Se balanceó sobre sus pies con las manos en la espalda, esperando a que los niños se alinearan detrás de él en el recibidor. Se aclaró la garganta mientras daba un paso.

— Piso.

— Limpio.

— Mesa.

— Limpia.

— Ropa.

— Limpia.

Dazai pasó su mirada por cada rincón, aprobando al corroborar que todo estaba totalmente limpio. Sonrió, volviendo a la sala, sentándose en uno de los sillones ante la mirada extrañada de los niños.

— Dijiste que jugarías con nosotros si acabábamos los quehaceres antes de que papá volviera.

— Dije que les daría permiso de jugar, no que los acompañaría— bostezó sonoramente, encendiendo el televisor—. No olviden lavarse las manos cuando terminen.

— Queremos jugar contigo. Lo prometiste.

— Estoy cansado, vayan ustedes.

— Papá siempre juega con nosotros aunque vuelva cansado del trabajo.

El adulto ladeó los labios ante lo bajo que había sido ese golpe, totalmente cierto.

Las cosas habían cambiado desde que Chuuya aceptó el trabajo en la academia de Kouyou y le propuso que él renunciara a su empleo. Nunca fue muy adepto al trabajo y la paga era superior a la suya. Tampoco era muy afín a los quehaceres domésticos, le recordó, aunque, tras una larga deliberación, acordaron intentarlo por un tiempo.

Había que decirlo, Chuuya estaba radiante desde el primer día. Era palpable lo mucho que había echado en falta el mundo del deporte y lo verdaderamente pleno que se notaba al, de alguna manera, haber vuelto. Por muy agotado que llegara a casa, siempre hablaba con satisfacción de su día, y, tal como había dicho Atsushi, siempre se hacía un espacio para jugar con los niños y arroparlos.

Estaba poniendo todo su empeño en hacer que la familia funcionara, que todos estuvieran satisfechos. Dazai debía al menos intentarlo, también.

Suspiró al apagar el televisor, poniéndose de pie para que los niños lo tomaran de la mano rumbo al pequeño patio. Específicamente al tobogán que apenas ayer había terminado de instalar para ellos.

— Soy demasiado grande, lo voy a romper.

Ryuunosuke lo miró con una ceja levantada, midiendo su estatura para compararla con la del tobogán, sin comprender.

— Chuuya si cabe.

—¿En serio?— Dazai debió taparse la boca para ahogar una carcajada, imaginando la escena—. Bueno, pero yo no.

— Entonces juguemos otra cosa— Atsushi se abrazó a su pierna con una sonrisa—. ¿Qué tal la gallina ciega?

— ¡Sí!— Ryuunosuke también se abrazó a su pierna—. ¡Voy por una venda!

Dazai resopló, esperando a que el niño fuera y volviera, sentándose en el piso para dejarlo vendar sus ojos. Escuchó risitas y pisadas apuradas. Por lo mal puesta que estaba la venda, pudo saber que ambos se había ocultado tras el tobogán. No iba a quitarles la alegría tan pronto, así que comenzó a caminar en dirección contraria, con las manos estiradas a una altura mucho mayor a ellos.

Los escuchó reírse al verlo manotear, tropezarse con la manguera sin caerse, susurrarse mutuamente que no hicieran ruido y no pudo evitar la sonrisa, comenzando a correr en su dirección, haciéndoles gritar por la sorpresa. Ambos se echaron a correr en la misma dirección, sujetándose la mano y Dazai se inclinó para alcanzarlos.

—¡Hiciste trampa!

— No es mi culpa que no me hayas puesto bien la venda, Ryuu— respondió entre risas, besando la mejilla de ambos niños, que estaban haciendo pucheros—. Te mostraré cómo atar correctamente una venda ¿Está bien? será el turno de Atsushi.

— Bueno.

Se sentó en el suelo, Atsushi entre sus piernas y Ryuunosuke mirando atento la manera gentil pero firme con que Dazai ató el trozo de tela para cubrir los ojos del niño, pasando su mano por ellos para comprobar que no veía nada. Se puso un dedo en los labios para que no hiciera ruido y dejando que Atsushi se incorporara primero, tomó a Ryuu de la mano para esconderse en una de las esquinas del patio.

No notó lo tarde que se estaba haciendo hasta que los tonos rojizos del cielo comenzaron a difuminarse y la temperatura comenzó a bajar. Tras jugar a la gallina ciega, construyeron un par de fuertes , jugando a los piratas hasta quedar exhaustos. Bostezó, indicándoles a los niños que era momento de volver a casa. Ambos estaban cabeceando uno al lado del otro. Resignado cargó a ambos.

— No se duerman, necesito darles un baño y deben cenar primero.

— No estoy dormido— reclamó Ryuu, a pesar de lo pastosa que salió su voz, abrazándose a su cuello—. Tú vas a la cama sin bañarte también. Papá te regaña por eso.

— A mí no me gusta que Chuuya me regañe ¿A ti sí?— el niño negó—. Entonces hay que obedecer.

— Está bien, papá.

Dazai se detuvo en seco, con los ojos completamente abiertos. Era la primera vez que le llamaban así. Siempre se dirigían a él como Dazai únicamente, a pesar que con Chuuya era completamente normal. Sonrió, besando su frente, sintiendo una dulce calidez en el estómago.

Chuuya abrió la puerta, mascullando entre dientes por la hora, un poco más tarde de lo que solía salir, debido a una junta urgente. Suspiró mientras dejaba sus zapatos, notando lo silencioso que estaba. La sala estaba vacía y en el comedor encontró un plato de comida con una nota de Dazai donde le indicaba que lo pusiera en el horno. Sonrió, dejando la comida en el refrigerador. Había cenado en el trabajo y realmente no tenía mucha hambre. Suspiró al llegar al baño, encontrando los patitos de hule desacomodados y el shampoo de burbujas totalmente regado en el suelo.

Al menos esta vez no había olvidado bañarlos, se consoló mientras se cepillaba los dientes, mojándose el rostro. Acomodó lo desordenado, caminando hasta la habitación de los niños.

Dazai había dicho que aquella mecedora sería un gasto innecesario, que los niños ya estaban muy grandes para ser dormidos de aquella manera. Aún así había cedido al capricho de comprarla.

Se recargó contra la pared, mordiéndose los labios mientras buscaba su celular, fotografiando a Dazai profundamente dormido al igual que ambos niños entre sus brazos, con un libro de cuentos olvidado en el suelo. Volvió a guardarlo en su pantalón, caminando hacia ellos, tomando con suavidad primero a Atsushi y después a Ryuu, acomodándolos en sus camas y arropándolos, volviendo a la mecedora para besar la frente de Dazai.

— ¿Eres el príncipe azul que vino a despertarme de un beso?— murmuró asueñado, jalándolo de la cintura para sentarlo en sus piernas.

— A salvarte de un dolor de espalda, mejor dicho— se rió, besando sus labios rápidamente—. Vamos a la cama, ya es bastante noche.

— Llegaste tarde, te lo perdiste todo. A Ryuu se le aflojó su primer diente. Recuérdame mañana ir a comprar comida suave. Atsushi otra vez me hizo una rabieta porque confundí su plato, pero esta vez no duró tanto. Estuvimos jugando toda la tarde en el patio.

— Parece que se divirtieron mucho. Salí tarde porque tuve una junta, quieren que de un seminario en Chiba la semana que viene.

— ¿Durará mucho? ¿Podemos ir contigo?

— Sería de tres días. Claro que pueden venir, podemos tomarlo como unas vacaciones.

— Suena genial— bostezó, acomodando su cabeza entre el cuello y el hombro de Chuuya—. Hoy Ryuu me llamó papá. Ahora entiendo por qué hacías tanto escándalo al respecto. Es una sensación bastante...dulce.

— Me alegra mucho escuchar eso— lo tomó de las mejillas, mirándolo a los ojos con una sonrisa—. Lo estás haciendo muy bien, Osamu.

— Lo estamos haciendo muy bien, Chuuya— le devolvió la sonrisa, besando la palma de su mano—. Será mejor que nos vayamos a dormir.

Chuuya asintió y se puso de pie, dejando que Dazai se incorporara con cuidado de la mecedora, mirando una última vez a los niños plácidamente dormidos en sus camas, antes de cerrar la puerta.