Bajo las escaleras está una puerta que conecta el hogar de mamá y mío con uno de los patios en casa de los abuelos. Es un camino estrecho y adoquinado que desemboca al área del jardín, cubierto por muros verdes y paredes de piedra caliza. Las hermanas Fierro acostumbran a pasar el tiempo bajo la sombra de árboles de ciruela y chabacano, y el más grande y viejo de ellos; el ombú. En los momentos anteriores a la madurez, nos divertíamos trepando por su tronco, de ancho grosor, y relatando, entre risas y ruegos de calma, su leyenda. Umbí, la mujer transformada en árbol, a sacrificio de su tribu que pasa por una terrible sequía y que con su sombra logra salvarla.

Mis primos insistían en cambiar el final de la leyenda, como si estuviese en nuestras manos hacerlo. «No», les decía. «Una leyenda recibe su nombre por su final. El sacrificio es un precio justo que pagar por salvar a quienes se aman». Florida me miraba después de eso, como si tuviese algo qué decirme, y terminaba por reír, preguntándose a media voz porqué el amor exige tantas renuncias, qué de justo había en eso.

El sol se está alzando, sus cálidos reflejos hienden el entorno; destacan los matices del todo, y las plantas, devotas, se irguen. Avanzo por el jardín. Pareciese como si mis piernas estuvieran esclavizadas por cadenas. Florida está de espaldas, en la banca. Sobre la mesa de cemento está tendido un tablero de indefinible juego. Está en compañía de su grupo de amigos, con quienes no he podido tratar.

—Florida.

Florida mira rápidamente sobre su hombro, asustada por el desgarre en mi voz. Se levanta lentamente de la banca y da un cauteloso paso en mi dirección.

—África, ¿dónde...?, ¿dónde está Shawn?

Esta mañana al despertar ya no éramos los mismos. Ayer... ayer me gradué... él estaba conmigo... estaba conmigo. ¿Dónde está ahora? ¿Por qué no está aquí? He sido yo, ¿verdad?

—Se... fue.

Florida mira pávida las sacudidas en mi cuerpo.

—Oigan —grita a sus amigos—, déjennos a solas. ¡Ahora mismo!

No escucho nada salvo el dolor agrietándome el corazón.

—¿Por qué no me dijiste que había peligro?

—África. —Florida sacude desesperadamente la cabeza; confundida, aterrorizada.

—Deberías haberlo sabido. —Sollozo—. ¡Deberías habérmelo dicho! Creo... creo que estoy rompiéndome.

Mis rodillas ceden y golpean el suelo. Florida se arroja y me atrapa entre sus brazos. Empiezo a llorar. Tanto, tanto... que los sollozos rompen las paredes. El llanto me ahoga, como si estuviese a miles de kilómetros bajo el nivel del mar. Florida se estremece y sus susurros se amortiguan en mi cabello, sin embargo, no logro oírla por la tormenta de mis lamentos. Y lloro. Continúo llorando. Que si fuese Umbí, la sequía hubiese acabado con mis lágrimas.

«Dime que nos eliges, que tenemos esperanza. Dime que me amas. Dime cuánto quieras, pero, por favor, no me mientas». Posterior silencio, ahora corazón roto. No lo hice.

No lo hice.