Lo persiguió como un sabueso a través del interior de un edificio oscuro y abandonado. No se escuchaban más que los ecos de las pisadas y jadeos ávidos, resonando por los largos pasillos humedecidos, y no se veía más que aquella cegadora luz al fondo del pasillo por la que pronto saldría el futuro soplón.

El hombre, de apariencia formal temerosa y unos cuarenta años de edad, saltó por la ventana rompiéndola en pedazos, y cayendo sobre la azotea del siguiente edificio.

Número Uno, como se hacía llamar tanto allí arriba como en la Tierra, hizo lo mismo, recibiendo de lleno los rayos del sol y lamentándose una vez más el no haber recargado sus botas propulsoras.

Bajo un abrasador cielo despejado y despiadado, ambos atravesaron parte del centro de Cleveland entre azotea y azotea, saltando edificios como si estuviesen en un estúpido juego, hasta que el sujeto halló unas escaleras de servicio por los cuales descendió. Uno lo siguió, con más prisa que precaución, llegando a trastabillar con una viga salida que casi lo hace caer al vacío.

El hombre llegó al final de la escalera y aterrizó en un contenedor de basura. Salió por un callejón que desembocaba en una calle concurrida. Uno lo siguió.

La persecución continuó por las calles del centro. El hombre se abrió paso por la acera atiborrada de gente empujando y haciendo a un lado a cuanto civil se le cruzó enfrente. Número 1 lo persiguió desde la calzada, ignorando los bocinazos del Cadillac que algún tonto adulto conducía. Desde allí logró acortar distancia hasta casi la mitad.

En la esquina dos niñas se cruzaron en el camino del hombre. Este apartó a una de ellas de una patada. A Uno no le sorprendió en lo absoluto.

El hombre ignoró los gritos histéricos de la madre y cruzó la calle en luz roja. Un Chevrolet casi lo atropella. Uno pasó por al lado de las niñas y la madre, y saltó sobre el capot de un Ford y el techo de un Renault, desde donde vio al sujeto adentrarse en el parque. Durante la persecución a la vista de todos los transeúntes del parque, el hombre tiró un carrito de hot dogs y a otra niña de su camino y se desvió por Ontario Street.

«Bienvenido a la Tierra, Nigel Uno. Te esperan días como estos», pensó Número 1.

Luego de trescientos metros de maratón ininterrumpidos, llegaron a un estadio de béisbol donde se llevaba a cabo un juego con equipos que a Uno le importaban una mierda. El hombre burló a seguridad, esquivando a cada uno de los empleados. Uno tuvo que golpear a algunos para poder perseguirlo.

La cucaracha escurridiza llegó a las gradas y se adentró, tratando de perderse entre el público. Uno lo persiguió derribando en el camino a dos vendedores ambulantes, haciendo saltar por los aires las bebidas. Recibió docenas de insultos por todos lados. Seguridad los seguía a unos metros detrás. El sujeto encontró la salida, Uno salió también, y los de seguridad los siguieron hasta el final de la calle, en donde metros después sucumbieron al cansancio.

Cruzaron Carnegie Avenue y continuaron por un campo que se hallaba bajo una autopista.

—Al demonio —dijo Uno, asegurándose de que nadie viera.

De su bolsillo extrajo una pistola de rayos y le apuntó a los pies del sujeto. Disparó varias veces, haciéndolo caer. El hombre comenzó a gatear. Uno llegó fácilmente a él. Con una patada en el abdomen lo hizo girar hacia él.

—¡Dame nombres! ¡Dame nombres! —le ladró Uno en la cara, mientras lo tomaba de la camisa.

—¡No sé nada! ¡Te lo juro, no sé nada!

Uno le dio un puñetazo en el rostro y lo zarandeó un rato.

—¡Esta bien! ¡Esta bien! ¡Fizz! Así es como lo llaman. Sr. Fizz.

Uno le dio un golpe de gracia que lo dejó inconsciente. Luego sacó su teléfono y marcó a un número.

—El pájaro cantó. Sr. Fizz es nuestro objetivo. Si nuestras sospechas son ciertas, él tiene información sobre Número 666.

—Es sobre eso —respondió Número Infinito, desde la línea—. 666 volvió a atacar.

La mano comenzó a temblar. Uno se quedó sin voz por unos segundos, en donde su cuerpo experimentó escalofríos y temores. Fantasmas del desgraciado pasado que aún no lo abandonaron y que quizá jamás lo harían, allí presentes ante él.

—¿Quién…?

—Curiosamente la mano derecha de ese Sr. Fizz. Tendremos que terminar esta conversación en la escena del crimen. Será mejor que te des prisa; los federales están llegando cada vez más rápido.

Uno colgó. Sus pensamientos se perdieron con el ruido del grueso tránsito que corría sobre su cabeza. Era curioso cómo el mundo seguía su curso cada vez que ese maniático se manifestaba. Como si se tratase de alguna fuerza omnipresente que solo realizaba su trabajo bajo el consentimiento del resto del mundo, por no decir resignación.


Uno llegó al lugar. Por suerte se encontraba en Cleveland, donde muchos adultos villanos llevaban a cabo sus operaciones. Era un edificio un tanto antiguo y de pocos pisos. Uno subió por las escaleras y atravesó el viejo pasillo hasta el domicilio. Adentro lo esperaba otro lunático, sentado en un sofá y leyendo una historieta.

—Tarde como siempre, Nigel —dijo, poniéndose de pie.

—¿En donde está Infinito?

—Detrás de ti, imbécil —respondió 363.

Uno se giró y ahí estaba el misterioso y ortodoxo Infinito. Pudo jurar que cuando ingresó hace dos segundos no lo había visto. Es decir, esa esquina estaba casi en penumbra, y no era como si Infinito fuese muy visible ahí.

—Hay algo que debo hablar contigo, pero será regresando al cuartel. Ahora vamos a lo importante —le informó a Uno.

La víctima lucía igual de mal que el resto. Era algo de rutina: Garganta cortada, muñecas rajadas, y lo peor: un horrendo agujero a la altura del corazón, el cual siempre era arrebatado. Todos los cortes fueron hechos con lentitud y sadismo, algo común en sus asesinatos. Sin embargo, la verdadera marca de cada uno de sus homicidios era, como siempre, ese número.

En la pared más vasta y desprovista del hogar, el asesino solía dejar su marca: el número 666, un seis encima de los otros dos, formando un triángulo. Normalmente el cadáver se encontraba frente a la marca. Uno se acercó a oler la sangre fresca.

—Tres seis escritos con la sangre de la víctima y utilizando cuatro dedos para marcar, comenzando siempre con el de arriba —dijo 363, casi maravillado por el acto del asesino.

—Este tipo estaba prácticamente en pijama. Número 666 lo sorprendió, eso seguro. La pregunta es por qué específicamente este tipo y no algún otro aliado del Sr. Fizz, o el mismo Fizz —opinó Uno, mientras 363 jugaba a acuchillar a la víctima, recreando los movimientos de Número 666.

—Bueno, todo eso se resume a averiguar por qué mata 666. Quizás no era el Sr. Fizz quien tenía la información, sino este sujeto. O tal vez el mismo Fizz sea 666 pero… no lo creo. —El reloj ultra avanzado de Infinito comenzó a sonar—. Oh, federales. Hora de irnos, amigos. Ven a la base, Uno. Tengo una sorpresa para ti.

Infinito usó el moco como teletransportador y desapareció de ahí.

—Si Infinito me hubiera asignado a Número 666 yo ya lo habría atrapado —murmuró 363, dejando en paz al cadáver.

—Pero no lo hizo, así que cállate y copera, Harvey.


La base de los adolescentes miembros de los chicos del barrio, o en resumen, TND, se renovaba cada mes. En el mes actual ésta se ubicaba en un acuífero subterráneo de alguna bahía del pacífico, entre Filadelfia y Washington DC. Uno y 363 llegaron casi al mismo tiempo. Infinito notó que, como de costumbre, habían tomado distintos caminos para ver quién llegaba más rápido.

Sin decir una palabra, Infinito le mostró desde su Xperia un video de YouTube grabado en el centro de Cleveland el día de hoy.

—¿Que? ¿Qué es eso? —preguntó Uno, aunque ya sabía la respuesta.

La cámara enfocaba a la segunda niña que el sujeto que perseguía, apartaría de su camino en instantes. Luego, detrás de él, aparecería Uno.

—Eso, es un video viral. Y tu rostro aparece sospechosamente. Me parece que eso le resta varios puntos a tu periodo de prueba, Número 1.

—Estaba haciendo mi trabajo —se justificó él.

—Mantener tu anonimato también es parte del trabajo. Eres un joven de dieciocho años que acaba de entrar a la universidad de Oxford y solo recuerda haberse dedicado a coleccionar cartas de Pokemon en su infancia. Y yo ni siquiera existo. ¿Entiendes? Estamos fuera del mapa —le recordó Infinito, manteniéndose impasible.

—Número 1 no puede hacer un trabajo sin ser la estrella. Quiere fama a toda costa, y eso hace que su identidad corra peligro. No es cauteloso como nosotros —opinó 363.

—Eso no es cierto —respondió Uno.

—Es la verdad. He atrapado muchos adultos villanos que los estúpidos Chicos del Barrio actuales no pudieron.

—Eso tampoco había bien de tu cautela, 363 —sostuvo Infinito—. Por estas cosas fue que le di este caso a 362, señores. En TND no necesitamos héroes que den espectáculos, necesitamos espías astutos.

Uno bajó la cabeza y le concedió la última palabra, pero no porque tuviese razón, sino por la mención de 362. La última jefa que tuvo antes de ir al espacio, y alguien a quien también había echado de menos inmensamente. Y hablando de ella, ya había pasado casi una semana de prueba y aun no la había visto.

—No obstante, estás dentro. Bienvenido a la organización, Nigel Uno —finalizó Infinito, tendiéndole la mano.

Todavía abrumado, Uno se la dio.

—Gracias… Infinito. No tienes idea de cuánto significa para mi.

Y casi como si fuese un libro abierto, Infinito leyó su mente y le respondió.

—Tranquilo, 362 está en camino. —Su reloj volvió a sonar—. Oh. Que sorpresa, ya llegó. Oye, de verdad este reloj es de los mejores. Tres seis dos, ya puedes pasar.

Uno se sobresaltó. La puerta de metal rechinó al abrirse. La primera impresión que tuvo Uno fue que se trataba de una mala broma. La jovencita que se hallaba en el umbral de la puerta llevaba una gabardina beige que le llegaba hasta las rodillas, y debajo unos pantalones negros. Si hubiese tenido un sombrero quizá no la hubiese reconocido. Tenía una cola de caballo que recogía parte de su corto cabello rubio. Apenas tenía maquillaje, pero Uno creía que no lo necesitaba para verse bien.

—Tre… ¡Rachel!

Uno corrió hacia ella y se detuvo justo enfrente. La idea de abrazarla se había esfumado repentinamente al recordar que su hermano e Infinito estaban presentes, y que además no estaba seguro de que a ella le gustara. Aunque dadas las emociones por ver a sus antiguos colegas, Uno juraría poder abrazar incluso a Número 86.

—¡Nigel! No puedo creerlo, creí que nunca te volvería a ver. Estoy… contenta —dijo 362, tratando de ocultar su emoción.

—¡También yo! Te he echado de menos en el espacio. He pensado en ti muchas veces.

—¿De verdad? —preguntó ella, sumamente sorprendida.

—Quita tus manos de mi hermana, amigo —murmuró 363, recordando a los dos jóvenes que no se encontraban solos.

—Solo nos estamos saludando, Harvey. No te he visto desde hace meses, ven aquí. —362 fue a abrazar a su hermano. Pese a los cuatro años de diferencia, 363 había logrado, por poco, superarla en altura.

—Que conmovedor —opinó Infinito, acomodándose las gafas—. Bueno, en fin. Ya tendrán tiempo para hablar. Vamos a nuestro asunto, 1, 362, 363.

—Sí, señor —dijo Uno, más animado que nunca.

—Cuando los dos reclutas que acompañaban a 362 en este caso renunciaron, le mencioné que buscaría a nuestros mejores elementos para formar otro equipo, además de ti, Uno. Por desgracia, Número 9 sigue ocupado combatiendo a las farmacéuticas, y 274 colgó cuando le dije que trabajaría contigo. Por ese lado aun estoy en deuda, aunque a decir verdad, recuerdo que 362 y tú se llevaban bien, ¿no es así?

—Demasiado bien —insistió 363.

—Si. Creo que no hubiese tenido a alguien mejor, gracias Infinito —comentó Uno, recordando lo arrogante que le había parecido 274, incluso después de saber que estaba del lado de KND. Con Número 9 no había tenido problema, pero Chad sí que había sido insoportable.

—También necesito que alguien resguarde tu identidad y cuide de ti cuando vayas a hacer otro de tus espectáculos —comentó Infinito en broma—. Por lo demás, estarán bien. Conforme avancen los días les asignaré más miembros adolescentes como apoyo.

—Ah… sí. Claro… más miembros —murmuró Uno, callando lo que opinaba a gritos acerca de eso.

Infinito se dirigió a la chica.

—Número 362, buena suerte con Uno.

—Oye —se quejó Uno, con las risas de 363 de fondo.

—Descuida Infinito, estará bien… Siempre que me escuche.

—Bien… Nosotros nos retiramos. Yo les recomiendo que se tomen el día; tienen el caso más difícil de toda la historia de los Chicos del Barrio en sus manos, así que es mejor que hablen y se conozcan mejor. Bah, pero qué digo, ustedes ya se conocen.

—Me parece una buena idea —opinó Uno—. Rachel, tenemos mucho de qué hablar.

—Lo mismo digo. No he sabido nada de ti desde hace años —respondió ella, con un tono bastante melancólico.

—Nos vemos. —Infinito desapareció de nuevo con la teletransportación del moco.

—¿Qué te parece si vamos a tomar un helado? Así podremos hablar… —sugirió Uno, olvidando la presencia de 363.

—Me parece bien —sonrió 362—. ¿Vienes, Harvey?

—¡Pero claro que si! Me muero por ver como un par de cuasi adultos se dicen cosas cursis y se toman de la mano. Nos vemos en la heladería. —363 salió cerrando la puerta, pero al segundo la abrió—. Y por si las dudas estaba siendo sarcástico —finalizó cerrándola nuevamente para largarse.

—Es un tonto —dijo 362, cubriéndose la cara. Uno suspiró de alivio. Lo último que quería era seguir pasando el tiempo con ese fastidioso de 363.

—¿Nos vamos? Acabo de recargar mis botas propulsoras.

—¿Todavía las sigues usando? —preguntó más animada. Uno asintió.

—¿En qué has venido tú?

—En mi auto nave, ¿la recuerdas? Ven, yo te llevo —informó ella, guiñándole el ojo.

—Eso suena más realista. ¿Puedo conducir yo?

Y así comenzó todo.