Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


Recomiendo: Dirt - Depeche Mode

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Capítulo 19:

Al descubierto

"Mmm... He estado sucio

(...) Y no me importa

Porque he estado ardiendo por dentro

(...) Mmm... He estado herido

Y no me importa

(...) ¿Y tú lo sientes?

Dilo

¿Lo sientes cuando me tocas...?"

Edward sostuvo la mano unos segundos más, pero mi padre no la estrechó.

—Sé perfectamente quién es usted —aclaró Charlie.

—Estaba trabajando. Me tomaste por sorpresa —dije, sin saber qué hacer.

—Discúlpame —exclamó.

—Descuida. —Le sonreí—. Edward y yo estábamos…

—Necesitaba saber lo que estaba ocurriendo en la empresa de mi padre, eso es todo. Espero no estar importunando en un momento importante para ustedes —aclaró el senador, sosteniendo una sonrisa educada.

—Descuide, imagino que está por irse —afirmó mi padre.

Miré a Jasper, quien levantó su ceja mientras los escuchaba.

—Había invitado a Isabella a comer —exclamó Edward.

¿Qué?

Tragué.

—A todos, en realidad —agregó—. Como una forma de agradecer el trabajo que estaban teniendo. Puede acompañarnos, señor Swan. Señor Whitlock, por favor.

Todos se quedaron en silencio por un momento hasta que el aludido sonrió de forma educada.

—Lo agradezco mucho, senador —respondió.

—Claro, no veo por qué no. —Papá también sonrió, pero parecía muy receloso—. Iré si tú quieres que vaya, cariño.

Me contemplaba, esperando mi respuesta.

—Sí, ¿por qué no? —dije.

—Tengo un lugar perfecto para poder cenar, espera sea de su gusto.

—¿Estás segura de esto? —me susurró mi mejor amigo mientras salíamos de la oficina. Papá y Edward iban adelante—. Iré por protocolo, sé que es importante mantener todo en paz en este maldito infierno.

Le hice un gesto para que bajara más la voz.

—Todavía tenemos que hablar —le recordé, rememorando las palabras que había intentado decirme antes—. Espero que no lo olvides.

—No lo haré.

Apreté el botón del ascensor, chocando con la mano de Edward, que había hecho lo mismo. Nos miramos mientras las puertas se abrían y los demás entraban.

—Usted primero —susurró, instándome a entrar.

En un segundo tomó mi mano y me entregó mis bragas, a escondidas del resto y en nuestra plena complicidad.

Respiré hondo y me metí al ascensor, manteniendo la calma.

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—Te veo pensativa —dijo papá, sacándome de mis pensamientos.

Estábamos en el coche, unidos en un profundo silencio. A ambos nos gustaba mantener ese ritmo, pero sabíamos que esta vez era diferente.

—Lo siento. Han pasado muchas cosas últimamente. —Suspiré—. No te preocupes.

—¿De verdad no debo preocuparme? —insistió.

—Te recuerdo que ahora soy una adulta, tengo mucho de qué ocuparme.

Me reí al ver su expresión.

—Sí, tienes razón, a veces olvido que lo eres.

Se unió a mi risa y me besó los cabellos.

Cuando llegamos a una conocida cadena de restaurantes finos, Emmett nos abrió la puerta y acompañó a la entrada, junto a Edward y a Jasper. Al subir las escaleras recibí la mirada incesante del senador, tan cercana que casi tambaleo.

—Ah, qué bello —exclamó mi padre, mientras se acercaba a la pared principal—. Hacía mucho que no veía a Caravaggio.

—Cuidado —me susurró Edward, tomando mi cintura con suavidad para que no tropezara con otro de los escalones que había ahí.

Casi di un brinco cuando sentí su cálido aliento en mi cuello.

Diablos.

—La Captura de Cristo —murmuró—. Eh, Bella, ¿lo recuerdas?

—Sí, papá, cómo olvidarlo. —Sonreí.

Él se persignó.

—Es un lindo lugar —agregó.

Y sí, realmente lo era. Tenía un estilo muy clásico, donde predominaba el estilo barroco, muy sofisticado.

Nos acompañaba una bella vista que daba hacia su patio interior.

Como teníamos chofer, todos nos decidimos por beber vino.

—Tiene buen gusto, senador Cullen —afirmó papá, sujetando el fuste de la copa con gracia.

—Es un honor que le haya gustado, señor Swan. Me importa ser un buen anfitrión, sea donde sea —dijo.

Miré sus labios, que se saboreaban el vino con una elegancia y erotismo tan intenso que apreté las piernas.

Oh, Dios, ¡estaba mi padre presente! Necesitaba pensar con la cabeza, dejar de lado todo esto, o iba a matarme.

—Entonces me permito enseñarles un platillo que me encanta, claro, si ustedes comen carne —añadió el senador.

Tener a Edward, papá y a Jasper reunidos en una mesa, sin saber cómo referirme a cada uno, incapacitada de dominar la situación, me provocó una oleada de ansiedad, por lo que me levanté con la excusa de mirar el inmenso acuario que ornamentaba el lugar. Necesitaba algo de silencio, aunque la melodía de Bach que había de fondo solo alimentaba algunos pensamientos intrusivos respecto a lo que habíamos hecho el senador y yo hacía tan poco tiempo.

—Cariño —llamó mi padre, sacándome un respingo—. Lo siento, ¿te he asustado?

—Me tomaste desprevenida —le respondí.

—Espero que esto no te esté incomodando.

—No, papá, en realidad, me hace sentir segura que puedas interiorizarte en mi vida…

—No es de mi agrado —interrumpió—. Solo estoy siendo educado, contemplando lo que hace por llamar mi atención.

Fruncí el ceño.

—Sé perfectamente que ese es el hijo de puta que te tenía llorando conmigo —aclaró.

—Papá…

—No necesitas decirme nada, he llegado a las conclusiones correctas porque te conozco como a la palma de mi mano.

Me mordí las mejillas internas mientras buscaba una forma de hacerle cambiar de opinión.

—No es el momento para hablar de esto —fue lo único que conseguí decir.

—Lo sé —murmuró—. Pero necesitaba decírtelo.

—Él… Es muy difícil de describirlo.

—Sé que te hizo llorar y eso es suficiente para mí.

—Yo también lo sé.

Apretó los labios.

—Llegó la entrada —susurré, instándolo a que se sentara.

Edward no estaba en su lugar.

—Me alegra verte, Jasper —exclamó mi padre, sonriendo con naturalidad.

—El gusto es mío, señor Swan —respondió mi mejor amigo.

—Siempre esperé que pudieras cuidar de ella, a pesar del tiempo —agregó papá.

—Créame que ella sabe cuidarse sola —aseguró Jasper.

—Tienes toda la razón —dije.

Charlie se rio.

—Sí, pero no me pidan que no busque protegerte, perdí mucho tiempo de mi vida sin ti, no quiero que te ocurra nada en este mundo tan insostenible —aclaró con la voz levemente severa.

—Creo que la señorita Swan ha demostrado tener el suficiente carácter para liderar el lugar en el que se encuentra —afirmó Edward, sentándose junto a nosotros.

El silencio fue brutal por ciertos segundos.

—Usted debe entenderme, pues sabe el tipo de personas que le rodean —exclamó papá.

Edward enarcó su ceja con suavidad y dijo:

—Sí, puedo entenderlo, estamos en un sitio donde el dinero, los negocios y la política se entrelazan, tres cosas muy odiadas.

—Muy odiadas y con justa razón —respondió—. Espero que usted no sea de la misma forma.

—Papá, no es el momento de decir estas cosas, sé lo que estoy haciendo y por qué lo estoy haciendo —afirmé.

—Descuide —interrumpió Edward—, estoy muy de acuerdo, es un mundo extraño y complejo, pero su hija está segura.

Jasper miraba al senador con la copa entre los labios, inquieto y muy receloso.

—Bien, al menos tiene buen gusto —recalcó papá—. Este filete se ve muy bueno.

—¿Lo ve? Puedo ser un excelente anfitrión.

La soltura educada de Edward siempre me impresionaba, sobre todo cuando se trataba de estar frente a mi padre, quien no solía ser una persona fácil de impresionar, aunque fuera un poco, sobre todo si quien pretendía hacerlo era precisamente el senador del cual yo estaba enamorada.

—Gracias por la invitación, señor Cullen —agregó Jasper, uniéndose a la conversación—. La comida está excelente y el lugar es una gran elección. Quiero que sepa que estoy trabajando codo a codo con Bella, y eso significa que también procuro hacer mi trabajo a la perfección. La herencia de su padre está en buenas manos —concluyó.

Los ojos verdes e intensos de Edward lo miraban directamente.

—Muchas gracias, señor Whitlock. Confío lo suficiente en la señorita Swan, asumo que el que usted esté en este puesto no es en vano.

—Así es —agregó mi amigo.

La verdad era que el filete estaba impresionante.

Luego de comer, papá se levantó un momento para fumar un cigarrillo, mientras Jasper se había acercado al baño. Mientras, caminé hacia la barra y me pedí un Negroni, tenía ganas de un trago fuerte y amargo.

—¿Ocurre algo? —inquirió Edward, siguiendo mis pasos.

Él sujetaba otra copa de vino.

—Estaba pensando —dije.

—Ya veo.

—Es difícil lidiar con la llegada de mi padre y que tú hayas hecho esto —musité.

—¿Invitarlos a comer?

Sonreí y suspiré.

—¿Quieres impresionarlo?

—Ya lo hago.

Entrecerré mis ojos.

—A veces eres tan arrogante —dije.

De sus labios nació una sonrisa coqueta y divertida.

—En realidad, solo quiero impresionarte a ti —murmuró—. Sé lo importante que es para ti. Boston no estaba tan lejos después de todo, ¿no? Tu padre siempre estuvo cerca.

—¿Cómo sabías que estaba ahí? —le pregunté.

Levantó las cejas.

—Tú lo contactaste —musité, conectando cada escenario en mi cabeza.

Sentía que mis entrañas se estremecían de deseos por correr a abrazarlo, tocarlo, olerlo y…

—Lo buscaste —agregué.

—Quise hacerlo cuando me contaste que no sabías de él, necesitaba hacerlo por ti.

Los vellos de mis brazos se erizaron.

—Gracias —susurré—. De verdad… Edward, no sabes lo que feliz que me hiciste ayudándome.

Su sonrisa era sincera, suave e incluso inocente, impregnada de alegría genuina.

Miré a mi alrededor y tomé su mano con rapidez, tirando de él para que me siguiera hasta el pasillo cercano a la cocina. Al lado parecía estar la bodega de limpieza.

Jadeé cuando lo tuve de frente, observándome de la misma manera que lo hacía yo. Lo abracé y él me sostuvo con fuerza y contención. Nos besamos en medio de una desesperada manera de sentirnos tras los sentimientos que nacían vorazmente.

Dios santo, amaba a este hombre. Había conquistado todo de mí. Lo amaba, lo amaba, lo amaba.

Nos separamos para respirar, todavía rozándonos. El calor era tan palpable como desesperante; sabíamos que no era el momento ni el lugar, que aún necesitaba ser un secreto, pero nos negábamos a separarnos.

—¿No pensabas decírmelo? —le pregunté.

—Era suficiente saber que ya estabas con él.

Suspiré y él me besó la frente. Fue inevitable cerrar los ojos por un rato.

—Siento que papá se comporte de esa forma tan maleducada…

—No, no necesitas disculparte —me interrumpió—. Imagino que quiere protegerte.

—Me ha confesado que sabe lo que tenemos tú y yo —susurré.

—Imagino que ha odiado la idea —respondió, tensando suavemente la mordida.

—Supuse que él tampoco sabe que fuiste quien me ayudó a encontrarlo.

Asintió.

—Y espero que nunca lo sepa. Por favor.

Arqueé las cejas.

—Solo me importa esto, que estén juntos.

Edward me acarició la mejilla, usando su pulgar de forma suave en mi piel caliente.

—Bella —llamó Jasper, sacándome un gemido.

¡Mierda!

Tragué y caminé hacia él, separándome de Edward.

—¿Qué ocurre? —pregunté con la voz grave.

—Estaba… Estaba buscándote —contestó—. ¿Está todo bien?

Asentí con rapidez.

—Jasper, no tenías que buscarme —afirmé, demasiado nerviosa para contener el volumen de mi voz.

—Lo siento —dijo de inmediato—. No sabía que tú y…

—Creo que fue una muy mala idea que todos viniéramos hoy —exclamé—. Jasper, espero que esto podamos hablarlo en otro momento.

—Deseo que no sea un problema, señor Whitlock —agregó el senador, quien tenía sus ojos entrecerrados.

Hubo un franco silencio.

—Solo me importa el bienestar de mi mejor amiga, senador Cullen.

—Sé lo que puede estar pensando, pero ella es la única que me importa aquí, no voy a dañarla —enfatizó él en respuesta.

—Tu padre te buscaba, Bella, siento entrometerme en lo que no debí —finalizó, para luego marcharse.

—Jasper… Jas…

Apreté los labios y me volví hacia Edward.

—Nos vemos allá —le dije.

Caminé rápidamente para alcanzar a Jasper. Tomé su brazo y él se giró, mirándome a los ojos.

—No tienes que darme explicaciones, Bella.

—Eres mi mejor amigo, y no tengo a nadie más que a ti y a papá —señalé—. Debí ser completamente sincera contigo.

Suspiró.

—Puedo entender por qué no pudiste decírmelo.

—Es demasiado difícil de explicarlo a cabalidad, Jass.

Sus ojos estaban extrañamente desvaídos.

—No quiero que te dañe, Bella. Ese tipo es peligroso.

Tragué.

—Estás actuando como mi padre —murmuré, algo irritada.

—No es así…

—¡Claro que sí!

—He visto todo lo que necesitaba para saber que los Cullen son un peligro, Bella, ¡y eso lo sabía desde antes de pisar un pie en este mundo de políticas y negocios! —Me tomó los brazos y luego me acarició los hombros—. Sé que puedes cuidarte, que ya has vivido situaciones peligrosas, pero Edward Cullen es un senador, uno muy poderoso, su familia ha logrado evadir la justicia a punta de extorsión, influencias ilegales y no les interesa más que continuar con esto hasta el fin de sus días. Por supuesto que no quiero que estés en peligro.

—Sé quiénes son los Cullen, pero Edward…

—¿Es diferente? —me preguntó. Su voz sonaba ligeramente burlona—. Lo siento, es solo que…

—¿Qué pasa?

—Bella, quería decírtelo desde hacía mucho, pero… —Bufó—. Me gustas.

Miré hacia otro lado, mientras pensaba qué decirle.

—En algún punto creí que podías sospecharlo, pero sé que no deberías ni tienes por qué adivinar mis intenciones. —Se rio con desgana—. No creí que pudiera sentir tantas cosas por ti, sobre todo porque eres mi mejor amiga desde hace mucho tiempo. Lo siento, de verdad.

Volvió a caminar hacia las mesas, dejándome pasmada.

Cuando llegué hasta donde estaba mi padre, bebiéndose un último vino con Jasper, quien ya se estaba despidiendo, él me sonrió, pero sabía que continuaba teniendo muchas preguntas.

—Jasper me contaba que ya se iba. Es una lástima. ¿Dónde está el senador? —inquirió.

—Me comentó que iba a saludar al chef —dijo Jasper—. Ha sido un agrado volver a pasar tiempo con usted, señor Swan.

—Lo mismo digo. Espero volvamos a vernos.

—Claro.

Cuando se fue, sentí un sabor muy amargo.

Papá quería decirme algo, pero mi teléfono nos interrumpió. Era un número que desconocía.

—¿Hola? —dije.

Buenas tardes, ¿hablo con la señorita Isabella Swan? —preguntó una suave voz femenina.

—S-Sí —tartamudeé.

—Soy la fiscal Jefferson.

Sentí una puntada en mi pecho.

—Sé que usted estuvo buscando a su hijo.

Me senté enseguida.

—¿Cómo lo sabe? ¿Cómo…?

—Necesito verla ahora, ¿es posible?

Papá me miraba, buscando alguna expresión mía que pudiera revelarle qué estaba pasando.

—Sí, que sea ahora. ¿Dónde puedo encontrarla? —inquirí.

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Su oficina era pulcra y minimalista. La mujer me esperaba frente al escritorio, mientras hojeaba un expediente. Cuando se dio cuenta de que estaba frente a ella, emergió una sonrisa en su rostro.

—Buenas tardes nuevamente —dijo—. Veo que ha llegado muy pronto.

—Vine tan rápido como me lo pidió.

Se levantó y me tendió su mano. La apreté con nerviosismo.

—Tome asiento, por favor.

—Dígame qué sabe de ella —supliqué con la garganta apretada.

Suspiró.

—Soy la fiscal Jefferson, he estado investigando lo que usted está buscando, incluso desde antes de que haya tenido tan horrible experiencia.

Me senté de inmediato y ella también lo hizo, manteniéndose en frente.

—¿Quiere algo de beber…?

—Dígame qué sabe, por favor.

Asintió y entrelazó sus dedos sobre el escritorio.

—Llevo años ayudando a las mujeres en diferentes aspectos, pero hace quince que no tengo la forma de concluir una de las investigaciones que más me importa en este momento. Verá, he estado involucrada en diferentes casos de corrupción, pero mi vida laboral se ha desenvuelto en casos de violencia hacia mujeres, niños y minorías. Usted es parte de esa gente a la que he tenido que ayudar toda mi vida.

—¿Usted sabe lo que me ha ocurrido? —inquirí.

Se quedó un momento pensando y luego continuó.

—Supe que sufrió de la muerte de uno de sus hijos y que el otro fue declarado desaparecido —murmuró con cautela.

Cuando alguien más lo exteriorizaba, lo hacía más real. Había pasado tanto tiempo en silencio, sufriendo de algo que solo unos pocos conocían, que casi parecía un delirio creado por mí.

—Dígame, ¿es así?

Asentí.

—Eran mellizas.

—Lo siento mucho.

No le respondí.

—Nunca la habían ayudado, ¿no es así?

Negué con los ojos llorosos.

—¿Quién iba a escuchar a una chica común y corriente como yo? Era demasiado joven y no tenía ningún recurso para suplicar que me creyeran y continuaran investigando.

—¿Por eso se casó con el señor Cullen? —indagó—. Siento que sea tan directa, pero…

—Sí, por eso me casé con él —afirmé con determinación—. Fue consensuado, Carlisle sabía lo que estaba haciendo y por qué.

—Tal parece que el expresidente sabía más de lo que imagino.

—Esa es la realidad. Me dio todo lo que pudo para ayudarme.

Asintió.

—Conocí a Carlisle Cullen. Era un hombre muy correcto, pero también capaz de todo con tal de alcanzar sus objetivos. Mi familia siempre estuvo cerca de la suya; la política no me es ajena.

—¿Es que acaso Adam Jefferson…?

—Es mi hermano.

Me sorprendí.

—Somos muy diferentes, por favor, no crea que mis intereses son políticos. —De pronto suavizó aún más su expresión, tornándose muy afable—. Llevo diez años sin encontrar a los principales culpables del caso de desapariciones forzosas de recién nacidos.

—¿Diez años?

—Son casos muy variados, pero gran parte de las denuncias vienen de mujeres jóvenes, que se dan en tres principales hospitales del condado. Uno de ellos fue en el que diste a luz.

—Dios mío —susurré.

—Fue una sorpresa saber que usted podría ayudarme —declaró.

—¿Cómo supo de mí?

—El senador Cullen me habló de usted.

—¿Edward?

—Fue tan sorpresivo que me pidiera que la escuchara y ayudara. ¿Él pidiéndole algo a un Jefferson?, eso debía significar que era muy importante; fue inevitable querer saber más, y fue ahí que me di cuenta de que en realidad usted es quien puede ayudarme a mí.

No supe qué decirle. Edward me daba vueltas en la cabeza, una y otra vez.

—Voy a ayudar a encontrar a su hija, pero necesito que sea franca y me ayude también a dar con quienes están haciendo esto, no tengo dudas de que es algo muy grande que debe ser descubierto. Es mi deber terminar con lo que comenzó hace diez años —advirtió con vehemencia.

—Debe encontrarlas —gemí—. Por favor.

Sus ojos se pusieron brillantes.

—Me recuerdas a mi hija —susurró y cerró los ojos con fuerza.

Le dio la vuelta a su silla para mirar a la ventana.

—Murió hace cinco años. Tenía un linfoma y… —Respiró hondo—. Cosas de mi vida, nada más.

—Lo siento mucho.

—Gracias.

Volvió a girarse, esta vez hacia mí.

—Es difícil no pensar en ella cuando veo lo que les sucede a chicas de tu edad, Isabella.

—Entonces haré lo que sea necesario por ayudarla y que usted lo haga conmigo —afirmé—. Pero debe encontrarla, tiene que hacerlo.

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Sentía que mi padre me miraba mientras yo lo evadía contemplando la ventana del coche. Quería huir de más preguntas.

—Bella —insistió.

—Por favor, papá.

—Solo… Solo quiero decirte que lo siento mucho, pero que ya no estás sola en todo esto —afirmó con la voz suave.

Lo abracé y me puse a llorar.

—Gracias, papá —murmuré—. Ahora me siento más en paz; el saber que ya no hay más secretos entre tú y yo, me tranquiliza.

—A mí también. Aquí me tendrás, siempre.

Oh, papá realmente no sabía cuánto lo había extrañado.

—Ahora necesitas descansar, ¿está bien?

—Está bien.

—Siento haberte hecho pasar ese mal rato en el restaurante —añadió.

—Estás perdonado.

Me sonrió y me besó la frente.

Cuando llegamos a mi departamento, Serafín nos esperaba con salmón a la mantequilla. Se veía algo preocupado, pero también aliviado de verme junto a papá.

—Eso huele magnífico, ¿qué te pareces si comemos un poco? —me preguntó él, cerrando la puerta detrás de mí.

—Ganas. Sigo con mucha hambre —exclamé.

—Nunca cambias, cariño. —Rio y me dio un último beso en la frente—. Muchas gracias por la hospitalidad, señor.

—Dígame Serafín, por favor.

—Pues tú dime Charlie.

Me acomodé en el sofá, quitándome los tacones para subir los pies.

—Te haré un té —me dijo papá.

—Gracias —respondí, mientras me preguntaba qué estaría haciendo Edward en este momento.

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Sentí que mi móvil vibraba mientras dormía. Lo busqué con los ojos cerrados y cuando lo encontré suspiré un rato, intentando despertar. Me quité el antifaz y miré la pantalla. Era Edward.

Me comenzó a latir rápidamente el corazón.

"¿Te molestaría verme un rato?

No puedo sacarte de mi cabeza desde que nos vimos en el restaurante."

Me senté de inmediato y me puse a escribirle de vuelta.

"¿Dónde estás? Yo en mi departamento."

Esperé su respuesta mordiéndome una uña, expectante y ansiosa.

—Cómo te gusta hacerme sufrir —susurré.

"Pasaré por ti. Estaré ahí en cinco minutos."

¡¿Cinco minutos?! ¿Cómo esperaba que estuviera presentable en tan poco tiempo?

Corrí a lavarme la cara para despertar por completo. Me vestí con rapidez y apenas cuando me ponía algo de mascara de pestañas, sentí los golpes de Edward en la puerta. Mi corazón se desbocó de tantos latidos. Atravesé la sala para abrirle y lo vi delante de mí, apoyado en el umbral, demasiado guapo para poder reaccionar.

—Hola —lo saludé, mirándolo de arriba abajo.

¿Cómo no hacerlo si se había puesto unos jeans y llevaba una camisa negra, que tenía los tres primeros botones abiertos para lucir el inicio de su pecho fuerte y masculino? Era un pecado no perderse un rato en él.

—¿Te encontré durmiendo? —preguntó.

Me sonrojé.

—¿Se me nota? —Me toqué el rostro, deteniéndome en las bolsas bajo mis ojos—. Me diste muy poco tiempo para arreglarme, no es justo.

—Lo decía por tu antifaz —murmuró, sacándomelo de la cabeza.

¡Cierto! Lo había olvidado por completo.

—A mí me parece que te ves preciosa —susurró, contemplándome con una sonrisa satisfecha y maravillada.

Me había puesto un vestido anaranjado, pegado a mi cuerpo y con tirantes en los hombros. Por suerte había encontrado mis sandalias de tacón del mismo color.

—Qué adulador.

Tiró de mi mentón y me besó. Subí mis brazos a su cuello y toqué su piel, disfrutando de su lengua a la vez.

—¿Dónde quieres llevarme? Más te vale que vayamos ya, o Serafín nos encontrará —murmuré.

—He olvidado que realmente tienes dos padres muy pendientes de ti —dijo, muy divertido.

Tiró el antifaz hacia la sala y me tendió su mano.

—¿Viene conmigo, señorita Swan?

—Por supuesto, senador Cullen —respondí, tomándosela.

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Abrió la puerta de su coche, mientras Emmett miraba desde el mío, dispuesto a cuidar mis pasos. Cuando me metí, respiré hondo y me impregné del perfume de Edward. Él se sentó a mi lado, envolviéndome de otra ráfaga de su aroma.

—Me han invitado a una fiesta —susurró, pasando sus dedos por mi brazo desnudo.

Sentí escalofríos.

Observé cómo sus dedos disfrutaban de mí, expectante y entusiasta.

—¿Una fiesta? —inquirí.

Su sonrisa se hizo muy sospechosa.

—¿Qué dices?

Enarqué una ceja.

De pronto, una voz robótica comenzó a hablar dentro del coche.

Nueva llamada entrante. De… Charlotte —anunció.

Esa mujer estaba llamando a Edward. ¿Qué demonios quería?


Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de mi historia, he demorado y lo siento, pero aquí les traigo un capítulo lleno de novedades y sorpresas. Las cosas se vienen tan sobrosas y en el pico del éxtasis. ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

¡VIENEN DOS PERSONAJES NUEVOS CLAVE PARA EL FUTURO DE LA HISTORIA! ATENTAS AL GRUPO DE FACEBOOK

Agradezco sus comentarios, siempre los leo con mucho gusto, así que estaré respondiendo los que pueda desde ahora en adelante. ¡Gracias a todas! Intentaré dejar sus nombres durante el día, espero volver a leerlas nuevamente, cada gracias que ustedes me dejan es invaluable para mí, sus comentarios, su entusiasmo y su cariño me instan a seguir, de verdad gracias

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