IV

¡Fin de semana! Y qué fin de semana me esperaba: por fin había terminado el bimestre, ya no quedaba examen alguno por el cual preocuparse y mi linda linda amiguita rosada pronto pasaría a ser mi linda linda novia.

Amy había accedido a salir en una cita conmigo.

Yo sé que a ella, al igual que a mí, le hubiera encantado que sucediera desde el momento en que nos conocimos, pero su excelencia académica no le hubiera permitido distraerse con algo así apenas empezando un nuevo ciclo escolar. Pero habíamos hecho un trato desde el inicio: ella me ayudaría con mis estudios y a cambio, yo le enseñaría cómo se divertía un chico de Green Hills. Había llegado el momento de saldar mi deuda.

Amy en verdad lo tenía todo: era bella, inteligente, linda, divertida…

Lo verdaderamente difícil fue convencerla de visitar el Bosque Pancromático conmigo, pues aunque estaba a unos pasos de mi casa, debo recordarles que vivo en medio de la nada. Eso, y por los numerosos rumores que circulan acerca de él: se trata del bosque más extenso del mundo, una maravilla de la naturaleza. La leyenda dice que quienes recorrieran juntos las cinco partes del bosque en orden, forjarían entre ellos un lazo tan único y especial como el bosque mismo. Pero quienes lo recorrieran en desorden quedarían embobados por siempre ante su belleza y, como si perdidos en otro lugar y en otro tiempo, jamás podrían salir de él. Algo he escuchado de espíritus del bosque y de fantasmas en la quinta parte prohibida, pero bueno, esas ya eran solo historias de terror.

Y aunque estaba entusiasmado de finalmente tener un tiempo a solas con ella, el día no había empezado tan bien como me lo había imaginado. Me resultó imposible despegarla de su celular. Sus respuestas eran maquinales y sus risas, falsas. No conseguí que me volteara a ver en ningún momento de camino del colegio a mi hogar. Bueno, bueno, estaba seguro de que todo sería diferente una vez que me declarara. Así que, con esa idea en mente, no dejaría que me tumbara ningún silencio incómodo ni cualquier tema de conversación tan aburrido.

Había un sol precioso, soplaba suave el viento, y aun así me costó muchísimo convencerla de salir de la casa de una buena vez. Para tratarse de la capitana del equipo de porristas, nunca cruzó por mi mente que fuera de las que de verdad detestaban caminar.

Y así fue como en menos de diez minutos terminé llevando a Amy en mi espalda.

Nada de falso tenían esos rumores. Se trataba en serio de una maravilla, una vista preciosa desde el primer paso y juro que era cada vez más hermoso. ¿Y sería verdad que las cuatro estaciones del año estarían contenidas en las distintas partes de él? Ahora lo creía, pero tenía que verlo.

Amy me abrazó durante todo el camino. Me encantaba sentir su mejilla contra mi cabeza y el cómo observaba, tan maravillada, a su alrededor. ¡Parecía una niña!

- Esta debe ser la primera parte del bosque: Eternal Spring. - Pude apenas comentar sin poder desviar la mirada, sin poder concebir en qué momento se había vuelto tan precioso. Como su nombre lo indicaba, y vaya que era evidente, aquí siempre era primavera...

- Wow… Es... increíble... – Dijo bajándose de mi espalda. Con ojos muy abiertos y sus manos juntas, adelantó un par de pasos, sin aliento. Amy se veía radiante en aquel vestido azul cielo y con su preciosa cabellera fluyendo en armonía con el viento, rodeada de tantas flores.

Me acerqué a ella. No notó mi presencia hasta que tomé de su rostro con delicadeza e hice que me voltease a ver, permitiéndome que le colocara una hermosa flor en su cabello.

- Es la primera vez que veo una de este color. Combina muy bien con tus ojos. - Añadí esbozando una sonrisa, retrocediendo un paso para poder verla con mayor claridad. Consciente de lo bella que me resultaba a la vista, se había sonrojado.

Era el momento perfecto.

Tomé sus manos suavemente, acercándome todavía más a ella. Cada vez se ponía más roja, pero no le incomodaba. Le gustaba. Tenía su rostro tan cerca del mío. Nuestras frentes terminaron juntas, no podía evitar sonreír. Estaba disfrutando este momento. Y aunque se sentía como una agradable eternidad, en realidad duró apenas unos segundos.

- Amy, me alegra tanto al fin tener este tiempo solo para los dos. Hay mucho que he querido decirte desde… - Pero al abrir los ojos, mi atención fue desviada por completo y mis emociones revueltas al notar cosa tan extraña detrás de ella.

Tuve que apartarla. Tomé de su mano con firmeza, pidiéndole con ese gesto que me siguiera y, sobre todo, que no se separara de mí por nada del mundo. Confundida, pero sin oponerse, nos adentramos todavía más. No alucinaba. Un gran pedazo del bosque estaba destruido. ¿Qué estaba sucediendo? No podía ser a causa de un incendio. Los árboles habían sido destrozados violentamente como por resultado de una explosión y la atmosfera era pesada, de muerte. ¿Nos habíamos adentrado acaso en la quinta parte del bosque? Me puse frente a Amy, nervioso. Cometí un grave error al traerla hasta aquí. Teníamos que irnos en cuanto antes, pero, de repente, soltó un grito de horror, guiando mi mirada a algo verdaderamente espantoso: un cuerpo abandonado, tirado en el suelo bocabajo sobre charcos de sangre.

Observábamos paralizados. Se trataba de un erizo, un erizo de pelaje negro y púas con mechas rojizas que las recorrían hasta las puntas. Se encontraba en pésimo estado, pero no debía de llevar mucho tiempo ahí. Su chaqueta estaba desintegrada, si acaso aquello era una chaqueta. Sus púas se encontraban completamente alborotadas, chamuscadas.

Me hinqué frente a él sintiendo gran aflicción, sin saber siquiera en qué pensar, mucho menos en qué hacer. Con cuidado, lo coloqué bocarriba. Mis manos habían quedado embarradas de sangre y lo gélido que se sentía su cuerpo era una cosa irreal. No había rastro de bala, no había sido apuñalado, pero no cabía duda de que había sido víctima de algo terrible. Solté un suspiro tras pensar lo peor, sintiendo suma lástima por él. Nos limitamos a guardar un minuto de silencio.

No duró mucho.

Amy soltó otro chillido. Se llevó las manos a la boca, su rostro lleno de horror cuando vio el cuerpo del erizo reaccionar mientras que una mueca empezaba a dibujarse en su rostro. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Se había despertado.

Tomó de mis manos con suma agilidad y de un fuerte empujón, logró apartarme. Alcé la mirada al instante, estupefacto. De un pulso inexistente a una repentina destreza… Se encontraba apoyado ya sobre una rodilla, tambaleándose, apenas pudiendo ocultar la torpeza de su movimiento, pero no por ello me quitaba de encima aquellos retadores ojos rojos.

Era una mirada aterradora, extremadamente fría.

- ¿Quién demonios son ustedes? – Su voz era igual de inconcebible. Era más como un susurro: seguro, pero intimidante. - ¿Dónde estoy?

Pero desvió la mirada al instante, como si tan solo hacernos tal pregunta le hubiera resultado absurdo. Se llevó una mano contra su pecho, dándose rápidamente un par de golpes contra este, como si él tampoco creyera lo que sucedía. Con su mano ahora detrás de su nuca, visiblemente adolorido, regresaba un momento a ver a su alrededor, incrédulo, y al siguiente posaba nuevamente la mirada sobre mí, como si jamás me la hubiera quitado de encima.

- Tranquilízate, por favor. Un momento atrás... – Pero era inútil. Se había levantado ya y no dejaba de verme de aquella molesta manera. – Oye, nosotros no somos los malos. – Dije apenas adelantando un paso.

Lento, pero firme, extendió sus brazos y piernas, ahora con una grotesca sonrisa en su rostro, como si con ese gesto buscara bloquearnos el paso.

- Naturalmente…

Otro escalofrío entorpeció mis sentidos. Tan solo ver aquella sonrisa, sentí congelarse el momento. De un segundo a otro, se había abalanzado sobre mí. Un instante indescriptible. Pero pese a su gran velocidad, había logrado detener su puño. Debía de estar casi tan sorprendido como yo, pero reaccionó mucho más rápido. De un rodillazo me forzó a soltarlo, inmediatamente lanzándome de una patada contra un árbol a pocos pasos de Amy.

Con mis manos contra mi abdomen, intentaba recuperar el aliento. Nuestra mirada estaba reservada para el otro, cargada de suma desconfianza e intriga. La fuerza de este sujeto era completamente absurda, ¿acaso era uno de ellos? Pero algo no terminaba de hacer sentido. Me levanté, tratando de disimular el dolor como mejor pude, aborreciendo la fatal situación en la que volvíamos a encontrarnos Amy y yo pese a sus precauciones.

Y todo por mi culpa.

- Gracioso, y pensar que momentos atrás eras tú quien estaba en peligro...

Pero a un segundo de aceptar su desafío, mi oponente se dejó caer de rodillas, tembloroso. Su rostro adquiría una palidez agonizante y sus miembros difícilmente le respondían. Se había llevado una mano contra su abdomen, apretando con fuerza, pero esta solo se teñía cada vez más de sangre. Quedé estupefacto. Su herida me resultaba extrañamente familiar, pero era algo mil veces más terrible. Debió de abrirla con el esfuerzo de momentos atrás. Incrédulo, observaba la escena: no estaba intentando frenar la hemorragia, ¡quería empeorarla!

Sin saber qué me movía, corrí hacia él, sosteniéndolo entre brazos e impidiendo que cayera contra el suelo. Pero apenas sintió mi tacto, intentó con un desenfrenado esmero soltarse de mí, en vano.

- ¡Qué haces! ¡Acaso quieres morir! – No debía alzar la voz, pero verlo reaccionar de esa manera, sabiendo la situación en la que se encontraba... – Tranquilízate, por favor. No puedes seguir perdiendo tanta sangre…

Pero su rostro era otro. A estas alturas, era ya más un cadáver que un erizo, pálido en extremo. No pudo más que alejar su rostro del mío y, como si no supiera dónde posar la mirada frente a sí, gritó a la nada.

- ¡Por qué no solo me dejas morir! – Su rostro ya no estaba cargado de furia ni de desconfianza. Era algo mucho peor: era horror puro.

Finalmente colapsó.

Volvió a gobernar el silencio, aunque apenas por unos instantes.

- ¡Sonic, qué estás haciendo!

Llevé mi mano contra su pecho. Nada. Iba a tomar de su muñeca cuando deparé, incrédulo, en que seguía respirando, si acaso con extrema suavidad. Poco a poco su rostro iba adquiriendo un ligero color y su cuerpo se sentía todavía igual de pesado. Quise llevar mi oreja contra su pecho y confirmar si su corazón continuaba latiendo, pero entre más lo pensaba, más me sentía invadido por un terror inexplicable. Veía su rostro y dudaba, cada vez más inseguro, de si era algo en lo que debía, o me correspondía, involucrarme. ¿Cómo era posible que siguiera con vida? Y como si confiando en una corazonada, subí al erizo en mi espalda sin más.

- ¿Sonic…?

- Sigue con vida. Tenemos que irnos de aquí ahora. - Ni siquiera regresé a verla. No esperaba, ni quería, que lo entendiera.

El camino a casa fue insufrible. Quería ir más rápido, pero a Amy apenas le respondían las piernas. No podía culparla, pero me sentía cada vez más impaciente. Tenía un impulso casi enfermizo por ver el rostro del erizo una vez más. Su apariencia cambiaba de un instante a otro. Un momento parecía un ser extraordinario y al siguiente, un muerto entre nosotros. Quince minutos de silencio absoluto. Quince minutos en los que seguramente cualquier otra persona hubiera muerto. Al contrario, él cada vez respiraba con menor dificultad.

Lo llevé a mi habitación. Amy se reusaba a entrar. Se limitaba a seguirme con la mirada, aferrada a la puerta, observando anonadada cómo le cedía al misterioso erizo de púas negras un lugar en mi cama. Su aspecto era lamentable, pero no podía entregarlo. Salí, pasando a un lado de Amy sin decir palabra alguna, sin siquiera regresar a verla. Bajé las escaleras, sintiéndome sumamente impaciente por que se fuera. Dejé salir un gran suspiro. ¿Podría Amy alguna vez perdonarme por todo esto?

Pero me había seguido. Sin decir nada, apenas pude dar media vuelta, quedando frente a ella cuando inesperadamente me abrazó. Hundió su rostro contra mi pecho. Temblorosa, sus brazos se sentían helados. Se aferraba a mí con sus manos, conteniendo la respiración. Apenas pude corresponder el abrazo, aunque desviando la mirada. Acariciaba su cabeza, sin saber realmente qué hacer.

- Lamento que no fuera el día que queríamos para nosotros...

Pero de saber que sería este el día que nos esperaba...

- No, Sonic. No es eso...

... de saber que mi intervención jugaría un rol tan decisivo en nuestras vidas…

- Ten mucho cuidado, por favor...

...¿realmente hubiera deseado que fuera diferente?

Llevé mi mano contra mi mejilla, estupefacto, mientras veía a Amy descender por la colina. Me había plantado un beso pese a todo, obligándome a percatarme de algo que jamás antes había notado en mi vida. ¿Por qué perdía el tiempo con alguien como yo? ¿Por qué se preocupaba tanto por mí? Giré la cabeza a otro lado. Me dolía el rostro de vergüenza de tan solo pensarlo. Debía de ser otra cosa. Debía de ser su espíritu tan noble y honesto, algo que siempre había admirado de ella y que definitivamente, debo admitir, envidiaría a partir de este día…

Negué todo con la cabeza, disgustado. No ganaba nada pensando en esas cosas. Las prioridades del momento eran claras y fui directo a mi habitación.

Seguía ahí. Me inquietaba lo extraordinario que lucía incluso cuando solo descansaba. Me perturbaba su naturaleza tan hostil, tan salvaje. E incluso así, él no era un cazador: era la presa. Intenté poner mi mano sobre su hombro, sin éxito, dejando salir otro suspiro.

- ¿Quién eres tú?

Jalé la única silla que había en la habitación y la coloqué frente a la cama, de tal manera que pudiera apoyar mis brazos y mi cabeza contra el respaldo, quedando frente a él. Seguía maravillado. Todavía se veía intranquilo, pero ya mucho menos que momentos atrás. Tuve que desviar la mirada por unos instantes, apenado. Y pensar que alguien como él podía permitirse una mirada así… Sería un recuerdo insufrible, pero no podía dejar de verlo.

- ¿Cuál es tu nombre?

Me dejaste impresionado desde aquella primera confrontación y supe desde el primer día que estarías cargado de sorpresas. ¿Cómo era posible que terminaras así? ¿Qué fue lo que te sucedió allá en el bosque? Tenía que saber más de ti, conocerte, y desvelar el secreto de una vez por todas.

Con mis pensamientos hechos un lío y pese al miedo que me invadía, no me di cuenta de en qué momento me había quedado dormido.

- Tranquilo... no dejaré que nada malo te pase...