Se había vuelto rutina el cruzar aquel bosque, pero jamás se cansaría de hacerlo. Él salía de casa todas las mañanas de verano y se adentraba entre los espesos árboles y los salvajes arbustos. El sol calentaba las hojas y la tierra y el viento soplaba con elegancia y componía una orquesta que las hojas bailaban con dulce placer.

Montaraz hizo su saludo habitual: agachó la cabeza en una reverencia y siguió paseando por los infinitos y recónditos escondites que aquel lugar le ofrecía de forma natural. Los animales se acercaban al muchacho con tal confianza que, si nunca hubiera esperado sentirse tan rodeado, se habría asustado con facilidad la primera vez. Un hada disfrazada de diente de león se le posó en la nariz y le hizo cosquillas, quizá para hacerlo estornudar. Luego salió despedida con la fuerza del viento arrastrando su risa caprichosa.

—Buenos días, joven librero —Túmula siempre lo saludaba con algún adjetivo y siempre manteniendo las formas. A ella se la podía encontrar subida en la rama de un árbol, escondida como un búho, sobre el gran lomo de Montaraz o deslizando sus pies en el agua del lago. Parecía divertirse mucho cuando lo hacía, como una niña que nuca se aburría de jugar. Takeru jamás hubiera pensado que un hada de la muerte pudiese dar tal sensación de cobijo y confianza.

—Buenos días Túmula —saludó el joven—, ¿qué nuevas me traes?

—Mmm —ella lo pensó bien, con una mano sobre su mentón —, tengo entendido que el lado norte del bosque se ha vuelto a llenar de trasgos.

—¿Ya? Si apenas está comenzando el verano. Es raro que se incrementen tanto tan prontamente.

—Y por las praderas los unicornios vuelven a competir en carreras. Yo en tu lugar tendría cuidado cuando camines por la ladera.

Más de una vez Takeru estuvo a punto de llevarse una cornada por el desvío de aquellos santos equinos.

—Y la reina de las hadas está furiosa.

—¿Porqué?

—Por lo visto, alguien le ha estado robando su polvo mágico.

—Ese alguien debe de ser muy valiente, o bien muy necio, por querer confrontar a la reina.

—Quizá no sabe con quién se está metiendo.

—Quizá y, por su bien, esperemos que la reina nunca lo encuentre.

Un fuerte chapoteo forzó a Takeru a girar el cuello. Los peces se habían vuelto muy ariscos durante los últimos años.

—Últimamente el río está cada vez más contaminado.

—Habrá que hacer limpieza —apunto Takeru en voz alta—. Bueno, yo me voy ya. Que pases un buen día.

—Adiós, joven librero —se despidió el hada antes de desaparecer, como llevada por el viento.

A él le gustaba el sonido de la hierba al caminar por encima, el sonido de la mañana, la brisa de la mañana antes de ir a trabajar a aquella biblioteca. A su biblioteca, no obstante, jamás hubiese precedido lo que aquella mañana tenía reservada para él.

Solía ser el primero en llegar si descontaba a Hikari, la que parecía vivir dentro de la biblioteca como si se fuera a morir por pisar el exterior alguna vez. Aquella vez también estaba Gard, cosa rara si se tenía en cuenta que él no aparecía por allí durante el día y solo participaba en los quehaceres del lugar cuando caía la noche y llegaban los invitados a leer todo tipo de textos libros mágicos.

—Buenos días —saludó con su habitual sonrisa plácida.

—Anda, aquí estas —dijo Gard en respuesta con su típica sonrisa picarona adornando sus facciones—. Llegas justo en el momento indicado.

El muchacho miró a Gard a los ojos y luego a Hikari, buscando una explicación.

—Takeru, feliz cumpleaños —felicitó la bibliotecaria—. Ya van doce, así que esto es para ti.

El chico cogió un sobre de color salmón con un extraño sello fijado en el centro. Durante su formación, se había visto obligado a estudiar los diferentes de importancia en el mundo de los Warden. Los sellos solían pertenecer a las diferentes bibliotecas que los Warden tenían bajo su protección y aquel no iba a ser la excepción. Era circular, con tres rayos crecientes que caían desde lo alto del círculo y convergían abajo. Aquel sello pertenecía al Pájaro del Trueno o, lo que venía siendo lo mismo, a la biblioteca que se fundó en su nombre.

"Joven Takaishi, felicitaciones por llegar hasta aquí. Nos complace anunciarle que la biblioteca Pájaro del Trueno, la cual hace las veces de escuela para jóvenes hechiceros, se ha interesado por su expediente como bibliotecario de Yamamidori y le damos, en pos de inducirle a que tome nuestra prueba de acceso, un boleto especial de entrega para la prueba de admisión. Esperemos que tenga en cuenta esta gran oportunidad que se le brinda. Sin nada más que añadir, nos despedimos.

Ate: Biblioteca Central Norte, Pájaro del Trueno."

Una confundida sonrisa se ensanchó en la cara de Takeru.

—¿Y esto?

—Es una invitación para la prueba de admisión de la escuela de hechicería —contestó Hikari.

—¡¿Existen escuelas de hechicería?! ¡¿Porqué no me lo habíais contado antes?!

—No es lo usual —dijo la chica—. No es tan fácil como inscribirse en una institución pública. Estas escuelas suelen ser privadas y son ellas las que eligen los alumnos que quieren tener. El hecho de que hayan contactado contigo significa que les has tenido que llamar poderosamente la atención.

—¿Entonces puedo estudiar en una escuela?

—Solo si pasas la prueba —dijo Gard— y te aseguro que no es sencilla. La escuela suele ser muy tramposa en ese aspecto. Quiere obtener lo mejor de lo mejor. Si, por ejemplo, selecciona a cincuenta alumnos al año, solo diez son admitidos.

—¡¿Tan pocos?!

—Vuelvo a reiterar que compararla con una "Escuela normal" sería injusto —explicó Hikari—. Son muy selectivos. Aunque si logras entrar, podrás ampliar tus conocimientos a pasos agigantados. Puede incluso que logres desvelar algo sobre el misterioso cuento que perdiste con ocho años.

Aquella propuesta le llamaba poderosamente la atención.

—Entonces pasaré la prueba.

—Tu iniciativa me alegra, pero pasar las pruebas de esa biblioteca no es moco de pavo —advirtió Gard—. Hikari te ayudará a prepararte.

—Así que, a partir de ahora, trabajaremos juntos —ofreció la chica—. A mí también me provoca curiosidad lo que enseña esa biblioteca. Así que yo te enseñaré a entrar y tú me enseñarás lo que te enseñen a ti.

—Me parece un buen trato.

Y ambos se cogieron de la mano, sellando aquel pacto.

Primero, Hikari le enseñó a Takeru un hechizo de transformación que su libro escribió a la velocidad del rayo. Después estuvieron bastante días practicando dicho conjuro. Ella le enseñó un catálogo de perros que ha Takeru le resultó bastante extraños. Era extraño porque, aparte de algunas diferencias como el color del pelaje, la musculatura o la forma del hocico, todos los perros parecían completamente iguales.

—¿Tengo que transformarme en un perro de los del catálogo?

—Sí, en cualquiera, el que más te guste, pero ten en cuenta que debe conservar algo que te identifique a ti como ser humano —advirtió Hikari—. Antiguamente, algunos hechiceros pasaban tanto tiempo convertidos en un animal que llegaban a olvidar lo que eran y se condenaban ellos mismos a vivir como una bestia para toda la eternidad. Todo eso cambió con la llegada de Eliot Dubois, que decía que los animales debían conservar un rasgo de su vida humana para que, si se corría el riesgo de perder la humanidad, el animal, al refleja su silueta en un lago, por ejemplo, recordase que era un hechicero y volviese a la normalidad. Eliot aconsejó que lo que más se debía mantener igual eran los ojos. Los ojos del ser humano son inconfundibles con los de cualquier otro animal y son la puerta hacia el alma.

Takeru volvió a observar el catálogo. ¡Ya le parecía a él que notaba algo diferente a las fotos de aquellos perros! ¡Eran sus ojos! ¡Los ojos de los perros eran humanos! Brillaban en verde jade, azul turquesa o ámbar.

—¡Todos estos perros son hechiceros!

—¡Muy bien! —premió Hikari—. La mejor manera de reconocer a un hechicero transformado es mirándolo a los ojos.

Ahora que lo recordaba bien, era cierto. Takeru, a los ocho años, recordó a aquel zorro leer su libro con parsimonia. Cuando lo miró fijamente a los ojos, un resplandeciente dorado llamó su atención. Claro, aquellos debían ser los ojos de un hechicero, por eso le habían parecido tan curiosos.

Los ojos de los hechiceros solían ser más brillantes que los de las personas normales, otra de las razones por las que se podía diferenciar a un mago de una persona normal y corriente. Por supuesto, esto no se veía a siempre vista. El ojo debía adaptarse a diferenciar aquellos matices, a interceptar aquellas diferencias.

—Vale, allá voy —Takeru llamó as su libro y este viajó desde el cielo hasta estamparse contra la mata de hierba más cercana. Pese al tiempo que había pasado practicando con él, sus espontáneas apariciones serían algo que nunca cambiaría—: "Metamorfosis".

La primera vez fue como si le arrancaran una muela de sopetón y sin avisar. No estaba muy seguro de si lo que le había incomodado había sido dolor o susto, pero pasó con tanta velocidad que perfectamente pudo haber sido su imaginación. Estaba a cuatro patas. A cuatro peludas y negras patas. Probó a moverse y sintió todos sus movimientos muy anormales. Sus huesos no se movían con normalidad, sus músculos no se movían con normalidad. ¡Que difícil era ser perro! Una risa que seguramente hubiera escuchado con dulzura, ahora parecía un estridente ruido neutral, ni positivo ni negativo, aunque quizá algo incómodo, como lo eran todos los sonidos que estaba percibiendo.

—Takeru, ¿me escuchas?

Takeru giró el cuello y tuvo que levantar la cabeza muy forzosamente. Todo aquello le era nuevo, no obstante, la incomodidad se iba alejando poco a poco.

—"Grrr" —intentó responder el perro de ojos cerúleos.

—No lo intentes, Takeru. Recuerda que ahora eres un perro.

"¿Cómo se sale de aquí?"

El chico intentó formular aquella frase de mil maneras y, al no poder, comenzó a ponerse nervioso y a gimotear. Pronto sintió en su interior como algo se rompía, como si fuese un hilo hipertensado y su cuerpo se estiró de forma anormal hasta que, sin darse cuenta, recobró su cuerpo humano.

—¿Y bien? —preguntó la chica—. ¿Qué tal la experiencia?

—Horrible —contestó él con total franqueza.

—Al principio es normal sentir esa incomodidad —Hikari sacó su móvil de la parte trasera de sus pantalones y miró la pantalla unos segundos—. Has aguantado veinte segundos.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Normalmente se pide que la primera vez aguanten alrededor de medio minuto, así que estás en la media.

—Jamás pensé que transformarse en un animal fuese una experiencia tan incómoda.

—Pues si eso te resulta incómodo, imagínate lo que debe de ser transformarse en un reloj de pulsera, o en un pañuelo.

—¡¿Se puede hacer eso?!

—Que yo sepa no —Hikari se encogió de hombros—, lo que sí que tengo claro es que debe de ser una experiencia sumamente incómoda.

Takeru estuvo practicando lo que restaba de aquel día hasta que acabó cansado mental y físicamente. En una ocasión tuvo una severa confusión en la que intentó caminar como perro a dos patas y en la que gateó como humano, preguntándose qué estaba haciendo mal. Al acabar el día, logró mantener la transformación durante una hora entera y hasta llegó a caminar y a correr con normalidad y sin tropezarse con nada.

Cuando hubo ganado más destreza, Hikari "lo paseó" por el bosque. Según ella, para que se familiarizara más con su nuevo cuerpo. Él preguntó que tenía que hacer y ella contestó que lo que le pidiera el cuerpo. De esta forma, estuvo todo el día metiendo el hocico en los lugares más insospechados. ¡Que divino era ser perro! Podía reconocer los olores con mayor facilidad de lo usual. Podía oler el nido de trasgos, el agua del lago y las madrigueras de los conejos cornudos. Incluso pudo suponer que Hikari se había puesto algún tipo de perfume, quizá deliberadamente, para que él no la perdiese el rastro. Aquellos días fueron espectaculares y Takeru podría haber afirmado sin miedo alguno que ya estaba completamente acostumbrado a ser perro.

Cuán equivocado estaba.

Aquel día sería la primera vez que veía a Hikari transformada en perra. Lo hizo a una hora bastante temprana por la mañana. Era una perra negra, estilizada y negra, como la mayoría de perros, de hocico puntiagudo y ojos que brillaban en fuego al más mínimo rastro de sol de la mañana.

—Espero que se te de bien jugar al escondite —dijo ella—. Porque será tu ejercicio de hoy.

—¿Qué hay que encontrar?

—Gard se a escondido en el bosque y tenemos que encontrarlo lo antes posible. Tenemos que trabajar juntos, pero al mismo tiempo tienes que competir porque no lo encuentre yo antes.

—De acuerdo, ¿por dónde empezamos?

—Por correr.

Takeru se transformó en al mismo instante que vio hacerlo a Hikari y la persiguió dentro de aquel hueco de arbustos que los sumergía dentro del bosque. El ritmo de Hikari era muy demandante, tanto que al perro negro le costaba seguir el ritmo y, en más de una ocasión, temió haberla perdido de vista. Corría y saltaba con tanta maestría natural que echó por tierra el ego de Takeru al creer haber dominado todos los secretos de ser perro. Una cosa era aprender a ser un perro y otra cosa era aprender a ser un gran perro.

Ella se paraba tan solo durante unos segundos, agachaba la cabeza, rastreaba el aire y reanudaba la marcha. Takeru creyó que ella lo tenía todo bajo su control y que, probablemente, encontraría antes a Gard, pero lo que nunca esperaría es que Hikari echase a correr a toda velocidad, como si ya hubiese encontrado el rastro. Él la persiguió y se acercó tanto a su ritmo que, cuando ella se detuvo en seco, al él no le dio tiempo a hacer lo mismo y cayó por la ladera de la montaña. Ladró y gimoteó del susto, casi enfadado por la jugarreta. Desde arriba, podía ver el rabo de la chica zarandeándose, aunque su cara no mostraba ningún atisbo de sonrisa.

—Lección número uno —Gard apareció de detrás de unos matorrales, como si hubiese estado allí todo el rato, esperando—, confía en tu equipo, pero que eso no te haga dócil.

Al principio y debido a su cabreo, a él le costó entender lo que aquellas palabras representarían en su futuro.

Estuvo practicando el mismo ejercicio durante los días siguientes. Ahora tenía más maestría para ciertas cosas. Rastreaba la tierra y el viento por cuentas propia y no se fijaba en su compañera a menos que ella ladrase por algún motivo. Cuando lo hacía, cuando escuchaba los ladridos de su compañera, se acercaba a observar. A menudo ella lo ayudaba a rastrear ciertas peculiaridades que a él perfectamente se le hubieran pasado por alto. Cuando encontraba el rastro y ataba cabos, comenzaba la carrera. Saltaba, corría y hasta nada por el lago y eso lo llevaba hasta los múltiples escondites que a Gard le gustaba usar, como las madrigueras, los huecos de los árboles o las cuevas.

Por primera vez, fue capaz de encontrar a aquella rata peluda y blanca que, mirándolo con aquellos ojos marrones, dio su beneplácito.

—Al fin das en el "blanco".

Él y su juego de palabras.

—Enhorabuena —detrás de él apareció Hikari, que le rascó la oreja como premio.

Takeru volvió a transformarse. Sería incapaz de camuflar aquella sonrisa, aunque quisiera.

—¿Y ahora qué?

—Mañana es el día de la prueba, ¿se te ha olvidado? —Gard alzó una ceja.

—Estoy muy nervioso —confesó el muchacho.

—Es normal, pero tranquilo, lo harás bien —apoyó la bibliotecaria.

Mañana debía presentarse en aquella biblioteca. Según lo que le habían dicho, esto se hacía sobrevolando la biblioteca, que permanecía oculta y solo se aparecía, en cualquier sitio, a los magos que tuvieran el emblema del Pájaro del Trueno.

—Al final no nos ha dado tiempo a instruirle con el resto de animales.

—Le irá bien, los perros son los más solicitados.

—Mi único miedo es que le toque el conejo. Incluso como venado o zorro daría una buena imagen.

—Si le sucede, será mejor que recemos.

Al día siguiente, Takeru se transformó en un gorrión y estuvo volando el bosque con paciencia hasta que allí la vio, la biblioteca. Aterrizó suavemente, acompañado del resto de pájaros que, como él, parecían alumnos dispuestos a tomar la prueba. Abajo los esperaba dos hombres, una grande y cuadrado y el otro de estatura normal y con mostacho.

—¿Ya están todos? —preguntó el señor grande.

El otro hombre puso la palma hacia arriba y murmuró algo, en seguida apareció su libro, abriéndose por la mitad para que su dueño le echase un vistazo a su contenido.

—Sí, están todos.

—Pues comencemos —y se aclaró la garganta—. Bienvenidos a la biblioteca Pájaro del Trueno, jóvenes hechiceros. Soy el profesor Virgil, a mi lado tenéis al profesor Mileto. Aunque probablemente el simple hecho de estar aquí os ponga ansiosos, yo de vosotros no me alegraría tanto. Si queréis entrar en esta biblioteca a estudiar, deberéis pasar, como todos, la prueba de admisión.

—A dicha prueba la llamamos "La Caza del Conejo" —continuó Mileto, con una urna entre las manos—. Haced una fila india, sin empujar, y acercaros a mí. Cada uno de vosotros recibirá un papel que puede llevar diferentes nombres. Bajo ningún concepto le reveléis a nadie el contenido de ese papel. El que lo haga quedará expulsado inmediatamente. ¿Queda claro?

Takeru se colocó en una fila y respiró hondo. Poco a poco, los alumnos fueron pasando y cogiendo su propio pedazo de papel. Cuando llegó su turno, fue como meter la mano en aguas cenagosas más que en una urna. Al final sacó un papel, se alejó y lo abrió en secreto.

¿Qué significaba aquello?

—Ahora procederemos a explicaros las normas del juego —dijo Virgil cuando la urna se hubo quedado vacía—. Cada uno a recibido un papel con el rol que tomará durante este juego. Los roles son los perros de caza, el lobo, el venado blanco, el conejo negro y el zorro. Solo hay un jugador de cada tipo, excepto los perros, que serán el resto de jugadores y deberán trabajar en equipo. El objetivo de la caza del conejo es, como habréis podido concluir, cazar al conejo negro.

—Esa tarea es labor de los perros de caza —continuó Mileto—. Deberán rastrear el rastro del conejo y atraparlo, pero cuidado, ya que dentro de los perros se encuentra el zorro, camuflado entre ellos.

—El zorro es el único que puede adoptar la forma de perro para ocultarse entre la jauría, no obstante, deberá tener cuidado cada vez que se acerque al conejo, pues al hacerlo, se verá obligado a transformarse en zorro. El objetivo del zorro es cazar al conejo antes de que lo hagan los perros.

—Pero como habréis podido comprobar, la caza del conejo nunca es tarea fácil, mucho menos con el venado blanco en juego. Su objetivo es encontrar al conejo y defenderlo, sin embargo él no puede obligar al zorro a adoptar su verdadera forma. El venado blanco puede ser tumbado con la fuerza de tres perros.

—Pero si las cosas se ponen difíciles, los perros siempre pueden recurrir a la ayuda del lobo. El rol de este jugador es como el de cualquier otro perro de caza, cazar al conejo. La desventaja del lobo es que tiene una zona limitante de la cual no podrá salir. Es decir, para obtener la ayuda del lobo, los perros deberán acorralar a sus presas dentro de la zona del lobo.

—Por último, las opciones de victoria —dijo Mileto ya para terminar—. Si los perros o el lobo cazan al conejo, ganan ellos. Si el venado consigue dejar fuera de combate a la mitad de los perros o transcurren las cuatro horas que dura el juego, ganan el conejo negro y el venado blanco. Si el zorro caza al conejo, perdéis todos salvo el propio zorro. ¿Ha quedado claro?

—El terreno de juego es este bosque nevado.

¿Qué bosque nevado? Si era verano. Takeru miró alrededor. No se había dado cuenta, pero la biblioteca había cambiado de lugar. Fuera, en el exterior, un inmenso paraje blanco los invito a quedarse dentro. Lástima que hiciera tanto frío.

—Jugadores, dispersaros dentro del bosque. Todos debéis de permanecer a más de doscientos metros los unos de los otros. Cuando escuchéis el graznido de los cuervos, podréis comenzar la caza.

No es que los estudiantes tuviesen que salir de la biblioteca y esconderse. Los perros siempre buscarían estar al lado de alguien porque había muchas probabilidades de encontrarse con un compañero y muy bajas de que ese compañero fuese el zorro. De todas maneras, parecía más bien una norma de cortesía, porque en realidad fueron teletransportados a ciertas zonas del lugar.

El frío le caló e los huesos rápidamente y Takeru se abrazó a si mismo. No se había llevado ninguna ropa de abrigo, aunque quién podría imaginarse que acabarían haciendo la prueba en un lugar así. Cuando el graznido de los cuervos recorrió el bosque, él no perdió tiempo y comenzó su transformación.

Al principio le costó, porque era un animal muy diferente al que estaba acostumbrado a transformarse. Era más estilizado y más ágil. Le costó mantenerse en equilibrio al principio y respiró rápidamente por el hocico. El aire helado atacó sus pulmones la sorpresa le hizo caerse de culo.

No era lo que esperaba y eso le daba miedo. Cuando escuchó el ladrido de los perros, su primer instinto fue correr en dirección contraria.

Ellos lo vieron y comenzaron a ladrar, primero fueron dos, luego tres y luego cuatro. Pronto comenzaron a perseguir a Takeru y este se vio obligado a desaparecer dentro del bosque. La caza del conejo había comenzado y el primer objetivo de los perros ya se había puesto en la mira.

Corrieron detrás del venado blanco.

Capítulo 6: Venado Blanco.