Disclaimer: D. Gray- man no me pertence.


Madurez

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Lavi esconde su cabeza bajo la almohada y pretende que en realidad no está ahí, pero falla miserablemente en el intento.

Es porque estornuda escandalosamente que es descubierto y es arrastrado por el cuello de la camiseta por todo el piso de la Orden por el abuelo.

Él llora, grita y patalea, pero nadie acude en su auxilio. Y no puede evitar pensar que ha sido cruelmente traicionado.

Malditos exorcistas.

Ve por el rabillo del ojo que Bookman se acerca lento y tortuoso hacia la puerta de la enfermería y él palidece de pánico, para luego ser arrojado sin piedad a los pies de la enfermera Lisa, quien lo mira desde su altura con una mueca temible en el rostro que le recuerda fugazmente a un Akuma, y los brazos puestos en jarra.

—Con que— comienza ella, provocándole un terrible escalofrío en la columna vertebral al pelirrojo—... ¿pensabas que podías escapar?

La pequeña risa maquiavélica que suelta entonces es suficiente para que Lavi se voltee en dirección a la puerta y vea con horror cómo el viejo panda se marcha a su ritmo tan lento como acompasado hacia el exterior, que le hace pensar por un instante que puede alcanzarlo si se apura.

Quiere gritarle e insultarle y rogarle que no se vaya. Pero ya es tarde: su mano se extiende hacia la puerta cerrada del hospital.

Su abuelo le ha dejado sin mirar atrás; que se convierta en hombre y enfrente sus problemas como tal.

Maldito viejo.


—Lavi— la voz de Lenalee le llama desde el exterior, y su voz, a pesar de ser suave y melodiosa, como siempre, se siente como un objeto corto punzante—, sal ya de ahí, ¿sí?

Y como si eso fuera algún tipo de invocación, él saca la cabeza de debajo del cobertor tan solo unos segundos después. Lenalee le sonríe, satisfecha. Lavi nota su nariz enrojecida como una cereza y sus labios resecos por la gripe, y no puede menos que sentirse como un completo idiota.

Se ha estado portando como un niño y él lo sabe.

Y todo por una inyección para la gripe.

Deja escapar una pequeña risilla avergonzada. ¿Cómo es que ha armado tanto escándalo solo por eso? Lenalee y Kanda también han cogido gripe y si no fuera por el hecho de que este último tiene la habilidad de curarse prácticamente solo, ambos estarían pasando también por eso.

(Y no por primera vez, Lavi maldice la asquerosa sangre milagrosa de Kanda).

No descarta, tampoco, que Lenalee ya lo haya hecho, y ni con una mínima parte de la pataleta que ha causado él.

—Es por tu bien, Lavi— Lenalee, a su lado, intentan convencerlo, sonriéndole como si se tratara de embaucar a un niño pequeño.

La sola idea le provoca un pinchazo en el costado.

—Muy bien— la voz de la enfermera en jefe suena más cerca de lo que le hubiese gustado.

Lleva una pequeña jeringa en la mano izquierda, que a cualquier podría parecerle inofensiva, pero según Lavi, bien podría haber sido de ésas que Jerry usa en la cocina para inyectar pollos.

Así que tiembla ante lo inminente.

No es que fuera especialmente cobarde. Solo que no le gustan las agujas, es todo. Tampoco es que hubiese alguien que pudiera culparlo; no, al menos, cuando la Inocencia de Bookman tiene forma de agujas, o cuando se ha tenido los colmillo de Krory clavados en el cuello.

Aun después de todo el tiempo que ha pasado de eso (y de que el viejo Panda ya no practica acupuntura en él) las agujas no dejan de ponerle nervioso

La enfermera Lisa descubre el brazo derecho del exorcista y con una lentitud que, él está segurísimo, imprime únicamente para torturarlo, se acerca con la aguja, puntiaguda y brillante, a él.

Lavi traga con pesadez y cierra los ojos con fuerza.

En ese instante, la pequeña y cálida mano de la chica se sienta sobre la suya, atrayendo poderosamente su atención. Acto seguido, son sus labios los que se posan, como una mariposa, sobre su mejilla. Él abre sus ojos, sorprendido, y la mira, boqueando como un pez fuera del agua, incapaz de decir (o hacer) nada que haga sospechar que sus neuronas hacen sinapsis dentro de su cerebro.

Lenalee sonríe satisfecha.

—¡Listo!— anuncia la mujer.

La lanza que porta ella en sus manos está vacía del contenido que había tenido antes. ¡Lo han pinchado y él apenas lo ha notado! No puede menos que enrojecer de la vergüenza.

—Lavi, te felicito— le dice la chica a su lado, pasándole la mano por la cabeza desordenándole su ya per sè caótico pelo rojo—; te has portado como un niño grande.

Entonces, Lavi solo puede sonreír abiertamente. Si eso logra siendo un "niño grande", ¡imagínense lo que podría conseguir siendo un hombre!

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Ay, este lo tenía escrito en una hojita de papel hace un montón de tiempo, y buscando el nuevo capítulo de otro long fic (porque yo toooodo lo tengo escrito el papel), lo encontré y no me resistí a subirlo.

Díganme qué les parece.