Disclaimer: Como siempre, HTF no me pertenece, sino a sus autores.

Advertencias: Pueden haber temas delicados que se aborden aquí (de forma sutil de todos modos), para que lean con precaución.

Nota de autor: Y nada, me estoy divirtiendo y por eso lo alargo (?) Espero les guste.


[Tercera parte]

7

Le tomó unos días en decidirse a hablarle a los gemelos. Necesitó mucho valor ya que no daban una buena impresión con esas sonrisas malintencionadas y cuchicheos entre ellos, como si planificaran su próxima fechoría. Primero los estudió de lejos para evaluar cómo se comportaban con otros estudiantes y también con algunos profesores —el resultado no fue nada bueno, parecía que no le temían a nadie. Sin embargo, no podía aplazar más el encuentro: cada día que transcurría, significaba que Flippy seguiría ausente y sin realmente saber cómo se encontraba y si continuaba en la misma ciudad.

—No es hora de acobardarse —se dijo a sí misma inspirando y exhalando el aire con fuerza para agarrar la poca valentía que tenía en ese instante.

Cuando estuvo frente a ellos, éstos se miraron las caras y luego comenzaron a reír de forma cruel. ¿Qué tanta gracia le hacía su rostro o de cómo tiritaba su cuerpo por estar frente a ellos? Flaky cambió de pronto de estar intimidada a fastidiada en un abrir y cerrar de ojos, tiró de sus camisas y los acercó hasta quedar a unos escasos centímetros de su rostro. Los gemelos callaron y tragaron saliva de forma audible.

—Necesito que me digan cómo está Flippy —susurro Flaky, extrañamente amenazadora. Shifty y Lifty temblaron al escuchar su nombre—. Me contaron que ustedes tenían mucha más información sobre él y qué le ocurre. Estoy preocupada por él y temo que le ocurra algo. Por favor, necesito su ayuda —dijo la pelirroja soltando el agarre.

—¿Ayuda? —repitió la voz rasposa de Shifty, inclinándose un poco para susurrar—. Todo tiene un precio, nena —añadió el chico con una mueca, seguido de un gesto con sus dedos frotándose que equivalía a dinero. Lifty asintió, cruzándose de brazos e imitando la sonrisa torcida.

—¿Acaso ustedes no están preocupados por él? ¡Son sus primos! —exclamó y entonces los gemelos le taparon la boca y la silenciaron al unísono.

—¿¡Te quieres callar!? —farfulló Shifty, sudando frío—. Se supone que eso nadie lo sabe, ¿quién te contó?

—Seguro fue ese idiota que se cree héroe . El que le apodan Splendid, tsk —agregó Lifty, quien tenía un tono ligeramente más agudo que su hermano.

—¿Eh? ¡No, él no fue! Qué importa quién me lo dijo, necesito que me ayuden —insistió la joven—. Si lo que quieren es dinero, entonces vale. Lo tendrán.

—Ahora sí tenemos un acuerdo, primor~ —canturreó Shifty tomándola del mentón y apretando sus mejillas, acto que ella detestó—. Tendrás que pagar por adelantado, eso sí. Es como nosotros trabajamos en estos pasillos.

—Están en una escuela... —suspiró Flaky, pensando que estaba metiéndose en el doble de aprietos—. En fin. Cuánto es.

—No tan rápido, nena.

Cuando Shifty dio las reglas, Flaky supo que probablemente perdería mucho tiempo y dinero con ellos. Claro, tenía la fortuna de trabajar a media jornada durante los fines de semana —con permiso de sus padres y siempre y cuando sus calificaciones no bajaran—, pero no podía darse el lujo de tirarlo todo por él, ¿o sí? Muy en el fondo, ella sabía que daría hasta la vida por Flippy si fuese necesario. Qué importaba si esos dos se aprovechaban de ella, si el resultado era el bienestar de su querido compañero, su único amor, entonces todo valdría la pena.

"Regla número uno: no nos mencionarás, mucho menos frente a él. En la práctica, no existimos, ¿entendido?" Eso era fácil de acatar. Flaky era una tumba y todos los secretos morían con ella. No estaba segura de por qué mantenían tanto secretismo; suponía que debían tener muchos enemigos aunque fuesen tan jóvenes.

"Regla número dos: una vez hecha la transacción, no aceptamos devoluciones". Lo justo. Flaky repetía las instrucciones que ellos habían dado para no olvidar nada —y encontrarse con alguna sorpresa más tarde. Hizo un cálculo mental para saber si le alcanzaría. Según ella, sí.

—¿Cuál era la número tres? —hizo un puchero, deteniéndose en seco. De vuelta de la escuela, había hecho un ligero desvío y ahora tomaba un helado de fresa en pleno centro de la ciudad. La pelirroja no cayó en cuenta dónde estaba hasta que le dieron un empujón por detrás, lo que hizo que botara su postre al suelo—. Ay, no.

Suspiró y alzó la vista; al observar su entorno, notó que estaba frente a una catedral que en ese minuto de la tarde no había mucha concurrencia. Subió las escaleras de piedra con cautela y entró al lugar escrutinando con la mirada cada detalle, además de una gran curiosidad: adentro hacía frío y estaba bastante oscuro, pero se podían apreciar las inamovibles estatuas de mármol de santos y ángeles, los vitrales relatando historias que ella apenas conocía por crecer en una familia más bien agnóstica y las interminables bancas donde la gente podía sentarse a rezar o bien sólo a estar un momento reflexionando.

Flaky tomó asiento cerca de un rincón donde había un pilar gigantesco que se alzaba para acabar en una impresionante cúpula adornada con unas magníficas pinturas de seres angélicos. A pesar que había ido a la iglesia sólo un par de veces en su vida gracias a sus abuelos, Flaky se sentía cómoda en aquel sagrado lugar lleno de quietud y paz. Era justo lo que necesitaba después del caos que estaba engendrándose en su vida.

—D-dios —tartamudeó en un susurro, aunque a ella le pareció que su voz había hecho eco y había molestado a un par de ancianos a unos metros de distancia. Tragó saliva, cerró los ojos y se concentró en hablar para sus adentros—. No sé si pido mucho porque nunca te he hablado, al menos no como estas personas, pero... Por favor, cuida a Flippy —juntó sus manitas y las estrechó lo más que pudo, como si eso ayudase a que el mensaje llegara hasta más allá de las nubes—. Y a Fliqpy también. Cuídalos y dame fuerza para enfrentar lo que viene.

Por favor, repitió en su mente lo más fuerte posible.

Cuando abrió sus ojos, Flaky tenía una pluma blanca en su falda. Miró a los lados y luego hacia arriba, por si había alguna paloma. Nada. Sonrió suave; lo tomó como una señal.

8

Nazad nazad mome (regresa, regresa, niña)

Ne odi podir men (No me sigas)

Nedei me sledva, nedei, ne kje mozhesh da ja pominesh (No serás capaz de cruzar)

[Canción folclórica búlgara]

—¿Por qué estás aquí?

No lucía muy feliz de verla. Incluso si era sólo un sueño, Flaky se sintió un poco triste y rechazada por su compañero. Sin embargo, el que estuviese ahí le servía de práctica para poder enfrentarlo en la realidad. Ella dio unos pasos y la madera crujió bajo sus zapatos de charol; el puente estilo japonés color rojo cruzaba un río cristalino donde podía apreciar peces dorados nadar corriente abajo, además de luciéranagas flotar sobre la superficie y alrededor de ella. Era un lugar precioso donde le gustaría vivir con su amado, eso pensó cuando dio otro paso al frente.

—Detente y responde —insistó Flippy.

—¿Estás molesto? —preguntó llevando sus manos a su pecho y su expresión cayó a una dolida—. Sueño contigo, es obvio que quiera acercarme.

—Te expones a un peligro innecesario, Flaky —dijo ahora relajando el rostro—. No cruces.

—¿Por qué? —eso logró parar sus tímidos pasos hacia él.

—¿Alguna vez te has preguntado por qué estos puentes son rojos?

Flaky no supo la respuesta pero sí estudió la estructura con escrutinio. Ojalá pudiera sacar su celular e investigar para poder responderle de forma inteligente. Infló las mejillas que se tiñeron suavemente de carmín, un poco avergonzada por desconocer su significado.

—Flippy —susurró su nombre; él no había quitado la vista de encima—. Ahora entiendo muchas cosas sobre ti.

—¿A qué te refieres? —esta vez fue él quien colocó un pie en el puente, aunque apretó la mandíbula por el ligero dolor que había sentido por la descarga eléctrica que lo había golpeado de forma invisible.

—Obtuve información de lo que te sucedió —dijo Flaky sacando un sobre de un bolso que llevaba cruzado en su pecho. Jugó con el documento entre sus finos y níveos dedos—. Me tomó unas semanas en obtenerlo y a un pequeño precio... —mintió a medias, había sido más costoso de lo que ella realmente había calculado.

Los ojos de Flippy cambiaron inmediatamente a los ambarinos de su alter ego, los cuales se abrieron de par en par sin poder creer lo que escuchaba. Su cuerpo pareció haber 'pestañeado' unos segundos, como si fuese un holograma con alguna interferencia. Poco a poco, el agua comenzó a flotar en gotas perfectamente redondas, brillando con los haces de luz que se colaban entre las copas de los árboles cercanos; el puente empezó a desintegrarse desde la mitad hacia los extremos, asustando a la chica quien retrocedió con rapidez, algo torpe y al punto de trastabillar, pero eso no la detuvo hasta llegar a tierra firme. Quiso preguntar qué sucedía, pero al ver el rostro de Fliqpy, supo de inmediato.

—No podías aceptarme cómo soy, tenías que fisgonear... —farfulló el chico, quien apretó los puños y dejó caer un par de lágrimas de rabia, las cuales también flotaron por la falta de gravedad.

—L-lo siento, ¡pero estoy preocupada por ti porque te amo! —gritó Flaky a todo pulmón—, ¡no es justo lo que te hicieron, Flippy!, ¡ellos te hirieron! ¡pero no puedes alejar a todo el mundo para siempre! ¡Necesitas ayuda!

—No hables más, no necesito que me expliques lo que otros me han dicho en el pasado. Regresa, niña.

—¡No! —se negó y se lanzó al agua sin pensarlo dos veces a su encuentro—, ¡no te dejaré solo, Flippy!

—¡Regresa al mundo de los vivos he dicho!

Aquellas palabras resonaron en su cabeza como un martillazo en pleno cráneo. Los labios de la pelirroja tiritaron no sólo por la corriente helada, ¿acaso quería decir que...? No, no podía ser cierto, estaba soñando y sólo reflejaba sus miedos con respecto a lo que había leído sobre él. Clamaba porque fuese así y no una especie de premonición.

Su cuerpo se sintió muy ligero, como una pluma que se perdía por los cielos. Así volaba y volaba, cada vez más lejos de él. El entorno se distorsionó y comenzó a girar en espiral alrededor de ella, al igual que un tornado que se lleva todo a su paso. Ni siquiera pudo resistir aquella brutal fuerza con la que fue empujada hacia más allá de las nubes, despojándola de su bolso y con ello los documentos acumulados dentro del sobre. Cerró sus ojos, dejándose llevar y esperando despertar pronto. Había perdido de vista a Flippy, quien se había adentrado en el bosque antes que todo se destruyera.

—No me importa si me odias. Yo siempre seré tuya...

La vibración de su móvil contra la mesita de noche y el tintineo de su alarma fueron las que la sacaron de aquella experiencia surreal. Tosió ya que había sollozado durante el sueño. Se incorporó para quedar sentada en la orilla de la cama y así poder secarse las mejillas húmedas con un pañuelo desechable. Prendió la lamparita ya que a las cinco de la mañana todavía estaba oscuro; puso su atención en el pequeño USB que los hermanos Shifty y Lifty les había entregado hace ya un par de días. Lo había logrado después de muchos percances y ahora debía buscar a Flippy donde actualmente se encontraba, ya que no volvió más a la escuela —y sabía que no lo haría nunca.

—Es hora —se dijo a sí misma para coger valor y así dejar todo atrás. Sin hacer ruido, Flaky se vistió y tomó su mochila que ya estaba equipada con lo justo y necesario.

Una vez afuera de su casa, caminó rauda hasta el paradero y así dirigirse hasta la estación de buses más cercana. Debía hacer un viaje más o menos largo, pero si todo salía bien, podría volver en unos días para no causar un gran revuelo por su desaparición súbita.

Regresa, niña. Su voz resonó en su mente, como si de verdad tuviera poderes telepáticos. Sabía que sólo era su imaginación, pero de todos modos le daba escalofríos. Regresa ahora antes que algo salga mal.

—No —musitó Flaky estrechando su bolso contra su pecho para darse seguridad—. Ya no hay vuelta atrás, Flippy y Fliqpy. No me apartarán. Voy por ustedes.

Sonrió, segura de sí misma.

9

Érase una vez un niño con su oso de felpa.

El pequeño no cabía de la felicidad cuando sus padres se lo regalaron para su cumpleaños número cuatro. Nunca antes le habían demostrado amor alguno y no entendía por qué —quizás se tratase de su edad—, pero en esa oportunidad hicieron una excepción para regalarle a quien sería su compañero de aventuras y su mejor amigo en años venideros.

Su peluche era el único que se quedaba a su lado cuando los otros niños se alejaban de él sin razón alguna.

—Oye, Patitas —se dirigió al juguete mientras se columpiaba en el parque. Sus padres no volverían por un par de horas a recogerlo—, ¿crees que soy muy feo? —preguntó un tanto deprimido.

—No.

Detuvo el vaivén como pudo ya que apenas alcanzaba el suelo y el oso de felpa salió volando un par de metros. Asustado, Flippy se bajó del columpio y se acercó al peluche. ¿Le había hablado? Tragó saliva y lo movió con el pie para asegurarse que no lo mordiera.

No pasó nada con su compañero inerte, pero cuando lo fue a recoger unas manos grandes lo cargaron y se lo llevaron lejos, sin dejar rastro por al menos unos meses.

—¿Por qué lo recuerdo ahora?

Susurró en plena oscuridad, donde yacía un tanto adormilado por el efecto de los medicamentos que le daban. Cuando Fliqpy comandaba se las ingeniaba para ocultar las pastillas en su cavidad bucal, pero al regresar a su manera 'original' no tenía ganas de luchar contra las enfermeras. ¿Para qué? Ya lo habían mandado de vuelta al lugar que más temía: el hospital psiquiátrico. Lo gracioso es que tampoco recordaba por qué sus padres lo habían devuelto a ese infierno, ¿había hecho algo sin darse cuenta? Seguro que sí. Observó sus manos llenas de cortes que continuaban por sus brazos hasta quizás quién sabe dónde.

—Pensé que teníamos un trato, Fliqpy... —le habló porque no había nadie más con él. Irónicamente, su alter ego lo mantenía cuerdo.

—Nunca hemos hablado civilizadamente —respondió desfigurando su rostro y cambiando la voz a una más ronca. Rió amargo—. Menos conversado sobre tratos... Tonto.

—Está bien, lo soy —soltó sin mucha energía ni ganas de discutir.

—Lo siento, no pude controlarme —dijo Fliqpy por lo bajo—. De verdad lo siento.

—¿Qué hiciste? —abrió los ojos de manera desmesurada, temiendo lo peor.

—Tuve que defendernos...

—¿¡Qué hiciste!? —alzó la voz y pronto unos golpes en la puerta lo mandaron a callar. Sollozó hundiendo su rostro en la almohada—. No me digas que volviste a dañar a alguien... ¿por qué eres así, estúpido demonio?

Hubo silencio. El llanto se volvió más amargo a medida que las imágenes retornaban a su cabeza. Había perdido el control sobre sí. Uno de sus padres había resultado con heridas. ¿Una ambulancia? Ya no lo querían más ahí. No los vería de nuevo.

—Todos me tienen miedo.

—No, Flippy —apremió a corregir—. Todos me tienen miedo. Tú estás bien. Si pudiera salir de este cuerpo y dejarte vivir, lo haría.

Sintió compasión por su lado enfermo. Se dio una caricia en su propia cabellera que iba destinada a la otra persona en su interior. Cerró los ojos y sonrió de forma genuina. Dejó caer la mano y quedó colgando sin poder acomodarla sobre el colchón. Parecía peso muerto. Suspiró suave; los oídos le retumbaban y podía escuchar sus latidos a la perfección. Ojalá pudiera escapar, pero sabía que ya no podría hacer el mismo truco dos veces. Sabía que si lograba salir, lo pondrían finalmente en la cárcel cuando cumpliera dieciocho años —edad que no tardaría en alcanzar.

—Sólo espero que Flaky esté bien.

—Seguro está preocupada —bufó Fliqpy y medio sonrió con cariño—, ¿la compartiremos, si es que se da la oportunidad?

—Fliqpy...

—¿Qué? —cuestionó haciendo un gran esfuerzo por colocarse boca arriba—. No eres el único que la quiere.

Pronto no pudo resistir más. El cóctel de drogas era demasiado fuerte para su cuerpo y sencillamente no iba a luchar por mantenerse despierto. Ni siquiera Fliqpy podía contra ello. Los recuerdos del secuestro volvieron a su mente y se tornaron en torcidas pesadillas de las cuales no podía despertar por el efecto sedante. Las caras de los tipos que lo habían raptado se deformaban entre las sombras y reían sobre su rostro soltando su hálito alcóholico nauseabundo. Todavía lo recordaba, pero esta vez hizo que Fliqpy lo viera ya que en esa situación había surgido: presa del terror, el estrés y de la constante amenaza de ser herido. Uno de los sujetos usaba navajas para amedrentarlo, propinándose pequeños cortes para sangrar y asustarlo para que así callara. Más de alguna vez logró castigarlo, dejándole algunas heridas superficiales pero suficientes para detonar el trastorno en su interior y hacer que el alter ego apareciera. Flippy siempre había pensado que Fliqpy existía de antes, de otra forma no se explicaba por qué el resto de los niños le temían; sabía, sin embargo, que en ese oscuro pasaje de su vida se había manifestado con la suficiente fuerza como para espantar a los criminales que al final lo tiraron en medio de la calle para que alguien lo recogiera y así esfumarse sin pedir ninguna recompensa.

Lo peor de todo es que cuando finalmente regresó a su casa, sus padres ni siquiera estaban felices de volver a verlo. Patitas seguiría siendo el único que lo querría sin cuestionarlo; por fortuna lo tiraron junto a su peluche. Eso antes que Flaky apareciera, claro está. Y ella insistía en permanecer en su psiquis porque en las siguientes noches soñó con su cabello rojo y su sonrisa tierna. Su presencia le tranquilizaba incluso sin estar, qué irónico.

Ángel y demonio la amaban con locura ¿Cómo había sucedido eso?, ¿qué hechizo les había lanzado la pelirroja callada y observadora?, ¿por qué lo querían si nadie más lo había hecho cuando más los necesitó? Suponía que ya nada de eso importaba ahora que estaba encerrado y sin saber adónde iría a parar una vez que lo soltaran —si es que ocurría. Sus esperanzas ya habían menguado desde que lo habían vuelto a meter en el jodido hospital, pero ahora no le quedaban fuerzas para nada.

Quizás debería terminar esto de una vez...

Lo decidió una de esas noches, pero tenía que pensar bien su plan. Cuando fue hora de almuerzo, Flippy apenas comía cuando uno de los empleados del lugar llamó su atención con un gesto tosco para que lo siguiera.

—Tienes visita.

—¿Eh? —apenas podía creerlo. ¿Cómo era posible? ¿Quién...?

Su mente se fue a blanco cuando vio a Flaky esperándole en el sector de visitas.