—Y… ¿cuándo dijo Infinito que traería a los nuevos? —preguntó Uno, como para ir rompiendo el silencio. 362 le bajó a la radio de KND.

—Dijo ya ha estado probando a algunos, pero que aún no encontraba a los indicados —respondió ella, entre los bocinazos del tránsito.

Uno asintió. Eso indicaba que no le quedaba mucho tiempo para mover sus fichas. Lo había apostado todo a esta misión.

Eran las once de la noche. Había un gran embotellamiento. La carretera que corría por el lugar estaba tan atestada como una avenida del centro a las tres de la tarde. Un pequeño carril se desviaba de la carretera y corría unos metros hasta el gran aparcadero del antro. Apenas entrar a ese carril, 362 se subió al arcén y aceleró hasta el aparcadero. Fue tan deprisa que muy pocos lo vieron. Uno le sonrió, indicándole que eso era lo que esperaba que hiciera. Finalmente aparcaron en un lugar luego de estar cinco minutos buscando.

—¿Estas listo, Uno? —preguntó ella.

—Nací listo ¿Y tú?

—Tranquilo, soldado. Claro que estoy lista —sonrió. Fue la primera en salir. Se había puesto unos vaqueros ajustados y una camisa color acre bajo una blusa negra—. 86 está por llegar.

Los refuerzos que el líder de TND le había prometido a 362 había tenido que atrasarse por algo que Uno había vaticinado, más exaltado que frustrado: falta de competencia, y o falta de valor. No muchos se atrevían a enfrentarse al mismísmo asesino serial incluso teniendo a favor toda la protección y tecnología que ofrecía la organización a sus anónimos miembros. Infinito le dijo que la búsqueda de fuerzas se extendería por unos días, y reasignó a 86 temporalmente al caso. La chillona agente apenas tenía trabajo en la organización de ninjas adolescentes y estaba pasando por un momento de crisis con relación a su puesto.

—Sí, 86… Es cierto —recordó Uno. Habían avanzado agazapados hasta unos matorrales que los ocultaban de la fila de invitados—. Tenemos una hora, ¿no?

—Aproximadamente —confirmó 362, revisando su reloj—. Dentro de una hora ya debería estar presente el proveedor.

—Bien. Espérame aquí, Rachel. Ya vengo.

Uno salió corriendo antes de que 362 le hiciera más preguntas. Si no se equivocaba, Dos debía estar esperando al fondo de la fila. Y era muy importante que 362 no lo viera con él.

Y allí estaba. Se había hecho con una camisa negra abierta muy grande para su torso, sobre una playera blanca, y unos vaqueros oscuros. Realmente había hecho poco y nada por verse bien, aunque no había renunciado a sus gafas ni a su gorro. Uno recordó que muy pocas veces lo había visto sin ellas.

Se encontraba frente a un grupo de chicas que estaba haciendo fila, aparentemente hablando por teléfono.

—Sí, sí. Tengan todo listo. Enseguida me reuniré con el dueño de El Punto y le plantearé nuestra propuesta. No. En el Lamborghini. Ven a buscar el Lamborghini que aparcaron, el Ferrari está en reparación. Y muévanse —inventó Dos. Colgó y se dirigió a las chicas—. Qué noche complicada, ¿no? Estos empleados… Por cierto, ¿de qué ciudad son, damas?

—¡Oye, Hank! —saludó Uno. Dos se sobresaltó ante la confusión de las chicas.

—¿Eh? Oh, miren. Ese es mi chofer particular. ¿Ya encontraste mi Lamborghini, Hector?

—¿Qué Lamborghini? Solo tienes una motoneta de la edad de piedra. Y me llamo Uno —espetó Uno. Las chicas echaron a reír.

Se lo llevó con él casi a empujones.

—¿Qué es lo que estabas haciendo?

—A las chicas les gusta los que son exitosos o lo aparentan —explicó Dos—. Por cierto, ¿Por qué me llamaste Hank? ¿Y dónde esta tu novia?

—Adentro. ¿Viniste en tu moto? —respondió Uno, ignorando su pregunta.

—Si. ¿Por qué?

—Tráela, conozco a los dueños y te dejarán aparcarla más cerca. Usaremos una entrada secreta. Sígueme.

—Ah, genial.

Se abrieron paso por detrás de la línea de arbustos que corría a la par de la fila. Dos con su moto solía quedarse en el lugar, distrayéndose con la marea de mujeres embadurnada por todo el camino.

—Mira todas esas chicas, amigo. Cuanta belleza. Siento que estoy en el paraíso. ¿Por qué demonios nunca vine a una fiesta antes? Ah, sí. Ya me acordé. Pero diablos. Seguro que me acompañarás, ¿no?

—Ya te dije que sí. Y aunque no lo creas yo necesito más de ti que tú de mi —respondió Uno.

—¿Y a tu novia no le molestará? Oye, ¿no te preocupa dejarla sola con un montón de buitres al acecho?

—No. Ella sabe cuidarse.

Uno había dejado a 362 al otro lado de la fila. Desde allí vio que 86 ya había llegado. Condujo a Dos hacia un pequeño aparcadero privado que usaba la gente realmente importante del lugar, en donde este dejo su motocicleta. Entraron por salida de emergencia que había sido custodiada por un guardia de seguridad hasta que cierto agente recién llegado al planeta lo noqueó y lo dejó durmiendo contra un árbol.

Abrió la puerta y entró con Dos.

Era un antro como todos los demás. No recordaban haber ido a muchas fiestas como esa. Tenía el tamaño del gimnasio de la Primaria Gallagher. Contaba con un escenario donde solía presentarse el músico de turno que no aspiraba a más que a terminar en esos rincones o a trabajar en McDonalds.

—Necesito que te quites las gafas y el gorro —dijo Uno de pronto.

—¿Qué? Pero, ¿por…?

—Es parte de mi plan. Solo confía en mí.

Pensando en que estaba saliendo de la zona de confort de una manera bastante brusca, el muchacho se quitó sus gafas y su gorro, y se los guardó en su bolsillo.

Uno dejó a Dos adentro y volvió con las chicas.

—¿Dónde te habías metido, Uno? —preguntó 362—. 86, mira. Aquí esta Uno.

El muchacho vio a la joven pecosa de cerca y se sobresaltó del susto.

—¡Nigel Uno! —gritó ella—. ¡¿Cómo?! ¡¿En qué momento?!

—Mis oídos —se quejó Uno.

—86, sé más discreta —dijo 362.

—Tú, bastardo. —86 tomó a Uno de la camisa—. ¿Quién te crees que eres?

—Oye, ¿qué te pasa? —preguntó él.

—¡¿Quién te crees para regresar aquí, así como si nada?! ¡¿Cómo si fuera lo más normal del mundo?!

—Cállate —siseó 362 tras la vociferada de 86. Se giró a todos lados para ver si había llamado la atención de alguien.

—Oye, ¿de qué estás hablando? —se defendió Uno, apartando sus manos de un manotazo—. Yo solo vine para hacer mi trabajo, que es atrapar a Número 616. No sabía que tenía que pedirte permiso para entrar a mi planeta natal, Francis.

—¡Soy Fanny! —gritó 86. La muchacha se había puesto sandalias de cuero que dejaron su pie al descubierto. 362 le pisó un pie con mucha fuerza y esta gritó.

—Te dije que te callarás. Estamos en una misión peligrosa.

—¡Pe-pero pero jefa! ¡El pelón ni siquiera recuerda mi nombre! —acusó 86, señalando a un aturdido Uno—. ¿No oíste como me llamó?

—Supongo que tuvo cosas más importantes que hacer en el espacio que recordar tu nombre.

—¿El tuyo también lo olvidó?

—Ay, 86, ya deja de hacer un espectáculo, que estamos en medio de una operación.

O sea hello, ¿será que podemos concentrarnos? El objetivo ya debe estar llegando a la fiesta —pidió Uno.

—Uno tiene razón. Dejemos los saludos para más adelante.

—Argh, ¡bien! —protestó 86.

Una vez adentro, Uno regresó con Dos. Por algún motivo no lo sorprendió encontrarlo en una esquina mirando a todos, con un refresco en la mano.

—No te preocupes, solo es jugo de naranja. ¿Dónde estabas, Nigel Uno? Un grupo de mujeres pasó por aquí, todas me miraron raro. Y me vieron a los ojos. Me sentí más solo que… que… que no sé. Tú me entiendes.

—Tuve unos asuntos que atender. Te hubieras hecho el magnate empresario, como hiciste afuera.

—Si, pero aquí no se escucha bien. Por cierto, ¿y tu novia? ¿Y por qué me hiciste quitarme las gafas y el gorro?

—Ah, eh… Esta en el baño con su amiga. Luego te lo explico, tú solo sigue así.

Uno siempre tenía la acertada intuición de que una fiesta de adolescentes rozaría tal nivel de aburrimiento. Música a todo volumen, un montón de pre-adultos maleducados pasándole por al lado y empujándolo, un grupo de jugadores de fútbol que miraba con desdén y altanería a todo el mundo. Ridículos que no durarían diez segundos contra él. En manada todos eran valientes.

Se quedó esperando a que Cinco o el proveedor aparecieran, llegando a entretenerse tratando de adivinar quien haría presencia primero, y pensando en que todo esto estaba ocurriendo muy deprisa. En algún sector cerca del fondo del lugar habían colocado juegos de azar. Dos visualizó una mesa de cartas y dos damas esperando a alguien. En el espacio también existían los juegos de azar, y Uno había descubierto un lado ludópata oculto, que jamás imaginó siquiera que existía. Allí habían copiado bastantes juegos de cartas de la Tierra (o la Tierra los había copiado de allí), por lo que adaptarse no fue difícil. Incluso llego a ganar mucho dinero gracias a los casinos galácticos, los cuales habían pasado a ser su fuente de entretenimiento después de su trabajo.

Mientras Uno y Dos realizaban un intento de socialización con las chicas y se entretenían jugando con ellas, 362 se acercó a la barra, acompaña de 86.

—Ese pelado ni siquiera recordó mi nombre. ¿Tan olvidable soy?

—Entiende a Uno. Ha pasado por un momento duro en su vida como para preocuparse por a quien podría recordar. Y tampoco es que lo hayas tratado bien en su momento. Y tampoco es que le hayas dado una buena bienvenida. Pero estoy segura de que también te echó de menos… en el fondo.

—Bah. Me da lo mismo —espetó 86, luego de un momento de reflexión. Como si eso le importara mucho. 362 la ignoró. El empleado de la barra de licores se hizo presente.

—Disculpe. ¿Latas de Fizz?

—Ah, sí. El sujeto que los traía llegaba en… —El sujeto miró su reloj—. Ya debería estar aquí. Pues que raro…

86 la interrumpió sacudiendo su hombro.

—Rachel. Rachel. Mira —señaló. Cerca de la puerta de entrada varios de los invitados se habían conglomerado y no se podía ver para qué.

—Debe ser él —dijo 362—. Hay que actuar. ¿Dónde está Uno?

86 levantó los hombros.

—Tú eres su niñera, tú deberías saberlo —respondió la pelirroja.

—Diablos. —362 sacó su teléfono y le marcó, mientras miraba para todos lados. Ahora entendía por qué odiaba las fiestas. No se escuchaba ni se veía nada.

Uno apostó a que Cinco llegaría antes que el objetivo. Tuvo tiempo para vigilarla unos días antes de la fiesta, lo suficiente para saber que si vendría con unos amigos que en un principio la habían invitado y que ella cortésmente había rechazado.

—Pues chicos… Ustedes son dos, y nosotras somos dos. ¿Eso no les dice algo? —sugirió coqueta una de ellas.

Justo cuando ellos estaban a punto de ganar, pudo notar el vibrador en su teléfono. Sin atenderlo sabía de quien se trataba. Levantó la vista y vio a 362.

—Sí, que nosotros ganamos. Tengo full. —Uno arrojo las cartas a la mesa y se levantó con Dos—. Rápido, sígueme la corriente —sugirió Uno a su viejo nuevo amigo, sin dejarle preguntar por qué se habían levantado de la mesa bruscamente, dejando a las dos chicas solas.

—¡Oigan, vuelvan!

—Aquí estas, Uno. ¿Qué hacías aquí? Ya esta llegando gente importante, posiblemente el objetivo ya esté aquí.

—Oh, sí, Rachel. Te presento a un amigo mío. Rachel, Hank. Hank, Rachel.

—Pero mi nombre es… —Uno le pisó el pie—. Eh, sí. Hank. Es un placer, señorita.

Dos se inclinó, tomó la mano de la muchacha y la besó. Ignorando el saludo, a 362 le resultó extraño. ¿Uno ya tenía amigos de otras ciudades? De cualquier manera, ese Hank se le hacía familiar.

—Igual…mente.

—Felicidades por el buen gusto, Nigel —le dijo Dos.

—Sí… Gracias. Discúlpanos un momento, Hank —respondió él.

Uno se llevó a su acompañante a otro lado.

—¿Qué quiso decir él con eso, Uno? ¿Quién es él? ¿De dónde lo conoces? —interrogó ella.

—Ehh, bueno… ¿Recuerdas que dije que espiaría por las universidades para investigar a los invitados esta fiesta? Bueno, a este chico Hank lo estaban molestando los bravucones y yo fui a rescatarlo. Nos quedamos hablando y tú llamaste. Y tuve que inventarle algo…

—¿Qué cosa?

—Yo… Yo… Le dije que eras mi novia.

—¡¿Qué?! —estalló ella.

—Tranquila. No le di detalles, solo piensa que estamos saliendo, pero nada más.

—Nigel Uno —362 se llevó la mano al rostro. Sabía que tenía que esperarse un dolor de cabeza de esa magnitud—. Te dije que eso solo iba a ser para el proveedor. Antes de darnos roles debiste haberme consultado. Aunque claro, tuviste que saber que no iba a admitir esto.

—Lo sé, y lo siento, pero estuve en medio de presión. Debimos haber acordado esto también.

Ella se lo quedó mirando unos segundos. Él sabía que se estaba jugando su confianza.

—Descuida. Mientras no vuelva a pasar…

Desde allí vieron como todos se amontonaban contra la figura que había acabado de entrar. Su objetivo había llegado.

—Vamos por el proveedor, compañera.

Rodeado de un montón de mujeres y dos tipos que llevaban las cajas de latas, el proveedor traía una camisa hawaiana, una gorra polar marrón y unas gafas de protección aún más sofisticadas que las de Dos.

—¿No es quien creo que es? —murmuró Uno, quitándose las gafas.

—Yo tengo la misma idea, Uno…

—¿Fue destituido a los trece?

—Se supone que sí.

—¿86 ya cerró las entradas?

—Sí.

El proveedor, que tenía la misma edad de ellos, los vio acercarse a él. Con 362 tomada de su brazo, Uno fue el primero en saludar.

—¿Qué tal la noche, amigo?

—Pues genial, como veras. Pero… ¿los conozco?

—Mira, cariño, es el encargado de traer las latas de Fizz —dijo 362, metiéndose en su papel.

Uno le estrechó la mano a Número 30C, quien parecía todavía no comprender la situación. Este ordenó a sus bellas acompañantes dejarlo solo con los dos agentes.

Mientras tanto, Hoagie, (o Hank) volvió a quedarse solo en la fiesta. No se sentía cómodo. Primero Uno le dijo que se quitara la máscara, pero sin decirle por qué. Lo dejó solo y aun ni apareció Abby. Esto estaba comenzando a fastidiarlo. Lo que él no comprendía era que la gorra y las gafas eran su verdadera cara, al igual que las gafas oscuras de él lo eran también. Así que se las volvió a poner. Cuando lo hizo se sintió mas protegido, mas enfocado y por sobre todo mas vivo. Volvió a ser el Hoagie Gilligan que siempre había sido. ¿Pero y ahora qué? Pues ya estaba aquí, y cuando estaba aburrido no quedaba otra más que divertirse. No había venido hasta aquí solo para esperar como un perro domesticado a que Uno y su envidiable y bella novia le hicieran compañía. Podía divertirse solo.

En su campo de visión una chica morena pasó en frente de él y se giró a escudriñarlo un momento. Y entonces…

—¡Tú! —espetó ella. El chico la reconoció al instante. Era Abby—. ¿Cómo se te ocurre cerrar el taller sin devolverme mi auto? ¿Qué clase de profesionalismo es ese?

—Bueno, yo… yo… —balbuceó él, antes de poder procesar el hecho de que ella finalmente estaba ahí.

—¿En qué estabas pensando?

—Pu-pues… Lo que pasó fue que…yo…

—¿Sí? —murmuró Abby, cruzada de brazos. La gorra apenas dejaba ver uno de sus ojos.

—Bueno, un amigo me pidió ayuda —menciono él, rascándose la nuca—. Me llamó a último momento para que pasara a rescatarlo de unos matones cerca de aquí. Así que tuve que cerrar el taller antes de horario. Tomé mi Volkswagen y vine corriendo. Salve a mi amigo y como recompensa me invitó a su fiesta. Y bueno, ya era tarde y yo no quería quedar mal así que…

El muchacho no dijo nada más. Se limito a jugar a chocar sus dedos, a la espera de alguna reacción de la chica. Sí esto no funcionaba…

—Es increíble.

—Sí, increíble. Sí. ¿puedes creerlo?

—No. ¿Tú a quien podrías salvar? Que yo recuerde nunca he visto tu Volkswagen. Hasta donde sé te manejabas en tu motocicleta.

—Pero, pero…

—Mira. Para que hayas dejado mi auto en el taller algo tuvo que pasar. ¿Por qué no me dices la verdad?

Número 1 y Número 362 se habían sentado juntos, el muchacho al lado del proveedor y ella al lado de él, acercando el rostro para oír.

—Tenemos una gran oferta de negocio para tu jefe. Y no es ninguna tontería para niños, estamos seguros de que le interesará —inició Uno.

—Y no vayas a decir que no, muchacho —siguió 362, risueña.

—Pues tú te me haces familiar, amigo —dijo 30C—. Y tú también.

—No, es la primera vez que te veo —mintió ella.

—Bien. Pero antes debo aclararles algo. Ese viejo de Fizz no es mi jefe. Solo soy su cliente distribuidor. Tengo contactos con algunos adultos y les compro a ellos para revenderlo a los adolescentes a mayor precio, ahorrándoles el trabajo de lidiar con ellos y quedándome con las ganancias. Es un trabajo pesado, pero la recompensa es tentadora —relató 30C. A través de sus gafas 362 vio como sus ojos escapaban hacia las modelos que lo habían acompañado.

—Sí, vaya si lo sabemos… Hemos oído algo sobre intermediarios de adultos y adolescentes, pero nunca hemos visto a uno, hasta ahora —opinó 362. Uno la había rodeado con un brazo por detrás.

—Pues soy uno de los únicos, si no el único. Y una de las condiciones para un sano comercio es no revelar información relevante a personas insignificantes.

—En eso tienes razón, esto no es para peces pequeños —replicó Uno—. Por cierto, ¿no crees que hace un poco de calor, amigo?

—¿Eh? Pues sí —balbuceó 30C—, puede ser… pero yo estoy bien.

—Es como si hicieran, ¿Cuánto? Treinta grados —dijo 362—. Treinta grados centígrados.

—Si. 30C —finalizó Uno.

El chico mantuvo silencio. Luego de un momento dio un salto hacia atrás del sofá.

—¡Atrápenlos! —ordenó Número 30C a sus acompañantes.

Uno fue más hábil que las chicas. Sacó su arma de caramelos esféricos y les disparó a los pies a todas, haciendo que tropezaran. El golpe al caer contra el suelo fue más duro de lo que pareció. El proveedor aprovechó los segundos para disponerse a huir.

—¡Espera! —dijo 362, corriendo hacia él.

—Yo sabía que te conocía, 362 —exclamó 30C mientras corría a la salida y hacía una llamada a sus secuaces.

—¡Tus esbirros no van a entrar, ya bloqueamos las salidas! —advirtió Uno, corriendo también.

Una de las chicas que había derribado extrajo un arma destructora, parecida a su proyectil de rayos, y con eso disparó hacia Uno. Este esquivó el disparo. El proyectil destruyó el muro más cercano hacia el exterior.

—¿Qué fue eso? —dijo Cinco.

La pared de aquel lado se derrumbó. A esto le siguió otro muro en otra zona del club, por donde entraron dos sujetos de traje, apenas mayores de edad. Dos y Cinco comenzaron a escuchar fuertes azotes detrás de ellos, y tras unos segundos el muro se abrió. Los escombros salieron volando en dirección a ellos.

—¡Cuidado! —gritó él, empujando a la chica para evadir los escombros.

—¿Qué…?

Por ese agujero también entraron dos sujetos. En menos de diez segundos, la fiesta había pasado a ser una película de suspenso. Los escombros no habían alcanzado a dañar a nadie, pero la luz se había ido y se había hecho el caos en el lugar. Todo el mundo corría, tratando de huir por los agujeros.

—Muy bien, muchachos. Se terminó la fiesta. Atrápenlos a ellos, y a ellos, y a ellos —gritó 30C desde uno de los agujeros.

—¿Qué le pasa a ese? —espetó Cinco.

—Oh, oh. Gente en problemas. Discúlpame un momen…

El muchacho había echado a correr hacia él, pero ella lo retuvo del cuello de la camisa.

—Espera un momento. Aun no hemos terminado con nuestro asunto.

—Pero, pero…

—¿Pero qué? No me digas ahora que vas a ayudar o algo así. —Abigail se vio sorprendida por la determinación de ese chico. Recordó que, según dijo, había ido a ayudar a un amigo con unos matones. Un nerd flacuchento que combatía el mal por las noches subido en su motocicleta de la Primera Guerra Mundial solo era posible en la ficción, por lo que se sintió curiosa.

—Sí. Tengo que ir. Tienes que verme para creer en mí.

—De acuerdo —suspiró ella—, pero iré contigo.

El no tuvo tiempo ni de pensar. Salió corriendo y ella fue detrás de él. En la apertura se cruzó con Uno.

—Tenemos que atraparlo —dijo este.

—Sí —respondió Dos sin pensar.

Número 30C corrió hacia la salida y se subió en un auto. Número 2 se subió al Vespa con Número 5 y lo siguió. Uno tomó a 362 y a 86 de la mano, activó las botas propulsoras y salió disparado.

—¿Lo perseguiremos en esta chatarra? —cuestionó Cinco.

—Lo siento, Abigail, pero hay cosas que no te he contado de mí —dijo Dos, subiendo con ella. El comenzó a conducir con ella detrás, sosteniéndose del asidero trasero.

—¿Cómo qué? ¿Tu colección de historietas de DC?

—Algo mejor. En el maletero sobre el que estas sentada hay un cilindro hecho con latas, sácalo y dámelo —ordenó él. Ella obedeció.

—Esto parece una… un bazooka.

—Si… —Mientras salía a la carretera principal, Dos le dio las indicaciones para que cargara el arma con pelotas de tenis. La chica obedeció, sin saber que estaba haciendo. Dos motocicletas flanquearon a los chicos. Eran los secuaces de 30C—. Oh, oh. Nos rodean. De acuerdo. No te asustes, Abby, todo está bajo mi control.

—Qué alivio, ya estaba empezando a llorar —dijo Abby con sorna—. Sigue conduciendo, yo haré esto.

—¡¿Qué?! Pe… pero… ¿Ya lo has hecho antes?

Uno acercó a las chicas a la autonave de 362 y se unió a la persecución. En los ojos de su amiga pudo saber ella los había visto, y que ya se había dado cuenta de todo. No le dio importancia; la prioridad ahora era ese bendito proveedor.

Las motocicletas llevaban a dos de esos hombres cada una. El de la izquierda se había acercado a Dos y a Cinco, y el que iba atrás había empezado a atacar con una cadena. Cinco protegió a ambos usando el arma como escudo. Dos protestó por el daño a su arma.

La autonave los alcanzó en seguida, al mismo tiempo que la segunda motocicleta enemiga se preparaba para atacar. Se colocó delante del Vespa de Dos y Cinco y disparó al carril una cadena de púas. Dos hizo una maniobra rápida, haciendo que Cinco casi se cayese.

—¡Si quieres que me baje solo dilo! —espetó ella.

—Lo siento, es que nos están tirando púas.

Uno extrajo del bolsillo el arma de rayos que se había guardado y disparó contra la motocicleta de las púas, derribándolo. El vehículo salió de la carretera dando vueltas y terminó en una barranca a un lado de la carretera.

Cinco logró cargar la bazooka y disparar contra la motocicleta. Le tomó cinco tiros derribar a ambos esbirros del vehículo. La moto continuó entre sacudidas y terminó embistiendo a un automóvil a contramano.

—¡Bien hecho. Abby! —dijo Dos.

—¡Bien hecho, Cinco! —dijo Uno.

—Todavía falta el del auto. Concéntrate —respondió ella.

El Audi negro modificado de 30C era tan veloz como la autonave de 362. 86 trataba de darle con su arma a los neumáticos, pero no lograba acertar.

—Parece que tendrás que embestirlo —dijo 86. 362 se colocó detrás del auto negro, a un lado de él, y se quedó ahí.

—No lo creo.

La motocicleta anticuada de ese Hank, que en realidad no era Hank sino Hoagie Gilligan a.k.a. Número 2, había conseguido alcanzar el auto de 30C.

—¿Qué diablos es eso? —exclamó 86.

Uno vio desde arriba como Cinco logró acertarle al Audi de 30C, haciendo que perdiera estabilidad y se desviara fuera de la carretera. El auto se estrelló contra una valla que surcaba los límites de un sembradío.

La persecución finalizó. Expulsado por el airbag, 30C salió del auto y cayó al suelo.

—Ya lo tenemos —dijo Uno, descendiendo donde el proveedor. Dos y Cinco aparcaron cerca de ahí. 362 y 86 se detuvieron justo al lado de él. 86 bajó y fue corriendo a confrontarlo.

—¡Tú! ¡¿Dónde está el ladrón de Fizz? ¡Habla, carajo! —gritó ella, tomándolo de la camisa y sacudiéndolo.

—¡Se esconde en Nueva York! ¡En Manhattan! ¡Ya suéltame!

—¿En que parte? —preguntó Uno.

—Eso depende del horario. De… de día se esconde en alguna tienda de disparos de los que hay en el barrio chino o en algún negocio de la mafia italiana. De noche, se esconde en una pequeña instalación en el centro de Central Park.

—¿El está ahí ahora?

—¿Ves el sol por algún lado, genio? —protestó 30C. Las gafas se le habían caído por las sacudidas. 86 lo soltó—. Oigan, ese tipo no es mi amigo. Les hubiera dicho todo lo que dije si me lo hubieran preguntado bien.

—¿Y entonces por qué atacaste el club y a nosotros? —espetó 86.

—Tengo enemigos. Hay algunos adolescentes que quieren destruir mi negocio. Yo no tengo la culpa de querer progresar en la vida.

86 dio un paso adelante, haciendo un ademan de golpearlo. 30C retrocedió asustado.

—Solo por el ataque deberíamos encarcelarte con…

—Déjalo, 86. No tenemos nada contra él —ordenó 362.

Dos y Cinco se acercaron a ellos, sin saber exactamente que pensar de la situación.

—Ehh… Bueno, muchachos. El rufián fue detenido. No nos lo agradezcan.

—Gracias de todas formas… Hoagie Gilligan —respondió 362, girándose a él. Uno se quedo helado, pese a que ya se lo veía venir.

—De nada… ¿Eh? ¿Cómo sabes mi verdadero nombre?

—Creo que eso te lo podrá responder tu… amigo, Nigel Uno.

—¿Qué es lo que pasa aquí? —preguntó Cinco—. ¿Quién es él?

—-Es… una larga historia, muchachos —respondió Uno, sin saber que más decir.

—Número Uno —dijo 362—. Ven un rato.

Se lo llevó unos metros lejos de los demás.

—362, yo…

—Escucha. Tenemos que partir ahora mismo a Nueva York, así que no podemos perder tiempo. Hay algo que tengo que hacer con ellos dos, y te ruego que no interfieras más de lo que ya lo has hecho. Después tengo que hablar muy seriamente contigo.

362 se fue sin dejarlo responder. Por primera vez en la noche Uno sintió remordimiento por haberla engañado.

—Es extraño, Rachel. Soltó la información muy deprisa —le comentó 86. 30C se había quedado en su auto esperando una grúa.

—86, informa a tus contactos en Nueva York sobre la ubicación y llama a la nave. Y ustedes dos…

—Disculpa, pero nosotros ya nos íbamos. Teníamos un asunto que resolver —dijo Cinco.

—Antes de que se vayan, tengo una propuesta para ustedes —anunció 362, tras un largo suspiro. Todavía no estaba del todo convencida de lo que estaba por hacer, pero en la organización había prioridades—, y entenderé si declinan, pero primero quiero que la escuchen.