Disclaimer: Los personajes de Amour Sucré/Corazón de melón pertenecen a Chinomiko y Beemoov. Por otro lado, el universo de Harry Potter pertenece a Warner Bross y es creación de J.K. Rowling. La familia Vólkov y la trama es de mi creación.

Buenas! Soy Elyann en CdM y empecé con este fanfic este año. Está publicado solo en el foro y espero que lo disfruten, por favor, comenten si les gustó!

Lana Vólkov y la Máscara Roja es la primera parte de la saga Academia Anteros de Magia y Hechicería.


Prólogo

Marcando caminos

—Debe ser tu cabello, cariño —meditó Alexey Vólkov, mirando con ternura a su pequeña hija. Estaban en el jardín de su casa, acuclillados entre los arbustos tratando de tomar un bowtruckle que les miraba, burlón, desde el árbol—. Es muy brillante y destaca mucho.

Lana frunció el ceño, tomando su larga melena celeste. A sus cortos cuatro años, había demostrado un amplio interés por la magia, siendo su primer acercamiento las criaturas que se paseaban libres en las cercanías de su casa. La familia Vólkov vivía en Aberfeldy, un pequeño pueblo de población muggle y mágica perdido en los prados de Escocia. Tenían una casa enorme y pintoresca a las afueras del pueblo, con un patio de juegos que daba hacia cerros y bosques que a los niños de la familia se les hacían infinitos, un universo verde y brillante que bajo sus pies inquietos e imaginación desbordante, se volvía miles de escenarios de juegos entre los que su infancia transcurría.

La pequeña se puso de pie, resuelta. Era delgaducha y tenía unos enormes ojos claros que le daban un aire de eterna sorpresa. Vestía un vestido blanco de tul y volantes que, tras horas de arrastrarse entre la tierra y perderse en juegos, había perdido su inicial encanto inmaculado para quedar manchado de tierra y roto por las ramas; bajo el tul, pálidas piernas llenas de arañazos terminaban en un par de infantiles pies de muñeca con diminutos dedos que se retorcían para sentir mejor la tierra húmeda.

Lana no se llevaba bien con los animales mágicos. Desde que nació, parecía repelerlos sin querer, un hecho que la frustraba en demasía, dado que ella solo quería jugar. Así que, tomándose en serio el comentario de su padre y sin soltar palabra alguna, dio media vuelta y corrió a casa. Bajo sus pies la hierba tierna se aplastaba en un camino ya marcado, por las tantas carreras que habían hecho el mismo recorrido. Por la inusual velocidad que tomaban sus corridas, su padre la llamaba «Piesligeros» con un amago de sonrisa enternecido.

Vio a su hermano Arvel, de seis años, volar en la escoba de su padre a escondidas. Podía haberlo acusado, claro está, pero no dijo nada. Lana era una chica lista. Sabía que ahora no era más que un capricho y que podría llegar a ser útil, por lo que solo se aseguró de cruzar sus miradas con los orbes azules del chico. El reconocimiento y posterior pánico en reflejado en la expresión de Arvel le verificó que él también sabía la garantía que Lana se había adjudicado por su descuido. Le sonrió con inocencia y siguió corriendo.

Ya en la amplia cocina, se encontró con su dulce madre, una encantadora rubia que aparentaba diez años menos que los que tenía.

— ¿Sucede algo, morita? —preguntó con dulzura al ver la determinación en sus ojos. Siempre que Lana tenía esa mirada, cosas curiosas pasaban después—, ¿no estabas con papá afuera?

Lana asintió.

—Estaba —confirmó, con su suave y cantarina voz. Sus ojos recorrieron el mesón con disimulo, antes de sonreír. Miró a su madre parpadeando con pereza, volteó con su vestido ondeando en un encanto de nubes y algodón y salió de la habitación en dirección al baño.

Una vez ahí, sacó de su espalda las tijeras que había tomado de la cocina y procedió a cortarse el pelo. Sus dedos temblaban, mientras que el sonido de sus hebras siendo cortadas llenaba el baño con un eco que resonaba una, y otra y otra vez en su cabeza. Pronto, otro sonido se unió: silenciosos sollozos entre labios apretados. Mientras caían los celestes mechones, lágrimas recorrían sus mejillas regordetas enmarcando su triste expresión. Sufriente, qué dolorosos sollozos eran los que soltaba. Si bien Lana no era una niña vanidosa, amaba su pelo, adoraba que su madre se lo cepillara cada noche, quitando con paciencia las ramitas que solían enredársele, la estela que la seguía como si fuera un cometa cuando nadaba. Pero, si su largo le impedía saciar su curiosidad… Prioridades. La pequeña Lana tenía claras sus prioridades.

Lloró calladita, arrugando su nariz en un mohín adorable y mirando con profunda tristeza el pelo que se arremolinaba a sus pies como si fuera un charco cristalino. No entendía por qué las criaturas mágicas rehuían tanto de ella, si solo quería conocerlas, si solo quería admirarlas y plasmarlas en sus dibujos. Le dolía mucho ver a Arvel, totalmente contrario a ella, sin interés alguno más del normal siempre rodeado o seguido por animales, mientras que de ella huían como de la peste. No se consideraba una mala chica, no era ruidosa ni agresiva… no entendía que estaba mal con ella. Quizás era porque se les quedaba mirando sin moverse, imitando sus movimientos ligeramente y siguiéndolos con la mirada, o porque, como su padre decía sin que ella entendiera, ellos la sentían como una depredadora.

Pero si él también le decía que era por su cabello, ella le creería. Padre nunca le había mentido, le enseñaba y siempre fomentaba su curiosidad, guiándola con su voz paciente y sus hechizos silenciosos que hacían chispas y magia ante los ojos incrédulas de ella.

Lana confiaba en él con su vida.

Suspiró al verse al espejo. El cabello le había quedado disparejo, cubriendo sus orejas y sin siquiera tocar sus hombros. Movió su cabeza experimentalmente, gustándole como todo su cabello se meció con el movimiento y hacía su nuca cosquillear con su roce etéreo. Se encogió de hombros. Podría acostumbrarse.

A Freya le estaba dando mala espina tanto silencio repentino. Frunció el ceño. Conocía muy bien a su progenie y la falta de ruido, más que agradecerse, era una advertencia. Y ella no necesitaba magia para reconocer el tenso ambiente que se había formado, como el preludio del nacimiento de una tormenta. Como si lo hubiera convocado, Arvel apareció muy campante, con el cabello calipso ondulado todo despeinado y una mueca de pura felicidad en su rostro pecoso, características típicas de sus escapes con la escoba de Alexey; casi rodó los ojos con diversión, qué mono era ver a su hijo creyendo que ella ignoraba sus vuelos. El chico la miró, receloso al ver su mirada fija de sospecha y frunció el ceño.

— ¡Yo no he hecho nada, fue la mocosa! —gritó y salió corriendo, para extrañeza de su madre—. ¡Todo lo que te diga es mentira!
Llevándose una mano al entrecejo, Freya suspiró, preparándose mentalmente para la batalla que se venía. Sabía muy bien que tenía que proceder de diferente forma con sus hijos. Con Arvel sería una lucha de voluntades: no era un buen mentiroso y bastaba que lo mirara fijo con seriedad para que explotara y confesara sus crímenes. Sonrió solo de recordarlo. Era gracioso tratar con él.

Lana, por otra parte, era más astuta a su corta edad que su hermano mayor, bajo esa sonrisa inocente se hallaba una mente inesperadamente aguda, astuta como si de un zorro se tratara. Era escurridiza, para vencer debía acorralarla y sacarle mentira por verdad, porque ni siquiera pestañeaba al decirle algo, no había una pizca de vacilación en su vocecita soñadora. Nunca se sabía si mentía o no, solo debía confiar en que su hija no era mentirosa.

Sacándose el delantal y sacudiéndose las manos, caminó resuelta hacia el cuarto de su hija. Largos pasillos de madera conformaban una estructura larga y amplia, formando una casona de una sola planta llena de puertas y caminos pseudo secretos, entre ventanas rectangulares que dejaban entrar mucha luz. Tras un par de giros y atravesar alguna de las pequeños invernaderos o plazoletas que se encontraban entre algunos pasillos, llegó al conjunto de habitaciones que componían el ala de Lana. No alcanzó a llegar al dormitorio de la niña cuando vio la luz de su baño prendida y la puerta entreabierta, por lo que se acercó a cerrarla.

Se asomó, guiada por su instinto maternal, y ahogó un grito de espanto cubriendo su boca con su delgada mano. Su pequeña princesa estaba frente al espejo, con una expresión de pena que le rompió el corazón. Tenía los ojos llorosos y marcas de lágrimas en las mejillas. En su mano estaban las tijeras de la cocina (¿Cuándo las tomó? Freya nunca se dio cuenta) y a sus pies descansaba su hermoso cabello celeste. Los ojos de Lana la miraron a través del espejo y le sonrió con tranquilidad, mientras más lágrimas caían de sus ojos también celestes, iguales a los de su Alexey.

—Así las criaturas mágicas se me acercarán, mami —explicó Lana sin dejar de mirarla, con una seriedad y esperanza descorazonadoras—, ya no tengo tanto pelo brillante y ya no me tendrán miedo.

Freya aguantó la respiración por un segundo y se acercó a su hija, tomando la tijera. Se posicionó tras ella sin decir nada, comenzando a alinear su corte. Solo se oía el metálico sonido de la herramienta cortando. El suave cabello de Lana soltó un olor a arándanos mezclado con el aroma de la tierra húmeda. Con un suspiro ligero, alineó el cabello sobre los hombros, apenas cubriendo la delgada nuca.

La mujer se sentía muy culpable. Falló completamente como madre, no pudo ver la cabalidad de la angustia de su hija. Sabía de las ansias de conocimiento de Lana, el cómo siempre devoraba con avidez todo libro o anécdota que llegara a sus pequeñas manos, no permitía que ningún conocimiento se le resistiera… No había sabido ver lo frustrante que era para Lana no poder llegar a esas criaturas que prometían miles de preguntas con sus respuestas. Y también sabía lo capaz que era de cometer actos radicales para lograr sus objetivos, pues su ambición era tanta que... «el fin justifica los medios».

—Hay veces… —comenzó a decir, ganándose de inmediato la atención de la niña. Al ser tan brillante, Lana jamás había lidiado con la frustración. Freya ya había conversado con su esposo sobre la extraña aversión que sentían esos animales por su hija, ninguno pudo explicárselo. Viendo que darle esperanzas no era sano para ella, Freya decidió cortar por lo sano—. Hay veces, cariño, que no depende solo de nosotras. Hay veces en que no es cosa nuestra el poder alcanzar algo, son criaturas vivas y su acercamiento a ti no depende de cosas que hagas.

Lana bebió de las palabras de su madre con seriedad. Su pequeña mente ya se hacía la idea.

Suspiró, mirándose al espejo. Su madre había hecho un milagro. Su cabello caía con gracia cubriendo sus orejas, con un pequeño flequillo en el ojo derecho que le ocultaba un poco de la amplia frente. Sacudió con energía su cabello, que se desordenó como un celeste halo alrededor de su cabeza.

—Gracias, mami —sonrió Lana, mirándola con tanta admiración que Freya solo pudo abrazarla.


Horas después, acostada con Alexey en su habitación, Freya le contó el incidente de Lana. El hombre la escuchó con atención, sonriendo enternecido. Su princesa no dejaba de darle sorpresas. Era tan parecido a él que llegaba a asombrarle, con sus serenos ojos celestes que jamás revelaban realmente lo que pensaba o sentía. No pensó que sus palabras le afectarían tanto, a veces subestimaba la confianza que sus hijos depositaban en él.

—Bueno querida, creo que esto es muy esclarecedor —musitó en voz baja—. Al menos ya sabemos de qué casa será cada uno.

Freya le miró como si estuviera loco. Ella, como muggle, nunca había entendido bien lo que el mundo mágico implicaba, solo sabía las historias que su esposo le contaba sobre armaduras que caminan y escaleras que se mueven. Vio cómo la magia despertó en su hijo, haciéndolo flotar cuando no pudo alcanzar la cometa que se había quedado estancada en un árbol. Y también ha visto señales en Lana, con libros en otros idiomas que repentinamente aparecen traducidos o luces que la guíaban cuando no había ampolletas. Ya se había hecho la idea de que sus pequeños irían a la famosa Anteros, la academia de magia a la que había asistido Alexey.

Hizo un puchero. Todavía le quedaban varios años para ver a sus bebés crecer.


¡Y este es el prólogo! Si les gusta, por favor comenten! Nos leemos la próxima semana~