Hermione Granger parecía caminar sonámbula tras abandonar el despacho de la subdirectora McGonagall. El cúmulo de sucesos acaecidos en las últimas horas que esta le había referido todavía parecían estar calando en su mente.

¡El Sr. Weasley había sido atacado en el ministerio por la serpiente de Voldemort! Y sólo había escapado de la muerte por la alarma temprana que Harry había dado.

Cuando despertó esta mañana se extrañó de no encontrar ni a Harry ni a ninguno de los pelirrojos en el gran comedor, lo cual le había llevado a tener una desagradable sensación sobre su pecho, pero lo que había hecho saltar todas sus alarmas fue el relato de los compañeros de cuarto de Ron y Harry. Inmediatamente se había dirigido apresurada a la mesa de los profesores cuando un simple gesto de McGonagall la había instruido de que aquel no era ni el lugar ni el momento. Algo que se vio confirmado momentos después con la aparición de la Profesora Umbridge exigiendo conocer el paradero de los hermanos Weasley.

En su mente, podía recrear la escena como si hubiese estado allí. Estaba por apostar que en este instante Harry estaría ajeno al hecho que él era quien había permitido salvar al Sr. Waeasley con su aviso. Es más, ella apostaría la puntuación de uno de sus TIMOS a que en este momento Harry se estaría culpando a sí mismo de lo ocurrido convencido de que Arthur había sido atacado por el simple hecho de ser el padre de su mejor amigo y así, estaría rumiando ese sentimiento en su interior sin dejar que nadie penetrase el cascarón de aislamiento que habría construido a su alrededor impidiendo que cualquiera le hiciese ver lo absurdo de su razonamiento.

Junto a este sentimiento, su otra preocupación era el imaginar el estado del Sr. Weasley y en cómo estarían pasando el trago el resto de la familia. Podía imaginar su reacción y el miedo visceral que debieron sentir en su corazón cuando fueron despertados en mitad de la noche para informarles que su padre se debatía entre la vida y la muerte víctima de un ataque de Voldemort.

Imaginaba a la Sra. Weasley intentado mantener el tipo para que su familia no se rompiese. A los gemelos a los que por una vez sus bromas no podrían aislarlos de la inmisericorde realidad de la guerra. A Ginny por cuya mente estaría pasando su terrible experiencia en la cámara de los secretos, a…

-¡Ron!- El gemido escapó de entre sus labios y su mente entera se concentró en él.

Hermione sabía de la particular conexión que existía entre el Sr. Weasley y su hijo menor. Esa que no sólo abarcaba los aspectos físicos que también compartía con su hermano Bill, sino también en otros niveles mucho más profundos.

Ella sabía que su padre, en el afán de sacar adelante una progenie que parecía haber sido dotada con un estomago que tenía la misma voracidad que un agujero negro, se había visto forzado no dedicarle todo el tiempo que hubiese querido y así Ron, había sido criado básicamente por su madre, Percy y los gemelos…«Si es que a la forma en que ellos acostumbran a portarse con él pudiese ser llamada crianza» bufó por lo bajo mientras pensaba cuanto de la personalidad insegura y explosiva de Ron no era sino responsabilidad de ese par de alborotadores. El caso es que cuando el Sr. Weasley quedó parcialmente aliviado de esa carga tras la emancipación de los dos hijos mayores, había tratado de compensar esa pérdida de atención dedicándole más de su escaso tiempo libre y le había llevado a ver su primer partido de quidditch con los Cannons del que surgió el amor eterno del pelirrojo por el pésimo equipo.

Pero Hermione había encontrado otras muchas similitudes. Ambos eran valientes, aunque intentaban evitar el enfrentamiento directo, ajenos a la maldad y a cualquier tentación de tratar de abusar de cualquier situación de privilegio y sin embargo, resultaban feroces cuando se trataba de defender lo que entendían que era correcto.

Inmersa en sus pensamientos sus piernas la llevaron hacia su santuario, ese rincón en la biblioteca que le apartaba del trajín habitual y le permitía concentrarse en sus lecturas y en la elaboración de sus complejos ensayos. El mismo rincón cuya ventana daba al campo de quidditch desde la cual y de manera furtiva, observaba los entrenamientos del equipo de Gryffindor o, quizás sería mejor decir, las evoluciones de uno de los más recientes componentes del equipo.

Mientras la sonrisa se insinuaba en su cara, Hermione no pudo menos que reflexionar sobre lo extraordinariamente complejo que era comprender a Ronald Weasley.

«Ron» suspiro para sí misma. ¡De veras que no lograba entenderlo! Pareciera que hubiese dos de ellos y que se alternaban el uno al otro de manera imprevisible.

Ron era leal a toda prueba, pero a veces parecía estar algo celoso de la fama de Harry. La mayoría de las veces se comportaba como un bobo insensible y sin embargo a veces la sorprendía con gestos de infinita ternura. Podía tener la más divertida de las charlas con él y contarle todos los lugares que pensaba viajar cuando terminase la escuela, pero era mencionar Bulgaria y Ron parecía transformarse en una mantícora. Cuando volaba sobre los terrenos de La Madriguera, parecía estar en perfecta comunión con su escoba y le había sorprendido descubrir que a veces los gemelos le habían lanzado de improviso algunas quaffles y este alteraba su vuelo para interceptarlas con una gracia casi felina, pero era sobrevolar el terreno de juego del colegio y convertirse en un nervioso amasijo de manos y pies que luchaba por sostenerse sobre su escoba con un inquietante tono verde en su cara. Ron era lo que se podría definir como un vago redomado que siempre estaba atrasado en sus deberes escolares e incapaz de realizar correctamente un hechizo durante la clase y sin embargo, al día siguiente de que ella le ayudase a completar sus deberes o le hiciese una demostración práctica sobre el mismo, él parecía poder realizarlos casi a la perfección y ¡ni aun así! pareciera tener en este punto una línea de comportamiento coherente. Ron no aparentaba tener el menor interés en aprender hechizos de glamour básicos, como transfigurar una rata en un cáliz o como realizar una poción para curar las verrugas y sin embargo, era perfectamente capaz de transfigurar un cojín de la sala de los menesteres en un sólido bloque de piedra maciza para resguardarse de un hechizo lanzado por Harry durante las prácticas del ED mientras le lanzaba un impedimenta que hacía que Harry retrocediese diez metros.

Y a pesar de toda esa loca, absurda, irreal e incomprensible doble personalidad ella le amaba. ¡Oh señor, como lo amaba! No podía entenderlo, pero era la verdad y sabia que no se trataba de un enamoramiento de jovencita, era algo más. Ella podía ver sus defectos y los puntos débiles de su personalidad que él debería tratar de corregir, tales como la inseguridad en sí mismo y la eterna auto-comparación con sus hermanos y sin embargo… ahí estaba, el boceto borroso del hombre formidable en el que estaba destinado en convertirse con sólo que él lo intentase de corazón. Un hombre que haría estremecer el corazón de cualquier mujer como ya estremecía el suyo propio.

Estaba sumergida de lleno en esas reflexiones sobre el irritante pelirrojo cuando descubrió una nota de pergamino descuidadamente doblada frente al asiento que ella solía ocupar en la biblioteca.

Llevada por la curiosidad lo abrió reconociendo la descuidada caligrafía del objeto de sus tribulaciones mientras comenzaba a leerlo…

"Así, ¿que una cucharita de té?"

Al avanzar sobre las líneas del escrito sus ojos se abrieron de par en par mientras una de sus manos se dirigió sobre su pecho en un intento inconsciente de calmar el desenfrenado galopar de su corazón que parecía haberse vuelto loco con las descuidadas líneas escritas.

"…mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo…"

Parecía que el mundo se hubiese vuelto del revés y donde antes existía un patán descerebrado con la misma sensibilidad que una cucharita de té, ahora existía alguien que había sido capaz de interpretar correctamente los versos sobre los que su mente se deslizaba, pero eso resultaba inconcebible en Ron, «Él realmente no puede haber sido capaz de mostrarme esto» pensó mientras comenzaba a releer pensando que estaba siendo parte de algún tipo de broma o encantamiento que los gemelos hubiesen dejado atrás. Broma o encantamiento que quizás debería tildarse de cruel a raíz de todo lo que estaba haciéndole sentir a ella.

"Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe."

-¡Ron!- la exclamación escapó como un susurro de sus labios mientras que sus piernas parecían flaquear cuando completó la última línea…

"Yo lo sé"

Hermione se dejó caer sobre la silla ante el inminente fallo de sus piernas en su vano intento por sostenerla mientras el llanto se abría paso entre su pecho para sustituir su aliento por un incoherente conjunto de hipidos y sollozos al tiempo que oprimía el pergamino sobre su pecho.

No. Ronald Weasley no era la insensible verruga que ella había dicho, ni el imbécil con el rango emocional de una cucharita de té. No, Ron no era más que un adolescente normal en continua confusión por la marea de hormonas que circulaban por su sangre, la sobrecarga emocional de enfrentarse a sentimientos cuya intensidad ella misma conocía muy bien, el conocimiento la obscuridad que se aproximaba y, ahora mismo, era un chico que temía por la vida de su padre y que metería bajo una gruesa caparazón todo el dolor y todo el terror que su corazón albergaba para una representar una aparente indiferencia que evitase mas angustia a su familia durante estos momentos de tribulación, tal y como hizo en segundo año cuando se adentró con Harry en el bosque prohibido. Pero, por encima de todo, Ron era su amigo, el amigo que la necesitaba ahora más que nunca y mientras comenzaba a escribir una carta a sus padres explicándoles porque no podía quedarse con ellos a esquiar durante las vacaciones de navidad, no pudo evitar notar el temblor de su mano y como sus nudillos quedaron blancos aferrando la pluma cuando en su cabeza se filtró la pregunta acerca de:

¿Quién demonios había enseñado a Ronald Bilius Weasley lo que era el amor?

Evidentemente, el poema de referencia no es mio. ¡Ya quisiera!

El autor es el poeta español Lope de Vega. Posiblemente la pluma que mejor ha expresado los sentimientos del amor a través de sus versos en la poesía universal.