EDICIÓN DE 2/8/20: Subí este OneShot a Wattpad en navidad, así que ignoren parte de los mensajes de abajo.

Gentecita, feliz noche buena/navidad. Su servidora les deja un OneShot navideño!~
Se supone que iba a subir varios de una sola vez, pero no alcancé a terminarlos para esta noche (Porque estuve concentrada en los íconos) así que en vez de ser para navidad serán para las vísperas de Navidad y año nuevo.

En otras palabras las terminaré durante estos días¿?

ANTES DE QUE DIGAN PÍO, Sé que Jeremy es judío (la misma vaina con Jared) pero a mí me gusta ver a los personajes celebrando Navidad (porque es muy bonita, viste :c) y yo la celebro incluso no siendo creyente(?)

Bue, era eso nomás. Y que le puse Shannon a la madre de Jeremy because no se me ocurrió otro nombre.

Aquí tiene siete años el wawa.

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Jeremy amaba la navidad ¿Qué niño en su sano juicio no lo haría?

Era la época del año que más le gustaba. Durante esos pocos días invernales no había clases y matones que lo molestaran en la escuela, no había maestras exigiendo tareas, el clima era perfecto para quedarse en casa acurrucado bebiendo chocolate caliente y comiendo galletas después de una cena deliciosa, abrir los regalos y jugar en la nieve. Y por supuesto, era unos de los pocos días del año donde podía ver a su familia unida, ya que sus padres no trabajaban y se quedaban en casa.

Era algo bellísimo digno de la ilusión de un niño. Tan bello para ser real… Que pronto llegó a su fin.

Si celebraban navidad era solo por su madre, ya que al menos él y su Paul eran judíos y por ende la familia de este último no lo hacía. Mas sin embargo la celebración se volvió costumbre desde que Paul se casó con Shannon.
Puede que fuese un capricho por unirse a una festividad que no correspondía a su religión o uno de su madre por introducirlos ¿Pero podían culparlo por desear formar parte de algo tan hermoso? Ni siquiera lo había pedido, así era desde que tenía memoria y consciencia. Era parte de su vida, desde el momento en que nació hubo un árbol decorado en la sala de estar cada 24 de diciembre.

No podía imaginarse el resto de sus años sin la navidad, pero su madre tal vez no pensó en eso dos veces cuando tomó sus cosas y se fue para nunca volver.

Jeremy aún tenía esperanzas cuando se acercaban las fechas, y marcaba cada día restante con suma emoción en el calendario, sin embargo su padre no compartía los mismos sentimientos por la costumbre.

Ya no se veía feliz desde ese día donde le dijeron adiós a Shannon. Pero aun así Jeremy se esforzó todo lo que pudo para no dejar morir la fiesta que los mantenía unidos.

El 24 de diciembre, la casa estaba apenas decorada, puesto que alguien de la altura del pequeño Heere no alcanzaba los lugares que su madre y padre llenaban de adornos ni con un banquillo, además no tenía permitido tocar cosas eléctricas como las enredaderas de lucecitas del árbol. Por ello no había destellos dorados titilando en cada rincón, no estaba el árbol ni su brillante estrella sobre la punta… No había nada más allá del calcetín de Jeremy colgado en el respaldar de su cama.

Cuando llegó la noche que tanto ansiaba nada cambió desde semanas, todo seguía siendo tan... Deprimente. Y no por la falta de decoración, eso era lo de menos.

Era deprimente notar lo vacío que era su hogar sin esa mujer de cabello rubio presente para alimentar el espíritu y dar calidez. Era triste para Jeremy recordar que ese año no hubo guerras en la nieve con su padre, no se divirtió horneando y decorando galletas para que pudiese mancharle la nariz con crema a alguno de sus progenitores, nadie lo subió en sus hombros para ponerle la estrella al árbol y lo besó en los dos lados de las mejillas en un abrazo apretado, ninguna luz titilaba sobre las guirnaldas mientras él y sus padres bebían chocolate caliente juntos en el sofá.

Nadie le palmeó la cabeza y le dedicó una sonrisa cuando apoyó sus manos en el cristal de la ventana debido a su ilusión al ver la nieve cayendo desde el cielo como estrellas.

Su padre se veía desanimado y no pronunciaba palabra ni cuando le preguntaba por las cosas que podrían hacer, recibiendo solo un suspiro agotado y "No creo que pueda, campeón".

Durante la cena ni siquiera comieron algo muy elaborado como lo que su madre solía preparar, solo pusieron una pizza en el microondas y cada quien se fue a su habitación, siendo Paul el primero en hacerlo luego de darle las buenas noches a su hijo.

Se lo hizo saber su mirada derrotada cuando lo vio irse a su cuarto, la navidad ya no existiría en su hogar. Todo se había ido con su madre, y los rastros que quedaron de las noches nevadas donde los tres eran felices solo eran recuerdos que no serían más que eso.

Al principio se negó a creerlo. Era un niño terco, tanto que se negó a rendirse, moviendo una de las sillas de la cocina hacia el refrigerador para alcanzar el número de teléfono que su madre dejó anotado ahí por si surgía alguna emergencia o algo. Fue ingenuo al pensar que si la llamaba y la hacía hablar con su padre él podría sentirse mejor, pero no importaba cuantas veces presionara "marcar de nuevo", nadie atendía.

Fue milagroso que por fin, tras su décimo intento, alguien levantase el teléfono al otro lado.

–¿Quién es? Son las doce de la madrugada, por dios.

Jeremy contuvo la respiración, reconocería esa voz aunque se tratase de un tono cansado y fastidiado.

–¡Mamá! ¡Soy yo, Jeremy! No nos vemos hace mucho. –Habló con tierno y genuino cariño, deseando por un segundo que su progenitora estuviese ahí presente para abrazarlo.

No la veía desde que se había marchado, ya que según su padre ella estaba muy ocupada instalándose en su nueva casa y trabajando como para permitirse una visita. Habían pasado muchos meses desde ese entonces, así que el pequeño Heere aun esperaba el día en que ella viniese de visita.

–¿Jeremy? –La mujer se escuchaba algo incómoda, cambiando su tono molesto a uno más nervioso. –¿Eres tú en serio? Querido, son las doce ¿No deberías estar durmiendo?

–Uh, sí, pero… Es solo que no hemos podido hacer nada de lo que solíamos hacer antes contigo. Papá ha estado muy triste, pensé que si hablabas con él se sentiría mejor. –Sonrió tenuemente para sí mismo. Incluso si no recibía un regalo este año, eso no importaba, solo quería sentir que nada había cambiado, pero por el gruñido de su madre al otro lado de la línea creyó que no sería tan sencillo.

–Jeremy, tu padre debe arreglar eso por su cuenta. No deberías tratar de resolver problemas entre adultos ¿Está bien?

–¿Lo vas a dejar así de triste en navidad? –Cuestionó, interrumpiendo cualquiera fuese a ser su respuesta para preguntar algo que lo había estado picando desde hace mucho. –Dijiste que vendrías a vernos cuando terminaras la mudanza. Ya pasaron unos meses ¿Vendrás pronto?

–Oh… No es tan sencillo, cariño. –Dijo, de nuevo con esa voz nerviosa, la misma que hasta él adoptaba cuando estaba mintiendo sobre alguna travesura. –Iré a otra ciudad durante las fiestas. Tengo que ir a ver a alguien.

Jeremy iba a resignarse y desear buenas noches. Entendía si ella tenía otras ocupaciones, sin embargo antes de ello escuchó a alguien más lejos del teléfono.

–¿Shannon? ¿Quién es, amor?

–Carl, ahora no. –Susurró ella.

El niño se quedó estático en su sitio, con el teléfono temblándole en las manos ¿Quién era el hombre que habló desde el otro lado de la línea? No, aún más importante ¿Por qué llamaba a su madre "amor"? ¿Acaso no solo sus padres se llamaban así entre ellos? ¿Por qué otro adulto llamaba a su madre así?

Carl… ¿Ese no era el hombre que mencionó su padre la última vez que ambos discutieron? Jeremy podía ser muy pequeño e inocente para no comprender explícitamente lo que estaba ocurriendo, pero no era tan idiota.

–¿M-Mamá…? ¿Quién…? –Titubeó siendo interrumpido por la adulta.

–Jeremy, será mejor que te vayas a dormir. Es tarde. Hablaremos en otro momento.

–¡Pero…!

–Te amo, nos vemos. Adiós.

Y entonces la línea se cortó, y la única forma en la que él pudo reaccionar fue colgando brutamente el teléfono antes de ir a su cuarto a paso pesado.

¿Cómo pudo ser tan tonto? Había visto las señales del final desde que ella los abandonó y vio a Shannon hablar con un tal Carl por teléfono cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo ¿En serio pensó que ella volvería alguna vez? Fue estúpido de su parte creer que nada cambiaría, porque estaba claro que todo lo haría desde ese momento. Todo sería diferente, y aceptarlo era como recibir un golpe bajo en el estómago.

Había alguien más ahora.

Una vez en su cuarto, Jeremy solo se sentó en su cama observando los copos de nieve cayendo suavemente en montículos del suelo y muñecos de nieve abandonados en los patios. El frío calaba hasta los huesos ahí afuera, empañando los cristales, y las ventanas de sus vecinos en su mayoría hacían ver que ya todos se habían ido a dormir, pero la que estaba a su visión no.

Se le hizo un nudo en la garganta viendo al matrimonio vecino cargar cariñosamente a sus hijos dormidos en el sofá para llevarlos a sus habitaciones, siendo que antes de retirarse, ambos adultos se las arreglaron con sus hijos en brazos para besarse y finalmente desaparecer de su visión. Las lágrimas cayeron a borbotones desde sus mejillas y los sollozos se volvieron llanto al ver que eso delante de sus ojos era lo que fue su familia alguna vez, y ya no sería nunca.

Estaba solo.

No quería pasar así la noche, encerrado en su cuarto y en esa atmósfera asfixiante e hiriente que se supone era su hogar. Así que sin habérselo pensado, Jeremy se puso una bufanda, un abrigo, e hizo lo más razonable que un niño de siete años puede hacer; salir por la ventana y huir.

No tenía un destino fijo o un plan, solo alejarse, caminar sin rumbo por la acerca hasta donde sus pies lo llevaran, viendo cada tanto el rastro de lágrimas congelarse bajo su mirada, alejándose del recuerdo clavado dolorosamente en su pecho.

No había nadie por las calles, pero las luces de decoración en las demás casas iluminaban su camino. Estaba helando demasiado y la nevada no ayudaba, pero aun así no volvería hasta que se sintiese listo para enfrentarse a la realidad.

Hubiese estado así hasta unas horas más hasta que el frío lo derrotara o el sueño empezase a agotarlo, pero algo interrumpió su caminata de forma abrupta. El sonido de una puerta abriéndose muy cerca de él lo alarmó, haciendo que levantase la mirada al sitio de dónde provino el ruido y la luz amarilla alumbrando su rostro.

–¿Jeremy?

Justo delante de sus narices se encontraba su mejor amigo desde los cuatro años, Michael Mell, observándolo atónito desde la entrada de su casa como si hubiese visto un fantasma rondando por ahí.

Lo había visto por última vez en la tarde de ese mismo día antes de separarse para volver a sus hogares. Recordaba perfectamente haber armado un muñeco de nieve cerca de la acera, y seguía intacto tal cual lo dejaron. Recordaba haberle asegurado que no tenía que preocuparse por él, que celebraría unas excelentes navidades.

Verlo ahí parado, tan sorprendido y confundido le recordó que se equivocó.

–¿Uh...? ¿M-Michael?

De regreso a la realidad… ¿En qué momento llegó a su casa? Bueno, quedaba cerca de la suya, en algún momento se la iba a topar, aunque no esperaba que su amigo lo detuviera, o que siquiera siguiese despierto ¿No eran la una de la madrugada más o menos?

–¿Qué haces aquí a estas horas? ¡Es media noche y está nevando! –Interrogó notoriamente preocupado, casi regañando a Jeremy, al tiempo que se acercaba solo para notar que el niño pecoso estaba tiritando, su nariz estaba enrojecida del frío y sus ojos empezaban a lagrimear. –¿Tu papá viene contigo? ¿Te perdiste o algo?

Jeremy no respondió. No temblaba de frío, temblaba de impotencia y confusión. Sentía su rostro helarse en finas líneas húmedas, enrojeciendo por el simple hecho de que todo lo ocurrido lo ponía nervioso y lo alteraba demasiado.

Era algo que no podía controlar.

–Y-Yo solo... ¡U-ugh! ¡¿P-Por qué esto está pasando...?! ¡M-Michael!

Y ahí estaba de nuevo, llorando desconsoladamente como un chiquillo de cinco años ¿Por qué la verdad lo perseguía hasta afuera de su casa? Se notaba que escapar no había hecho la diferencia en lo absoluto más allá de congelarlo hasta la nariz y arrastrarlo al hogar de su mejor y único amigo.

Jeremy podía ser orgulloso, pero hasta en ciertas situaciones él mismo sabía que junto a Michael no necesitaba ser fuerte, solo dejarlo todo salir, y entonces todo volvería a estar bien ¿Podría ser? ¿Luego de verlo a él las cosas volverían a ser como antes? Lo dudaba, pero entendía que necesitaba esto, necesitaba a su amigo.

–Tranquilo. No pasa nada. –Michael se adelantó apenas escuchó su llanto, abrazándolo fuertemente como si compartieran su dolor. Por esos años era un poco más alto que Jeremy, así que no le era difícil sostenerlo todo lo posible con sus brazos, ocultando su cabeza repleta de rizos castaños bajo su mejilla ladeada y su pecho.

Lo sentía frío, eso lo llenaba de angustia. Pero Jeremy sentía a Michael tan cálido y acogedor que no tardó en responder el abrazo, hipando y lloriqueando hasta que logró calmarse y el de gafas lo apartó solo un poco para guiarlo a la puerta y hacerlo entrar en la casa.

La diferencia de temperatura fue tan brutal que se sintió aliviado.

–Estás helando. Ve a mi cuarto, llevaré chocolate caliente y galletas para los dos.

Jeremy asintió y subió las escaleras sin quejarse. No pasó más de media hora y finalmente los dos niños estaban sentados sobre la cama, rodeados de migas de galletas, un plato y dos tazas vacías en la mesita de noche, y una frazada cubriendo el cuerpo del pecoso. Entre cada mordisco dulce y cada sorbo caliente, fue explicándole a Michael qué había ocurrido, teniendo pequeñas pausas en las que las lágrimas pedían regresar.

–Pero… Tú dijiste que nada había cambiado.

–¿U-Uh…? Eso dije… Pero estaba mal. M-Mamá no va a volver. –Se acurrucó en las frazadas, luchando contra el nudo en la garganta que impedía el aire, mas no con los sollozos que mojaban su rostro. –E-Ella no va a volver… Y p-papá seguirá estando triste por quién sabe cuánto… ¡Y quizá él t-también se irá! ¡Y y-yo me…! ¡Me quedaré solo! ¡N-No quiero eso, Michael! ¡No quiero que me dejen solo! ¡P-Primero mamá, luego papá…!

–Yo no te dejaré solo.

Entonces solo hubo silencio. Jeremy sorbió su nariz entre hipeos, volviendo la mirada hasta su amigo, que tranquilamente sonreía con pura bondad y comprensión. Jeremy intentó devolver esa sonrisa, pero en vez de eso solo logró respirar dificultosamente para detener el hipo, y mientras hacía eso no se percató de que Michael se bajaba de la cama y rebuscaba entre las cosas de su cajón hasta dar con una caja roja pequeña que puso delante suyo.

–Iba a darte esto mañana, pero ya que estás aquí…

–¿E-Es…? ¿Es para mí? –Se preguntó en voz baja y Michael asintió. –N-No puedo aceptarlo. Yo no tengo nada para ti. N-No tenemos tanto dinero desde que mamá se fue y…

–Está bien, Jeremy. No quiero nada a cambio. Aunque si me das un dibujo no me quejo. –Se alzó de hombros tratando de sonar bromista, pero viendo la forma nerviosa y apenada en la que el otro miraba el regalo, suspiró. –Te prometo que hago esto porque eres mi amigo, está bien. Ábrelo.

Con las manos temblorosas, Jeremy quitó la tapa de la caja y alzó ante sus ojos el regalo. Era una camiseta con el fantasma de pac-man en ella, y al otro lado estaba estampado "Jugador 2". Los labios le temblaron como el resto de su cuerpo, abrazando contra su pecho la prenda ¿Cómo es que Michael había conseguido semejante regalo? No ¿Por qué le daba un regalo tan bueno cuando él no tenía nada para él? Era vergonzoso, pero se sentía tan querido y valioso que no podría devolverla.

–¡Michael, e-es tan genial! ¡¿Cómo la hiciste?!

–Mis mamás pasaron por una de esas tiendas donde les estampan cosas a las camisetas así que pensé que te gustaría algo así. Yo tengo una igual para que usemos juntos. –Explicó, denotando su entusiasmo al respecto. –Me alegra que te gustara.

–¿Gustarme? –Y sin que lo esperara, estaba rodeado por los brazos de su amigo. –¡No me gusta, me encanta! ¡Eres el mejor amigo que puede existir! Y-Yo… Muchas gracias, Michael.

El niño moreno se tardó unos segundos en corresponder el abrazo tan repentino, aliviado de haber rebajado la tristeza y angustia que atormentaba a Jeremy cuando lo vio llegar.

–No hay de qué. Lo que sea para mi mejor amigo.

La noche de ambos niños finalizó cuando las palabras bajo las mismas frazadas se agotaron, los párpados empezaron a pesar, y la calidez que los envolvía del cuerpo ajeno los acurrucó en un sueño acogedor.

Jeremy sonrió antes de caer dormido, porque ahora sabía que las cosas serían diferentes, que quizá nada volvería a ser tan bueno como lo fue antes, y sin embargo eso no lo entristecía, porque no importaba cuantas personas se fueran, Michael siempre estaría a su lado, siempre estarían juntos.

No estaría solo… Ni esta, ni en las siguientes navidades.