Con R de Remus

Rebecca se escribe con R de Remus, y pasa mucho, muchísimo tiempo con Sirius, que ojalá fuera de Remus.


—¿Cómo que no irás a Hogsmeade conmigo? —exclamó escandalizado. Remus suspiró y se encogió de hombros, volviendo a negar sin apartar la mirada de su libro—. ¿Por qué? —exigió.

Remus resopló, ni siquiera iba a gastar saliva en responder.

—¡Lunático! —gritó.

—Joder, Sirius, no iré y ya —respondió finalmente, entre fastidiado y cansado—. Ve con alguien más.

—¿Que alguien m...? ¡Remus! ¡Quiero ir contigo!

Remus lanzó el suspiro más largo de toda su vida antes de levantar la mirada hacia Sirius, quien estaba indignado y afligido en partes iguales, ver esas emociones en él sólo aumenta su propia molestia.

—¿De verdad? Porque la última vez que fui contigo, volví solo —espetó.

Debería sentirse mejor con Sirius balbuceando disculpas y haciendo ademanes para excusarse, pero lo cierto es que sólo puede recordar el sentimiento con demasiada claridad. Todavía se siente decepcionado y triste.

—Lunático —murmuró—, yo no…

—Está bien, Sirius —de ninguna manera está bien, pero tendría que estarlo—. Tú no… tú puedes… —sabe lo que tiene que decir, y no quiere decirlo—. No tienes que salir conmigo a...

—¡Pero quiero hacerlo! —interrumpió Sirius, nuevamente escandalizado—. Estamos saliendo, ¿o no? —cuestionó confundido. A Remus no le gusta ponerle nombre a las emociones que reflejan los ojos, contrario a lo que la gente piensa, no son tan sinceras, pueden ser las más engañosas. Son las más abiertas a la interpretación, las principales creadoras de la decepción. Así que finge que ese destello en los ojos grises no es pánico—. ¿Rem? —insistió zarandeando su hombro.

—Me refiero a que… uhm, no necesitas ir conmigo a Hogsmeade para… salir, ¿comprendes? —explicó lentamente, dándole oportunidad a Sirius de interrumpir en cuanto la oración fuera demasiado para él. Pero jamás interrumpió, seguía esperando por más palabras—. Entiendo si… si prefieres ir con Rebecca.

...

Mentiría si dijera que no entendía, porque realmente lo hacía, y lo hacía muy bien. Rebecca era preciosa, hace un año era imposible que Sirius supiera su nombre, no era ni la mitad de llamativa que este año. Había vuelto del verano con la piel bronceada y los botones de su blusa perdidos, la falda muy corta a pesar del frío y los labios rojos. Remus no la habría reconocido de no ser por su voz, y aún escuchándola, no podía creer que fuera Rebecca la que se burlaba de James.

—¿Se te agotan las ideas, Potter? —canturreó la castaña, soltando cada sílaba en un cántico burlón. Los cuatro muchachos se quedaron ligeramente desconcertados.

James había pasado todo el verano practicando el hechizo que hacía crecer lilas en la palma de su mano, y se había atrevido a mostrarselo a Lily. Pero sus nervios lo traicionaron a último momento, "porque Lily accedió fácilmente a verme", e hizo que las lilas salieran por su nariz y le estornudara a la pelirroja en la cara. Rebecca ni siquiera disimuló su carcajada.

—Si yo fuera tú, me daría prisa en invitarla a salir decentemente —aconsejó con sonrisa burlona—, escuché en el desayuno que tuvo un… intenso romance de verano. Podría repetirse en navidad, ¿no lo crees?

Y se fue riendo tal como Sirius se reía después de algún fracaso de sus amigos: con las cejas arqueadas, la sonrisa mostrando los dientes y la postura inclinada al frente. Remus jamás admitirá en voz alta que Rebecca le desagrada por la mirada que Sirius le dedicó, esa que la siguió por todo el pasillo hasta perderse en una esquina, y no por la nube de tristeza que cubrió a James el resto del día.

Esa no fue la última vez que vieron a Rebecca, tampoco fue la última que Sirius la notó de verdad.

—Se ve bien, ¿no lo creen? —preguntó Sirius, sonriendo enormemente ante el desastre en el invernadero del que acababan de salir los hermanos de Rebecca. Las plantas chillaban como si todas fueran mandrágoras, la tierra estaba esparcida por el suelo, las enredaderas cambiaban de maceta y el abono volaba por todas partes.

—¿El invernadero o Rebecca? —preguntó Peter, tan despistado como siempre que habla sin pensar y ni se imagina el sobresalto que causó en Remus.

—Hablaba del invernadero, pero seh, ella también se ve bien —comentó Sirius, mirando a Rebecca de pies a cabeza hasta que la profesora Sprout la escoltó al castillo.

—Es cruel —gruñó James—. Mira sus pobres hermanos, parecen mierda de hipogrifo.

—¡Oh, vamos, James! Si tú hubieras hecho la broma estarás orgulloso. ¿Verdad, Lunático? —preguntó sonriente, pasando un brazo por sus hombros y dejando el rostro muy cerca del suyo.

—Fue… sí, buena, supongo — respondió. James bufó y entró en el invernadero mascullando algo sobre hermandades de hipogrifos, Peter vitoreó la pelea de las plantas carnívoras antes de seguir a James y Sirius lo retuvo debajo de su brazo.

—¿Sólo buena? —exclamó en su oído— ¡Es ridículamente brillante, Lunático! ¡Y a sus hermanos! Ya desearía yo hacerle algo así a Regulus —bufó, caminando con él todavía debajo de su brazo.

—¿Qué te detiene? Ya les has gastado bromas a Slytherin.

—Si… pero no a él. El bastardo es inteligente —masculló con rostro ensombrecido.

Quizá si Remus no fuera su amigo, no se habría dado cuenta de su cambio de actitud por el resto del día; y quizá si no hubiera estado ya enamorado de él en ese punto, no habría anticipado su visita nocturna. En cuanto las ventanas se cerraron y las velas se apagaron, Sirius asomó la cabeza por entre las cortinas.

—¿Puedes compartir tu almohada conmigo? —preguntó bajito. Remus sonrió y rodó hasta un extremo de la cama, Sirius se metió debajo de las mantas de inmediato.

—¿No puedes dormir?

Después de cinco años compartiendo apuntes, dormitorio y secretos, Remus sabe que no tiene sentido preguntar si está bien, Sirius diría que sí aunque estuviera jodido, incluso a James le diría que sí. Remus cree que es de las más viejas costumbres que los Black le impusieron. Recuerda escuchar la pluma rasgando el pergamino después de la medianoche, la noche del primero de septiembre, cuando Sirius fue seleccionado a Gryffindor y no a Slytherin, recuerda los susurros de Sirius, probando letras en disculpas y después gruñidos.

"No tengo nada de qué disculparme" susurraba. "Estoy bien. Sí, es lo único que madre necesita saber. Estaré bien".

La cosa es que nunca estaba bien, y con los años, cuando Sirius se dio cuenta que Remus tampoco estaba bien pero lo repetía como si con ello fuera a cumplirse, aprendió a buscarlo y a compartir almohada con él.

—No —admitió, girando el rostro para verlo en la oscuridad.

Remus sólo había visto esa mirada dos veces: cuando le contó que Regulus se negaba a hablarle por ser un Gryffindor y cuando le confesó que su padre lo mantenía en su habitación "por ser una deshonra indigna de estar a la vista". En ambas ocasiones le había mostrado su alma y le había contado sus secretos mejor guardados, y esta vez era igual, estaba a punto de escuchar otra porción de la vida de Sirius, porciones que confiaba sólo en la madrugada y a centímetros del rostro.

—¿Recuerdas las desapariciones del periódico? —esperó el asentimiento de Remus y se tomó un par de segundos antes de volver a hablar—: Regulus está siguiéndole la pista al responsable. No como el Shorlok sino como su fan o algo así. Pero… lo escuché hablar con mi madre, le dijo que le ayudaría al sujeto a restaurar la pureza sin dudarlo si tenía oportunidad. Mi hermano quiere ser un maldito criminal, Rem.

—¿Estás seguro de que escuchaste bien? —preguntó dubitativo. Regulus no es el tipo de persona que se bate en duelos por los pasillos, de hecho, los evitaba a toda costa, ¿y ahora quería ir por ahí desapareciendo hijos de muggles?

—Si, Rem —aseguró con pesadumbre—. Tiene un montón de recortes, y estoy seguro de que lo ví en el mapa con Mulciber. Ese despreciable ca…

—Sh —siseó—. No puedes saberlo, Sirius. Quizá puedas hablar con él y… no sé, ¿preguntarle? Simplemente… hazle saber que puedes escuchar.

—¿Puedo? —preguntó inseguro. Remus resopló y sonrió.

—Por supuesto que sí —respondió con seguridad—. Puedo avalarlo.

Porque a él lo había escuchado más que nadie, en más veces de las que podía recordar. Cuando Rebecca no estaba en el medio.

...

—¿Si prefiero? —mustió desconcertado—. ¿Por qué…? —pero Sirius se detuvo, suspiró y acercó su rostro, como si le fuera a contar un nuevo secreto—. Acompáñame esta noche, Lunático —pidió en voz baja, Remus imagina que de verdad es un secreto—, estaré contigo todo el tiempo, lo prometo.

Remus parpadeó un par de veces, intentando disipar el asentado sentimiento de tristeza y asimilando la propuesta de Sirius, en realidad Remus esperaba que se burlara de su cara y del ensayo que debería estar haciendo. Pero ni siquiera sonrió, por el contrario, relamió sus labios y tomó sus mano con brusquedad, importándole un carajo su libro.

—Lunático —habló con preocupación—, de verdad lamento todo lo que hice antes. Yo no… Soy un idiota, ¿si? Sé que me porté como un imbécil contigo, uhm, más de una vez y… tal vez lo estoy arruinando más justo ahora, pero… yo quiero estar contigo —concluyó, todavía atropellando las letras unas con otras y con las manos apretadas alrededor de las suyas. Remus siente el flaqueo de su agarre ante la falta de respuesta—. Tú… ¿tú no me crees?

Y a pesar de que es una pregunta, Remus lo escucha como una afirmación. Y no puede contradecirla.

No es que no le "crea", es que no sabe qué pensar en realidad.

...

—¿Qué no tenías una cita con Sirius? —preguntó James con confusión, Remus negó y continuó escribiendo—. Sí, sí la tenías, ¿por qué no estás allí? ¿Necesitas que te preste mi capa o Peter tiene el…?

James nunca termina de hablar porque la carcajada de Sirius llama la atención por encima de todas las voces en la Sala Común, y detrás de él viene Rebecca, sonriendo con una mano alrededor de su brazo. Pero Remus estaba concentradísimo en su trabajo de Pociones, así que decide que no ha visto esa sonrisa tan brillante de Sirius dirigida a Rebecca, sí, de ninguna manera la ha visto.

—Lunatico… —murmuró James, parecía indeciso y notablemente molesto, nada comparado con su propia molestia.

—Está bien, tengo problemas con esta poción de todas maneras —masculló en respuesta, añadiendo a James a la lista de "no mirar". James suspiró y se sentó a su lado, leyendo su trabajo por encima de su hombros.

—Es media docena de babosas, Lunático, y has escrito media decena —corrigió con tranquilidad. Remus murmuró una palabrota y tomó otro pergamino, concentrándose en la risilla de James y no en las carcajadas de Sirius y Rebecca—. ¿Quieres que te ayude?

—En realidad creo que lo dejaré para mañana, pero gracias, Cornamenta —sonrió y tomó los pergaminos unos contra otros entre sus manos. James asintió y lo miró recoger la mesa en silencio.

—Sólo está… eclipsado —dijo de pronto, deteniendo los movimientos calculados de Remus para no hacer un estruendo que atraiga atención. Remus lo mira con el entrecejo fruncido, desentendido de lo que James habla—. Por Rebecca —aclaró, y lejos de aliviar a Remus, sólo consigue inquietarlo más—. Estoy seguro de que se le pasará y… dejará de portarse como un imbécil.

Remus se ríe sin siquiera pensarlo.

—Sirius siempre es un imbécil —comentó con gracia, James sonrió y asintió.

Sabe que James entiende cuando no se quiere hablar, James siempre entiende a los demás sin necesidad de usar palabras, y si no lo hace, esperaría hasta que las sílabas tengan un orden. Remus cree que jamás tendría un orden para explicar algo, ¡ni siquiera tiene orden en su cabeza!

Un día eran amigos, al siguiente Rebecca era una aprendiz de la cultura punk que le hablaba a Sirius, después estaba Sirius siendo Sirius, abalanzándose sobre sus labios como si nada, y finalmente estaban sus supuestas citas, mismas que Sirius olvidaba por estar con Rebecca.

Desde entonces ya entendía que Sirius y Rebecca eran agua del mismo mar. Completamente afines. Entendía que a lo mejor por esa afinidad Sirius se sentía cómodo alrededor de Rebecca, por eso y porque es una chica; con ella nadie se detendría a mirar dos veces en su dirección, con él sí. Él se sentía como agua de lluvia en un lago, o un charco. Intermitente e insignificante a su lado, completamente opuesto. Y Sirius podía contaminarle cuanto quisiera, pero no a Rebecca porque ella se portaba igual que él.

...

No sabía qué pensar desde que Sirius lo besó por primera vez hasta la cita en la que lo dejó solo. Pudo besarlo por un simple arrebato o porque eso hace Sirius: invadir el espacio de las personas hasta que las consume por completo. No tiene claro por qué insiste en salir con él si terminará yendo con Rebecca.

—No me refiero a eso —respondió lentamente. Sirius asintió, negó y frunció los labios claramente confundido—. Sólo quiero que entiendas que no tienes que pasar tiempo conmigo, es decir, más del que ya pasabamos.

Es una mentirota. Se irá al infierno por decir tal afirmación cuando lo único que quiere es sentarse a su lado y no dejarlo ir nunca. Le dan hasta escalofríos de sólo imaginarlo.

Sirius permanece en un tenebroso silencio por algunos segundos antes de relamer sus labios y reafirmar el agarre en sus manos.

—¿Tienes algo que hacer esta noche? —preguntó con seriedad. Remus suspiró y negó. Eran tan malditamente opuestos que Sirius ni siquiera entendía lo que decía.

—Sirius…

—Te esperaré en el túnel a las once, ¿de acuerdo? —continuó sin prestarle atención—. ¿Sí, Rem?

Debería decir que no, tiene muchísimas razones para decir que no, empezando porque a lo mejor Sirius sólo quiere pasar un rato diferente con él, cruzando por las citas fallidas y terminando con la absurda e inoportuna presencia de Rebecca. Y de todas maneras lo que sale de su boca es: —Sí, está bien.

Sirius sonrió pequeñísimo y se inclinó para besar sus labios, apenas una presión que no necesita más respuesta que cerrar los ojos. Cuando Remus los vuelve a abrir Sirius ya no está. Esa tal vez podría ser la principal razón para no saber qué creer de Sirius.

...

La primera vez que Sirius lo besó era de noche, una de esas noches secretas con las ventanas cerradas y las velas apagadas.

—Lo intenté —confesó en un susurró, girándose bruscamente sobre su hombro para verlo cara a cara—, hablar con Reglus.

—¿Y?

—No quiso escucharme, incluso devolvió mi carta con el mismo búho cuando…

—¿Búho? ¿Ni siquiera te deja entrar a su habitación? —preguntó desconcertado. Sirius negó y resopló con cansancio.

—Uhm, no. Bueno, es que me fui de casa. Con James, a su casa, digo. Antes de navidad y año nuevo —balbuceó rápidamente, desviando la mirada al techo y a la almohada—. Es… es mejor así.

—Lo siento mucho, Sirius…

—¡No! No lo hagas. Estoy bien, sólo… creí que todo sería igual con Regulus pero… fue estúpido. Ni siquiera me mira en los pasillos —susurró. Remus no quería escuchar esa nota de tristeza nunca más en su vida.

—Pues tendrá un problema en los ojos —comentó con soltura, esperando que Sirius quitara esa sombra de decepción de su rostro—, porque tú eres imposible de ignorar.

Sirius parpadeó en su dirección dos veces, Remus apenas puede distinguir sus ojos entre toda la oscuridad detrás de sus cortinas, alcanza a ver su sonrisa apretada y luego siente un movimiento brusco a su lado, de pronto tiene a Sirius sobre él, tocando su pecho y sosteniendo su mandíbula. Si Remus hubiera estado pensando en ese momento, habría creído que Sirius lo mantenía atrapado debajo de sus manos para que no se alejara, pero no estaba pensando en absolutamente nada.

Creyó que estaba soñando. Más bien muriendo, la sensación era demasiado buena para ser un simple sueño. Deliraba con los ojos cerrados.

Lo besa con toda la energía que Sirius es, no le da chance a reaccionar a un movimiento cuando su lengua ya está acariciando sus labios; la mano en su mandíbula retrocede hasta que acaricia una parte de su cabello y su oreja. Sirius le hace cosquillas en el paladar y su nariz acaricia su mejilla al mismo tiempo que la mano en su pecho sube hasta su cuello.

Luego nada. Así como lo sintió en todas partes, súbitamente no estaba en ningún lado.

Casi cree que de verdad fue un sueño. Cuando abrió los ojos Sirius ya no estaba a su lado y sus cortinas seguían cerradas, como si nunca hubiera entrado. Y lo hubiera creído de no ser porque Sirius lo detuvo antes de bajar a desayunar.

—Lo siento —murmuró, sostenido su muñeca con firmeza y manteniendo la mirada en los ojos cafés—. Por irme —se apresuró a aclarar—, no por… no me arrepiento de besarte. Es que no sabía si gritarías a mitad de la noche o…

—Entiendo —interrumpió. Sirius cerró la boca con un sonido gracioso y asintió—. No habría gritado de todas maneras —añadió en un susurro.

Sirius mostró su brillante sonrisa de inmediato, esa que hace cuando una broma sale bien, la misma que muestra cuando abre los ojos en la enfermería después de la luna llena, esa que parece ser sólo para ocasiones especiales.

—¿Por qué no? —preguntó, apenas separando los labios. Remus sonrió y se encogió de hombros.

—No me das miedo, Canuto —soltó con facilidad. Sirius resopló y asintió, todavía con su sonrisa en el rostro.

...

La cosa era que Sirius no estaba nunca después de besarlo. Ni aunque estuvieran en la habitación. Sirius simplemente se las arreglaba para desaparecer. Y Remus nunca iba detrás de él porque por algo se iba en primer lugar, ¿no?

Hay una parte de Remus que está segurísima de que un día serán amigos y ya, la clase de amigos que no salen, que no olvidan citas, que no se besan y luego desaparecen. La clase de amigos que eran antes. Y Remus cree que está bien, no bien como "no me interesa", sino que un bien como "lo veía venir".

No había absolutamente nada especial en él para que Sirius lo prefiera por encima de cualquier otra persona, como Rebecca, en especial Rebecca.

Junto a Sirius, uno pensaría que los días plagados de bromas, los calurosos veranos y las miradas con mil secretos expuestos eran de James; que las clases con golosinas contrabandeadas, las tardes manchadas de cerveza de mantequilla y los ratos en la cocina eran de Peter, que las noches de luna llena, las mañanas de ensayos escritos torpemente y las noches con porciones de revelaciones secretas eran de Remus. Y todo estaba bien, era correcto hasta llegar a Remus.

La luna llena era suya, él era el hombre lobo, claro, pero las compartía con sus amigos, con los tres; y las mañanas de ensayos apresurados eran igualmente de los tres, más de Peter que de James, más de James que de Sirius. Sirius era brillante, no lo necesitaba para absolutamente nada, ni para las noches, ni para las porciones de revelaciones, ni para las revelaciones secretas.

Y no hay chance de malinterpretación, Remus de verdad sabe que esas noches no son suyas y que las revelaciones, después de todo, no son tan secretas. Porque también las tiene Rebecca.

...

Remus nunca jamás ha espiado a alguien, mucho menos a Sirius. La mordida en su costado le ha enseñado a no mirar por la cerradura, pero aquella vez ni siquiera había una puerta. Fue una simple coincidencia con la que Remus se dejó llevar demasiado rápido.

Regulus caminaba en su dirección, rojo de rabia y mascullando contra alguien. Remus no lo estaba siguiendo, tan sólo cumplía con su rondín en el segundo piso. El menor de los Black pasó a su lado sin decirle nada, sin dirigirle una mirada, y Regulus siempre se tomaba el tiempo de mirar con desprecio a cualquiera que estorbara su camino. Aquella vez no lo hizo porque estaba ocupado farfullando maldiciones para Sirius.

—Ese maldito traidor sinvergüenza, hará que lo maten como siga con sus estupideces —masculló Regulus al pasar a su lado.

Tal vez si James no le hubiera explicado lo temibles que son los Black, familias de las que es mejor apartarse para que jamás sepan de tu existencia y así continuar viviendo, Remus habría continuado su rondín sin problemas. Pero James si le había dicho que Sirius jamás saludaba en el andén porque sus padres harían una exhaustiva búsqueda en árboles genealógicos hasta dar con el estatus de sangre de ese mago, y, de no ser sangre pura, habría consecuencias. Para el mago y para Sirius.

Así que escuchar "traidor" y "hará que lo maten" del mismísimo Regulus Black no era bueno. Remus se dejó llevar por el pánico y caminó apresurado en la dirección por la que Regulus había aparecido. Era absurdo, sí, algo, pero quería encontrar a Sirius y asegurarse de que estuviera bien, saber qué había pasado y cómo podía ayudarlo.

—¿Sirius? —llamó dubitativo. Los pasillos estaban solos, pero si Regulus había salido corriendo es porque Sirius estaba detrás. Tenía que estar por ahí.

No se equivocaba. A un par de puertas de distancia se oía la voz de Sirius y había luz arrastrándose desde el techo hasta el suelo. Remus se acercó sin pensarlo mucho, sólo se detuvo cuando estuvo cerca y logró comprender las palabras.

—Regulus es difícil, él siempre ha preferido ser como mis padres… tratando la sangre como si fuera un título. Y es sólo sangre, ¿entiendes? Me gustaría que mi hermano me escuchara, pero nunca he sido suficiente para él.

—Entiendo, en primer año me molestaban por ser mestiza. Siempre he sabido que se sienten como realeza, no te preocupes. No eres como ellos —aseguró la voz de Rebecca. La voz que Remus conocía, esa que no tiene ni una pizca de burla. Completamente real—. Tú eres millones de veces mejor, nunca lo dudes, Sirius.

De todas maneras Remus ya estaba muy cerca del aula, y la puerta estaba completamente abierta. No había nada que le impidiera observar el abrazo entre ambos. Un abrazo que apretaba la cintura de Rebecca y que rodeaba el cuello de Sirius mientras se oía el extraño mantra de la chica.

—Tu eres bueno, eres mejor por estar conmigo y eres Sirius, nadie cambiará eso nunca, tú eres bueno.

—Mi padre decía que eso era una ofensa —comentó con una sonrisa sarcástica—, que la benevolencia era una debilidad y por lo tanto un instituto, porque un Black no es débil…

"Ni aunque esté muriendo. Un Black siempre pone sus condiciones y mantiene el poder hasta el último aliento". Sí, Remus lo sabe, Sirius se lo dijo.

Su error fue creer que Sirius mantenía todos sus secretos aguardando para dárselos a él, cuando en realidad Sirius buscaba a alguien. Y Rebecca era perfecta.

Remus le había dicho "Tú eres fuerte e inteligente, no necesitas ser un Black para brillar", se lo dijo hablando bajito, sin tocarlo y en la oscuridad, como si fuera mentira; y Rebecca lo había abrazado sin ocultarse de la luz de las varitas y le había ordenado: "Jamás creas ni por un minuto que eres débil, Sirius Black. Nunca, ¿oíste? Vale mucho más tu coraje vivo que tú poder muerto". Sí, Rebecca era perfecta.

Era tan buena para Sirius que fácilmente le había hablado de su vida, como si fuera alguno de sus amigos. Cómo si fuera Remus.

...

Y ya está, no había nada que lo mantuviera dentro de esa extraña relación donde parecían haber más de dos personas. Pero dónde Remus era increíblemente feliz con Sirius, aunque se olvidara de citas o lo que sea.

Mentiría si dijera que no tenía cruzados los dedos debajo de su libro para que Sirius no olvidara que tenían alguna clase de salida pendiente esa noche. Cita, lo que sea.

Fue inútil intentar leer algo en el libro, el pergamino con su ensayo seguía en blanco y hace rato que la página abierta era la misma. Remus tan sólo estaba divagando, viendo a estudiantes subir, entrar, bajar y salir, escuchando superficialmente el plan de James para invitar a Lily a Hogsmeade antes de las diez mientras intenta jugar decentemente al ajedrez con Peter.

—No te decimos Lunático porque vivas en la luna, Remus, ¡ayúdame! —lloriqueó James—. ¿Crees que si le doy un ramo de lilas sin mocos me diga que sí? —preguntó con ojos gigantes en desesperación.

—Eh, sí, creo —tartamudeó. ¿De qué mocos hablaba James?

—Jaque —anunció Peter, Remus miró el tablero y no entendía por qué Colagusano tenía más fichas que él. ¿Quién tenía las blancas?

—Escuché que le gusta el panqué de vainilla. A Lily —hablaron a sus espaldas. Remus cerró los ojos para no evidenciar su frustración, Peter codeó a James y James la miró con los labios entreabiertos en espera de más información—. Quizá puedas darle uno y preguntarle —sugirió Rebecca.

Remus abrió los ojos con resignación, justo a tiempo para ver la sonrisa de James.

—¡Joder, sí! —exclamó con entusiasmo— ¡Vamos, Colagusano, tienes que ayudarme con los elfos! —James se incorporó de golpe y jaló el cuello de la túnica de Peter con impaciencia, ni siquiera dejó que Remus se pusiera de pie cuando ya lo estaba apuntando acusadoramente—. No te muevas, Lunático, si Lily llega, dile que quiero hablar con ella, ¿sí?

Y con esos ojos de ciervo atropellado, hambriento y desolado, Remus no habría podido decirle que no.

—Bien, pero no tardes, tengo algo que hacer —accedió en un suspiro derrotado. James entrecerró los ojos antes de asentir efusivo y salir con Peter a rastras, ignorando sus protestas por el juego de ajedrez.

No que a Remus no le agrade Rebecca, que en realidad no lo hace, pero no tiene casi nada que ver con Sirius.

...

Tiene que ver que Rebecca tenga ese talento para ser inoportuna todo el tiempo.

Lo peor es que Remus no recuerda con tanta claridad la voz de Rebecca cuando llama a Sirius antes de hacer una pequeña broma, o cuando decide que si deja pasar un trabajo más McGonagall escribirá a sus padres, no; lo peor es que Remus recuerda con escalofriante vividez la mano de Sirius dentro de sus pantalones, buscando enloquecerlo con los dedos que no se deciden por tocarlo más rápido y con los siseos que suelta contra su cuello.

—Sh, tienes que guardar silencio —murmuró Sirius. Es alarmante la facilidad con la que controla su voz—. ¿O quieres que todo el mundo te oiga, Lunático?

No, de ninguna manera. No está emitiendo sonidos coherente, al contrario, todos sus jadeos y gemidos delatan que no está pensando en absolutamente nada. Quizá sólo en lo bien que huele Sirius, en lo fácil que parece sostenerlo con una mano mientras él necesita de toda la jodida pared. Y oh, Merlín, Sirius lo recorre de arriba abajo mientras mordisquea el hueso de su clavícula.

Remus jadeo y Sirius ríe.

—Haces mucho ruido —masculló contra su cuello, Remu habría rodado los ojos, si pudiera—. Y por más que me guste, tienes que mantenerte callado —rió—. ¿Preferirías estar en el dormitorio?

Mierda, ¡sí! Claro que quería. Sirius pasó el pulgar por la punta de su miembro, no una, ni dos, sino tres veces, y lo besa antes de que Remus pueda hacer algún sonido. Lo besa con los labios, con la lengua, con los dientes y todo el cuerpo.

Consigue correrse mientras Sirius le recorre la boca y toda la existencia con la lengua. Siente los pantalones pegajosos, al igual que el imparable vaivén de la mano de Sirius, no se detiene por larguísimos segundos, extendiendo la visión de Remus hacia las estrellas o lo que sea que se esconde detrás de sus párpados cerrados.

—Con un carajo, Black —gruñeron al final del pasillo. Sirius besó sus labios dos veces, besos superficiales que lo devuelven a la realidad: el pasillo oscuro del quinto piso, en el castillo, de noche, con Sirius acomodando su pantalón y la voz de alguien llamándolo—. Idiota —contunuó la voz. Remus parpadea hacia el extremo del pasillo y reconoce la voz sin mucho esfuerzo.

—Te veré más tarde —susurró contra sus labios. Sirius lo besa por última vez, no tiene las manos húmedas cuando le sostiene la nuca ni cuando le acaricia el cuello.

Remus ni siquiera se molesta en abrir los ojos de inmediato, sabe de sobra que Sirius no está ahí, pero tampoco quiere ver a dónde va. Suficiente tiene al saber con quién.

—¿Dónde mierda estabas, Black?

—Por ahí, Rebecca. Te dije que vendría y aquí estoy.

—Para ser un sangre pura, tienes pésimos modales.

—Gracias. Me alegra que lo notes.

Remus está molesto porque por lo menos Rebecca no cabía en esos pasillos oscuros que compartía con Sirius. Pero ya no.

Quizá también está un poco, un poquito, sólo un poquito triste.

...

—Oye, Remus —llamó Rebecca.

Si Remus tuviera los ojos abiertos, cualquiera podría ver la manera tan dramática con la que gira los ojos tan sólo para girarse y poder fingir una sonrisa apretada. La misma que le hace a James cuando le pide ir a observar su entrenamiento de Quidditch.

—¿Sí? —preguntó como quien no quiere la cosa. Rebecca sonrió y resopló mientras barría con la mirada la Sala Común.

—¿Has visto a Sirius? —preguntó con tono fastidiado—. Dijo que quería mostrarme algo, pero ya está retrasado.

Si, bueno. Así es Sirius. A veces está, y otras veces no.

Remus está a punto de responder que no sabe pero puede esperarlo en el túnel a que aparezca. Citas más, citas menos, bah, no es buena idea recordar cuánto le molesta la actitud de Sirius y la presencia de Rebecca, ni ahora ni en ningún momento. Remus se lo habría dicho, "espera por él en el túnel", lo habría hecho en el tono más casual si Sirius no hubiera entrado en ese preciso momento.

—¡Lunático! —exclamó con ojos gigantes, y si Remus se dejara guiar por lo que ve en ellos, diría que hay alivio y entusiasmo—. Lo siento, no me dí cuenta de la hora.

—Sí, ya nos dimos cuenta —masculló Rebecca. Remus suspiró imperceptiblemente y miró a Sirius con expectación.

Él de verdad no piensa mal de las personas, ni siquiera le gusta pensar en los asuntos de otras personas porque el karma es un hijo de puta y, cuando menos se lo espere, algunos tantos sabrán que es un hombre lobo. Así que Remus no se está metiendo en los asuntos de Sirius y Rebecca. Pero eso no significa que no tenga curiosidad y quiera un poquito de venganza. Sólo un poco.

Piensa en tres cosas: podría ir con Sirius para que Rebecca se quede plantada, como ellos lo hicieron con él, o podría poner una excusa ridículamente buena y dejar que Sirius se fuera con Rebecca, a pesar de que parece haber estado ocupado planeando su cita, o simplemente podría ir con Sirius y olvidarse por un par de horas que Rebecca existe.

—Oh, uhm. Saldré con Remus, ¿está bien si lo dejamos para otro día, Rebecca? —preguntó con incomodidad. Remus no quiere pensar mal, de verdad, de verdad, de verdad no quiere saber qué iban a hacer.

Es decir, estaban saliendo, sí, pero Remus conocía a Sirius. El mismo chico que es incapaz de conservar una pluma por más de dos clases porque le aburren. ¡Le aburren! "Mira eso, Colagusano, ni siquiera puedo escribir una frase completa, pluma inútil" ¡Merlín! Él ha visto a Sirius metiéndole mano a un montón de estudiantes y después pasar a su lado sin saludar. Sirius no es la clase de persona que se mantiene por mucho tiempo con algo, o alguien.

Tal vez excepto sus amigos, pero porque son su familia. En palabras de Sirius.

Y justo ahora, Remus se siente el hermano mayor que pretende no tener idea de qué es sexo.

—Bien —gruñó Rebecca, sonriendo con complicidad antes de caminar a las escaleras—. Te veré luego. Diviértete, Remus, yo le diré a Lily.

Ni siquiera se molesta en usar palabras, sólo levanta una mano como despedida y apenas le dirige una mirada. No es maleducado, es que su falda es demasiado corta.

Sirius le sonríe a Rebecca y luego le sonríe a él, con los ojos todavía muy abiertos y las manos unidas frente a su cuerpo. Ansioso. Bueno, entonces será la última opción.

Remus tiene ganas de decirle que no, que no quiere ir, que no quiere jugar, que ya no quiere nada, que está cansado y que mejor se vaya con Rebecca. Pero tiene todavía más ganas de pasar tiempo con él, ¡ni siquiera le importa en qué términos! Por amor a Merlín, sólo quiere cinco minutos con Sirius. Si se pone quisquilloso, prefiere al Sirius que no conoce a Rebecca, pero se conforma con el imbécil que habla sin parar de cosas sin sentido.

—Creí que no te encontraría aquí —mencionó Sirius—. Estaba arreglando un par de cosas y ya era muy tarde cuando me dí cuenta.

¿Tarde para qué? Remus lo recorre de pies a cabeza con ojos entrecerrados pero no encuentra nada fuera de lo ordinario, ni siquiera por el cabello despeinado o los pantalones sucios.

—¿Ibas a… tenías algo que hacer con Evans? —preguntó dubitativo.

Una de las tantísima diferencias entre los dos, es que Sirius siempre manifiesta su descontento, se regodea en las situaciones incómodas, hasta parece que disfruta provocarlas, y por eso no tiene ningún problema en decir indirectamente "¿Ya tenías otros planes?". Mientras que Remus prefiere hacer trabajos adelantados y fingir que nunca hubo planes.

—No, está bien, sólo… cosas de Cornamenta —comentó sin darle importancia. Sirius parpadeó y ladeó la cabeza juguetonamente.

—Pues que se joda —rió—. Es hora de irnos.

—¿A dónde? —preguntó con curiosidad.

Pura y simple curiosidad, porque Remus sabía, muy a su pesar, que podría seguir a Sirius al fin del mundo si tan sólo lo mira así por siempre. Así como que no puede contener su emoción en todo su cuerpo, y se le escapan chispas de anticipación con cada parpadeo, parece esperar a saber qué piensa Remus con sólo ésa mirada chispeante. Podría lograrlo sin duda.

Sirius tomó su mano y tiró de él hacia la salida mientras rebuscaba algo en sus bolsillos con la mano libre. Se mantuvo en silencio hasta que pasaron el retrato de la Dama Gorda, haciendo oídos sordos a acusaciones por salir tan tarde. Remus decide que seguirá su última idea, en la que pretende que Rebecca no existe durante todo el tiempo que esté con Sirius.

No es tan difícil, Sirius es la clase de persona que acapara más atención de la que se cree posible, es más, Remus podría derretirse ahí mismo, justo ahora, con la mano de Sirius sosteniendo la suya y su risa menos escandalosa naciendo desde su pecho hasta escapar por entre sus labios.

—Iremos a Hogsmeade —anunció con una sonrisa que mostraba sus colmillos.

Remus bufa una risa y asiente. No quiere sentirse decepcionado y triste como aquella tarde, pero es imposible no imaginar que irán al pueblo porque se negó a ir con él en un principio, y porque tiene sentido. Mientras sea de noche, con las tiendas cerradas y los magos dormidos, es más sencillo ir por allí juntos, con las manos unidas. Como si fuera real, o posible.

—Cualquiera diría que tienes exámen de Aritmancia, Lunático —rió Sirius. Soltó su mano para sostener su varita contra un pergamino viejo, murmuró unas cuantas palabras y el pergamino comenzó a colorearse de líneas, nombres y huellitas.

Remus necesita sacudir la cabeza para ahuyentar sus pensamientos, si la noche apunta a que todo parezca real y posible, Remus también.

—Yo no tomo Aritmancia, no me gustan los números, Canuto —susurró con desagrado. Sirius lo observó entre sus pestañas y sonrió con arrogancia.

—Lo sé. Pero tienes la cara que pone Cornamenta antes de los exámenes —explicó, moviendo los ojos sobre el pergamino—. Estás pensando demasiado.

—Bueno, estoy saliendo del castillo después de las once y voy contigo, tengo que pensar en todo lo que puede salir mal para saber cuándo correr—bufó. Sirius rió y dobló el mapa antes de acercarse más allá de su espacio personal, tan cerca que Remus siente su aliento contra su rostro.

—No pienses, sólo camina —ordenó contra su oreja.

Sirius ni siquiera dejó que Remus terminara de sentir un escalofrío cuando ya lo había tomado de la mano de nuevo. Los guió por pasillos y pasadizos entre comentarios sueltos hasta llegar a Hogsmeade. "Te vas a sorprender, Lunático, lo prometo", "¿Te conté sobre cómo encontramos este pasadizo? El idiota de James nos perdió", "Agacha la cabeza, por aquí hay muchas arañas", "Lamento decepcionarte, Lupin, pero este pasadizo no llega a una habitación, tendrás que esperar", "¿Qué asunto tenías con Evans?". Remus se había perdido todo el recorrido sin darse cuenta. No mentía al afirmar que seguiría a Sirius al fin del mundo. Estaba como hipnotizado por su voz y lo firme de su agarre, ni siquiera se dió cuenta de las arañas que cayeron sobre su hombro, de repente ya estaban caminando por el pueblo en dirección a la Casa de los Gritos.

—Yo… bueno, no quería dejarla aquí para no molestarte, pero creo que es el lugar más seguro —murmuró Sirius, sin apartar su atención de Remus, dispuesto a observar cualquier respuesta de su parte—. La habría dejado en Hogwarts pero McGonagall insiste en revisar los dormitorios cada tanto desde que Peter apareció oliendo a whisky en su clase. Ya sabes. Entonces… ¿Qué opinas?

—¿Qué es esto, Canuto? —consiguió preguntar. Sirius frunció el entrecejo y miró a Remus confundido.

—¿No es obvio? —preguntó desconcertado.

Sí. Era espantosamente obvio. Nada en todo el maldito mundo lo habría preparado para encontrar una gigantesca motocicleta dentro de la Casa de los Gritos, pero no una simple moto, es una moto que grita "Soy de Sirius" como nunca antes lo hicieron las chaquetas o las botas de cuero negro.

—Si, muy obvio —respondió con voz aguda—. Pero ¿por qué la tienes tú?

Sabe la respuesta mucho antes de escucharla.

—Es mía, Lunático —rió—. La compré en el verano. James y Rebecca me han ayudado en algunas cosas —comentó con ojos brillantes, volviendo a mirar a la motocicleta—. Hace ruidos fascinantes y vuela —anunció. Remus casi puede sentir su emoción extenderse por todo el lúgubre vestíbulo.

—No estoy sorprendido —confesó, todavía aturdido por la simple visión de semejante artefacto.

¡James, Sirius, Peter y él cabrían ahí arriba! ¡Y todavía habría espacio de sobra! Era… intimidante, monstruosa, brillante, llamativa, ¡joder! Si Sirius fuera una motocicleta sería ésa.

—¿No? —resopló Sirius, flaqueando en el agarre de su mano. Remus lo sostuvo con firmeza y negó antes de mirarlo.

—No mucho —admitió—. Puedo verte fácilmente en ella —rió. Sirius recuperó su sonrisa de colmillos expuestos y se acercó hasta apoyar la barbilla en el hombro de Remus—. Hay que ser sinceros, las escobas no son tu estilo.

—No, prefiero montar otras cosas —murmuró risueño. La risa que le sigue a su comentario sólo sirve para evidenciar el sonrojo de Remus.

No se atreve a mirarlo. Remus sí es la clase de persona que muestra sus sentimientos con la mirada, siempre ha culpado al lobo, pero gran parte de la culpa es sólo de Remus. Todo lo que no dice tiene que salir de alguna manera, y al universo le parece divertido que se sepa con una mirada. Y cree aún más divertido que Sirius sepa exactamente cómo y qué buscar. Así que no, Remus no lo está mirando.

—¿Remus? —llamó Sirius, apartando la cabeza de su hombro y soltando su mano.

Remus parpadeó en su dirección y elevó ambas cejas ante la actitud del pelinegro: jugaba con sus manos y miraba constantemente hacia sus zapatos. No era nada propio de Sirius bajar la mirada, ni siquiera cuando McGonagall está dándole un castigo.

—¿Aún estás molesto conmigo? —preguntó en un suspiro—. Mira, sé que me porté como un grandísimo idiota contigo, yo lo sé, James me lo dijo, Peter lo sugirió y Rebecca me lo echó en cara.

—¿Rebecca? —repitió bajito.

Una pequeña parte de su cerebro, la que se mantiene alerta porque no deja de ser tarde, con Sirius y en la Casa de los Gritos, está molesta por escuchar el nombre de la muchacha otra vez; pero la mayoría de su cerebro, la que está concentrada en todo Sirius, no entiende por qué Rebecca menciona la idiotez de Sirius.

Entiende que la idiotez es parte de Sirius y que Rebecca y él ahora sean amigos, o lo que sean, pero insiste: ¿Por qué mencionar la idiotez de Sirius con él?

—Si, Rebecca —respondió con simpleza—. Su papá es un muggle y sabe mucho de motocicletas, ella también sabe algo, por eso me ha estado ayudando con la mía —explicó con hombros caídos—. Yo, uhm… —resopló frustrado y se cruzó de brazos con aparente molestia—. Empujé la motocicleta por todo el bosque hasta aquí, todo está bien sólo le falta comestible para que pueda andar, pero Rebecca aún no...

—¿Comestible? —interrumpió confundido. Sirius lo miró con el entrecejo fruncido y ojos exasperados.

—¡Sí! ¡La cosa que se necesita para conducir! —exclamó. Remus sonrió y se contuvo de rodar los ojos.

—Se llama combustible, Canuto —corrigió divertido. Sirius gruñó y rodó los ojos dramáticamente.

—Cómo sea —farfulló, escondidndo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. El punto es que quería tenerla ¿lista? ¿Funcional? No sé cuál es la palabra, pero quería poder dar un paseo contigo en ella —su voz fue disminuyendo hasta que Remus no fue capaz de entender más.

—¿Un paseo? —preguntó desconcertado. Sirius asintió y suspiró escandalosamente.

—Ya sé que suena ridículo, cursi, tonto y todo eso, ya sé. Pero creí que podía gustarte —continuó con la mirada en sus zapatos y se encogió de hombros—. Era una buena sorpresa, excepto por la parte en la que me escapaba a todas horas y te dejaba de lado. Rebecca me dijo que estaba siendo un idiota por prestarle más atención a una motocicleta que a tí, creí que eran sólo chistes hasta que me rechazaste esta tarde.

Sirius finalmente levantó la mirada, esta vez suspirando como si se desinflara. Remus puede encontrar con facilidad el arrepentimiento y el pánico en los ojos de Sirius, no se apartan de los suyos durante tanto tiempo que Remus comienza a creer que en realidad Sirius le está mostrando todo lo que siente.

—Lo siento si creíste que no quería pasar tiempo contigo, Rem, de verdad lo siento. Estar contigo es lo único que quiero, en serio, ni siquiera me importa quién nos mire, ¿entiendes?

Remus ha visto obras de teatro en las que hay diálogos parecidos, donde el amante promete que no le interesa la fortuna sino el amor de su prometida, y los actores de verdad representan la desesperación, el temor y el amor. Sirius no está ni cerca de ser uno de esos actores.

Su declaración suena más amenazante que prometedora, y si Remus no fuera el lobo, creería que se lanzaría a devorarlo en cualquier momento.

—Quiero estar contigo, sólo contigo, Remus —aseguró con ojos brillantes—. No me interesa nadie más. Nadie, nadie. Puedes preguntarle a Rebecca, esa arpía se burla de mí todo el maldito tiempo.

Algunas fichas caen en el tablero y a Remus se le ocurre que Sirius ya lleva jugando un par de turnos sin que él se diera cuenta.

—¿Le contaste a Rebecca? —inquirió con los ojos muy abiertos. Sirius frunció el entrecejo y asintió.

—Pues sí —respondió obvio—. Es mi amiga, y le hablo de tí todo el tiempo. Excepto el dato de la luna llena, ella cree que es nuestra cita exclusiva para follar o algo así.

Remus necesita parpadear un par de veces mientras asimila la nueva información.

—¿Podrías decir algo, Lunático? —pidió Sirius, con las manos y los pies sumidos en un extraño tic—. Es que siento que cagué algo y sólo he hecho un desastre desde entonces, y si no hablas creo que voy a explotar

Remus rió y negó.

—No has cagado nada, Canuto —aseguró—. Bueno, si lo habías hecho, pero ya lo limpiaste.

—Esta es una horrible analogía.

—Sí —rió—. Todo está bien, Canuto. Dijiste mucho más de lo que quería escuchar —admitió risueño.

Sirius lo miró con ojos muy abiertos, expectantes y dubitativos.

—¿Entonces sí me perdonas? —preguntó con cejas elevadas—. ¿Seguimos juntos?

A Remus se le ocurre que es momento de terminar con los tics de Sirius, así que se acerca y le toma el rostro con ambas manos. No le responde con palabras, simplemente lo besa. Y lo besa con toda el alma porque Rebecca es sólo una amiga, porque Sirius lo quiere a él, porque habla de él y porque lo quiere. Quiere a Sirius, sus labios, su sonrisa, sus manos, sus ojos y hasta sus idiotas palabras.

—¿No te molesta que le haya dicho a Rebecca? —preguntó contra sus labios. Remus niega y esconde los dedos en el cabello de Sirius.

Joder, es que es tan feliz justo ahora. Nada podría molestarlo, ya ni siquiera recuerda por qué estaba molesto esta mañana. Ya no importa. Tiene a Sirius diciendo que están juntos mientras besa sus labios cada tanto, nada importa más que eso.

Siente la sonrisa de Sirius contra sus labios justo antes de que lo bese como es debido. Le recorre el pecho hasta llegar a sus costados, luego se sostiene de sus caderas y le recorre la boca con la lengua. Remus está seguro de que está haciendo nudos el cabello de Sirius, los mismos que se le hacen a él debajo del ombligo.

—¿Rem? —preguntó contra sus labios.

—¿Mhm? —respondió. Incapaz de mantenerse quieto, bajó sus labios por el cuello de Sirius. Es que mierda Sirius siempre huele tan bien que Remus podría pasarse el día entero con el rostro ahí donde el hombro y el cuello se unen.

Pero al perro le da por ladrar en los momentos más inoportunos.

—¿Entonces sí irás conmigo mañana?

—¿Qué?

"¿Qué?" nada, ¿por qué mierda está hablando justo ahora? ¿Qué es más importante?

—La salida a Hogsmeade, ¿vendrás conmigo? —insistió, con ojos y labios brillantes. Remus bufó y se encogió de hombros, ¿de verdad no podía esperar a mañana?

—¿Si? —respondió desorientado. Sirius frunció el entrecejo y se apartó un poco, Remus va enloquecer si se aleja un centímetro más.

—¿Sí de sí voy, o sí de lo pensaré?

—Sí de ya cierra la boca —resolvió con falso fastidio. Sirius sonrió y volvió a besarlo, lo hizo de la manera que lo deja completamente perdido: sujetando su mandíbula, pegando sus cuerpos y jugando con su lengua. Es la manera en la que parece que Sirius dice mío con cada movimiento.

Remus siente la mano de Sirius buscar la suya antes de apartarse, cuando abre los ojos Sirius ya no está frente a él, sino que lo está guiando a las escaleras.

No le molesta estar en la Casa de los Gritos, es extraño y desconcertante, pero estando junto a Sirius no le molesta, ni siquiera lo incómoda. Por una vez es Remus quien está adentro y no el lobo, son Remus y Sirius, no el lobo y los animagos. Por una vez él quiere estar ahí más que en otro lugar.

Sirius se detiene en el umbral de la habitación donde Remus suele transformarse, observa el interior con ojos brillantes de anhelo, pero por encima de ello, Remus consigue distinguir el conflicto. Decide que se dará una oportunidad de interpretar e intentará saber qué rayos está pasando por la cabeza de Sirius.

—¿Estás…?

—Soy todo tuyo, Rem —interrumpió bruscamente, mirándolo con el mismo brillo de conflicto—, con piernas y patas. Pero… ¿puedes ser mío?

De la larguísima lista de calificativos que hay para describir a Sirius, "tierno" no estaba escrita. Hasta ahora. Remus podría derretirse, explotar, llorar y reír ahí mismo.

¿Cómo le explica que lleva años siendo suyo? ¿Cómo puede preguntarlo siquiera? ¡Es ridículamente obvio!

—No te lo puedo prometer en luna llena, pero el resto del tiempo, te aseguro que sí —respondió con tranquilidad. Sirius sonríe ampliamente y después todo se distorsiona.

Se vuelven un lío de prendas, saliva, extremidades, mordidas, trompicones, besos, jadeos, miradas y piel.

Mío, tuyo, suyos. No porque sean objetos, sino porque no hay nadie más.


Rebecca se escribe con R de Remus, y pasa mucho, muchísimo tiempo con Sirius, que también es de Remus.

–X–

¡Hey! No miento cuando digo que está obra lleva años en proceso, y hasta ahora que me pican los dedos por escribir de Sirius y Remus he podido concluir.

¡Espero les haya gustado!

Y ojalá no se hayan confundido con los saltos de tiempo.

¡Dejen un revew!

¡Nos leemos pronto!

-Danny :).

(28/09/2020. 22:55)