Hermione no debe organizar bodas.

Cuando Harry entró a su casa tuvo que agacharse de inmediato para no ser golpeado con una gigantesca carpeta de aspecto peligroso. En realidad toda la estancia tenía aspecto peligroso: carpetas igual de gruesas que la primera volaban de un lado a otro en una especie de sistema que Harry no se molestaría en descifrar.

—¿Ginny? —preguntó en voz alta. Dejó su capa en la percha junto a la puerta y se internó en la estancia con paso vacilante—. ¿Estás abajo?

—¡En la cocina! —gritó de vuelta. Harry le lanzó una última mirada a las carpetas antes de dirigirse a la cocina.

Ginny comía cereal mientras ojeaba una revista mágica. Harry se acercó y la besó superficialmente antes de mirar el objeto dueño de su atención.

—¿Vestidos? —murmuró confundido. Ginny asintió y dejó el cereal de lado.

No era una revista de vestidos cualquiera, no. Las modelos exhibían vestidos blancos de todas las texturas, longitudes, expansiones, detalles y marcas. Vestidos de novia. Para una boda. Su boda. De Harry con Ginny. Ginny con Harry. Una boda que se llevaría a cabo dentro de tres meses.

—Hermione vino de visita en cuanto volví de entrenar —informó Ginny—. Está completamente escandalizada porque no habrá tiempo para planear la boda.

—Pero faltan tres meses —mustió Harry, adueñándose del cereal mientras Ginny asentía con la misma confusión del pelinegro.

—Eso le dije, pero ella alegó que teníamos cita para el banquete y las pruebas de vestido, que teníamos que decidir el color de los manteles, el tipo de platería, las copas, las flores y los tocados —habló rápidamente, de pronto Harry tuvo dificultades para tragarse el cereal—. Dijo que todo tenía que estar en perfecta armonía.

—Por favor dime que ya se fue —pidió con más preocupación de la que quería admitir.

—Si, se fue y dejó el desastre de carpetas en la estancia —rió—, se acomodan según su importancia, pero ya que Hermione hizo el encantamiento, todo parece ser importante.

A diferencia de Harry, ligeramente aturdido por toda la información, Ginny parecía muy divertida con la situación.

Había que ser sinceros: Harry no quería una boda tan espectacular, de hecho, tampoco Ginny. Hace un un par de meses ambos habrían accedido a escaparse a los pueblos mágicos de Italia para casarse, pero Harry de verdad, de verdad, de verdad quería darle un anillo precioso a Ginny (y le habría dado el mundo entero pero, en palabras de Ginny, "¿Dónde lo pondría?"), así que cometió el error de acudir a Hermione.

—¡¿ITALIA?! ¡NO PUEDES IRTE A ITALIA Y CASARTE ALLÁ, POTTER! ¡¿Qué diría el Señor Weasley?! ¡¿Qué dirían sus hermanos?! ¡¿Qué diría Ginny?! —había exclamado la castaña, horrorizada con la simple idea.

—Ella propuso Italia, Herms —balbuceó Harry.

—¡Tonterías! —bufó— Iremos a esa tienda de joyas, comprarás un bonito anillo y planearemos esta propuesta como es debido.

Lo que quiso decir es que Hermione se arrancó un par de mechones con tal de mantener a todos en su sitio durante el cumpleaños de Ginny hasta que Harry sacó el anillo y pidió su mano. Le hizo pedir permiso y todo.

—Eres un caballero, Harry Potter, y Ginny es la princesa de los Weasley. Estás a punto de llevarte a su princesa —acusó con molestia.

—No me la estoy robando, Hermione, por el amor de Dios. Sólo quiero casarme con ella y…

—¡Ya ni siquiera vive con ellos! ¡Le vas arrebatar su apellido para siempre, Harry! ¡Lo mínimo que puedes hacer es pedirles que, por favor, te dejen ser su esposo!

Harry todavía tiene sus dudas sobre si los hermanos de Ginny dijeron que sí tan rápido por la mirada de Hermione o por la emoción palpable de Ginny.

Hasta ese momento todo había sido fantástico, hasta que después de varias noches de charla, besos y otros actos nada relacionados con la futura boda, ambos anunciaron que diciembre era una buena fecha para casarse. Y se desató el caos.

Hermione había desarrollado un tic en el ojo, la señora Weasley murmuraba acerca de túnicas y telas brillantes mientras que Fleur lloroqueaba por no poder "Lucig un vestido con esa baggiga". Harry y Ron habían fingido buscar gnomos en el jardín hasta casi el atardecer con tal de evitar ese alboroto.

Así que, aparentemente, el plan de Hermione ahora era llenar de fotos y carpetas su casa hasta que se decidieran que blanco era mejor: el blanco perla o el blanco cascarón.

—¿Me crees si te digo que ambos blancos se ven idénticos? —resopló Harry. Ginny rió y asintió.

A decir verdad, Harry probablemente estaría enloquecido de no ser por Ginny. Ella tomaba carpetas, hojeaba un par de páginas y le preguntaba si quería opinar algo, Harry no tenía miedo de decirle que los blancos eran exactamente iguales, que el relleno de chocolate estaba bien, que la cubierta podría ser violeta si ella quería, que las flores podían ser rosas, dientes de león o tréboles, que los asientos de los invitados le daban igual y que de verdad no veía la diferencia en la platería.

—Este tiene pequeñas hojas en el mango, ¿ves? Combinan con las copas altas de aquí.

Ginny realmente no se molestó en mostrarle todos los detalles de ningún cubierto, se conformaba con reír ante la supuesta atención de Harry.

—Lo siento, Ginn —rió—. Sólo he ido a las dos bodas de tus hermanos y creeme que no me fijé en la platería.

—¿Ah, no? —respondió con ojos curiosos y juguetones. Harry sonrió y asintió solemne.

—No, ni siquiera recuerdo el tipo de flores.

—¿Entonces, qué hiciste durante las bodas? —siguió Ginny, apartando la carpeta de sus piernas para centrar su atención en Harry, quien hacía su mayor esfuerzo por ocultar una sonrisa.

—Oh, tu sabes —susurró acercando su rostro cada vez más cerca—. La primera vez intenté alejar a un chico de una pelirroja preciosa y la segunda vez yo estaba con esa pelirroja preciosa. ¿Y sabes qué?

—¿Qué? —respondió en un murmullo, apenas rozando su nariz con la de Harry.

—No podía dejar de mirar esas bonitas pecas que tienes sobre el hombro y que ese vestido verde no alcanzaba a cubrir… —murmuró contra sus labios.

Ginny sonrió y asintió queriendo escuchar más. Compartieron un aliento juguetón y rozaron sus labios otro par de segundos. Harry estaba por saborear sus palabras en caricias y labios cuando el sonido de la chimenea los interrumpió.

—Soy Hermione, lo siento por la hora. Harry tengo que mostrarte algo —anunció desde la cocina—. ¿Puedo ir a la estancia? ¿Están en condiciones?

Ginny besó superficialmente los labios de Harry y murmuró disculpas, como si ella fuera la visita.

—Por Dios, Hermione, ¿qué imaginas que hacemos? —gritó Harry, entre divertido e indignado.

—Te he visto con los pantalones hasta la rodilla y a Ginny sin blusa, no tienes derecho a reclamarme —bufó la castaña, entrando en la estancia con un montón de telas dobladas entre las manos.

Harry deja de escuchar todo lo que Hermione dice cuando comienza a enumerar tipos de tela dependiendo de su color y su tendencia, Harry no tiene ni idea de quién eligió "palo de rosa" como un nombre de color, ni siquiera es de color verde como el palo de una rosa, ¡es rosa! Merlín, Harry no entendía nada.

Jugaba con la mano de Ginny, tocando lentamente sus dedos y sus uñas, mientras Hermione seguía parloteando sobre manteles, cortinas, puestas de sol y el clima. Ginny devolvía un par de apretones y miradas de soslayo sin dejar de responderle a Hermione.

Y cuando menos se dió cuenta ya estaba dormido, soñando con tulipanes, campañas con muérdago, escobas con lazos, cubre-manteles verdes con lunares rosados, bludgers con copas, zapatillas naranjas, platería azul, el emblema de los Black en un pastel de Hufflepuff, collares de frutas, sombreros de pavo con…

—¡Harry! —exclamó Hermione. El azabache dio un respingo y abrió los ojos totalmente alarmado.

Hermione no rió como se casi siempre hacía, ésta vez resopló y lo observó con una ceja elevada.

—¿Y bien? ¿Quieres algo en especial? —preguntó con irritación.

—Pues a Ginny, Hermione —respondió con la misma irritación, porque insistía: faltaban tres meses. No uno, ni siquiera tres semanas, ¡meses! Y Hermione se volvía loca a cada minuto.

—Para la boda, Harry —aclaró molesta—, ¿quieres alguna decoración, sabor, color, lugar…?

Harry tiene la ligera sospecha de que, si intenta repetir su plan de casarse en Italia, Hermione le lanzará una carpeta ante cualquiera de sus ideas. Su semblante desorientado obliga a Hermione a enumerar el tipo de cosas que puede querer, ella menciona: —Puede ser algo especial para tí y para Ginny, no lo sé, tal vez el color de su equipo favorito de Quidditch o algo así…

¿Algo especial? Harry podría elegir un montón de cosas, cientos, miles, miles de cientos, pero ante los mechones sueltos de Hermione, Harry se decide por la más obvia.

—Snitch —respondió rápidamente. Hermione boquea y frunce el entrecejo.

—¿Snitch? ¿De Quidditch? —preguntó Ginny mientras bajaba las escaleras.

Harry la observa desde el sillón, todavía aturdido por la capacidad de Hermione de hablar tantísimo, Ginny sostiene un pequeño ramillete de flores azules y rosadas. Harry no tiene idea de si ese ramillete lo usara en si boda pero de todos modos siente su corazón revolotear contra su pecho.

Como una snitch. La snitch que Ginny atrapó antes de que Harry la besara, la snitch que Harry besó antes de caminar hacia la muerte y pensar en ella, la snitch que Harry atrapó y que ya no quiere dejar ir.

—Sí, quiero una snitch.

Hermione debatió y exigió saber por qué quería una pelota en su boda, una pelota que haría un completo alboroto. Ginny rió y besó a Harry sin preguntar.

Quizá después podría decirle, cuando Hermione dejara de hostigarlo para saber qué tan importante era una snitch en una boda.

—Por la barba de Merlin, Harry Potter, olvídate del Quidditch por lo menos en tu boda.

Pero Hermione no tenía ni idea de todo lo que significaba para Harry.