Disclaimer: Amour Sucré pertenece a Chinomiko y Beemov.

Palabras perdidas

Un día, las palabras simplemente dejaron de resonar en su cabeza. Palabras vacías que prometía escribir en el papel, cimbraban en su mente y se esfumaban con su transpiración. Tarareaba melodías e imaginaba las notas en el pentagrama, infinitos acordes que, al final del día, se extinguían cuando cerraba sus ojos.

A pesar de percatarse de ello, agradecía la pesada labor de campo y los consejos de su madre con sus ojos embargados de pesar por imponerle esos deberes cuando sabía que sus sueños eran otros. Sin embargo, había aprendido que los sueños podían cambiar, y se quiso convencer de que su nueva meta podría estar allí, entre las huertas y el ganado, junto a su mamá para cuidar su cuerpo cada vez más debilitado.

Sus manos ya no eran suaves, y el pequeño callo en su dedo medio había decidido buscarse compañía. Su piel se endurecía y, en noches dónde no podía evitar anhelar el pasado, se preguntaba por qué su corazón no podía hacerlo.

Ambos, Sucrette y él, habían decidido terminar su relación. Una decisión difícil, pero que, por cómo tanteaban el futuro dando tumbos, era algo que se veía venir. A veces recordaba su rostro procurando obsequiarle una sonrisa de despedida a pesar de sus anegados ojos, y revivía el asfixiante nudo en su garganta al verla partir en el último tren, rozando la medianoche.

En las noches de insomnio, cuando el cansancio era tanto que el dolor en su cuerpo no le permitía conciliar el sueño, le gustaba ir al granero donde estaban los conejos. Acompañado del golpeteo de las patas de los animales y una hoja en blanco con una mancha creciente por la tinta de la pluma pegada al papel, simplemente se dedicaba a ver por la venta el límpido cielo nocturno con sus constelaciones sin fin. Y ante la indefectible expansión del universo, lo atosigaba el hecho de que él era un ser ínfimo y que su existencia carecía de un propósito que no fuera egoísta.

Trabajaba desde el alba hasta el ocaso, a pesar de estarse acostumbrando, el esfuerzo al que sometía sus muñecas, en ocasiones, le pasaba factura y le impedía poder sostener un lápiz de forma asertiva. Sus herramientas de escritura yacían, abandonadas, al fondo de un cajón en su escritorio.

Un día cualquiera, le llegó un mensaje de Castiel informándole que empezaría una nueva banda, Crowstorm. La noticia, al principio, lo desconcertó. Estaba feliz por su amigo, pero triste por él porque ese era un sueño que creía iban a realizar juntos —pero su sueño era la granja, se recordó—. Sin embargo, lo conmovió que le pidiera que escribiera canciones para él, ya no como un pasatiempo, sino como algo serio por lo que le pagaría. ¿Aunque cómo podía hacerlo cuando llevaba meses sin escribir y su mente ya no lo asediaba con ideas?

Intentó, por las noches, escribir algo, cualquier cosa, pero las palabras sueltas y carentes de sentimiento, de ese anhelo de su juventud, ya no estaban allí. Tuvo que decírselo a Castiel, no podía entregarle un trabajo mediocre, ni seguir aplazando la fecha de entrega, y tampoco quería seguir con esa aprensión aferrándose a su pecho.

Un nudo se formó en su garganta cuando, al enterarse, Castiel dijo que iría a visitarlo para discutirlo —porque él siempre sería su mejor amigo—, pero lo disuadió de hacerlo. Ambos estaban muy ocupados, y a Lysandro empezaba a preocuparle la salud de su madre. Zanjaron el asunto con todo el tacto posible y le deseó mucho éxito con su nueva banda, después de todo, Castiel tenía su propio talento en la composición.

Cuando su alma empezaba a aplacarse, dándole reposo a la marisma de emociones que querían ahogarlo, cuando creía que todo ya estaba mejor, su madre falleció. Leigh lo ayudó un par de semanas, y Rosalya también los visitó. Y, en serio, por un instante, se volvió a sentir en casa. Pero las clases de Rosa empezarían pronto y Leigh no podía dejar más tiempo su tienda. Discutieron vender la granja, pero era el único legado de sus padres y hacerlo implicaba olvidarlos, o eso era lo que creían ambos hermanos porque Rosalya intentaba convencerlos de que no sería así. Al final, empecinado, Lysandro decidió llevar consigo todo el peso que implicaba manejar la granja. Quería despejar su mente del pasado y avanzar poco a poco a la incertidumbre del futuro.

Pero cuando se halló solo en la casa que lo había visto crecer, lejos del bullicio de la ciudad, sintió como se rompía. Todas esas emociones que había estado disimulando tras el trabajo de mano pesada, acumuladas bajo un manto de indiferencia, brotaron en su pecho como si se trataran de pequeñas semillas arraigadas a su corazón que, alimentadas por su lamento, empezaban a florecer por sus labios en lastimeros sollozos. Envuelto entre la sábanas, con su almohada como único testigo, lloró con sentimiento, pateó la cama y golpeó el colchón con los puños. Se dejó dominar por los espasmos de su cuerpo y no le importó que las lágrimas y los mocos siguieran su cauce natural.

Lysandro había escrito sobre la tristeza y la melancolía, tiñendo sus palabras del dolor endulzado por la lírica, capaz de clavarse como un puñal en su pecho y dejarlo sin aliento. Sin embargo, jamás imaginó que esos sentimientos fueran más allá de eso, que lo desgarrara en vida y que, al final, su única salida fuera seguir adelante.

Así lo hizo, por su orgullo y por el de sus padres. La vida de varios animales y plantas estaba en sus manos y, a pesar de que ese año era el peor de su vida, ellos no tenían la culpa de nada. Tenía una enorme responsabilidad sobre sus hombros y se aseguraría de cumplirla a cabalidad porque tampoco quería preocupar a su hermano.

Las semanas se volvieron meses, y estos se convirtieron en años. Paulatinamente, el trabajo se hizo más fácil y disfrutable. Con ayuda de algunos de sus vecinos, había conseguido mantener a flote la granja con sus escasos conocimientos en administración y cuidado animal y vegetal. Su libreta negra se había deslizado al fondo del cajón cuando su espacio fue reemplazado por diferentes estrategias de venta y posibles sitios donde ofrecer su producto.

Inmerso en su nuevo trabajo, Lysandro ya no tenía tiempo para vivir en su mundo de fantasías, aunque, sin siquiera darse cuenta, a veces le gustaba contarles pequeños cuentos sinsentido a los animales. A los conejos les hablaba sobre una colonia de conejos en la luna, y a las vacas les narraba las aventuras de un becerro para regresar con su mamá.

Continuaba comunicándose con Castiel y no dudaba en decirle que le gustaban las canciones de Crowstorm. Más que envidia, Lysandro empezaba a admirar el nombre que su amigo se estaba labrando de a poco; ya no le preocupaba cumplir sus sueños adolescentes cuando lo que tenía entre manos era más importante y había aprendido a disfrutarlo.

Creyó que su vida se transformaría en momentos apacibles, que quizás encontraría alguna chica, se casarían y formarían una familia. A pesar de no ser una vida trepidante, no le desagradaba la idea. Casi había olvidado sus momentos a solas, sumergido entre notas musicales y pensamientos que convertía en palabras sobre el papel. Podía expresarse mejor con los demás y, por tanto, ya no necesitaba exteriorizar sus sentimientos valiéndose de la pluma.

La noticia de que Rosalya había perdido a su bebé lo tomó por sorpresa, y no pudo evitar ofrecerle unos días en la granja para escaquearse del ajetreo de la vida en la ciudad. No se imaginaba siendo tío, de hecho, jamás se había figurado con un bebé en su vida —fuese suyo o de su hermano—, pero tampoco podía mostrarse indolente cuando Leigh y Rosa estaban devastados. Además, tener a Rosa en la casa le sentaría bien porque a veces necesitaba a un humano que le respondiera las ideas que soltaba al aire.

Ambos habían hecho un trato silencioso de no mencionar la pérdida; después de todo, ella estaba allí para ayudarse a sanar y poder continuar. No le sorprendió cuando se propuso limpiar toda la casa, y no le molestó cuando le pidió permiso para limpiar su cuarto, avasallado por un montón de papeles que necesitaban ser organizados en el archivero vacío.

Luego de un rato, Lysandro fue a verla, sorprendiéndose al encontrarla viendo con cariño algunas cosas sobre su cama. Se acercó.

—¿Qué es eso?

—Son algunas fotos y tu libreta, que encontré al fondo del escritorio.

—Los había olvidado —admitió, sentándose frente a ella, curvando los labios al ver una foto de todos los estudiantes en el Sweet Amoris.

Se fijó en Sucrette y se felicitó a sí mismo cuando no la anheló, sino que la recordó como una buena memoria de su adolescencia, como su primer verdadero amor. En silencio, le deseó toda la felicidad del mundo, y, si se volvían a ver, esperaba poder continuar siendo amigos.

—No miré tu libreta —agregó Rosa con una sonrisa confidencial—. ¿Pero hace cuánto no escribes? Lo hojeé y tenía muchas páginas en blanco.

—Sí... Deje de hacerlo poco después de graduarnos. —Se encogió de hombros—. Simplemente no saqué tiempo para hacerlo, y estaba tan cansado.

—Con lo que me gustaban tus canciones. —Suspiró con ensoñación—. Oh, y esos hermosos poemas que Leigh intentaba declamar.

—Sí, hay buenas memorias aquí. —Lysandro acarició la imitación de cuero que forraba el cuaderno—. Jamás pensé que ibas a recuperar esto de esta habitación.

—Era importante para ti. —Tomó sus manos de forma comprensiva—. Ese tipo de cosas debe guardarse en un sitio especial en el corazón y en la habitación. ¡Es algo que te regresa a los buenos tiempos y te da la convicción de que el futuro será igual de brillante!

Lysandro parpadeó un par de veces y sonrió tenuemente.

—Tienes razón. Gracias —pronunció proponiéndose leer de nuevo las palabras que hacía tanto había olvidado—. Deberías escuchar tu propio consejo también. —Su interlocutora sonrió, lánguida, pero intentó recomponerse—. Ahora, Rosa, yo creo que puedo encargarme del resto; tengo el presentimiento de que no ordenarás bien todo este papeleo. Sin afán de ofender.

—No te preocupes. —Se puso en pie de forma enérgica, con ese brillo extraño en los ojos que vaticinaba una idea nueva que haría realidad a como diera lugar.

Esa noche, Lysandro, antes de dormir, se dedicó a leer las palabras que había escrito el joven incomprendido que era en antaño, y su corazón rememoró con entusiasmo los sentimientos de enamoramiento. Se avergonzó de algunas frases demasiado trilladas o fantasiosas, aunque se admiró por escribir a detalle sus emociones de una forma tan mágica, tan inocente. Se rio por hallar algunos errores ortográficos, pequeños deslices que se le pasaban por alto porque estaba demasiado concentrado en plasmar sus ideas.

Cuando se fue a dormir, lo hizo con una sonrisa y la libreta pegada a su pecho. En sus venas empezó a correr algo que quiso aflorar en su pecho para despertarle las terminales nerviosas, pero ahogó ese sentimiento con una de sus excusas.

A la mañana siguiente, después de acompañar a Rosa a la parada del bus para que se marchara, regresó a casa y se encontró con una libreta forrada en tela del tono de verde que le gustaba. Una sonrisa de formó en sus labios y, como si fuera capaz de revivir al chico que se le pasaba en las nebulosas hacía más de cinco años, la abrió. Las hojas estaban vacías y parecían envejecidas adrede para darle un toque antiguo, y el interlineado parecía esperar ansioso que él asentara su pluma sobre ellas para ser testigo de sorprendentes historias.

Algo en su pecho se removió, lento, como despertando de un letargo. Lysandro sonrió, sintiendo cómo sus dedos anhelaban rasgar con el lápiz el papel, ansioso por retomar sus costumbres anteriores. Oh, y su mente... Su mente no paraba de asaltarlo con una idea tras otra, hasta detenerse en una imagen fija hasta poder darle forma.

Un día cualquiera, como aquel en el que lo había dejado de desear, Lysandro tomó un bolígrafo destartalado y empezó a escribir, con el corazón en el puño y la emoción de un infante.

¡Muchas gracias por leer!