—¡Vamos, niño tonto! ¡¿Es todo lo que tienes?!

Kyabe recibió una vez más un bestial puñetazo de la señorita Caulifla en el rostro ensangrentado. Fue arrojado violentamente contra una meseta del tamaño de una estatua, que se hizo añicos al recibirlo.

Caulifla regresó a su forma base y descendió entre jadeos a tierra.

—C-creo que esta vez te excediste, hermana… —opinó Kale.

—No me mires asi, Kale, el lo pidió —respondió fastidiada.

Kale no pudo hacer más que suspirar. El humor de su hermana no solo había estado en los puntos más bajos, sino que ahora parecía empeorar. Uno de los muchachos del cuartel había enfrentado a Caulifla; la había llamado loca y que debía estar en sus días. A ella no le tomó más de cinco segundos dejarlo en coma.

Kale se abrió paso a través de los escombros de rocas y polvo en busca de Kyabe, quien se encontraba despatarrado sobre dos rocas grandes que le ocasionarían por el resto del dia un prolongado dolor de espalda. Su rostro se veía bastante magullado, con un ojo morado, y un hilo de sangre rezumaba de su boca.

—¿Te encuentras bien? —Kale ayudaba a Kyabe a incorporarse, mientras Caulifla permanecía extraña, mirando hacia el alba.

—Si, gracias —respondió, limpiándose el traje del polvo.

—Así nunca voy a progresar. Necesito a alguien mas fuerte —masculló Caulifla, chocando palma con puño.

—Caulifla, creo que necesitas tran… —Ella se giró para pulverizarlo con la mirada—… ehh no, no dije nada.

Caulifla se volvió hacia Kale, quien ya sabía lo que le iba a rogar nuevamente. Solo había una persona en este planeta más poderosa que ella, y se encontraba enfrente suyo. Si tan solo pudiera reencontrarse con su forma bestial, sería estupendo. Pero Caulifla no quería obligarla, y Kale no quería hacerle daño.

—Kale, por favor... —sugirió ella una vez más.

—Pero hermana… Ya te dije… no quiero lastimarte…

—¿Es que no lo entiendes? No tengo a nadie más con quien entrenar salvo ustedes dos. Hit no quiere pelear conmigo ni aunque lo contrate para asesinarme. Y Frost es basura. ¿Cómo se supone que me vengaré de Goku si ni siquiera tengo rivales en este universo de inútiles? —se quejó Caulifla, pateando una pequeña roca.

Se sentó en el suelo y se cruzó de brazos como una niña a la que acababan de regañar. Bajo el concepto de Kyabe, Caulifla era una de esas mujeres a las que les resultaba difícil ver el lado bueno de las cosas, por más que la tuvieran en frente de su nariz. Pero ultimamente parecia mas furiosa de lo normal. Algo que se mostraba como frustración, si era la palabra correcta, y tanto Kale como Kyabe sabían a qué o a quién se debía eso.

—Oye —musitó Kale a Kyabe—. Nunca le digas que se tranquilice. Te lo digo por experiencia —le dijo con una sonrisa. La dulce y comprensiva Kale.

—Si… gracias por el consejo —dijo él, algo avergonzado.

Desde el Torneo del Poder nada había vuelto a ser lo mismo para Caulifla. Fue un evento tan impactante para ella que terminó por cambiar radicalmente el rumbo de sus días. Comenzó a levantarse a las cinco de la mañana para entrenar; se dedicó a viajar por varios planetas en busca de oponentes a su altura; se volvió más adusta y cerrada con los demás, dejando de lado aquel sentido de liderazgo que había construido en años. No era precisamente algo triste, pensaba Kale, ya que si había algo que no quería para su hermana era que se derrumbara en una oscura depresión, y si encontraba algo que la motivarse para mejorarse a sí misma día a día, eso sería lo mejor para ella. Pero a costa de algo, por supuesto.

—¿Qué tal si volvemos al cuartel? —propuso Kale.

—Si… —Caulifla se puso de pie de un salto—. Qué más da, como si tuviésemos otra cosa que hacer. Este dia apesta…

Lo que no imaginaron ninguno de los tres es que ese dia iba a hacer más que apestar. Cuando Caulifla pronunció la última palabra, una esfera brillante, del tamaño de una cápsula, se formó delante de los tres saiyajin. La esfera se fundió en dos siluetas conocidas. Se trataba de las deidades del universo seis. O dos de ellas: Champa y Vados.

Caulifla tropezó con una roca y cayó al suelo torpemente. Kyabe y Kale saltaron del susto. El muchacho corrió a arrodillarse ante el dios de la destrucción.

—Se-señor Champa. Señorita Vados. Que alegría tenerlos en nuestro planeta. ¿A qué debemos el honor? —pronunció rápidamente, con el rostro frente a la tierra.

Caulifla se rió de él.

—Hasta para hacer reverencias eres ridículo.

—La cortesía siempre es bien recibida, señorita Caulifla —sostuvo Vados, con su agradable voz melodiosa. Los suaves pómulos que flanqueaban su sonrisa contrastaban con esmero el rechoncho y recio rostro morado de Champa.

—Mocosos… No hay tiempo para explicar —masculló Champa. Vados blandió su cetro e hizo aparecer un gran cubo transparente—. Subanse.

Los tres se giraron al gran paralelepipedo que se habia formado. Un cubo que tenía el tamaño del cuartel de las saiyajin y que fácilmente podría albergar a un pelotón entero de soldados.

—¿Qué es esta cosa? —preguntó Caulifla.

—Un cubo con el que podemos transportarnos a cualquier parte de los universos. Yo he estado en el cubo un par de veces. La última vez fue cuando fuimos al universo 7 a… a jugar béisbol —recordó Kyabe, con algo de alegría.

—¿Y qué carajos es un béisbol?

Kale carraspeó para llamar la atención de los dos. Champa parecía más malhumorado.

—Jovencitos. Les informo que no tenemos tiempo. Es preciso que suban al cubo de inmediato —informó Vados.

—Ah, ¿sí? ¿Para qué? —cuestionó Caulifla.

—Caulifla, mejor deberíamos… hacerles caso —dijo Kyabe, sumamente confundido. De un salto subió junto a Kale.

—Ah no, a mi nadie me dice que ha… —Kale irrumpió tomándola del hombro y metiendola al cubo a la fuerza.

—Listo, señor —dijo Kale.

—¿Enserio, Kale? Oigan al menos díganos a dónde vamos —protestó Caulifla, girándose a los dioses.

—Cuando lleguemos lo sabrán —gruñó Champa—. Ahora debemos ir por Hit, Frost, Saonel, Pilina, Rota, Botamo y Magetta.

—¡¿Queee?! —gritaron los tres.