El premio.

Capítulo 2

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La reacción del militar ante lo dicho por Kuradeel fue rápida y sorprendente, al segundo siguiente había estallado en carcajadas.

El rubio lo miró como si hubiera perdido la cabeza.

— ¿Qué es tan gracioso?— le preguntó con cierto titubeo.

—Se ha burlado de mí en mis narices.

—Eso es cierto, pero no sabíamos que iba a actuar de esa forma.

El general volvió a sonreír, sus ojos de plata se habían humedecido levemente.

Por algún motivo, se sintió tremendamente aliviado, como si le hubieran quitado un peso de encima. No entendía la razón de ese sentimiento tan repentino, entonces, tras algunos segundos, lo comprendió: significaba que no había tenido pensamientos lujuriosos por una santa consagrada a las diosas. Lady Asuna era una mujer libre... Ante esa verdad, dejó salir una bocanada de aire que no sabía que estaba conteniendo.

De pronto se sentía exultante y de muy buen humor.

Por otro lado el plan de la joven para encontrar asilo lo dejó perplejo. Ella había demostrado ser muy astuta, un aspecto que él valoraba mucho en quienes lo rodeaban.

Eugeo, por otro lado, no sabía cómo tomar la actitud del militar, lo veía fijamente considerando que se había vuelto loco. Pues, no todos los días veías como alguien burlaba la resistencia de tu mejor amigo y este lo tomaba de la mejor manera.

—General lamento mucho lo que ha ocurrido por mi culpa. Cualquier acción que usted deseé tomar la cumpliré — la voz de su escudero, rompió la extraña calma que había quedado tras el intercambio de palabras entre ambos hombres, sonando avergonzada y renuente.

—No seas melodramático, Renri —Kazuto ni siquiera estaba viéndole, seguía en actitud reflexiva.

—¡Pero ha sido mi culpa!— exclamó.

—Es un pequeño inconveniente —zanjó, y volvió la atención hacia el informante que había vuelto a quedarse callado —Dime todo lo que sepas respecto a Lady Asuna.

—Me quitaron de esta zona hace año y medio, milord, así que sé muy poco. Teóricamente lady Asuna debía casarse con un noble de tierras bajas, iba a ser un matrimonio de conveniencia para afianzar los puntos flacos de la fortaleza. Ignoro si eso se haya concretado o no, pero a juzgar por lo ocurrido hoy, esa niña no tiene carcelero que le dé su merecido.

Ante las palabras de ese desagradable hombrecillo, Kazuto arqueó las cejas con fastidio. Decidió no hacer más comentarios y solicitó a alguno de sus soldados qué le escoltara fuera de la fortaleza hasta que volvieran a necesitarlo.

— ¿Qué opinas Kazu? —Eugeo volvió a hablar con voz agitada. Desde su posición en el asiento se sacudió de un lado al otro.

—Es un enemigo astuto —volvió a sonreír de modo inexplicable —¿A qué distancia estamos de la Axiom Church?

—Creo que a medio día de camino. Si salimos ahora, aún podemos emboscarla y...

—No —Kazuto sacudió con firmeza la cabeza ante la sugerencia que le dio Eugeo —Estamos en pie desde hace semanas, nuestros hombres necesitan descansar y alimentarse. Le daremos esta ventaja que tan minuciosamente se buscó. Además, hemos conquistado la fortaleza principal de Centoria, lo que no es un hecho menor; luego nos ocuparemos de ella.

El joven rubio seguía igual de perplejo. Aunque no podía negar que su amigo tenía un punto a su favor. Los soldados estaban a un paso del desmayo, no soportarían dar un paso más si debía sacarlos en persecución de esa mujer. Él mismo era una prueba de ello, desde que ocupara ese asiento no había dejado de temblar.

—General... — la voz dolida y hasta renuente del escudero, se alzó en la pausa que ambos mayores hicieron. Por un momento, se olvidaron que el jovencito seguía allí —Lamento haber provocado esta contrariedad, y que por mi culpa haya sido derrotado...

—Por Stacia deja de llamar derrota a estos inconvenientes tan poco significativos—acotó Kazuto quién se veía a punto de perder la paciencia.

El joven escudero se mordió el labio y estrujó sus dedos nervioso —Pero...

—Lady Asuna sólo ha aplazado la cuestión, no me ha eludido. Cuando esté preparado para regresar a Obsidian pasaré por la catedral y no tendré que entrar, Renri. Ella saldrá por su propia voluntad y vendrá a mí.

Tras observar el semblante de su mejor amigo Eugeo guardó silencio, pese a que su respiración fue cada vez más agitada.

—Cómo puedes ver, Renri, tu superior tiene mucha confianza en sí mismo.

—Pues hay mucho por hacer —Kazuto giró en redondo notando los altos muros que lo rodeaban, y más allá; las habitaciones en escombros —Haremos una tregua para poner en orden el castillo y descansar.

Sin embargo, la tregua que había de durar solo una noche, se convirtió en una semana completa. De pronto, había muchas cosas para hacer, muros que reparar, habitaciones que ventilar y poner en orden. Diversas cuestiones de la fortaleza que no podían ser postergadas. Por otro lado, Eugeo estaba más enfermo de lo que parecía. Tres días después de conquistar el castillo, el militar cayó preso de una fiebre altísima que nada hacía mermar.

Kazuto no confiaba en nadie, por lo que permaneció junto al lecho de su amigo por los cuatro días siguientes, con sus noches. No estaba dispuesto a permitir que alguno de sus soldados inexpertos, ni los sirvientes del castillo se acercaran al rubio. Posiblemente, serían capaces de envenenarlo a la primera oportunidad, o al menos, eso era lo que pensaba. ¿Acaso no sería una buena venganza? Los habitantes de Centoria no eran ciegos, Kazuto sentía una abnegación casi ciega por ese joven rubio a quienes las fiebres lo consumían. Por lo tanto, la responsabilidad de cuidarlo caía en sus hombros. Y no se quejaba de ello, pero su competencia en cuidar enfermos era nula, sabía como trazar un plan de lucha y conquistar al enemigo en un campo de batalla, pero en cuanto a dolencias se trataba, la falta de conocimientos era demasiado obvia.

Mientras eso ocurría, el estado del castillo iba recomponiéndose. Aún había mucho que hacer, pero los avances eran evidentes y llenaban de buen humor a los hombres del Dark Territory. Las habitaciones fueron limpiadas, los muebles restaurados y se ordenó la lenta, pero segura, reconstrucción de los muros. Aún estaba el asunto de Lady Asuna en el aire, pero luego de esas noches en vela junto al lecho del enfermo, Kazuto estaba seguro de que ya tenía el plan perfecto para obligar a la dama a abandonar su santuario. Solo debía ajustar algunos detalles inverosímiles con el desagradable informante.

Empero, el estado de Eugeo se deterioraba. Con el arribo del fin de semana fue evidente que moriría pronto, sino recibía el tratamiento indicado. Y tal vez fue azar del destino, o tal vez no, pero luego de meditarlo Kazuto decidió llevar a su amigo a la Axiom Church. Renri y otro de sus vasallos escoltaron el carro donde el enfermo descansaba.

La amable fisonomía de la madre superiora les atendió y muy dulcemente les solicitó que entregaran sus armas para entrar al lugar sagrado. Kazuto por supuesto, no opuso objeción alguna y una vez dejaron sus espadas afuera, las enormes puertas de la catedral se abrieron para ellos.

La madre superiora parecía extremadamente joven, no tendría más de treinta años. Tenía el rostro sereno y tranquilo, coronado por un par de ojos castaños muy expresivos. Vestía de negro; desde la cabeza hasta los pies. Un hábito muy distinto al que usaba sor Erika... lady Asuna, se corrigió mentalmente el militar.

—¿Por qué hay tantos soldados allá afuera? —preguntó la mujer viendo el cordón de hombres que rodeaba el edificio.

—Mis soldados están aquí para evitar que Lady Asuna abandone el sagrado lugar.

La mujer escondió una sonrisa que la hizo ver muy jovial —¿Está aquí para disuadir a esa muchacha de que se marche con usted?

—No, no haré eso. Cuando lady Asuna salga de aquí, lo hará por voluntad propia —la religiosa alzó una ceja secretamente divertida—Por favor acompáñeme.

Llevó a la mujer hasta el carro que los dos jóvenes custodiaban, y cuando ella vio a Eugeo allí tendido y luciendo más vulnerable de lo que estaría alguna vez, se compadeció grandemente y ordenó lo trasladaran al interior del santuario.

Eugeo no estaba en condiciones de ponerse de pie y mucho menos de caminar. Todo el tiempo estuvo en un sopor constante, por lo que no se enteró de lo que pasaba a su alrededor. Esa semana había adelgazado tanto que era piel y huesos, su musculatura había desaparecido casi por completo. No fue un reto para Kazuto echárselo encima del hombro y seguir la silueta de la menuda mujer dentro de los laberínticos pasillos de la catedral.

Luego de varios minutos de subir y bajar escaleras, finalmente tomaron un tramo recto, iluminado por el sol. Fue en ese momento que se oyó el débil eco de varias voces entonando cánticos. Kazuto suavizó sus pasos para oír. La melodía era suave y armónica. Si la entonaban para calmar los ánimos de los soldados, ciertamente estaba dando efecto. Oía las voces de sus vasallos uniéndose a las oraciones; ambos eran jóvenes piadosos, que participaban asiduamente del culto a las diosas, allá en su tierra natal; era lógico que fueran presos de ese temor reverente al caminar dentro de ese recinto. Por el dulce sonido, el joven militar dedujo que las monjas se hallaban recluidas en la planta alta, seguramente para tener mayor acceso a los enfermos.

—Solo disponemos de un cuarto grande en el que podemos albergar al enfermo —explicó la religiosa con voz suave —La semana pasada teníamos todas las habitaciones ocupadas, pero hoy nos queda un solo soldado de Centoria a nuestro cuidado. Supongo que no será un contratiempo para usted ¿verdad?. Después de todo, cada hombre que habita este suelo, tanto del Dark Territory como de Centoria, es igual ante los ojos de nuestras benefactoras, ¿está de acuerdo?

—Jamás pondría sus palabras en tela de juicio, madre.

—Por favor, llámeme Ayuha.

Kazuto sonrió y asintió —Ese soldado que tienen aquí, ¿es el hermano mayor de Lady Asuna?

La mujer se giró —Así es. Ryoutarou está descansando allí dentro.

—¿En verdad está tan mal como me dijeron?

—El muchacho ha estado muy delicado, sí. Pero la presencia de su hermana ha sido decisiva para su recuperación —respondió sin pelos en la lengua y Kazuto entrecerró los ojos, preguntándose si acaso la noble mujer no había estado de acuerdo en esa jugarreta de la chica, para reunirse con el enfermo —Han sido días muy difíciles para ambos, señor. Espero que de ahora en más, el panorama mejore un poco.

Kazuto volvió a fruncir el entrecejo —¿Podríamos seguir esta conversación luego de que mi amigo se encuentre en un sitio más cómodo?

—A eso iba —la mujer soltó un suspiro —Sepa que tengo la intención de instalar a su amigo junto a la cama de Ryoutarou... Por su expresión ceñuda, veo que le desagrada mi idea, pero tengo una razón válida para justificar mis palabras. La hermana dedicada al cuidado de los enfermos, es una mujer algo entrada en años, y no me gustaría que se pasara el día entero corriendo de un cuarto al otro para atenderlos. Se quedará sentada entre ambos soldados para cuidarlos, ¿entiende? ¿Está de acuerdo?

Kazuto asintió sin titubear. La religiosa pareció aliviada y abrió la puerta de la habitación en la que se habían detenido. El militar debió parpadear un poco para evitar el escozor del sol. La habitación en la que entraron era enorme. Dentro, el reflejo del sol era ineludible gracias a los amplios ventanales ubicados en el fondo, y a las paredes inmaculadas que evidenciaban haber sido pintadas hacía poco, y en cuyos muros se reflejaba la claridad. Junto a las paredes y alineadas perfectamente, se alzaba una hilera de veinte camas, ubicadas con suficiente distancia la una de la otra.

Cada lecho contaba con su correspondiente mesa de noche y con un cortinado blanco; que iba desde el techo hasta el suelo, para brindarle algo de privacidad al enfermo. Cuando las cortinas se cerraban en torno del lecho, proporcionaba un espacio de intimidad.

Kazuto notó que todas las camas excepto una se hallaban expuestas a los rayos del sol. Supuso que aquel cuadrado blanco que parecía infranqueable, sería el cubículo donde se encontraba el hermano de la problemática lady.

Por orden de la religiosa, instaló a Eugeo en el lecho contiguo, dentro del espacio que proporcionaban aquellas cortinas echadas. Le aflojó el abrigo que llevaba puesto, y luego de unos segundos lo colocó bajo las mantas.

—Este hombre se halla en estado de deshidratación — comentó la mujer con preocupación, pasándole la mano por la frente con aire maternal —La fiebre ha sido muy cruel con él... pero no se preocupe, las religiosas sabrán que hacer. En algunos días, le doy mi palabra que se recuperará.

—Muchas gracias, madre.

—Bueno, ya que ha instalado al soldado, le acompañaré a la puerta. Puede venir mañana en la mañana para averiguar como sigue...

Kazuto le miró con el entrecejo fruncido. Su actitud condescendiente había desaparecido por completo —No —ladró —Uno de mis soldados se quedará montando guardia hasta que él se recupere. El herido no podrá comer ni beber, hasta que alguien haya probado primero la comida o la bebida.

Por la expresión ofendida de la mujer, era obvio que no estaba acostumbrada que la contradijeran.

—Me ofende, señor.

—No es algo en contra suya, madre. Pero así como usted debe cuidar a sus ovejas, yo debo cuidar las mías.

—Es usted un hombre muy suspicaz, señor. Pero esta es una casa sagrada. Le prometo que nadie le hará daño a su amigo.

—No voy a cambiar de opinión.

—¿Y si me niego a aceptar sus condiciones? —le retó elevando una ceja.

—Usted no rechazaría a Eugeo —declaró Kazuto con serenidad —Su juramento sagrado se lo impediría.

La sonrisa transparente en los labios de la religiosa lo sorprendió. De pronto Ayuha se veía terriblemente joven —Veo que es tan obcecado como yo. Muy bien, acepto todas sus condiciones.

Ese preciso momento escogió el objeto de la discordia, para sacudirse y gemir de dolor. Kazuto apretó los puños, como cada vez que ocurría algo que escapaba al estricto control que mantenía sobre todo. Le preocupaba no poder hacer nada para aliviar el dolor de su mejor amigo. Sin embargo, la religiosa se inclinó hasta el joven guerrero y lo arropó con mucha ternura, le susurró algunas palabras alentadoras hasta que el rubio volvió a quedarse dormido. Después cerró las cortinas en torno al cubículo y mencionó que iría a buscar a alguien para empezar con las curaciones. En cuanto ella se volvió para marcharse, Kazuto les hizo un gesto a sus vasallos para que la siguieran, mientras él se quedaba allí.

Mientras esperaba que la madre superiora regresara con la ayuda, Kazuto decidió satisfacer su curiosidad en relación al soldado enemigo. Quería comprobar personalmente que el guerrero estuviera lo suficientemente enfermo como para no constituir una amenaza para Eugeo. Aunque había dicho lo contrario, lo cierto era que no creía del todo en las palabras de la religiosa. Esa era una iglesia de Centoria ¿porqué razón cuidarían con tato esmero a un enemigo del Dark Territory como Eugeo?

Kazuto se dirigió silenciosamente al otro extremo de la cama de su amigo y estaba a punto de abrir las cortinas cuando sintió que alguien tiraba de ellas desde el otro lado.

De pronto se encontró frente a sor Erika, mejor dicho lady Asuna, la cual vestía su hábito de novicia, tal como la había visto la última vez.

Por el modo desesperado en el que ella contuvo el aliento, fue demasiado notorio que no esperaba verlo allí. Su sorpresa fue mucho mayor que la del militar ante su inesperado encuentro. Kazuto comprendió que ella imaginó que él se había marchado con la madre superiora. Y por supuesto, que la joven había escuchado cada palabra de la conversación.

Estaban a escasos treinta centímetros de distancia. La ligera fragancia a rosas le sorprendió, era el mismo aroma que respiró de ella mientras le trataba la herida en la frente, la cual... estaba cicatrizada por completo.

¡Qué Stacia le ayude!. Ahora que la veía gracias a la claridad del día, reafirmaba lo encantadora que era. ¿Se daba cuenta ella que jamás podría ser confundida con una religiosa?. Era realmente preciosa y... esperaba que estuviera asustada. Sus ojos semejantes al ámbar estaban desorbitados, al parecer por el terror.

Sí, decidió Kazuto tras algunos segundos de mudo estudio. Lady Asuna Yuuki tenía miedo. Y le pareció la reacción más lógica. Esa mujer debía temerle y clamar misericordia, porque después de todo, le había mentido en la cara para obtener una libertad temporal. No obstante, Kazuto sabía que muy pronto le llegaría el tiempo de vengarse. Solo debía tener paciencia, algo de lo que disponía a raudales.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra durante varios minutos, solo se veían a los ojos como si con eso pudieran intimidar al otro. Aunque, si de eso se trataba, Kazuto era más alto, y por ende tenía un poco de ventaja sobre ella.

Asuna aguardó hasta que se sintió capaz de controlar la ira. Cuanto más le miraba, más furiosa se ponía. ¿Cómo se atrevía ese sucio militar del Dark Territory a irrumpir en el recinto donde descansaba su hermano?

Levantó la barbilla en un gesto desafiante que le sentaba a las mil maravillas. Controló su respiración al mismo tiempo que el militar borraba la sonrisa de suficiencia de su rostro.

Asuna no le temía. Ese descubrimiento dejó azorado a Kazuto y a su asombro le sucedió un pensamiento que no se esperaba. Pero con ella, todo razonamiento perdía sentido. La muchacha estaba tan cerca que bastaba con extender la mano y tocarle los labios y borrarle la expresión ceñuda a besos, hasta que Asuna se rindiera y entre suspiros le pidiera perdón. No sabía de donde había salido ese idea pecaminosa, pero reconocía que era imposible, en esos momentos la joven estaba bajo la protección de la iglesia, y él estaba obligado a mantener la distancia. Sin embargo, el impulso no remitió y se clavó como esquirla en sus entrañas, como una necesidad no satisfecha.

La boca de la joven, de labios carnosos y teñidos del color de la grana, ofrecían una tentadora invitación a la que le estaba costando rechazar. Lo único que Kazuto podía pensar era a qué sabrían sus besos. Por Stacia, era todo un degenerado...

A pesar de ello, su impecable disciplina lo salvó de tomarla en ese mismo instante. Respiró profundamente para calmarse y se dedicó a bajar la vista por el hábito que usaba. Tuvo ganas de reírse, los ropajes de monja no le sentaban; tenía una apariencia rebelde y salvaje que las santas vestiduras no podían ocultar.

Pero ella no compartía su humor, tenía el ceño fruncido y lo miraba directo sin mostrase afrentada. Era extraño. Por su trabajo, Kazuto estaba acostumbrado a intimidar a la gente. Fue ese rasgo lo que le ganó ser mano derecha del rey Iskahn; pues el joven monarca tenía una personalidad similar. Ambos de rasgos serios, de mirar desafiante como la de un halcón. Luchadores, imponentes, fuertes.

Era extraño, pero en esa ocasión esos rasgos que tanto le enorgullecían no le servían de mucho. Por más que arqueara las cejas en un talante amenazador no conseguía asustarla.

Avanzó un paso, con la punta de sus botas tocó los zapatos de la joven, semi ocultos por el ruedo de su traje de monja. Pero ella no retrocedió, siguió plantada en su lugar, con la cabeza en alto clavándole los ojos. Había cierto brillo peculiar en sus pupilas que debido al sol parecían de oro.

Pero Asuna tenía sus propios problemas tratando de recordar como se respiraba. A decir verdad, estaba mucho más furiosa consigo misma, que con el héroe de batalla que con tanto odio la contemplaba. Su propia reacción frente al enemigo era inexplicable. No podía dejar mirarlo... tal vez se debía al cambio que producía el aseo y un buen baño. No olvidaba que la última vez que lo vio, olía a estiércol y a sudor, tenía manchas de sangre seca en la cara y estaba tremendamente sucio. Ahora era una persona completamente nueva y no podía dejar de admirarlo. Alto, mucho más que ella, piel blanca, cabello negro como la noche y... esos increíbles ojos azul metálico, que conforme la variación de luz se volvían más grises y oscuros. Se maldijo internamente, no comprendía porqué se había molestado en notar ese rasgo tan seductor.

El guerrero era atractivo y se notaba muy seguro de eso, para calvario de ella.

—Debí matarte cuando tuve la oportunidad —murmuró.

—¿Y cuándo fue eso? —Kazuto alzó una ceja, acompañando la pregunta con voz burlona.

—Cuando te derribé con una piedra de mi honda.

Kazuto negó con la cabeza sin creerle. Si ella no iba a tutearle, él tampoco —¿Fuiste tú?

—Mi puntería no falló —se jactó —Mi intención era derribarte no matarte. Pero ahora me arrepiento de esa decisión. Ta vez se me presente una nueva oportunidad, antes de que debas regresar a Obsidian donde perteneces.

Kazuto seguía sin creerle, se cruzó los brazos sobre el pecho y notó sorprendido, como ella seguía su acción con ojos grandes.

—No tuviste deseos de matarme.

—¡Ahora si tengo!

Ante su respuesta infantil Kazuto se echó a reír suavemente y siguió haciéndolo conforme la rabia en ella reverdecía. Él no le creía. Y Asuna no podía culparle, él era un militar dedicado a la guerra, ella una joven que deseaba proteger su hogar. Se preguntaba si él ya había descubierto su mentira. Por supuesto que sí, decidió, el traidor de Kuradeel debió ponerlo en alerta. Debió contarle todo con lujo de detalles.

La joven notó que estaba perdiendo el control sobre sí misma, ese día no se había alimentado bien y las rodillas le temblaban. Pensó que ya era el momento de finalizar esa conversación por lo que extendió la mano para tirar de la cortina y cerrarla.

Pero Kazuto fue más rápido que ella. Le tomó la mano antes de que pudiera tocar la tela.

No hizo ademán de soltarle, y al cabo de unos segundos, Asuna abandonó los intentos por librarse cuando se dio cuenta de lo inútiles que eran y de lo ridícula y vulnerable que quedaba frente a él.

—¿Tienes tus cosas aquí?

Esa pregunta hecha con tanta naturalidad encendió su ira aún más —¿Por qué lo preguntas?

—Soy práctico. Perderemos menos tiempo viajando a Obsidian desde aquí. Ten tus cosas listas o tendrás que dejarlas. En cuanto Eugeo se recupere nos marcharemos.

Asuna estaba atónita frente a tanta arrogancia —Yo no iré a ninguna parte —le dio un golpe en el hombro con su mano libre y consiguió alejarse de su proximidad.

Kazuto quiso volver a sujetar su muñeca, pero sus dedos agarraron la esquina del velo pálido que llevaba en la cabeza, y se quedó con él enredado en las manos antes de darse cuenta.

La visión de su cabello anaranjado flameó en el aire como un estandarte, hasta que cayó por sus hombros y espalda, cubriéndole la cintura. Kazuto sintió que la respiración se le cortaba ante esa imagen.

—¡D-devuélvemelo!

—Solo las monjas llevan velo, y tú no lo eres. Te aconsejo que dejes de ridiculizar estas sagradas vestiduras.

Las mejillas de la muchacha se inflaron —Era necesario. Las diosas están de mi lado, no del tuyo, saben que he mentido para protegerme.

La mano de ella seguía extendida en su dirección rogando por el velo, Kazuto sacudió la cabeza y lo arrojó al otro lado de la cama de Eugeo. Asuna debía rodearlo a él para conseguirlo y sabía que no lo haría. Además de que era un espectáculo glorioso verla de ese modo.

—¿Por qué crees que las diosas están de tu lado? Ciertamente nos han ayudado a conquistar Centoria.

—Logré escapar de ti, ¿no?

—En eso tienes toda la razón.

—Y me quedaré aquí todo el tiempo que quiera —alardeó sacudiendo la cabeza. Algunos mechones de su rojo cabello bailotearon ante su acción —No me iré de este santuario hasta que la invasión haya sido rechazada y ustedes regresen a su tierra.

—La invasión acaba de empezar, milady. Centoria nos pertenece. Muy pronto los pobladores de Obsidian podrán vivir aquí y disfrutar de la fertilidad de su tierra, sin sentir que deben mendigar de la riqueza que los nobles como ustedes amontonan para sí —Kazuto apretó los puños al decir eso. Había un trasfondo de resentimiento tras sus palabras.

La furia en los llameantes ojos de la joven pareció descender un poco. Como si de pronto hallara razón a su lógica. Sin embargo se recompuso enseguida —Puede quedarse con la fortaleza.

—Contigo también, has sido conquistada con ella.

Asuna apretó la mandíbula con tanta fuerza que fue un milagro que no se quebrara las muelas —Jamás seré conquistada, ni me convertiré en un premio. Puede estar seguro —un débil sonido, proveniente de la cama que custodiaba la detuvo de seguir hablando. De pronto dejó de ser la amazona altanera y se convirtió en la muchacha asustadiza que realmente era. Se volvió hacia el cubículo —Ryo, ¿qué tienes? ¿Te duele mucho? Pediré láudano.

Kazuto se acercó algunos pasos para espiar al soldado. Lo primero que vio fue el cabello rojo, en una tonalidad más profunda que la de ella. Y estaba pálido, a juzgar por la sombra de barba que le oscurecía las mejillas, parecía ser mayor que él mismo. Tenía el entrecejo fruncido y se sacudía de un lado al otro.

—¿Qué le ha ocurrido?

—Casi pierde la mano tras uno de los asedios. Saldo de su gran rey —había lágrimas en sus ojos cuando le respondió —Mi hermano solo actuó para defender lo suyo, cuando ese caballero rojo le destrozó la mano de tajo... las monjas han hecho todo lo que pudieron injertando los tejidos... la fiebre ha sido tan alta... y aunque hemos evadido la gangrena, la calentura no le baja.

—Es natural con una herida de esa envergadura. Si embargo, le veo buen talante.

Asuna lo observó furiosa. No quería que sintiera compasión por su familia, ni que sus ojos grises se suavizaran al observar a su hermano. Quería que se sintiera culpable y así odiarlo.

—Son los saldos de una guerra, Asuna. Yo también tengo cicatrices.

—No me gustan las guerras, las odio. Estábamos bien hasta que ustedes llegaron destruyendo todo.

—Buscamos igualdades, milady. ¿Pero qué puedes comprender tú que siempre has vivido nadando en la abundancia?. Allá afuera hay familias enteras que no conocen las bendiciones que esta tierra poseey mi señor, el rey Iskahn desea cambiar eso. Que todos los habitantes de ambas tierras dispongan de los mismos beneficios. ¿Te parece malo?

Asuna no respondió. Secó la frente de Ryoutarou con ternura y le ofreció liquido, el que le obligó a tragar, hasta que volvió a quedarse quieto.

—No voy a ir contigo. Puede que tengas razón en lo que dices, pero me quedaré aquí. Es mi responsabilidad proteger a mi hermano.

—Pero eres solo una mujer.

—Soy todo lo que tiene, y puede que hayas ganado esta batalla. Pero recuperaré mi casa.

Kazuto cerró la boca. Le parecía digna de admiración, tanta abnegación para proteger a ese hombre postrado que claramente era mucho mayor que ella.

—¿Sabes por qué Iskahn desea conocerte? —ella negó con la cabeza mientras corría la cortina confiriéndole seguridad al joven. Quedó del lado de afuera solo para enseñarle que había adquirido confianza en sí misma de nuevo.

—Tu rey es un sádico.

—Está enamorado de tu tierra, confío en que sabes que su esposa Scheta pertenecía a este imperio...

¡Por supuesto que lo sabía! Era una vergüenza a voces... una dama tan hermosa y refinada como ella, atada al lazo conyugal con ese bárbaro. Con ese bruto que ni modales tenía.

—Es una desertora.

—Mi señora tiene el mismo plan en mente. Que Obsidian y Centoria se conviertan en una sola nación...

—Una idea muy ambiciosa, será como mezclar el agua y el aceite.

—¿Cómo el matrimonio de mi rey? —aventuró sonriendo levemente.

Pero Asuna sintió un escalofrío recorriéndola. Por un momento le pareció que los ojos azulados del militar hacían alusión a otra cosa. Algo que hizo que su corazón latiera a contramarcha en su pecho.

—El rey te admira, Asuna. Eres una leyenda entre los caballeros de la corte. Desea conocerte y...

—Ofrecerme como trofeo a alguien ¿verdad? —lo interrumpió —¿Que hay de mérito en una humillación semejante?

Kazuto sacudió a cabeza —Esa actitud altanera no te ayudará mucho. Tendremos que viajar juntos rumbo a Obsidian y te sugiero que seas más tolerable. Será un largo trayecto y tendrás tiempo para pensar como te comportarás frente al rey.

—¡Por Stacia que insoportable eres! —finalmente ella perdió la paciencia —Me han dado asilo aquí y ni siquiera los enemigos más experimentados pueden cambiar esa ley. Me quedaré aquí hasta que ustedes se marchen. No me moveré de este recinto.

—Sí lo harás.

Kazuto habló con tanta tranquilidad que la joven se quedó boquiabierta ante su descaro.

—¿Vas a violar el derecho de asilo? ¿Me sacarás por la fuerza?

—No. tú saldrás por tus propios medios de aquí y me suplicarás que te lleve conmigo.

—¡No lo haré!

—Cuando sea el momento indicado lo harás, Asuna. Tienes mi palabra.

La joven se adelantó un paso, alzó la mano en el aire en una clara acción, que él captó en el acto. Las cortinas que cubrían ambos cubículos, los protegían de ser vistos desde afuera. Kazuto sabía eso, y lo usó a su favor. Atrapó la mano que iba a golpearle la mejilla y dándole un tirón, arrastró el cuerpo femenino hacia el suyo, al mismo tiempo que sus labios hambrientos se encontraban con los de Asuna, que se habían abierto para censurar su obrar.

Estaba mal, ese era un lugar sagrado. Pero la tentación era mucha. Sobre todo cuando esa boca se suavizó ante su caricia y se ofreció tímida a él.

Kazuto hundió la mano en su largo cabello y todo lo que conocía se desvaneció en una nebulosa.

Por un segundo, volvió a agradecer que la preciosa joven que sostenía en sus brazos, no estuviera consagrada a la iglesia, porque entonces se convertiría en un gran pecador.

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Nota:

Gracias a todos por sus reviews ^^

Kim aquí la segunda parte de tu obsequio. Perdon por tardarme, no he tenido una buena semana. Gomen.

Y al resto, que me preguntaba en que libro está basado este fic, este se llama 'El Premio' la autora es Julie Garwood. Si lo encuentran en pdf avisen! Yo lo tengo en físico. Y por cierto, que no he querido robarme su idea, sino adaptarla dando los créditos correspondientes.

Gracias a todos por pasarse!

El próximo será el capítulo final.

Errores a corregirse mañana.

Sumi~

Pd: la imagen de la portada es de mi autoría! espero les guste. Es mi versión de Asuna con su túnica de monja 3