T de familia

A Teddy le gustan los fines de semana, le encantan.

Andrómeda le envía waffles pequeñitos con jarabe de maple para el almuerzo y Miss Stacy cuenta cuentos al inicio y al final de las clases, no tiene que jugar fútbol, Harry lo espera a la salida para ir al campo de Quidditch donde Ginny entrena y después van a casa hasta el domingo.

Teddy adora los fines de semana.

Adora todos menos este.

La abuela Andrómeda no tiene masa para waffles así que le envía un feo sandwich de queso, tomates y lechuguita, Teddy odia los tomates y el pan que se moja con la lechuguita. Miss Stacy tiene una emergencia y tiene clases con Miss Elena, quien les pide el libro de matemáticas y los deja salir a jugar fútbol a mediodía, Teddy aborrece las matemáticas y no le gusta jugar fútbol porque siempre se tropieza con el balón. ¡Y no hay cuentos en ningún momento! Pero eso no es lo peor de todo.

—¿Y Harry? —preguntó escandalizado en cuanto llegó a los brazos de la abuela Andrómeda.

—Tuvo que trabajar, cariño —dijo con tranquilidad.

—¿Y cuándo vendrá por mí? —insistió con ojos gigantes.

—No lo sé, Teddy. Recuerda que su trabajo es muy importante —rió Andrómeda. Sujetó su mano entre la suya y comenzaron a caminar por la acera—. ¿Cuántos años tienes, cielo?

Teddy se sentía orgulloso de decir que era un niño grande, un niño de segundo año. Sabía sumar y restar aunque no le gustaban las mates, y sabía leer una palabra grande como "fotosíntesis", y entendía que era un proceso de las flores. Si, Teddy estaba orgulloso de decir que era un niño grande mientras contaba estos logros, pero no a la abuela Andrómeda. Ella ya sabía todo lo que veía en la escuela, así que cuando le pregunta cuántos años tienes es porque ahora es un niño grande con una nueva obligación.

—¿Seis? —murmuró con falso desinterés. Andrómeda asintió pensativa y lo observó con una pequeña sonrisa. A Teddy no le gusta esa sonrisa. Es la sonrisa que le da cuando están de visita y es hora de irse. Una sonrisa de disculpa.

—¿Recuerdas que te dije que cuando los niños crecen tienen que hacer algunas cosas? —comentó. Teddy de repente quiere soltar su mano y volver a la escuela hasta que Harry termine de trabajar.

—Hasta el próximo mes es mi cumpleaños, abue, yo creo que mis deberes están bien así —susurró. Andrómeda suspiró y asintió.

—Uhm, me temo que, si quieres celebrar tu cumpleaños la próxima semana, tendrás que tomar un par de gotitas —avisó en un tono que no daba espacio a réplicas, y aún así, Teddy se quedó quieto a mitad de la calle— ¿Teddy?

Es que la burla Andrómeda decía "gotitas", pero Teddy ya no era un niño pequeño como para no entender que dichas gotitas estaban dentro de una jeringa con una aguja gigantesca. ¡Y la meterían en su brazo!

—Será rápido cariño, lo prometo.

Teddy está molesto con este fin de semana más que cualquier otro día. Incluso el lunes.

A las dos en punto, Teddy cree que es buena idea encender su linterna frente a la ventana y esperar que los extraterrestres entiendan sus señales para que vengan por él. Excepto que es de día y el sol no los dejará ver.

El timbre suena exactamente tres minutos después. Teddy había corrido si no le doliera el brazo y le diera vueltas la cabeza, tenía cruzados los dedos porque fuera Harry. No lo era, pero la voz que escuchó fue casi tan buena como la de su padrino.

—¡Ginny! —gritó efusivo. La pelirroja giró sobre sus pies y le sonrió radiante.

—Hola, Teddy —saludó con los brazos extendidos.

Teddy no dudó en lanzarse a su cuerpo en un abrazo, escuchó el jadeo de su abuela pero no le tomó importancia. Ginny era lo mejor que le había pasado este día.

—¿Cómo te sientes? Tu abuela dijo que te pusieron una vacuna, ¿todavía te duele el brazo? —preguntó al separarse, acomodó los cabellos de su frente y lo observó en espera de una respuesta.

—Nop —negó de inmediato—. Estoy muy bien, ¿Harry vendrá por mí? —preguntó rápidamente.

—Cariño, ya te dije que Harry está trabajando. Ginny sólo ha venido de vista para…

—¡Oh, no! —interrumpió Ginny, dejando una mano en el hombro de Teddy—. Bueno, Harry no sabe cuándo volverá pero yo puedo cuidar de Teddy, si no tienes ningún problema y si Teddy quiere, claro.

—¡Sí! —se apresuró a gritar. Andrómeda sonrió y miró apenada a Ginny.

—No, Ginny, tú puedes descansar, seguro que Teddy puede esperar a que Harry vuelva —respondió. Teddy frunció el entrecejo y observó a Ginny en busca de ayuda.

—Oh, bueno, es que le prometí a Harry que cuidaría a Teddy —mencionó Ginny, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa culpable—. No te preocupes por mí, me siento muy bien y de verdad me gustaría cuidarlo este fin de semana. Yo le ayudo a Harry y conozco muy bien a Teddy, ¿verdad?

—¡Sí, sí! —dijo Teddy. Después del horripilante día que había tenido, esperaba que su abuela lo dejara ir con Ginny. Con suerte, su padrino volvería rápido y no tendría que regresar con la abuela tan pronto.

—De verdad me siento bien, Andrómeda —insistió Ginny, todavía sujetando el hombro de Teddy, quien puso su mejor rostro anhelante.

—De acuerdo, ve por tus cosas, Teddy.

Teddy sintió una corriente eléctrica recorriendo sus pies, sus manos y su cabeza. ¡Los ovnis no tendrían que venir por él!

Volvió a abrazar a Ginny antes de subir a su habitación, llevaría juguetes, su pijama y un par de cuadernos para dibujar. A Ginny le gusta dibujar con él. Con su mochila llena y lista sobre el hombro que no dolía, Teddy volvió a bajar con energía casi tangible. La sonrisa no le cabía en el rostro. Pero se detuvo al oír la voz de su abuela.

—Si es necesario, puedes traer a Teddy, Ginny. Él entenderá —dijo su abuela. ¿Traerlo? ¡Él quería quedarse a dormir con Ginny!

—No te preocupes, Andrómeda, no estoy enferma, todavía puedo cuidar de Teddy —aseguró con una sonrisa. Teddy frunció el entrecejo y la observó por entre los barrotes. Ginny se veía bien, así que tenía razón, no estaba enferma.

—Está bien, pero si te sientes mal puedes venir, ¿de acuerdo? —insistió Andrómeda.

—Si, lo prometo —rió la pelirroja.

Teddy bajó corriendo, casi tropezando con sus pies en el proceso, pero no importaba, tenían que irse antes de que su abuela cambiará de opinión.

—¿Estás listo, Teddy? —preguntó Ginny. Teddy asintió efusivamente y se aferró a su mano.

—Muy listo. Te veré luego, abue.

Teddy dejó que le diera un abrazo y tres besos antes de gruñir desesperado. Ginny se despidió con una sonrisa y salieron de la casa. Harry le había explicado hace mucho que la desaparición era desagradable, y que las cenizas de la red flu podían meterse en su nariz, o que podía terminar en Suiza. Y a Teddy no le gusta Suiza. Así que camina todo el tiempo, de la escuela a casa y de casa con Harry.

A Teddy le gusta caminar con Ginny porque juegan a encontrar cosas. "Veo con mi pequeño ojo, algo grande y de color azul". Y le gusta todavía más la casa de Harry. Tiene un jardín lleno de florecitas amarillas, la cocina es grande, y con masa para waffles, hay una TV que a Teddy le encanta y tiene su propia habitación. ¡Y tiene a Ginny!

Cuando está con su padrino siempre hacen juegos, o intentan hornear algo para Ginny, lo ayuda con su tarea y juegan en el jardín a las atrapadas. Cuando están Harry y Ginny es diferente: ven películas, cenan juntos, juegan Quidditch, hacen waffles esponjosos, lo dejan diez minutos más en la ducha y juegan con cartas muggles.

Pero cuando está con Ginny es divertidísimo. A veces plantan en el jardín, hacen experimentos con frijolitos, dibujan en cuadernos, juegan al ajedrez salvaje, le cuenta cosas sobre Harry y hacen galletitas en forma de estrella.

Sin embargo, este día es diferente.

Teddy está un poco aburrido de que su día no resulte como esperaba, así que juega con el color rosa entre sus dedos antes de decidirse a hablar.

—¿También te han puesto vacunas? —preguntó bruscamente.

Ginny levantó la mirada de su cuaderno y lo miró extrañada.

—Cuando era pequeña, ¿por qué lo preguntas? —respondió con ojos curiosos.

—La abuela Andrómeda dijo que me llevaras de vuelta si te sentías enferma, ¿también te pusieron una vacuna? —insistió. Ginny elevó ambas cejas y negó con una pequeña sonrisa.

Puso la misma cara que pone cuando está sobre la escoba, pensando en qué jugada es la mejor para anotar la quaffle. Dejó su dibujo de lado, se inclinó sobre la mesa con una sonrisa pequeña y extendió su dedo pequeño en su dirección.

—¿Me guardas un secreto? —pidió en un susurro.

Teddy abrió los ojos y asintió efusivamente mientras le extendía el meñique. Ginny los unió y suspiró.

—Voy a tener un bebé —dijo en un susurro. Teddy no sabe si reír o comenzar a buscar al bebé por la casa—. Harry quería decírtelo primero, pero yo también —rió—, ¿podrías no decirle que te lo dije antes?

—¿Un bebé? —repitió aturdido. Ginny sonrió y asintió—. ¡¿Dónde está?! —exclamó escandalizado.

Llevaban mucho tiempo jugando y no había ruidos de sonaja por ninguna parte. Y los bebés, o por lo menos el hermanito de Victorie, siempre hacen ruido con las sonajas.

Ginny rió y acarició el cabello de Teddy.

—Todavía no lo tengo —explicó risueña—, llegará en algunos meses.

—¿De nuevo las cigüeñas? —preguntó con cansancio— ¿Tendremos que esperar tanto tiempo como con Louis? ¿No puedes sólo comprarlo?

Ginny volvió a reír y asintió.

—Si, tendremos que esperar. No se pueden comprar bebés, Teddy.

Teddy suspiró y se encogió de hombros.

—¿Harry también tendrá uno? —preguntó con ojos curiosos. Ginny frunció el entrecejo y asintió.

—Será el mismo que el mío, lo compartiremos —rió—. ¿Te gusta la idea?

Teddy lo pensó. Imaginó su habitación con una cuna y la cajita que tiene música para dormir, imaginó los waffles esponjosos y un gran biberón de leche, también el llanto por hambre y el olor de los pañales sucios.

De repente no quiere tener la cuna en su habitación.

—¿Seguiré durmiendo aquí? —preguntó con pánico. Ginny elevó las cejas y acarició su rostro de inmediato.

—Oh, cariño, por supuesto que sí —dijo con prisa—. Tú siempre podrás estar aquí.

—¿Y el bebé dormirá conmigo? —insistió con ojos gigantes. Ginny frunció los labios y negó.

—No, Teddy, él será muy pequeño y tendrá que quedarse con nosotros —explicó lentamente.

—Eres muy mala guardando secretos —hablaron a sus espaldas.

—¡Harry! —exclamó Teddy, olvidándose momentáneamente de bebés y cigüeñas. Bajó de la silla y corrió a abrazarlo—. ¡Volviste!

—Por supuesto, ¿te divertiste? —dijo sonriente. Lo estrechó en sus brazos y esperó su respuesta con una sonrisa titubeante.

—No —confesó con cansancio—. La abuela Andrómeda no hizo waffles, tuve clase de mates e intenté jugar fútbol, no hubo cuentos, me pusieron una horrible vacuna y Ginny dijo que tendremos que esperar una cigüeña con su bebé.

—¿Entonces tuviste un mal día? —sugirió desconcertado.

—Uno feo —admitió—. ¿El bebé dormirá conmigo y olerá feo su pañal?

Harry parpadeó antes de reír y negar.

—Bueno, su pañal seguramente olerá mal, pero tú habitación seguirá siendo tuya —rió. Teddy suspiró con alivio y levantó un pulgar en dirección a Ginny.

—Entonces está bien —concluyó feliz—. Puedes compartir al bebé con mi padrino.

Ambos adultos rieron e intercambiaron miradas divertidas.

—De acuerdo, es hora de salvar el día con unos deliciosos waffles, ¿no lo crees? —preguntó Ginny, sonriendo con ojos brillantes en espera de la reacción de Teddy.

—¡Si! —gritó de inmediato.

Harry rió y lo cargó hasta la cocina. Ginny se disculpó para lavarse las manos mientras ellos sacaban los ingredientes.

—¿Harry? —llamó bajito. Harry lo observó y sonrió ante la indecisión de Teddy.

—¿Está todo bien?

—Yo… bueno… ¿el bebé puede ser como Louis es para Victorie? —preguntó con los ojos en sus manos—. ¿Como mío? ¿Un hermano pequeño?

Harry le revolvió el cabello y se inclinó hasta encontrar su mirada, le sonrió antes de asentir.

—Claro que sí, Teddy. Ginny y yo somos tu familia, como la abuela Andrómeda, y también lo será el bebé —aseguró con la voz igual de bajita—. Puedes decir que es tu hermano, está bien. Me gusta como suena.

Teddy sonrió y volvió a abrazarlo.

El día no fue tan malo con unos waffles esponjosos, con las historias de Harry, los juegos de Ginny y un bebé, un hermano pequeño.

Teddy termina adorando ese día más que cualquier otro, aunque le duela el brazo.