—Es Fizz. El fabricante de esta lata y de la soda —respondió el muchacho, luego de un largo silencio—. El fabrica y vende las sodas con su compañía y nosotros aparecemos en las fiestas de adolescentes para robarlas antes de que los KND lo hagan. Lo hemos hecho por meses y aun no nos ha detenido. Oye, ni siquiera tendría que estar diciéndote eso. Vete a casa.

—Pero quiero ver…

Kuki le arrebató la lata de color dorado oscuro para escudriñarla mejor. Los faros apenas permitían leer las letras en grande, pero podía ver en diagonal las letras en imprenta y negras FIZZ.

Se volvió a los adultos.

—¿Y ese hombre feo es Fizz?

—Si. Y los que los acompañan están igual de locos que él. ¿Ves al tipo con una bolsa sobre su cabeza y que tiene cara de retrasado? Se hace llamar Catarro Común. Fizz lo contrató para resfriar a nuestros colegas para evitar que salieran a fiestas, arruinando nuestras operaciones. Lo acompañaba también otro sujeto llamado Frenos, pero a ese lo mataron el año pasado. —Kuki ahogó un grito—. Se dice que fueron los locos del infierno. Ya habrás oído de ellos.

—Qué terrible…

—Sí, y por eso es que tienes que largarte.

Mientras tanto, en el túnel del parque, cinco hombres caminaban sin rumbo, sumidos en el problema en el que se habían metido en menos de dos días. Tres de ellos vestían iguales, dando a entender que eran hombres del empresario.

—Estos malcriados están tardando demasiado —masculló Fizz, agarrándose los pelos. Se dirigió al Catarro Común—. ¡Tú! Vuelve a la fiesta a ver por qué tardan tanto en robar mi cerveza.

—Mande, jefe —respondió Catarro—. Ahh ¡achú!

Mientras el villano se preparaba para partir hacia la zona alta de Manhattan, uno de los tres empleados de Fizz se acercó cautelosamente a este.

—Pero jefe. ¿No sería mejor abandonar el continente de una vez? Antes de que nos encuentre quien usted sabe.

—¿Y dejar que esos mocosos insolentes menores de edad saqueen mis fábricas? Jamás. Me iré, pero me llevaré mi oro. Me llevaré todo conmigo así me tome todo un mes.

Wally, que se había acercado a la entrada del túnel, alcanzó a oír todo.

—Fizz planeaba robarnos la cerveza una vez que la tengamos. Debo informarle al jefe.

—¿Para qué quiere robar su cerveza? —preguntó Kuki, detrás de él.

—¿Sigues aquí? —masculló Wally, sobresaltado—. Mira, si vas a quedarte a molestar, al menos mantén la boca cerrada.

—¿Oyeron eso, muchachos? —escucharon decir a Fizz.

—No sé. Creo que sí —respondió el Catarro, sobándose la nariz. El empleado se rascó la cabeza.

—Imbéciles, no se queden como estatuas. ¡Vayan a ver! —ordenó Fizz.

—Carajo, vámonos —masculló Wally. Tomó a la chica en brazos y se elevó lentamente hasta la calle que atravesaba el parque. La dejó en el suelo, prácticamente arrojándola.

—¡Oye! —se quejó Kuki, acomodándose el vestido. Wally le tapó la boca.

—Esos tipos están muy armados y yo casi no tengo munición. Quédate quieta.

El chico le quitó la mano de la boca. Del túnel salió volando el enfermo del moco. Tenía un propulsor en la espalda, que largaba vapores de hidrógeno, suficiente para elevarlo por los cielos.

—¿Que ahora todos en esta ciudad tienen propulsores? —protestó ella.

—¡Cállate, maldita sea! —Wally volvió a taparle la boca, pero fue tarde.

—¡Por ahí!

El villano se dio la vuelta y disparó de su pistola con forma de nariz grotescamente agrandada un super rayo de moco hacia la chica. El muchacho la empujó, recibiendo en su pierna derecha el ataque y pegando un alarido.

—¡Oh, por Dios! —exclamó ella.

—¡Ya los tengo! ¡Aquí están, jefe!

—Mierda. —Wally se puso de pie y rápidamente tomó de la mano a Kuki, elevándose por los cielos. Su pierna ardía en un inmenso frío aplastador. En instantes, todo se fue volviendo más pesado y oscuro. Catarro se elevó también, llevándose una sorpresa a reconocer a esos viejos conocidos.

—Oh, ¡pero si es de nuevo ese mocoso de Número 4! ¡Y también Número 3! —advirtió el villano, abriendo como platos los ojos—. ¿Dónde has estado todo este tiempo, niñita? Ahh, no importa. Ahora que los tengo aquí, los enviaré a sus casas, ¡pero con 40 grados de fiebre! ¡Para que ya no vuelvan a salir a fiestas en lo que queda del verano!

—¿De qué habla ese hombre raro? —preguntó Tres.

—Yo que carajos sé —respondió Cuatro, faltando un poco a la verdad. Montones de recuerdos en su baúl que portaban el número 4 dibujado le hicieron saber que ese había sido su legajo en aquella organización de enanos fastidiosos. Fanny también le había mencionado una vez que él había sido el cuatro, y que había compartido equipo con otros chicos, de los que nada recordaba, en una casa del árbol, la cual tampoco recordaba.

Entre risas malvadas, Catarro disparó de nuevo, dándole a Cuatro en las botas y tapando sus escapes. El adulto recordó que ambos eran amigos del otro gordinflón llamado Dos, ese marrano que siempre arruinaba sus planes y del que hace años que no sabía nada.

Los propulsores de Cuatro comenzaron a fallar hasta terminar de apagarse. Los dos jóvenes cayeron desde diez metros al lago del parque.

—¡Oye! ¡¿Qué te pasa?! —gritó Tres, flotando en la superficie. Cuatro luchaba por mantenerse a flote. Era evidente que el muchacho no sabía nadar. Ella era bastante ingenua en muchas cosas, pero afortunadamente tenía conocimientos sobre natación y buceo.

Vio con horror como Wally se hundió, y rápidamente ella se sumergió para salvarlo. Allí abajo, Tres no podía ver nada más que lo que ofrecía la pobre iluminación de los faros. Cuatro vestía ese oscuro traje samurái, y solo por su cabello y sus tenis blancos fue que ella lo pudo ver. Por suerte el lago no era muy profundo.

La chica nadó hasta llegar a él, y lo tomó por detrás. Se elevó hacia la superficie.

Cuatro tosió bastante. Los propulsores de sus botas comenzaron a sacudirse, recuperándose un poco. El agua no había diluido los mocos totalmente. Tres se separó de él mientras este se elevaba nuevamente.

—¡Ahora si te mato! —estalló Cuatro, saliendo disparado hacia Catarro.

—¡De nada, ¿no?! —protestó Tres. Regresó nadando a la orilla—. Pero qué grosero.

Cuatro fue directamente a los golpes. La cabeza le daba cientos de vueltas, y el malestar aumentaba. No había acertado ni una vez.

—¿Dónde está el otro gordinflón? ¿Dónde está Número 2? —preguntó Catarro, tomando distancia para poder disparar.

—Ya te dije… ¡que no sé de qué carajos hablas!

Mientras el muchacho perseguía a ese adulto extraño lanza-mocos por los aires, Kuki, o como este la había llamado, Número 3, advirtió a aquel sujeto llamado Fizz.

—¡Atrapen a esos mocosos!

No supo de donde salieron los otros tres hombres corriendo tras ella. Parecían empleados de alguna fabrica. Ella pegó un grito que llamó la atención de Cuatro. Este bajó la vista y la encontró corriendo por la orilla para huir de los hombres de Fizz.

—¡Volveré por ti! Ahh… ¡achú! —le advirtió a Catarro, antes de bajar por Tres. La tomó de la mano y se elevó con ella, alejándose a toda prisa mientras contraía los mocos. Chorros de cerveza y de moco fueron disparados hacia ellos.

—¡Ah, no! ¡Ni creas que escaparas, Cuatro! ¡Los enfermaré por el resto de la temporada! ¡Vayan preparando sus pañuelos y sus cuentas de Netflix, tortolos! ¡Uajajajaja! —Catarro Común preparó otro rayo verde. Los chicos se perdieron entre edificios, y el rayo le dio a uno de estos. El villano partió tras ellos.

Luego de casi media hora huyendo, Cuatro decidió que ya lo habían perdido de vista. Llevaba a la chica de la mano, ambos sobrevolando las calles oscuras y desiertas, todavía empapados, y tiritando por el fresco viento que los azotaba. Dio un estornudo que sacudió su cuerpo y casi hizo que la soltara.

—¿Estás resfriado? —preguntó ella.

Cieda da boca —ordenó el—. ¿Dónde está tu casa?Te llevadé allí.

Lo hizo volar hasta casi el extremo norte de Manhattan, donde la zona comercial ya había terminado. Era un edificio de arquitectura europea y antigua, con departamentos. Al bajar, Tres abrió la puerta del hall.

—Ven, sube, te haré sopa —propuso ella con una sonrisa.

—¿Estás doca? No quiedo sopa. Tengo que vobved pada seguid bateandole el tdasedo a ese adulto.

—Pero te hará mal no tomar…

—Lo que be hadá mal sedá seguid biendo tu dosto... ah… ahh… ¡achú!

—Bien, Señor Gruñón, ya tuve suficiente de tus berrinches. Entra.

Tres le dio empujoncitos para obligarlo a pasar. Cuatro estaba tan débil que no tuvo más alternativa. Entrar en el departamento de una chica pasó a ser la menor de sus preocupaciones; su cuerpo se debilitaba a cada segundo, y su nariz se escurría sin parar.

Era un apartamento lo suficientemente grande para ser de dos, pero solo había una cama, abarrotada de peluches de simios arcoíris. Cuatro dedujo que no tenía compañera de cuarto, y que era de clase alta. Tres lo condujo hasta el baño y le obligó a ponerse una bata que, según dijo ella, era de su padre. Luego lo hizo sentarse en el sofá. Cuatro casi desfalleció al hacer contacto; se sentía extremadamente cómoda. Podría sumergirse allí y no volver por un gran tiempo. Tres tomó el control y encendió la televisión, deambulando por varios canales, ante la estupefacción de Cuatro.

—No sé qué ven los chicos como ustedes, así que te pondré… Ehh... ¡Ya sé! Cartoon Network.

La chica se fue a la cocina, luego pasó por el dormitorio, y de nuevo a la cocina. Ya no tenía el vestido negro. Ahora llevaba una bata rosa, con bordes coloreados. Al cabo de media hora, Tres regresó con un plato de caldo.

—Mas te vale terminarte todo. ¿Oíste? Puedes pasar la noche aquí mientras se termina de secar tu ropa —dijo ella, obsequiándole una sonrisa.

—¿Qué? Estás demente. Y dadie be da odenes.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

Esperaba saborear una plastificada sopa instantánea comprada en alguna tienda de mala muerte. Esa chica Kuki, o cómo la había llamado Catarro, Número 3, no daba la impresión de saber cocinar ni un huevo. Tenía la actitud de una rubia sin materia gris, de esas que abundaban en su escuela. Sin embargo, y aunque era difícil de creer, ella fue agente de la secta de mocosos. Y hoy lo había salvado de ahogarse, y ahora lo estaba cuidando. El caldo que le había dado era aceptable. Mucho mejor que el caldo sobrecargado de asquerosas verduras que solía hacer su madre en épocas de invierno.

Esa fue la historia de sobre como inició una noche en una misión secreta y terminó secándose los mocos y tomando sopa mientras miraba Johnny Bravo, en la casa de una chica que aparentemente había sido su compañera en su infancia.

No veía la hora de que su ropa se secara para poder largarse. Había sido suficiente humillación por una noche. Sin embargo, estaba tan débil y agotado que terminó sucumbiendo al sueño. Tres lo arroparía con una cobija más tarde.


A primera hora de la mañana siguiente, el nerd de biblioteca de Cleveland abrió el taller para disponerse a cumplir su labor. Era sábado, por lo que hoy tocaba doble turno hasta el atardecer. Y si la suerte estaba de su lado, la vería llegar.

Lo primero que hizo fue atacar la máquina de café, ese amasijo de mecanismos bajo una gran lata que por cada vaso que servía se sacudía como si fuera a explotar. No le quedaba mucho tiempo, pensó él, mientras tomaba un gran sorbo. Todo caducaba tarde o temprano, sin importar su naturaleza. Máquinas, humanos, autos, relaciones… todos estaban condenados al mismo destino. O eso era lo que siempre le insinuaba su jovial madre cada vez que le recitaba la lección de todas las mañanas de salir a hacer amigos. Que deberías tener una vida, que solamente el trabajo no te hará feliz, que ni Tommy es tan raro y solitario, que solo se vive una vez… No es que Hoagie fuera antisocial o mucho menos. Añoraba los lazos de amistad verdaderos, pero los que tuvo en la escuela no se acercaron a serlo. Sus ex compañeros del último año ni siquiera lo habían contactado después de la graduación, ni siquiera para aparentar que se acordaron de él. Supo que no los necesitaba cuando descubrió que no eran sus amigos, y cuando no se lamentó por ello.

Luego de perder el tiempo rearmando el carburador de un anticuado y casi inservible Peugeot 504 de una señora que insistió en seguir manteniéndolo con vida, llegó su cliente favorita. Era una chica afroamericana de su edad que vestía muy a la moda y llevaba una gran gorra rosa, parecida a la de Timmy Turner, pero que a ella le quedaba cool. Los vaqueros que portaba eran tan cortos que los bolsillos saludaban sobre sus ardientes piernas. Llevaba además una blusa azul bastante corta, adecuada para los días del generoso y enardecido verano. El muchacho dejó escapar un suspiro ante su aparición. Era como dar un respiro a sus retinas, luego de atender los problemas de un montón de señoras con faldones de piel colgando de sus antebrazos y viejos con pelos dentro de sus narices. Hoagie era ateo, pero le gustaba acordarse de Dios cada vez que la traía a su taller.

—Ho… hola —balbuceó Hoagie conteniendo la baba, como si no la viera dos veces al mes.

—El aire acondicionado sigue sin funcionar bien —explicó Abigail, una vez afuera del auto—. Tira aire caliente y mal olor, y lo necesito para ir de viaje mañana mismo.

Y todo esto lo había dicho sin despegar su vista de su teléfono. Pero eso no le molestaba. Su voz distaba de ser dulce y melodiosa, como las de las chicas de su universidad, sin embargo, tenía la potencia de un chico en su edad más brillante. Era difícil de explicar, pero se sentía llena de actitud y carácter, y aun sin saber mucho de su vida, podía intuir que era de esas mujeres que demostraban gran temperamento, de esas personas que no solo no se dejaban pasar por encima, sino que además tampoco dejaban que otras personas fueran abusadas.

—No hay problema. Debe ser el fusible o algún transistor. O ambas, pero se soluciona rápido. Y el evaporador necesita lavado —resolvió Hoagie—. ¿A qué hora pasarás?

—A las cinco.

«A las cinco» repitió el muchacho en su mente, archivándolo en su rincón de prioridades. Momentos después de que ella se fuera, él comenzaría a navegar en sus delirios internos, fantaseando con que ambos se involucrarían en alguna aventura sacada de las historietas que todavía lee, en donde combatían a algún ser malvado y cruel, y en dónde se harían más cercanos al punto de comenzar a salir. Tiempo después de haber acabado con el villano —que a Hoagie le parecía más adecuado llamar antagonista—, se casarían y tendrían un hijo.

Hasta en la mente del más ermitaño aficionado a la ciencia ficción y al misterio cabía un lugar para el amor. Pero la razón era lo que no faltaba en sus obras imaginarias, y la misma razón lo llevaba de regreso a la realidad, aquella dónde el no es más que un solitario que consume y crea fantasías en sus ratos libres.

Pero así era la vida.


Lo que Dos no se imaginaba ni remotamente era que a varios kilómetros de su taller lo estaba esperando una aventura llena de cruda violencia, con tintes de ficción. Su protagonista, Uno, volvió al calabozo de la base para prisioneros, a donde habían movido a Mr. Soplón luego del primer interrogatorio.

—Ya amaneció. Por favor, déjenme ir al baño —lloriqueaba este, mientras se retorcía en su asiento.

—Por supuesto que sí. Después de que hablemos.

Uno acercó su asiento a la mesa y se sentó frente a él, entrelazando sus dedos. Su rostro apenas se veía. Todo lo que había en esa habitación además de ellos dos, era una mesa negra y una luz blanca sobre esta. El sujeto vio su propio rostro de miseria reflejado en las gafas de Uno.

—No diré nada hasta que me dejen ir al baño.

—Seguro. ¿No quiere también un abogado?

—Te estas pasando de listo, muchacho. Esto no era parte del trato. Ya he dicho todo lo que tenía que decir.

—No, aun no. Necesitamos detalles. Detalles que te has guardado para negociarlo con nosotros para sacar algún provecho. Pero te tengo noticias, amigo. Uno de tus jefes fue asesinado por Número 666. Si aún sigues vivo es gracias a nosotros. Solo hay una salida de esto, y tú sabes cuál es.

El sujeto suspiró y bajó la cabeza. Luego comenzó a hablar.

—No sé dónde está el Sr. Fizz. Tiene una oficina y una fábrica en el centro de Cleveland, pero nadie sabe nada allí. Para ocultarse tiene bases secretas en distintos puntos del país, pero solo sus socios más cercanos conocen sus ubicaciones.

Hubo un silencio.

—¿Es todo? Suenas a que no tienes ganas de ir al baño.

Número 1 hizo un ademán de levantarse.

—Está bien, está bien. Hablaré. —Uno se volvió a sentar. La historia que el sujeto relató a continuación fue de él escuchando detrás de la puerta del despacho de Fizz a este hablando por teléfono—. Hablaba con alguien sobre los primeros lotes de cerveza que estaba por sacar. Creí que era uno de sus clientes, pero entonces escuché amenazas. Dijo «si no accedes a esto, todo el mundo conocerá a Número 666 cuando yo hable». Ahí colgó. Eso fue lo que escuche.

A Uno le resultó difícil creer eso, pero decidió seguir.

—A ver si entendí. ¿Fizz y ese tipo tenían un trato, y entonces Fizz lo amenazó con hablar?

—Si.

—¿Pero ese sujeto era 666?

—¿Como voy a saberlo? Yo solo era un simple empleado. El Sr. Fizz no nos dice una mierda a nosotros. Oí rumores de colegas míos de que Fizz estaba buscando a ese asesino para quien sabe qué, y de que si lo encontraba, muchos de nosotros correríamos peligro. Quise renunciar al día siguiente, pero Fizz se puso violento y me amenazó de muerte. Entonces intente contactar a los federales para entregarle a uno de esos «asesinos del infierno» como lo llaman ellos. Organizamos un encuentro. Cuando te vi llegar pensé que eras un hombre de 666 y por eso escapé.

Eso era cierto. El Soplón había contactado al FBI declarando que tenía información sobre los tan buscados asesinos del infierno. Esa información llegó a Número 274, quien se la envió a Infinito, quien se la dio a Uno, quien acudió a un encuentro con dicho sujeto en esa fábrica abandonada en el centro de Cleveland. El resto es historia.

—Habría sido más fácil si te hubieras explicado mientras corrías.

—Oye, yo solo quería vivir —se quejó el sujeto—. Bien, ya he dicho todo lo que tenía que decir.

—Muy bien. —Uno se inclinó para abrir sus esposas con la llave, al mismo tiempo que se incorporaba, revelando el arma que empuñaba en la mano derecha y con la que lo había atacado cuando lo persiguió—. Largo de aquí.

—¿Qué?

—Ya me oíste. Lárgate. Antes de que me arrepienta —masculló Uno.

Lo llevó hasta la entrada y lo liberó. El sujeto corrió hasta perderse de vista. Unas horas después, Uno escucharía los gritos de su colega.

—¡¿Lo dejaste ir?! —exclamó 362.

—Pues sí, ya no nos servía para nada. Me dio más información, un poco útil —explicó Uno. Se hallaba repantigado en el sofá principal.

—¿Como pudiste? Fue lo más valioso que teníamos del caso ¿y lo liberas?

—Por favor, Rachel. Si hubiera sido realmente útil alguien lo habría matado mucho antes de que yo lo encontrara.

Número 362 había acabado de llegar de su operación de espionaje, algo frustrada y con ansias de saber que había conseguido Uno del interrogatorio. La noticia la tomó por sorpresa.

—Uno, me parece que no has entendido bien esto. Yo estoy a cargo de este caso. Yo tomo ese tipo de decisiones, no tú.

—Solo hice lo que tú hubieras hecho en mi lugar. ¿Me dirás que no pensabas liberarlo también?

—Eso no viene al caso.

—Como sea. Escucha. —Uno se puso de pie y ensombreció su mirada—. Fizz estuvo hablando con alguien por un negocio. Y esa persona...

—¿Cómo que alguien? No cambies el tema, Nigel Uno.

—No lo hago, solo trato de explicarte. Aparentemente Fizz tenía un negocio con esa persona. Y eso no es todo. Este sujeto posiblemente sea Numero 666.

—¿Qué? ¿Cómo? —362 se había cruzado de brazos.

—Si lo que el Soplón dijo era verdad, Fizz amenazó a esa persona para cerrar algún trato —explicó Uno, recitándole lo que supuestamente el loco de los refrescos había dicho como amenaza.

—¿Y cómo puedes asegurar que lo que te haya dicho sea verdad? —insistió ella.

—Aún no lo puedo asegurar, pero si investigamos por ese lado lo descubriremos. Nadie intentó asesinarlo cuando fui a reunirme con él ni cuando lo perseguía por el centro de la ciudad. Y estoy de acuerdo, es un buen punto. No tenemos ningún detector de mentiras, pero si por alguna razón encontramos su cadáver junto a tres 6 rojos en un apartamento, sabremos que todo era verdad. Pero no creo que eso pase.

—¡¿Lo soltaste para que lo mataran?! —exclamó ella, espantada.

—¡No! —se excusó Uno, levantando también la voz—. Solo quiero que entiendas. 666 no quería a ese tipo o no sabía que él sabía lo que sabía. Si lo quisiera en principio yo ni siquiera habría podido llegar a él. Y si es el segundo caso, entonces tenemos una ventaja sobre 666.

Para este punto ella se encontraba deambulando por la base con la mano en la cabeza, tratando de entender todo.

—Mas te vale que sea eso. Si asesinan a ese tipo estarás en graves problemas —aseguró 362, bastante preocupada.

—Correré el riesgo —replicó Uno, quien no sentía remordimiento ante el posible desenlace que había planteado ella. Él no tenía la culpa de que ese tipo trabajara para el ladrón de Fizz en primer lugar. Por otro lado, estaba su única compañera en esto, quien ahora mismo lo miraba con aquella expresión de reproche. Uno no necesitaba ser un genio para saber que sin ella no llegaría lejos—. Escucha. Yo solo deseo encontrar a 666 antes de que mate a más gente. Es verdad, lo liberé antes de consultarte, pero cuando llegué aquí lo mínimo que esperaba poder hacer era tomar decisiones como estas. Rachel, por favor, confía en mí. Yo sé lo que hago.

—Eso es lo que más me preocupa… —dijo 362, desplomándose en el segundo sofá de la sala, del otro lado de la mesita—. No le reportaré a Infinito lo que hiciste, pero quiero que quede claro que a partir de ahora yo tomaré esas decisiones —sentenció con firmeza. Uno no respondió. En cierta forma, él tenía razón. No habían tenido tiempo para sentarse a discutir sobre las funciones de cada uno en esta misión, en parte porque ella consideraba que como aún eran solo ellos dos, era muy pronto para ejercer sus funciones al mando del futuro equipo que aún no se había formado, y en parte porque sabía que de cualquier manera a Uno las órdenes directas le entraban por un oído y le salían por el otro.

Uno se limitó a volver al sofá y a examinar su reloj de mano, escuchando cómo 362, entre largos bostezos, se levantaba para servirse una taza de café mientras inspeccionaba su teléfono celular.

Uno se incorporó para verla mejor. Ella tenía ojeras visibles, aunque leves. Pasada la discusión de hace un momento, pudo notar al fin lo agotada que se veía. Se encontraba mirando fotos que había sacado en la casa de 86.

—Casi lo olvido. Tengo que contarte algo —dijo ella de pronto. Se acercó al sofá de Uno, sentándose con él—. He averiguado algo en aquella casa. Antes de irse a dormir, esa mujer sacó de su bolso tres pasajes de crucero hacia Irlanda. Ida y vuelta. El próximo sábado.

—¿En la casa de 86? ¿Y ella sabe algo?

—Al parecer no. Tal vez es una sorpresa. Parece que el Sr. jefe quiere irse de vacaciones con su familia.

—¿Pero a Irlanda? ¿En verano? Si me obligaran a irme de vacaciones, iría a Inglaterra —opinó Uno, esbozando una corta sonrisa.

—86 nació en Irlanda —le recordó 362, con voz pastosa. Uno sospechó que en algún momento de su vida pasada escuchó ese detalle—. Tiene familia allí. Pero regresando al caso, no he hallado nada más que los ligara con Fizz.

—No lo sé… Esto tiene que significar algo.

Uno se puso de pie y se dirigió a la salida.

—¿A dónde vas, Uno?

—Hay una fiesta en Cleveland el próximo viernes, y tengo que preparar todo para atrapar al proveedor de cerveza. Información, invitaciones, tú sabes. Si Fizz aguanta una semana huyendo de nosotros, entonces hallaremos a su proveedor.

—Yo voy contigo.

—¡No! No. Has trabajado toda la noche, Rachel. Tienes que descansar. Yo me encargaré hoy, ¿sí?

—Umm… de… de acuerdo… —murmuró ella, algo confundida, mientras Uno abandonaba la base. Le daba un poco de vergüenza, pero tenía que admitir que estaba más que muerta y que no podría acompañar a Uno ni aunque lo intentara. No le quedaba otra opción que confiar en él, por más que eso sonara complicado en este momento.


Aprovecho para aclarar una cosa, lectores. Para esta historia, tomo en cuenta toda la serie original salvo las partes live action de operación R.E.L.A.T.O., cuando todos son adultos, están casados, y Uno vuelve a la Tierra luego de chorrocientos años. Eso no cuenta. Tampoco cuentan los cortos de GKND. Esta historia es relatada a partir de la partida de Uno al espacio.

Hasta otra.