Discalimer: El potterverso y casi todos los personajes pertenecen a J.K Rowling. Y para desgracia de mi cuenta bancaria yo no soy ella. Este fic participa en el Reto #46: "De criaturas mágicas, seres no vivientes y otros monstruos" del foro Hogwarts a través de los años.

El templo de Betsabé

960 a.C

—Jeziel, vete y llama a tus hermanos.

—Sí, moh-rah.

Betsabé se levantó con dificultad de su asiento. Le dolían todos los huesos y sus movimientos no se parecían en nada a los de la mujer grácil, fuerte y segura que otrora había sido. Faltaba poco para que le llegara su hora, pero todavía tenía que hacer un último esfuerzo. Su muerte debía ser exactamente como la había planeado.

Era una mujer especial. Siempre lo había sido. Yahvé le había dado mucho poder, más que a cualquier hombre que hubiera conocido, pero ella misma había tenido que buscar las herramientas y los conocimientos para poder controlarlo. Había viajado hasta los confines de la Tierra y había conocido a hechiceros y brujas por doquier, aunque su control de la magia no se podía comparar con el suyo, ya que ninguno había conseguido recopilar tantos conocimientos como ella.

Había soñado con poder compartir ese poder con sus hijos y que así su pueblo se hiciera con el control del mediterráneo, por eso se había casado con el rey David; sin embargo, sus planes no salieron como ella quería y ninguno de sus hijos había obtenido un poder divino semejante al suyo. A pesar de esto, Betsabé estaba convencido que uno de los descendientes de su linaje con David sería bendecido. Hasta que llegara esa persona tenía que guardar todos sus conocimientos a buen recaudo.

Hacía tres años que se había instalado en el desierto, en un pequeño templo que su hijo Salomón había mandado construir para ella. Desde ese momento se había dedicado a volcar sobre pergaminos todo aquello que de magia sabía. Sus tres pequeños esclavos eran toda la compañía que tenía.

—Aquí estamos, moh-rah.

Tres niños de unos onces años, de tez morena y ojos oscuros como el carbón, bastante parecidos entre sí, entraron en la pequeña sala donde Betsabé pasaba día y noche. Su actitud era relajada, Betsabé nunca los había tratado mal, más bien los había criado como a hijos. Por eso, después de un gran fogonazo verde sus cuerpos inertes mostraban todavía una expresión de tranquilidad.

A Bestsabé le costó embalsamar los cadáveres, la vejez hacía sus manos torpes. Varias veces soltó una lagrima en el proceso, pero no se dejó llevar por los sentimientos. Aquello que estaba construyendo estaba por encima de ella y, por supuesto, por encima de la vida de aquellos esclavos.

Por medio de la magia Betsabé introdujo las momias en unos sarcófagos, guardó sus pergaminos -los estudios de toda una vida- en un cofre y comenzó a realizar su maldición. Solo alguien de su sangre podría penetrar en ese templo y acceder al conocimiento. Cuando todos los hechizos estuvieron acabados se dejó caer en un rincón. Había gastado todas sus fuerzas, ahora solo le tocaba rezar para que Yahvé la acogiera entre sus brazos cuanto antes.

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2019

Dominique se seca el pelo refunfuñando. Se acaba de duchar y ya está sudando otra vez, el clima del desierto es agotador. Lanza la toalla al suelo, se pone el pantalón del piyama y se mira en el espejo. Le gusta lo que ve. Su pelo de un color dorado rojizo le llega hasta la mitad del cuello, lo que le da un aspecto rebelde. Tiene los ojos oscuros -una pena no haber heredado el azul de su madre- y la piel bastante clara.

Pero sin duda lo que más le gusta es que la imagen que le devuelve el espejo es la de un chico. A Dominique le ha empezado a crecer algo de pelusilla en la cara, y su pecho, adornado por un colgante de un diente de dragón, es plano. Las pociones que le da en San Mungo están haciendo efecto. Le falta poco para terminar el tratamiento y Domique se siente mejor que nunca porque por fin es él mismo.

Ha sido un día agotador y está bastante cansado. El calor está acabando con él, pero aun así se siente feliz. Su padre le ha permitido acompañarlo en ese trabajo tan extraño, y gracias a eso ha podido conocer a Atenea. Atenea… Es bastante mayor que él, tiene 22 años, así que le saca 6 años y dos meses, pero es perfecta. Es alta, delgada, con una melena negra que le llega por los hombros y una piel muy morena que contrasta con la palidez de la suya. Sus ojos verdes y su sonrisa blanca resaltan aún más en su moreno rostro, dándole una belleza casi exótica. Además, se dirige a él como un adulto y no como un niño. Es la compañera perfecta.

Atenea es lo mejor del viaje sin ninguna duda. Al principio a Dominique lo que más le entusiasmaba era ayudar a su padre a romper la maldición del templo de Betsabé que la arqueóloga mágica Petra acababa de descubrir. No había estudiado nada sobre maldiciones ancestrales en sus cinco cursos en Hogwarts, pero su padre le ha dado varios cursos acelerados. Le encanta hablar de su trabajo. A Louis y Victorie esto no les parece nada interesante y huyen cuando su padre quiere darles sus improvisadas lecciones, pero él lo encuentra estimulante.

Ahora; sin embargo, lo único que le importa es Atenea. Es hija de Petra, portada del National Magigraphic varias veces, y aunque no ha heredado las dotes mágicas de su madre, sabe muchísimo de historia mágica, incluso más que el profesor Binns. Eso sí que es complicado porque ese fantasma ha vivido en su propia carne -más bien espíritu- la mayoría de las cosas que enseña. No necesita libros, solo recuerdos. Pero mientras la historia de Binns es soporífera y más aburrida que unos gusarrajos las explicaciones de Atenea no pueden ser más entretenidas. Su campo de estudio son las intervenciones mágicas en la historia muggle. Atenea sostiene que siempre ha habido un mago o una bruja detrás de los grandes momentos de la historia. La pasión de Atena es heredada de sus progenitores. Su padre, ya fallecido, había sido un profesor muggle de historia en Oxford. Atenea se dedica ahora a aunar la historia muggle que ha aprendido de él con todo lo que de magia sabe gracias a Petra.

Dominique se va a dormir pensando en Atenea. Su rostro refleja una sonrisa bobalicona. Por eso cuando alguien le despierta por la noche y aparece frente a él el rostro de Atenea piensa que está soñando.

—Despierta, Dominique. Hace una noche estupenda —le susurra.

—¿Qué haces tú aquí? —responde el Weasley sin creerse que la verdadera Atenea este en su tienda de campaña en mitad de la noche.

—He pensado que te gustaría que te enseñara las constelaciones y sus leyendas. ¿No te apetece?

—Por supuesto que sí.

Dominique no tiene claro que aquello no sea un sueño, una salida nocturna con Atenea supera todas sus expectativas. Salta de la cama y se dirige hacia la puerta de la tienda.

—Será mejor que te abrigues. Hace bastante frío ahí fuera.

En ese momento Dominique se da cuenta de que tiene el pecho al descubierto y que lleva un estúpido pantalón de piyama de magos famosos. Se pone colorado al instante. Atenea suelta una carcajada y le lanza una sudadera y un vaquero que descansaban sobre una silla cercana.

—Date prisa que al final la única estrella que vamos a ver es el sol.

Dominique escucha encantado las historias de Atenea. Los dos están recostados sobre una esterilla cuerpo contra cuerpo en las proximidades del templo de Betsabé, cobijados tras una duna.

—Podría estar escuchándote toda la noche. Es increíble todo lo que sabes.

—Pues debes de ser el único al que le gusta escucharme.

Dominique se incorpora para poder mirar a la cara a Atenea, ha notado amargura en sus palabras.

—¿Por qué dices eso?

—A los magos les da bastante igual la historia muggle. Son tan egocéntricos que no son capaces de mirar más allá… como si las dos historias no fueran en realidad una —Atenea habla con verdadero resentimiento.

—Yo también soy un mago — Dominique siente la necesidad de recordárselo —y me gusta la historia muggle, por lo menos la que tú me cuentas.

—Tú eres diferente. Tu eres un alma curiosa. Al resto de magos no les importa lo que una squib diga. Dime una cosa ¿Has estudiado alguna noción de historia no mágica en ese colegio de magos tuyo?

Dominique niega con la cabeza.

—Supongo que ni siquiera sabrás que un antepasado tuyo,*Arthur Weasley , venció al ejército de Napoleón en Portugal…

—¿Qué? ¿En serio…?

—Ves lo que te decía, a los magos no os importa la historia muggle.

—Pero eso puede cambiar. Yo creo que se podría incluir la historia muggle como materia en Hogwarts. Deberías hablar con mi tía Hermione, tiene mucha influencia en el ministerio y le encantan las causas perdidas…

Dominique se calla repentinamente cuando se da cuenta de lo que acaba de decir, pero a Atenea el comentario no le pasa desapercibido.

—Tú los has dicho, es una causa perdida.

—No quería decir eso —replica Dominique azorado, y para tratar de compensar su error añade —¿y por qué no te planteas trabajar en una universidad muggle, como tu padre?

—No puedo. Hay muchas cosas de la historia muggle que solo se explican por la magia y yo me vería obligada a callármelas por el Estatuto del Secreto… Eso me pone enferma. Hay muggles que dedican toda su vida a investigar ciertas épocas y nunca podrán saberlo todo sobre ellas porque hay datos que se les ocultan.

—¿Eso le ocurrió a tu padre? —pregunta Dominique que empieza a comprender que Atenea vive entre dos mundos, pero no pertenece a ninguno de ellos.

La joven asiente con la cabeza.

—El Estatuto del Secreto es una mierda. Magos y muggles podríamos aprender mucho unos de otros.

Dominique se la queda mirando fijamente. No está de acuerdo. Si existe tiene que haber sobrados motivos. Hasta su tía Hermione, que raramente está de acuerdo con las decisiones que adoptan los magos en su relación con el mundo no mágico, apoya el estatuto del secreto. Eso debe de ser por algo.

—Yo creo…

Dominique no puede terminar de hablar, la mano de Atenea le presiona la boca.

—Escucha —murmura.

Dominique le hace caso, enseguida un murmullo de pisadas llega hasta él. Los dos asoman la cabeza por detrás de la duna. Un hombre encapuchado y vestido con una túnica negra se dirige al templo. Al llegar a la puerta saca una varita y un frasco, mete el dedo en el frasco y dibuja un extraño símbolo en la puerta de entrada. Luego realiza un movimiento de varita al tiempo que pronuncia un hechizo que a Dominique no le suena de nada. Con un ruido ahogado la piedra que bloque la entrada se hace a un lado.

—No puede ser. Ha roto la maldición —murmulla Dominique asombrado —Ni tu madre ni mi padre lo habían conseguido. Es imposible.

—Shhh —Atenea le hace un gesto con el dedo para que se calle. —Vamos a seguirle.

—¿Estás loca? Puede ser peligroso —la voz de Dominique suena más alta de lo que pretendía debido a los nervios.

—Baja el tono. Nos va a oír. ¿Llevas tu varita?

Dominique asiente con la cabeza y palpa su bolsillo para comprobar que su varita sigue en su pantalón.

—Pues vamos.

Atenea coge al Weasley de un brazo y lo arrastra al interior del templo.

El hueco por el que penetran no es muy grande y desemboca en una serie de corredores nada iluminados que serpentean y se cruzan unos con otros. Un verdadero laberinto. A pesar de eso, seguir el rastro al hombre es fácil ya que lleva encendida su varita.

Atenea marca el ritmo, procurando mantenerse lo más alejada posible del extraño mago. Dominique va detrás de ella con la mano pegada en la pared implorando por su vida a todos los dioses de los que Atenea le ha hablado.

—Le he perdido la pista — escucha Dominique en su oído derecho.

Han doblado un recodo y han dejado de ver la luz. Ahora mismo están perdidos en medio del templo, completamente a oscuras. Dominique sopesa en encender su varita para poder ver que tienen alrededor, pero si lo hacen el hombre tétrico puede percatarse de su presencia.

El chico comienza a temblar y Atenea busca su mano. Tiene la piel muy suave y… Dominique se riñe a sí mismo por pensar así en esos momentos, tiene que controlar sus hormonas.

—Enciende la varita. Seguro que ese hombre ya está muy lejos. No podemos quedarnos aquí toda la noche —razona Atenea.

—Lumus

—Expelliarmus

La varita de Dominique sale despedida de su mano y aterriza en la mano del hombre. Les ha tendido una trampa.

—Sabía que le seguíamos desde el primer momento —observa Atenea que trata de conservar la cordura y no ceder al pánico.

El hombre vuelve a iluminar su varita y se acerca a ellos. Es alto y extremadamente delgado. Con una barba negra que le llega hasta el pecho. Dominique calcula que tendrá unos 40 años.

— LA'ALOT *

Dominique no ha entendido nada de lo que ha dicho, pero Atenea que sí conoce el idioma del hombre comienza a andar y él se ve en la obligación de seguirla.

—¿Qué quiere de nosotros? —pregunta intentando sonar tranquilo. Está muerto de miedo, pero hace todo lo posible para que no se le note.

—Ni idea. Solo ha dicho que avanzáramos.

Dominique no sabe cuánto tiempo se pasan dando vueltas por esos corredores oscuros, húmedos y llenos de ratas. Él ha perdido la orientación completamente, pero el hombre, que de vez en cuando sale de su mutismo para dar alguna instrucción a Atenea sobre que dirección tomar, parece saber a dónde se dirige. A Dominique le gustaría hacer algo para revertir la situación, pero se siente completamente indefenso sin su varita.

Por fin el hombre les manda que se detengan. Han llegado a un corredor sin salida. Una pared arenosa marca el final del camino.

—¿Y ahora qué? —se lamenta Dominique que ya no sabe cómo controlar su angustia.

El hombre comienza a repetir una retahíla en una lengua que a Dominique no le suena de nada pero que Atenea reconoce como arameo. De repente, la pared desaparece y deja a la vista una oquedad. El hombre les apunta con la varita y les obliga a entrar. Él se queda detrás, en la retaguardia.

Ante sus ojos se extiende una habitación enorme, con tres sarcófagos de oro en cada esquina. Pero sin duda lo que más llama la atención es una mesa ricamente ornamentada sobra la que descansa un cofre de madera grabado con unos símbolos que desconoce. El hombre le dice algo a Atenea y ella comienza a caminar hasta allí.

—¿Qué haces? —chilla Dominique.

—Me ha dicho que coja el cofre y se lo lleve.

—¿Estás loca? ¿Es qué no sabes nada de magia? Puede ser peligroso. Ese cofre puede tener una maldición mortal.

Atenea se encoge de hombros

—¿Y qué quieres que haga? Una maldición imperdonable también es peligrosa y no podría cargar con tu muerte sobre mi conciencia.

Dominique mira a su captor, hasta ese momento no se había dado cuenta que le está apuntando con la varita. Atenea está arriesgando su vida por él, tiene que hacer algo y rápido. Aunque su cerebro trabaja a cientos de revoluciones su cuerpo está paralizado. No sabe qué hacer.

Ha perdido demasiado tiempo, Atenea ha llegado hasta la caja. La chica duda una milésima de segundo y se queda quieta, le tiemblan las manos. El hombre extraño grita otra orden y se acerca más a Dominique al que sujeta por el brazo mientras le clava la varita en la espalda. Ateneea suspira, se muerde el labio y coge el cofre. Ahí es cuando se desata el horror.

El suelo empieza a temblar bajo sus pies y los sarcófagos se abren, tres momias se abalanzan sobre Atenea. Son criaturas horrorosas, están cubiertas de vendas y se mueven como títeres, pero parecen tener una fuerza sobrenatural. Una agarra la cabeza de Atenea y la estampa contra el suelo.

Dominique grita, se deshace del agarre del hombre y corre hasta donde yace Atenea, inconsciente. Debajo de su cabeza hay un charco de sangre demasiado grande. La momia que está agarrando Atenea por el cuello y golpeándole repetidamente la cabeza contra el suelo la suelta y se abalanza sobre él. Por un momento el mundo se vuelve borroso. Cree que va a perder el conocimiento, pero un dolor agudo en el pecho le hace volver a la realidad. La momia le está estrangulado y le impide respirar. Dominique boquea mientras intenta infructuosamente apartar las manos de la momia de su cuello. Patalea y araña toda venda que sus manos encuentran, pero ese ser antinatural es demasiado fuerte.

Dominique ya no tiene fuerzas, poco a poco sus patadas se hacen más débiles y sus manos cubiertas de sangre caen al suelo. Cierra los ojos. Ya no siente el dolor en el pecho, ni escucha los gruñidos de la momia. Lo único que percibe es el olor a podredumbre de su aliento. Y cuando su cerebro va a desconectar del todo, una bocanada de aire le hace volver a la realidad. La momia ya no está encima suyo.

Se incorpora y trata de entender qué ha ocurrido. El hombre misterioso tiene el cofre en las manos y atraviesa la puerta con él para huir por los corredores. Las tres momias lo persiguen a una velocidad que Dominique creería imposible para unos seres que llevan tantos años muertos.

—¡Atenea!
Dominique trata de despertar a la joven por todos los medios, pero ella no responde. En el fondo el Weasley sabe que está muerta, pero aun así no ceja en sus intentos. La zarandea otra y otra vez gritando su nombre. Varias lágrimas resbalan por sus mejillas.

En un momento de lucidez Dominique se da cuenta de que tiene que salir de ahí. Las momias pueden volver en cualquier momento. ¿Pero cómo va a hacerlo? No piensa dejar el cuerpo de Atenea allí y no puede cargar con ella, no es tan fuerte. Además, no tiene ni idea del camino de vuelta. Si al menos tuviera su varita, pero ese cabrón se la ha llevado.

Entonces Dominique se arma de valor. Cree que se puede desaparecer allí ya que el cofre, el objeto mágico que protegían todas las maldiciones, ya no se encuentra en esa sala. El único problema es que nunca se ha desaparecido por sí mismo. Se arrodilla, se concentra, agarra de la mano a Atenea, piensa en la tienda de campaña de su padre y se desaparece.

Aparece segundos después en el suelo de la habitación de su padre, que duerme a pierna suelta. Dominique está al lado del cadáver de Atenea. Hay sangre por todos los sitios, al principio el Weasley piensa que es de su amiga, pero luego descubre que le falta un cacho de mano y que del muñón brota sangre a borbotones. Gita horrorizado, ha sufrido una despartición. A Dominique solo le da tiempo a ver como su padre corre hacia él antes de caer desmayado.

Dominique se despierta desorientado. Por un momento piensa que está en su tienda de campaña y que todo ha sido una pesadilla. Pero la realidad le golpea con brusquedad al mirar a su alrededor. Se encuentra en una cama de hospital. Su madre, su padre y su tío Harry están sentados en sendas sillas a su lado. Le duele muchísimo la mano derecha, pero nada en comparación con la opresión que siente en el pecho al ser consciente de todo lo que ha pasado. Atenea estaba muerta y eso no hay conjuro mágico que lo solucione. Las lágrimas empiezan a brotarle de los ojos.

—¿Estás bien, cariño? —le pregunta Fleur.

Le gustaría decir que no, que solo quiere dormir para siempre, pero ve el rostro angustiado de su madre y lo único que le sale es asentir con la cabeza.

—Necesito que me cuentes todo lo que ha pasado, Dominique —le pide su tío con delicadeza.

Dominique asiente y comienza a hacerlo. La voz le sale ronca y la historia queda bastante inconexa, pero Harry le hace las preguntas adecuadas para ayudarle poco a poco a recordar todos los detalles.

—Muchas gracias, Dominique. Recuerda que cualquier detalle que recuerdes es primordial para encontrar al hombre que te quito la varita y obligó a Atenea a coger ese cofre. No tenemos muchas pistas así que, si recuerdas cualquier cosa, por pequeña que sea, házmelo saber.

Su tío le dedica una gran sonrisa y abandona la habitación. La puerta no llega a cerrarse, por el hueco que ha dejado Harry, Petra entra en la habitación.

—¿Qué hacías los dos en el templo? ¿Cómo pudisteis entrar? ¿En qué narices estabais pensando? ¿Es qué sois tontos?

La mujer se ha acercado hasta Dominique y ahora lo sacude agarrándola de la camiseta del piyama.

Dominique trata de decir algo, pero no puede. Su cuerpo está completamente paralizado.

Bill se levanta de un salto y aparta a Petra de Dominique. La mujer se deja hacer.

—Lo siento, Petra —dice Bill —pero ahora tenemos que dejar a Dominique descansar.

La acompaña a la puerta, pero la mujer se deja caer al suelo y comienza a llorar desconsoladamente. Es Fleur la que le ayuda a levantarse y consigue llevarla fuera.

—Atenea es mi niña, mi pequeña—escucha Dominique antes de que la puerta se cierre. En ese momento, en esa habitación de hospital se hace una promesa. No descansará hasta encontrar al hombre de templo y vengarse.

Pues esto sería todo. No se me ocurría otra cosa.

Notas:

Betsabé es la esposa del rey David, según la Biblia. Antes estaba casada con otro hombre, pero David y ella engendran un hijo, y David manda al marido de Betsabé a una posición en la guerra en que es casi seguro que muera.

*Arthur Wellesley derrotó a los franceses en Portugal en tiempos de Napoleón, pero como se parece a Arthur Weasley pues…

*No tengo ni idea de lo que significa realmente LA'ALOT