𝓣𝓮 𝓫𝓪𝓳𝓪𝓻𝓮́ 𝓾𝓷𝓪 𝓮𝓼𝓽𝓻𝓮𝓵𝓵𝓪

.

.

Realmente Kirito no estaba acostumbrado a ser tratado con tanta deferencia. En su hogar en el mundo real hacía las cosas por sí solo; lavaba su ropa, ayudaba a Suguha con los quehaceres de la casa, otras tantas se ocupaba de la cena. Su madre, Midori, era editora en una revista de tecnología y computación, tenía un horario muy estricto y a veces no tenía tiempo de cocinar. Kazuto y Suguha, viendo eso, tomaron la responsabilidad de ayudarle y al menos aligerar esa carga de la forma más sencilla posible. Acostumbrado desde pequeño a valerse por sí mismo para casi todo, se podría decir que Kirito era independiente por completo.

Pero desde que las cosas en Underworld cambiaron drásticamente, siendo él el engranaje principal de ese cambio, eso de ser independiente, quedó en el olvido. Y luego de ser coronado rey, la situación se volvió prácticamente asfixiante.

Kirito, el legendario espadachín negro, el solitario jugador... Bueno, el termino Solitario había quedado relegado completamente, cuando de la noche a la mañana se encontró rodeado de gente, y sirvientes que le atosigaban en todo momento.

No podía caminar por los pasillos de la catedral sin que un lacayo no estuviera tras sus pasos, no podía entrar a las cocinas sin que el chef o algun ayudante lo sacara, ofendido de la afrenta que suponía pasar por encima de ellos para servirse. Había gente que arreglaba y lavaba su ropa, otra que tendía su cama, lustraba sus botas... y más aún, escuderos que se acercaban presurosos cuando terminaba de usar su espada durante los entrenamientos en el área arenosa del piso cuatro. Doncellas le entregaban una toalla para secarse el sudor, y más doncellas se desvivían por ofrecerle agua cuando lo adivinaban sediento...

Por supuesto, no era el único que sufría tales cambios. Asuna, su preciosa reina, estaba en iguales condiciones. Solo que ella solía lidiar de mejor forma con ese problema. Tal vez por el hecho de que ella venía de una familia de clase alta, y por ende, le era común el trato diferencial. Asuna era toda una Ojousama en el mundo real.

Pero él, quien era un muchacho sencillo de pueblo, encontraba irritante e invasor tener gente rodeándole todo el tiempo, e interesándose por sus asuntos.

Aquella tarde, regresó de hacer su pilotaje de prueba con aquel nuevo prototipo de dragón maquina, el cual era mucho más veloz que las naves que actualmente se usaban de transporte dentro de las colonias en las estrellas. Fue un modelo bastante costoso, y los ingenieros, pese a que se negaron en que fuera él quien lo probara, poco pudieron argumentar ante su terquedad. Por supuesto, aunque rey, Kirito no dejaba de ser aquel jovencito intrépido que no le temía a las desafíos... alborotando así no solo a su reina, sino a medio consejo y a media catedral.

Con todo eso en mente, viró en dirección a la pista de aterrizaje, a la cual tristemente nunca le atinaba, nubes de hastió comenzaron a formarse en el horizonte de su mente apenas divisó el hangar desde las alturas. De seguro una hilera de bien predispuestos lacayos lo esperarían para quitarle su traje especial, alguno le ofrecería agua... como si volar por el espacio lo volvería sediento, otro se haría cargo del dragón mecánico, en tanto otros, los más distinguidos, lo escoltarían al salón principal... como si él no supiera ya, el camino de memoria.

Pese a su mal genio, se repetía una y otra vez las palabras de su reina en la cabeza "Ahora eres el rey Kirito-kun... para ellos es un placer servirte... Es su trabajo... No reniegues de ello, y disfruta. Te lo has ganado"

Reprimió un suspiro cuando aterrizó, y sin perder más tiempo, abrió la cabina, esperando que los lacayos se disputaran por atenderlo. Pero allí no había nadie. El hangar estaba desierto por completo y tan silencioso como una tumba.

Con sorpresa, y con cierta irritabilidad salió de la cabina dando un habilidoso salto, se quitó por si mismo la parte desmontable de su traje especial, y dio un giro en trescientos sesenta grados cerciorándose de que efectivamente, sí, estaba solo en aquel enorme lugar.

Eso era, por lo demás, muy extraño. Manteniendo bajo el brazo, esa especie de casco que Asuna le obligó a usar, desde aquella vez que casi destrozó una de las torres de la catedral luego de otra interminable prueba de pilotaje, siguió caminando por el desierto hangar. Lo cruzó en toda su extensión, apretando el paso y preguntándose internamente porqué se sentía tan irritado.

¿Quizás fue el hecho de que nadie estuvo allí para preguntarle si tanto el despegue como el aterrizaje salieron bien? Chasqueó la lengua en malhumor.

De camino a la catedral no halló a nadie, y okay, eso era más extraño aún. Se dirigió a las cocinas por un refresco, y otra vez, nadie estaba en su puesto. ¿Dónde se encontraba todo el mundo?

Con su refresco de cola en las manos, se dirigió al salón principal. Al menos necesitaba tener la atención de la persona más importante para él. Estaba sediento de la humanidad de su reina. Unos minutos retozando en el regazo tibio de Asuna y todos sus males se desvanecerían como por arte de magia. Su momento favorito en el día era cuando podía reposar la cabeza en sus rodillas y ella tarareando con suavidad alguna canción de cuna le alisaba los cabellos. Era su propio oasis en el desierto de preocupaciones que lo rodeaban. Por supuesto no se quejaba, era su mundo. Lo amaba, y amaba aún más a esa mujer que sacrificando todo de sí misma se quedó a su lado para ser su ancla y su sostén. Pero las preocupaciones que se formaban gracias al nacimiento del nuevo imperio a veces lo saturaban, y si no contara con el apoyo de la reina... ni siquiera quería pensar que hubiera hecho de quedarse allí solo frente a esa gran nación.

Empujó las pesadas puerta e inmediatamente se detuvo, pasmado. ¿Se preguntaba dónde estaban los lacayos que se disputaban por servirle? Pues estaban allí dentro.

Allí dentro donde parecía estar gestándose alguna especie de reunión... ¿sin su presencia? Gente corría de un lado al otro, mucamas desenredaban guirnaldas verdes, sirvientes acomodaban hileras de luces... y hasta sus distinguidos caballeros de la integridad, con armadura y todo, montaban un gigantesco pino en el centro de la estancia, abajo de sus ramas; los estudiantes de la academia y los aspirantes a IK aguardaban con alborozo para empezar a decorar el árbol. Había docenas y docenas de cajas con adornos navideños desperdigados a sus pies.

Como un relámpago, recordó la dulce voz de Asuna confiándole esa misma mañana durante el desayuno 'Ya estamos en vísperas de Navidad, Kirito-kun, y quisiera ofrecer una gran cena a todos los habitantes de la catedral, en honor a su arduo trabajo durante todo este año...'

Él no entendía de esos detalles femeninos, pero si eso hacía feliz a su reina, pues que así sea. ¡Que se celebren fiestas de Navidad todos los días del año, si ello traía esa hermosa sonrisa estampada en los labios de cereza que tanto amaba!

Se acercó, divertido, pues nadie se percató de su presencia. Con sus pupilas azul acero, recorrió la sala, buscando a la figura más importante para él. Y como no, allá la vio. Al otro lado del enorme abeto, dando órdenes precisas, con esa voz dulce a la que era muy difícil darle una negativa. Con aquel largo vestido blanco, el que apenas dejaba ver sus zapatos bajos, parecía un copo de nieve. Kirito sonrió ante la comparación que hizo su mente, y se le acercó, dándose cuenta que Asuna no le había visto entrar. En realidad, nadie reparó en su presencia.

—El extremo es muy alto... —decía la voz femenina con acento triste —¿Renri-kun, podrías cortarlo solo un poco?

La voz de la reina salió con cierta preocupación, y Kirito alzó las cejas receloso, cuando el joven Integrity Knight se apresuró a cumplir el pedido, soltando sus cuchillas divinas las cuales volaron en direcciones opuestas, para rápidamente juntarse y cortar con precisión el cabo del pino, regresando luego a las manos de su portador. Debajo, Desoulbert con suma habilidad, atrapó la pesada punta del árbol, la cual podría fungir como decoración por sí misma. ¡Hasta podían montar otro árbol navideño con ella!

—¡Muchas gracias Renri-kun, Desoulbert-san! —los felicitó la reina batiendo palmas, alejándose por el extremo opuesto al que Kirito estaba, sin duda para halagar personalmente a sus caballeros.

Y el joven rey no pudo evitar fruncir el ceño cuando la descubrió riendo con Renri; aquel muchacho de cabello verde y expresión aniñada. No eran celos, Kirito jamás experimentaba celos, sí a veces sentía amargura cuando notaba que Asuna había hecho puentes con otras personas... sobre todo si éstas eran muy afines a ella en personalidad. Renri y Asuna eran similares muy en el fondo; ambos bondadosos, ambos sin maldad, ambos ignorantes del poder que habitaba en su interior, ambos tan transparentes.

No sentía celos, pero en ocasiones como esa, no podía evitar sentirse abrumado al descubrir que no era el único que le rendía pleitesía a su mujer.

Estaba ya a pocos centímetros de ella y alzó la mano para ponerla en su hombro, ansiando sorprenderla.

—Kirto-kun ¿crees que puedas colocar la estrella en la cima de nuestro árbol de Navidad? —la voz salió flotando cuando ni siquiera había volteado a verle.

Se maldijo internamente al ser descubierto de esa forma, pero todo desagrado desapareció cuando esos preciosos ojos de miel se encontraron con los suyos.

—¿La estrella? —preguntó, sabiendo lo mucho que a Asuna le encantaba explicar los detalles.

La reina atravesó la mínima distancia que los separaba y se colgó de su brazo. Su cuerpo era tibio y suave, y él debió hacer un esfuerzo descomunal para no secuestrarla en ese mismo momento y llevarla a su habitación para tumbarse en su regazo y descansar. Sonaba egoísta, pero quería el tiempo de calidad con su esposa, no verla orquestando una fiesta...

—¿Por favor? —le extendió el objeto con una mano. Era grande, pesada, y a simple vista se veían los detalles delicados grabados en el cristal. Sin duda aquella estrella era obra de algún artesano muy habilidoso.

Tomó el objeto y convirtiendo el dobladillo de su chaqueta en ligeras plumas negras, se elevó en dirección al gigantesco pino. Podía haber usado solo la encarnación, pero parecía que la gente de allá abajo estaba esperando aquel espectáculo. Y mientras ascendía sus ojos estudiaron con detenimiento el agraciado objeto en sus manos. La situación actual lo abofeteó de tal forma, que por algunos segundos perdió el control de los elementos aéreos que manejaba para mantenerse a flote. ¡Faltaba poco para la Navidad y eso significaba problemas! La clásica odisea de encontrar un regalo original para Asuna... Ya en el mundo real era una misión compleja, pues ¿qué le obsequias a una joven de clase alta que tiene absolutamente de todo? Y peor aun; ¿qué le obsequias a la reina que la sorprenda, y que sobresalga por encima de todos los regalos que seguramente recibirá?

Ni siquiera estaba Yui para ayudarle... Pero, ante la mención de la pequeña... posiblemente podría hacer algo bueno. Algo que fuera memorable para ella.

—¡Kirito-kun! ¿Qué ocurre? ¿Por qué te demoras tanto allá arriba? —la voz cantarina del fruto de sus pensamientos le hizo dar una voltereta sobre sí mismo, mientras sonriente le enseñaba la estrella que sostenía entre sus manos. Notando que contaba con la atención de todos en el salón, cumplió el ritual de vestir de gala aquel imponente pino. La simple acción fue coronada por una lluvia de aplausos y vitoreos, junto a sonrisas y palabras de paz. A Kirito le sorprendía que todos parecían tan felices por algo que no le demandó demasiado esfuerzo.

Cuando el adorno principal estuvo en su correspondiente sitio, bajó en picada hasta aterrizar cómodamente junto a Asuna, quien como toda respuesta ahogó un respingo. La forma penetrante en la que lo miró le dio pauta de que sería severamente regañado cuando estuvieran solos. La reina detestaba que fuera tan impulsivo durante sus paseos aéreos.

—Creo que iré a ayudar a Desoulbert a desentrañar esas luces de feria —le comentó antes de que la furia de miel se descargara sobre sí.

.

.

.

Los viajes a ese infinito cielo cada vez lo llevaban más lejos. Su ansiedad por descubrir y conocer otros lugares le había dado la confianza de que podía buscar un lugar mejor para el Dark Territory más allá de sus llanuras rojizas y su tierra infertil. Así formó la primera colonia interespacial en aquel planeta llamado Admin. De ese modo, los viajes al espacio buscando otras estrellas, otros planetas, se hizo su pasatiempo favorito.

Cuando el rey Kirito no anda correteando por toda la catedral tras los pasos de su reina, de seguro andaba en órbita, montado en algún dragón maquina, surcando las estrellas, rastreando lugares desconocidos.

De ese modo, encontró ese asteroide negro, que flotaba a la deriva entre la órbita de Cardina y Admin, las principales colonias que Centoria poseía. Necesitó el uso delicado de su encarnación para conseguir un fragmento del meteorito que le resultara utilizable. Kirito se recordaba a sí mismo colocando el suntuoso adorno en la punta del árbol de Navidad, y su mente se iluminó con la idea de darle a su preciosa reina una estrella de verdad. Por eso había salido apresuradamente a volar por el espacio, dando vueltas en torno a los planetas hasta que encontró ese tesoro. Ese tesoro negro como el carbón, y además de su color favorito.

—Oye viejo, ¿conoces un artesano capaz de convertir una piedra espacial en una joya?

El viejo, mejor conocido como Sadore, uno de los ingenieros aéreos más importantes de la Catedral, miró con el ceño fruncido al joven que le hablaba, que como siempre vestía de negro. Un traje realmente ordinario para su estatus. Pero, eso se debía a que, usualmente intentaba pasar desapercibido, como en ese preciso momento, donde no se veía guardia real que lo escoltara. Sin duda, la situación que lo envolvía era muy importante. Sonrió maliciosamente.

—Kirito-chi tu pregunta me ofende. ¿Acaso no fui yo quien construyó tu famosa espada de ese trozo de madera demoníaca que alguna vez me trajiste?

El nombrado pareció algo incómodo y se encogió de hombros.

—Soy un artesano, el mejor de su clase. Posiblemente no sea bueno con las piedras preciosas, pero algo puedo hacer. Muéstrame lo que tienes.

Kirito suspiró con desgano fingido, y metiendo la mano bajo su chaqueta, extrajo un envoltorio bastante grande, lo colocó en la mesa de operaciones del mecánico y esperó a que éste lo abriera.

Sadore no se hizo esperar, y cuando sus cansados ojos recorrieron la piedra negra como el pedernal que brillaba débilmente, cerró la boca no sabiendo que decir. Observó al joven de hito en hito, parpadeando sucesivamente.

—Esta es una piedra muy extraña —la tocó, quitándose los guantes de trabajo, para sentir la consistencia y la superficie rugosa del mineral —Está fría como el hielo.

—Lo sé —Kirito receloso, volvió a cubrirla —¿Puedes hacerlo?

—¿Con quién te crees que hablas, chico? ¡El viejo Sadore aún tiene un as bajo la manga! Déjamelo a mí, haré una joya digna para el cuello de la reina...

El joven se ruborizó hasta las orejas. Se rascó la mejilla en tanto desviaba la mirada del rostro burlón del hombre mayor —Si ni siquiera te he dicho para quien sería...

—La verdad está escrita en tu cara, Kirito-chi —le palmeó el hombro alegremente —¿Sabes? Me alegra saber que después de tantas guerras, aun tienes un corazón que late por una hermosa mujer.

—¿Qué tonterías dices?

El viejo ingeniero amplió la sonrisa malévola que le pintaba los labios y añadió de pronto, irguiéndose y mirando por encima del hombro del monarca —¡Oh Asuna-sama! ¡Bienvenida a este humilde hangar...! Por favor pase.

Kirito pegó un salto terrible y se volvió atemorizado, por supuesto; no encontrando a nadie tras su espalda. Se enderezó ofendido, viendo de reojo a su mejor ingeniero que se sostenía el estómago intentando no estallar en carcajadas.

—No es gracioso, ella no sabe que estoy aquí. He tenido que burlar a la guardia entera para que no me vean salir. No me extrañaría que en este mismo instante haya puesto a los IK para encontrar mi paradero.

—Es difícil ser rey, ¿verdad Kirito-chi? —el muchacho solo suspiró en respuesta —Entonces, déjame tu tesoro, haré una joya espectacular para la reina. Y márchate, antes que la legión de caballeros irrumpa en mi hangar.

El joven rey maldijo entre dientes y se alejó con rapidez, usando el anonimato que su vestimenta le brindaba. Debía buscar a Asuna antes de que ella lo hallara a él y la sorpresa se estropeara por completo.

.

.

Continuará.

Parte I de II

.

.

Nota:

¡Feliz MeriikuriSAOmasu a todos! Gracias por participar de este evento navideño!

Aqui vengo con la última de mis contribuciones para este evento que adoro. Por favor, a quien no le gusta la Navidad? Y es aún mas hermoso escribir historias bonitas de la OTP.

Bueno, hablando de este fic, traigo la primera parte... para variar, el tiempo me ha estado corriendo sin misericordia y por eso me decidí a dividir la historia en dos. Mañana que tengo libre (creo) subiré la segunda y ultima!

*Respecto a este fic:

-Los ojos de Kirito no son azules. Lo siento gente, en Alicization los ojos de Kiri tienen un leve tono azul grisace/violeta que me encanta. Y EN ESO ME BASO

-Me basé en el final del tomo 18 y el tomo 19 como verán. Todo lo que escribí es según tradujo TSA así que si luego los nombres cambian, lo corregiré. He tratado de explicar para quienes no sepan todo eso ¡SPOILERS! Entiendan.

-La historia está ubicada muchos años después de la guerra. Asuna y Kirito ya son los reyes estelares.

En fin, gracias a quienes han participado/leído/comentado/dejado su voto. No me canso de decir que son lo máximo!

Gracias y otra vez; ¡Feliz año para todos!

Sumi~

Nos vemos mañana con el final ^^

~Correcciones y portada a realizarse mañana~