II

Todos piensan que la vida rural es aburrida, pero a decir verdad todavía me pesaba dejar mi vida atrás en el pequeño pueblo de Green Hills.

La casa era de mis abuelos, una bonita vivienda antigua de dos pisos con patio propio, ubicada en las afueras de la ciudad sobre una gran colina, tan solo a unos metros fuera del bosque. No había nada ni nadie a mi alrededor. Cero tiendas, cero vecinos. Y aunque no me encantaba la idea de vivir solo, la vista era reconfortante: quizá sí podría llegar a sentirme como en casa.

Debían de ser al menos quince kilómetros de distancia entre mi nuevo hogar y la gran ciudad, pero finalmente había llegado: Jewel City.

Wow, la ciudad realmente era otra cosa...

Era un laberinto interminable: edificios gigantescos, parques ornamentados a más no poder y una variedad increíble de centros comerciales. Había una infinidad de gente, cada quien muy concentrado en lo suyo. ¿Sería posible recordarlos a todos?

Luego de haberme perdido y de dar tantas vueltas finalmente había llegado al nuevo colegio al que asistiría, digno de la grandeza de Jewel City.

- Emerald Institute...

Recorrí un pasillo enorme lleno de trofeos, fotos de figuras importantes y reconocimientos, alumnos dirigiéndose a sus clases, todos usando el mismo uniforme elegante… no me gustaba en lo absoluto, por más bien que luciera, mezcla de blanco, negro y esmeralda.

Y pensar que había decidido llegar con mis prendas más usadas: mi gorra y chamarra de la suerte, ambas rojas.

Al final del pasillo había un campo todavía más formidable. No dejaba de aparecer gente, todos haciendo tantas actividades distintas. Tantas cosas se llevaban a cabo en esta ciudad y todas en tan poco tiempo, al mismo tiempo. No sabía dónde posar la mirada, era alucinante. Mis padres realmente se habían esforzado pensando en mí.

Quizá debería empezar a hacer lo mismo…

- Yo solo digo que hubiese sido adorable estudiar en un lugar así.

- ¿Y usar esos atuendos tan ridículos? No lo creo.

Alcé la mirada y pude divisar tres siluetas sobre el tejado, apenas unas sombras que despendían un extraño humo. ¿Alucinaba? Mis oídos tampoco daban crédito a aquellas voces, apenas semejantes a las de un humano. Seguido de un pésimo presentimiento, sentí mi corazón acelerarse y mis piernas flaquear, un terror que jamás antes había experimentado.

- Además, ya no soporto ver a tanta gente.

- Quizá llegó el momento de arreglar eso, chicas…

Bajaron de un salto, quedando muy cerca de mí, dándome la espalda. Tres aves: dos urracas de mediana estatura y un gran tucán. Pero eran espeluznantes, algo en suma irreal. Sus cuerpos, inestables e irreconocibles, estaban cargados de joyas. Sus atuendos eran extravagantes, algo que definitivamente no pertenecía a la ciudad. Despedían una esencia putrefacta, casi tóxica a los sentidos. Su plumaje era purpúreo, opaco, y su piel era en extremo pálida, casi traslúcida: podía ver a través de ellos.

¿Acaso... acaso este lugar estaba maldito?

Extendieron sus brazos, apuntando hacia al gran campo. Una extraña luz rojiza comenzaba a formarse en la palma de sus manos. Despedía muchísimo calor y aquella bola luminosa no dejaba de crecer.

- ¡Qué creen que hacen!

Regresaron a verme. El pellejo colgaba de sus huesos, podía ver su piel pudrirse, pero lo peor de todo tenían que ser aquellos terribles ojos rojos. No podía dejar de verlos.

Era la primera vez que una mirada bastaba para helarme la sangre.

Una de ellas me sonrió, dejando entrever sus dientes. En un abrir y cerrar de ojos, ya la tenía casi pegada contra mi rostro. No me podía mover. Tenía miedo. Había permitido que colocara su mano frente a mi estómago. Liberó aquella extraña luz de energía, creando una explosión.

No conseguía que mi cuerpo reaccionara. Un gran ardor trituraba mi abdomen. Estaba cayendo. Sentía el tiempo congelarse ante mí y lo único que podía ver era a aquellos demonios a la distancia, sin terminar de procesar lo que estaba sucediendo.

Para mi suerte, no era una caída demasiado grande. Aterricé en medio campo. La tierra y el césped húmedo amortiguaron mi caída. Múltiples miradas de horror se posaron sobre mí. Un grito, dos gritos, gritos por todos lados. Las personas empezaron a correr. Corrían de un lado a otro, despavoridos, sin saber realmente a dónde huir.

Debía quemar tiempo. Sin moverme de ahí, miraba de reojo a mi alrededor. Afortunadamente, nadie volvió a deparar en mí. Seguramente me daban por muerto. El ruido disminuía y cada vez había menos personas. Conté hasta diez, respirando profundo. Necesitaba calmar mis nervios, recuperar mis sentidos y asegurarme de que no hubiera nadie antes de que pudiera levantarme. Todavía me zumbaban los oídos y un dolor infernal dificultaba esta tarea.

- ¿¡Estás bien!?

Una chica vestida de porrista había corrido en mi auxilio. Intenté cubrir mi abdomen con ambos brazos. Con una pequeña sonrisa, intenté tranquilizarla, en vano. Se había dejado caer de rodillas, llevándose las manos a la boca, horrorizada. Gotas de sangre caían frente a ella, tiñendo de rojo el pasto bajo mis pies, apagando el brillo de aquellos hermosos ojos esmeralda. Mi semblante cambió por completo. No podía perder más tiempo.

- Debes irte de aquí ahora. Todos deben evacuar.

- ¿¡Pero y tú!? ¿Con esa herida…?

Fruncí el ceño. No me iba a repetir. Temerosa, la chica retrocedió un paso inconscientemente, desviando la mirada. Quería decir una palabra, interferir, algo, pero dudosa, finalmente se fue, alejándose a paso torpe.

Cuando hablaba en serio, era como si me transformara en una persona completamente diferente.

No pude contener una sonrisa, si acaso forzada por la adrenalina. No habían hecho más que observarme a la distancia. Me esperaban. Había captado su interés y finalmente estábamos solos. Sin testigos, al fin podía soltarme y no quería decepcionarlos. Me eché a correr. En un abrir y cerrar de ojos había regresado a aquel pasillo tras haber dado un gran salto, quedando frente a aquellos tres demonios.

- No les molesta que esto quede entre ustedes y yo, ¿verdad?

Desconcertados, volvieron a cargar ese extraño poder. Quedaron estupefactos cuando comprobaron mi velocidad. No pude contener una sonrisa cargada de orgullo.

- ¿Creyeron que sería tan fácil? ¡No son los únicos que guardan sorpresas! – Sostuve con fuerza las muñecas del gran tucán. Mis manos habían atravesado su piel, como si rompiéndola, pero él ni se inmutó. No importaba. Había conseguido interrumpir su carga.

Lancé una patada contra una de las chicas. La atravesó, falló, no lo sé, pero lancé otra al instante, esta vez asentando y estrellándola contra el muro. La otra chica se abalanzó sobre mí. No todos los golpes acertaban, difícilmente podía tocarla. Para colmo, su habilidad era formidable. Estaba decidido a aguantar el tiempo que fuera necesario, ¿pero qué haría después? No tenía un plan y era imposible un desenlace favorable. Era imposible que yo pudiera contra los tres.

Logré sostenerla del brazo. La lancé al campo abierto tal cual ellos habían hecho conmigo. ¿Era necesario… era posible matarlos? Pero aquella chica… Un escalofrío volvió a apoderarse de mí. Ese humo que desprendía era cada vez más denso, más abundante, y su cuerpo comenzaba a deformarse. Se deshacía lentamente. Me miraba fijamente con locura, sosteniendo una sonrisa torcida hasta el final.

Y solo desapareció.

- Quiénes son ustedes…

Apenas pude interceptar un puño de fuerza sobrenatural con mi brazo. Había sido el gran tucán. No dejaba de temblarme y apenas podía contener el dolor.

Ya entendía demasiado tarde que esto no era un sueño.

Tomé aire, no podía flaquear ahora. Eché a correr hacia él. Sonreía burlón. El momento en que quise regresarle el golpe, su imagen se desvaneció. Había fallado. Segundos después, sentía cómo me tomaba del cráneo. ¡Qué clase de velocidad era esa! Volvió a lanzarme al campo abierto. Esta vez ya no lo pude soportar, el impacto había sido fatal. Tan solo pude alzar la mirada para ver a mis poderosos contrincantes una última vez.

Nunca pensé que terminaría así…

Aparecieron frente a mí de repente. Sus cuerpos estaban totalmente desestabilizados, pero nada impedía vislumbrar aquellas detestables sonrisas. El líder adelantó un pasó. Alzó su brazo y, mientras formaba otra de esas bolas de energía, soltó una terrible carcajada.

- ¡No lo hagan, por favor!

Regresé la mirada, estupefacto. Ambos monstruos dejaron inmóvil a la pobre porrista de tan solo plantarle aquella temible mirada. Cerré los ojos, odiándome. ¡Tenías que irte de aquí! No podía con la idea de mi muerte, mucho menos con la de ella.

Pero solo se estaban burlando de nosotros.

Tras unos instantes de que no pasara nada, abrí los ojos, a tiempo para ver cómo se desvanecían por vez definitiva. Nos observaban con absoluta seguridad, triunfantes, mientras que sus cuerpos terminaban de desvanecerse entre aquel extraño humo.

- Nos volveremos a ver, erizo azul.

En verdad se habían ido.

Nos tomó una eternidad sentir que todo volvía a ser calma. Habiendo aguantado la respiración, los dos dejamos salir un gran suspiro, dejándonos caer contra el césped. El alivio era indescriptible.

- ¿Todos los días son así de intensos en este colegio? – Pregunté riendo, regresando a ver a mi nueva amiguita rosada de larga cabellera.

- ¡Dónde aprendiste a pelear así! … No eres uno de ellos, ¿verdad?

- ¡No! ¡Por supuesto que no! - Sin querer, me había sacado otra buena risa. - Son los secretos de un chico del campo, es todo. – Le guiñé el ojo, indicándole que ahora este debía de ser nuestro secreto.

No quisiera que la historia se repitiera, especialmente en mi primer día aquí.

Ella se había sonrojado levemente, al igual que yo al percatarme de ello. Rápidamente desvió la mirada. Hubo un breve silencio entre nosotros. Se levantó e hice lo mismo al temer haberla incomodado. Por suerte, no era el caso.

- Amy... - Se presentó, agachando la mirada y extendiéndome la mano, tímida. - … gracias por protegernos, fue muy valiente de tu parte...

- Sonic... - Tomé su mano, suave, sonriendo con calidez. - … nada que agradecer. Tú también fuiste muy valiente. Gracias por preocuparte.

Agachó todavía más la cabeza, pero incluso así se sonreía para sí misma, un tanto nerviosa. Se veía muy linda de esa manera, hasta que deparó nuevamente en mi herida y el horror regresó a ella, apenas pudiendo ahogar un chillido.

Insistió en llevarme a la enfermería, lo cual terminé aceptando más bien como una pequeña excusa para seguir un rato más con ella. Afortunadamente, mi cuerpo había resistido bastante bien el daño. No podía caminar realmente, pero pude hacer pasar mi herida por cualquier otro accidente dentro de la confusión y no tuve que rendir cuentas a nadie. Me causaba gracia cada vez que se impresionaba. Hacía muchas preguntas y me divertía dejarla con la duda.

Sin embargo, entre risa y risa, no podía olvidar lo sucedido. La verdad es que sí tuve que pasar un buen tiempo en reposo y ello daba entrada a tantas dudas y temores. El simple recuerdo bastaba para marearme, y la idea de que pude haber muerto me traía un malestar insoportable.

Pero lo que más agobiado me tendría a partir de aquel día, sería saber a dónde rayos se habrían ido.

Porque con certeza, regresarían.