Paseando casualmente por una galería de arte, Bokuto siente ya haber visto parte aquella antes. Entre medio de fotos y dibujos realistas de peces Koi y un estanque, como pieza central había un notablemente viejo pero cuidado barco de papel. Teniendo un golpe de nostalgia al recordar y jurar que en la vieja casa de su abuela había un barco de papel casi idéntico, se acercó a la placa del autor y como si fuese una caricia para su memoria leyó "Akaashi Keiji".

No había nada que hacer, la casa de su abuela era tan aburrida como la recordaba y lo más entretenido que Bokuto Kotaro pudo encontrar fue un estanque con coloridos peces Koi. Al final, su única opción era ir al parque donde el estanque se encontraba.

Pero la soledad era abrumadora y tremendamente aburrida, en especial junto a la idea de que aún debía pasar más tiempo en aquella villa que parecía no tener ningún niño o niña. En un sitio tan tranquilo como antiguo, el único sonido que Kotaro podía escuchar eran las cigarras características del verano y el palo que él golpeaba contra el suelo al caminar.

Quizás podría variar un poco y curiosear sobre la cantidad de peces que se esconderían debajo de los nenúfares, con suerte encontraría diversión en descubrir si ya los había visto antes o no. Aunque realmente lo que hace tiempo no había visto era definitivamente a otro niño, y como si de repente su deseo se materializara al haber cruzado la entrada de la plaza, Kotaro pudo divisar a la corta lejanía la silueta de otro infante justo como él.

Correr fue la reacción natural de su cuerpo, la emoción rebosaba cualquier límite y su voz no se contuvo alzarse y expresar emoción— ¡Hola! —sin siquiera medir la rapidez con la que se había movido llegó al borde del estanque donde el otro niño se encontraba, quiso detenerse, pero en lugar de eso resbaló y cayó en el agua.

— ¿Estás bien..? —se escuchó en un pequeño susurro, mientras que Kotaro se había repuesto momentáneamente al arrodillarse aún en el estanque.

— ¡Sí! —se levantó de repente con la misma euforia con la que había llegado— ¡Soy Bokuto! ¿Cual es tu nombre? —preguntó con contento, todavía con los pies totalmente dentro del estanque.

— Akaashi… —fue la respuesta que dio, dándole también una corta mirada a Kotaro y luego a los nenúfares detrás de él.

Dándose la vuelta para saber qué es lo que veía, Bokuto se dio cuenta de que con su caída había espantado a los peces, por lo que al fin saliendo del agua, habló con un tono más calmo— Perdona por asustar a los Koi que estabas viendo...

— Está bien, veía los nenúfares en realidad. —se encogió de hombros y fue entonces que Bokuto se dio cuenta que tenía un pequeño cuaderno contra su cuerpo y un lápiz en mano.

— Ohhh ¿Estabas dibujando? ¿Puedo ver? —acercándose y aún goteando, fue rechazado por Akaashi quien retrocedió ante cualquier contacto.

— No, estás mojado. —para preservar su preciado cuaderno, retrocedió aún más.

A pesar de que frunció ligeramente el ceño ante la gran negativa, Bokuto insistió— ¿Cuando me seque me dejaras verlo? —asintiendo con duda, recibió una respuesta afirmativa al final, lo que dio lugar a que pudiese continuar con su intención original— ¿Quieres jugar?

— ¿Jugar… a qué?

— No lo sé, a lo que sea... —levantó y bajó los hombros. Luego una idea surgió, así que acercándose rápido, tocó el hombro de Akaashi al tiempo que decía— ¡Las traes! —para después echarse a correr un momento, pero al ver que el otro se quedaba inmóvil viéndolo fijamente, se detuvo y se giró para decir— ¡Vamos, es tu turno de perseguirme!

Akaashi continuó de la misma forma, tan impasible que hizo pedazos las esperanzas de Bokuto, pero al siguiente momento dejó sus pertenencias en el suelo y comenzó a perseguirle con una sonrisa en el rostro. Corriendo y riendo en la expresión más pura de su niñez, entre tropiezos y jugueteos, de inmediato se sintieron cómodos con la presencia del otro.

Una vez ya cansados de correr, ambos pararon a descansar, Bokuto recostándose totalmente extendido en el césped y Akaashi sentado cerca de él. Con el sol abrasador de verano todavía en el cielo, Kotaro recordó la condición que se le había dado y volteó con contento hacia quien era ahora su amigo, aunque se sorprendió de no verlo por un momento, sonrió nuevamente al verlo volver con el cuaderno entre manos.

Ahora sentados los dos en el suelo, Bokuto se mantuvo paciente a que Akaashi le mostrase página por página el contenido, pero lo que no pudo contener fue su emoción— ¡Whaa, que genial! —exclamaba ante prácticamente cada parte, había dibujos de objetos cotidianos y también algunas fotografías.

— ¿De verdad? Son solo cosas simples… —encogiéndose de hombros con timidez, no podía evitar pensar que eran una tontería que solo él y su familia apreciarían.

Bokuto asintió con la cabeza efusivamente, dando aún más ánimos— ¡Es como si vieras lo hermoso en las pequeñas cosas!

Con un pequeño rubor en sus mejillas, Akaashi se sintió enormemente feliz y agradecido por aquellas palabras, aunque para desviar el foco de atención de sí mismo, preguntó— ¿Qué quieres hacer ahora?

Con duda sobre con qué divertirse, Bokuto titubeó un momento viendo alrededor y pensando, pero acabó con la vista de vuelta en el cuaderno de Akaashi que aún estaba abierto. Con la imagen de un río y un barquito de papel, la idea le invadió a tal punto que ya no quería otra opción que no fuese esa.

De cierta forma tardó más en armar un barco de papel que flotara que jugando tal cual, de todas formas pudieron divertirse, a tal punto que para cuando celebraron que su barquito surcó el estanque ya estaba atardeciendo.

— ¡Mañana juguemos juntos de nuevo! —propuso Bokuto sin querer despedirse del todo, y Akaashi aceptó con contento. Aquella dinámica se repitió durante todos los días en que fue posible, sea jugando con algún balón, a las escondidas, cazando cigarras, y decenas de juegos más.

Pero llegó el último día en que podrían jugar y se decidieron por repetir en un sólo día todo lo que habían hecho ya, particularmente volviendo a hacer barcos de papel esta vez hasta sumando líneas, estrellitas y detalles que le daban personalidad de cada uno.

— ¡Que suerte! ¡Éstos no se rompieron! —sacando el barco del estanque con contento, Bokuto quería guardarlos y era un milagro que quedaron intactos.

— Sí, nunca llegaban al final… —completó Akaashi tomando el suyo, luego diciendo con tono triste— Quizás también saben que es la última vez...—al ver que Bokuto de inmediato hizo un puchero, Akaashi se arrepintió de inmediato de recalcar ese hecho en un momento tan sensible, habían conectado mucho en aquellas tardes y sentían que no habría nada mejor que repetir ese último día de verano por siempre. Aunque el tiempo irreflenable no les daba tregua, no todo era malo— Todavía podemos jugar un poco más.

Con la sonrisa de Akaashi alentándole a no caer, Bokuto se reanimó, queriendo continuar con el juego que desde un principio les había unido— ¡Las traes!

Correteando de nuevo por todo el césped, de nueva cuenta acabaron descansando, extendiendo solo un poco más aquel último encuentro, Akaashi fue quien sacó a flote su forma de tener esperanza— El próximo verano volveré.

— Yo también. —sonrió Bokuto, incluso yendo un poco más allá y entregándole su propio barco de papel— Toma, guárdalo hasta que puedas dármelo de nuevo.

Intercambiar aquellos insignificantes pero al mismo tiempo poderosos objetos era su forma pequeña e infantil de recordarse. Yéndose de aquel sitio sin pesar en sus pequeños corazones, sabiendo que los veranos volverían, así como ellos volverían a encontrarse en aquel pequeño estanque.

A pesar de que los años pasaron y los veranos volvieron, Bokuto sonrió aún de pie frente a las fotografías de lo que reconocía como una parte de su infancia. No habían vuelto a verse, ni siquiera una vez, pero el recuerdo revoloteante de aquel niño tímido que le enseñó a ver la belleza en las cosas pequeñas inundó su corazón de nostalgia.