Disclaimer: Los personajes de Amour Sucré/Corazón de melón pertenecen a Chinomiko y Beemoov. Por otro lado, el universo de Harry Potter y todo lo reconocible pertenece a Warner Bross y es creación de J.K. Rowling. La familia Vólkov y la trama es de mi creación.


Capítulo 4

Sangre pura

—Ahora ponte el pelo de Lys y los ojos de Lana, anda —pidió Rosa, apuntando a Alexy graciosamente con su elegante pluma de pavo real.

Estaban en los pastos frente al lago, aprovechando los días buenos. Octubre inició con días despejados y profesores cada vez más exigentes. Trataban de avanzar con una redacción para la profesora Delany sobre las pociones más importantes descubiertas el último siglo, pero era tedioso y no venía de la mano con el ánimo juguetón de los chicos. Pronto se habían aburrido y habían pasado a jugar con el don de Alexy. Llevaban tiempo pidiéndole —más bien solo Rosalya— que combinara con estilos y colores que venían a su mente. Lana estaba meditando si irse o no a pasear al Bosque Prohibido.

—Ah, es difícil el color de Lana —musitó Alexy, mirando a su menuda amiga que había desistido de la redacción y miraba las formas de las nubes sin decir nada. Frunció el ceño para concentrarse. No debía ser tan hielo ni tan cielo, quizás como niebla—. ¿Qué tal?

Lana le miró de reojo para ver y se sorprendió de ver a un chico que parecía la mezcla perfecta entre su callado amigo albino y ella. Tan callado como Nathaniel. La verdad, los tres calzaban bastante bien pues entendían sus silencios y no necesitaban hablar todo el tiempo, pero Rosalya, Alexy y Castiel eran una inyección de energía que les obligaba a socializar de forma más convencional. «Dejen de ser águilas y vuélvanse humanos», les reclamaba Rosalya cuando les pillaba a los tres, inmersos en su mutismo mientras intercambiaban miradas y palabras en apariencia azarosas. Armín se les unía, aunque solo para escapar de la cháchara eterna de su hermano y Rosa.

Era una experiencia novedosa, esto de tener amigos. Lana nunca había interactuado mucho con niños de su edad, que solían encontrarla rara por ser callada y hablar cosas sin sentido, por lo que la aislaban y acosaban todo el tiempo. La calidez de Rosa, la alegría de Alexy, la camadería de Armín, la tranquilidad de Nathaniel y el entendimiento silencioso de Lysandro, ¡incluso las pullas que ahora reconocía como juguetonas de Castiel! Era extraño y Lana no podía deshacerse del miedo a su ida. A que se dieran cuenta de lo extraña que era y se fueran, que les aburriera con su inexpresividad y se fueran por amigas más interesantes que ella. Tenía esa amarga anticipación subiéndole por la garganta, la inseguridad de no ser suficiente.

— ¡Así luciría un hijo suyo! —exclamó Rosalya con picardía, haciendo enrojecer las mejillas de Lana—. Ponte el pelo negro y mis ojos.

—Creo que eres muy joven para querer un hijo con tu príncipe —declaró Lana con ese tono tan plano que no dejaba saber si bromeaba o no.

Rosalya se sonrojó ante sus palabras, lo que empeoró cuando Alexy cumplió su capricho, mirándole con una sonrisa.

— ¿Príncipe? ¿Te gusta alguno de los amigos del hermano guapo de Lana? —inquirió él, con su cabello volviéndose del turquesa de Arvel, sus ojos imitándole también.

— ¿Hermano guapo?

— ¡Quién más que Leigh!

Ambas chicas hablaron al mismo tiempo, divirtiendo a Alexy con la confusión de una y la indignación de la otra. Rosalya parecía realmente no entender cómo podía dudar de su respuesta. Viktor Chavalier y Dakota Johnson, el primero era oscuro, como un mercenario sería en sus cuentos favoritos y el segundo brillaba como un aventurero, no contaban para los ojos fantasiosos de la albina que solo veía al príncipe frente a ella. Lana no podía imaginar cómo alguien encontraría guapo a su atolondrado hermano.

—Es como Kayn, pero bueno —comentó Armín, que llevaba tanto tiempo en silencio que se habían olvidado de su presencia. Rosalya lo miró sin entender, Lana solo volvió a las nubes—. De League of Legends.

—Es un juego muggle —explicó Alexy—. De computadora.

— ¿Computodores? —repitió Rosalya, aun más perdida.

Y ahí, se sumergieron en una charla sobre aparatos muggles con la esporádica participación de Armín que aclaraba los detalles más importantes. Rosalya parecía verdaderamente maravillada con el ingenio de los muggles, personas que, si bien no consideraba inferiores, veía prácticamente como niños grandes.

—Creo que ya es hora de entrar a clases —soltó Lana, interrumpiendo la charla—. La profesora Delany no es precisamente paciente.

—Faltan al menos quince minutos, aguafiestas —replicó la albina haciendo un mohín.

—Lana siempre se va a antes a clases porque se pierde —explicó Armín, sin quitar la vista de su historieta.

Unas risas con tinte oscuro atrajeron la atención de los niños. Tres muchachos, todos mayores, les miraban con una sonrisa burlona bailando en sus labios. Por el escudo en su túnica, pertenecían a Slytherin. Los tres miraban con malicia a Alexy, quien cambiaba su cabello al azul eléctrico de siempre y sus ojos se volvían magentas. Lana frunció el ceño, desconfiada. La mirada en sus ojos era malévola. Ignorándolos, los chicos entraron al castillo para irse a sus respectivas clases. Dado que Ravenclaw compartía Pociones con Gryffindor, Lana se despidió de sus amigos para caminar con dirección a las mazmorras —tras oír con atención las detalladas explicaciones de Rosa—. p

Nathaniel le esperaba en las escaleras móviles, mirando distraídamente el movimiento de las mismas. El rubio cabello le caía sobre los ojos, la túnica reglamentaria le otorgaba un extraño aire de sabiduría a su figura delgada, como un junco entre ruinas. Lana caminó hasta su lado, uniéndose a su contemplación.

—Están vivas, ¿no es así? —comentó, rozando con sus dedos la fría pared de piedra—. El otro día Lysandro y yo llegamos a esa conclusión.

—Quizá vivas es demasiado generoso —respondió él, asintiendo—. Creo que la magia les otorga algo, un tipo de consciencia limitada.

— ¿Cómo es que responden a nosotros entonces? —preguntó Lana, mientras ambos comenzaban a caminar. Se alejaron de las escaleras móviles, a sabiendas de que solo retrasarían su camino—. Si las tocas, si les hablas y juegas con ellas, reaccionan.

— ¿Reaccionar? Creo que, más que a las palabras, es a la magia. Tú tienes magia, yo también, esta magia se mueve y cambia.

—Somos energía, al fin y al cabo —siguió ella, tomando el hilo de pensamiento—. Me pregunto… ¿cuál será la diferencia en su respuesta frente a magia defensiva y ofensiva? Si estoy con intenciones de dañar o de proteger, ¿influirá?

La respuesta de Nathaniel se vio cortada por una risa burlona. Tras ellos, Castiel y Lysandro caminaban, el moreno con una sonrisa en su rostro. Lana suspiró calladamente, conociendo ahora a Castiel.

— ¿No pueden dejar de ser ñoños por un segundo? —preguntó, ignorando la mirada resignada de Lysandro.

—Técnicamente, no —respondió Nathaniel, alzando una ceja y haciendo un mohín—. Te das cuenta de qué también insultas a Lys, ¿verdad?

—Pues sí, nadie es perfecto, ni siquiera mi mejor amigo —se encogió de hombros.

Claramente iba a decir otra cosa, pero una risa le interrumpió. Era el mismo sonido que siguió el caminar de Lana y sus amigos afuera, oscura, incluso podría catalogarse como malévola. Castiel cerró la boca en el acto y giró la cabeza con rapidez, frunciendo el ceño. Lana, Nathaniel y Lysandro también se detuvieron, mirando con cautela a los Slytherin mayores.

Por su tamaño, parecían de sexto o séptimo año. Sus hombros anchos resultaban amenazadores, los niños pronto notaron que parecían acorralar a alguien contra una pared. Por un movimiento inesperado, pudieron ver un destello de cabello azul cambiando a negro. Lana alzó las cejas al identificarlo.

Alexy.

Antes de que pudieran detenerla, ella y Castiel se adelantaron hacia los Slytherin. El niño avanzó rápido, con pasos sonoros y los puños apretados. Lana, en cambio, parecía deslizarse por la muralla, acercándose de forma más silenciosa. Cuando estuvieron a pocos pasos, ella agarró la muñeca de Castiel, deteniendo su avance. Él la miró, a punto de reprocharle algo, pero Lana negó con la cabeza.

— ¡Alex, no te atrases! —exclamó frente a los ojos extrañados de Castiel, componiendo su voz más inocente—. Recuerda que dejé tu pluma en el aula de Pociones, ¡vamos a llegar tarde y no podré devolvértela!

Castiel la miraba como si le hubiera salido otra cabeza. La voz suave de Lana sonaba entusiasta, más parecida a la de Rosalya. Sus ojos también parecían derrochar ingenuidad, como si no supiera la tensa situación que estaba interrumpiendo.

Los tres Slytherin voltearon a verla con desprecio, momento que aprovechó Alexy para escabullirse hacia sus amigos. Mascullando un insulto, los mayores se fueron por otro pasillo antes de que Castiel pudiera increparlos.
— ¿Qué demonios, meta-raro? —preguntó Castiel, sus ojos grises escaneando la figura delgada de Alexy con suspicacia.

El aludido se encogió de hombros, perdido.

—Me estaban pidiendo que cambiara mi pelo y cara, como con las chicas —respondió, titubeando—. Pero no era… no era como con ellas.

— ¿Qué tienes ahora? —La voz de Lana volvía a ser normal, ganándose otra mirada extrañada de Castiel.

—Historia de la Magia.

Castiel bufó.

—No es por aquí, genio, es en el piso de arriba.

—Ya lo sé, pero las escaleras me separaron de Rosa y Armín, así que buscaba las escaleras que no se mueven —replicó con un puchero—. Ah, ya voy tarde, nos vemos.

Y salió corriendo. Lana lo siguió con la mirada, sus labios apretados en una mueca seria. No le gustaba un pelo lo que acababa de presenciar.

—No deberían abalanzarse al peligro así, es imprudente —reprendió Nathaniel cuando los alcanzaron de nuevo.

—Si no fuera por la fantasma, yo ya los habría hechizado —masculló Castiel.

—Y nos habrían mandado a todos a la enfermería —suspiró Lana—. Si sigues gruñendo te arrugarás joven.

—Eres rara, tan rara, mira tu cara de nada, al menos yo tengo expresiones —rabió Castiel, una vez llegaron a la puerta del salón. Lana se apoyó en la muralla, mirando el techo y solo miró al chico cuando se paró frente a ella, alzando las manos para estirarle las mejillas—. Me estresas tanto, tú y tu maldita cara de nada.

Las frías manos del niño pellizcaban y movían sus mejillas, frunciendo más y más el ceño con la inexpresividad continua de Lana. Ella solo lo miraba, sin variar ni quejarse ante la repentina invasión de su espacio.

— ¡Castiel, suéltala! —reprendió Nathaniel, tironeando su brazo para detenerle.

— ¡No hasta que cambie su cara!

—No soy Alexy, no puedo cambiar mi cara —murmuró Lana, su voz sonando graciosa.

—Creo que se refiere a tu expresión —intervino Lysandro, mirándolos con una sonrisa divertida.

—Ah, eso tiene más sentido —asintió Lana, aún viéndose indiferente.

Lysandro sospechaba que lo hacía para irritar a Castiel, pero no había nada en sus ojos que lo demostrara.

Así los encontró Delany, su entrecejo perpetuamente marcado pronunciándose más al ver al revoltoso Castiel Haw apretando las mejillas de Lana Vólkov, ella mirándolo sin comprender, mientras Nathaniel Jacott tironeaba del Gryffindor; junto a ellos, Lysandro Ainsworth observaba con una sonrisilla. La profesora suspiró, preguntándose en silencio qué hizo para merecer alumnos tan extraños.


—No puedo creer que la profesora Delany me diera detención —murmuró Nathaniel, revolviendo con pesar su sopa de verduras—. Ni siquiera fue culpa mía, si Castiel se hubiera estado quieto su poción no habría explotado.

—Tal vez porque le dijiste que no agregara ojos de salamadra y todo sabemos que eso es prácticamente retarlo a hacerlo —apostilló Lana. Al ver que el rubio abría la boca para debatirle, se apresuró a añadir—: Al menos era Poción para curar forúnculos, ni Lysandro ni tú tendrán problemas con eso en mucho tiempo —sonrió Lana—. Y da gracias que estaba bien hecha, estarían en la enfermería cubiertos de ampollas y apestando.

—Gracias por apagar el fogón, Lana —dijo Lysandro, con una sonrisa cansada—. Casi agregamos las púas de puerco espín en mal momento.

Ella le sonrió de vuelta, volviendo a concentrarse en su comida, sin notar la mirada divertida de Viktor. Seguía preguntándose cómo cabía tanta comida en un cuerpo tan pequeño.

—Viktor, ¿sabes quiénes son aquellos Slytherins? —inquirió Lana, volteándose al mayor—. Esos tres, los del final de la mesa.

Viktor siguió su mirada y su rostro compuso una expresión de elegante disgusto.

—Son los trillizos Rosier: Ignatus, Cyro y Horate. Van en sexto año, los tres son cazadores del equipo de Slytherin —respondió, mirando ahora a la niña a su lado.

Lana asintió sin decir nada. Nathaniel y Lysandro cruzaron una mirada preocupada.

— ¿Rosier? —repitió el rubio, meditabundo. El apellido le sonaba, su padre lo había mencionado. De repente, sus ojos se abrieron y dejó caer la cuchara en su plato, salpicando un poco de sopa—. ¿Hijos de Winfred Rosier?

Viktor asintió, analizando con cautela la expresión de Nathaniel. Sabía que el nombre le resonaría, siendo los Jacott tan reconocidos dentro del círculo, al igual que los Chavalier, era cuestión de tiempo que los apellidos comenzaran a significar algo.

A Lysandro no se le escapó la mirada evaluadora que cruzaron Nathaniel y Viktor. Sintió una tensión extraña en el ambiente, una compuesta mueca de indiferencia reemplazó las sonrisas cálidas de ambos. Lysandro alzó una ceja y miró a Lana, quien seguía comiendo sin prestar atención a los otros dos. O eso pensó, hasta que ella se acabó la sopa y dejó la cuchara con un suspiro satisfecho.

—Sangre puras.

Su voz pareció romper la conexión entre Nathaniel y Viktor, quienes voltearon hacia ella con miradas inescrutables.

— ¿Disculpa?

Lana volvió a suspirar, mirando a Lysandro.

—Esas caras son lo que Arvel y yo llamamos «cara de sangre pura» —explicó, señalando con la cabeza a sus otros amigos—. Tanto Nathaniel como Viktor provienen de familias sangre pura, es decir, familias compuestas estrictamente por magos y brujas. Los Jacott son una larga línea de sangre puras, mayoritariamente Slytherin. Los Chavalier son casi tan antiguos, pero no tan relacionados a una casa ni tan estrictos en su doctrina sangre pura, sé que también hay miembros mestizos.

Lysandro seguía luciendo perdido, por lo que ella siguió hablando, anotando mentalmente la palidez del rostro de Nathaniel.

» Supongo que es como el racismo mágico. Hay familias, sobre todo las antiguas, que consideran inferiores a los hijos de muggles y a los mestizos, creyendo que su sangre es pura, al no relacionarse con estos hijos de muggles. Usualmente presentan desprecio por los muggles y su mundo, también dicen ser superiores a los magos nacidos de ellos. Estas familias están muy relacionadas entre sí, se supone que todos son parientes en cierto grado. Además, las familias que sostienen esta doctrina sangre pura suelen moverse en el mismo círculo social con el afán de mantenerse puros. Aquí es donde entra la «cara de sangre pura». Nath y Viktor deben estar acostumbrados a asistir a fiestas o reuniones sociales de sangre pura y, como se creen algún tipo de nobleza, deben mostrar compostura y todo eso. Nathaniel conoce el apellido Rosier porque también es una familia sangre pura, de hecho, los Jacott y los Rosier son parte de los Sagrados Veintinueve.

Lysandro asintió con lentitud, aún digiriendo la información. Estaba decepcionado. Esperaba que la sociedad mágica fuera más avanzada, que hubiera superado los prejuicios sociales como el racismo, se supone que la magia es magia, ¿qué más se necesita? ¿Cómo pueden ser superiores?

— ¿Y por qué te alarmaste entonces? ¿Solo porque son puristas? —preguntó el albino mirando a Nathaniel.

El aludido negó ligeramente.

—Lana lo explicó bien, pero evitó los temas más… escabrosos —respondió, doblando una servilleta distraídamente—. Lo peor no es que sean puristas, sino que es una familia… bueno, es una familia que estuvo asociada con los Mortífagos.

— ¿Mortífagos?

—Hace veinte años, más o menos, hubo una guerra mágica. Un extremista llamado Lord Voldemort se hizo de cientos de seguidores que llamó Mortífagos para dominar el mundo mágico y exterminar a los nacidos de muggles. Fue una época oscura, los Mortífagos, bajo el mando de Voldemort, hicieron atrocidades en medio de ese genocidio —aclaró Viktor, viéndose un poco incómodo.

—Aunque no creo que por pertenecer a una familia de Mortífagos, eso los haga inmediatamente malvados —intercedió Lana—. Creo que juzgar a los hijos de Mortífagos por los crímenes de sus padres es tan malo como creer que los nacidos de muggles son inferiores. Todos tenemos derecho a armar nuestro propio camino.

—No sé si es ingenuidad o sabiduría —sonrió Viktor, extendiéndole una mandarina a Lana, quien la tomó con una sonrisa feliz.


—Estoy tan aburrido que podría morir —murmuró Castiel, con su típico ceño fruncido.

Estaban en los pastos, cerca del lago. Lana y él esperaban por Lysandro y Nathaniel, quienes fueron secuestrados por Hattorie, el profesor de Herbología, y obligados a ayudarlo a llevar unas macetas hasta los invernaderos.

Lana dejó a un lado su redacción de Astronomía, agitando la mano para tratar de aliviar el dolor. Había sido una semana dura y su mano ya estaba presentando señales de tendinitis. Suspiró y miró el cielo. Para su descontento, ni una sola nube podía verse, por lo que suspiró de nuevo. Miró a Castiel y se sentó erguida, con las piernas cruzadas.

—Venga, extiende tus manos con las palmas hacia abajo, sobre las mías —ordenó, extendiendo sus propias manos en el aire, con las palmas hacia arriba—. Vamos a jugar a las quemadas, ahora trataré de golpear los dorsos de tus manos con mis palmas, si lo logro, tú serás el que lo haga después, ¿de acuerdo?

— ¿Qué clase de juego ruso es este, Vólkov? —preguntó Castiel con exagerada voz molesta, ganándose una sonrisa de Lana cuando se sentó frente a ella—. Te haré morder el- ¡Hey, aún no estaba listo!

Lana esbozó una sonrisa juguetona, volviendo a la posición inicial.

—No es ruso, me lo enseñó mamá —respondió, golpeando las palmas de Castiel—. Ella es muggle y dice que era un juego muy popular en su pueblo. Y ella es irlandesa, su apellido es Gallagher.

— ¿Tu padre es mago?

—Sí, estudió en Anteros también, se conocieron en Londres. Según ella fue amor a primera vista.

—Como si eso existiera —replicó él, mordiéndose el labio en concentración. Lana ya lo había esquivado tres veces.

—Es más común en el mundo mágico, ¿sabías? Aunque supongo que era obra de pociones de amor adjudicadas sin consentimiento.

Castiel se detuvo por un segundo y la miró.

—A veces eres espeluznante.

Ella se encogió de hombros.

—No tengo nada que decir sobre eso. Oh, mira, es Armín —dijo de repente, mirando atrás de Castiel—. Podríamos invitarlo a jug-… Eres un tramposo.

El chico le dedicó una sonrisa torcida.

—No lo soy, tú no prestas atención cuando estamos jugando.

Lana le miró con reproche y frunció los labios en un pequeño puchero.

—Estaba mirando a Armín para que viniera a jugar, era pausa ética.

—Ah-ah, aquí no hay pausas éticas, eso ni siquiera existe.

—Se supone que los Gryffindors son todo honor y bondad y seguir las reglas, Sir Nick estaría decepcionado de ti. Deberías ser Slytherin.

— ¿Estás insinuando que los Slytherins son tramposos, no que yo lo sea? —cuestionó Castiel con fingido estupor—. ¿Escuchaste eso, Armín? Lana dijo que los Slytherin son tramposos.

—Nunca dije eso —aclaró ella, saludando a Armín mientras este se dejaba caer al pasto junto a ellos—. Pero son astutos y los Gryffindor son más de gritar y gritar, que de aprovechar una distracción.

—Yo tampoco sé por qué Castiel es Gryffindor, quedaría mejor en mi Casa —concordó Armín, asintiendo con una sonrisa pilla.

—Es porque es tonto y valiente.

—E impulsivo.

—Impetuoso también.

—Gruñón.

—Hm, no sé si todos los Gryffindor son gruñones… pero también es insensato.

—Y-

—Gryffindor es la casa de los valientes, que las demás casas sean cobardes no es culpa nuestra —exclamó Castiel, ya sacado de sus casillas e interrumpiendo a Armín—. Y no soy tonto.
—Se nos olvidó ruidoso. Quizá por eso no quedó en Slytherin —meditó Lana—. No conozco a ningún Slytherin ruidoso… oh, Dake es ruidoso.

Armín se echó a reír de buena gana, contagiando a Castiel que dejó de hacerse el enojado y sonrió. Lana aún pensaba en los criterios de selección.

Pasó una media hora cuando decidieron entrar, asumiendo que sus amigos se tardarían demasiado. Caminaban entre empujones juguetones cuando una voz, rebosante de desprecio y amenaza, les dejó helados:

—Aparte de sangre sucia, eres un maldito fenómeno.

Acorralado contra una muralla, Alexy temblaba. Tenía el cabello caído, gris humo, con un largo flequillo que ocultaba sus ojos. Su uniforme estaba desarreglado, con la corbata tironeada y la túnica rota en un brazo. Los hombros delgados se sacudían intermitentemente, en lo que Lana reconoció como sus sollozos.

Antes de poder meditarlo mejor, ya había sacado su varita y apuntaba a los atacantes. Eran los Rosier. Los tres eran muy altos, con despeinadas melenas negras y pequeños ojos azules, de gruesos párpados. Eran macizos e inclinados sobre Alexy, se veían como gigantes.
Armín y Castiel se lanzaron a taclearlos, logrando derribar exitosamente a dos de ellos. El tercero los miró con desprecio y sacó su varita, dispuesto a maldecirlos, cuando Lana lo interrumpió.
Wingardium Leviosa —la fría voz de la niña lo hizo elevarse repentinamente varios metros, hasta que lo dejó caer sin piedad.

El quejido que dejó escapar cuando golpeó el suelo, le sacó una sonrisa feroz a la menor, que volvió a alzar la varita y le dedicó un limpio encantamiento aturdidor, quitándolo del juego. Se volteó hacia sus amigos, que estaban en una pelea mucho menos favorecedora.

Armín había recibido un empujón que lo empotró contra la pared, junto a su hermano. Con una mirada de advertencia, el Rosier lo dejó ahí y se giró hacia Castiel, que luchaba encarnizadamente con el otro. El Gryffindor pateaba y daba puñetazos con violencia, a pesar de haber recibido al menos un golpe que le dejó la nariz sangrando. El Rosier, Ignatus, estaba ahorcándolo contra el suelo, mirando con una sonrisa malévola el tinte cada vez más morado que adquiría el menor. Su hermano, Cyro, se acercó a él y pateó con saña el costado de Castiel, sacándole lágrimas.

Furiosa como pocas veces, Lana avanzó con rabia, pero la voz de Lysandro se le adelantó./
—Petrificus Totallus —dijo entre dientes. Lana alzó la vista, en la entrada del pasillo Nathaniel y Lysandro los observaban con espanto. Nathaniel corrió hacia Alexy, revisando sus heridas, mientras que Lysandro se acercó a su mejor amigo.

Ignatus se congeló sobre Castiel, solo sus ojos se movían buscando a su agresor. Eso permitió que el menor se lo quitara de encima, jadeando en busca de aire. Se giró, quedando a cuatro patas y se ayudó de Lysandro para levantarse.

— ¡Mocosos entrometidos, Sec-!

Silencio —susurró Lana, cortando la maldición en seco, pero obteniendo la indeseada atención de Cyro.

Él sonrió con desagradable soberbia y agitó la varita hacia ella.

Después de eso, negro.


El silencio siempre fue algo valorado por Lana. Le gustaba el sonido mismo del silencio puro, solamente interrumpido por sus pensamientos. Le gustaba sentirse arrullada en este, sentirse etérea. Quizá por eso era una chica tan callada, tratando de extender lo más posible los momentos de su codiciado silencio.

Sin embargo, si al silencio se le añadía un dolor de cabeza que parecía partírsela en dos y la boca pastosa, en ese caso ya no lo apreciaba tanto.

Con un gemido adolorido, Lana abrió los ojos. La cama en la que reposaba era más dura que la suya y no reconocía el cielo raso. Pestañeó un par de veces y se incorporó. Las sábanas eran blancas, había ranas de chocolate en su mesa de luz y podía oír una voz tarareando cerca. La enfermería. Ahí recordó el enfrentamiento contra los Rosier y el último maleficio desconocido que recibió. Frunció el ceño. Debió prever eso.

—Oh, querida, estás despierta —dijo una voz cerca. La enfermera Molriany se acercó a ella con una sonrisa dulce—. Llevas tres días durmiendo, pequeña.

— ¿Tres días? —repitió Lana, su voz rasposa por la falta de uso—. ¿Qué maldición era?

La enfermera frunció los labios.

—Ninguno de tus amigos pudo reconocerla y los Rosier negaron haberte atacado, así que no pude tratarte con nada porque hay maleficios que pueden ser contraproducentes con ciertos tratamientos. Al menos estás bien, ¿tienes alguna molestia?

—Me duele un poco la cabeza, pero nada más, ¿puedo irme?

—Claro, te daré una poción calmante para que tomes antes de dormir, ¿de acuerdo? Si persiste, ven a verme.

Lana asintió. Tomó todos los dulces («Tus amigos son tan adorables» dijo la enfermera, «tenía la enfermería llena todo el día con ellos aquí») y la poción, saliendo lentamente. Si caminaba muy rápido se mareaba, pero no tenía otro dolor, seguramente se golpeó la cabeza con algo y por eso se desmayó. «Tal vez tengo anemia» pensó, «no es normal estar tres días desmayada».

Estaba llegando a la Torre de Ravenclaw cuando vio una sombra por el rabillo del ojo. Fue tan rápido que no pudo seguirlo y lo adjudicó a las armaduras, por la forma humanoide, y a sus mareos.

Estaba acostándose cuando recordó que cerca de su torre no había armaduras.