ¡no tendrás nada!

—Nunca he tenido nada —le respondió con una sonrisa forzada. Apoyó la pluma sobre el papel y una pequeña mancha de tinta coronó la acción que nunca realizó —¿Me devolverá mi dinero?

Akihiko notó que su muñeca se mantenía firme e inmóvil, sus ojos de oro estaban fijos en los suyos en una mueca retadora, y él deseó con todos sus fuerzas borrarle esa expresión pendenciera.

—El dinero es suyo Lady Yuuki, es parte de la herencia que le dejaron sus padres, tiene mi palabra que puede hacer uso libre de él, apenas firme ese papel.

—¿Así de fácil?

—Ya que usted y mi amigo Eldrie se conocen —murmuró lentamente —Firmaré un poder para que él se encargue de proporcionarle lo que necesita, administrará sus bienes hasta que usted regrese a la capital… lo cual imagino que será muy pronto.

—Puedo ayudarte Asuna, no te preocupes —el joven de ojos azules le aseguró, asintiendo con convicción.

Eso fue todo lo que atribulada muchacha necesitaba para terminar eso, con mano firme estampó su firma y se enderezó, luciendo serena y tranquila, pese a que entendía que ese hombre buscaba doblegarla y humillarla de modo despiadado y ruin. Pero no le daría el gusto de verla destrozada.

—¿Puedo retirarme?

—El acta carece de validez si la otra parte no muestra estar en acuerdo — intervino el abogado mirando a su amigo de reojo.

—Kazuto no está en condiciones de firmar ese papel… Pero lo hará, él me escucha. Puede retirarse Lady Yuuki, gracias por su tiempo.

—Ha sido un gusto verlo, aunque fuera bajo estas circunstancias, Lord Woolburg —ella tomó el borde de su falda y se inclinó —Espero que siga bien.

—Mi… ¡Mi hermana ya ha salido del internado! —exclamó de golpe, logrando que ella se volviera con una expresión curiosa en la cara —Siempre la recuerda con mucho cariño, ha deseado mucho verla desde que se enteró de las tristes noticias...

—Hace años que no veo a Yuuki.

—¿Quizás, cuándo milady se instale en la ciudad pueda llevar a mi pequeña hermana? Le hará bien ver una cara conocida… Y estoy seguro podrán alentarse mutuamente.

Asuna esbozó la primera sonrisa real en dos días, asintió exultante —Sería un gusto volver a verla.

—Entonces así será, le acompaño hasta la salida milady.

En realidad, ese tipo de protocolo debía cumplirlo el dueño de casa, pero este estaba con los ojos entornados, mirando el documento, cuya tinta fresca empezaba a secarse, mientras consideraba lo que acababa de descubrir allí.

No pasó por alto la mirada anhelante de su amigo, el abogado. Nunca se le ocurrió pensar que Eldrie Woolburg tuviera un marcado interés en la hermana menor de su difunto amigo. Eso sin duda, le daba un curioso giro a la situación.

—Es una buena muchacha, Akihiko. De haber sabido que era ella de quien hablabas, me hubiera negado terminantemente… En memoria de Kou…

—Eldrie —el duque se levantó de su lugar — Sé que no lo comprendes. Mi hermano ha cometido un error desposándola, ni siquiera la ama y… la ha deshonrado —los ojos claros del muchacho se hicieron más cristalinos aún, en censura y pavor —Por supuesto que no la dejaré en la calle, pero estoy librándola de Kazuto antes que le haga un daño peor.

—¿Kazuto?

—Mi hermano menor, él… tiene serios problemas mentales, los que estoy convencido has oído al dedillo. Ha cometido un error y estoy dándole la libertad a esa niña antes de que ocurra una desgracia. Tu ayuda ha sido de una providencia divina, no lo dudes.

Pero el joven no mencionó palabra, dirigió la vista hacia la ventana abierta y por un segundo comprendió la posición del duque. Era agotador lidiar con las leyes de la aristocracia cuando tenías un familiar demasiado exótico para la sociedad. Suspiró lentamente.

—Entiendo perfectamente a qué te refieres, amigo.

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Ni siquiera tuvo tiempo de pensar lo que había pasado, la dueña de casa apareció y tras protestar por hallarse sola durante el desayuno la llevó consigo a la cocina. Asuna decidió no mencionarle el acuerdo matrimonial que había firmado, Alice se enojaría y no quería que la paz familiar se alterara por su culpa.

Estuvo ocupada y se sintió útil ayudando a planear el menú para el resto del día con su amiga. Luego rinko fue a buscarla para que le ayudara a clasificar algunos libros de medicina que había llevado consigo. Al parecer la mujer de cabello negro, había estudiado enfermería antes de que su vida se uniera a la del duque, frustrando su carrera, pero la vocación parecía estar muy latente en el corazón de la dama. Le explicó muchas cosas y de como su pequeño conocimiento había servido para atender a Kazuto cuando Akihiko lo rescató del sanatorio mental.

Asuna sospechaba que tanto la intervención de Alice, así como los cuidados maternales de Rinko se debían a la expresión desvalida que ya no abandonaría su semblante. Y en silencio agradeció que ninguna de ellas le cuestionara el motivo de su desazón.

Así avanzó la jornada, hasta que el encontronazo final con el duque Kirigaya, llegó a desestabilizarla del todo.

Pasaba de media tarde y se encontraba en el jardín lateral, con una regadera demasiado pesada en las manos, cuando el duque se le acercó sin prisa, caminando ruidosamente para que ella fuera consistente de su presencia. Lo cual desde luego, sucedió.

—Sé que piensa que soy un ser ruin y déspota, pero le demostraré lo equivocada que está. Le he traído algo para aseverar mis palabras, lady Yuuki.

Le extendía aquel libro de gastadas tapas azules que llevaba consigo durante el desayuno del día anterior. Ella no hizo ademán de tomarlo.

—Mucho antes de que Eugeo conociera a Alice, llevaba consigo una libreta donde dibujaba todo cuanto veía. Este libro es de esa época. Véalo, posiblemente encuentre muchas cosas interesantes.

Viendo que ella se resistía aceptarlo, Akihiko lo dejó en una esquina de la mesa rústica donde ella había depositado los elementos de jardinería que estaba ocupando. Sin agregar mas palabras y como si se sintiera satisfecho por lo que había hecho, el duque Akihiko volvió sobre sus pasos y se perdió tras el paredón que rodeaba la casona.

Asuna continuó por varios segundos, cortando flores para armar distintos arreglos para las habitaciones principales, que no le prestó atención al libro. Solo cuando acabó y empezó a guardar las herramientas una por una, se acordó del objeto.

Se lo puso bajo el brazo mientras acomodaba los bouquet. Colocó uno gigante en la sala, y algunos más pequeños en distintos rincones que según ella se veían muy solitarios. Y guardó uno, de rosas blancas y campanillas azules para poner en su recamara, donde se dirigió sin prisa.

Una vez terminó de acomodar el florero y mientras se lavaba las manos, contempló de soslayo el libro que había dejado en una esquina del lecho. Lo tomó y abrió la primera página, leyendo la caligrafía tosca de un Eugeo Kirigaya adolescente. A grandes rasgos definía aquello como un cuaderno de dibujos a lápiz y a carboncillo.

Las primeras páginas ilustraban flores, pájaros, y paisajes que ella no reconocía; una casa esplendorosa en el centro de una colina, montañas y un cielo hermoso. Eugeo realmente tenía talento para dibujar. Las siguientes páginas mostraban un vagón de tren, algunos edificios emblemáticos de la capital, y algunos transeúntes que fungieron como modelos improvisados. Luego varias páginas dedicadas a una hermosa mujer de largo cabello, pero de expresión traviesa. No era Alice, ni alguien que ella conociera. Las otras páginas dedicadas a esa mujer estaban llenas de manchones, Eugeo acentuaba las sombras en torno a ella, como si quisiera dar énfasis de algo. La expresión de su rostro, aunque seguía siendo bonito, se veía ahora siniestro y ruin, como si fuera un ente demoníaco.

Luego algunos retratos de Rinko, la reconocería donde fuera. Aunque su cabello era más largo, Eugeo la había dibujado hermosa y joven, aunque la expresión de sus ojos era melancólica, y en algunas imágenes parecía estar llorando. Entonces había imágenes de Akihiko con expresión severa y enojada. Retratos rápidos sin terminar, trazados a medias, él tras un escritorio, abrazando a Rinko… Y entonces cuando corrió más paginas, por fin encontró a Kazuto.

Un Kazuto adolescente de mirar apagado. Un Kazuto montando a caballo, desnudo de la cintura para arriba, en otras metido dentro de un rio que se veía caudaloso con una caña de pescar en las manos. Asuna sonrió y acarició las paginas sabiendo que la tinta se quedaría pegada a sus dedos. Entonces cuando dio vuelta la hoja su corazón se detuvo.

Una mujer preciosa de sonrisa enorme le abrazaba de la cintura mientras él se veía incómodo. Ya no era el niñato adolescente de los anteriores dibujos, aquí se veía más joven y adulto. La mujer de sonrisa enorme aparecía en las siguientes páginas, se veía algo mayor que Kazuto, pero no dejaba de ser hermosa. Y la forma en las que Eugeo los había retratado ponía en evidencia que el vínculo que les unía era superior al de una simple amistad.

En todas se les veía juntos e íntimos. No en alguna situación indecorosa, pero sí haciendo gala de una complicidad que solo dos personas que se conocían muy bien podían tener.

La sigueinte imagen dedicada a ella le trajo la verdad que no había querido aceptar. Liena & Kazuto decía sobre la estampa de ambos, durmiendo muy juntos, al pie de la colina de aquella casona imponente de las primera páginas. El resto de imágenes reflejaban más situaciones como aquella. Parecían una pareja de enamorados. Y si bien Kazuto no sonreía en ninguno de esos retratos, tampoco se le veía incómodo.

Sortiliena Serlut & Kazuto Kirigaya rezaba el último bosquejo perteneciente a una casita de dos plantas, la mujer vestía elegante y Kazuto por fin un traje noble. Ella le abrazaba, mientras se sujetaba el sombrero. Se notaba que las líneas habían sido trazado a grandes rasgos y que después les habían dado los detalles. Era el último retrato dedicado a ellos, lo que restaba del libro eran puros dibujos de Alice. Aunque Asuna no podía aseverarlo a ciencia cierta pues tenía los ojos llenos de lágrimas.

Entonces sí era verdad que Sortiliena existía, y sí era verdad que era amante de Kazuto, desde mucho antes de que ella apareciera en su vida.

El libro cayó al suelo cuando Asuna se puso de pie y se apretó las sienes sintiéndose perdida y confusa. ¿Qué tontería había hecho casándose con un hombre que solo la luciría como un bonito adorno cuándo no se encontraba en brazos de su amante?

¿Quizás Kazuto la veía como una de las piezas de porcelana que tan celosamente coleccionaba?

Reprimió un sollozo, en tanto se secaba las lágrimas que empezaban a derramarse de sus ojos.

—Quiero volver a casa… —murmuró cubriéndose la cara con las manos. Miró por la ventana de su habitación, los colores de un crepúsculo naciente conferían un aura dorada a los muebles que se alzaban a su paso.

Sin pensarlo, se aventuró a la puerta y salió de la alcoba. Caminó por el corredor, ignorando a los sirvientes que se acercaban a preguntarle que le ocurría. La expresión rota que portaba era demasiado notoria como para ignorarla. Salió de la casa, agradeciendo no cruzarse con ninguno de sus habitantes, y rodeó la edificación dirigiéndose hacia las caballerizas. Solo había montado a caballo una vez, aquel día tras su boda, cuando volvían de la posada aquella.

La adrenalina que la recorría era tanta que no vaciló ni se detuvo a pensar que estaba haciendo.

Seleccionó uno de los alazanes que relinchó inquieto cuando la vio, y sacándolo de la cuadra, lo ensilló rápidamente, para su mala suerte había visto a Kazuto haciendo eso muchas veces, por lo que conocía como hacerlo, y tras asegurar las riendas, puso un pie en el estribo y de un ágil salto se subió al lomo del animal. Le clavó los talones en el anca, y este salió disparado, atravesando el campo abierto, mientras las copiosas lágrimas de su jinete se perdían entre la brisa del atardecer.

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Sus largas hebras eran tratadas con delicadeza, Ronye, su doncella había realizado tantas veces esa tarea que, prácticamente la rutina se volvió un ritual sagrado. Su cabello era el rasgo más atractivo que poseía, junto a ese par de orbes púrpura, los caballeros quedaban hechizados al mirarla. Tuvo varias propuestas, las que le asegurarían una vida plena y que rechazó. En su interior buscaba más que ser la querida de un noble de alto rango, consideraba que su belleza debía ser merecedora de un título más adecuado. En la sociedad que vivían era casi imposible lograrlo.

Suerte o destino, aún no definía bien como llamarlo, pero encontró su lugar junto a su joven benefactor, un ser único y atrayente. Disparó su curiosidad y fue un reto lograr que la aceptase en su pequeño círculo.

Instintivamente miró su reflejo en el espejo, no había sonrisa en su rostro. En la esquina del mismo imaginó la silueta de ese hombre: a medio vestir, observando el marco del cuadro que decoraba la habitación y sin emitir ni una sola palabra. Ese silencio tan suyo tras la entrega en las sábanas, le había fascinado. Era diferente al resto. Nunca conoció a alguien igual y tuvo suerte de desarrollar un lazo fuerte mientras quitaba una capa a la vez. No solo como amantes, también como amigos. El pobre muchacho había sufrido tanto que renegaba incluso de la compañía de sus hermanos. De alguna forma actuó de sanadora para sus males y al mismo tiempo se ganó su carisma.

No poseían una relación solo carnal, la compañía mutua era tan cómoda que cogieron varios hábitos. A veces se reunían para tomar el té, cabalgar o caminar en la tranquilidad de la naturaleza, eran como una pareja en pleno cortejo.

Recordó la visita de varios semanas atrás de lord Eugeo, aquello le dio esperanza de poder unirse al círculo de la poderosa familia. Ser lady Kirigaya, sería un sueño cumplido y la solución a su vida. Sin darse cuenta su corazón inició a suspirar el nombre del callado lord. En ese momento, tras no verlo por mucho tiempo, su pecho dolía hasta preguntarse, ¿dónde estaba? Kazuto nunca antes había faltado a una de sus encuentros, eso le angustió. Confiando que vendría a visitarla, se mantuvo firme en no abandonar la hermosa casa que él mismo le obsequió y dónde habían acordado reunirse.

Eso decía la carta que Ryoutarou le entregó, de eso ya varios días dónde no encontraba explicación para ser la única en ese lugar. No sé caracterizaba por rendirse tan fácil y Kazuto no solía cancelar algo sin informar la razón. Por eso, cada mañana se levantaba antes que el sol: luciendo un caro y nuevo vestido esperaba hasta caer la noche la llegada del joven. Terminaba desayunando, cenando y durmiendo sola. Su doncella, por compasión le sugirió regresar a la cuidad, era obvio que él no vendría. En otra circunstancia la habría castigado, pero agradecía la sinceridad y la falta de miedo, pues tenía toda la razón. Si bien la joven no lo mencionaba de forma abierta, sabía que al pasar los años a su servicio se preocupaba desmesuradamente por ella, no le agradaba mirarla sola y quebrantada.

Tras una pequeña charla, fue persuadida.

El elegante sombrero con plumas azules cubrió su cabello, estuvo lista para marcharse. Las maletas estaban hechas, el cochero esperaba afuera. Sus ojos no poseían el brillo de siempre, pero sin agachar la cabeza salió de la habitación.

Mientras avanzaba en los pasillos, deseaba retractarse, esperar un día más. La doncella tras ella nunca detuvo el paso, por lo que debió mostrarse firme. Dejó escapar un suspiro al bajar el primer escalón. Pero mientras avanzó, el peso y tristeza desaparecieron al notar la familiar figura de quién esperó con tanto anhelo. Casi bajó el resto de escalones corriendo, logró controlarse pues seguía aún un poco dolida, aunque la sonrisa en su rostro la traicionó.

Kazuto se percató de su llegada, no se volvió, estaba más interesado en el juego de porcelana en la vitrina. Adquirida de un mercader en la cuidad. La dama sabía de su interés por esos objetos y no dudó en comprar esa pieza, le costó una fortuna. Tal vez la falta de tiempo juntos la llevó a incursionar en ese mundo que no alcanzaba comprender.

Con pasos suaves y elegantes se acercó a él, olvidó por completo la larga espera llena de soledad al tenerlo tan concentrado y ansiando tener su atención le tocó el hombro. Pudo notar que existió un pequeño dejo de rechazo, dedujo que se debía a que no le gustaba ser molestado en medio de su fantasía.

—Sabía que te gustaría. Pertenecía al hijo del emperador Ming, ¿puedes creer que la compré en el mercado al sur de la cuidad? Iba buscando un sombrero y terminé adquiriendo esto.

El lord no contestó, mantuvo su atención fija en la porcelana. Era la primera vez que Sortiliena lo miraba estudiando una de esas piezas, Kazuto era muy reservado en cuanto a su pasatiempo de coleccionista. Si hubiera sabido del impacto que provocaría en él esos objetos, desde hace tiempo habría mostrado más interés y solicitado su ayuda para saber más.

—Es falsa.

Dijo de la nada al incorporarse y como siempre sus ojos mantenían la atención en otro punto.

Sortiliena dejó de admirarlo y posó su ingenua atención a la taza.

—¿Puedes saberlo solo con mirarla? ¿Estás seguro? ¿No deseas tocarla, estudiarla de mejor manera? —llegó al punto de sacar la taza de su lugar y exponérsela más de cerca.

—Es trabajo de un estafador principiante.

Estaba impactada, pero no podía pelear contra alguien que era un experto, si él lo decía era verdad que fue estafada. Una parte de ella estaba avergonzada, quedó en ridículo frente a Kazuto. Fue muy tonta, se dejó guiar por su corazón cuando debió de prestar atención a los detalles, los que empezó a notar y que creía eran parte de la artesanía de esa época.

—Le diré a Ryo que siga el rastro de quien te hizo esto —se la quitó de las manos.

Escucharle decir eso la hizo feliz, la pérdida de dinero o encontrar al falso comerciante no le importaba. Que mostrara interés por vengar su honor fue lo que le alentó a romper la distancia y tirarse a su brazo como usualmente lo hacía, por supuesto él negó el contacto con su brusquedad acostumbrada. Por lo que decidió pedirle su saco, lo que también fue denegado.

Él siempre era así, tosco y huyendo al contacto, aún después de estar juntos. Pero ese latente cambio que percibió le llenó de un sentimiento desconocido. Traía un aura diferente, algo que no podía describir con palabras.

—Debes estar cansado querido, ven vamos a tomar té, luego envías a Ryo —ofreció al notar que Ronye desapareció, seguramente fue a la cocina a preparar algo para darle la bienvenida.

Creía que un cambio de tema le ayudaría a despejar su mente y a su acompañante a encontrar comodidad para confiarle lo que traía. Generalmente era un hombre difícil, encontrar la forma de persuadirlo y reducir sus fantasmas era algo en lo que se volvió experta. Tal vez luego podrían dar un paseo, eso siempre funcionaba. Con la privacidad que el lugar les ofrecía rápidamente podrían reencontrarse.

Detuvo su andar al darse cuenta que era la única que se hubo movido. Bajo el marco de la puerta giró el rostro hacia su invitado, que se enfocó en el picaporte de la puerta semiabierta.

—¿No apeteces ir? O, ¿deseas que vayamos arriba? —Fue un poco atrevida al sugerirlo, pero a diferencia de ocasiones anteriores Kazuto no mostró interés, más bien, creyó que le desagradó la invitación.

—Me he casado —dijo sin más.

La dama debió recostar su espalda en el marco de la puerta para encontrar estabilidad, pues esa noticia nunca creyó que llegaría a escucharla. Aseguraba ciegamente que nadie sería capaz de atar a Kirigaya Kazuto, un hombre tan único, con manías que las mujeres evitaban a toda costa. Y la sociedad era muy cruel aseverando esos puntos. ¿Quién fue capaz de adentrarse a lo más profundo de su quietud y silencio? O, ¿ese matrimonio era efecto de uno de los negocios de su hermano, el duque? Las uniones por conveniencia eran las más comunes, pero no creía que él sería capaz de aceptar dicho pacto. No escuchó nada referente a una boda, el apellido Kirigaya era demasiado conocido como para no crear un escándalo, por lo que el enlace fue reciente. Estando alejada no se enteró de las primicias.

—Es repentino —hizo gala de su experiencia para calmarse. Unió sus manos frente a sí y forzó una sonrisa—, mis felicitaciones. Ella es una mujer afortunada.

Kazuto solo asintió con la cabeza. Del bolsillo de su saco un grueso sobre fue expuesto. A paso lento se acercó a ella y con una delicadeza que nunca le había demostrado le tomó la mano. Sabía lo que vendría y luchó por no quebrarse como en el pasado había visto a otras hacerlo.

—Por el tiempo —colocó el sobre en sus manos—, no solicitaré más tú compañía pero aún tendrás mi protección.

—Siempre puedes buscarme, el matrimonio quizá no sea para ti —fue muy atrevido de su parte, creía conocerlo lo suficientemente para sacar esa deducción.

—Solo necesitaré a mi esposa, al igual que Eugeo solo tiene a Alice. Yo solo ama… solo debo tener a Asuna a mi lado.

Asuna… así se llamaba la mujer que le estaba despojando de todo. Qué le había robado la última gota de esperanza que creyó pronto se transformaría en un mar en plena calma junto a ese hombre de pocas palabras.

Negando romper la sencilla unión y perder la calidez que le transmitía, se aferró a la mano masculina cuando esté intentó alejarse. Él no mostró protesta, quizá porque sería la última vez que estarían juntos.

—¿Ha sido tu decisión casarte?

—Si.

Su sorpresa se manifestó en una traviesa lágrima. El causante lo notó y siguió el recorrido de la misma, hasta perderla en el suelo, donde fue absorbida por el piso.

La dama controló su aflicción, las lágrimas eran una distracción para su acompañante que no parecía comprender el daño provocado. Y no lo culpaba.

—Es bueno saberlo, me gustaría saber los detalles.

—Debo irme Liena. Asuna me espera, no le dije que vendría.

A pesar que le llamó como usualmente, tuvo que soltarle. Era claro que no podía retenerlo más.

—Aún podemos reunirnos como viejos amigos.

Kazuto lo pensó un poco antes de asentir.

—Ubicaremos al estafador.

Tras quedarse sola, reprimió un poco más el peso en su pecho. Acercándose a la ventana movió la cortina, vio la ancha espalda de Kazuto alejarse. Esperaba que como era su costumbre se volviera y diera una última mirada a la casona, no lo hizo. Tras intercambiar palabras con el pelirrojo, las que no alcanzó a escuchar, subió al carruaje.

Se quedó observando hasta que perdió por completo al vehículo. Y por fin dejó salir su frustración.

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—Mi señora, no podemos seguir aquí, el cochero no esperará más. Ahora que es libre y rica, debe haber algo que le guste hacer.

Liena se mantuvo en silencio, había estado callada desde que dejó de llorar. No era el tipo de mujer que se quebrara tan fácil, nunca fue así, le sorprendió la manera de impacto que provocó la noticia del matrimonio.

Nunca creyó que ese joven, que conocía desde hace años llegara a concentrar su vida hacia una marital como el resto de caballeros en la sociedad. Al menos no sería desarrollada de forma normal. Kazuto era un hombre difícil, la mujer que estaría a su lado debía ser alguien de carácter fuerte pero comprensible ante los cambios de humor y silencio. Con el pasar de los años pensó que la indicada era ella.

Sabía que el joven lord no podía amar, se vivía diciendo eso. Entonces, ¿qué lo llevó a unir su vida tan de repente? Fácilmente llegó a una conclusión, encontró a alguien que le atrajo demasiado. Solo se trataba de un deseo carnal pasajero, ¿pues que otro motivo tendría alguien como él? Que comprendía mejor el lenguaje del cuerpo que el de las palabras.

En ningún momento mencionó algo referente al amor. Sí notó un cambio, pero quizá se debía a que obtuvo lo que deseó, si se trataba de una noble, entendía la razón inesperada de casarse. No podía manchar la reputación de esa joven y para obtener lo que ansiaba se vio obligado a tomar medidas extremas. Aunque se decía demasiado de los Kirigaya, eran muchos los que deseaban unir lazos con la misma y obtener los beneficios que eso traía.

Lo que indicaba que en algún momento se cansaría, se daría cuenta del peso que cargó por una virgen inexperta y, volvería a buscarla. La incertidumbre de cuando sucedería eso, la obligó a levantarse.

—Ronye regresamos a la ciudad.

La castaña dejó escapar un suspiro de alivio. A su doncella no le agradaba demasiado estar lejos de la civilización. La notaba más animada caminando por las calles y visitando las boutiques.

—¿Ha decidido que hacer con su fortuna? Unas vacaciones le harían bien.

—No iremos a Francia o Italia si es lo que propones. Debemos enmendar el error que Kazuto ha cometido, antes que eso le cause serios problemas.

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Alice no paraba de observar el reciente trabajo de su esposo. Cuando sugirió hacer una pintura de Asuna y su cuñado reaccionó de forma ofensiva, creyó que no sería capaz de lanzarse a tomar el pincel.

Ahora que admiraba el retrato terminado, no cabía duda que Kazuto le perdonaría, pues admitía el talento para plasmar la realidad con lujo de detalle.

—Creí que te encontrabas con Rinko.

Al volverse encontró a su esposo con las botas manchas de lodo, tras él un camino de huellas. Si no fuera porque se veía muy atractivo cargando sus herramientas de trabajo, lo hubiera regañado. No era la primera vez que salía a dar un paseo para plasmar el atardecer y crear arte en el piso, el que las sirvientas aborrecían, incluyéndola.

—Hoy no la torturaré, además estuvo con Asuna, y ansío que ellas dos se conozcan. Rinko conoce a Kazuto desde que era adolescente, puede ayudarle mejor que yo en ese sentido.

—Es cierto.

—Y Además, Ashley enviará los vestidos cuando estén listos.

El rubio dejó sus pertenencias en el suelo, deduciendo el malestar de su esposa se despojó de sus botas.

—¿Crees que le guste? —preguntó refiriéndose a la pintura.

La blonda se mantuvo en silencio, admiró por unos segundos más la obra antes de contestar.

—Kazuto quizá te perdone, Asuna en este momento no creo que le haga gracia.

—¿Sigues con eso? creí que habías acordado no intervenir.

—Lo sé Eugeo, pero ella sigue encerrada. Me preocupa, fui a su habitación y no contestó. ¡Le he estado mintiendo a mi amiga!

El artista dejó escapar un pesado suspiro, se acercó a ella y la abrazó. Un contacto que Alice no tardó en corresponder.

—Es mi amiga —repitió.

—No puede estar siempre encerrada, Kazu volverá y lo resolverán como toda pareja de recién casados.

—Hablamos de tu hermano —le contradijo.

—Si fue ingenioso para montar una distracción por los cielos —le besó el cuello— y para casarse de forma ilícita, creo que será capaz de resolver el problema.

—Eso espero —se alejó de él, Eugeo se mostró inconforme—, pero si veo que no pueden salir de ese agujero intervendré.

—Alice…

Debió dejar a medias su regaño, la dama decidió ese momento para dirigirse a la salida.

—Pediré que te preparen la bañera.

••

••

Alice no podía disminuir su preocupación, mantener la cabeza ocupada supervisando las tareas del hogar le había servido. Eso no resolvía nada, pero la retenía a no ir y contarle a su amiga lo que no le correspondía.

Todos desaparecieron, solo ella se mantenía liderando a las mucamas. El sonido de la puerta la alertó, a pasos suaves le siguieron unos más escandalosos. La curiosidad le hizo salir de la cocina, en las escaleras observó a Rinko y Akihiko, él la tomaba de la mano evitando que siguiera huyendo, por la expresión de ella, no le agradaba el contacto.

—Debes dejar de ser testaruda y admitir que lo hago por su bien.

—¿Quieras decir por el tuyo? —le confrontó ella sin esconder su enojo— terminarás destruyendo tu familia, te quedarás solo, tus hermanos te darán la espalda ¿es lo que quieres Akihiko?

El duque apretó la mandíbula. Reprimió lo más que pudo su malestar.

—No quiero cometer el mismo error, entiéndelo. No pienso en mi, si no en ellos —subió un escalón, quedando a la altura de Rinko—, sabes muy bien que no les haría daño, ni a ti, no de nuevo —con la yema de sus dedos le acarició la mejilla.

—Apreciaría que dejaras de tocarme.

Y, aunque las palabras de Rinko eran severas, haciendo caso omiso Akihiko rompió la distancia y unió sus labios. Al principio observó un pequeño forcejeó, pero mientras la caricia avivaba las escasas brasas, Rinko correspondió de buena manera.

Habiendo visto suficientemente, Alice estaba lista para escabuyirse, no quería presenciar algo más pasional entre ellos. Antes que pensara moverse notó que Akihiko susurró algo. Al segundo siguiente fue premiado por una fuerte bofetada.

—Tienes razón, no comentes el mismo error, ¡estás cometiendo uno peor!

Tras decirle eso, lo dejó con el trago amargo, la fatal expresión de su cuñado decía más que mil palabras.

Alice sintió las ganas de intervenir, pero recordado lo insensible que Akihiko había sido definió que debía de probar el rechazo y dolor. No podía controlarlo todo y Rinko era su ancla a tierra, era obvio que entre ellos aún existían sentimientos. Pero mientras él no cambiara, esa relación estaba destinada al fracaso.

Cuando el duque se volvió con los hombros caídos, fue inevitable que fuera descubierta. Sus miradas se encontraron y el mal humor del hombre se manifestó.

—Hoy cenaremos salmón —mencionó y sin decir más se retiró.

••

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La noche acababa de desembocar en el cielo cuando el más joven de los Kirigaya arribó a la residencia, Rinko quién daba un paseo por los jardines para despejar su mente, fue la primera que notó su llegada. Con las puntas de sus dedos agarró y levantó un poco la falda de su vestido y, corrió hacia donde el carruaje se detuvo.

A pesar que lo tomó por sorpresa al abrazarlo por atrás, Kazuto no se inmutó. Se quedó quieto como una estatua, apenas se volvió para distinguir quien le atrapó.

—¿Dónde te has metido? —impuso toda su preocupación en el abrazo. Generalmente se contendría, pero pensar en lo sucedido con Akihiko le hacía actuar de esa forma. Le tenía mucho cariño a ese joven, temía que ese terco hombre volviera a lastimarlo ahora que encontró la estabilidad que tanto merecía.

—La ciudad —se movió un poco incomodo. Por supuesto, con ella jamás sería descortés.

Rinko percibió la ansiedad que traía al mirar hacia todas las direcciones. Seguramente buscando a Asuna.

—Nos tenías preocupadas.

El joven no respondió, en su lugar escuchó la agotada voz de Ryotarou.

—Lady Rinko, nos vimos envueltos en una persecución. Pero no sé preocupe, he cuidado muy bien de él.

Recibió una caballerosa reverencia por parte del pelirrojo que aún sostenía las riendas.

—Gracias por no perderlo de vista —a sus palabras le sumó una sonrisa.

Ryotarou se apenó, no se acostumbra al trato tan amable de las damas de esa familia. Contrarrestaba el caótico ambiente que sacaba al trabajar con los hermanos Kirigaya. Sobre todo con el duque.

El joven en sus brazos se impacientó, por lo que le soltó. Fue feliz que le permitiera ese momento, además le calmó, así que no se molestó al mirar como a paso apresurado ingresaba a la mansión.

—Dudo que nos ponga atención —Ryo le entregó las riendas a un mozo que se encargaría de los caballos—, ha estado inquieto por regresar —confesó.

—Me doy cuenta —Ryo le ofreció su brazo, el que aceptó—, ha sido un largo viaje.

—Con él como amo, son más que largos. No se imagina cuánto he sufrido este mes.

Tras reír por la sinceridad del pelirrojo siguieron al energético joven.

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—¿Dónde está Asuna?

Alice se contuvo el gritar que encerrada en su habitación, por la actitud que había demostrado su amiga al aislarse por tanto tiempo, aseguraba con los ojos cerrados que su cuñado no tendría una cálida bienvenida.

No estaba enojada con Kazuto pero, de alguna forma existía un malestar que le aquejaba al mirarlo. Él no era culpable, aunque la situación lo había puesto como que sí lo fuera.

—Arriba, en su habitación —se limitó a decir al notar la ansiedad de su cuñado al salir de la cocina.

Y, después de vivir esa incomodidad por esos días, no pudo evitar seguirlo. Prometió no interferir, pero si su amiga necesitaba de su apoyo se lo daría sin dudar. Al parecer Rinko pensaba igual que ella, pues a mitad del camino se unió a ellos.

Para respetar la privacidad de la pareja se quedaron en el pasillo, a unas puertas de la habitación.

—¿Dónde está Akihiko?

Percibió cierta lejanía en las palabras de Rinko, lo que dedujo era por el conflicto que abarcaba su corazón. Admiraba como a pesar de todo seguía firme y no se acobardaba.

—Malhumorado en el estudio. Mandó a llamar a Eugeo, así que estará ocupado.

—He ordenado no le digan nada, por ahora es mejor tenerlo lejos —informó Rinko.

La rubia estuvo de acuerdo. No deseaba que Akihiko se pasara a hacer más grande la herida.

Ryotarou que no entendía el secretismo entre las damas optó por no intervenir en la conversación, ya se había jugado mucho el cuello. No quería que el duque lo relacionara con un asunto del que no estaba al tanto y por eso prefirió alejarse de ellas y vagar por el resto de la casa.

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Al ingresar, el aire movía las cortinas de la ventana que se encontraba abierta. En otra circunstancia su atención se enfocaría a deducir la fuerza que el viento necesitaba para sacudir las sedas de esa manera y la cantidad de veces que podía moverla de arriba abajo en un minuto.

Al no encontrar nada más que el viento, el problema matemático que formuló quedó en el olvido. En la cama, las sábanas estaban un poco movidas, pero no había señales de que alguien hubiera dormido ahí en las últimas horas.

El silencio siempre le agradó, era como un relajante. No escuchar nada, o percibir los sonidos suaves de la naturaleza hacían que su mente se despejara. Pero en ese instante, le desagradó el silencio, cuando Asuna se encontraba presente el lugar se volvía agradable, lleno de una extraña calidez que no alcanzaba comprender y, se sentía cómodo… lo que no era el caso en ese momento.

—Asuna.

Con su gruesa voz la llamó.

Contuvo la respiración al no escuchar su suave canto, el que Alice definía como timidez de una dama. Amaba su voz, la asimilaba al canto de las aves. Quería besarla, sentir el sabor de sus labios que tanto extrañó en esos días que estuvo fuera y admirar el fuego que poseía como cabello mientras la desnudaba, pero ella no estaba.

Con zancadas fuertes se dirigió al tocador que conectaba a su habitación. La tina estaba vacía, los aceites y los cosméticos femeninos en su lugar, tal como recordaba.

—Asuna… —regresó a donde el solitario lecho.

El dolor en su sien se manifestó de forma violenta, le hizo cerrar los ojos, hace tiempo no tenía una jaqueca. Antes de siquiera reponerse dio un paso, pateó algo y al mover los párpados el extraño libro donde un dibujo de él y Liena se encontraba abierto de par en par en el suelo, llamando su atención. Se agachó para tomarlo.

La curiosidad no fue recordar en qué momento Eugeo los dibujó, si no el rastro de humedad que provocó que el papel se arrugarse y el carboncillo se corriera, haciendo que pequeñas manchas oscuras se formarán en donde sus nombres se encontraban.

No había llovido para culpar a la brisa y el rocío nocturno no llegaría hasta el otro lado de la cama, lugar donde halló el volúmen. Instintivamente acercó su nariz al libro y aspiró el olor salado, mismo complemento que el mar, eran lágrimas de Asuna. Los rastros desprendían el aroma que solo ella poseía, podía distinguirlo donde fuera.

Apretó con fuerza las hojas, su jaqueca empeoró al cambiar de página y encontrar más pruebas de que lloró. Ella era tan frágil y delicada que siempre tuvo cuidado de no lastimarla, ahora, saber que el contenido de ese libro le hizo daño provocó que la ira se apoderara de él.

Deseó romperlo en ese instante. Eugeo le había dicho hace tiempo que a las esposas no les agradaba que sus esposos estuvieran con otra mujer. Por eso la mayoría prefería mantener a su querida en secreto, pero había hombres como él que no tenía ojos para otra y eso les hacía ingratamente feliz.

No entendía porque su hermano decidió mostrarle esos dibujos a Asuna, cuando el mismo dijo que eso podía romper a una dama. Eso le molestó… la hizo llorar y no podía controlar el coraje que crecía en su interior. Quería destrozar todo a su alrededor.

—¿Está todo bien?

El joven ignoró a Alice y llevó sus dedos a acariciar con brusquedad su sien, sentía que su cabeza estallaría. La manifestación era demasiado brusca, solo pensar en su esposa llorando empeoraba su estado y recordó cuando estaba en el sanatorio, ese horrible lugar, las descargas eléctricas que le daban para según ellos curar su locura, pero solo lograban enfurecerle más.

—¿Kazuto?

—Asuna no esta… no esta…

—Cálmate, ¿cómo que no está? —la blonda se acercó a él.

Extendiendo la mano Kazuto evitó que se le aproximara, no quería lastimarla a Alice, pero no podía parar de repetir que Asuna no se encontraba allí. Fueron sus insistentes palabras las que lograron que la rubia reparara en la soledad del lugar.

—No está… es su culpa…

—No te alteres, seguramente está en alguna parte de la casa —se atrevió a tocarle el hombro, por respuesta Kazuto se levantó sin dejar de repetir como un mantra la desaparición de la joven. Sin mirar atrás, salió de la habitación.

Debía encontrarla, ignoró los llamados de Alice y Rinko, a la que casi empuja al no darse cuenta que se encontraba en pleno pasillo. Solo necesitaba encontrar a su esposa, verificar que se encontraba bien y que no le odiara.

—Asuna… —apretó con fuerza el libro causante de su dolor, haciendo que un par de hojas se soltaran.

—¿Se encuentra bien milord?

La cabeza le palpitaba tan fuerte que empezó a no distinguir el rostro de quien le habló, solo veía difusas sombras en una claridad cegadora.

—Asuna…, ¿dónde… dónde está?

La joven se asustó ante la actitud que portaba. En los años que llevaba al servicio de esa casa había notado lo extraño que era el cuñado de su señora, y escuchado rumores. No era secreto que le llamaban el loco Kirigaya. Lo alterado que se encontraba y esa ira que desprendía la hizo retroceder, sintiendo que estaba en peligro.

—¿Dónde…? —golpeó la pared al no tener respuesta.

—No se, lo siento, estuvo toda la tarde encerrada en su habitación y no le hemos visto, debimos rogarle que ingiriera bocado…

Enterarse de eso solo le hizo empeorar. Sus manos se volvieron puños, y tuvo que reprimirse. Por dentro tuvo el deseo de zarandearla y gritarle porqué no habían cuidado de ella cuando él no estaba para hacerlo, pero se contuvo. Sabía que Alice estaba pisándole los talones, por lo que reprimió el grito de que despidiera a esa servidumbre buena para nada. Forzó su mandíbula para hablar…

—Mi hermano… Eugeo…

—En… en el estudio con su gracia…

La voz temblorosa que le respondió, lo asimiló a un chillido, uno que le hizo palpitar los oídos, por fin soltó el libro de dibujos, se llevó los puños a cubrirse los oídos. Los gritos de Alice y Rinko iniciaban a torturarle. Teniendo su objetivo claro, se dirigió a ese lugar.

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La rubia se angustió de sobremanera, nunca había presenciado a su cuñado tan fuera de sí. Rápidamente conectó la poca estabilidad para controlarse con el inicio de un ataque de ira, los que sufrió de adolescente, y que Eugeo le comentó cuando fue el centro de investigación del joven pelinegro. Por el tiempo que llevaba sin sufrir uno, creyó que Kazuto aprendió a tomar el control de la situación, de sus emociones.

Según escuchó, en esos lejanos días, necesitaban de tres hombres para inmovilizarlo. Ahora siendo el doble del jovencito que fue, era un gran problema si la angustia e ira se salían de control.

Ahora que Asuna no aparecía por ningún lado temía que necesitarían a todos los lacayos para calmarlo. Solo ella podría aquietar sus demonios.

Encontraron a Keiko asustada en el pasillo, con lágrimas en los ojos mientras Rinko la calmaba y pedía amablemente que organizara a las sirvientas en busca de Asuna, se enfocó en las hojas en el piso, las que Kazuto dejó caer a su paso. Eran dibujos variados de la familia, más suyos, sin duda su esposo estaba atontado por ella. Adoraba su faceta de hombre romántico enamorado, pero le llamó la atención el resto de dibujos.

Agachándose levantó las hojas una por una, hasta toparse con la que plasmaba a Kazuto, era un adolescente aún, pero la dama a su lado le dio mala espina. Buscó entre el monto, enfocándose en su cuñado, rápidamente encontró más de esa pareja. Liena & Kazuto… supo de inmediato porque se desató la crisis del menor.

Y, también se sintió traicionada.

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—Esto es complicado Akihiko, los negocios no es lo mío —el rubio se frotó los ojos con los dedos—, no memorizaré esto, es imposible.

El duque no tardó en mostrarse decepcionado, se sentó en la silla, unió sus manos y dejó reposar su mentón en ellas. Era una buena inversión, sin embargo desde hace tiempo no había aceptado o rechazado algo sin el analítico estudio de Kazuto. Era muy certero en sus predicciones de negocios.

—Intenta pensar que es como una de tus pinturas, el significado depende de quien las mire —volvió a acercarle el documento.

Eugeo dejó escapar una sonrisa forzada.

—El arte es menos complicado. Esto hace matar mi musa.

—Tu musa es Alice, si la traigo aquí ¿te pondrás serio?

Avergonzado por esa deducción, decidió beber de su copa. No creía que su esposa estuviera feliz de sentarse a oírlo leer un aburrido documento, conociéndose terminaría dibujándola sobre el papel con tinta negra.

—Ahora recuerdo, ¿Eldrie estuvo aquí? Creo haber escuchado a una de las mucamas hablar de eso.

Akihiko se mostró severo. Le molestaba la libertad que poseían los empleados en esa casa, no existía privacidad ni profesionalismo.

—Necesitaba asesoría legal —se limitó a decir.

—Debiste pedirle concejo a él, yo no te seré útil —se quejó, exponiendo con claridad que quería irse—, no sé como Kazuto te soporta. Ahora entiendo porque desaparece luego de tus juntas.

Antes que el malestar del duque saliera a flote, la puerta se abrió con brusquedad, lo que hizo que ambos hombres se pusieran de pie. Se toparon con la figura del menor, que estaba agitado y respirando con dificultad.

—¡Gracias al cielo! Has vuelto hermano —demostrando alivio el rubio se acercó a él—, Akihiko ha estado torturándome y…

Eugeo no pudo terminar, al acercarse a su hermano este le recibió con un golpe en el rostro que lo hizo caer al suelo.

—¡Es tu culpa…! La hiciste llorar…

Apenas intentó reincorporarse, otro golpe le obligó a mantenerse en el suelo.

—¡Kazuto!

El duque se apresuró a quitárselo de encima. Pero la fuerza del menor era tanta que solo pudo empujarlo al suelo, yéndose consigo.

—¡Es su culpa! ¡Lo arruinó!

—¡Kazuto cálmate! —Akihiko lo tomó del brazo, doblándolo hacia atrás mientras con el otro le sostenía el cuello, aunque intentara no ser brusco y lastimarlo, le resultaba imposible. Ahora que su hermano había crecido, detenerlo era una tarea titánica —Eugeo… ayúdame.

El rubio debió deshacerse del shock e ignorar el dolor y la sangre en su rostro, tambaleándose se acercó a ellos.

—Respira Kazuto, soy Eugeo ¿si lo sabes? No te haré daño.

Tan pronto dijo el monólogo que usualmente utilizaba para hacerlo entrar en razón, el menor se encolerizó más. Lo que le hizo detenerse. Generalmente era él quien hacia que Kazuto se tranquilizara, siempre lo cuidó y consintió, logrando que se sintiera a gusto. Pero en ese momento parecía ser la causa de su crisis, la forma en que le veía se lo gritaba, pero no lo comprendía.

—Fue tu culpa…

—No se de qué hablas Kazuto, pero debes calmarte —era el peor estado que le había visto—, despeja la mente, piensa en el bosque, la calma del río —no funcionaba, el forcejeo se tornaba más violento y por la expresión de Akihiko, cedería en cualquier momento. Debía actuar ya, y solo se le ocurriría una cosa que aliviaría a su hermano—. Piensa en Asuna.

Sin darse cuenta esa fue su perdición, apenas lo dijo. Por el movimiento Kazuto golpeó con el codo el rostro del duque, que cedió el agarre, Eugeo solo pudo prepararse para recibir su furia. El escritorio hizo un incómodo sonido cuando fue empujado hacia ese mueble, ahogó el quejido de dolor y trató de copiar el agarre que Akihiko uso. Algo que fue imposible, apenas podía defenderse para tratar tal hazaña.

Ninguno había sido educado para meterse en peleas callejeras. En deportes, la esgrima resaltaba el apellido Kirigaya, el artista era menos habilidoso. Con el pasar de las crisis, Eugeo se vio forzado ha aprender a tranquilizar a Kazuto sin lastimarlo, nunca le agradó mirar a su hermano en el suelo con lacayos sosteniéndole pies y manos, como si fuera un delincuente.

En su momento fue Akihiko que con su sola presencia hacía que el pequeño pelinegro se calmara, Kazuto adoraba a su hermano mayor pero con el pasar de los años y tras el asunto de aquella mujer eso cambió y fue entonces el rubio quien tomó ese lugar. Ser su conciencia en las crisis.

Y al parecer, acababa de perder ese privilegio.

Los golpes y forcejeos evitaban encontrar un punto de tegua era casi imposible, parecían gatos y perros encerrados en un mismo costal. Siendo dos contra uno, era claro que nadie saldría victorioso.

Mientras forcejeaban en el suelo, agua fría les fue arrojada, los que les hizo separarse. La figura de Alice sosteniendo un balde los tomó por sorpresa. No acabó ahí, tan rápido ella se quitó de la puerta seis sirvientas ingresaron cargando cubetas y sin decir nada les lanzaron el helado líquido. De pie, metros más atrás junto a la puerta, la silueta legible de Rinko, con manos crispadas, les dio la idea de que había sido idea suya.

Ninguno emitió queja, fue muy astuto lo que armaron. La actitud de Kazuto pareció disminuir, pero ese par de ojos tan negros como la noche seguían sin demostrar paz.

—Kazuto sígueme, te llevaré con Asuna. Olvídate de esos monstruos.

El menor no lo escuchó dos veces, ayudándose del escritorio se levantó y fue hacia ella. Aliviado Eugeo reparó en ese instante la forma que su esposa uso para referirse a ellos. Y, antes de siquiera preguntar la puerta fue cerrada. Aún pudo notar la decepción en los azules ojos de Alice al mirarle.

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—Asuna… ¿dónde está?

La blonda respiró profundo antes de volverse a su cuñado. Estaba empapado, temblando no por el frío, aún estaba preso del instinto que su personalidad traía. Lo notaba por la forma que forzaba la vista, aún sabiendo eso se atrevió a tomarle la mano entre las suyas.

—Necesito que me escuches Kazuto —le dio unos segundos para asegurarse que su mente no se nublara más de lo que ya estaba—, ella no está aquí, alguien la vio salir, más nunca regresó.

—Ella me ha dejado…

—No, no, Asuna no sería capaz de hacerlo —se apresuró a decir—, seguramente solo fue a despejar su mente, lo que tú usualmente haces cuando te sientes agobiado, ¿verdad? —habló con suavidad — Piensa, eres el único que puede seguir su rastro, para ello trata de calmarte.

—Es culpa de Eugeo… —balbuceó— él… le enseñó… Liena y yo…

—No pienses más en eso —pidió al mirarlo sufrir y al mismo tiempo esconder su propia frustración por los actos de su marido—. Ryotarou te acompañará, solo debemos descubrir a donde ir. Concéntrate.

Luego de decirle aquello, Kazuto cerró los ojos y se quedó en silencio, uno que le preocupó de sobremanera al no responder cuando le llamó insistentemente minutos después.

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El frío de la noche la despertó, se había quedado dormida sentada en lo que sería el jardín trasero. La luna y estrellas hacían que no estuviera a oscuras. Era hermoso, pero sentía que el cielo nocturno no ayudaba a reducir el dolor en su pecho.

Asuna no sabía a donde huir cuando monto el corcel, ni siquiera sabía que dirección tomar para llegar a la ciudad, solo dejó que el equino la llevará a cualquier lugar. Mientras fuera lejos de esa casa donde todos sus integrantes le hubieron mentido. Fue grande su sorpresa cuando el animal se detuvo en el extenso terreno donde su 'casa' estaba en construcción, Kazuto le mencionó que iniciarían de inmediato a construirla, no creyó que en tan poco tiempo empezara a tomar forma. Las viejas paredes habían sido apuntaladas y restauradas, junto a nuevos muros que se erigían alrededor, completando los primeros cimientos. Y aunque no era mucho el avance pues aún faltaba para que la primera planta se terminara, era seguro que una hermosa casa realzaría la propiedad que estuvo abandonada por tanto tiempo.

Al llegar, la idea de mirar algo que creyó una ilusión de ambos, se transformó en un dolor en su pecho. Esa casa le recordó que solo era un regalo forzado, su matrimonio era falso, los hombres solían hacer obsequios caros y solo porque ella cometió el error de casarse Kazuto se vio obligado a darle los más costosos. Se quiso ir, el terco animal se negó a moverse, por más que insistió había encontrado interés en comer el tierno pasto. Tuvo que rendirse y desmontó.

Tras atar las riendas en una columna, limpiando sus inagotables lágrimas ingresó. Por la hora creyó no encontraría a nadie, se sorprendió al encontrar a docenas de hombres cargando madera y herramientas.

Al ser notada, pensó que lo mejor era huir, no importaba dejar el caballo, se iría corriendo. Por alguna razón que no entendía se presentó como lady Kirigaya cuando fue interrogada, la actitud del enorme hombre, quien parecía estar a cargo, cambió de ruda a una suave. Fue muy amable en mostrarle los avances, por cortesía sonrió al mirarlos, la realidad era que un nudo se le formó en la garganta y las punzadas en su pecho le hizo pedir al hombre que la dejara admirar todo por sí misma.

No fue capaz ordenar detuvieran la construcción, sabía que eso solo lo podía hacer Kazuto. Aunque por nombre fuera su esposa, eso no significaba nada. Por lo que solo se sentó a esperar que el sol se ocultara y los trabajadores se fueran, claro, no sin antes mostrarse preocupados y tratar de convencerla que regresara al abrigo de su hogar. Tuvo que mentir para que finalmente la dejaran sola.

En medio de su llanto se quedó dormida. La noche había avanzado una buena cantidad de horas en el oscuro firmamento.

Al levantarse caminó por los adoquines recién puestos, los que se dirigían al lago, en las aguas se reflejaba la luna, atraída por tocar el inalcanzable astro ingresó al agua. La gélida corriente terminó por despertarla del todo.

Era terca y no le importó que sus dientes temblaran ante el frío que atrapó todo su cuerpo. Vapor escapaba de sus labios y le pareció imposible el tocar el reflejo de la luna, se quedó parada sintiéndose más sola que nunca. Ya no tenía a su familia, las personas a su alrededor no eran de confianza y estaba muy lejos de casa. Nunca consideraría lo que tenía a la espalda hogar, y eso la golpeó fuerte, deseó nunca haber sido tan tonta, le entregó a Kazuto todo lo que tenía y lo que recibió fue saber que solo era la cara bonita que él presentaría en sociedad. La aburrida esposa que debía asistir a fiestas y de igual forma ser anfitriona. Llegó a pensar que el malvado duque no era el verdadero monstruo, tenía razón al exigirle que se alejara de él. Firmar el documento que la desligaba de los bienes de su esposo fue lo mejor.

Cualquier dama en su situación, posiblemente estaría feliz de tener un anillo en su dedo, una suntuosa casa y haber atrapado al mejor candidato de la sociedad actual, formando parte de una poderosa familia. Pero nunca fueron sus planes. Asuna se creía demasiado libre para el mundo actual, y si se casó con Kazuto fue porque pensó que ambos estaban tan rotos y eran tan incomprendidos por el resto del mundo, que mientras se tuvieran el uno al otro, todo estaría bien. Pero se había equivocado de modo horrible.

Y, como si no hubiera llorado suficiente, traicioneras lágrimas se mezclaron con el agua en sus pies. La realidad era difícil de asimilar.

—Asuna…

Sumado a ese llamado tan familiar, el ruido del suelo y seguidamente la agitación del lago, que en suaves ondas embebieron su falda hasta arriba de la cintura, le hicieron girar.

No le dio tiempo de distinguir el rostro de Kazuto, al darse cuenta él ya se había apoderado de sus labios. Pero en esa ocasión el arrebato no le ruborizó las mejillas demostrando pena, ni le quitó el frío cuando le rodeó con pertenencia… lo que dos días antes la hubiera hecho entregarse sin dudar a sus brazos, ahora provocaban su llanto.

Y, él no pareció notar que sus caricias le ocasionaban dolor en el corazón. Sin decir nada, y sintiendo un alivio inmenso, siguió besándola sin detenerse.

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Nota:

Hola a todos! Ha pasado tiempo xD, aquí Kim me ha tocado hacer la nota y es mi culpa el retraso del capítulo. Sumi se merece un premio por aguantarme y esperarme, es la mejor (Mentiraaaaaaaa fue mi culpa que tardáramos porque me tomó más de dos meses sentarme a escribir! Kim lo hizo en menos de una semana!)

Este ha sido el capítulo más largo que hemos traído y dónde teníamos muchas ideas. Se han quedado unas en espera. Mostrando un poco de la personalidad de Kazuto y temores que Asuna aún no comprende, ahora que está dolida le costará más.

Akihiko no es malo, solo no desea cometer el mismo error, él ama a sus hermanos, es sobreprotector y no se da cuenta el mal que les hace.

Lo que sucederá con nuestra pareja se descubrirá en el próximo capítulo, el que esperamos traer pronto.

Este año no ha ido de maravilla para nadie, pero no dejen que eso les haga caer, mantengan la mente ocupada y cuídense mucho.

Gracias por el cariño y apoyo que nos han brindado en esta historia. Se lo agradecemos.

Kim y Sumi

—No sabía que Kazuto tenía una amante —respondió con suavidad. Se mordió el labio notando que la estabilidad emocional que había construido en torno a sus sentimientos, se empezaba a resquebrajar como hielo delgado. Finalmente se daba cuenta de lo poco que conocía al joven con quien se había casado.

—Mi hermano Eugeo se la presentó cuando apenas era un adolescente, desde entonces ya llevan cuatro años de relación,