El premio.

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Capítulo I

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Kazuto nunca supo que fue lo que lo golpeó

En un momento, el general estaba secándose el sudor de la frente con la manga de su oscuro uniforme, fruto del viaje agotador, o quizás del clima que azotaba la tierra, nunca lo supo, al minuto siguiente, se encontraba tendido de espaldas en suelo levantando una nube de polvo a su alrededor.

Asuna lo había derribado con tal facilidad que parecía increíble de creer. Literalmente.

La joven había observado toda la situación desde su escondite, esperado con paciencia a que él se quitara el casco. Luego, había dibujado un círculo muy alto por encima de su cabeza, con la fina tela de cuero. La pequeña piedra que particularmente escogió, se encontraba en el centro de la improvisada honda y había cobrado tanta velocidad que era imposible seguirla a simple vista. El sonido que emitió el cuero al cortar el aire, fue similar al rugido de una bestia en agonía. Sin embargo, su objetivo estaba muy alejado como para oír el fúnebre silbido, pues ella se hallaba oculta en las sombras huidizas del sendero, en lo alto del paredón que cubría su hogar, mientras que él estaba mucho más abajo, junto a la base del puente levadizo de madera a unos treinta metros, según sus cálculos.

El soberbio general del Dark Territory resultó ser un blanco muy sencillo; con su pomposa armadura negra y su aspecto imponente era dificil no verlo desde esa altura, la claridad que lo rodeaba lo ponía en evidencia con una facilidad sorpendente. ¡Si hasta parecía que las diosas se lo habían ofrecido en bandeja!. El hecho de que también fuera el líder de los infieles, que trataban de robar las posesiones de su familia había endulzado su concentración. En su mente, aquel hombre se había convertido en Goliat.

Mientras que ella, Asuna, era David.

Pero a diferencia del Santo héroe de la antigua leyenda, no tenía intenciones de matarlo. De haber sido ese su objetivo, hubiera apuntado directo a su sien. No, Asuna solo quería golpearlo y por esa razón habia escogido pegarle en la frente. Tal vez le había ocasionado una herida que tardaría algunos días en cicatrizar. Pero estaba bien, sería una especie de recordatorio por la atrocidad que acababa de cometer tras ese lúgubre día de la victoria.

Los infieles del Dark Territory estaban ganando esa batalla. En una hora, o quizás dos, irrumpirían dentro del castillo y reclamarían como propia aquella fortaleza. Su hogar.

Asuna comprendía que eso era inevitable. Los pocos soldados de Centoria que quedaban vivos, se encontraban en una desfavorable desigualdad numérica contra los uniformados vestidos de negro. La única alternativa lógica que les quedaba era emprender la retirada. Sí, era ineludible, pero no declararía la derrota sin dar su propia última batalla.

Ese general vestido en sombras era el cuatro hombre que Iskahn, gobernante del territorio enemigo, le había enviado como reto, durante las ultimas tres semanas para apoderarse de su fortaleza.

Los tres primeros lucharon como niños, recordaba a uno en especifico, de rostro de querubín y cabello ligeramente largo, se había pavoneado ante ella exhibiendo sus logros ante la larga eperiencia miliat que poseía... Asuna, simplemente tomó una flecha de su aljaba y lo envió de vuelta a Obsidian con la flecha clavada en el trasero. Y al parecer sus soldados eran igual de ineptos que él, pues salieron huyendo tras su señor bañados en vergüenza.

Pero este militar que acababa de derribar era distinto. Al parecer no se entregaría porque sí. Muy pronto fue evidente que tenía más carácter que sus predecesores. Ciertamente, parecía mucho más astuto, y paciente también. Los soldados que tenía bajo su mando resultaron ser tan inexpertos como los que habían venido antes, pero el líder supo mantenerlos disciplinados en sus puestos, hora tras hora en lo que la batalla arreciaba.

Al finalizar el día, el saldo no sería nada desfavorable para los enemigos, pues se harían acreedores de la victoria.

Sin embargo, su jefe estaría un poco mareado a la hora de disfrutar del triunfo. Asuna se había encargado con toda deliberación de eso. Sonreía maliciosamente cuando le disparó la piedra.

Kazuto abandonó su corcel cuando el calor del día se volvió sofocante. Acostumbrado a que en sus frías tierras no se conocía el calor del astro rey, aquel clima tórrido le resultaba agobiante. Sumado a la pesada armadura que portaba protegiendo su cuerpo, sentía el sudor recorriendo su espalda en oleadas y eso lo tenía incómodo.

Además de la bendición de una tierra verde y fértil, Centoria contaba con los cálidos rayos de Solus que podían generar vida a todo lo que tocaba. Stacia había llenado de dones y gracia a toda esa parte del imperio humano. Obsidian en cambio, era un territorio frío y hostil, ubicado al sur de la tierra entre colinas altas y oscuras. Tierras negras e infértiles, cielos que nunca se despejaban... razón de que los suelos fueran áridos y sus habitantes poseyeran la piel pálida como la nieve. Los soldados, no estaban acostumbrados a climas tan extremos, y pese a la larga jornada, algunos apenas podían resistir la humedad asfixiante de esas horas. Su propio mejor amigo, Eugeo, quien le sucedía en el mando temporalmente, estaba dando tumbos debido al calor. Había sido mala idea atacar a campo abierto. Era cierto que eran militares, pero él era el general y su escuadrón se conformaba de soldados que apenas estaban dejando de ser niños. De alguna forma se sentia responsable por ellos.

Fue entonces, tras analizar el panorama, que Kazuto decidió quitarse el casco para limparse el sudor de la frente, pues la humedad del cuero cabelludo le producía picazón, cuando le alcanzó la pedrada.

Cayó pesadamente de espaldas, yendo a parar a una distancia bastante considerable de su caballo. Su estado de inconsciencia no fue muy prolongado. El polvo todavía se materializaba en el aire cuando abrió los ojos, desorientado de lo que había pasado. Sus soldados corrían a él, a gritos, para ayudarle.

El joven general rechazó la ayuda, se sentó y sacudió la cabeza para librarse del dolor y la turbación que lo rodeaba. Durante uno o dos minutos no pudo recordar dónde demonios estaba. Al parecer, un hilo de sangre manaba de un corte que tenía en la frente, encima del párpado derecho. Se tocó los bordes de la herida con los dedos, llegando a la conclusión de que le faltaba un buen trozo de piel. Tenía la zona adormecida y realmente no le dolía. Aunque sus subordinados parecían asustados. No entendía que le había golpeado, por el tamaño de la herida supo que no se trataba de una flecha. Pero mierda, sentía que la cabeza le quemaba como fuego.

Kazuto ignoró el dolor y se concentró en la ardua tarea de ponerse de pie sin ayuda. La furia lo abrumó cuando notó que seguía tambaleándose. Juró por las tres diosas que encontraría al bastardo que lo había derribado y que le daría su merecido.

Esa idea pareció levantar considerablemente su ánimo.

Aceptó el gesto de su escudero, un muchacho joven con rostro de niño, quien le acercó las riendas de su cabello. Montó con dignididad, y dirigió su mirada de acero a lo alto de la muralla que rodeaba aquella fortaleza. ¿Su enemigo le habría disparado desde allí? La distancia era demasiado grande para alcanzar a ver la sombra de una amenaza. Había sido un movimiento audaz por parte del adversario.

Volvió a colocarse el casco y ordenó que organizaran una hilera de quince o veinte soldados que escalaran aquel maldito paredón y que cortaran las cuerdas del puente levadizo.

Eugeo estaba a su lado, limpiándose las salpicaduras de sangre de las mejillas, cuando el puente cayó estrepitosamente ante ellos. La expresión del rubio caballero era de agobio total. Kazuto quiso reír, pero muy pronto recordó que su aspecto tampoco debía ser el mejor y sería como hacer mofa de sí mismo. Tironeó las riendas y fue el primero en cruzar las tablas de madera al interior de la fortaleza, con el filo de su hermosa espada negra en alto. Aunque en realidad no hubo necesidad de que hiciera eso; no había enemigos esperándole. Tanto el patio inferior como el superior estaban desiertos.

Sus hombres inspeccionaron minuciosamente las barracas y los edificios aledaños, pero no hallaron ni un solo soldado de Centoria. Kazuto se dio cuenta que el enemigo había abandonado la fortaleza por algún pasadizo secreto, y le ladró a otro grupo de subordinados que inspeccionaran toda la muralla a lo alto y a lo ancho hasta que localizaran esa salida. Entre dientes gruñó que cuando la hallaran, él mismo se encargaría de cerrarla.

Pocos minutos después y en medio de la algarabía general de saberse vencedores, los soldados del Dark territory declararon que el corazón de Centoria le pertenecía a Iskahn, y enarbolaron una bandera negra en el mastil del murallón. El fúnebre estandarte flameó furioso bajo el cielo azul de la tarde. Era el emblema del escuadrón de Kazuto, y sus hombres estaban orgullosos de ser ellos, quienes conquistaron tan dificil misión.

Sin embargo Kazuto apenas había cumplido una pequeña parte del encargo de su señor. Todavía tenía que encontrar al Premio y llevarla consigo a Obsidian.

Sí. por fin había llegado la hora de capturar a Lady Asuna.

Luego de una intensa búsqueda adentro de las instalaciones de la fortaleza madre de Centoria, se hallaron algunos sirvientes entrados en años que por su condición no pudieron escapar. Los agruparon a todos y los llevaron a la rastra al patio inferior para que el nuevo señor los interrogara.

Eugeo sostenía a un hombre algo regordete que parecía reacio a obedecer, de barba y cabello pelirrojo, oponía resistencia mientras el rubio militar lo zarandeaba de un lado al otro.

—Este es el mayordomo, Kazuto. Se llama Godfrey, él fue quien le contó al baron Eldrie todo sobre la familia Yuuki.

—Yo no he hablado con nigún sucio enemigo del Dark Territory —escupió el prisionero.

—Oh sí que has hablado con Eldrie —insistió el joven, dándole un tirón que casi le despojó de la túnica –Él fue el anterior caballero a quien se le encomendó la misión de tomar este castillo y capturar el premio. Si fuera tú no mentiría.

—¿Ese fue el joven bonito que se fue con la flecha clavada en el trasero? —aventuró conteniendo una risita malintencionada.

Sin duda, el sirviente estaba probando la paciencia del nuevo amo del castillo. Tenía agallas para burlarse del enemigo en sus propias narices. Kazuto debía reconocer que ese arrebato de valentía no le desagradaba del todo. Por otro lado, que mencionara la humillación de Eldrie, quien también era su amigo, lo puso furioso. Tomó al hombre del cuello y lo obligó a volverse. Cuando los ojos castaños del sirviente encontraron la monstruosa estampa del militar, casi se tambaleó. Posiblemente no representaba un espectaculo muy agradable con su uniforme negro, manchado de barro, sangre y sudor.

—¿Qué decías? —le ladró de tal forma, que las piernas del mayordomo chocaron una contra la otra.

Cayó de rodillas al suelo, y de un gesto mínimo, Eugeo había vuelto a ponerlo de pie —Responde la pregunta de tu señor —agregó.

—U-Una de las gemelas está dentro de la fortaleza —musitó sin mirarle —Está rezando en la capilla.

—¿Gemelas? —preguntó Kazuto, observando a Eugeo de reojo.

—La mayoría de los sirvientes ha aseverado que son dos hermanas. Una es una santa dedicada a servir al mundo, y la otra es una pecadora, dedicada a causarnos problemas.

El general decidió ignorar esa acotación y cotempló al prisionero, quien se encogió sobre sí mismo —La hermana Erika ha pedido que trasladasen el altar a una de las habitaciones inferiores, para que pudiera hacer sus rezos, señor —Kazuto no mencionó palabra, seguía mirando fijamente al pobre hombre que había empezado a retorcer sus manos —La hermana Erika ha quedado atrapada en esta guerra entre Centoria y el Dark Territory. Ella es inocente, solo desea volver al abrigo de la Axiom Church.

—Quiero a la otra hermana.

Eugeo zamarreó al hombrecillo al ver que volvía a quedarse en silencio.

—La otra se llama Asuna —respondió con voz estrangulada. Inhaló profundamente antes de proseguir —Ella ha escapado, señor.

Kazuto volvió a quedarse callado, sin despegar los ojos del rostro del sirviente. Eugeo, al parecer, no poseía la virtud del silencio como su amigo; tironeó la túnica del hombre.

—¿Cómo es posible que se haya marchado? ¿Por dónde?

—Hay muchos pasadizos secretos ocultos en las paredes de esta fortaleza —confesó Gordfrey —¿Acaso no se han dado cuenta que no había ningún soldado cuando cruzaron el puente levadizo? Lady Asuna se ha marchado con los hombres de su hermano hace más de dos horas.

Kazuto no le respondió, pero murmuró por lo bajo hacia Eugeo, sin preocuparse de que el sirviente le oyera también —Llévalo con los demás, y ocúpate en alimentarlos. Voy a revisar el interior de la fortaleza.

Tomando a su escudero consigo, y tras la señal afirmativa del rubio, cruzó el patio y se adentró en las instalaciones. El primer piso del castillo estaba cubierto de grava y había basura por doquier. La larga mesa en el centro del salón estaba tumbada y los bancos habian sido destruidos.

La escalera que conducía a los aposentos superiores aún estaba intacta, aunque los peldaños crujían peligrosamente tras sus pasos. El segundo piso se hallaba en una situación tan penosa como el primero. El suelo estaba destruido en su totalidad, y había un hueco gigante en el centro del muro del fondo. Con el clima tórrido proporcionaba una ventilación deliciosa, aunque en invierno no sería del todo favorable. Las aberturas no tenían vidrios y los cortinados parecían remedos de un lujo anterior.

Renri, su escudero, le pisaba los talones, y soltaba exclamaciones de asombro ante el desastre que se alzaba ante sus ojos.

—¿Por esto hemos luchado tanto?

—Que su apariencia no te engañe —le respondió el general viéndole por encima de su hombro —A pesar de todo, es una fortaleza hermosa. Con los arreglos necesarios, mucha gente de Obsidian podrá vivir aquí y disfrutar de las bendiciones que Centoria poseé.

El muchacho asintió. A pesar de todo, los muros estaban pintados con cal, los techos construidos con piedras blancas y lisas, lo que ocasionaba una luminosidad especial. Aun en medio de ese desorden, se reconocían las raíces ricas de los habitantes de una fortaleza que nunca tuvieron una carencia economica.

La primera habitación en el pasillo tenía la puerta bloqueada, así que Kazuto simplemente la abrió de una patada. Metió la cabeza bajo el dintel y entró. Resultó ser una recamara bastante pequeña. Habia una hilera de velas encendidas en una mesa y a excepción de la criada de coletas que temblaba de miedo, acurrucada en una esquina, no había nadie más.

—¿A quien pertenece esta recamara? —preguntó amablemente para no asustar a la niña.

—A lady Asuna...

Kazuto se tomó el tiempo de estudiar la estancia. Le llamó la atención el estilo austero y el orden que allí reinaba. Una cama pequeña, un armario simple, una mesa y una silla junto a una chimenea. Nada más. Le parecía extraño, conocía muchas mujeres de alto estatus social y sabía por experiencia lo acumuladoras y vanidosas que podían llegar a ser. Su propia hermana era una criatura muy presumida y constantemente estaba adquiriendo lujos para sí.

No había prendas colgadas en el armario cuyas puertas estaban abiertas de par en par, así que no podía asegurar cual sería el tamaño de la mujer. Soltando un suspiro se dispuso a salir, ignorando a su vasallo que parecía muy encandilado por la sirvienta. La segunda habitación también se encontraba cerrada, pero antes de que pudiera abrirla de una patada, escuchó como le quitaban el cerrojo.

Una joven doncella abrió la puerta. Era una muchacha bonita, de cabello castaño claro y el rostro cubierto de pecas. Se inclinó ante él, disfrazando el terror que sentía, pese a que sus manos temblaban sin parar. No llegó a hacer la reverencia completa, pero Kazuto decidió no asustarle.

Empero, la chica alzó la vista, lo contempló y esgrimiendo un grito, salió corriendo en dirección contraria. Kazuto dudó por un momento sino hubiera sido mejor asearse un poco, antes de ir a buscar a la monja. El aspecto que debía tener tras la batalla debía ser horrible, y olería como diablos también. En todo caso, ya era tarde. Dejaría el aseo para luego, cuando se hiciera del odioso premio.

La enorme habitación estaba completamente iluminada por los candelabros. Un altar de madera había sido colocado frente a la chimenea. Sobre el suelo, frente al sagrado mueble, se erigían dos reclinatorios con asientos de cuero.

Kazuto vio a la monja de inmediato. Estaba arrodillada, con la cabeza baja mientras pronunciaba sus oraciones y las manos sujetas a un grueso crucifjo que colgaba de su cuello. Estaba vestida de blanco, desde la cofia que le ocultaba el cabello, hasta los pies, los que no se veían.

Entró, no sin antes hacer una ligera genuflexión en dirección al altar. Hizo ruido con sus botas esperando que ella notara su presencia, pero la religiosa siguió orando con denuedo. Sus labios apenas dejaban escapar algunas palabras sueltas.

—Hermana Erika —la doncella pecosa tocó el hombro de la monja —El lider del Dark Territory está aquí, ¿nos rendimos ahora?

La pregunta le pareció tan ridícula, que Kazuto casi estalló en carcajadas. Se recompuso como pudo y atravesó la distancia en dirección a las dos mujeres. Los ojos de la doncella se hicieron enormes cuando le miró a la cara, sin embargo se mantuvo estoica junto a su señora, esperando que acabara sus plegarias. Desde esa posición, el general veía el perfil sereno de la religiosa.. Finalmente, ella cesó sus oraciones y se puso de pie. No era una mujer muy alta. El hábito que la cubria evitaba que se hiciera una imegen mental de ella, aunque tenía manos pequeñas denunciando que todavía era muy joven.

Seguía aferrándose al crucifijo que colgaba de su cuello cuando se acercó a él, a paso suave, con el mentón pegado al pecho. A diferencia de su criada que temblaba de terror, la hermana Erika no demostraba miedo, se detuvo a pocos pasos y levantó la cabeza, encontrando por fin la atención del general.

Kazuto tuvo la repentina idea de pellizcarse para recordar donde se encontraba. Al segundo que su mirada acerada atrapó los ojos de la monja, todo a su alrededor pareció perderse en una mancha negra, mientras aquellas pupilas semejantes a dos soles lo eclipsaban dejándolo lelo.

Era el rostro de un ángel. O posiblemente de alguna de las diosas. Era creencia popular que Stacia, siendo la diosa de la creación, era la personificación de la belleza misma... En la aturdida mente del soldado, así debía lucir la divinidad si tuviera rostro humano: cutis blanco de porcelana, nariz pequeña, ojos color ocaso, cejas pelirrojas, arquedas en forma de medialuna sobre aquellas pupilas maravillosas... y labios turgentes, teñidos del color de la grana.

Para su bochorno, su cuerpo estaba reaccionando vilmente ante la presencia femenina, hecho que le molestó sobremanera. Su repentina falta de disciplina le asombró... pues no hacía mucho que había yacido junto a una mujer. No cosideraba normal que sus sentidos se exaltaran de esa forma. El suspiro amortiguado que oyó detrás, le demostraba a las claras que Renri estaba sufriendo la misma experiencia frente a aquella mujer tan hermosa. Kazuto lo contempló por encima de su hombro, dirigiéndole una mirada represiva, antes de centrar su atención en la monja.

Erika estaba consagrada a la santa iglesia, no era un objeto de deseo. Debería recordar eso y apartar la mirada. Pero no podía hacerlo. Se obligó a recordar que aunque se encontraba en territorio extranjero, en su pueblo también rendían pleitesía a las diosas, aunque pareciera que ellas les habían olvidado. Les debía respeto, a ellas y a sus representantes en la tierra. Con eso en mente, exhaló un suspiro.

—Luce cansado, señor. ¿Le han ofrecido un poco de agua fresca? Estoy segura de que mi hermana habrá dejado algo en las depensas para usted y sus hombres —murmuró con suavidad, hasta con ternura, sin dejar de mirarlo.

Kazuto se sorprendió de que esa cristalina mirada de miel no mostrara miedo. Se veía repuesta y segura. A pesar de su servicio al clero, denotaba una personalidad suave y amorosa, ocupada en atender a los demás.

—¿Su hermana se le parece mucho?

La pregunta sorprendió al militar, quien se alejó algunos pasos para ver a su subordinado quien había hablado. La monja también lo contempló, parecía como si lo estuviera midiendo mentalmente; su mirada era intensa, imperturbable. Kazuto notó que Renri se había puesto tan rojo al darse cuenta que era objeto de estudio de la hermosa dama, que no pudo mantenerle la mirada por mucho tiempo.

—Asuna y yo somos identicas fisicamente —respondió —Muchos ni siquiera pueden diferenciarnos. Sin embargo, nuestras personalidades son como el día y la noche. Debido a mi naturaleza, tengo la disposición de aceptar las cosas que ocurren a nuestro alrededor como designio de nuestras diosas y protectoras, pero mi hermana no tiene esa facultad. Asuna ha jurado morir antes que entregarse a los soldados del Dark Territory. Ella cree que es solo cuestión de tiempo para que las fuerzas enemigas retrocedan y vuelvan a Obsidian. Yo sé que mi hermana es un poco audaz, y realmente temo por su seguridad —finalizó compungida. De pronto notó que Kazuto no había hablado aun —¿Señor?

—Tiene mi palabra que a su hermana no le ourrirá nada —dijo por fin —Y estoy bien. Agradezco su preocupación.

La religiosa esbozó una sonrisa y a Kazuto le resultó imposible no copiar ese gesto. ¿Qué clase de poder tenía ella para hechizarlo de aque modo? ¡Era una mujer consagrada al servicio de las diosas!

—Sí —acotó alegremente Renri, como si le dieran permiso para intervenir en la conversación —Después de todo, lady Asuna es el premio del rey.

—¿El premio del rey? —la expesión angelical de la religiosa decayó por algunos segundos —No entiendo a qué se refiere señor.

—Mi señor ofrecerá la mano de lady Asuna como premio a un noble caballero. Es todo un honor... —balbuceó viendo la irritación que de pronto inundó ese mar de miel.

Kazuto se giró esta vez con todo su cuerpo para censurar a su vasallo. Este por supuesto entendió la indirecta y hundió los hombros, quedándose muy silencioso.

—¿Porqué un rey infiel se tomaría la molestía de hacer algo como eso? —aventuró la joven con voz apretada.

—Usted tiene mi palabra de que nadie le hará daño a lady Asuna, pero necesito que me diga dónde está. Hay muchos peligros fuera de estas cuatro paredes, y me temo que si la atrapan, no la tratarán con tanta benevolencia.

En respuesta, la joven lo estudió arduamente por varios segundos —Mi señor, ¿usted me da su palabra de que irá a buscar a mi hermana personalmente? ¿Qué no delegará esa misión a alguno de sus subditos?

—¿Es impotante para usted que sea yo quien vaya?

Erika asintió.

—Entonces tiene mi palabra. Auque me pregunto ¿qué hace distintivo que sea yo o alguno de mis soldados?

—Yo creo que usted actuará con honor en lo tocante a su trato con ella —respondió rapidamente —Además de que parece un hombre paciente y juicioso, y va necesitar esas cualidades para capturarla. Asuna es una dama noble, pero al mismo tiempo puede comportarse como una fiera. Se pone imposible cuando se enfada, se lo advierto señor. Sea paciente con ella.

—Lo seré, ¿puede decirme ahora a dónde se ha marchado?

La religiosa no respondió inmediatamente. Se acercó a su aterrorizada doncella y le murmuró algunas instrucciones que la muchacha se apresuró en cumplir. Luego se volvió hacia Kazuto.

—Le diré el paradero de mi hermana no bien haya curado su herida. Tiene un feo corte en la frente, señor, voy a limpiarla y a ponerle una venda. Siéntese, solo perderá uno o dos minutos de su tiempo.

Kazuto estaba tan sorprendido por su consideración y gentileza que no supo como reaccionar. Había empezado a negarse, pero finalmente accedió. Se sentó en una banqueta, mientras observaba como la doncella de antes regresaba portando un recipiente con agua caliente que colocó en la mesilla contigua, junto al asiento que el militar ocupaba. La religiosa en tanto trajo algunas vendas y antiséptico.

En sus veinticinco años de vida, Kazuto nunca se había sentido intimidado, ni en el campo de batalla, ni frente a ninguna situación en particular. Pero cuando la religiosa se instaló entre sus largas piernas, para limpiarle la cortada que llevaba en la frente, se sintió sobrecogido. Sus manos se hicieron puños y se apretó las rodillas como si su vida dependiera de ello.

—¿Le duele? —aventuró ella con voz suave, notándolo tan tensionado. Sin embargo, cuando remojó las vendas en el líquido tibio, sus manos temblaban también. Kazuto negó con la cabeza. Finalmente ella terminó de limpiar la herida, le colocó el ungüento y una venda —¿Cómo se golpeó, señor?

—Una piedra. No tiene importancia —se encogió de hombros mirádose las botas. Notando entonces, los pequeños pies femeninos.

Ella no dejó de sonreír con dulzura —Habrá tenido importancia en su momento. Se ve que ha sido un golpe hecho con toda deliberación —le acarició la frente —Debió atontarlo algunos minutos ¿verdad?

Kazuto asintió distraidamente. Le estaba costando mantener el hilo de la conversación. No lo había notado hasta entonces, pero ella estaba tan cerca de él que podía sentir su aroma fresco, el perfume que usaba se condensaba en el aire a su alrededor y aunque intentaba no respirarlo, pronto se dio cuenta que estaba embrigado por completo. El calor de su piel se le antojaba inquietante, como si quisera confirmarlo con sus propias manos, las que mantenía presionadas en sus rodillas. Mantuvo la atención en el crucifijo que colgaba de su cuello hasta que pudo dominar la reacción que le inspiraba. Apenas ella terminó de tratar su herida, él se puso de pie.

—Mi hermana ha ido a la fortaleza del baron Bercouli que se encuentra al norte —afirmó la religiosa con voz suave —Se encuentra a unas dos horas de camino. Es el único lugar donde puede tener refugio. También, algunos hombres de nuestro hermano la acompañan.

En ese momento se oyó un tumulto proveniente del piso de abajo, y Kazuto recordó que había dejado a su amigo Eugeo a cargo. Llamó a Renri y le ordenó que se quedara ahí mientras él iba a ver que ocurría en el piso inferior.

Cuando cruzó la abertura, intercambió una mirada con la monja; seguía igual de serena, sonriendo gentilmente. Su escudero se posicionó junto a la puerta y haciendo una reverencia exagerada, proclamó que vigilaría a la hermana Erika con su vida.

Kazuto puso los ojos en blanco y salió al pasillo.

Cruzó la escalera con rapidez y nuevamente se encontró en el piso inferior, atravesó algunas habitaciones inhospitas y llegó al patio donde los sirvientes de la fortaleza estaban reunidos. Eugeo se veía aun peor que antes. Tenía el rostro sudoroso y las mejillas sonrojadas. Le ofreció una banca y practicamente le obligó a que se sentara.

—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó.

—Se ha caído parte del muro exterior, creemos que estaba demasiado maltrecho. Ha sido lo mejor, podemos levantar uno nuevo en lugar de ese ... —respondió el rubio casi sin aliento.

—¿Te sientes bien, Eugeo?

—Es este maldito calor. Siento como si me estuviera quemando en el infierno.

—Posiblemente así sea —bromeó, y ordenó a uno de esos personajes que consiguiera agua fresca para su amigo.

—¿Interrogaste a la monja?

—Sí, al menos me ha dado una señal clara de a dónde se ha marchado lady Asuna —el sirviente regresó con una copa cargada de vino, la que sin miramientos ofreció a Eugeo. Pero antes de que este la tomara, Kazuto lo detuvo —Que el criado la beba primero, si no muere se la daré a mi amigo.

Eugeo empezó a protestar, empero observó como con manos temblorosas el criado bebía una generosa cantidad. Cuando nada ocurrió, el militar le quitó la copa y se la entregó.

El rubio debía reconocer que el vino tenía buen sabor, al primer sorbo se sintió un poco más fuerte —Hemos encontrado un nuevo informante —dijo de pronto, secándose la frente — Y está muy dispuesto a hablar, a comparación de todos estos.

Kazuto paseó su mirada de plata sobre los sirvientes que seguían sentados en el suelo —¿Dónde está?

Eugeo llamó a uno de sus soldados, y sin dejarse repetir la orden, regresó luego, arrastrando consigo a un hombre joven de grasiento cabello largo, sujeto en una coleta. Kazuto tuvo una extraña sensación de desagrado apenas le vio.

—¿Cómo te llamas?

El hombrecillo lo miró fijamente antes de sonreír y enseñarle sus dientes amarillos —Kuradeel... soy el antiguo administrador de la familia.

—¡Lo corrieron porque se robaba parte de las arcas! —exclamó Godfrey al reconocerlo, y sin importarle que estaba en una posición desfavorable desde el suelo —¡Es un maldito ladrón y un aprovechado!

—Voy a arruinarles la jugarreta, idiota —Kuradeel se echó a reír, mientras varios soldados hacían callar al pelirrojo.

En ese preciso momento, el escudero de Kazuto llegó al patio y se detuvo jadeante. Su señor le observó con el ceño fruncido, pero no dijo palabra. De momento era más importante interrogar al informante.

—Habla de la familia.

—Los padres murieron cuando los niños eran pequeños, practicamente la educación de los herederos quedó a cargo de la Axiom Church.

Kazuto asintio, tenía sentido que una de las gemelas hubiera desarrollado el amor hacia el servicio y dispusiera su vida al servicio del clero.

—¿Qué sabes del hermano mayor?

—Resultó herido en la primer batalla, el caballero rojo que enviaron aquí no pudo hacer mucho para conquistar la fortaleza, pero hirió duramente a Ryoutarou. Según tengo entendido, las monjas de la catedral están cuidando de él. Y se rumorea que encuentra en estado delicado.

Kazuto se tocó la barbilla. Esa no era la información que tenían —¿Quién se hizo cargo de las dos batallas posteriores? ¿Incluida la del baron Eldrie?

El hombre rió jocosamente —Sí que fue una humillación para el niño bonito...

—¡Responde! —Eugeo añadió con evidente esfuerzo. Kazuto le estudió con preocupación.

—¡Quién más? Lady Asuna ha defendido la fortaleza con uñas y dientes, mi señor. ¿No es esa la razón por la que vienen a buscarla?

Kazuto optó por no responder. Se dirigió a su escudero —Trae a la monja, quiero interrogarla sobre su hermano. No mencionó palabras de él.

—No va a poder ser, general.

Kazuto casi lo fulminó con la mirada —¿Qué tratas de decir? —añadió con calma.

—Pues como dijo el informante, lady Erika tiene a su hermano Ryoutarou muy delicado en la catedral y... me pidió permiso para ir y cuidar de él por esta noche. Le prometió a la abadesa que regresaría antes del anochecer y... le di permiso, señor. M-me prometió que estaría aquí mañana temprano...

—Renri —lo cortó Kazuto con más suavidad que antes —¿Y tú le creiste?

—P-pero señor... ¿porqué mentiría? Está consagrada a la iglesia... no puede cometer un pecado semejante despues de decir que sirve a las tres diosas...

El militar solo suspiró ruidosamente.

—Renri, ¿qué harás si ella no regresa mañana temprano? —intervino Eugeo, notando por lo bajo que el informante sonreía maliciosamente, entendiendo a pleno de lo que hablaban.

—Yo iré en persona a buscarla y a traerla de ser necesario...

—Aunque esa sea tu intención, sabes que ninguno de nosotros puede entrar a ese recinto sagrado, por más buena voluntad que tengamos. Si ella ha solicitado amparo al clero, no hay nada que podamos hacer. La has entregado al santuario, la iglesia la protege y no podemos hacer nada en contra de eso.

Renri volvió a hundir sus hombros cuando la verdad de sus palabras le abofeteó el rostro. Estaba horrorizado por su conducta. Por dejarse convencer facilmente por esos ojos de oro que emulaban al sol y el hablar tan dulce.

—Pero ella...

—Calla ya Renri. Luego nos ocuparemos de eso. En tanto — Kazuto miró al divertido Kuradeel que sonreía de oreja a oreja —¿Que es tan gracioso?

—La astucia de una mujer les ha ganado una vez más, señores.

—¿A que te refieres? Háblame de la monja ¿qué tanto sabes de ella?

El criado volvió a reír, sacudiendo su cabello —No hay ninguna monja.

—¿Cómo dices? ¿Y las gemelas?

—No hay hermanas gemelas —pronunció de buen humor —Solo hay dos hermanos Asuna y Ryoutarou. Ella le ha engañado, señor. Ha escapado delante de sus propias narices.

Continuará

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