Érase una vez

—Hikari, ¿no ibas a comprar un libro?

Era se una vez una joven chica llamada Hikari…

—¡Voy!

—Acuérdate de abrigarte bien, que hace frío.

—Sí, mamá.

—Lamento que solo te llegue para un libro

—Sh, ya te he dicho que no tienes que disculparte por nada.

…érase una madre que le daba dinero a su hija para comprarse un libro, un cuento en aquel caso…

—Te quiero, cariño.

—Y yo a ti, mamá.

—¿Te has puesto el abrigo rojo que te ha regalado la abuela?

—¿Me queda bien?

—Te queda estupendo.

—De acuerdo, cojo la bolsa y me voy.

…érase una historia, como muchas, como pocas otras, de una chica que iba a comprar un cuento. De una chica a la que le gustaba caminar, aunque lamentablemente aquel día lloviese. De una chica que llevaba un abrigo rojo y una bolsa rosa muy mona, que chasqueaba la lengua en cuento veía a ese muchacho tan pesado que no hacía más que tirarle los tejos.

—Hola Hikari, ¿Vas a comprar? ¿Quieres que…?

—¿Has estado espiándome?

—¿Qu…? —se atragantó—. ¡Pues claro que no! Simplemente pasaba por aquí.

Hikari sabía que aquello no era cierto, no "pasaba por allí simplemente". Suspiró, sin embargo, al darse cuenta de que no podría sacárselo de encima. Y no podría sacárselo de encima porque aquel muchacho estaba completamente decidido a tener algo, lo que fuera, un lazo, con aquella joven de cabello y ojos castaños, aunque tuviera que acosarla día y noche, aunque tuviera que cazarla…

…porque érase una vez un lobo. ¿Un lobo feroz, grande y malo? ¿Un lobo gentil, caprichoso y tierno? Hikari solo sabía que era un lobo grande y pesado, ¡Muy pesado! Un enorme lobo que movía el rabo feliz de custodiar a aquella chica en sus paseos por aquel bosque edificado de cemento y ladrillo. Con unos ojos muy grandes para poder verla mejor, con unos oídos muy grandes para poder escuchar cada respiración suya, con unas fauces muy grandes por las que soltaba cualquier tontería para entablar una conversación, y con un ego muy, muy grande.

Bien, por muy atractiva que pudiere parecer la historia de una chica caminando hacia la biblioteca más cercana, el nudo de esta historia se nos presenta a la vuelta… de la esquina. Justo cuando los chicos pasaban por uno de aquellos edificios departamentales. Justo cuando a Hikari se le ocurrió comprobar el cuento de la bolsa, el cuento…

—Un momento.

Érase una vez…

—¿Qué ocurre?

Érase una vez…

—Este cuento no es—lo abrió…

…porque érase una vez… Un cuento que se tragó a una joven. Porque…

…éras43e45una…

Los apresurados pasos del guardia entrando en la sala del trono irrumpieron cualquier tema que se estuviese discutiendo con eficiente vehemencia, pues era de mayor valor y solemnidad dar aquella noticia antes de que el sol se alzase por completo. El mensajero, incluso, espumaba por la boca como un caballo desbocado, o como un perro furioso, o como un hombre cuyo mensaje destinaría su vida. Todos los allí presentes, el rey, el canciller, el confesor, los dos caballerizos.

—¡Mi señor! ¡La hemos invocado! ¡La elegida está aquí!

Con una poderosa mano, el rey acalló cualquier bramido o réplica que de los labios de sus allegados pudieran salir, movidos por el júbilo y el éxtasis.

—Hacédmela traer. ¡Ahora!

Así era como Hikari se encontraba ahora en la corte de un rey que no había visto en su vida. El hombre parecía viejo y demacrado, de ondulantes cabellos rubios que caían por su rostro como cascadas de ámbar resquebrajado. Sus ojos apagados escrutaron aquel medallón, el que sacó de entre sus fajas, para mirar a través de él los ondulantes trazos de luz que bailaban sobre el contorno de la muchacha. Dejó caer el objeto, que colgó de su cuello atado por aquella cadena de oro macizo, mientras de sus ojos salían despedidas cascadas de lágrimas.

—Es ella, la elegida.

—Disculpe señor, pero no lo comprendo—dijo la chica.

—Ella puede traer a mi hijo de vuelta.

La corte se llenó de aplausos, de triunfos y de vítores. La noticia, a la velocidad a la que una persona podía aplaudir, reír y llorar, se extendió por toda la corte y por las cercanías de aquel lugar. Aquella chica, tenía pues, un valor muy especial.

—¡Encerrádla en una torre, atraerá al dragón!

Érase una vez una chica fue llamada a un mundo al que no pertenecía… Érase una vez un rey orgulloso que quiso desafiar a una bruja… Érase una vez un príncipe raptado debido a la falta de su padre hacia una invitada… Érase una vez un dragón…

Oh, sí, érase una vez un dragón.

"¿Es que no ves la cara demacrada de nuestro señor? ¿Qué has hecho, bruja? ¡Te has llevado a lo único que quería en esta vida!"

"Y dime, soldado petulante, ¿estaría su persona dispuesta a enfrentar al viento por su señor?"

"Lo estaría."

"¿Y estaría su persona dispuesta a cruzar un mar de llamas por el hijo de su señor?"

"Lo estaría."

"¿Y estaría su persona dispuesta a cortar el metal más duro del mundo por el honor de su pueblo y de su señor?"

"¡Lo estaría!"

"Entonces, caballero, os daré una oportunidad. Si podéis abrir el corazón de la criatura que representa la fuerza del viento, el mar de llamas y la dureza del metal, veréis de vuelta al hijo de vuestro señor."

Hikari se hallaba allí, en aquella torre. Tenía un ventanuco por el que corría el aire dentro de su habitación, tenía una cama algo cómoda, algo incómoda y, a su pesar, tenía toda una torre vacía solo para ella. Ah, y lo tenía a él. La criatura permanecía allí, vigilante, silente, agarrado sobre el pico más alto de la más alta torre.

Cuando los jinetes, a lomos de sus caballos y con sus relucientes armaduras, cabalgaban hacia la torre, la chica sacaba la cabeza por el ventanuco y les gritaba que la ayudasen, que la sacasen de allí. Cuando el dragón los veía, prendía el vuelo y prendía el aire con sus llamas, que calcinaban todo y a todos a su paso.

Así Hikari aprendió que no importaba cuanto sollozase, cuanto animase, cuanto guardase la esperanza. Todos los que se dirigían al castillo morían inevitablemente. Y, por la noche, cuando todos dormían, el dragón se asomaba por la venta…

—Hoy han muerto seis hombres—susurraba con cariño.

Cuando los jinetes, a lomos de sus caballos, con sus relucientes armaduras y con sus mortales ballestas cabalgaban hacia la torre, la chica sacaba la cabeza por el ventanuco y les gritaba que huyesen, que se alejasen de allí, que era una causa perdida. Cuando el dragón los veía, prendía el vuelo y prendía el aire con sus llamas, que calcinaban todo y a todos a su paso. Las flechas de las ballestas eran desviadas por los fuertes vientos de sus alas sin llegar nunca a alcanzar su objetivo y los caballos salían despedidos como en un huracán.

Y así Hikari aprendió que no importaba cuanto gritase, cuanto avisase ni cuanto se desesperase por parar las muertes. Y, por la noche, cuando todos dormían, el dragón se asomaba por la ventana…

—Hoy han muerto doce hombres —susurraba con cariño.

Cuando los jinetes, a lomos de sus caballos, con sus relucientes armaduras, con sus mortales ballestas, con sus gigantescas redes y con el agua del lago empapando sus cuerpos cabalgaban hacia la torre, la chica no sacó la cabeza por el ventanuco, sabía que, cuando el dragón los viera, prendería el vuelo y el aire con sus llamas, calcinando a todo y a todos, batiría sus alas con fuerza, mandando a volar a los caballos y rugiría con la sed de sangre de una bestia rabiosa

y les gritaba que huyesen, que se alejasen de allí, que era una causa perdida. Cuando el dragón los veía, prendía el vuelo y prendía el aire con sus llamas, que calcinaban todo y a todos a su paso. Las flechas de las ballestas eran desviadas por los fuertes vientos de sus alas sin llegar nunca a alcanzar su objetivo y los caballos salían despedidos como en un huracán. Y, por la noche, cuando todos dormían, el dragón se asomaba por la ventana…

—¿Cuántos han muerto hoy, dragón?

—Otros doce, mi señora.

—Son treinta en total.

—Y otros más que serán.

—¿Y por qué, dragón? ¿Por qué no dejas que se acerquen a la torre, a mí?

—Las custodio, mi señora.

—¿Por qué?

El dragón no contestó, subió al pico de la torre y durmió allí, dejando a una confundida Hikari tumbada sobre la cama.

Y así, Hikari aprendió a hacer un nuevo amigo.

—¿Puedo salir, dragón? —preguntó al día siguiente.

El dragón pareció receloso al principio…

—¿Huirás de mí, mi señora?

—Si tú me das tu voto de confianza, yo te daré el mío. No huiré de ti, dragón.

—Puedes salir pues, mi señora.

Al fin pudo volver a respirar aire fresco, a respirar el olor de la hierba mojada, del camino de tierra y barro, a fin pudo acercarse al lago y rellenar aquella tinaja de barro con agua pura y limpia. Y pudo beber y remojarse las manos y los pies. El dragón caminaba detrás de ella, su enorme tamaño haciendo sobra sobre su diminuto cuerpo. La gigantesca criatura también bebió agua y, como él era un ser tan grande, y como el borde era tan frágil, acabó volcándose dentro del lago como un gato en una bañera llena, y como un gato en una bañera llena salió disparado hacia la superficie, agazapado y temblando.

Rió.

Hikari carcajeó aquella escena como si hubiera visto lo más divertido en su vida. El disgusto del dragón se reflejaba en el espeso humo que de sus hocicos escapaba y esto tan solo avivó más su entusiasta risa. El dragón comenzó a reir con ella y se atragantó, disgustado.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hikari.

—¿Qué es esto que me sucede?

—Se llama risa, ¿nunca te has reído?

—¿Risa? No, nunca, ¿porqué me estoy riendo yo?

—La risa es contagiosa, o eso dicen —contestó la muchacha.

Un nuevo brillo apareció en los ojos del dragón. También nuevas conductas.

Cuando los jinetes, a lomos de sus caballos, con sus relucientes armaduras, con sus mortales ballestas, con sus gigantescas redes y con el agua del lago empapando sus cuerpos cabalgaban hacia la torre, la chica sacaba la cabeza por el ventanuco y animaba al dragón a combatir, a ahuyentarlos y a enseñarles quien era el más fuerte de aquel lugar. Cuando el dragón escuchaba la voz de su señora, prendía el vuelo y prendía el aire con sus llamas, que calcinaban todo y a todos a su paso. Y, por la noche, cuando todos dormían, el dragón se asomaba por la ventana…

—Hoy han muerto quince hombres.

—Y más que habrá.

Y, entonces, la joven le contaba historias al dragón, historias sobre su mundo, historias sobre sus cuentos…

—¿Por qué el dragón es el malo? —preguntaba el dragón.

—El dragón es un muro que el héroe debe vencer para poder lograr sus objetivos, dragón.

—¿Y qué hay de los objetivos del dragón?

—Los muros no tienen objetivos, tan solo bloquear al héroe, son los antagonistas.

El dragón gruñó y Hikari se dio cuenta de que pudo no haber tratado el tema con la delicadeza que requería la situación. El dragón era como un niño pequeño, no conocía sus emociones, no sabía porqué se enfadaba, porqué reía, porqué se entristecía. Y Hikari se lo tuvo que explicar: que uno se enfadaba cuando algo no salía como quería, que se reía cuando algo le hacía feliz, que se lloraba cuando algo no le gustaba.

—A mí me enfada ver a esos caballeros dirigirse a la torre, me entristece pensar que te perderé y me provoca risa estar cerca de ti.

Esta revelación sorprendió a Hikari más de lo que ella hubiera esperado.

—¿Por qué, dragón?

Pero el dragón no contestó, se alejó de la ventana y escaló al pico de la torre, donde comenzó a dormir.

Cuando los jinetes, a lomos de sus caballos, con sus relucientes armaduras, con sus mortales ballestas, con sus gigantescas redes y con el agua del lago empapando sus cuerpos cabalgaban hacia la torre, la chica sacaba la cabeza por el ventanuco y animaba al dragón a combatir, a ahuyentarlos y a enseñarles quien era el más fuerte de aquel lugar. Cuando el dragón escuchaba la voz de su señora, prendía el vuelo y prendía el aire con sus llamas, que calcinaban todo y a todos a su paso… Oh no.

No ha aquel caballero, que cabalgó después que el resto de su equipo, que lo había dejado atrás por no querer seguir su desvío. A aquel caballero no le quemaron las llamas. Cuando el dragón batió sus alas para crear un tornado, los pasos de aquel caballero siguieron hacia delante, combatiendo la adversidad. Y cuando el dragón, impaciente, se acercó para darle una dentellada, la espada del caballero cortó sus escamas, de la dureza del metal, y trazó una línea recta, vertical, en su pecho.

—¡No! —gritó Hikari en su desesperación.

El dragón se alzó sobre sus dos patas, estiró la cabeza hacia el cielo y cayó hacia atrás, boca arriba, mientras el ventanuco y la cara de Hikari invertida le miraban con horror. El dragón había caído en muy mala posición. Si hubiera caído hacia delante, tal vez el corte de su pecho lo hubiera tapado la tierra, pero hacia atrás… Hacia atrás el héroe podría abrirle el pecho.

—¡Dragón, levántate!

El héroe escaló el cuerpo del reptil por la cola…

—¡Dragón, vamos, tienes que levantarte!

…el caballero caminó sobre las escamas del dragón. Su cuerpo estaba rociado de algo… Parecido al agua. Fuere lo que fuese, le había protegido de la inmensa fuerza de la criatura.

—¡Por favor! —Hikari sollozó, lo hizo como nunca mientras retiraba la cabeza del ventanuco y se disponía a bajar las escaleras de la torre a toda prisa, resbalando, tropezándose, pero corriendo con toda la fuerza de sus pulmones y de su alma.

—¡Dragón, no mueras! ¡No puedes morir! ¡Si lo haces…! —las lágrimas empañaron su visión y su cuerpo se precipitó de morros contra la piedra del suelo de la torre. Con la boca manchada de sangre y espuma, los ojos hinchados y las narices llenas de mocos chilló como pudo, atragantándose en el proceso.

—¡¿…quien me va a proteger ahora?!

Un rugido estalló contra el cielo y la tierra y todas las criaturas salieron espantadas de allí. El caballero perdió el equilibrio, cayó, rodó en el suelo y reguló sobre la tierra, espada en mano. Tal vez aquel caballero venciese a la fuerza del viento, el mar de llamas y el metal más duro, pero aquel dragón… ¡Aquel dragón, por su señora, vencería a la muerte! El rugido de la bestia intimidó al guerrero y dio más fuerza a la muchacha, que salía de la torre desgarrada, pero firme en su decisión. El caballero, al contemplar tal escena, reculó sobre sus pasos y dio media vuelta, alejándose de allí todo lo que pudo.

Hikari se acercó al dragón, que volvió a caer sin fuerzas.

—Dragón.

—¿Sí, mi señora? —contestó con voz trémula.

No sabía que decir…

—¿Te duele?

—Me duele… Me duele mucho.

—No te preocupes —contestó la chica con nerviosismo—, solo es un corte superficial… No te pasará nada. Voy a… Voy a buscar hierbas para taparlo…

—No, quédate conmigo.

Las temblorosas manos de la muchacha, heladas, agarraron la cabeza del dragón.

—¿Qué puedo hacer?

—Cuéntame un cuento… De los que me cuentas por las noches…

Hikari le contó un cuento, y otro, y otro, y otros muchos cuentos más y, cuando creyó hallarlo dormido, los cándidos ojos del dragón se volvieron a abrir.

—¿...y el héroe mato al dragón?

Hikari no sabía que contestar, sollozó y abrazó aquella cabeza enorme, el dragón rió.

—Pero en mi historia no te salvará ningún héroe, no pienso morir.

—No mueras, dragón.
—No lo haré, aunque tenga que quemar las telas de la muerte, faltándola al respeto. Hikari sonrió y rió con nerviosismo, nuevamente.

—¿Sabes? De pequeña iba a la biblioteca a leer cuentos. Me gustaban mucho. Un día llegó un cuenta cuentos que se dispuso a contarnos una fantástica historia en la cual una doncella era encerrada en una torre, custodiada por un dragón y a la espera de que un valiente príncipe la rescatase. Recuerdo que, al terminar la historia, me eché a llorar…

"¿Por qué lloras, Hikari?"

"Es-que, snif, el dragón ha muerto."

"Pero el dragón era malvado, había raptado a una princesa."

"¡No lo sabes! A lo mejor era bueno y quería tener un amigo, pero a muerto solo."

—Recuerdo llorar mucho, por la muerte de aquel dragón.

—No recuerdo —mencionó el dragón—porqué nací, ni siquiera sé porqué estoy aquí. Tan solo recuerdo que mi existencia era motivo suficiente parta que miles de guerreros fuesen contra mí. Me parecía una estupidez, me divertía su idiotez y, cuando me derrumbaron, los repudié… Se reían de mí y vitoreaban a aquel insecto que había tenido un golpe de suerte… Parecía que incluso el destino se reía de mí… Pero recuerdo el llanto de una niña… Esa niña fue la única que lloró mi agravio, que no se divirtió con mi muerte…

—¿Moriste?

—Morí… Y volví a nacer para volver a morir, una y otra vez, a manos de aquel héroe… Y las voces en mi cabeza se reían de mí, excepto una —lloró, sus ojos derramaron lágrimas que trazaron pequeños ríos entre las hendiduras de sus escamas—, tú no reíste mi muerte, Hikari…

—¡Dragón!

—…Tú no te reíste de mí. Lloraste mi muerte y esto me hizo muy feliz… Por eso, cuando apareciste aquí, supe que tenía que proteger aquel corazón, aquella luz tan pura, de los demás. Cuando llegaste, supe que debía custodiar aquella luz hasta incluso más allá de toda esperanza.

—¿Por qué? ¿Por qué lo sabías?

—Porque te amo, Hikari. Simplemente porque amo esa luz que irradias.

El caballero llegó en muy mal momento. El momento en el que la criatura, al borde de la muerte, no podía protegerse.

—¡Ahí está!

—¡A por él!

—¡No! —gritó Hikari al borde del pánico—. ¡Vamos dragón, levántate, vayámonos volando a otro sitio!

—No hay otro sitio Hikari —dijo el dragón—, no hay más mundo más allá de estas páginas.

—¡Claro que lo hay! ¡Crearemos uno nuevo!

EL galope de los caballeros tronaba sobre el camino de tierra. El rey iba al frente, comandando aquel pequeño ejército.

—…Lamento no ser el héroe que te mereces.

—Por favor, dragón —lloró, sollozó, se arrimó a la cabeza de la criatura más, mucho más—, te amo —y presionó sus labios con los propios.

Y sin saberlo, aquella doncella, con un beso, había logrado lo que ningún otro caballero había podido con un arma. Abrió su corazón.

"Si podéis abrir el corazón a la criatura que representa la fuerza del viento, el mar de llamas y la dureza del metal, veréis de vuelta al hijo de vuestro señor."

La piel escamosa comenzó a resquebrajarse en un luminoso brillo y el corte del pecho se abrió más, dejando escapar un luminoso verde templado, que se alzó sobre el cielo, dejando atrás aquella coraza de carne, para revelar, ya en el suelo, el cuerpo de un joven muchacho que yacía dormido.

Todos los presentes se detuvieron al inicio de aquella escena, y acallaron al final. El rey bajó de su caballo, el pulso le temblaba…

—¿Takeru…? —densas lagrimas resbalaron por su rostro—… Es mi hijo… ¡Es mi hijo! ¡He estado a punto de matar a mi propio hijo!

Cuando el reino se enteró de lo sucedido, hubo vítores y aclamaciones, pues el hijo del rey, que había resultado ser disfrazado por la bruja bajo la piel de un malvado dragón, había vuelto entre los suyos. ¿Pero quien se llevaría el mérito?

—¡A sido el rey, su amor lo ha salvado!

—¡Viva el rey!

—¡Viva el rey!

Vitorearon todos, el día de la sucesión.

Pero, lejos de las miradas de la gente, el joven se ocultaba para ver a su compañera, confidente y salvadora, que lo esperaba cerca del lago y de la torre, como muchos otros días. Esta vez, sin embargo, con una mirada triste.

—Supongo —el príncipe se aclaró la garganta— que este es el final del cuento.

—Sí, el cuento acaba aquí.

Se miraron y una sonrisa perfiló ambos rostros. Takeru jugaba con la tela de su capa, nervioso.

—¿Vo-volverás a leerme? Aunque no sea tu héroe…

—…Siempre —cortó la muchacha.

"¿Siempre me leerás?"

—Siempre has sido mi héroe, dragón.

Y se desvaneció, se fue de aquel mundo, no sin antes recordar, con aquel beso lleno de luz, las palabras mencionadas…

"¿Hikari"?

"¿Hikari?"

Érase una vez una chica que leía un cuento…

—¿Eh?

El muchacho que había su lado la observaba con expectación.

—¿Estás bien? Parecías ida.

—Ah, lo siento, estoy bien.

—Me alegro, aunque es una pena que te hayas equivocado de cuento. ¿Quieres que lo devolvamos?

La chica sacó el librito de la bolsa: "La princesa y el dragón".

—No, que va.

—¿No?

—Acabo de recordar que este era uno de mis cuentos favoritos, así que no me importa.

Érase una vez un dragón que nunca moriría porque, simplemente, hay luces…

—De acuerdo, si tú lo dices. Venga, te acompaño a casa.

—¿Acaso piensas seguirme a todas partes?

—Es que hay personas como tú…

Érase una vez…

"…que merecen ser custodiadas."