𝓣𝓮 𝓫𝓪𝓳𝓪𝓻𝓮́ 𝓾𝓷𝓪 𝓮𝓼𝓽𝓻𝓮𝓵𝓵𝓪

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El veinticuatro de diciembre llegó con demasiada rapidez dentro de la Catedral. Y mirando por los ventanales amplios, podía verse la primera nevada decembrina, cayendo lenta en forma de pequeños copos, vistiendo el mundo de blanco y coronando la importante festividad.

Kirito terminó de vestirse con su traje real, y salió de su alcoba. Revisó que el regalo planeado estuviera en la bolsillo indicado de su pantalón, y se permitió suspirar con alivio. Iba retrasado para variar. Como a todas las juntas y reuniones a las que, como monarca era menester su presencia, siempre acababa llegando tarde. Sus consejeros y los IK estaban bastante acostumbrados a ese rasgo suyo, amparados posiblemente por la sonrisa culposa de la reina, quien siempre lo redimía de todo.

Esa noche, otra vez llegaba tarde.

Mientras Asuna organizaba el festejo con Fanatio y Sortiliena, él por otro lado organizaba la sorpresa que habría de darle. Se había cuidado todo el tiempo para no levantar sospechas y esperaba que sus esfuerzos rindieran el fruto esperado. El evento en la Catedral se dividiría en tres: La cena, un pequeño momento de esparcimiento, y la apertura de regalos. Kirito tenía que actuar entre los puntos dos y tres... solo esperaba que luego, la reina no se enojara por sus acciones.

Alisó las solapas de su regio traje, revisó el orden de sus cabellos, peinados prolijamente, se colocó los guantes y espero que los lacayos le abrieran las puertas del gran salón.

La mayoría ya había tomado asiento junto a la larguísima mesa que ella ordenó preparar, y allí estaban, vistiendo sus mejores galas, haciendo honor a la suntuosa decoración de la estancia. Las guirnaldas de luces, las ramas de muérdago, las cintas verdes y rojas que cruzaban los altos techos de aquel piso, y hasta el abeto inmenso; ricamente adornado, a cuyos pies se encontraba un infinito mar de obsequios de distintos tamaños, todo eso era prueba indiscutible de que la idea de Asuna había sido todo un éxito.

Y allí, en el centro de la escena, orquestando todo de manera maravillosa, estaba ella. Envuelta en un larguísimo vestido esmeralda... color que nunca le había visto usando. Sin duda era un tono salvaje, atrevido por ser pelirroja, y extraño; pero el increíble contraste que creaba con el atardecer de su cabello resultaba perfecto. Su piel pálida, incluso parecía brillar bajo las cientos de guirnaldas de luces, que colgaban por encima de su cabeza.

Se veía hermosa.

Bueno, eso no debería de sorprenderle. A cada momento del día que volteaba a verla, sabia lo encantadora que Asuna era. Quizás se debía a la fecha especial, o a verla tan elegante, con la corona real en su cabeza que gritaba a los cuatro vientos que ella era la indiscutida reina de Underworld. La reina...

—Kirito-kun llegas tarde —le regañó con un falso puchero cuando al voltear, lo descubrió observándole con una sonrisa soñadora. Se acercó a él para tomarle de las manos, empero se sorprendió, cuando éste le dio un tirón brusco que la acercó lo suficiente como para estamparle un beso. Un beso que fue en extremo largo y que de forma imprevista, le robó parte del labial que portaba —¿Qué...? —le preguntó temblorosa, tocándose las mejillas y dándose cuenta que estaban tan calientes como pensó. Sin duda su rostro debía ser un incendio a pleno.

Kirito no era partidario a dar esa clase de espectáculos en público, pero en ese momento sonreía con aire sereno, y al contar de nuevo con su atención señaló con un dedo hacia arriba —Muérdago...

A Asuna le pareció una excusa muy tonta, pero se la dejó pasar. Se aclaró la garganta para aplacar la vergüenza que persistía en quemarle la cara, cuando sintió la enguantada mano de él tomando, posesiva, su cintura —¿Kirito-kun...?

—Asuna, creo que el verde será mi color favorito de ahora en más... —le susurró en el oído.

Y ella casi se derritió contra su pecho. Él no era bueno con las palabras, pero era lo más cercano a un cumplido que podía esperar de su boca.

—Usted también luce increíble esta noche, su majestad —le respondió con una sonrisa húmeda, admirando el atractivo porte del joven, enfundado en aquel traje de terciopelo hecho a medida. Ligeros hilillos de plata, acunaban el par de sencillos gemelos en forma de perla que ella le obsequió, cuando se cumplió su primer aniversario como rey. Todavía le sorprendía gratamente, y entibiaba su corazón, el hecho de que Kirito decidiera usarlos siempre que pudiera, pese a que había pasado mucho tiempo y posiblemente no fueran tan elegantes para su estatus. Pero era tan obvio que lo consideraba parte de su tesoro particular. Asuna le alisó algunas arrugas inexistentes, sintiendo la lujosa tela bajo las yemas de los dedos, encontró su mirada de acero —¿Me acompañas a prescindir la mesa? Te estábamos esperando para empezar el banquete.

—No podía perderme el festín por nada del mundo —pronunció a viva voz para que todos le oyeran.

Una oleada de risas coronó su ocurrencia, mientras todos los convidados se ponían de pie en sus respectivos lugares, mientras ambos erigían la cabecera. Con Kirito en la punta y Asuna a su derecha.

El rey alzó su copa en alto cuando todos hicieron silencio —Gracias por venir aquí esta noche a celebrar la Navidad —dijo con voz clara, y agregó con énfasis —¡Por Underworld!

Cientos de copas se alzaron a la par, y un bramido ensordecedor se escucho en respuesta —¡Por Underworld!

Pero antes de beber y volviéndose a la preciosa mujer ubicada a la derecha que lo observaba embelesada, añadió con suficiente fiereza alzando la copa en su dirección —Por la reina Asuna.

No hay que decir que el rugido en respuesta a sus palabras fue cien veces mayor, y la réplica a su acotación se repitió de boca en boca entre todos los comensales, mientras el tintineo del cristal, cual melodía, se elevaba en torno a la hermosa mujer cuyas mejillas imitaban el color del vino.

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La cena había sido exquisita. Sin duda, las manos habilidosas de Asuna estuvieron allí aunque ella se empeñó en negarlo, aduciendo que todo salió de la imaginación del chef principal de la catedral.

Aún así, Kirito comió poco, la adrenalina que le carcomía las entrañas no le dejó disfrutar del banquete como usualmente hacía, y conforme fue acercándose el momento en el que empezaría su plan, fue poniéndose más y más nervioso.

Al cabo de hora y media, la mayoría de los comensales habían acabado de cenar y hablaban con su vecino más próximo, pronto los sirvientes se acercaron a levantar el servicio de mesa, y Kirito supo que el momento había llegado. Corrió la silla ruidosamente hacia atrás, causando un chirrido tal que todos guardaron silencio para verlo. Hasta Asuna lo contemplaba sorprendida. Era raro que él tuviera tanto empeño de hablar en publico, cuando siempre le dejaba esa tarea a ella.

—Espero me disculpen, pero planeo secuestrar a mi reina por un largo rato.

—¿EHHH? Kirito-kun ¿qué estas diciendo? —murmuró ella con una risita avergonzada viendo la expresión perpleja de los demás.

—Pueden empezar la apertura de obsequios sin nosotros —dijo también sin parpadear, y sin esperar respuesta, usó la encarnación para mover la silla de Asuna hacia atrás. Y ante el evidente grito de terror que ella pegó, uso también su arte para afianzarla contra su cuerpo —Feliz Navidad a todos, mañana tienen el día libre. El veintiséis de diciembre será la primera reunión en la sala principal a las nueve de la mañana.

Y dicho eso, apretó el cuerpo cálido de la reina contra el suyo y se dirigió a alguna de las ventanas, los pasos de Asuna apenas le afectaban pese a que usaba unos stilettos de considerable altura.

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La temperatura allá fuera era gélida, lo advertía por el vaho tibio que escapaba de sus labios cada vez que reprimía un suspiro.

—¿Tienes frío? —le preguntó cobijándola aún más, bajo la manta de lana que Fizel le extendió a último momento, antes de saltar al vacío desde la sala. Ella asintió sin responder oralmente, sus dientes castañeaban de modo gracioso, y Kirito maldijo el haberla sacado sin un abrigo adecuado. El vestido que usaba era precioso, capas de seda y encaje... pero la tela era demasiado frágil para esa clase de clima. La abrazó contra su pecho, rogando internamente que la reina no sufriera de hipotermia por su maldita culpa.

—¿Dónde vamos?

—A tu lugar favorito — le respondió acercándola más contra su cuerpo mientras los elementos aéreos los envolvían, elevándolos verticalmente a un lado de la Catedral, cortando la fría noche.

Asuna se abrazó al cuello masculino y sonrió. Su lugar favorito era el piso noventa y cinco, aquel mirador de estrellas. Lugar al que acudía cuando sufría de añoranza. Ver el vasto cielo y las constelaciones infinitas que cruzaban por encima de su cabeza, de alguna forma la serenaba y hacía que dejara de pensar tanto en lo que dejó atrás.

Advirtió que Kirito mermaba la velocidad y se aferró un poco más de él ante las bruscas maniobras que dio para aterrizar. Soltó una pequeña exclamación de alarma, en el momento en que saltó, alegremente, para encontrar tierra firme. El joven la sostuvo cortésmente de la cintura para que fuera testigo del lugar en el que estaban, y efectivamente se trataba del amplio mirador de uno de los pisos más elevados de su hogar. Como bien dijo; su lugar favorito.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó, y tuvo que soportar que le pusiera su chaqueta, y luego la cobijara con la manta.

—Quería hacer de esto algo especial... —le respondió y se tocó la nuca con evidente vergüenza —Pero no soy como tú, pasé varios detalles por alto. En mi cabeza, no me imaginé que haría tanto frío y tú podrías enfermar.

Asuna solo rió brevemente ante su confesión y le besó el mentón enternecida —El detalle me parece bonito, aunque la nieve puede significar un problema... —alzó los ojos notando los débiles e ínfimos copos que caían cubriendo los negros cabellos de su rey.

—Soy un desastre... en mi mente el plan era perfecto. Tú y yo disfrutando nuestra Navidad, mirando los fuegos artificiales, siendo solo Kirito y Asuna, mientras abres tu regalo...

—¿Fuegos artificiales? —aventuró ilusionada.

Y como si hubieran esperado las palabras claves de la reina, algo explotó en el cielo, y de pronto miles de luces de colores iluminaron el firmamento por encima de ellos. Las luces explotaban creando figuras increíbles y dando un espectáculo tal, que Asuna se quedó boquiabierta, atinando a sentarse allí, en el mismo lugar donde aterrizaron, dándose cuenta de la vista privilegiada que tenían. Podían verse en su totalidad iluminando las nubes y abarcando hasta donde sus ojos llegaban. Era maravilloso.

Kirito la veía con una sonrisa orgullosa, notando como los labios femeninos se abrían de asombro ante cada nueva detonación que luego incendiaba los cielos. Asuna era como una niña pequeña que señalaba emocionada cada figura que se dibujaba en la noche.

—Feliz Navidad —le susurró Kirito contra el oído mientras le ofrecía un envoltorio sencillo, el que hubo tomado momentos antes, de la bolsa de su pantalón.

Asuna lo contempló impresionada, y cuando el nuevo estallido se reprodujo a su alrededor, las luces le iluminaron el rostro en el momento exacto en que sus ojos de oro encontraban el delicado collar negro.

—Kirito-kun... —murmuró emocionada.

—Tú siempre decías que irías conmigo hasta el fin del mundo si era necesario ... —le confesó cerca de sus labios —Y lo has cumplido, aquí estás. Aquí estamos, juntos. Luego de eso, yo me prometí que no podía ser menos. Mi reina debía poseer algo indescriptible, como obsequiarle una estrella... — puso el collar en las manos de Asuna, quien se acercó la joya al rostro, para verla con mayor detenimiento. Estaba compuesto por diminutas perlas de jade negro, engarzadas a una delicada gema de mayor tamaño en forma de lágrima perfecta.

—¡Es hermoso! — balbuceó con ojos húmedos, y de pronto parpadeó evitando el escozor en forma de lágrimas que peleaban por salir —Sabes que no tenías que hacerlo ¿verdad?

—Pero eres mi reina, y todo lo que ansío darte es poco... —lo quitó de sus manos y la besó impetuoso en la boca: una, dos, tres veces, antes de ponerle la joya tras su cuello —¿Sabes porqué la piedra central tiene forma de lágrima?

Asuna no respondió, se largó sollozando a su pecho donde se refugió por varios segundos, oyendo como los últimos fuegos artificiales agonizaban en el cielo.

—Sé que no te olvidas de Yui, que por eso vienes aquí. Tampoco la olvido. Por eso, quise representarla de alguna forma... y a mí también.

—Gracias Kirito-kun —lo tomó de las mejillas y lo besó, el sabor de sus lagrimas la obligó a hacerlo con suavidad, sin prisa. Siendo ellos dos, amándose como siempre lo desearon —Me encanta que sea de este color... —se tocó las piedras con las yemas de los dedos. Sus mejillas seguían húmedas, pero sus pupilas brillaban como oro bruñido —Yo no tengo mi regalo aquí...

—Es lo de menos — la oscuridad volvió a hacerse presente —¿Quieres que entremos? No deseo que te enfermes.

—Tú eres mi refugio, quiero quedarme aquí contigo un poco más —hundió el rostro en el pecho del monarca, sintiendo su aroma a canela. Y se quedó allí con la nariz en su cuello —Te amo Kirito-kun.

—También te amo, Asuna —la abrazó y la sentó fácilmente en su regazo —¿No te recuerda a nuestra primera Navidad en Aincrad? —le preguntó de pronto.

—Allí también eramos tú y yo, solo Kirito y Asuna —le respondió con suavidad, sonriendo ante ese recuerdo; cuando no eran nada, pero ansiaban ser todo — Quedémonos a ver el amanecer...

—Me encantaría hacerle caso, majestad. Pero el clima es terrible y temo por su salud —le respondió con un susurro íntimo —Un momento más e iremos a nuestra habitación, no deseo que mañana media catedral me regañe porque su serenísima majestad ha pillado un resfrío.

Asuna solo rió entre dientes y se quedó quieta, disfrutando del calor agradable que de él emanaba.

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Cuando Kirito entró a su habitación, una hora después vale decir, llevaba una preciosa carga dormida entre sus brazos. Asuna no resistió demasiado... Organizar un evento de tal magnitud como la perfecta cena de Navidad que siguió, pese a que ellos desaparecieron como escolares, drenó su energía demasiado rápido. Pero a Kirito no le importó, él estaba para ella, de la misma forma en la que Asuna estuvo a su lado cuando se encontró dormido al inicio de la guerra en Underworld.

Tenía a su reina consigo, y había pasado una maravillosa noche buena con ella. Ambos con la única compañía del otro, como hacía mucho no ocurría.

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Gracias por leer esta historia! Soy feliz de que te haya gustado. Amo/adoro escribir sobre mis reyes amados 3