Uno aterrizó frente a su taller. Lo había espiado el tiempo suficiente para descubrir que la mayor parte del tiempo trabajaba solo; su jefe se iba a atender ciertos asuntos en el centro de la ciudad, dejando al joven universitario a cargo de la impaciencia de sus clientes. En su mayoría ancianos que vivieron la segunda guerra mundial y ahora se alimentaban de mandioca y se meaban encima a la hora de la siesta. Dos también solía recibir en su taller a varias chicas atractivas además de a Cinco. Niñas de papi que hallaron en ese modesto taller un profesional de confianza. Ese era el Número 2 que conocía.

Pensando en que 362 seguro lo mataría si se enterara de esto, Uno esperó a que las damas se retiraran tras dejar sus inmensos automóviles, y se acercó a Dos. Estaba debajo del auto de Cinco, sobre ese carrito que usan los mecánicos para desplazarse bajo los vehículos.

—Hola, amigo. ¿Quieres ser tu propio jefe?

—¿Qué? —Dos se levantó y se golpeó la cabeza. Uno lo escuchó pegar un alarido de dolor—. Oh, lo que faltaba. Amigo, la verdad le doy más importancia a los testigos de Jehová que a ustedes.

—Es una broma. Sal de ahí, que tenemos que hablar.

El muchacho salió resintiéndose del golpe. Estaba todo mugriento y aceitoso. Uno reconoció las mismas gafas amarillas y la gorra que usaba cuando era niño.

—¿Y tú quién eres? Para ser un reclutador de estafas piramidales vistes muy informal.

—Qué estafas piramidales ni que nada. Vengo a cambiarte la vida. Esta es una invitación a la fiesta masiva que están organizando todos los universitarios a cincuenta kilómetros a la redonda, justo en… —Uno miró el folleto—. ¿El Punto?

—¿Fiestas? Nah, paso.

—¿Cómo que pasas?

—Las fiestas no son lo mío.

—¿Pero de qué hablas? —insistió Uno, sin aun poder creer que estaba tratando de convencer a alguien de dejar su trabajo para ir a una fiesta.

—Los chicos te pasan por encima y te usan como objetivo de bromas pesadas si no perteneces a algún club de deporte y las chicas ni siquiera notan tu existencia.

—Pues no vas a conseguir chicas si sigues manteniéndote en una cueva, solo pensando en trabajo. A veces hay que… hay que… d-diver… d-diver-vertirse. —Jamás le costó tanto decir semejante barbaridad. El Uno de once años estaría avergonzado de él.

—Es que ser rechazado constantemente llega a ser frustrante, ¿sabes? Además no todo en la vida son las mujeres.

—¿Y si te digo que Abigail ira también?

Dos dejó caer la llave y se abalanzó contra Uno, tomándolo de la camisa.

—¡¿Es eso cierto?! ¿La conoces? ¡No jodas con eso! ¡Dime si es verdad!

—Oye, calma. Estás ensuciando mi camisa —dijo él. Dos lo soltó—. Sí, quise darle un folleto y me dijo que ya la habían invitado y que iría con sus amigos.

—¿En serio? ¿Amigos o amigas? ¿Sabes si ira con su novio? ¿Sabes si tiene novio?

—¿Me viste cara de Facebook? ¿Cómo voy a saberlo? —respondió. Dos se quedó pensando—. Bueno… creo que mencionó a sus amigas.

—Eso quiere decir que tal vez yo tenga una oportunidad. Dame esa cosa.

Dos le quitó el folleto de las manos. Era un papel simple que habían repartido por la universidad para dar publicidad a la fiesta del próximo fin de semana, junto con los anuncios en Facebook e Instagram.

—¿Irás o no?

El mecánico comenzó a esbozar una sonrisa, pero pronto la borró.

—Si… Bueno, eso quisiera. Mi trabajo y los proyectos de la universidad no son un problema, pero no tengo con quien ir, y si me ven solo sabrán que no tengo amigos. Diablos…

—Pues yo también iré, obviamente, así que puedes hacer como que somos amigos.

—¿De verdad? ¡Eso es sensacional! ¡Te lo agradezco, extraño fortuito! —exclamó Dos, ahora más entusiasmado—. Tal vez podríamos hacer un dúo e ir a conseguir conejitas para nosotros, si me entiendes.

—¿Qué? Oye, bájale la espuma a tu chocolate. Iré con mi novia.

—¿Qué? ¿Tienes novia? ¿Tú?

—Si. ¿Algún problema? —improvisó Uno—. Pero no te preocupes, vamos a acompañarte en tu travesía.

—Bueno, está bien por mí. Por cierto, me llamo Hoagie —dijo Dos, estrechando su grasosa mano.

—Nigel, Nigel Uno —respondió Uno, recibiendo la mano—. Puedes llamarme por mi apellido. Todo el mundo lo hace. Nos vemos el fin de semana.

Detrás de las gafas amarillas Uno pudo atisbar el brillo en sus ojos. No iba a negar que él estaba igual.

—Claro, Uno.

Uno dejó el taller, tan entusiasmado con su plan que olvidó el hecho de que ahora 362 tenía más razones para cortarlo en pedacitos. ¿Acaso acababa de inventar que ella era su novia? Lo mataría, pero lenta y suavemente.

—Número 1, estás en problemas —se dijo a sí mismo, con una sonrisa. Se pasó el resto del día investigando todos los círculos sociales a los que la futura fiesta había tenido alcance, y luego se fue a casa a dormir.

Cuatro despertó mejor que anoche. Eran las doce del mediodía, momento en el que normalmente se levantaba, cuando tenía cosas que hacer en el día. Tres le había dejado una nota.

«Me fui a la universidad. Te dejé una taza de cereales de los simios arcoíris en la mesa Por favor, espérame, que aún no te he dado de alta.»

Excelente, eso era justo lo que no iba a hacer. Tomó su ropa y se marchó de ahí por la ventana. Todavía moqueaba. Los proyectiles que le había arrojado ese renacuajo que se hacía llamar Catarro Común lo habían debilitado demasiado. Y esa niña Tres, o como se llamara… Ya hasta había olvidado su nombre. ¿Pero que importaba? No era nadie en su vida. Le daba el mérito que se merecía por haberlo salvado de ahogarse, pero si no hubiera abierto la boca él no habría hecho el ridículo frente a esos adultos y mucho menos habría enfermado.

Miró su teléfono, que oportunamente había equipado con un protector a prueba de agua. Llamadas perdidas de Fanny. Si aún le quedaba deseos de servir a la organización de Ninjas Adolescentes, debía reportar todo lo que sabía acerca de la ubicación de Fizz. Tendría que ir a investigar de vuelta a Central Park.

Hacia allá fue. En realidad ni siquiera sabía por qué estaba haciendo eso. Eran sus últimas misiones en la organización, y si no le dieron el puesto de jefe de escuadrón en todo este tiempo, ¿por qué se lo darían ahora? Prefirieron a un altavoz desafinado y salpicado de pecas, cabello naranja y linda delantera en lugar de a él. Si así iban a ser las cosas, quizás después de Fizz presentaría su carta de renuncia. De todas maneras ya no le llamaba la atención golpear niños. ¿Pero y qué seguiría después? ¿Unirse a los adultos villanos? Eran aún más estúpidos que los niños del KND.

¡Pero ya tenia dieciocho, carajo! Ya era mayor de edad, más para mal que para bien. Ya no podría disfrutar hacer cosas prohibidas para menores de edad porque ahora si tendría permiso de hacerlo. Ya no podría saborear cada gota de cerveza que bebía clandestinamente sabiendo que estaba rompiendo reglas, porque ya no las estaba rompiendo. Ya no podría tratar de involucrarse con las nuevas chicas de la organización sin sentirse un fracasado por evitar meterse con alguien de su tamaño. Ya no podría seguir poniendo excusas para no ir a conseguir empleo. Los altos mandos de los ninjas adolescentes le extirparán la memoria al renunciar, pero no lo harán con el método de KND. En esta organización, las sopapas eran reemplazadas por chicas semidesnudas y litros de extravagantes mezclas de alcohol y alguna sustancia invasora en proporción suficiente, no tanto como para un severo coma alcohólico, pero si para vaciar gran parte de su cerebro con una noche de ensueño. Horas de magia blanca y adrenalina que culminarían fuera de la consciencia de cualquier mocoso adolescente. Y cuando uno despertaba despatarrado en algún callejón oscuro y meado del centro de la ciudad, solo con el cantar de las aves anunciando un nuevo día y un vagabundo pidiéndole una moneda y una cobija, finalmente y como nunca podía decir que ya era un adulto.

Era un fin de semana al mediodía, por lo que el parque estaba repleto de mamás con sus niños, correteando y jugando por doquier. Wallabee había decidido en algún punto de su adolescencia que él nunca tendría hijos. Aún más; que él nunca se casaría. Las mujeres eran pesadas y los niños una molestia. Su afán por golpear niños dio un gran suspiro de vida cuando uno de ellos se chocó con él jugando al fútbol.

—¡Fíjate por donde vas, enano! Ah… ¡Achú!

—¿Por qué no te fijas tú? Adoletonto.

Exploró unos minutos los túneles de Fizz, pero no encontró nada interesante. Se fue a su casa.

Así fueron pasando los días. Uno mantuvo su coartada de universitario de Oxford, aunque también comenzó a hacer investigaciones para inscribirse a la policía de Cleveland. Eso se asemejaba más a su pasión, y lo mantendría ocupado entrenando todo el tiempo. Trabajar duro para atrapar a los malos. Si tuviera que decidir a que se dedicaría el resto de su vida después de TND, ese sería un buen comienzo para su carrera, esperando pegar rápido un salto hacia agencias mas prestigiosas como el FBI. Alguien como él tenía demasiado que aportar.

Los miembros de la organización contaban con teléfonos a prueba de rastreo, por lo que podían comunicarse usando redes como Whatsapp y esas cosas sin ningún tipo de problema. Aunque eso le daba lo mismo a Uno. No tenía a nadie en la Tierra salvo 362, pero ella tenía una vida después de TND, y él no quería entrometerse ni ser una molestia. Ella trabajaba en una boutique del centro de la ciudad de lunes a viernes, y estudiaba Administración. Siempre tan responsable y juiciosa, no había cambiado en lo absoluto. No era de esas locas que no veían la hora para que llegara el fin de semana, para irse a fiestas universitarias a vivir historias que no contarían.

Uno no padeció la ausencia de personas de afecto los primeros días debido a que se hallaba sumergido en su trabajo. Tenía a su disposición varias radios que sintonizaban las estaciones de KND que anunciaban avistamientos de movimientos sospechosos, desde los más extraños hasta los despreciables, villanos como Excusator haciendo alguna tontería. Uno se pasó gran parte de la semana pegado a las radios, esperando oír el nombre de Fizz en algún momento.

Número 86 si tuvo avances en el caso, a diferencia de los otros. Aparentemente ninguno de los adultos que fastidiaban a KND con frecuencia había visto a Fizz últimamente. Por la organización adolescente circularon rumores sobre que planeaba sentar cabeza, dejar de fastidiar a los niños y adolescentes y por sobre todas las cosas dejar de robarles las bebidas que les vendía, para dedicarse a manejar su negocio limpiamente. Una decisión muy extraña sabiendo que era de los que más lograban joderlos. Algunas versiones sugerían que planeaba incluso irse del país. Aunque la marca era nueva, apenas tenía unas pocas oficinas pequeñas en Estados Unidos. Y teniendo fama de saqueador, era de esperar que los jóvenes impulsivos se vieran tentados a responder con la misma intensidad.

Eso tenía sentido considerando que, de hecho, KND si planeaba atacar sus fortalezas y robar la soda, mientras que los ninjas adolescentes planeaban hacer lo mismo con la cerveza. Cuando 362 se lo comentó a Uno, este planteó una interrogativa muy importante, que hasta ahora no habían considerado. ¿En qué momento se harían presentes los adultos villanos? Tenían su propia cumbre, y hasta su sindicato, pero no poseían precisamente valores de hermandad. Se peleaban hasta por la ultima porción de pizza. En la jungla todo se valía entre ellos.

De todas maneras, no estaban haciendo más que construir teorías sobre supuestos. Todo lo concreto lo obtendrían en la fiesta en El Punto.

Mas temprano que tarde llegó el día. Esta noche sería la fiesta. Y si todo salía bien para Uno, dentro de unas horas tendría en sus manos a ese sujeto que los llevaría con el adicto a la bebida. Y lo mejor de todo; hoy vería de nuevo a Dos y a Cinco.

Luego de estropear de nuevo el auto de Cinco, Uno fue hacia el taller de Dos a hablar con él.

—Buenas tardes, viejo amigo. Digo, Dos… Digo, Hugo…

—¿Qué? ¡Oh, eres tú! Y es Hoagie.

—Si, tú… Hoagie. Lo siento. Soy el peor grabando nombres.

—¿Todo listo para la fiesta de hoy, amigo? Oye, he estado toda la semana esperando por este día. Finalmente, podre…

—Ya, ya, ya. Tú tranquilo, Do… Hoagie. Escucha. He visto el auto de Abigail rondando por aquí, lo que quiere decir que ella está por llegar.

—¿Qué? No inventes. ¿Ella ya sabe que nosotros iremos a la fiesta?

—No. He pensado en un plan que servirá… —Uno procedió a explicarle lo que tendría que decirle a Cinco.

—¿Y eso en qué ayudará? —preguntó Dos.

—Tú solo confía en mí. Haz como que ni sabes de la existencia de esa fiesta.

—Oh, pues… de acuerdo. Aunque aún no comprendo de qué servirá esto.

—Solo confía. Me voy a esconder por ahí.

Uno se escondió tras un barril y se quedó esperando a que sus movimientos hicieran efecto. No estaba preocupado por haberle metido mano al auto de Cinco. Dos era tan inteligente como para repararlo en un abrir y cerrar de ojos, sin mencionar que le estaba haciendo el ala con la chica que le gustaba. Y él podía ser tan caballero como cualquiera lo era. A ella podría gustarle. Todos salían ganando.

Media hora después, el Ford Ka blanco de Cinco hizo aparición tras la calle más inmediata a la cuadra del taller. Uno la vio entrar desde su escondite.

—¡Ahora es el carburador! —escuchó exclamar a su antigua y adorada amiga. El joven mecánico, todo torpe, siguió el plan de Uno y trató de convencerla de que lo tendría listo para antes de hoy a la noche.

—Cielos. Como que ese auto ha estado trabajando mucho, ¿no?

—No lo creo. Lo acabo de sacar hace… casi un año. Y no es usado —dijo Cinco—. ¿Pero sabes qué es lo más raro? Estos problemas sí son de ahora. Hasta hace un par de semanas andaba de maravilla.

—Si… qué raro, ¿no? —murmuró Dos.

—¿Dijiste que lo tendrías listo para hoy al anochecer?

—A última hora.

—De acuerdo.

La chica se fue. Al final habían hablado más de lo que solían hacerlo. Uno salió del escondite.

—Bien hecho, Hoagie. Se lo creyó.

—¿Qué se creyó?

—Eh, nada, nada. Quiero decir que no sospecha nada.

—Bueno. Si me disculpas, tengo que revisar este auto.

—No, amigo. Esto también es parte del plan. —Uno le contó que seguía ahora en su plan. A Dos le pareció bastante descabellado—. …y si lo hacemos bien, nada podría malir sal.

—¿Quieres que haga qué?

—Va a funcionar, ¿no? Ira por ti.

—Sí, para traerme a patadas hasta aquí. ¿En qué estaba pensando? Dios, no sé si quiero seguir con esto.

—¿Cómo que no sabes? ¿Piensas quedarte en este taller por el resto de tu vida? ¿Y si es la futura madre de tus hijos? —insistió Uno.

—No juegues con eso, hermano. Ya he tenido bastante con mis pensamientos.

—Entonces menos excusas y más acción. ¿O es que le temes al rechazo?

—Bueno… sí —respondió Dos, con voz aguda y chocando sus dedos.

En ese momento Uno recibió una llamada. Era su novia de mentiras.

—Nigel Uno. Espero que no estés haciendo lo que creo que estás haciendo.

—¿Buscando a Fizz yo solo?

—Además de eso. Habíamos quedado en que iríamos a la fiesta de hoy, ¿recuerdas? Para capturar al proveedor de las latas de Fizz.

—Claro que sí. Estoy con un amigo, pero ya estoy yendo a buscarte, Rachel. Espérame lista, ¿sí?

—¿A buscarme? Pero si tengo au…

—Luego te veo, adiós. —Uno colgó con prisa. Dos había escuchado lo que el había dicho.

—Era tu novia, ¿no? ¿Cómo que estaban buscando a Fizz?

—Eh, si, sí. Era ella —balbuceó Uno, dejando escapar la risa—. Es que dijo que quería llevar latas de Fizz.

—Ya veo. Oye, esa cerveza es lo mejor que me pudo pasar en este verano.

Conversaron un poco más. Uno acordó encontrarse con Dos a la entrada de El Punto, y regresó a su domicilio, pensando en que tal vez calculó mal y 362 definitivamente lo mataría si se enterara de lo que hacía. No, esa no era la expresión adecuada. 362 no era como 86 en ese sentido. En lugar de matarlo simplemente se mostraría decepcionada, y eso podía ser peor. Estaba jugando con fuego, y sí resultaba un fracaso, ya podía ir despidiéndose del caso.

¿Pero qué sería la vida sin un poco de riesgo?