El universo de Harry Potter le pertenece a J.K. Rowling.

Esta historia participa en el reto "Tropos, tropos everywhere" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Tropo: Amor a primera vista


Let's spend the night together

Sirius Black fumaba cómodamente en el sofá del cuartel de la orden cuando escuchó vagamente algo sobre una valerosa chica que se había enfrentado sola a dos mortífagos para salvar a un par de niños mestizos. Pensó que se referían a algún nuevo integrante de la academia de aurores, por lo que no le extrañaba que los hubiera enfrentado confiada en sus habilidades.

Resopló cansado. Sus compañeros a veces exageraban.

Entonces, James se unió a la conversación halagando a la muchacha y Sirius se interesó un poco. Su amigo, igual que él, no se asombraba fácilmente. Prestó más atención: ella no tenía mucha experiencia en duelos y jamás se había enfrentado a nadie del bando oscuro.

—Ha sido una excelente estratega. ¡Salieron ilesos! —la voz de Fabian Prewett resaltó por encima de las demás.

Ahora estaba un poco sorprendido.

La guerra sacaba lo mejor o lo peor de las personas y Sirius, con la vida que había tenido, siempre esperaba lo peor. Casi había perdido por completo la fe en la sociedad mágica. Pero si una chica que no sabía nada de peleas ni enfrentamientos arriesgaba su vida por una causa noble, tal vez no todos estuvieran podridos allá afuera. Se mantuvo pensativo. La guerra lo estaba volviendo pesimista. Sacudió la cabeza mientras se convencía de estar equivocado. Sí que había gente capaz de enfrentar a la muerte por sus ideales. Como él, como sus amigos, como ella.

Unas semanas más tarde, desde el mismo sofá, escuchaba que la orden tenía una nueva adquisición. Los Prewett la habían reclutado y ella había aceptado a cambio de protección para su familia.

No escuchó el nombre de la chica y tampoco sintió suficiente curiosidad para hacerlo.


Marlene McKinnon tenía 19 años y estudiaba medimagia cuando se unió a la Orden del Fénix. Había sido Ravenclaw durante sus años en Hogwarts. Le gustaba mantener un perfil bajo y era muy buena leyendo a las personas, por lo que pocas le agradaban realmente.

Obviamente había escuchado sobre el famoso cuarteto de Gryffindor, pero nunca había tratado directamente con ninguno de ellos. Era un año menor, jamás habían compartido clases, ni ella se había interesado en conocerlos o mirar siquiera sus caras en las fotos.

Estaba en séptimo año cuando llegó a sus oídos la historia del Black que había rechazado las creencias de su familia. Se encontró sintiendo simpatía por aquel desconocido. No podía imaginar cómo sería darle la espalda a su familia y ser odiada a cambio.

Por primera vez sintió curiosidad por saber quién era Sirius Black.

No pudo hacerlo, pues se había graduado el año anterior.


—Le pediré matrimonio en dos meses —confesó James a sus amigos.

Sirius frunció el ceño. Su amigo acababa de cumplir 20 años y estaban en medio de una guerra. No comprendía el apuro por casarse. Sin pensarlo, abrió la boca para protestar.

—¡Ya era hora! —se adelantó Remus alegre. Luego miró significativamente a Black, sabía perfectamente cómo iba a reaccionar—, puedes apostar que aceptará.

James sonrió a su amigo agradeciendo el apoyo. Peter y Remus lo aceptarían sin problema, ¿pero Sirius? Habían hablado de esto cientos de veces y él siempre insistía con que casarse nunca era opción.

El licántropo siguió con su intento de amilanar a Black con la mirada, quien no se inmutó, pero pareció pensarlo mejor antes de proseguir.

—Sí bueno, te he apoyado en todas las chorradas que haces, no veo por qué no tendría que hacerlo ahora.

El repudiado de los Black sintió sobre sí las miradas incrédulas de sus tres amigos. Una sonrisa engreída se dibujó en su rostro. Le encantaba ser impredecible.

—Padfoot, ¿lo dices en serio?

—No veo cuál sería la diferencia, Moony. Casado o no, nunca se despega de Evans —insistió quitándole importancia al asunto con una expresión traviesa—. Pero —apuntó a Potter con el dedo— tengo que ser el padrino.

—Serás mi padrino de bodas, el de mis hijos y de lo que quieras. —respondió emocionado mientras Sirius sonreía con autosuficiencia.

—Pues ya veremos si Lily lo permite, porque como sea padrino de tus hijos, ya pueden ir dando por perdida su educación —Remus intentó bajarlos de su nube sin éxito.

Peter entre carcajadas le dio la razón y James lo secundó. Sirius fingió enfado, pero terminó uniéndose a ellos. Terminaron la tarde charlando y riendo como cuando aún iban al colegio. Todo había salido bien, James se sentía dichoso.

Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años. Para Sirius, la decisión de James era desesperada, pero ¿tenía derecho a decirle que no lo hiciera? Cualquiera podía morir el día menos esperado. Su filosofía de vida siempre había sido vivir al máximo, ¿no era ésta una manera de hacerlo? La peor manera, si le preguntaban, pero contaba como vivirla al máximo.

Cuando es ella solo lo sabes, le había dicho James un día en que hablaba sobre Lily, algún día tal vez me entiendas.

Pero Sirius Black jamás había sentido nada de lo que su amigo describía cuando estaba con Evans. Había salido con chicas de todo tipo, pero nunca se había preocupado por tener más de dos citas, ni había querido volver a ver a alguna con desesperación, como si la necesitara para vivir. No. Eso que su amigo describía como incontenible y anhelante era algo que él era incapaz de sentir.

El tema se le dificultaba aún más dado el ejemplo que había recibido de su familia, los Black no hablaban de sentimientos. Le había costado muchos años siquiera admitirse a sí mismo que sentía afecto por sus amigos, y ahora a duras penas podía admitir en voz alta que ellos le importaban.

Y vaya que los quería. Intensa e incondicionalmente. Aunque ni él mismo fuera consciente. Les era leal y no cabía en su cabeza un mundo sin ellos. Había encontrado en ellos lo que los miembros de la noble y ancestral familia Black le habían negado: una familia verdadera.

Su gran capacidad de afecto, ahora desbloqueada, solo estaba disponible con sus amigos. Amor fraternal y amistad eran una cosa. Pero el amor romántico era algo que escapaba completamente de su entendimiento, no lo comprendía y tampoco estaba interesado en conocerlo. Estaba bien así.

Tras aquellas palabras de James, Sirius le había sonreído pícaro. Amo a las mujeres y por eso mismo, Sirius Black es del pueblo, había exclamado abriendo los brazos, presentándose ante un público imaginario, no podría privarlas de mi genialidad por atender solo a una.


Un mes después de haberse unido a la orden los mortífagos aumentaron sus ataques, el peligro se duplicó y Marlene pasó a quedarse a tiempo completo en el cuartel para mantener a su familia fuera del interés de Voldemort.

A veces extrañaba su casa. Solía pasar el tiempo en su pieza escuchando música en el gramófono que su hermano mayor le había regalado. Pasaba más tiempo con aquel aparato que con otros miembros de la orden.

A veces se sentía sola. No ayudaba mucho el hecho de que Dumbledore aún no le decía cuál era el plan para ella en la orden. Quería saber, quería hacer algo, quería perseguir mortífagos, rescatar a alguien, lo que sea. A veces sentía que perdía la cabeza.

Cerró los ojos. No le gustaba la dirección que tomaban sus pensamientos.

Decidió bajar a cenar.

Encontró a Remus Lupin cenando. Era la cuarta vez que el chico iba al cuartel. Le habían dicho que lo vería seguido por ahí, pues al no ser auror era el más disponible para hacer guardias. Lo saludó con mejor ánimo. Era agradable cenar con él. El simple hecho de ver una cara conocida le quitaba la sensación de ser una extraña en ese lugar.

Se habían caído bien desde el principio: él era inteligente, a ambos les gustaba leer y cuando ella preguntaba cómo iban las cosas allá afuera, él se lo decía sin filtros, algo que agradecía infinitamente.

—¿Sabes si alguien más está en el cuartel esta noche? —preguntó el castaño en medio de la cena.

Marlene lo miró extrañada, ¿a qué vendría esa pregunta?

—Lily dejó solo dos platos, y no escuché a nadie llegar durante el día. No creo que haya nadie más.

Notó la expresión contrariada del castaño, luego pareció llegar a una conclusión.

—Lo que estaba sonando antes allá arriba, ¿era tuyo? —Marlene no supo interpretar si su tono era de sorpresa o emoción.

—¿El volumen estaba muy alto o… —se detuvo al ver la sonrisa resplandeciente que ahora le dirigía Remus.

—Espera, ahora vuelvo.

Sirius había partido con Moody hacia Francia, siguiendo el rastro de un par de mortífagos. No habían recibido noticias de ellos desde entonces. Eso no era inusual, pero ninguno de los merodeadores dejaba de preguntarse ocasionalmente si su amigo estaría bien.

Cuando Remus escuchó la música, Sirius y James aparecieron en su cabeza, sentados en el sofá de la sala común estrenando el último vinilo de los Eagles. Su última memoria del colegio antes de que la guerra estallase. Creyó que su amigo podría estar de regreso.

El licántropo subió hasta llegar a la habitación que Sirius había decidido que usaría cuando se aburría de estar en su departamento. La habitación estaba impecable, como le gustaba dejarla a Black antes de irse por una buena temporada.

Se apresuró y buscó por los rincones hasta encontrar lo que buscaba: vinilos. Desde Hogwarts, su amigo coleccionaba los que más le gustaban, pero no tenía un gramófono propio. Se había traído los discos esperando que alguien en el cuartel tuviera uno, pero nadie había cumplido con sus expectativas. Conforme la guerra empeoraba, los discos y el gramófono que no tenía fueron quedaron en un segundo plano, olvidados en un rincón de su habitación.

Remus sabía que la rubia no estaba pasando por el mejor de los momentos. La guerra empeoraba, no veía a su familia y pasaba los días sola en el cuartel. Debía ser difícil. Cuando se dio cuenta que había sido ella la causante del bullicio, supo que ella podía darle un buen uso a los vinilos olvidados de Sirius Black.

Regresó a la cocina sin perder la sonrisa y se los entregó. La chica lo miró sorprendida. Remus no tenía pinta de ser amante del rock muggle, era la última persona de la que pensaría que tendría discos en el cuartel. Se lanzó a abrazarlo agradecida. Ella amaba la música, y ahora más que nunca estaba resultando ser muy reconfortante.

Él correspondió el abrazo algo incómodo.

Ella le sonrió, Remus era un buen amigo.


Marlene solía desayunar con alguno de los que vivía ahí o con quien hubiese hecho guardia la noche anterior. Pero aquella mañana le tocó hacerlo sola. Se sirvió un café y esperó a que alguna lechuza le trajera la correspondencia.

Tenía que admitir que tenía miedo de lo que podía encontrar en El Profeta. Voldemort iba ganando más terreno y a veces le parecía que Dumbledore tomaba las cosas con mucha calma. Su bando estaba claramente en desventaja, se sentía a la deriva.

El periódico cayó delante de su taza, sacándola de su ensimismamiento. Intentó contener la ansiedad que la estaba consumiendo. Los titulares no ayudaban: Diagon Alley tomado por mortífagos, Los traidores a la sangre serán los siguientes, Amenazan a magos nacidos de muggles, 17 personas desaparecidas en Hogsmeade…

Buscó desesperada en el listado de pérdidas, esperando no reconocer ningún nombre. Desafortunadamente eso era mucho pedir. Reconoció un par de amigos de Hogwarts y algunos conocidos de Hogsmeade. Cerró el periódico.

Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista. Cerró los ojos, odiando sentirse impotente. Haría lo que sea hasta terminar con esa maldita guerra. Incluso se sentía capaz de matar a Voldemort ella misma con tal de terminar todo ya. Estaba harta.

Alguien ingresó a la cocina. Marlene evitó el contacto visual y se limpió las lágrimas disimuladamente. El recién llegado fingió no notar su estado.

—Hola Marlene, lo siento, no sabía que estabas aquí.

Había conocido a James Potter en la primera guardia de él en el cuartel. Hasta entonces no habían hablado más que para presentarse. Él vio el periódico sobre la mesa y la nariz roja de la chica. Entendió lo que estaba pasando.

—Hey, ¿todo bien? —preguntó mientras se servía un café para acompañarla.— Tengo entendido que tu familia sigue a salvo —prosiguió con una sonrisa tranquilizadora.

La rubia lo miró. Ese chico Potter era solo un año mayor que ella, pero tenía una actitud paternal. Opuesta a todo lo que había escuchado de él en el colegio. De alguna manera su amabilidad le inspiraba confianza.

—Yo…lo siento. Ni siquiera sé por qué estoy reaccionando así. Debería estar agradecida con ustedes y...

James se sentó frente a ella, alentándola a explicarle qué era lo que había causado que la encontrara al borde de las lágrimas. Marlene suspiró, necesitaba hablar.

—Solo quiero que todo esto acabe ya. Estoy cansada de todo lo que sucede allá afuera y siento…siento que no ayudo en nada. Me estoy sintiendo muy inútil últimamente.

—Bueno, nos ayudas bastante cuando hay enfrentamientos —ella era la sanadora principal de la orden—. Y aunque no lo creas, a veces me siento igual.

Marlene le sonrió tristemente, las palabras de James no eran suficientes para quitarle la sensación de encima.

Él conocía los planes que Dumbledore tenía para ella, Moody la entrenaría y la tendría de apoyo para planear ataques, pero aún debían esperar a que la guerra se declarara oficialmente. Comprendía cómo se sentía, el viejo director ni siquiera le había dado un pequeño trabajo para que sintiera relevante. Se le ocurrió una idea.

—¿Y si entrenas con nosotros?

La chica lo miró interesada. Entrenar con los aurores no era parte del plan, pero no había razón para rechazar aquella oferta, ¿o sí?

—Pero Dumbledore dijo…

—Él no está aquí. Además, en algún momento ibas a hacerlo. No pasarás el resto de la guerra encerrada acá, ¿sabes?

—¡Haberlo dicho antes! Me muero por patear traseros mortífagos —el semblante de ella cambió, estaba llena de energía.

Potter rió divertido, Marlene McKinnon tenía agallas.

—No pensé que estuvieras interesada, pero mira cómo te has puesto, tenías una vena Gryffindor escondida, ¿eh?

—El sombrero seleccionador dudó entre Ravenclaw y Gryffindor, pero ya sabes —respondió orgullosa señalándose la sien— el ingenio lo deslumbró.

James se carcajeó, la chica era altanera de una manera en que era imposible odiarla. Le recordaba a su mejor amigo cuando aún iba a Hogwarts.


No se conocían de nada.

Colagusano miró a la chica. Tenía la nariz pequeña y los ojos azules. Era lo suficientemente bonita para cohibirlo (aunque él se cohibía con cualquier chica, en realidad). Tenían que ir a Diagon Alley a recibir un paquete para Dumbledore, las órdenes eran pasar desapercibidos todo el tiempo que estuvieran ahí, nada peligroso.

Él no había querido ir, pero no aceptar no era opción.

—Pettigrew, ¿cierto? —le había dicho ella al entrar al vagón donde se encontraba él.— Soy Marlene, Marlene McKinnon. Espero que nos llevemos bien o el viaje será muy desagradable. —Finalizó directa y sincera sentándose frente a él.

El chico solo asintió como saludo, tímido.

La rubia entonces sacó un estéreo personal y se colocó audífonos, subió las piernas a los asientos vacíos de su lado y se perdió en su mundo mirando a la ventana, sin intentar volver a hablarle. Este chico era diferente a sus amigos, no le había dado una muy buena primera impresión.

Peter siguió escudriñándola con la mirada. Aquella última frase la había escuchado años atrás de otra persona, la primera noche en que le asignaron habitación en Hogwarts. La misma actitud de Sirius, pero a la vez distinta.

Completaron la misión y se aparecieron en el lugar donde los esperarían Lily y los gemelos Prewett. Al poco tiempo de encontrarse, aparecieron siete figuras encapuchadas de negro. El enfrentamiento fue inevitable.

Dos mortífagos fueron contra la rubia, pero Fabian llamó la atención de uno de ellos, atacándolo mientras se defendía de los ataques del que lo había elegido como blanco. Gideon, por su parte, intentaba desarmar a otro para auxiliar a Lily y Peter, que estaban siendo acorralados por los tres restantes.

Fabian logró desarmar a su atacante, entregó el paquete de Dumbledore a Lily y le ordenó desaparecerse con Peter, quien más que apoyo estaba siendo un estorbo. Ella obedeció.

Marlene ahora estaba siendo superada por dos figuras que parecían decididas a terminar con ella. Se ocultó tras una pila de cajas de madera justo a tiempo para evadir un rayo rojo. Desde su escondite lanzó un protego para los gemelos, a quienes casi les cae un bombarda, proveniente de un tercer mortífago que se acercaba a ellos.

Sus atacantes se aproximaban. Se echó a correr mientras animaba un par de árboles para que los atacasen. Corrió por los callejones sin dirección. Los gemelos quedaron atrás hace mucho. Siguió corriendo mientras notaba que un par de pisadas ya no la seguía. Giró en un cruce y supo que había sido una mala idea. No había salida.

Escuchó al mortífago alcanzarla, se giró a enfrentarlo con un atabraquium. Su oponente logró desviar el hechizo. Por el esfuerzo su capucha cayó hacia atrás, descubriendo su rostro.

Marlene se encontró ante un chico de su misma edad. Cabello negro ondulado y perfectamente ordenado. Rasgos aristocráticos y ojos grises. Un muchacho atractivo sin expresión en el rostro, Regulus Black. La sorpresa en el rostro de ella reflejó que lo había reconocido.

—Un placer volver a verte, Mckinnon —siseó sin emoción

Ella quiso atacar primero. Él, más rápido, la desarmó. Comenzó a acercarse, frío, calculador. Listo para lanzarle la maldición asesina. La rubia se sintió atrapada, esperando su final. Lo miró directamente a los ojos. Alguna vez pensó que eran de un color precioso, pero ahora solo podía sentir un escalofrío recorrer su espalda. Pensó en sus padres y en sus hermanos, en la orden, en los amigos que había hecho ahí, en la pronta boda de Lily y James, en cómo había cambiado su vida, en los entrenamientos... ¡Los entrenamientos! Se armó de valentía y le estampó un derechazo en el rostro para esquivarlo y recuperar su varita.

El menor de los Black se llevó la mano al rosto, aturdido. Había sentido ese dolor antes, la última vez que habló con su hermano en Hogwarts. Recuerda que discutían. Regulus dijo algo sobre James. Sirius cegado por la ira, le había roto la nariz. La humillación de ser atacado como un asqueroso muggle había sido insoportable para él. No se habían vuelto a dirigir la palabra.

Cuando se recuperó del golpe, ella ya había alcanzado su varita. Se batieron en duelo otra vez. El desempeño del mortífago había caído notoriamente. Sirius no se había pasado por su cabeza durante años y ahora el recuerdo lo aturdía. Pese a ello logró acorralarla en el fondo del callejón. La chica tenía práctica, pero no tanta como los aurores a los que solía enfrentarse. Por la compañía en que la había encontrado dedujo que pertenecería al grupo rebelde que lideraba Dumbledore.

Sirius volvió a aparecer en sus pensamientos. Sabía que pertenecía a la orden. ¿Ella lo conocería? Intentó quitarse la idea de encima, no le importaba. Sirius había dejado de ser un Black en el momento en que se fue de casa, renunciando también a ser su hermano. Lanzó un crucio con furia, liberando la rabia que le generaba el recuerdo.

Marlene lanzó un grito desgarrador. Las lágrimas brotaron de sus ojos azules y el sudor le perló la piel. A pesar de su estado, Regulus reconoció en ella a la adolescente que había sido en el colegio. Era atractiva. Más de un compañero suyo había querido salir con ella e incluso alguna había escuchado apuestas sobre conquistarla antes de que el rompecorazones Sirius Black la notara.

Detuvo el hechizo. No sería capaz de matarla. No ahora que la imagen de un inmaduro Sirius con corbata floja le sonreía burlón. Se sintió estúpido y débil. Un Black no era vulnerable. Un Black no se alteraba por el recuerdo de alguien que lo había traicionado.

Ella temblando, esperó el siguiente crucio.

El chico se agachó frente a ella y colocó su varita sobre su mejilla izquierda. Comenzó a cortarle la piel.

—La misma sangre de la que reniegas es la que te está salvando el pellejo ahora —susurró mirando el líquido rojo chorrear mientras atravesaba su mejilla—. Dile a mi hermano que la próxima vez no seremos tan benévolos.

Tras decir aquello se giró y desapareció.

Marlene se tocó la mejilla sangrante sin creerse que saldría de ese enfrentamiento con nada más que un corte en la cara.


El humor de Marlene mejoró notoriamente desde que empezó a participar activamente en algunas misiones de la Orden. Lily y James lo notaron esa noche durante la cena. Esa Marlene soñadora y emocionada por su boda era muy simpática. Cuando ella terminó y regresó a su habitación, la sensación agradable se mantuvo en el ambiente. Cuando estaba de buen humor, Mckinnon irradiaba alegría.

Limpiaron la cocina y dejaron la cena servida para Remus. Lily miró el reloj preocupada, se estaba tardando en llegar.

Entonces alguien se apareció en el salón. La pelirroja apuntó al recién llegado con su varita y se disponía a hacer la pregunta de seguridad.

—Evans, ¿crees que alguno de los idiotas de Voldemort podría burlar los hechizos de protección que los magos más poderosos de Inglaterra colocaron en el cuartel? —lo pensó mejor— Bueno, podrían pero no sin perder algún órgano vital antes.

Dicho eso, saltó sobre el sofá más cómodo y subió las botas sobre la mesa de centro. Sacó un cigarrillo. La pareja se miró. James le devolvió a su novia una sonrisa mal disimulada, nunca nadie se podría hacer pasar por Sirius Black.

—Tienes que quitarte esa costumbre de llamarla Evans —se lanzó a estrecharlo entre sus brazos, al fin estaba de regreso—. Pronto será Potter.

—Y tú la de abrazarme como si fueras mi abuela cada vez que regreso de misión —se dirigió a la pelirroja—. Lo has vuelto un blando.

Ella sonrió con dulzura. Sabía mejor que nadie cuánto había madurado su novio. Luego se fijó en Sirius y notó con preocupación lo pálido que estaba.

—Deberías comer algo, en la cocina dejamos un poco de—

—Ya voy, mamá— la interrumpió burlándose.

A pesar de la burla, le hizo caso. Era consciente de lo desmejorado que lucía. Deshacerse de una reliquia maldita no era tan fácil como había pensado.

Les explicó que él haría la guardia de Remus esa noche. Había pasado a verlo cuando llegó a Londres y lo había encontrado peor que nunca por la cercana luna llena. No estaba en condiciones de cuidar el cuartel. Ellos aceptaron, prometiendo regresar por la mañana.

Ya en soledad, abrió la despensa en busca de algo que tuviese cualquier grado de alcohol para tomar. Si tenía suerte, Benjy habría dejado un poco de Whisky de fuego de la última vez que...

Se detuvo. Del piso de arriba llegaba el ruido de las trompas de una canción muy conocida para él. Lo que sonaba definitivamente era un disco suyo. Y no cualquiera, era el que había ganado en un bar a ese hijo de muggles que venía de América.

Dejó lo que estaba haciendo y subió como hipnotizado, siguiendo la música. Se preguntó quién y cómo habría encontrado sus discos, solo sus amigos sabían de ellos. Divisó la puerta entreabierta. Creyó que encontraría al típico chico rockero hijo de muggles. Nada más alejado de la realidad. Escuchó las trompas una vez más y se asomó por la puerta. La chica dejó de bailar al sentir su presencia. Asumiendo que era Remus, se giró para saludarlo.

Entonces se miraron.

Marlene se encontró ante una mirada gris que ya conocía, igual de profunda y atrayente. La diferencia estaba en que los ojos que veía ahora eran vivaces y enérgicos. Atrás había quedado el aura oscura y aterradora que había sentido con su hermano menor. El Black que la miraba desde la puerta tenía los mismos rasgos aristocráticos, el mismo cabello negro (aunque largo y rebelde), la misma silueta elegante, más alta y masculina. Y para rematar el aspecto de chico malo, una chaqueta de cuero negro encima.

Mirar a Regulus Black le infundía oscuridad y desesperanza; los ojos de Sirius Black prometían intensidad y vida.

Sirius estaba gratamente sorprendido. La chica tenía un par de ojazos azules y cabello largo rubio, que le daban cierto aspecto bohemio. Era agradable a la vista. No era exuberante como las chicas que acostumbraba frecuentar, tampoco era simple y sosa como recordaba a las sangrepura con las que su madre quería casarlo. Tenía un rostro expresivo y hasta cierto punto dulce.

Recordó esa nueva adquisición de la orden que nunca llegó a ver. Lla chica que todos sus amigos habían conocido antes que él. Supo que era ella, distinta a como se la había imaginado.

Gris y azul se enfrentaron. Nunca se habían visto, pero se reconocieron. Después de haber escuchado del otro por terceros, al fin estaban frente al otro.

Pasada la impresión inicial, una sonrisa engreída se dibujó en el rostro del chico. Cruzando los brazos, se apoyó en el marco de la puerta. Volvía a ser el mismo fanfarrón de siempre.

—Hola, ladrona de discos.

Ella frunció el ceño.

—No los robé, Remus me los... —comenzó a defenderse pero se detuvo al verlo ingresar sin haber sido invitado.

Sirius tomó un vinilo y miró el borde interior del cartón, comprobando que era suyo.

—Moony te dio mis vinilos —resopló por la nariz.— Algo bueno debes haber hecho para que se haya atrevido a hacerlo.

Ella lo miró sin expresión. Así que él era Sirius Black, el dueño de los vinilos. Tal vez había llegado el momento de devolverlos, pensó abatida.

—Tranquila, rubita —se mofó cuando vio su expresión cambiar—. Puedes quedártelos siempre y cuando me invites a disfrutarla.

—Tengo nombre —respondió ella fastidiada consigo misma por ser tan transparente ante un desconocido—. Marlen—

—McKinnon —completó él, interrumpiéndola de nuevo—. Lo sé. Eres popular aquí en la orden, ¿sabes?

Ella no comprendió a qué se refería y él no se explicó. Simplemente se acomodó sobre la alfombra, como si estuviese en su propia habitación, y se apoyó sobre la pequeña mesa sobre la que estaba el fonógrafo. Cerró los ojos concentrándose en la música. La chica despertaba en él una curiosidad enorme, no entendía por qué. Tal vez sus gustos en común o el hecho de que le haya caído bien a sus amigos influyese en algo.

—¿Sabías que a los Stones no les gustó el resultado de la canción? La preferían como sonaba en vivo.

Hablar de música era invocar al demonio que se escondía en el interior de Marlene McKinnon.

—Pero no tuvieron más opción que aceptar porque les había costado cerrar ese contrato en América.

Intercambiaron una mirada cómplice mientras ella se sentaba sobre la cama para seguir hablando de música. La canción terminó. "Let's spend the night together" comenzó a sonar. La expresión de Sirius cambió.

—Esa canción me encanta, soy capaz de invocar un patronus simplemente recordando la melodía. —se incorporó y se acercó a ella ofreciéndole una mano— Baila conmigo.

Ella lo miró dubitativa.

El maldito era endemoniadamente guapo y lo sabía, se notaba en su chulería. De lo que no era consciente, era que Marlene lo estaba encontrando aún más atractivo con esa sonrisa. Diferente a la que usaba cuando quería ligar con alguien, diferente a la sonrisa desvergonzada que le había mostrado al inicio. El gesto con el que ahora la miraba no tenía otra finalidad que mostrar alegría. Esa autenticidad la convenció.

Tomó su mano y se puso de pie.

—Sabía que no me dejarías tirado como le gusta hacer a Lily. —ella soltó una carcajada.

—Estuve cerca, pero me diste lástima.

Sirius sonrió de nuevo. Ella era simpática, tenía ese algo que hacía que la cercanía se sintiera natural. La miró atento mientras cantaba con los ojos cerrados, estaba radiante. Aquella noche estaba sonriendo más que en todo el último año. Pensó que tal vez no sería tan malo repetir esto alguna vez.

Marlene se sintió observada y abrió los ojos.

De pronto fueron conscientes de la cercanía. La tensión se hizo evidente. Él se acercó un poco, ella desvió la mirada. No se sentía capaz de lidiar con la intensidad con la que Black la miraba. A pesar de eso, no se alejó.

—No pensé que fueras tímida, McKinnon —murmuró Sirius a centímetros de ella.

—No lo soy— respondió comenzando a extrañar su espacio personal. —Esto es raro.

—Si tú lo dices.

Sirius se alejó y se dirigió a la pequeña estantería blanca tarareando la melodía, como si no hubiese pasado nada. Leyó por encima los títulos de los libros hasta que encontró uno que llamó su atención. Lo sacó y se lo mostró mirándola incrédulo.

—Todo el mundo sabe que los Stones son mejores que los Beatles.

—Esas son exactamente las mismas palabras que Mick Jagger le dijo a mi hermano cuando le leyeron el título.

Marlene le quitó el libro y le mostró la contratapa, unos garabatos desordenados ocupaban la hoja. Sirius no se lo podía creer, era el autógrafo de su muggle favorito.

—Pero no coincido con ustedes dos, los Beatles tenían lo suyo.

—Estás demente, McKinnon. —discrepó mientras miraba la firma con detenimiento.

—Tal vez.

Ella sacó unos cuantos títulos más y se sentó sobre la cama, invitándolo a sentarse a su lado. Tenía muchos libros sobre la historia de bandas de la época, todos ellos autografiados. Sirius Black estaba fascinado.

—Mi hermano se casó con una muggle que estaba metida en el negocio de la música, conocieron a todos los que tocaron en Londres —añadió con nostalgia—, hasta hace dos años.

—¿Qué pasó entonces?

Después de lo que pareció un largo rato, ella respondió.

—Los mataron —miró la alfombra al pie de la cama con tristeza—. Los mortífagos no podían permitir que un sangrepura manchara el linaje así.

—Malditos bastardos.

—Malditos bastardos. —lo imitó melancólica.

—Nunca entenderé cómo prefieren seguir reproduciéndose entre familiares, como animales. No contentos con eso, obligan a sus herederos a vivir así, dándole tanta importancia a esa supuesta pureza… Pureza y una mierda. Solo es sangre y es del mismo color en todos. Tachan de demente al que se atreva a tener uso de razón y se dé cuenta de lo equivocados que están. Preferiría morir a continuar con sus…

Cuando Sirius despotricaba contra los puristas, perdía control de sus palabras, aprovechaba para dar rienda suelta al resentimiento contra su propia familia.

—Lo sé —lo interrumpió Marlene. En parte porque conocía su historia y comprendía su dolor, en parte porque ver ese lado de Sirius Black era algo que no esperaba.

El chico la miró extrañado.

—¿Lo sabes?

—Bueno, eres popular en Hogwarts, ¿sabes? —respondió con el mismo tono que había usado él antes— Y no precisamente por tus travesuras.

Sirius resopló con una pequeña sonrisa.

—Nunca te vi allá, ¿estábamos en el mismo año?

—No. Tampoco te conocí allá. Pero sí fui a clases con tu hermano.

—Agradable sujeto.

Marlene sonrió tímida, no sabía nada sobre la relación entre los hermanos Black. Se sintió valiente para hacer una pregunta que rondaba por su cabeza desde su encuentro con Regulus.

—¿Fue difícil? Irte de…ahí

Sirius la miró serio. Había evitado ese tipo de preguntas con sus amigos tantas veces.

—La prudencia no es lo tuyo, ¿cierto? —si ella se arrepintió de abrir la boca, no lo mostró— Tampoco es lo mío.

La tensión volvía a hacerse presente. Habían olvidado el libro, el espacio personal desaparecía. Marlene pensó que, si intentaba besarla, no le molestaría. Pero Black tenía otros planes. Se echó hacia atrás, tendiéndose sobre la cama de la chica, ella se hizo a un lado, dándole espacio. Sirius se centró en el blanco del techo.

—Al principio un poco. No por ya no vivir con ellos, detestaba ese lugar, sino porque no dejaba de preguntarme por qué no había nacido en una familia normal—regresó la mirada a ella— Deja de mirarme así, McKinnon, o me arrepentiré de estar hablando de esto contigo.

Ella rodó los ojos.

—No te estoy mirando de ninguna manera. —se echó a lado del chico, apoyando la cabeza sobre sus manos para mirarlo.— Continúa.

Ahora que volvía a estar cerca, Sirius llegó a la conclusión de que ella era una de las chicas más bonitas que había conocido. Y él había conocido muchas, pero McKinnon tenía ese algo que aún no descifraba que lo hacía querer tenerla cerca. Ella era un arcoíris.

Había decidido que no la besaría, al menos no esa noche, por más ganas que tuviera de hacerlo. ¿Por qué? No lo sabía y no quería averiguarlo.

Tal vez podría quedarse en el cuartel el próximo fin de semana, tal vez podría enseñarle los discos que no había llevado al cuartel, tal vez podrían ir a algún concierto cuando la guerra terminase.

—Continúa, Black —apremió, sintiéndose expuesta—. ¿Qué hizo que dejara de ser difícil?

—James —los ojos azules de ella le incitaron a seguir hablando—. Le contó a Fleamont y Euphemia lo que pasó, me acogieron un par de años. Ellos fueron —se corrigió— son mi familia.

Ella sonrió dulce cuando habló de los padres de James.

—Estás rodeado personas fantásticas. Algo bueno debes haber hecho para ganártelos.

Sirius rió otra vez, la manera en que ella devolvía los comentarios que él había dicho antes era genial.

—¿Qué se debe hacer para ganarte a ti? —respondió atrevido, incorporándose para mirarla desde la misma altura.

—Averigüémoslo.


*La canción de las trompas es Have you seen your mother baby, standing in the shadows? Y el álbum al que se refiere es Flowers, un compilatorio que lanzó la banda en USA.

Después de años sin escribir, es la primera historia que escribo en el universo de Harry Potter, agradezco enormemente cualquier crítica constructiva :)

En cuanto vi el tropo que me tocó, esta pareja se apareció en mi mente. Me duele la vida que tuvo Sirius. Así que me tomo la libertad de dejarle ser feliz, aunque sea solo un par de años.

¡Gracias por leer!