Amaba la sensación de libertad que le daba la velocidad. El aire en la cara, la resistencia que se rompe ante su cuerpo era sin duda liberador. Estaba bien que ya no tenía las presiones del pasado, sin embargo había heridas que a veces seguían punzando en su cabeza y debía alejarse para disiparlas. Su carácter explosivo podía meterlo en problemas que no podría resolver más adelante si no se enfriaba y era algo que le costó aprender, mucho más de lo que quería confesar. Apretó un poco más el acelerador, cerrando un segundo los ojos.

Un segundo, eso fue todo.

Un segundo y al siguiente una figurita saltó al medio de la calle, haciéndole frenar tan de golpe que el chirrido le retumbó en los tímpanos, haciéndole caer una serie de eventos que vendría si la inercia hubiera llevado su motocicleta y su cuerpo un par de centímetros más allá, donde un niñito petrificado lo miraba con los ojos tan abiertos que parecía un búho.

— ¡Oye! ¡Deberías fijarte!

Gritó y el niño tembló en su lugar, tan sólo mirándolo, todavía sin reaccionar. No debía tener más de cuatro años. Chuuya apretó los dientes, buscando alrededor a los irresponsables padres que soltaron la mano del niño en una avenida, sin medir el peligro. Pero sólo vio a otro niño, quizá un poco mayor correr hacia ellos.

— ¡Atsushi! ¡Te he dicho que no corras por aquí!

— Lo siento, pensé que había visto un gatito y...

— ¿Y sus padres?

Ambos niños voltearon a ver al adulto con el mismo gesto confundido y sólo entonces Chuuya pudo notar lo sucios que estaban. Tragó saliva con pena por su pregunta.

— ¿Te lastimaste, pequeño?

Chuuya se bajó de la motocicleta, haciéndola andar con el manubrio mientras se acercaba a los niños. El que lucía mayor, de cabello negro con un gradiente gris blanquecino lo miró con fieros ojos grises mientras se ponía delante del otro niño. Sonrió, sinceramente enternecido.

— Está bien, no les voy a hacer daño. Perdón por haberte asustado ¿Estás bien?

— Sí. Lo siento.

La vocecita de nieve, tan dulce y delgada como el niño le hizo arrodillarse, buscando su cara tras el resguardo del otro. Lo miró con timidez y Chuuya sintió que algo se le deshacía en el alma ante esos ojos violeta con dorado, brillantes a pesar de lo hundido de su rostro.

— ¿Qué hacías en medio de la calle, pequeño?

— Pensé que había visto un gatito.

— ¿Te gustan los gatitos?

El niño asintió tímidamente y Chuuya se animó a estirar su mano, siendo detenido por el otro niño que parecía a punto de morderlo si se atrevía a acercarse medio milímetro más.

— ¿Cuál es tu nombre?

— Ryuunosuke Akutawaga.

— Qué formal. Yo me llamo Chuuya.

— Me gusta tu sombrero, Chuuya.

Otra vez esa vocecita suave le hizo sonreír más abiertamente, enternecido hasta sentirse sacudido. ¿Cuántos años podían tener esos niños? ¿Cuánto tiempo llevaban a la intemperie? No es que él fuera una especie de santo protector de los desvalidos pero ¿Iba a dejar a un par de niños pequeños a su suerte? Diablos que no.

— Estaba a punto de ir a comprar comida ¿Qué les parece si me acompañan?

— No te conocemos. Un adulto que invita a dos niños a comer nunca es un buen adulto.

— Pero, Ryu, tengo hambre.

— Está bien, iré a robar algo en...

— Te prometo que sólo los llevaré a comer y los traeré de vuelta aquí. Es una especie de disculpa por casi haberte arrollado.

El niño de cabello negro entrecerró los ojos analizando, sopesando.

— Pero deberás comprarnos un postre también.

— Tenemos un trato.

— ¿Podemos caminar? Esa cosa se ve peligrosa.

— ¿Esto? Bueno, lo es si eres un mal conductor, pero apuesto a que tú no lo eres ¿Verdad?

Chuuya tomó a Atsushi, acomodándolo en el asiento, después a Ryuunosuke, que sujetó la cintura del otro niño mientras Chuuya sonreía con el manubrio en manos, intentando andar despacio y por la orilla.

Le esperaba una plática bastante larga con Dazai, porque por supuesto que bajo ninguna amenaza iba a dejar que esos niños anduvieran vagando de nuevo.