Disclaimer: El universo de Harry Potter le pertenece a Rowling.

La imagen de portada es de Ana Godis en Instagram.


Este fic participa en el Reto #47: "Larga vida a tu OTP" del foro Hogwarts a través de los años.

Condición: Uno de ellos es infiel y se lo confiesa al otro


CULPABLE

1. Delito

Él te besa.

Tú, con los ojos cerrados, llevas las manos al cabello de él, con adrenalina, con deseo. Te encanta perderte en aquella cascada negra, la manera en que lo lleva te hace perder la cabeza. Aunque si eres sincera contigo misma, todo en él te hace perder la cordura. El cabello negro lo distingue como un Black y que lo lleve largo y libre es lo que lo diferencia de su hermano menor, quien prefiere llevarlo perfectamente ordenado. Su cabello es su marca personal, un rasgo que contribuye a su imagen rebelde, que hace que mirarlo prometa pecado y fechorías.

Nunca llegas a sentir la textura que esperas entre tus dedos. Lo que encuentras en cambio es pelo corto y lacio. El cabello muere entre tus dedos y deja una sensación de vacío. Abres los ojos y en vez de negro encuentras naranja.

Te separas asustada.

Él no es Sirius Black.

No es él, pero el propietario del cabello pelirrojo parece no ser consciente de ello. Vuelve a besarte y a recorrer tu cuerpo con sus manos. Tú le sigues el juego, pero te enfadas. ¿Con qué derecho te está besando si no es él?

Te cuestionas lo qué estás haciendo, comienzas a dudar si ha sido una buena idea. Estás molesta con el que te besa, por hacerlo; estás molesta con Black por dejarte sola y estás molesta contigo misma por permitir que esto esté pasando. Es estúpido porque la única culpable eres tú por permitir que las cosas te afecten de esa manera y por tomar decisiones estando herida.

Recuerdas el motivo que te ha llevado hasta ahí, lo has tenido grabado en la retina por semanas: Sirius invadiendo el espacio personal de aquella bruja en el caldero chorreante, Sirius tocando su cintura, Sirius marchándose con ella. Y ahora, en el cumpleaños de Dorcas Meadowes, escuchar a esas brujas confirmar tus terribles sospechas te ha instalado un agujero negro en el pecho. Un agujero que después intentas llenar con whisky de fuego y más tarde besando al primero que se te cruza.

Ahora el nivel de alcohol en sangre te nubla el pensamiento e intentas convencerte que lo de Black da igual. Lo mandaron en una misión con Potter hace algunos días y no has vuelto a saber de él. Podría estar de vuelta en un mes, podría estar herido ahora mismo o podría no volver.

Te estremeces ante la idea de encontrarlo sin vida.

Desde que se fue no has podido dejar de pensar en eso, en que algo podría ir mal, en que podrían atraparlo y torturarlo, en que podrías perderlo… ¿perderlo? Ni siquiera lo tienes, nunca lo has tenido. Él siempre ha sido tan libre como ha querido y tú nunca has sido impedimento para eso, recuerdas con amargura.

El hombre que te besa, Gideon Prewett, se ha detenido. ¿Todo bien?, pregunta notándote ausente. Todo mal, quieres responder, pero solo asientes y lo atraes de nuevo hacia ti. Has tomado una decisión y nada te detendrá. Llevas las manos hacia el cinturón de tu acompañante, lo desabrochas. No darás un solo paso hacia atrás. Porque si Sirius es capaz de disfrutar otros cuerpos, ¿por qué tú no?

El pelirrojo sonríe, sabes que ha esperado este momento por meses. Has sentido su mirada cargada de deseo desde la primera vez que te vio, cuando te uniste a la Orden.

Lo harás, pero lo harás rápido, directo al asunto, como un negocio o una misión que debes completar. Lo harás porque necesitas convencerte a ti misma que puedes pasártelo bien, aunque Sirius Black no esté. Porque necesitas convencerte de que no piensas todo el tiempo en él, en si estará a salvo. Porque necesitas convencerte de que la posibilidad de que no vuelva con vida no te rompe el corazón.

Lo recibes con un jadeo y le sigues el ritmo sin estar ahí realmente. Tu mente vuela lejos, a otro lugar en el que tu cuerpo es recorrido con violencia por las manos del hombre cuya pasión bordea la locura y te arrastra a perder el juicio con él.

El encuentro no dura más de quince minutos, pero la culpa se instala en tu pecho y parece dispuesta a hacer de ese lugar su residencia. Te arreglas la larga melena y te abrochas el botón del escote. Regresas al salón donde está el resto de invitados.

Ahí no pasó nada.

O de eso intentas convencerte sin éxito.