Disclaimer: El potterverso y los personajes pertenecen a J.K. Rowling. Esta historia participa en el reto Tropos, tropos everywhere del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Un beso inesperado

Ginny Weasley lo tenía todo preparado. El pastel de carne estaba terminando de hacerse en el horno; la mesa estaba decorada con gusto, siguiendo las recomendaciones del suplemento de hogar y moda de El Profeta, y una botella de un wiski de fuego esperaba para ser abierta.

Una cena con amigos y luego a una fiesta exclusiva para la que había conseguido entradas. Estaba ansiosa. Hacía tiempo que no tenía vida social. Harry se pasaba el día trabajando, los niños estaban en Hogwarts y desde que había dejado el Quidditch y se había hecho corresponsal deportiva solo trabajaba los fines de semana. Además, por mucho que su marido insistiera, Ron y Hermione no era amigos, eran familia y cuando quería, y a pesar de la edad que tenían ambos, Ron podía ser un protector, idiota y pesado hermano mayor fastidioso como una pústula venenosa.

Ese día iban a cenar con ellos Luna y Rolf. Neville y Hannah se unirían más tarde, en la fiesta. Ginny se acercó al horno y comprobó cómo iba el pastel de carne. Todavía le quedaban cinco minutos para estar listo. Un ruido en la chimenea la hizo abandonar la cocina. En el salón la cabeza de Harry la miraba desde el fuego.

—¿Qué pasa? —preguntó Ginny a la defensiva. Harry nunca la interrumpía para darle buenas noticias.

—No voy a poder ir hoy a la cena y, posiblemente, tampoco a la fiesta. Ha surgido algo y voy a tener que trabajar hasta tarde.

—¿No hay más aurores en toda Inglaterra?

—Sí, pero yo soy el jefe, así que…

—Pues por eso mismo. Eres el jefe, tómate el resto del día libre. Llevas más de nueve horas trabajando.

—Es que ha pasado algo grave. Un asesinato. No te puedo contar más. —farfulló Harry —Tengo que organizar el equipo de aurores y…

—Está bien. Lo entiendo.

—Gracias cariño. Te lo compensaré.

Ginny asintió y la cabeza de Harry desapareció de la chimenea. Estaba muy enfadada, pero respiro profundo y trato de serenarse. Tenía que entender que el puesto de su marido era muy importante. Lo necesitaban. Tendría que resignarse, aunque costaba hacerlo cuando cada plan que hacía juntos se veía arruinado por el dichoso trabajo. Mientras reflexionaba sobre esto le llegó un olorcillo a quemado.

—¡Mierda! ¡El pastel de carne! —chilló.

Para cuando llamaron a la puerta Ginny sabía que la noche no iba a ser tan buena como se había imaginado. Harry no iba a estar y el pastel de carne se le había quemado. Mal comienzo. Ginny abrió la puerta y Luna, que esperaba en el umbral, sonrío y entró rápidamente.

—Tengo un hambre atroz. He estado cuidando a unos escarbatos muy revoltosos que me han tenido todo el día de aquí para allá —explicó Luna sentándose en una de las sillas de la mesa —Humm huele muy rico ¿pastel de carne?

— Sí, pero se me ha quemado un poco —apuntó Ginny mientras movía su varita para que un cuchillo cortara el pastel y le quitara la parte quemada.

—Créeme que no me va a importar.

—¿Y Rolf? ¿Llega tarde?

—No va a venir. Está convencido de que los occamys van a nacer esta noche. No tiene ni idea. Faltan tres o cuatro días todavía para ello, pero prefirió quedarse por si acaso.

—Pues vaya maridos tenemos. Harry tampoco va a venir.

—Es verdad. ¡Harry! —Luna miro a las sillas vacías como si se acabara de dar cuenta de la ausencia del mago. Luego recorrió con la vista toda la casa para comprobar que no andaba por allí. —Pues mejor, noche de chicas. Siempre quise hacer una fiesta de piyamas.

Ginny no pudo evitar una carcajada. Luna era así, ella siempre veía las cosas de otra manera. Quizás tendría que aprender a ser un poco como ella.

—Noche de chicas entonces —Ginny sirvió dos copas de wiski de fuego y levantó el vaso para brindar.

Luna se bebió su chupito de un trago y se volvió a servir. Animada por Luna, Ginny hizo lo mismo.

Las dos mujeres estaban sentadas en el sofá riéndose. Se habían acabado la botella de wiski y encontraban cualquier comentario hilarante.

—Me lo estoy pasando muy bien —apostilló Luna. —Las noches de chicas son divertidas.

—Pues sí. Creo que no deberíamos ir a la fiesta, no creo que vayamos a poder llegar. —Ginny hizo ademán de levantarse, pero se cayó de culo en el sofá.

Por toda respuesta Luna soltó un hipido.

—Podríamos llamar a Hannah para que se una a nosotras. Así seríamos más chicas en la noche de chicas.

—Me parece una idea genial.

Ninguna de las dos hizo amago de levantarse para enviar un mensaje por la chimenea, ni tampoco de sacar la varita para lanzar un patronus y mucho menos de llamar a la lechuza de la casa. Se quedaron sentadas en el sofá mirándose la una a la otra con intensidad.

—Tienes algo en la cara —cortó el silencio Luna. —Justo aquí.

Luna paso los dedos por la comisura de la boca de Ginny para quitarle una pequeña miga de pan y luego se inclinó lentamente hasta tocarle los labios con los suyos. Fue una presión breve, apenas un roce, pero Ginny sintió un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo.

—Llevaba queriendo hacer eso mucho tiempo —confesó Luna.

Ginny no contestó. Se había quedado paralizada. No sabía bien qué hacer ni qué decir. Luna aprovecho esto para volver a besarla. Esta vez el contacto duro un poco más y el calor que Ginny sintió en los muslos la hizo reaccionar. Llevándose por un instinto primitivo que hacía mucho que no sentía le devolvió el beso. Luna, entonces, metió la mano debajo de la camiseta y comenzó a hacerle cosquillas en un pecho. Ginny se dejó hacer. Pronto las dos mujeres experimentaban con sus cuerpos, jugando a descubrir sensaciones que nunca habían sentido. Al final las dos se quedaron dormidas en el sofá, con una sonrisa de felicidad, acurrucadas una junto a la otra.

Cuando Harry llegó a casa Luna ya se había ido y Ginny recogía las sobras de la cena del día anterior.

—Lo siento cariño. Tuve un día de locos. Me voy a dormir un poco y luego hacemos lo que tú quieras. —saludó Harry acercándose a Ginny e inclinándose para darle un beso.

—Tranquilo. Tú descansa —Ginny viró a la derecha para coger un plato y esquivar disimuladamente el contacto con Harry.

Cuando este desapareció, Ginny se sentó en el sofá y se pasó la mano derecha por la boca. No quería que Harry la besara. No quería perder el sabor de los labios de Luna sobre los suyos.