XIII.

Supernova.

1995

Sirius no se confía con la primer y única victoria del Torneo, todavía está seguro de que todo está a punto de irse al carajo; y cuando Harry le envía una carta contándole de Snape, Moody y el señor Crouch, siente que tiene que estar con Harry. Es decir, realmente estar ahí. Y Dumbledore lo entiende cuando le avisa que irá al colegio, el profesor, lejos de enojarse, le aconseja una montaña alejada de muggles y magos curiosos; pero Sirius no se corta en avisarle que irá a Hogsmeade, sino que le cuenta acerca de Harry, nada personal, sólo el dolor de su cicatriz, porque por más que él haya estado familiarizado con la magia negra no tiene ni idea de qué puede significar aquello. Y confía en el conocimiento y sensatez de Dumbledore.

Todo el viaje vale la pena cuando encuentra a Harry y sus amigos, genuinamente felices de verlo.

Se toma su tiempo para explicarle un poco el por qué hay tanto alboroto en El Profeta y para comer, necesita sacar a flote las peores épocas que alguna vez tuvo que vivir contra su voluntad: la guerra y Azkaban. No lo cuenta de manera detallada, sólo lo mejor que puede para que consigan entender que no es un paranoico, o al menos no es el único. Omitiendo, por supuesto, la ligera intervención de Dumbledore.

Si tuviera palabras bonitas, le diría a Harry todo lo que piensa de él, que está orgulloso, que lo quiere y que daría cualquier cosa por estar a su lado todo el tiempo, antes de la segunda prueba y después de ganarla. Pero no las tiene y Sirius confía en que Harry está a salvo junto a Dumbledore, incluso tiene la impresión de que confía en él, pues su intervención pasa de ligera a súper pesada, mostrándole un par de juicios a Harry y revelando que mantiene comunicación con él. No le sorprende en absoluto que Snape resulte un mortifago, ni una pizca.

Después no tiene tiempo o cabeza para pensar en algo que no sea Harry. Sirius puede recordar con demasiada nitidez el cadáver de James, y Harry es escandalosamente parecido a su padre, por lo que no quiere volver a ver esa imagen en su vida. Por nada del mundo. Es consciente de que Harry no es James, pero el físico puede ser espeluznante y cruel. Además, Harry es su ahijado, su familia, y lo único que tiene que hacer es cuidar de él. "Lo primero para mí es tu seguridad".

¿Qué tan decepcionados estarían James y Lily al conocer su falla?

Para la prueba final del Torneo, Dumbledore le había pedido que fuera a colegio y lo hizo sin cuestionar la cuidadosa petición de llegar después de que la prueba diera inicio. No, Sirius debió estar ahí antes, mucho antes. Siempre. Así habría podido acercarse sin importarle nada cuando Harry apareciese con el cadáver del campeón original de Hogwarts; en cambio, tiene que esperar en la oficina de Dumbledore.

— ¿Que ha ocurrido? —preguntó. De nuevo no debió preguntar aquello que no quería escuchar.

Todo había sido una jodida trampa y ahora todo volvía a ser igual. Maldiciones imperio, pociones multijugos, mortifagos y prisioneros. Maldición, Sirius no estaba listo para escuchar que esa era la verdad, que de nuevo ésa era la manera de vivir. Pero eso no era todo, Dumbledore quería saber minuto a minuto lo que Harry vivió en la prueba. Y ninguno de los dos, Sirius y Harry, estaban en condiciones para escucharlo.

— Has mostrado más valor del que hubiera creído posible: te ruego que lo muestres una vez más contándonos lo que ha sucedido.

Lo peor esta vez no es tanto lo mejor, porque Harry lo cuenta todo. Absolutamente todo. Incluso las figuras fantasmales de James y Lily. Sirius no habría estado preparado para escuchar algo así en ningún momento de su vida. Lily junto a Harry, avisando que James iría a su lado. "Tu padre está en camino… Quiere verte". James ayudando a Harry por sobre el mago tenebroso que lo asesinó. "El traslador te llevará de vuelta a Hogwarts". Harry pudo verlos, ellos sabían… ellos estaban ahí con él.

— Sirius, ¿te gustaría quedarte con él? —carajo, sí.

Sirius no quería alejarse de Harry, después de escucharlo y percatarse que no podría seguir hablando. Se vio tentado a sugerir un sitio más privado que la enfermería, a lo mejor Harry quería desahogarse como es debido. Pero Sirius debía confiar en el juicio de Dumbledore, por lo menos en aquel momento, cuando el suyo propio estaba atrofiado por las imágenes que tenía en la cabeza. James y Lily ayudaron a Harry.

Estuvo junto a Harry hasta que el alboroto volvió y de nuevo la justicia se escurrió entre los dedos como la arena de un reloj. Barty Crouch estaba indispuesto para relatar todo lo que había hecho, Fudge se negaba a creer que Voldemort había vuelto y a Dumbledore no le importaba que no le creyese.

— Y ahora, ya es hora de que dos de nosotros se acepten. Sirius... te ruego que recuperes tu forma habitual.

Para empezar, no podía creer que lo incluyera en un grupo junto con Snape, "dos de nosotros", ¡bah! Encima tenía que revelar su animagia. A lo mejor debió escuchar a sus tías cuando aullaban contra la cordura del profesor Dumbledore. Corrobora que él ya no la conserva porque vuelve a ser Sirius frente a los presentes.

— Me conformaré, a corto plazo, con un alto a las hostilidades —insistió el profesor. ¿Corto plazo? ¿Hostilidades? Esa maldita sabandija era el único responsable de que siguiera siendo un prófugo.

¿Qué diría James si lo viera estrechando mano con Snape? Joder, no quiere saberlo y no tiene tiempo para imaginarlo cuando Dumbledore ya está hablando de nuevo. Después de todo lo que ha dicho esa noche, finalmente logra que sienta náuseas y un terrible tirón en el cuerpo.

— Sirius, necesito que salgas ahora mismo: tienes que alertar a Remus Lupin, Arabella Figg y Mundungus Fletcher: el antiguo grupo. Escóndete por un tiempo en casa de Lupin. Yo iré a buscarte.

La protesta viene por parte de Harry, así que Sirius se ve obligado a tragarse el mar de emociones y prometerle: — No tardaremos en vernos, Harry.

Aunque no tiene idea de cuándo será la próxima vez. Le apretó la mano y salió de la enfermería siendo un perro, si se quedaba un minuto más comenzaría a decir o hacer estupideces.

No tenía voz para hablar pero tenía una mente de sobra para pensar. "El antiguo grupo". El antiguo grupo, ¿el antiguo grupo? ¡¿Cuál maldito grupo?! La mitad del "antiguo grupo" están muertos. Joder, no sabe si sentirse molesto, indignado, triste, ¡incluso tiene espacio para sentirse ansioso y nervioso! Y seguía siendo un perro. Por Merlín, ¿Dumbledore qué sabía como para enviarlo a quedarse con Remus? No se quedaría con él, si dependiera de Sirius. Pero la vida es una hija de puta en los momentos más… al parecer en cualquier momento. Tiene que apresurarse a pesar de que cuenta con que Dumbledore ya avisó al resto del "antiguo grupo". Por más que le irrite la expresión.

Sirius tiene que hacer un sobreesfuerzo para recordar de dónde viene el nombre "Arabella Figg" y hasta que está de vuelta con Buckbeak en la montaña es que la reconoce como la vecina de los tíos de Harry, de alguna de las cartas de intervención de Dumbledore. Así que vuela hasta unas colinas, muy lejos de los suburbios. Llega como Canuto a Little Whinging y la señora Figg no se ve sorprendida por encontrarlo en la acera frente a su casa.

— Dumbledore escribió, ha dicho algo sobre tí —dijo la mujer. Sirius no sabe qué le habrá dicho, y obviamente no se mostrará como un humano para preguntar—. No te preocupes, cuidaré a Harry.

Asume que su ladrido puede interpretarse como una respuesta afirmativa.

Encontrar a Mundungus Fletcher es un espectáculo. Sabe que estará en Londres, haciendo tratos chuecos con cualquier ingenuo que encuentre, el problema es saber en qué parte de Londres. Porque Londres es jodidamente enorme, pero si lleva un hipogrifo consigo… los kilómetros se reducen considerablemente. Decide que, si pudo caminar desde el Caldero Chorreante hasta Grimmauld Place siendo un humano, puede llegar de nuevo y desde Highgate a cuatro patas. El bosque de Highgate es perfecto para ocultar a Buckbeak, lo suficientemente bueno como para un mago que no tiene posibilidades de hacer un encantamiento desilusionador sobre el animal.

— De acuerdo —masculló Mundungus, consciente del perro negro que lo acechaba desde hace un par de locales en el Callejón Diagon—. ¿Vas a comerme o tu eres quien envió esa cosa parlante?

Se reiría si los perros lo hicieran.

Sirius tiene que ingeniarselas para acorralarlo, asegurándose de que no huirá una vez que se muestre, porque Mundungus no es la persona más brillante, si acaso algo malicioso y cobarde.

— Mierda, no. Sir… —pero Sirius no lo deja terminar de hablar.

— No grites ni llames la atención, o de verdad voy a comerte, Mundungus —gruñó cerca de su rostro, sujetando las solapas de su túnica con toda la fuerza que puede reunir—. Me envió Dumbledore. Ha vuelto.

Y Sirius confirma que no fue el único paranoico, la palidez y el temblor en Mundungus es una gigantesca afirmación de ello, incluso cree que él tiene más información de entre los dos, dada su naturaleza.

— ¿Estás...? ¿De verdad...? ¿Cómo...? —Mundungus lanza un sonido entre un sollozo y un gruñido—. Muy bien. Bien. Buscaré a los otros, Diggle, Jones, y… y… sólo… suéltame, ¿sí?

Hasta entonces se le ocurre que Mundungus puede estar más bien aterrado por tener a un asesino loco a centímetros de su rostro y no por la afirmación de que Voldemort ha vuelto.

— Yo no maté a nadie, Mundungus —masculló—. Peter traicionó a James y Lily, él mató a todas esas personas cuando intenté atraparlo.

— ¿De verdad? Digo, sí, sí, te creo… —se apresuró a decir, respirando con pesadez y moviendo las manos con nerviosismo—. Te creo, Sirius —repitió con voz ahogada.

— No huyas —advirtió antes de soltarlo.

No era un amigo de Mundungus hace trece años y tampoco lo es en estos momentos, pero ahora que lo tiene enfrente cree que a lo mejor puede saber algo de su familia, de los Black. Ninguno aparece en el periódico desde que salió de Azkaban, a excepción de su prima Narcissa Malfoy, o bueno, la serpiente de su esposo y la sabandija de su hijo. Los Black no son el tipo de personas que pasen desapercibidos, si su madre pudiera, anunciaría las fiestas de té en la portada del Profeta.

— ¿Has visto a Regulus Black, Mundungus? —preguntó en un susurro, todavía muy cerca de él. La nueva mirada confundida y nerviosa de Mundungus no le responde ninguna de sus dudas—. ¿Alguno de mis padres? Mi madre solía venir al callejón y… mi padre iba a…

— Sirius —interrumpió Mundungus—. Todavía no estabas en Azkaban cuando él murió, Orion Black —murmuró confundido—. Dijeron que estaba desconsolado por la desaparición de su hijo —continuó dubitativo—, y la señora Black hace una década que murió.

De pronto es como si no estuviera sobre la tierra, parece que flota sobre la nada. Mundungus ha dicho todo en tan pocas palabras que Sirius teme haber interpretado mal.

— Reg… ¿Regulus desapareció? —logró preguntar.

— Eso fue lo que dijeron, uhm, ¿oficialmente? Pero se decía en las calles que lo habían matado por unirse a quien tú sabes. Fue hace años, debía ser un crío todavía —finalizó con voz pequeña.

Sirius finalmente suelta la túnica de Mundungus y de inmediato es un perro negro que corre hasta la salida. Necesita refugiarse con Canuto porque siendo un hombre no sabe qué sentir, en cambio Canuto es más simple. Abandono. Se siente abandonado.

Ahora realmente está solo.

No contaba con los Black como su familia pero… de alguna manera sabía que estaban ahí. Y ahora no tiene a James ni a Lily, y jamás tuvo a los Black. Lo sabe, lo recuerda, y aún así el agujero en su pecho, humano o canino, es igual de grande que hace veinte años; cuando recién se escapaba de casa por darse cuenta que nunca tuvo familia. Bueno, ahora de verdad no la tiene.

Y después de saberlo, no tiene ni las más mínimas ganas de pararse por Gales. Desde cualquier punto Sirius sabría cómo llegar hasta la casa de Remus, y si no, se las arreglaría para llegar. Pero ahora está solo. Tiene treinta y cinco jodidos años y quiere huír como si volviera a tener dieciséis.

Los brillantes bosques de Gales, junto con sus senderos naturalmente hechos, son es escondite de Buckbeak mientras Sirius camina hasta casa de Remus con el andar más perezoso que jamás se ha visto en un perro. Dumbledore ya debió escribirle, o enviado un patronus, cualquier cosa, él sólo iría a darle los pormenores. Y no quiere hacerlo.

Una parte del problema es volver a ver a Remus, ya lo hizo en la Casa de los Gritos hace un año, sí, y le llamó Canuto, sí, pero no estaban solos y el maldito Voldemort seguía moribundo. Ahora es diferente porque, además de llegar con malas noticias, con indicaciones de esconderse ahí y sin una compañía válida como Harry, llega sintiéndose solo y perdido. Eso no puede llevarlo a ningún lado bueno. Lo sabe y lo asegura cuando aprecia la fachada de la casa donde pasó gran parte de su vida después de Hogwarts.

La noche ha terminado hace unas horas, no le sorprende que la casa está vacía. Sirius no puede evitar sentarse en el porche a esperar por Remus, ni siquiera se pregunta dónde puede estar, Canuto se siente mejor con el simple olor de la madera bajo las patas y Sirius deja de pensar tanto con la simple pintura de la puerta.

— ¿Canuto? —preguntó Remus. Sirius abre los ojos y se incorpora de inmediato. Remus se ve confundido, pero no molesto.

Sirius se acerca y mueve la cabeza en algún tipo de asentimiento canino, no sabe si Remus conoce a otro perro con pinta de oso, pero la confirmación no hará mal. Remus sonríe y ríe con la garganta antes de inclinarse lo suficiente para rodearlo con sus brazos. Sirius agradece que lo haya hecho mientras es un perro porque siendo un humano habría sido… catastrófico. Como Canuto se siente bien y tranquilo, ignorando el evidente olor a hombre lobo, se siente a salvo.

— ¿Cómo...? ¿Hace cuánto llegaste? —preguntó para después bufar, dándose cuenta que no le puede responder. Se aparta y abre la puerta, dejando que Sirius pase delante de él. Cual perro callejero, Sirius entra con pasos lentos, cohibido por el lugar y con la cola entre las patas.

Hasta que la puerta está cerrada Sirius deja de ser un perro. Remus no se inmuta, como si fuera normal que los perros pudieran convertirse en hombres todo el tiempo.

Sirius no se preocupa por su aspecto, pretende decirle todo lo que ha pasado en y después se irá con Buckbeak. Encontrará una montaña o tal vez pueda…

— ¿Llevas mucho esperando? —preguntó Remus, cortando su hilo de pensamientos.

— Volvió —dijo con prisa mientras sacudía la cabeza—. Voldemort volvió, Remus. Harry estuvo ahí.

— Lo sé —respondió con voz queda, bajando la mirada y doblando las mangas de su camisa lentamente—. Dumbledore me lo dijo, también dijo que tenías que quedarte aquí —comentó con voz dudosa. Sirius traga y vuelve a sacudir la cabeza.

— No nece…

— Está bien, Sirius —Sirius. Se sintió mejor que al oír "Canuto", menos personal y más apropiado—. Eres bienvenido aquí —añadió. Sirius asiente en un suspiro resignado, aunque observa con detenimiento la puerta detrás de Remus cada tanto, ¿qué tan difícil sería salir sin que...?— ¿Quieres té?

Puta madre. Debería decir que no. Debería irse. No debió regresar con Remus. Sabe que es inocente pero… no del todo.

Remus ni siquiera espera su respuesta cuando ya está caminando hacia la cocina, lo sabe porque sus recuerdos son unos malditos inoportunos. Podría llegar perfectamente y hasta con los ojos cerrados a cualquier parte de la casa. En cualquier otro año. Esta vez ni siquiera lo sigue, se queda parado en el mismo sitio mientras observa a su alrededor: no hay cigarrillos, fotos, cuadros, prendas, ni tazas sobre la mesa, pero sí un par de pergaminos y algunos libros apilados. A Sirius le parece que fue hace una eternidad cuando escuchó que era profesor.

Le cosquillea el cuerpo entero por saber qué ha hecho mientras estuvo en Azkaban y mientras huía, dónde ha estado, cómo, con quién. Las más morbosas preguntas se atoran entre los hilos de su mente, todas negándose a salir de aquella extraña podredumbre; puede que él mismo las esté dejando ahí porque tiene miedo de conocer sus repuestas, pero la verdad es que no quiere ninguna respuesta. No puede exigirlas y sin duda no merece saberlas, pero es difícil desprenderse de esa curiosidad tan arraigada que lo acompaña desde que tiene memoria.

— ¿Harry está bien? —preguntó Remus. Sirius dejó de lado el escrutinio y asintió, con los ojos fijos en Remus. ¿Quién eres ahora? ¿Con quién compartes las lunas llenas ahora? ¿Con quién pasas tu tiempo? O simplemente: ¿Cómo has estado?

— Mataron a un campeón del Torneo, Voldemort lo hizo frente a Harry—mencionó bajito. Remus asintió y le extendió una taza de té—. Está tan bien como puede. Pasará el verano con sus tíos.

— ¿Dumbledore dejará que se vaya con sus tíos, así sin más? ¿Aunque esté de vuelta?

— No puede quedarse conmigo así que… —bufó y dejó la taza intacta sobre la mesa—. ¿Puedo tomar un baño, Remus? No es lo mismo cuando se es un perro.

Remus sonrió con diversión y asintió. Parecía que estaban bien, pero después de tanto tiempo Sirius sentía que estaba invadiendo su espacio. Siempre lo hizo, sólo que ahora lo sentía muy obvio. "Descarado", diría Remus.

No cruzan palabras o información más allá de la nueva ubicación de las toallas, la dirección de la temperatura y el cambio de ropa que, para incomodidad de Sirius, Remus le prestaría.

No tarda demasiado en restregar el jabón por su cuerpo y tallarse, piensa que jamás había experimentado tantos cambios en tan poco tiempo, físicamente hablando, mejor ni mencionar todas las ideas y recuerdos que pasaban por su mente. Consigue que le duela la cabeza al intentar deshacer los nudos de su cabello, tiene que ver el que lo haga con más brusquedad que la última vez que tomó un baño decente, pero es que esa vez no estaba en la casa de un amigo no buen amante, otra guerra se veía increíble y no tenía que lidiar con el sentimiento de abandono. Tal vez los nudos del cabello no sean los únicos responsables de su dolor.

Se observa frente al espejo hasta que termina su ducha: tiene la piel estirada contra los huesos, puede verse algunos de ellos porque está demasiado delgada, su reflejo le devuelve una mirada a millones de kilómetros de distancia, de años, como las estrellas. Se imagina que sería imposible distinguir si está vivo o muerto de no ser por esa turbulenta y brillante calamidad que muestran sus ojos. O será la misma locura que lo ha acompañado desde siempre, excepto que esta vez es más obvia.

Cuando iba al colegio no compartía ni siquiera la corbata con Remus, o con ninguno, cada uno tenía su propio desastre y quejas con los demás como para sumarle los reclamos por el uniforme; después, cuando vivió con Remus, prefería salir desnudo a usar sus simples pantalones de pijama, porque en ese entonces podía darse el lujo de confiar en el impudor de Remus, en su descaro. Ahora ya no le parecen tan simples esos pantalones. Todo huele a Remus ¡y él lo tiene puesto, joder! Es desconcertante. Le daban una fraudulenta idea de seguridad que le traería la ridícula esperanza y ésta sólo lo llevaría a la desgracia. Le iba explotar la cabeza.

De cualquier manera la ducha le ayuda a convencerse de que todo estará bien, simplemente no debe hablar de aquello que le pueda explotar en la cara, y frente al espejo admite que tendrá que molestar a Remus antes de soltar una parte de sus pensamientos.

— ¿Podrías hacerme un favor? —preguntó con brusquedad. En realidad parece que demandó su atención pero Remus no se sorprende ni reclama, lo mira en espera de saber qué favor—. ¿Me conseguirías una varita?

Remus lo mira a los ojos por más tiempo del que Sirius quiere contar, y aún así se niega a apartar la mirada. ¿Te disculparás? ¿Te negarás? ¿Aceptarás?

— Si, no te preocupes —accedió con una sonrisa.

Sirius está seguro de que así le sonreía él cuando Remus despertaba en la enfermería después de la luna llena. Carajo. Le sonríe como a un jodido cachorrito herido. Se siente como un desconocido mientras está en el mismo sillón en el que alguna vez estuvo acostado y hasta follando con Remus. Pero ese no es el punto de sus pensamientos. Tiene muchísimas preguntas y la mayoría de ellas son del pasado, un tiempo que ninguno de los dos presentes quiere o necesita rememorar. Pero Sirius siempre ha sido un maldito egoísta toda su vida.

— Remus tú… ¿has oído algo de mis padres? —preguntó con aprensión, negó para sí mismo y bufó, ¿de verdad no podía hacer ésa pregunta?—. ¿Sabes si mi mamá está muerta? —soltó con brusquedad. Remus parpadeó y frunció el entrecejo.

— Sirius…

— ¿Lo sabes? ¿Alguien dijo o escribió algo de ellos? —insistió—. Mundungus dijo que hace una década que ella murió, pero…

Pero creí que podría estar mintiendo. Remus suspiró y asintió, con los ojos puestos en la taza de té. Lució meditabundo por unos minutos que se le hicieron interminables antes de respirar hondo y responder.

— Algo escribió El Profeta sobre el legado medio muerto de los Black —contó con pesadumbre—, hicieron un estimado de las bóvedas de Gringotts e intentaron resolver quién sería el heredero después de que tú… pues cuando no hubiera más herederos.

— ¿Mencionaron a Regulus? —continuó, intentando unir hilos que llevaban rotos más de la mitad de su vida.

— Algo sobre que su desaparición fue la causa de muerte de sus padres —masculló, finalmente levantando su mirada hacia él—. Es todo lo que sé, Sirius.

Había algo en su tono de voz parecido a la súplica, como si le rogara por no hacer más preguntas al respecto. O sobre cualquier cosa.

De nuevo siente un agujero en el pecho, esta vez no hace nada por evitar sentirlo. Remus no vuelve a hablar sobre su familia, le pregunta por Harry, DumbledorE, el Torneo y su viaje; Sirius logra mantener el tono de su voz durante todo el relato hasta que Remus decide salir por su varita.

Sirius se queda sentado en el sillón, en la postura más rígida e incómoda que encuentra, no siente confianza ni siquiera para servirse agua. "Eres bienvenido", no, lo fue hace años, cuando podía decirle "Vamos a casa", ahora no siente ni que el reloj de pared que compró sea suyo. Sus instintos le gritan que está bien, que está a salvo y que volvió a casa, pero las ideas deshilachadas de su cabeza le dan cientos de razones para salir huyendo: empezando por los engaños hacia Remus, seguido de la complicidad que le ha impuesto y finalizando por su insana curiosidad por saber más de los Black.

Es tan asquerosa, morbosa y aplastante como recuerda que se sentía, el cosquilleo en el cuerpo es idéntico al que sentía cuando escuchaba del otro lado de la puerta, y la desesperación por saber es la misma que ha tenido toda la vida. Es tanta que se lo dice a Remus en cuanto vuelve.

— Necesito ir a Londres —soltó. Tenía la sensación de estar debajo del agua con un molesto dolor en el pecho. Ahora que tenía una varita, necesitaba ir él mismo y asegurarse que no hubiera nadie.

— ¿Londres? —repitió con incredulidad. Sirius asintió y jugueteó con la varita entre los dedos, permitiéndose sentir la magia mientras ignoraba los hechizos que su mente reproducía por inercia.

— Sí, Londres —confirmó. Remus asintió y se puso de pie, aparentemente decidido a acompañarlo—. ¿Qué haces?

— Ir contigo —respondió con simpleza. ¡Como si algo fuera simple por estos días, por esta vida!—. ¿Buckbeak está seguro donde lo dejaste? —Sirius parpadeó y asintió lentamente, todavía procesando sílaba tras sílaba—. Bien, entonces podremos aparecernos —resolvió con ligero entusiasmo.

Sirius tiene que volver a parpadear y respirar profundo o cree que morirá. Debe ser una jodida ilusión. No lleva ni dos días en casa de Remus y ahora está por llevarlo con él en una desaparición que implica tocarlo. No, de ninguna jodida manera.

— En realidad… —no quiero que vengas conmigo, pero mierda tampoco quiere ir solo. ¿Y si es mentira? ¿Y si…?

— Lo siento, Sirius, no pensé que… ¿prefieres ir solo? —preguntó con rapidez, entre avergonzado e inseguro, Sirius se imagina que es por el pánico que debe están reflejando su rostro. La respuesta correcta es sí, pero en cambio dice—: No, la verdad es que no.

Le incomoda pensar en lo que Remus creerá de él cuando sepa a dónde quiere ir, pero no quiere distraerse, no tiene tiempo para esos sentimientos, necesita estar seguro del único pensamiento que no cruzó su mente casi nunca.

— Necesito ir a Grimmauld Place —pidió con cansancio, incrédulo de lo que acababa de decir. De verdad debía ser una ilusión, debía estar soñando. O quizá nunca escapó de Azkaban y terminó de enloquecer sin darse cuenta.

Remus no pregunta y extiende su mano sin hacer ninguna mueca, por el contrario, es él quien está expectante de su respuesta. Sirius no pasa más de tres segundos observando los dedos largos, la muñeca con cicatrices y la palma que recuerda como si fuera suya antes de sujetarla firmemente. No es como todas esas veces que apareció frente a casa de Remus o su departamento hace años, no es ni remotamente igual en ningún sentido. No siente el calor y es consciente de la desagradable sensación de desaparición, más que cuando lo hacía con su madre y como nunca lo hizo estando con Remus.

Es… desconcertante, porque es la misma sensación que en la casa de los gritos hace dos años, sólo fueron brazos, peso extra contra su cuerpo y peso menos en su consciencia; y esta vez no es distinto: sólo dedos, peso extra en su mano y peso menos en el irracional nerviosismo de estar con Remus.

Sirius siente un tirón en el estómago cuando aprecia la calle frente a él. La percibe oscura sólo por el peso de su perspectiva, ya que en realidad la calle se mantiene mejor iluminada de lo que recuerda. Se suelta de inmediato de Remus y comienza a caminar con el corazón latiendo contra sus oídos. #10… #11… #12… #13.

— Venimos al número doce, Remus —susurró, no muy seguro de sí Remus podría ver la fachada vieja y abandonada de la casa. Aprecia las ventanas sucias, el polvo, la tierra y la pintura mientras espera el tiempo suficiente para que Remus pueda ver su antiguo hogar.

— ¿Qué es este lugar? —preguntó igualmente susurrando. Sirius suspiró y caminó a la puerta con falsa decisión. Observó los arañazos y el polvo sobre la aldaba antes de atreverse a responder.

— La casa de mis padres —murmuró, sosteniendo firmemente la varita dentro del bolsillo, ¿la puerta se abriría con su toque? Malditas burlas de los astros. Hace veinte años estaba parado donde mismo, preguntándose si su madre sería capaz de dejarlo afuera.

— ¿Tienes que...? —pero Remus no termina de hablar cuando Sirius ha puesto la varita contra la puerta, de inmediato puede escuchar los cerrojos y cerraduras abrirse una a una hasta que finalmente la puerta se abre.

Al parecer su madre nunca lo dejó afuera.

Entró sin pensarlo mucho, olvidándose momentáneamente de que Remus iba detrás de él hasta que cerró la puerta y quedaron sumidos en completa oscuridad. Ambos iluminaron el vestíbulo con las varitas encendidas sobre sus cabezas. Sirius buscaba la presencia de alguien en los retratos, algún sonido o chirrido, cualquier cosa que insinuara la presencia de alguien.

Sirius avanzó con la varita en alto y la letanía de los hechizos más efectivos contra cualquier cosa que se atravesara en su camino.

— Hay un asqueroso paragüero por aquí —le advirtió a Remus en voz baja, aparentemente no fue lo suficiente bajo.

Dio un brinco en su lugar cuando unas pesadas cortinas a su lado se corrieron y dejaron ver a Walburga detrás de ellas. Sirius retrocedió hasta chocar con el cuerpo de Remus al tiempo que su madre comenzaba a proferir alaridos y arañazos.

— ¡Bestias! ¡Inmundicias! ¡Asquerosas basuras! ¡Escoria contaminante! —gritó.

Remus hizo un ruido extraño con la garganta detrás de él, Sirius estaba estático. No podía moverse o reaccionar. Su madre estaba ahí, viva y gritando como siempre.

Parece que, a pesar de los años, su mente jamás ha sido capaz de procesar a Remus atacando a alguien; por eso ve con extrema lentitud como levanta la varita e intenta aturdir a su madre con más de un hechizo. Sirius no escucha absolutamente nada, ni los gritos ni los hechizos. No escucha porque no entiende qué sucede. Los hechizos dan contra el rostro de su madre pero ella sigue chillando y arañando, no le devuelve maléficos a Remus y tampoco avanza hacia él. Entonces lo asalta el recuerdo del pasillo y el paragüero que jamás pisaron… eso quiere decir que…

— ¿Es un retrato? —balbuceó incrédulo. Avanzando con extraña naturalidad hasta estar frente a su madre.

— ¡Tú, vil traidor! ¡Vergüenza de la sangre! —chilló con mayor ahínco. Sirius tiró con fuerza de las cortinas que parecían tener vida propia con la intención de cubrir el retrato—. ¡Maldito canalla! ¡Apestoso bribón! ¡Sinvergüenza!

Remus se unió a la batalla contra las cortinas y entre los dos lograron cerrarlas, con ello cesaron los chillidos y arañazos.

— Joder —masculló, sintiéndose a punto de desmayarse. Si había un maldito retrato de Orion en alguna parte se iría sin importar la curiosidad picándole todo el cuerpo.

— ¿Seguro que es la casa de tus padres? —murmuró Remus a su lado, jadeante y con ojos estrechos. Sirius tiene que contener la carcajada en su garganta para que las cortinas no vuelvan abrirse.

— Segurísimo —prometió en un susurro risueño, aunque carente de toda gracia—. Ella es mi madre, Remus —aclaró con sorna. Y a pesar del tono tan familiar de dirigirse a Remus, no quiso mirarlo. ¿Qué encontraría? ¿Lástima? ¿Incredulidad? Bah, con la suya basta y sobra.

Su madre era una verdadera bruja. Una de las malas. No podía creer que tuviera un retrato en la casa, no suficiente con su presencia todavía puso un retrato, y si de verdad estaba muerta no podía creer que lo hizo para mantener sus gritos aún después de todo. Increíble. Ridículo.

— ¿Ella? —mustió. Sirius asintió y se dejó caer contra la pared. Ya no estaba muy seguro de querer saber algo más.

— Sí —respondió bajito—. De verdad capturó la esencia —bufó—, para ella todo era silencio absoluto o gritos ensordecedores. ¿Entiendes? Me sorprende que no haya pintado también a su estúpido sirviente. Quizá ya esté en la escalera.

— ¿A quién?

— Kreacher, el devoto elfo de mi madre —gruñó, lanzándole miradas a la escalera. ¿De verdad quería subir y averiguar si había alguien con vida? Kreacher. Eso es—. ¿Kreacher? ¡¿Kreacher?!

De nuevo su voz es demasiado fuerte, las cortinas se abren y un fuerte "crac" resuena en todo el vestíbulo. Remus intenta cerrar las cortinas por sí solo mientras Sirius observa los grandes ojos del viejo elfo. Kreacher. Vivo. Los gritos de su madre se reemplazan por la respiración agitada de Remus y el gruñido en la garganta de Kreacher.

— Él ha vuelto —murmuró—, el traidor de la sangre salió de Azkaban y se atrevió a llamar al viejo Kreacher.

Remus lo apuntó con la varita iluminada, indeciso sobre considerarlo una amenaza. Kreacher parpadeó y se inclinó de una manera ridículamente exagerada, como si Sirius fuera su amo. Lejos de sentirse mejor, la reverencia le revuelve el estómago.

— ¿Hay alguien aquí, Kreacher? —exigió. Kreacher lo mira con fiereza antes de negar con la cabeza.

— El viejo Kreacher está solo desde que mi pobre ama murió, Kreacher mantiene a mi buena ama tranquila debajo de las cortinas. Kreacher obedecerá a mi pobre ama en la antigua y noble casa de los Black hasta que muera y su cabeza sea colgada —respondió con voz ronca, cargada de recelo y furia. Sirius volvió a mirar las cortinas mientras el elfo farfullaba—: Salió de Azkaban para contaminar la casa de mi pobre ama, oh, qué le diría al viejo Kreacher...

— ¿Todos murieron? —interrumpió. Kreacher balbuceó palabras inentendibles y asintió con ojos desorbitados.

— Si, el viejo Kreacher cuidó los cuerpos de sus amos hasta el último día, Kreacher estuvo allí —dijo solemne y no menos fastidiado. Sirius asintió para sí mismo y observó las escaleras. ¿Y si Kreacher mentía?

— No me mientas, Kreacher —ordenó. El elfo se inclinó mientras negaba.

— Kreacher no le mentiría al amo —negó con fastidio—. El traidor de la sangre es el mentiroso, un desgraciado desconsiderado con su madre. Es un irrespetuoso, trayendo gentuza a la casa de mi pobre ama.

— Vete —exigió molesto.

No quería ver ni un segundo más al elfo, ni sus horribles ojos, ni su boca moviéndose en insultos mal disimulados, ni su ridícula reverencia. ¡Cómo si de verdad fuera su maldito amo! ¡Ese elfo era una bestia repugnante! ¡Crac! "¡Bestias subnormales! ¡Escorias repugnantes! ¡Engendros de la humanidad! ¡Canallas! ¡Basuras repulsivas!"

— Hay que irnos —sugirió una vez que su madre volvió a callarse detrás de las cortinas, y aún así Sirius juraría que la escucha susurrarle insultos.

Remus asintió desorientado, tomó su brazo y los guió hasta la puerta, murmuraron "Nox" y salieron a la calle. El viento se sentía más frío que cuando entró. De todas maneras Remus no esperó hasta estar en la acera o la plaza para desaparecer, la siguiente vez que sintió algo bajo sus pies ya estaba en unos escalones completamente diferente. Soltó la mano ajena y se sentó frente a la puerta, como si fuera un perro castigado y no un hombre perdido.

— Lo siento mucho, Canuto —susurró Remus, sentándose a su lado con nada de distancia entre sus brazos o piernas. Está seguro de que dio un respingo, pero no sabe si fue por la distancia, por la inesperada disculpa o por el apodo que ya no reconoce viniendo de esa voz.

— ¿Por? —se atrevió a preguntar. Sonaba brusco y desconcertado. Turbado como sus ojos y titilante como una estrella a años de distancia

— Por tus padres —respondió. Sirius negó y apretó los labios en una sonrisa—. Quizá no era lo que esperabas.

Quizá. Son cinco simples letras que le recuerdan a Sirius que no ve a Remus desde hace un año, que aquella vez sólo lo vio por un par de horas, y antes de ese instante no lo vio durante doce años. Podría incluir todo el tiempo que no estuvo a su lado durante la guerra, pero ése no es el punto, sino que Remus tampoco lo vio a él. Es ridículo que nunca lo haya pensado con tanta claridad, no hasta que Remus sugiere lo que siente y no lo afirma. Sirius se da cuenta de que es el tema de los idiomas y la tinta verde a la par que se da cuenta de que Remus ya no lo conoce. Y claro que le explota en la cara, ése era uno de los temas que no debía tocar.

Piensa con rapidez y vuelve a negar.

— Esperaba algún hechizo en cuanto cruzara la puerta —admitió con aburrimiento—. Pero ver a mi madre me ha dado un susto de muerte —masculló. Remus resopló una risa y lo observó intentando comprender qué había detrás de su mirada. Sirius sólo puede desearle suerte, porque ni él mismo sabe qué carajo expresar de todo lo que cruza su mente—. Supongo que ahora es mía.

— ¿Qué?

— La casa —bufó—. Si he podido entrar después de veinte años significa que jamás retiraron las protecciones a intrusos. Porque te aseguro que mi madre me consideró un intruso incluso cuando vivía ahí —comentó con gracia. Pero Remus no se ríe ni le responde, así que tiene que devolverle la mirada. Se sorprende de entender "¿Te encuentras bien?"sin necesidad de escucharlo—. Estoy bien, Remus.

Lo aseguró con más confianza de la que tenía. La verdad es que no sabía qué sentir exactamente. Comenzaba a acostumbrarse al vacío en su pecho y a la falta de calor aunque Remus estuviera rozando su hombro con el suyo. Quizá porque siempre ha estado abandonado y hace mucho tiempo que vive con frío.

Pero así estaba bien. Todo habría sido un desastre si su madre estuviera viva, hasta con Regulus habría sido difícil. Sí, así está bien. No es una mentira… sólo una verdad muy pequeña. Estaba bien para ser Grimmauld Place lo único que quedaba de los Black, pero el resto estaba irremediablemente mal: Sirius esperaba encontrar a Regulus, volver a su departamento, tener a Harry con él, sentirse realmente bien como amigos con Remus y ser libre de deudas con el universo o cualquier persona.

— Uhm —respondió el castaño. Eso es todo lo que dice, y Sirius no lo culpa, después de trece años, hay un gigantesco conflicto en toda su existencia como para que Remus lo adivine en una sóla noche.

— ¿Podrías prestarme una manta extra, Remus? —murmuró después de un rato—. Prometo no llenarla de pelos ni baba.

Remus sonríe y sacude la cabeza. Sirius entiende sin escuchar: "Eres un descarado en los momentos más inesperados", no le responde, nunca ha sido necesario hacerlo. Son los momentos más apropiados. Y se le ocurre que ese fue un momento justo porque no se volvió incómodo cuando Sirius le recordó la manta una vez que estuvo acomodado en el sillón. Remus se ve ligeramente confundido antes de sonreírle y entregarle la manta sin preguntar "¿Para qué si es junio?".

A lo mejor y si se hubiera quedado despierto un poco más, se habría dado cuenta de que Remus parecía seguir recordando los ruidos de su silencio, el frío que deja Azkaban, la falta de una familia y la aparente decepción de toda una vida. A lo mejor lo hubiera entendido sin escucharlo.

Los días que pasa en casa de Remus antes de que Dumbledore vaya por él los vive casi siempre en solitario. Remus menciona a una "Estúpida y maldita" mujer del Ministerio que odia a cualquier semi-humano existente, por lo que no tiene un trabajo estable, más bien tiene diferentes empleos en horarios muy extraños. Sirius no se atreve a sugerir que vuelva a Gringotts por algo del oro de su cámara, así como lo hizo para conseguir su varita, porque sabe que Remua no acepta la ayuda mientras esté bien, sin importar que Sirius esté bajo su techo comiendo de su comida.

Es un tema puntiagudo que evita entre otros tantos. Se muerde la lengua hasta que las preguntas ridículas y peligrosas dejan de empujar en un intento por salir más allá de sus labios, y si Remus nota sus muecas extrañas cuando están peligrosamente solos jamás lo menciona. Hacen como que los últimos años no han pasado para convivir pero los traen a flote con cada mirada u oración mal estructurada, libre a la interpretación que no tienen.

Dumbledore aparece al finalizar el curso. Cuando Sirius ya pensó más en los Black que en Azkaban. Se le ocurrió que, si Dumbledore reunía al "antiguo grupo", podría preguntar por Regulus. Quizá Mundungus le diga más cuando no lo aterrorice.

Regulus es la única persona de la que no tiene respuestas, Remus y Mundungus dijeron "desaparecido", pero Kreacher dijo que estuvo con "todos" hasta que murieron. Y no se fiaba del elfo.

Así que cuando Dumbledore anuncia que volverán a las andadas de la Orden del Fénix, Sirius no duda en ofrecer el número doce de Grimmauld Place como nuevo cuartel.

— Mi padre protegió la casa con todo tipo de hechizos, es… indetectable hasta para el reto de los Black —explicó. Dumbledore accede después de aclarar los riesgos que conlleva ofrecer su único hogar como nuevo cuartel.

¡Oh, Merlín! Si el profesor supiera que Grimmauld Place tiene de hogar lo mismo que una cloaca se evitarían respuestas cortas y aburridas mientras ambos observan la lúgubre fachada. Hasta Buckbeak parece intrigado con el lugar.

— Si no te importa, le haré un par de hechizos por mi cuenta —informó con precaución. Sirius se encogió de hombros y accedió con un simple asentimiento mientras entraba a la casa con Buckbeak.

Dumbledore debe suponer que la casa no tiene ningún valor para él, puesto que no dice nada más sobre ataques, destrozos o reuniones mientras lanza encantamientos, pero sí menciona la presencia de los Weasley durante el verano. "La Madriguera no es segura, podrían ir a buscar a Harry". Y entonces les pide lo más irracional de todo: mantener a Harry al margen de la Orden. Sin cartas y sin visitas, sólo guardias para vigilarlo, en las que, por cierto, no puede participar.

— Lo apropiado será que te quedes aquí hasta que podamos hacer algo con la investigación del Ministerio —pidió Dumbledore. Había algo en su tono de voz que se interpretaba como la resignación, y Sirius no era tan estúpido como para creer que algún día podrá ser libre. No sin Colagusano—. Harry está a salvo con sus tíos, la vigilancia es precaución.

— Bien —gruñó como respuesta. Está tan molesto por la nueva y esperada indicación que se olvida de preguntar por Regulus. Y le molesta todavía más la sonrisa de Dumbledore antes de despedirse.

No sabe si deja a Buckbeak en la habitación de su madre porque se imagina que con eso se estará revolcando en su tumba, o porque no se atreve a llegar más allá de la casa, tan sólo el vestíbulo logra asfixiarlo. Tampoco sabe si es por todos los recuerdos, por el olor rancio y húmedo o simplemente porque ésa sensación es el encanto de Grimmauld Place. Y si hay algo que lo fastidia es no saber.

— ¿Funciona? —preguntó Remus, apuntando a la lámpara que colgaba del techo.

— No lo sé —resopló y se encogió de hombros, finalmente no tenía otra salida más que subir. Hipotética e inútil salida—. No toques nada, cualquier cosa en este lugar puede estar maldecida —advirtió con cansancio. No sabía que era más aplastante, si la realidad o los recuerdos vívidos.

Sube las escaleras intentando hacer el mismo silencio que cuando era adolescente, ignora las cabezas de elfos como en toda su infancia y se detiene en el primer rellano a observar como hizo toda su vida. Remus lo sigue con la varita encendida pero ni con ello la casa logra verse menos siniestra. Sus pasos levantan polvo y voces que sólo Sirius puede escuchar mientras más se internan. Se los tragaría la oscuridad si él no fuera reparando las luces hasta llegar al tercer rellano. Remus para en seco porque Sirius lo hace. No está seguro de querer ver la habitación de Regulus, no sin saber su paradero.

— Dice tu nombre —observó Remus. Sirius giró el rostro a su puerta, justo donde puso una placa con su nombre escrito. Sólo Sirius, sin Black.

— Era mi habitación —resolvió con amargura. El único refugio que tuvo después de Hogwarts, esas cuatro paredes ocultaban lo único que alguna vez consideró suyo, y ni eso bastó para quedarse.

Remus toma su respuesta como un permiso implícito para entrar. Sigue siendo un jodido lunático si cree que puede entrar a una habitación con tanta confianza en Grimmauld Place, podría estar bañada de maléficos. Walburga no era… buena con los recibimientos. No era buena y ya. Sirius lo observa mientras abre la puerta sin temor. Hay algo en las facciones de Remus parecido a la curiosidad, algo que se inclina hacia el nerviosismo, quizá porque acaba de recordar que no debe tocar nada. Pero está bien, no cae ninguna guillotina detrás de la puerta.

— Es… interesante —rió, mirando los pósters muggles que colgó antes de irse—. Más colorido que el resto —comentó con alivio, deteniéndose más tiempo del necesario en la única fotografía de la pared.

— No era el lugar preferido de mi madre —bufó, entrando y observando todo aquello que apreció hace siglos.

Todo estaba como recordaba: el armario estaba desordenado, las cortinas estaban corridas, el escritorio y la butaca tenían un par de libros polvorientos y la silla junto al armario conservaba encima de ella una túnica hecha bola. El papel tapiz estaba viejo y desgastado, le gustó pensar que su madre intentó arañar cada estandarte y fotografía hasta rendirse.

— ¿Vas a quedarte? —preguntó cuando sus ojos llegaron a la polvorienta cama. Si iba a vivir ahí tendría que deshacerse de las telarañas, el polvo y todo. Su madre se lo agradecería.

— Sí, Dumbledore dijo que tenía que salir de la ciudad como antes. No tiene sentido que vaya a casa si después tengo que venir aquí —asintió y se encogió de hombros—. Pero hoy si tengo que volver por algunas cosas.

— Bien —balbuceó, volviendo a apartar la mirada hacia cualquier cosa—, intentaré quitar el polvo y todo eso. La puerta se abrirá con tu varita.

Remus lo miró por largos segundos antes de mascullar "No tardo" y salir dubitativo. Sirius es consciente de las miradas que tiene sobre él, pero no está seguro de qué planea conseguir con ellas. De ninguna manera puede entender todo lo que piensa después de tanto tiempo. Es imposible.

Su habitación está limpia antes de que Remus vuelva, no está reluciente, pero ya no huele a humedad y polvo, no hay tantas telarañas y las polillas han huido. Cuando las manos comienzan a picar con curiosidad por ir a la habitación de Regulus, Remus aparece detrás de él, con un maletín en una mano y en la otra una mochila, su mochila.

— Creí que podrías quererla de vuelta —se excusó. Sirius observó la mochila por largos segundos, esta vez no evitaba mirar a Remus, de verdad veía la mochila como si fuera a gruñir de un momento a otro—. No la abrí nunca, olvidé que la tenía durante mucho tiempo.

— ¿Y después? —preguntó, tomando la mochila con recelo. ¡Pero que absurdo! Si él mismo había empacado esa mochila.

— No quise saber qué guardabas. No quería saber nada.—admitió con gracia. Sirius asintió y decidió que no entrará a esa conversación sin importar lo relajado que Remus pareciera.

— No era nada malo —susurró. Dejó la mochila sobre la cama y la abrió, apenas tuvo un vistazo de su contenido volvió a cerrarla. Remus se sentó a su lado y resopló con burla—: ¿Seguro?

— Cierra la boca, Lupin —gruñó molesto.

Bajó la mochila al suelo y suspiró, ya había suficiente pasado en la habitación con la foto mágica. Daría su varita por volver a aquellos días: jóvenes, juntos y sin más preocupaciones además de una ridícula apuesta de besos; cuando apenas se asomaba la guerra y ellos ni se enteraban, cuando aún no compartía secretos con Remus y eran amigos. Ahora siente que invade su espacio, ¡en su casa!

— Iré a la habitación de al lado —avisó—. Puedes quedarte aquí, no hay…

— No quiero quedarme solo —interrumpió. Sirius cerró la boca de golpe y elevó ambas cejas.

— ¿Me estás jodiendo? —bufó. Remus parpadeo y negó lentamente, sin apartar la mirada en ningún momento. Hace siglos habría dicho "Ese tipo de jodidas no, Lunático", pero esa noche sólo puede gruñir. ¡Claro que lo estaba jodiendo! ¿Por qué carajo le pide algo tan… infantil?

— Sin intención de ofender a tus padres, Canuto, su casa es espeluznante, no me quedaré solo —respondió con indignación, una falsa y asquerosa indignación delatada por la sonrisa de Remus. Sirius está seguro de que ha gruñido como perro. ¿No entiende que no puede hacer eso? No puede llamarlo "Canuto" y además pedirle que se quede a dormir con él, porque eso es justamente lo que está pidiendo—. Por favor —insistió.

— Eres un… —no, no puede insultarlo. Remus no tiene la culpa de nada, ni de que haya terminado en Azkaban, ni de que su familia esté muerta, ni de que tenga que estar en esa jodida casa. Respiró hondo y negó para sí mismo—. Bien —gruñó. Bien.

No. Su respuesta le recuerda que no todo está bien y que necesita respuestas.

La habitación está como recuerda: con cachivaches extraños y brillantes por doquier, libros, recortes de periódico y plagado de referencias a Slytherin. Sirius se concentra en los recortes de periódico, todos hablan de Voldemort. Casi de inmediato siente un balde de agua helada en todo el cuerpo. ¿Y si de verdad se convirtió en uno? Mortífago. Como Snape, , él tiene que saber; excepto que Sirius se arrancaría la lengua antes de preguntarle algo tan personal a Snape. Pero no a Dumbledore. Si ahora Quejicus es un santo de su devoción, quizá él sepa algo.

La noche le resulta completamente turbia. Empezando porque Remus no quiere dormir solo y él es la única compañía que tiene además de Buckbeak, a quien Sirius se atrevió a sugerir, "No creo que le agrade, Sirius, soy un hombre lobo"; seguido porque quería saber en qué carajo se había metido Regulus como para causarle la muerte a Orion, quien su muerte seguía siendo un misterio porque él jamás moriría de preocupación; y finalizando por el hecho de que estaba en su jodida habitación después de veinte años. Maldición, él no creyó que volvería en ninguna otra vida. Ah, y también porque sólo había una maldita almohada en toda la estúpida cama.

— No la necesito —se apresuró a decir, hundiendo los pies bajo la manta y manteniendo la espalda en la cabecera—. Quedatela. Ni siquiera creo poder dormir.

— ¿Sirius?

— Hum.

— No seas ridículo —pidió, con la voz bailando entre el aburrimiento y la burla. Sirius resopló y encontró su mirada demasiado clara, en todos los sentidos posibles. Unos simples ojos no deberían alterarlo de esta manera: con el corazón acelerado, comezón en el rostro y falta de aire. ¡Bah, claro que era un ridículo!

— No lo soy —respondió bajito. No mentía, era una verdad a medias. No era ridículo sólo… sólo no quería estar ahí, ni en Grimmauld Place, ni en guerra, ni con él. Remus rió con la garganta y cerró los ojos antes de desearle buenas noches.

Hasta que los ojos comenzaron a picarle y su espalda a resbalar por la cabecera, se dio cuenta de que Remus ocupaba la mitad de la almohada. Acomodado sobre su estómago y con medio rostro aplastado, tal como Sirius lo recuerda desde Hogwarts. Desde que estuvieron juntos.

Puede que sí sea un ridículo, sobre todo porque no se resiste a compartir una almohada y más respiraciones de las que puede contar esa noche. Espera que sólo sea ésa, de lo contrario comenzará a decir estupideces. O peor: hacerlas.

Que, para variar, si las hizo. Pero no con Remus.

Dumbledore llega a Grimmauld Place acompañado de los Weasley, y con ellos Hermione, el auror encargado de su búsqueda, Kingsley Shacklebolt, Mundungus, Dedalus Diggle y Emmeline Vance; todos al tanto de su inocencia y de acuerdo en mantener a Harry en la ignorancia. Sirius se promete que discutirá eso en otro momento, después de que sepa qué pasó con Regulus.

— Dumbledore. Quería preguntarle si sabe algo sobre Regulus —llamó bajito. El profesor lo observa por encima de sus gafas antes de sonreír y asentir.

— Murió según entiendo, Sirius. Unirse a Voldemort tiene costos muy elevados —comentó—. Supongo que Regulus no pudo pagarlos como era debido, ¿no lo crees? Él todavía era muy joven y el peso de los Black… bueno, con Bellatrix Lestrange debería bastarte para…

— Conmigo es suficiente —cortó Sirius. No, aún no estaba acostumbrado al agujero en su pecho.

No debió buscar lo que no quería encontrar, no debió preguntar lo que no quería saber. Preguntarle a Dumbledore fue una estupidez.

Volver a su habitación le deja un amargo sabor en la boca, escuchando las voces de todos los Weasley, Sirius sólo puede recordar las conversaciones entre susurros que mantenía con Regulus, su mirada preguntando si podía acompañarlo y su manera tan correcta de comportarse. Remus le vuelve a decir "Lo siento mucho, Canuto" y esta vez le responde con un asentimiento. Regulus no debía morir, no así. "Era un imbécil, Remus" le dijo, "Y yo también" concluyó con pesadumbre. Jamás debió irse de casa, no solo, debió irse con Regulus. Pero si algo entendió de su tío Alphard es que nadie podría sacarte jamás, uno mismo tenía que salir.

Las noches compartidas se multiplican ahora que las habitaciones se ocupan por el resto de los Weasley, Sirius logra ver y percibir el arrepentimiento en Remus cuando le pregunta a Arthur sobre Percy; y no sabe qué es lo que le da más escalofríos, si el llanto de Molly o haber entendido a Remus sin proponérselo.

Sirius comienza a evitar su mirada porque parece que Remus le muestra todo lo que piensa. De pronto es como si finalmente entendiera su idioma. Resulta desconcertante e irracional, puesto que siempre está molesto por no entender, pero con Remus es diferente, pasó de no entender ni un carajo a entenderlo todo; y la verdad es que no sabe qué hacer con todo eso que reconoce. Porque no es nada nuevo, son los mismos gestos, modales, ademanes y palabras, pero ahora puede interpretar, responder y leer entre líneas. Y es aterrador. No puede fingir que no lo entiende porque Remus sabe perfectamente que lo ve. No puede mentirle.

Así que lo evita más allá de la almohada. Ahí donde Remus busca su mirada, él huye. Siempre huye. Sólo espera que no sea tarde esta vez.

Sin embargo, cuando Moody lleva consigo a una despampanante chica metamorfomaga con un increíble nivel de torpeza, duda. Su nombre es Nymphadora Tonks y no puede apartar la mirada de Remus. Lo peor es que no es desagradable.

— Mi madre te envía esto —sonrió la muchacha, extendiendo un sobre con la firma de Andrómeda—. Me pidió que te dijera, y la cito: Sí, el secreto estuvo a salvo. Gracias. Ella dijo que entenderías.

Claro que entendió. Ted Tonks, el secreto de Andrómeda, ahora era su esposo y padre de Nymphadora. No habría podido reprimir su sonrisa ni aunque quisiera, a pesar de las miradas mal disimuladas a Remus y la repartición de las guardias a Harry.

Andrómeda se disculpaba por su ausencia, alegando que quería mantener a Nymphadora a salvo de su madre, después de todo, ella sabía que su correo era interceptado y no quería hacerle daño a su familia. Para cuando Tonks está a punto de irse, le pide que le diga, y citando "Entiendo. Estoy feliz por tí".

— ¿Conoces a la madre de Nymphadora? —preguntó Remus, con la cabeza puesta en la mitad de su almohada y los ojos fijos en su perfil.

— Es mi prima —asintió con simpleza—. Ella también se fue de casa.

— ¿Por eso que estás evitándome? —preguntó con brusquedad, Sirius le devuelve una mirada sorprendida como respuesta—. Ya sé que te escapaste, ¿recuerdas?

Está bien, admite que la mejor salida no fue ignorarlo, y la verdad es que hasta él estaba harto de huír de la habitación si Remus estaba ahí. Molly estaba decidida a limpiar toda la casa con la ayuda de todos, y así no era sencillo evadirlo. Por eso estaba en esta situación. Estaba aburrido.

Pidiéndole otra oportunidad a los astros para que intercedan en Remus y sus sentimientos, se atrevió a preguntar y casi acusar—: ¿Me odias, Remus?

— ¿Odiarte? —repitió, incorporándose apresuradamente. Sirius asintió y esperó con el corazón acelerado—. No. No, Sirius, ¿por qué lo haría? Yo no…

—Te engañé —respondió obvio—. E incluso creí que tú eras el traidor. Remus… James y Lily están muertos por mi culpa, yo les…

— No —interrumpió molesto, se giró y lo enfrentó con el entrecejo fruncido en confusión—. Sirius, no es tu culpa y por supuesto que no te odio. Ni te culpo por absolutamente nada. ¿Puedes volver a ser Sirius conmigo?

Se reiria si lograra terminar de procesar lo que acaba de escuchar. "Ser Sirius". ¿Quién carajo era entonces? Sólo tiene un montón de recuerdos amargos que Azkaban trajo a flote, doce años de oscuridad acompañados de la más extraña lucidez, y toda una vida huyendo. Había que joderse si Remus quería que volviera ser Sirius.

— Eso hago —murmuró. Remus suspiró con pesadez y extendió la mano hasta que pudo tirar de su cabello, tal como hacía en Hogwarts y después. Tal como inició su flirteo barato y ligue infantil. Tal vez si es demasiado tarde para huír—. No queda nada, Lunático.

Incluso salido de su voz le parece que alguien más lo ha pronunciado, pero Remus sonríe y vuelve a tirar de su cabello. Eso basta para que Sirius entienda que, para Remus, también es demasiado tarde para huir.

— Ya veremos, Canuto —jodido lunático.

No se lo dice, obviamente. No lo quiere insultar, no quiere arruinarlo. No con Remus.

Lo cierto es que no tiene tiempo ni siquiera para intentar arruinarlo porque, así como todos vuelven a las viejas andadas, Remus también. Vuelve a caminar entre lobos y a hacer guardias cuando es un hombre, los días que está en Grimmauld Place disminuyen a la par que la impaciencia y la molestia de Sirius aumenta. Kreacher es uno de los principales estimulantes de su rabia. Era la misma que lo embargaba durante los últimos días que pasó en casa, y para satisfacer una curiosidad que no quería recordar, Sirius lo descubrió reviviendo todo lo que pasó la noche que se escapó de Grimmauld Place. Sirius se había enterado de la historia por mera casualidad y burla de los astros

— Oh, mi pobre ama —susurraba dentro del armario de la habitación de su madre—. Cómo sufrió mi pobre ama, y el viejo Kreacher no podía hacer nada contra aquel bastardo traidor. No, no podía hacer nada porque el joven amo lo prohibió, sí, le dijo al viejo Kreacher que esa escoria no valía tiempo. Oh, mi pobre ama, enfurecida por tal canallada, ella le juró al viejo Kreacher que no era su hijo. Y aquel bastardo, indigno de ser un amo en la noble y ancestral casa de los Black, ése jamás le agradó al viejo Kreacher. Maldito traidor de la sangre, le rompió el corazón a mi pobre ama y ahora el viejo Kreacher tiene que soportar a los mocosos. ¿Qué diría mi pobre ama a las escorias profanando su casa? Oh, el amo Black mandaría a Kreacher a quemarse las manos, lo haría meter las manos al horno como la noche que el desgraciado se largó sin consideración. Terminó en Azkaban, es un asesino y le da órdenes al viejo Kreacher. ¿Qué diría mi pobre e indulgente ama?

Sirius descubría a ratos lo que había dicho su madre, su padre y Regulus la noche que se fue, y no podía estar más molesto con ello. Sirius no quería escuchar ni una palabra del elfo, ni sus estúpidos "Amo" ni sus aún más estúpidos "Kreacher está limpiando" cuando en realidad se llevaba cosas de su madre. A la mierda con el elfo, con Dumbledore y Voldemort. En Azkaban por lo menos permanecía ignorante de todo y todos, estaba solo y con el simple sonido de sus recuerdos; Grimmauld Place era mil veces peor. Toda la basura de su vida apilada en una pútrida casa maldita.

No puede escribir a Harry, tiene que aguantar la estúpida cara de Snape junto con sus estúpidos e "importantísimos" informes, y no puede salir ni como Canuto. Ni siquiera cuando la desgracia sigue a Harry muy de cerca y lo atacan dos dementores.

Dumbledore les prohíbe responder algo a Harry, nada más allá de exigirle que se quede con sus tíos. Remus vuelve para sacar a Harry de Privet Drive mientras él lidia con la furia de Hedwig por no enviar una respuesta. ¡Y después tiene que lidiar con los ojitos ilusionados de Tonks por ir con Remus a por Harry! Todo mientras él se queda a escuchar la irritante voz de Snape. Y después los malditos gritos de su madre. Sirius no puede contenerse más, no le importa lo que piensen de él, necesita desquitarse con alguien, ¿quién mejor que el retrato de su madre? "¡Cállate vieja arpía! ¡Cállate! ¡Te digo que te calles!" Por un segundo todo parece no tener sentido: Remus a su lado, Harry mirándolo con ojos muy abiertos, y él con el mismo nivel de rabia a pesar de haber gritado a su madre.

Tiene que mantenerse dentro de su cabeza lo mejor que puede, dirigiéndose a Harry para contarle sólo lo esencial, aunque en realidad esperaba verse atacado por un montón de preguntas. Harry no explota en preguntas, pero Sirius si lo hace en acusaciones. ¿Por qué Harry no pide respuestas? ¿Por qué Molly lo sobreprotege? ¿Por qué nadie entiende que Harry no es un niño? ¿Por qué creen que él quiso estar en Azkaban? ¿Por qué Molly insinúa que no sabe cuidar a Harry? ¿Por qué siquiera imagina que lo confunde con James? Él más que nadie sabe que James está muerto, y ni ella ni nadie tiene ningún derecho de asumir que entiende una pizca de todo lo que piensa; ni siquiera el que Harry lo "acepte" lo reconforta, no lo hace porque no es verdad. Harry no es James. ¡Por supuesto que sabe que va al colegio! ¡Y él más que nadie sabe lo que ordenó Dumbledore!

Remus interviene a tiempo para detener el el caos justo cuando Molly lo acusa de no estar para Harry por estar en Azkaban. ¿Qué sabe ella? ¿Quién carajo se cree?

— Sólo está cuidando a Harry, Sirius —le dijo Remus, con toda la sucia calma y falsa tranquilidad que a Sirius le ha faltado toda la vida.

— ¡Yo también! Y no por eso me porto como un imbécil —gruñó, caminando de un lado a otro dentro de la habitación—. Quiero a Harry más que nada en el mundo, lo he hecho siempre. ¿crees que diría para dañarlo? —exigió.

Remus suspiró y lo detuvo con ambas manos sobre sus hombros. Sirius no siente más que peso extra y peso menos, no hay calor ni tirones, está completamente fuera de sí, hundido en la rabia, rencor y furia contra todos los astros, Merlín, Molly, Colagusano, Voldemort, Dumbledore, Kreacher, los Black, Azkaban…

— Molly no necesita explicaciones, Sirius. Tú sabes la verdad. Contrólate, ¿quieres? —¡Y lo abraza! El jodido lunático lo abraza como si fuera un crío haciendo berrinche.

A lo mejor está molesto porque no entiende nada, porque no quiere que lo abrace pero tampoco quiere que lo suelte, porque no puede acompañar a Harry a la visita del Ministerio, porque sabe que es inocente y de ninguna manera vivirá con él, porque sabe que Harry no es James, porque Harry puede volver a Hogwarts, porque Tonks hace guardias con Remus, porque las revistas que lo dejan en ridículo no le dan gracia, porque no le preocupa el paradero de su moto, porque Harry se ve menos decepcionado al saber que James no fue prefecto, porque Moody guarda una foto del verdadero "antiguo grupo", porque Sirius no soporta verlos sólo así o porque no tiene nada mejor que hacer que estar enojado todo el maldito tiempo. O, sobretodo, porque a Molly le aterra ver el cadáver de su familia y de Harry.

Sirius la desprecia por largos minutos, en los que Remus intenta tranquilizarla mientras él ve a Harry muerto, de la misma forma que vio a James; incluso si no hubiera visto la foto de la Orden Sirius habría recordado a James. Siempre pensaría en James. Y ahora también lo hará en Harry.

Piensa que, si él se hubiera puesto frente al boggart, su forma no hubiera cambiado como lo hizo con Remus. ¿Siempre le has temido a la luna?

Cuando Molly no pone muchas objeciones para que acompañe a Harry a King's Cross, a Sirius se le ocurre que los astros no se burlan todo el tiempo. No se contiene de ladrar, perseguir palomas, gatos y el mismo tren. No fue la libertad que deseaba pero fue algo.

La verdad es que su comportamiento se torna infantil sin darse cuenta: renegando contra todos, vivos o muertos, Black o no, usando a James como excusa ante la sensatez de Harry, quejándose consigo mismo por ofrecer el nuevo cuartel, sacando bruscamente a Kreacher de los armarios, incitando a Harry a la rebelión contra la "estúpida y maldita" mujer que Remus mencionó y odiando a Grimmauld Place más que nunca.

Logró salir de la prisión de Azkaban que lo orillaba a esperar la muerte para ser prisionero de Grimmauld Place esperando a morirse mientras toda la Orden hace algo. ¡Se pudre dondequiera que esté! Es dramático, sí, pero no busca atención, de verdad que no, ni siquiera detuvo a Molly cuando volvió a su casa. Así que no entiende qué carajo hace Remus cerca del mediodía en su habitación, cuando en realidad debería estar haciendo guardias. Esa línea de pensamientos no es la correcta, lo lleva a decir y hacer estupideces, bah, ya es demasiado tarde para preguntar por el clima.

— Incluso cuando mientes miras a los ojos, Lunático —mencionó Sirius, con los ojos fijos en su reflejo de la ventana. Recuerda los primeros años en Hogwarts, con Remus asegurando que eran resfriados y su madre cuando en realidad eran lunas llenas, todas esas veces los miró sin parpadear.

— No miento —Sirius percibe el tono desconcertado mal disimulado inmediatamente.

— Exacto —murmuró para sí—. ¿Demasiado mayor? ¿Pobre? ¿Peligroso? Mejores excusas has montado, Remus.

Con eso debería bastar para que Remus entienda a quién y cuándo se refiere. Sirius no es cotilla, simplemente siempre ha sabido escuchar lo que no debe. Siempre Black.

— Tonks simplemente está…

— Enamorada, sí —interrumpió Sirius, mirando por un largo rato a la calle, casi esperando que Remus excusara a la despampanante chica. Su sobrina o algo así. Pero no pasa, Remus espera que continúe, porque obviamente hay más por decir—. En verdad te quiere, la dejarás loca si no le respondes.

No lo dice por experiencia, claro que no, él ya estaba loco cuando conoció a Remus. Lo dice porque a lo mejor tuvo la ridícula esperanza de que las cosas podían volver a donde estaban. Sirius con Black y Remus. Pero ahora es él quien no puede hacerle eso a Remus, de ninguna manera puede quererlo estando más estropeado de lo que ya estaba. No importa lo que Sirius quiera, Remus todavía puede ser feliz.

— No estoy mintiendo, Sirius, ella no…

— Lo haces —interrumpió con brusquedad, nuevamente al borde de un arranque infantil de ira, o desesperación, o frustración o quizá sólo de celos. Tiene que mirarlo a los ojos para que Remus entienda, para que recuerde, que a él no puede mentirle porque solo quedan ellos dos—. A mí no, Remus. A mí no me mientas. Y tampoco te engañes.

Remus es amable con Tonks, él conoce esa jodida amabilidad, es la misma etiqueta de cortesía que uno tiene después de follar: entre avergonzado y halagado. Si Remus quisiera, estaría con Tonks.

— ¿Ahora eres tú el que entiende todo, Sirius? —preguntó con molestia, cruzado los brazos frente a su pecho.

"Por supuesto" es la respuesta correcta, porque Sirius ahora sí entiende que ha dado en el clavo, que sí entiende a Remus y por eso sabe que no mira a Nymphadora a los ojos porque ni siquiera puede mentirle bien, que muy en el fondo se siente halagado por resultar atractivo a pesar del lobo. Sirius ahora sí entiende, quizá como un castigo por no querer ver todos esos años, y ahora le toca observar, leer y comprender la vida de otros mejor que ellos mismos. Tal como Remus hacía con él antes.

— Entiendo que Tonks está dispuesta a todo por ti —respondió con simpleza—, incluso a esperar que te enamores de ella… o que caigas en su cama, todavía estoy intentando descifrarlo. Deberías decirle que sí.

No se atraganta con sus palabras a pesar de que le cuesta un nudo en la garganta poder sacarlas todas con una naturalidad propia de Sirius, y con una perturbadora intención digna de Black.

Bien podría ser egoísta y cruel, podría burlarse de la muchacha y alardear sobre conocer mucho más a Remus que ella, en más sentidos de los que alguien tendrá jamás. Pero él ya no es un jovencito enamorado de Hogwarts, ya no le preocupa marcar diferencias y hechizar Slytherins; ahora es un hombre con un chico bajo su tutela,es un prófugo con dudosa estabilidad, ya no quiere hundir a Remus en su demencia. Tiene suficiente siendo un jodido lunático por sí mismo.

Remus camina a su lado y se queda ahí, más cerca de lo que puede sentir. No percibe su calor como antes, tal vez porque ya no son los mismos o porque ahora lleva, además de Azkaban, toda una catástrofe dentro de él. El mismo desastre que guardan las paredes de Grimmauld Place, Sirius lo lleva en toda su existencia. Tiene cicatrices, recuerdos y el frío vacío de toda una vida. Ni soñando podría volver a sentir el calor del cuerpo de Remus contra el suyo como cuando eran jóvenes, ricos e inofensivos.

— Eres un hijo de puta, Sirius —decidió solemne.

Se tiene que reír porque eso no es ni por asomo un insulto, no cuando su madre está plasmada en un retrato, lista para atacar a cualquiera que ose alzar la voz más que ella en vida y muerte. Vaya vesania.

— Sí, realmente —continuó Remus, igualmente mirando a la calle vacía—. Ahora tú eres el pésimo amante.

A Sirius le duele la mandíbula por presionar con tanta fuerza los dientes unos contra otros. Y la culpa es totalmente de Remus. No quiere recordar lo que tuvo, lo repugna porque sabes lo que se sintió tener algo y también conoces lo que es perderlo. Sirius prefiere no sentir nada de eso.

— No es San Valentín —respondió molesto, porque la ira y la rabia son lo único que le queda por sentir.

— Y eso es aún más patético para mí, ¿no crees? —bufó—. Será el karma.

— Sólo acepta salir con ella y cierra la boca, Lupin —gruñó. Estaba decidido a terminar esta conversación cuanto antes e irse con Buckbeak hasta que Remus se fuera—. Nymphadora estará dispuesta a qued…

— ¡Ella no me interesa! —exclamó exasperado, tomando el hombro de Sirius entre su mano con más fuerza de la necesaria—. Ella no —masculló.

Y Sirius entiende aterradoramente fácil. Tú sí. Con el corazón acelerado y las tripas contraídas, Sirius se las arregla para sonreír burlón y negar. Será preso de las jodidas bromas de los astros hasta que se muera, bromas a su costa y sin un pelo de gracia.

— Ahora soy yo el que no tiene nada para tí, Remus. No soy nada de lo que recuerdas. He perdido la gracia, a mi familia y hace mucho que perdí la cordura —murmuró malhumorado. Las cosas son más sencillas cuando no se dicen y todavía hay chance de fingir que no son reales. James lo habría dejado Pero James está muerto—. No queda nada —absolutamente nada del Sirius que recuerdas.

¿No entiende que no lo quiere cerca? No quiere arruinarlo. Es un maldito fugitivo, está loco desde siempre y no tiene más que problemas para Remus, o cualquier persona.

— No serías Sirius si lo tuvieras —respondió ligero, soltando su hombro y recargándose en el marco de la ventana. Y el muy imbécil le sonríe.

— Jodido Lunático —que nunca le da lo que quiere. Sirius está tan cansado de tanta mierda que ya ni siquiera le interesa insultarlo.

Si se detuviera a pensarlo, se daría cuenta que jamás ha sido un insulto.

— Sigues siendo el mismo tipo berrinchudo y caprichoso de siempre, yo todavía puedo leer la ira en tu mirada —se encogió de hombros y ensanchó su sonrisa—, y aún no sabes mentir.

Jodido Lunático, que siempre le da lo que necesita. Y en ese momento necesita que se largue de su vista o que lo bese como quien quiere fundirse. Un Black merece. Pero de ninguna manera, en ninguna vida, podría merecer a Remus. Sirius bufa y niega, volviendo a mirar su reflejo. ¿Qué va a saber Remus? ¡Por supuesto que no sabe! Él no miente, omite verdades y las cuenta a medias.

— Me importa un carajo todo lo que has dicho, Canuto —siguió Remus—. Me prometiste que estarías tanto tiempo conmigo que te suplicaría por dejarme tranquilo. Me reclamaste por… lanzarte a los brazos de una niña. Me llevaste a vivir contigo dos veces. Y me juraste que mi licantropía no importaba. Que no te importaba nada. ¿Por qué ahora sí te importa?

Sirius se queda más quieto que en toda su maldita vida. Él recuerda esas palabras, todas y cada una de ellas. "Me importa un carajo tu licantropía". Sirius se las dijo a Remus minutos antes de hacerle una mamada, ¿por qué mierda le dice esto? ¿Por qué carajo lo quiere?

Quizá Remus entiende la catástrofe que ha causado en Sirius porque lo sostiene por los hombros y continúa murmurando "No me importa" tal como lo hizo él alguna vez. No le recorre el cuerpo mientras lo profesa como él, no, Remus se acerca y deja los labios contra su mejilla. Inofensivos y peligrosos.

— No me importa —declaró. Debe ser una sentencia de muerte, tiene que serlo porque Sirius de verdad siente que se muere: le falta el aire y no siente su cuerpo.

No puede ver los ojos de Remus pero puede sentir su mano subir a su cuello y de pronto sus labios están sobre los suyos. No había ninguna cordura que conservar, Sirius pudo morirse ahí mismo, con el cuerpo rígido pero los labios reconociendo el vaivén desesperado por encima de la tortuosa lentitud.

Como la lentitud no alcanza ni a rozar lo eterno, Sirius tiene que apartarse ahora o no lo hará nunca. Parpadea y le sonríe, no sabe qué logró expresar con su gesto, si alivio, tristeza, cariño, rechazo, sorpresa o a saber qué. Pero Remus sonríe y le acaricia el cuello como si el tiempo no hubiera pasado nunca, y esta vez no hay malas estructuras en interpretaciones.

— De verdad no me importa —sentenció. Sirius sabe que no miente aunque lo esté mirando a los ojos. A él no.

Grimmauld Place se ve menos oscura a pesar de que Remus sólo iba de pasada. Mantiene su ánimo hasta que la estancia parece acusarlo a diario de mentirle a Remus, cada rostro le recuerda que incluso Harry conoce parte de su negra historia, lo justifica diciendo que con él es más sencillo porque su aspecto dice "Sólo dime si estás bien" y sus ojos ofrecen un "Te escucho sin juzgar". Y Remus siempre ha sabido cómo es él. Para cuando su tatarabuelo Phineas le avisa que Arthur está herido y que los Weasley junto con Harry llegarán a Grimmauld Place, su aspecto es deprimente. Consumido.

Logra mantener su rabia a raya porque se supone que él es el adulto a cargo. Se muere por responder a los Weasley, por maldecir la guerra, por salir a buscar respuestas y por poder consolar a alguien, pero no tiene palabras bonitas. En cambio, las palabras bonitas vienen por parte de Molly antes de irse a San Mungo, anunciando que pasarán Navidad ahí para estar más cerca de Arthur. Sirius se siente mejor de inmediato, un poco fuera de la miseria.

Le avisa a Dumbledore lo que Harry le dijo sobre la serpiente, lo hace porque él cree que es importante y ni Harry ni Dumbledore parecen intercambiar palabras. Además, confía en la sensatez de Dumbledore.

Cuando su madre no grita al abrirse la puerta, Sirius está seguro de que es Remus, tanto que ni siquiera baja a comprobarlo hasta veinte minutos más tarde. Estaba en la estancia, mirando un par de pergaminos sobre el escritorio.

— Todos están en San Mungo —saludó. Remus da un respingo y asiente, devolviéndole una mirada de reproche—. Se supone que estabas en… no sé, cualquier otro sitio.

Sirius hizo un ruido de desdén mientras miraba con desgana el tapiz. La estancia no era el sitio idóneo para mantener una conversación con Remus, sentía que todas y cada una de las caras plasmadas se burlaban de él. Cobarde.

— Sí, pero será Navidad y no quiero que estés solo —dijo con simpleza.

— Que considerado —gruñó. Remus se encogió de hombros y dejó los pergaminos. Sirius apenas lo miró de soslayo—. Mi madre debió borrar al tío Alphard después de que me fui —mencionó. Remus elevó una ceja y siguió su mirada.

Después de años, Sirius sigue actuando sin pensar, decide que es una buena idea hacerlo si de verdad quiere ser sincero con Remus. Se ha quedado con él sabiendo que lo engañó, que estuvo en Azkaban, que es un fugitivo y que siempre ha estado demente. ¿Se iría después de contarle todo lo que ocultan las paredes de Grimmauld Place? Ojalá le diga "Lo siento mucho, Canuto", y ya.

— Cuando era pequeño escuché a Orion discutir con el tío Cygnus, decía que mi padre no sería bueno para educarnos a mí y a Regulus; también solía decir que yo estaba fuera de control porque le arrojé algunos peones a Bellatrix —explicó mientras apuntaba los rostros en el tapiz, sin atreverse a mirar a Remus de vuelta—. No entendí a qué se refería con la educación, mi madre me enseñó lo esencial hasta Hogwarts, y… mi padre sólo me enseñó sobre las estrellas.

— ¿Tu padre? —repitió Remus. Sirius asintió sin mirarlo—. ¿Qué hizo para que cambiaras de opinión?

— No somos tan diferentes —masculló, después comenzó a hablar con lentitud—: Hay una puerta al final del pasillo, después de la biblioteca y el salón, mi padre me llevó ahí cuando tenía doce para enseñarme Artes Oscuras. Tenía que hechizar al elfo de su hermana y si me negaba me lanzaba un asqueroso hechizo. ¿Recuerdas la cicatriz que tengo en el brazo? —preguntó sin esperar respuesta— Él me la hizo cuando me negué a hacerle un maleficio. Entonces mi madre comenzó a enseñarme, después de dejarme allí abajo por un tiempo. Ella también me hechizaba y se burlaba de mí. Una vez me dejó ahí en navidad y año nuevo. Se supone que…

— Sirius —interrumpió Remus, poniendo peso extra en su hombro y balanceando el peso de su remordimiento—, ¿por qué me cuentas esto? —preguntó con los ojos muy abiertos. Sirius reconoce la sorpresa, el desconcierto y la duda.

Si le responde "Por que el tapiz se burla de mi" sonaría muy descabellado, pero es la mitad de la verdad. Si no se imaginara la voz de su madre llamándolo "Cobarde" quizá jamás le contaría las historias manchadas en tinta negra de su vida. No puede mentir.

— Porque esto es lo que soy —respondió titubeante—. Porque a lo mejor no tienes ni idea de que esto he sido siempre —Remus hizo amago de interrumpirlo pero Sirius negó, ¿qué tenía que perder? Lo peor que podía pasar es que Remus consiguiera salir del desastre que Sirius arrastraba—. Porque quiero contarte. Quiero que lo sepas.

Remus no vuelve a decir nada, escucha en silencio todos los recuerdos que Azkaban arrastró a la superficie, los que Sirius guarda debajo de la podredumbre, e incluso algunos secretos que debieron morir con él. Y finalmente lo logra. No es consciente de que llora hasta que Remus toma su rostro y le pide que para de hablar. No es liberador, a Sirius le pican los ojos y no respira bien, Remus sonríe y besa su mejilla, deja los labios ahí mientras repite "Está bien, no tenías que decirme nada". Pero la libertad que las lágrimas no le dan, la logran las palabras más negras que sólo una vez pudo relatar a James: su vida.

— No hagas nada estúpido —pidió Remus—. Vendré en Navidad.

Ya no son niños, pero la guerra sigue como en aquellos días, así que Remus sólo puede quedarse hasta que vuelvan a Hogwarts. Cree que regalándole algo útil a Harry juntos puede compensar su ausencia, como en una triste y barata novela muggle. Lo peor es que acepta y se siente menos solo, a pesar de las circunstancias. Las que incluyen a Harry deprimido y a Snape informando que le enseñará Oclumancia. Sirius de verdad está comenzando a poner en duda la sensatez de Dumbledore. Se arrepiente ligeramente de jamás haber puesto atención a las raras indicaciones que alguna vez le dio su padre respecto a la Oclumancia, así él podría ayudar a Harry y no Quejicus.

Grimmauld Place es irreconocible y navideña, Sirius se siente muy bien, quizá porque no está solo, o porque Kreacher no está, o porque Remus se queda con él antes de tener que consolar a Molly por Percy. Sirius aprovecha su ausencia para revisar su vieja mochila, creyendo vagamente que su ánimo lo ayudará a enfrentar el contenido.

No lo hizo.

Está la ropa, los espejos mágicos y la última carta que recibió de Lily. Sirius lee y relee la carta de Lily hasta que se siente miserable de nuevo. "Un fuerte abrazo, Lily".

1996

Supone que todos asumen que su actitud se debe a la inminente soledad que caerá sobre él, de nuevo. No es del todo cierto, pero Sirius no deja que eso opaque su nuevo propósito: cuidar a Harry de Snape, o cualquier otra cosa. Así que le entrega uno de los espejos mágicos que alguna vez usó con James y, de alguna manera, se las arregla para abrazar a Harry sin romperse. "Cuídate Harry". De verdad espera que Harry lo llame, aunque no tenga problemas.

Vuelve a quedarse solo a excepción de las pocas visitas de alguien de la Orden. Y Harry no lo llama. Ni cuando su nombre aparece en El Profeta junto con la fuga de Bellatrix, quien aparece es Tonks, distraída y habitualmente torpe, alcanzando a mencionar las especulaciones que lo culpan por la fuga antes de preguntar atropelladamente:

— ¿Sabes cuándo volverá Remus? Su cumpleaños será pronto, y tenemos un par de guardias, pero…

— Le gusta el chocolate y los libros —mencionó burlón, Tonks lo observó de inmediato con ojos brillantes—. Es algo tonto, pero le agradas.

— ¿De verdad lo crees? —preguntó sonriente, casi subiéndose a la mesa y volcando una cerveza en el intento.

— Quizá si… —Sirius tiene que forzar a pensar en todas las razones por las que Remus no debe estar con él, se obliga a ocultar momentáneamente los besos y almohadas compartidas después de Azkaban, y con todo esa decisión consigue terminar—: Quizá si le provocas celos él se dé cuenta de que siente algo por tí. No podemos hacer nada con tu… habilidad, así que esa es tu mejor carta.

Sirius jamás vio a Tonks tan entusiasmada y jamás consiguió devolverle su efusivo abrazo. No sabe ni por qué se sorprende de sentirse tan miserable cada día más, pero… en el fondo sabe que es lo correcto. Remus ya se oculta lo suficiente siendo un hombre lobo como para añadirle la compañía de un fugitivo a la lista.

Confía en que no se equivoca y simplemente espera que todo llegue.

Harry no lo llama para la orientación académica, Sirius no se molesta porque él no lo habló con nadie nunca, ¡pero tampoco llama para alertar la destitución de Dumbledore! Y cuando a Harry finalmente le da por hablar se lo avisa Remus, entre sorprendido y preocupado, diciendo que Harry está en la chimenea. Lo peor de todo es que Harry no es el del problema, sino James.

— Sólo tenía quince años… —intentó Remus, pero Harry debate y Sirius sabe que la edad no es buen argumento porque James tenía dieciséis, y él mismo hizo peores cosas por aquel año.

— No me enorgullezco de ello —pero tampoco lo sentía, y Remus lo sabe.

— Se despeinaba el pelo continuamente —insistió Harry.

Sirius no necesita más detalles para volver a saborear ese día. Puede ver a James alardeando con la snitch, ¡já! Si supiera que Harry es un verdadero buscador. Lo ve hacer el ridículo con Lily, recuerda no decir nada al escuchar a Snape diciendo "Sangre sucia", escucha a Lunático pidiendo que estudie con él, los aplausos de Peter y…

— ¿Como puede ser que mi madre se casara con él? ¡Lo odiaba! —exclamó completamente escandalizado. Sirius le responde por reflejo—: No, no lo odiaba.

No pudo hacerlo. James era tan imposible como Lily, habría sido una aberración del destino, los astros o cualquier Dios que ellos no estuvieran juntos. Hasta la muerte.

Harry parece entender que su padre no fue un idiota todo el tiempo que su madre no lo odiaba, pero eso pasa a segundo plano cuando les cuenta con alivio que Snape ha dejado de darle clases de Oclumancia. Ni él ni Remus se aparecen por Hogwarts para obligar a Snape a que enseñe a Harry, todo es muy arriesgado, así que confían en que Harry lo hará.

De todas maneras Sirius mantiene el espejo cerca, por si Harry lo llama preguntando por algún TIMO o por James, pero su reflejo siempre le devuelve la mirada. La siguiente vez que Remus va a Grimmauld Place Sirius se atreve a revelar sus pensamientos.

— Harry no me necesita —sentenció. Remus se atragantó con su té y lo observó ceñudo.

— Te está afectando la humedad.

— No, no, escúchame —pidió con atipica seriedad, dejando de lado su aspecto meditabundo—. Él no necesita alguien como yo a su lado, Remus. Él necesita a James y Lily, ellos lo cuidarían como es debido, le hablarían de esas idioteces del colegio y Harry jamás dudaría de ellos.

— Sirius…

— Incluso alguien como tú estaría bien, Remus —continuó—, pero ¿yo? Sigo sin saber qué carajo pensaban James y Lily al nombrarme su padrino.

— Ellos sabían que estarías para Harry a pesar de todo, Canuto —intervino Remus—. Por encima de todos. Ellos sabían cuánto quieres a Harry y lo mucho que él te querría a tí. Harry te necesita.

— Lo sé —respondió con pesar—. Sólo… no creo ser la persona que él espera o que…

— Nadie lo es —interrumpió—, si Harry supiera cómo eran las cosas antes, no esperaría esto.

De alguna manera Sirius sabe que se refiere a sí mismo, y siente la obligación de corregirlo.

— Harry te quiere —dijo obvio. Remus sonrió y asintió—. De verdad, Remus. No eres sólo su profesor o lo que sea, él confía en tí.

— Lo sé —imitó. Sirius resopló y recibió un tirón de cabello como respuesta.

No sabía si Remus seguía escuchando sus silencios, y pobre de él si lo hacía porque quedaría sordo tarde o temprano. Lo cierto es que habían llegado a un punto donde no era necesario ningún susurro, mirada, tinta o gesto. Sirius contaba con Remus. Tenían una guerra encima, pero sabía que no era como la última vez; ahora no son niños y de nuevo todo parece depender de ellos, excepto que esta vez tienen personas a las cuales cuidar en nombre de las que no están.

Sus pensamientos acerca de Harry en Grimmauld Place lo llevan a hacer algo insólito que sólo vio a Walburga hacer una vez: su testamento, donde obviamente todo es para Harry. Sabe que Grimmauld Place no es un sitio que se quiera recibir, pero si en algún momento lo vuelven a capturar… sería prudente que todo sea de Harry y no de algún otro estirado salido de Azkaban.

— ¿Qué mier...? —preguntó Remus, evidentemente alterado por el título de la hoja—. ¿Sabes que eso es de mal augurio?

— Por favor, Lunático, soy un perro maldito la mitad del tiempo —bufó—. Un Grim que, según el libro de Adivinación, ya es de por sí un augurio de muerte.

— Nuestras conversaciones me están preocupando, Canuto —murmuró. Sirius resopló y le restó importancia con un ademán.

— Sólo es un testamento. Aprovecha y pídeme lo que quieras —masculló risueño, Remus rió con la garganta y negó—, procura que lo tenga, ¿quieres?

— Así estoy bien, pero gracias —respondió. Sirius se permite observar su sonrisa hasta que Tonks arriba en la casa y enloquece a su madre con los estropicios que deja a su paso—. Iré yo.

— Por supuesto que sí —murmuró.

Después de otro tiempo solo, encerrado con sus propios recuerdos, memorias no tan propias y más ojitos brillantes de Tonks, Sirius está dispuesto a dejar a Remus. Las probabilidades de que lo atrapen son las mismas, pero si llegara a ocurrir, porque Sirius se ve tentado a escapar en cuanto escucha las maldiciones de Kreacher, sería reconfortante saber que Remus puede seguir con alguien más. De preferencia cuerdo. Y se le ocurre que Remus de verdad puede dejar pasar la torpeza si se concentra en otras cualidades.

Kreacher es menos insoportable que otros años, Sirius se imagina que es porque está oculto y no tiene que verlo todo el tiempo; sin embargo, cuando escucha el ajetreo de Buckbeak hasta la cocina, le grita a Kreacher por reflejo. El elfo no contesta, Sirius no insiste y sube con el hipogrifo. Intenta curar la pata sangrante de Buckbeak mientras recuerda un par de clases de Cuidado de Criaturas Mágicas.

Los chillidos de su madre le indican que ha llegado alguien y las ruidosas pisadas que llegó más de una persona.

— ¡Sirius! —lo llamaron varias voces. Sirius baja lanzando bufidos, pero al ver el rostro de todos y una pequeña bola plateada atravesar la puerta, sabe que todo va mal.

— ¿Qué ocurrió? —preguntó a pesar de no querer saber la respuesta. Ninguno alcanza a decir algo antes de que la bola plateada vuelva y deje escapar la voz de Snape—: Harry Potter ha ido al Departamento de Misterios, cree que Black está ahí. Dumbledore llegará en cualquier momento. Black, quédate y explícale lo que ha ocurrido.

No. De ninguna manera.

— Iré con ustedes —les advirtió— ¡Kreacher! —llamó desesperado. Subió a la habitación de su madre y recuperó su varita, Kreacher lo esperaba junto a la puerta—. Saldré —le repitió con prisa lo que había dicho Snape, dándole instrucciones de contarle a Dumbledore—, ¿entendiste?

Kreacher se reverenció con exageración y masculló maldiciones con sonrisas maliciosas. Sirius no tenía tiempo para preocuparse por el elfo chiflado, tenía que ir por Harry, no podía perderlo.

— Sirius —habló Remus en el rellano. Todos ya estaban saliendo de la casa ¡y Remus no lo dejaba pasar!

Iría por Harry, iría por él al Ministerio, el mismo Ministerio que lo creía culpable desde hace catorce años. Si… todo podría salir mal, pero no se quedaría ahí para averiguarlo, tenía que ayudar a Harry, tenía que sacarlo de ahí antes de que lo atraparan.

— Necesito pedirte un último favor, Remus —habló con urgencia. Remus subió un escalón y lo observó con las cejas elevadas—. Si… si el Ministerio me atrapa… no vayas por mí, tienes que quedarte con Harry, ¿comprendes?

— No, no lo hago —respondió con brusquedad.

— Si vas detrás de mí creerán que eres mi cómplice y… —no podré hacer nada— Azkaban no es un lugar para tí —suspiró con resignación. Remus lo mira por segundos que le parecen eternos, puede verlo, pero también recuerda los lamentos de Hagrid y el cadáver de James. Harry no puede morir.

— Canuto…

— Sólo déjame, Lunático —pidió con desesperación. Remus gruñe y acepta.

Minutos después está más que agradecido por haberlo pedido porque todo es un caos. Hay puertas, gritos, nombres, hechizos, varitas, rostros, máscaras, más nombres y Harry. No se detiene a observar el Ministerio, le cosquillean los dedos por comenzar a hacer hechizos.

Sirius había estado tanto tiempo haciendo nada que pensó dos cosas mientras bajaba hacia los mortifagos: o haría un duelo fantástico, o lo haría fatal por no haber tenido ningún duelo. La realidad fue que no tuvo tiempo de analizar su duelo, lanzaba hechizo tras hechizo sin notar su entorno, hasta que dejó de ver a Harry se detuvo. Sirius no espera a hechizar a Dolohov, lo empuja sin magia y cuando está lejos de Harry comienza a pelear otra vez. Pero Harry es como James y le ayuda a detener al mortífago. Decide que ese es el momento de saldar una deuda.

— Ahora quiero que salgas… —pero un haz de luz no lo deja terminar. Sirius siente tanto a la vez, no tiene tiempo, su cabeza está como debajo del agua y no quiere ver el cadáver de Harry, de nadie.

Ve a Tonks caer y escucha el grito de Bellatrix. Piensa rápido. No es familia. Tiene que detenerla. Piensa rápido. Él está perdido, está en el Ministerio y es un supuesto asesino. Se acabó para él. Piensa rápido: brilla. Remus no irá tras él. Remus puede seguir. Brilla, piensa. Remus puede seguir con Tonks. Brillante. "Tú sí". Seguirá sin él. Brilla, brilla. Remus conoce a Harry. Cuidará de él. Brilla rápido. Y Sirius seguirá solo, como siempre debió ser. Siempre Black.

— ¡Harry, sujeta bien la profecía, toma a Neville y corre! —gritó antes de correr con Bellatrix. Siempre Black. No. Siempre Sirius.

Sirius y Bellatrix pelean hasta llegar a tarima, siempre Black, llamando la atención, siendo todo o nada. Hechizos , maleficios y encantamientos no verbales, bien aprendidos e inculcados por Black. No es familia. La familia no pelea, no te expulsa, no te reniega, no te humilla, no te aparta, no te manipula. Él no es familia.

Le sorprende llegar a tal conclusión tan tarde y en aquel lugar, sin embargo, no desprecia el pensamiento. Pelea con más entusiasmo, con su arrogancia. Después de Black no había nada, pero él siempre ha sido Sirius Black y lo es todo porque quiso. Siempre Sirius Black.

El sepulcral silencio que los envuelve llega junto con un súbito recuerdo de hace más de dos décadas, la palabra clave resuena en su cabeza junto cuando esquiva el rayo de Bellatrix: "Secreto". El resto ya lo conoce. "No tienes ningún derecho a decir nada, tú ni siquiera tienes varita", "Y aún así te superé, Bellatrix, con pura magia accidental". "Alguna vez podrás hacerlo mejor", bueno, esta era su oportunidad.

— ¡Vamos, tú sabes hacerlo mejor! —le gritó conservando su sonrisa. Bellatrix tenía que entender, ella debía conservar rabia por él desde hace años. Ella sabría a qué se refiere.

Lo hace, ella entiende. Sirius lo sabe cuando siente un golpe en su pecho, como si le hubiera dado una patada. No puede creerlo, lo hizo.

Sirius no distingue nada, ve manchas oscuras por todas partes mientras deja de sentir el suelo; escucha susurros inentendibles cada vez más cerca y comienza a sentir como si un fantasma lo hubiera atravesado: frío y húmedo. ¿Qué?

Es tan dramático como sólo Sirius puede hacerlo ver.

En instantes Sirius logra comprender que la espera acabó, está a punto de morir.

En otro par de instantes siente que tiene todo el tiempo que quiera, incluso parece que puede ordenar lo que piensa. Recuerda a Harry y se permite sentir miedo, ¿qué será de Harry sin él? La respuesta le llega inmediatamente: Remus. Recuerda hablar con él de Harry antes de irse y mucho antes de eso. "Harry te quiere". Confía en que Remus estará ahí para Harry, en que ambos estarán bien sin él, en que la guerra no será como la última vez y en que saldrán de ahí. Eso es todo lo que piensa, en su familia viva.

No le pide a los astros que las deidades tengan razón y exista un paraíso, porque de alguna manera sabe que irá con el resto de su familia. Eso es todo lo que importa: volverá donde él es familia y siempre ha sido libre de ser Sirius Black.

No gasta sus últimos instantes pensando en los Black, o en Kreacher, o en Grimmauld Place, o en la Orden, o en hechizos, o en las estrellas, o en San Valentín, o en Quidditch o en algo. No piensa, nunca lo hizo, nunca quiso hacerlo, ése no es él.

Sirius simplemente explota y desaparece.

1998

Puede que sea una coincidencia que la leyenda que Sirius le contó a James hace dieciocho años sea cierta, y que Harry los espere con una snitch grabada en la mano es impresionante. Pero la realidad es que fue sólo una leyenda. Harry es un buscador y los ha encontrado a ellos, eso basta y tiene sentido.

Es oportuno que Sirius conteste las preguntas que a Harry se le antojan infantiles, él entiende. "¿Si duele morir? No, en absoluto. Es más fácil y más rápido que quedarse dormido". "Somos parte de ti. Los demás no pueden vernos".

Si Harry sigue adelante podrán estar juntos, pero Harry puede elegir a dónde ir. Ellos… ellos lo esperarían.

Lo acompañan hasta el final, como debió ser desde el inicio. Y finalmente Harry decide volver.

Sería imposible medir su orgullo, tan imposible como medir el tiempo, o la vida de una estrella brillante.

TIEMPO

Su realidad es que no hay nadie más: sólo existe una vida y es completamente suya. En alguna parte puede decidir irse completamente, o dejar una parte de él.

Simplemente se deja llevar hasta que siente, escucha y, de alguna manera, sabe que no está solo. Lo mejor de todo es que cree saber con quién está. Después ve. Sirius podría explotar.

El tiempo se vuelve irreal, o falso. Simplemente nada pasó y a la vez lo hizo, pero ya no importa. Sirius es feliz, joven y completo. Todos hablan y los relojes se derriten hasta que sus pies disfrutan de la arena y no al revés.

No hay tintas ni deudas, relojes o mares, ni siquiera cordura o locura. Solo existen ellos: familia.

[El mundo jamás merecería a Sirius porque la vida le debía a él.

Quizá por eso al final el mundo no tuvo su cuerpo. Porque ni siquiera eso merecía quedarse.

Sirius brilló más allá de sí mismo y más allá de la vida porque siempre estuvo destinado a la grandeza.

Una grandeza digna de la estrella más brillante en el cielo más oscuro.

Siempre Sirius Black].

Fin.