Capítulo 1: Guerra

Mayo 1978

Sirius camina sin fijarse realmente por dónde va, sólo camina con la vista fija en las grietas de las piedras que aparecen con cada paso que da. Deja que las escaleras cambien su rumbo y camina, camina y camina, sin importar nada. Parece que nada importa. Siente que tiene la cabeza debajo del lago, dentro de una burbuja, llena del vapor de la poción pimentónica; todo lo que es capaz de pensar es en guerra, rebeliones, el fénix de Dumbledore, una orden secreta y sus amigos.

Cualquiera puede morir.

—Sirius —hablaron a sus espaldas.

Reconoce la voz y de inmediato hunde la mano en el bolsillo de su pantalón. Es su hermano, sí, pero esa es precisamente la razón que lo lleva a tener cerca su varita –que es un Black–. Regulus lo observa con párpados caídos y mentón elevado, tal como Walburga enseña después de aprender a caminar, no sonríe, no muestra emoción en sus ojos, ni siquiera en su voz.

—Lo lograste —dijo con las cejas ligeramente arqueadas. Sirius entrecierra los ojos como respuesta. No sabe si se refiere a terminar la escuela o estar libre finalmente de la familia Black –tanto como se puede estarlo porque, después de todo, Sirius vive de la herencia de su tío Alphard–.

—Sí —respondió de todas maneras—, no es tan complicado.

Regulus sonríe entre arrogante y burlón mientras niega.

—No, claro que no —masculló, aparentemente para sí mismo. A Sirius le molesta infinitamente que Regulus lo busque para cualquier tontería y además que se tome su tiempo para decirle de qué se trata.

—¿Qué quieres, Regulus? —preguntó con molestia. Su hermano parpadea lentamente, digno y arrogante, antes de suspirar y encogerse de hombros.

—Sólo quería decirte que cuides tus compañías —dijo con aburrimiento. Sirius no puede contener su bufido irritado.

—¿Mis compañías? ¿Me estás jodiendo, Regulus? Creí que la etapa de cotillear con madre sobre mí y mis compañías ya había pasado —gruñó.

—Tus amigos, Sirius. Saca tu cabeza del… —Regulus apretó los labios en una fina línea, conteniéndose de decir "culo", como buen hijo de Orión Black—. Sólo… se selectivo cuando decidas en quién confiar.

—Si tienes algo que decir…

—Todo el mundo traiciona, Sirius. No sólo en Slytherin. Allá afuera no hay casas, ¿recuerdas?

No esperó respuesta, sólo se fue sin despedirse, sin mirarlo una vez más. Y Sirius no puede evitar pensar en lo último que escuchó de su familia –que sería un completo honor limpiar esa pútrida sociedad. Que ese Lord que profesa la pureza de la sangre sabe lo que hace. Que ellos deberían pensar como él, que deberían unirse a su causa–. ¿Se habrá unido Regulus? ¿Sería un mortífago?

¿Cuándo demonios perdió a su hermano y por qué no se dio cuenta?

Febrero 1980

James camina de un lado a otro mientras mordisquea la uña de su dedo pulgar, aunque tal vez ya está mordisqueando su piel.

—No puedo irme, Canuto —murmuró sin apartar la uña de entre sus dientes.

—¡Hay una maldita profecía, James! ¡Una maldita profecía que puede tratarse de tu hijo!—exclamó molesto—. No puedes quedarte aquí. Nadie va señalar cobardía, Cornamenta, es tú familia.

—Canuto…

—Quiero que te vayas —cortó con decisión. James aleja su mano del rostro y detiene sus pasos—. No quiero que ninguno se muera.

—¿Cómo carajo voy a irme, Canuto? —preguntó con desesperación—. Dicen que hay un traidor entre nosotros, ¿cómo les pido que me cubran? ¿Cómo...?

—Marlene va ayudarte —interrumpió con un nudo en la garganta, recordando vívidamente la pelea que tuvo con Remus por arreglar el escape de James en secreto—. Ella sabe cómo sacarte.

—¿A dónde? —respondió de inmediato.

—Sólo ella lo sabe.

—Sirius no puedo… Lily está embarazada, ella no puede…

—Confía en mí, James —interrumpió con falsa tranquilidad—. Marlene tiene todo resuelto, sólo tienen que irse y esconderse hasta que todo esto acabe. El bebé estará bien si se van.

En realidad Sirius no lo sabía, pero confiaba en que James sabría mantenerse oculto por el bien de su familia, y sobre todo, confiaba en Marlene.

—Harry, su nombre será Harry. Y tú serás su padrino.

—¿Yo… qué?

—Sólo tú lo cuidarías por encima de ti mismo, como Lily y yo hacemos, como haríamos si… si algo sale mal.

Agosto 1980

El espacio entre Sirius y Marlene es de un par de centímetros, huele a humedad por todas partes y eso que escucha son chillidos de ratas, algunas incluso golpean a sus pies.

—¿Qué tan secretísimo es esto que tenemos que estar aquí? —preguntó con desagrado. Marlene suspiró imperceptiblemente y lo miró con seriedad.

—Voy a esconderme, Sirius —susurró expectante. El pelinegro parpadea lentamente y observa los ojos de la mujer, uno a uno, hasta que está seguro de que no es una broma.

—¿Marls?

—Saben que fui yo, saben que los escondí —murmuró con preocupación casi tangible—. Tengo que ocultarme antes de que les hagan daño, a ellos y a mí. A nosotros, Sirius.

Sirius entiende que no se refiere al nosotros que apareció junto con la guerra, ese en el que ambos fungían como cordones entre las habladurías de los sangre pura reconocidos, los exiliados y la Orden; no, Marlene habla del nosotros de Hogwarts, donde ambos se ayudaron de maneras inimaginables y Sirius bien podría decir que ella es la mejor amiga que jamás merecería tener, igual que Marlene diría de Sirius.

—¿Dónde puedo encontrarte? —preguntó finalmente. Las ratas chillaron más fuerte, como una especie de favor hacia ellos para que no los escucharan las personas de afuera.

—Greenwich —murmuró antes de abrazarlo, enredó los dedos en los mechones de su nuca y respiró contra su cuello. Sirius mantuvo el agarre en su cintura, sin importarle si la rubia podía sentir o escuchar el furioso latido de su corazón.

Ella debía entender su terror. Día a día, las personas que más amaba tenían que desaparecer. Y una vez que no existes, es difícil saber si estás bien.

—Búscanos en un par de semanas —susurró contra su hombro—. Te diré dónde están, por si algo me…

—Cierra la boca, McKinnon —ordenó en voz baja—. Sólo por un minuto, cierra la boca.

Marlene asintió y besó su cuello con ternura, como solía hacer en el colegio después de algún vociferador, tiene el mismo propósito de consolarlo que de aquel entonces, a pesar del ambiente y el lugar nada apropiados. En especial porque cualquiera puede entrar, como Remus, que sostiene la varita y la perilla de la puerta con demasiada fuerza. Sirius observa su nuez subir y bajar mientras recorre la imagen frente a él.

—Lo siento, yo… no importa, lo tomaré de otra parte —balbuceó torpemente, cerrando la puerta y evitando la mirada de Sirius.

Marlene suspira bajito y recorre los estantes con extraños tinteros, plumas y botes con nombres imposibles.

—Deberías arreglar las cosas con él —mencionó con labios apretados—. Remus ya sabe que eres un imbécil pero… nunca lo había probado de primera mano.

Sirius resopla un intento de risa y asiente.

—Sólo quiero estar seguro —masculló—. Dime en que parte de Greenwich, Marls, no confío en el correo de ningún tipo.

Y Marlene se lo dice, y no hay manera de que alguien más sepa en qué calle, en qué casa, ni con qué fachada. Es imposible que alguien lo sepa, pero una extraña pesadez le invade el cuerpo una semana después de dejar ir a Marlene de ése armario; y luego está el profesor Dumbledore frente a su puerta, con es mirada que exige fuerza, pero Sirius no encuentra ningún tipo de fuerza cuando ve a Marlene en el suelo de su escondite en Greenwich.

Es la dirección, es la casa, es la fachada, es su cuerpo. Sirius se atreve a arrodillarse frente a ella y acomodar el cabello que cae sobre su rostro, Marlene jamás dejaba que su cabello cubriera la belleza de su rostro –siempre con la cabeza en alto, orgulloso de tu sangre y de haberla traicionado–. Baja sus párpados y no se molesta en averiguar qué partes de su cuerpo están heridas –ya no importa–, acaricia su rostro por largos minutos de peligrosa calma. La última calma que se permitió sentir.

No asiste al funeral, quiere respuestas y no tiene tiempo para despedirse de una caja. Marlene sólo le dijo a él dónde se escondería mientras estaban en el armario, un armario que Remus abrió.

Las últimas palabras que escuchó de Regulus hace meses no paran de dar vueltas en su cabeza. "Tus amigos, Sirius". Regulus jamás hablaba con soltura, siempre había algo detrás de sus palabras.

Regulus sabía algo. E iba a obligarlo a decirle.

Octubre 1980

Pasa al menos media hora observando la mansión frente a él antes de decidirse por tocar la puerta. Le abre un elfo de aspecto horripilante y le pide que se quede justo donde está parado mientras llama a su amo. No pregunta por su nombre, desaparece en un ¡crac! Y Bellatrix Lestrange aparece frente a él un par de minutos después, con mirada incrédula, furiosa y burlona –Black–.

—¿Dónde está Regulus, Bellatrix? —preguntó con brusquedad.

—¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra? ¿Cómo te...?

—¿Sabes o no dónde está? —interrumpió con seriedad. Bellatrix cierra los labios en una sonrisa torcida y eleva una ceja altanera.

—¿El pequeño Reggie? —susurró—. Creí que lo habías dejado atrás desde que te largaste como la repugnante escoria que eres.

Sirius no está ahí para que lo insulten, no, de ninguna manera, pero tampoco es un idiota, la mansión Lestrange está plagada de mortifagos, suficientemente estúpido es estar ahí parado con nada más que su varita –pero Marlene lo vale, es por Marlene, por Harry, por James y Lily–.

—¿Está aquí? —insistió, ignorando las dagas que Belatrix amenaza lanzar con más que su mirada.

—Es devoto al señor Tenebroso, si te sirve de algo —mencionó burlona. Sirius suspira con pesadez y da media vuelta, dispuesto a largarse y preguntarle a alguien más, tal vez a Narcissa, quién sea menos a su madre, no piensa volver a Grimmauld Place—. ¿Tan imbéciles eres? ¿Estás tan seguro de que no voy a hechizarte cuando cruces la acera? —gritó Bellatrix.

Sirius la mira por sobre el hombro y sonríe con esa arrogancia que caracteriza a un Black y que jamás pudo abandonar del todo.

—Lo estoy, sí. Volveré —respondió con simpleza.

Esas simples palabras que ocultan una legendaria ley implícita entre los Black. Bellatrix no puede hacerle daño porque ella quiere –necesita– algo de él. A Regulus.

Septiembre 1981

Regulus desaparece de la faz de la tierra. No está en ninguna maldita parte y Sirius no tiene paciencia para buscarlo debajo de cada piedra, él necesita saber quién es el traidor.

Descuida sus propias misiones por seguir a los demás miembros de la Orden –los que quedan– y todos parecen igual de temerosos de decir incluso qué van a merendar. Sirius no los culpa, después de todo él los está siguiendo.

Inicia con Remus. Es sencillo y al mismo tiempo complicado. No suele hacer compras más que una vez cada dos semanas, siempre está fuera de la ciudad, a veces va con Dumbledore y no cruza palabra con ningún otro miembro –parece que lo prejuicios sobre los hombres lobo logran colarse incluso en las guerras, en realidad, parece que nunca se perderán–, durante la luna llena está con manadas de lobos, verdaderas manadas que no temen atacar o atacarse entre sí. Sirius no lo vigila esas noches –si no puede acompañarlo tampoco quiere verlo–.

Ninguna flecha apunta hacia Remus excepto esas dos: que nada lo hace parecer culpable y que sólo él pudo haber oído la ubicación de Marlene.

Remus fue un buen amigo en Hogwarts, incluso cuando hacían cosas impropias de los amigos como refregarse, besarse o estar muy, muy cerca de él hasta hacerse uno. Y a pesar de que Hogwarts parece haber sucedido hace mil años, Sirius recuerda con demasiada facilidad y nitidez la mandíbula apretada de Remus cuando conseguía los apuntes de chicas lindas a base de promesas húmedas.

Remus no será capaz de delatar a Marlene por un beso en el cuello. Remus jamás le echó en cara pasar tanto tiempo con Marlene que incluso competiría con el de James y el suyo. Remus no podía ser el traidor –no quería que lo fuera–.

Octubre 1981

Deja a Peter al final porque Peter hace trabajos aburridos, él se mete al ministerio y obtiene información, sólo es bueno para escuchar lo que no debe.

Pero pronto descubre que no, que Peter es bueno engañando, distorsionando información y pasándola. De repente todos esos chismes que Colagusano contaba en susurros sobre el nuevo novio de Alice, el perfume que Dorcas le regalaría a Marlene, la opinión de Lily sobre James, todos y cada uno de sus cotilleos tienen un nuevo foco.

Sirius recuerda el olor del armario, el perfume de Marlene, sus labios contra su cuello y los chillidos de las ratas.

Remus no husmea detrás de las puertas porque él aprecia la privacidad más que nada –y que nadie– en todo el mundo. Remus no espía, pero Peter sí.

Peter, una maldita rata, siempre ha hecho eso.

Peter entregó a Marlene.

—¡Peter! —gritó con el pulso acelerado. Pettigrew pierde el color en su rostro y retrocede con paso vacilante— ¡Sabes lo que hiciste Peter! —gritó furioso.

Sirius no sabe muy bien qué es todo lo que pasa a su alrededor. Las personas –muggles– caminan y lo ven con curiosidad, Peter tiembla de pies a cabeza y recorre la calle buscando una salida. Sirius quiere matarlo, necesita sentir su cuerpo helado, tal como sintió el de Marlene, necesita ver que sus ojos vacíos le devuelvan la mirada, tal como Dorcas lo hizo, necesita escucharlo sufrir, tal como Remus cada luna llena solitaria.

—¡Te vi, Sirius! —exclamó Peter en un chillido como el de una rata. Sirius quiere tomarlo del cuello y presionar hasta que ya no chille más—. ¡Es de familia, ¿no?! ¡TE VI CON BELLATRIX! ¡TÚ ENTREGASTE A MARLENE! ¡MATASTE A TU PROPIA FAMILIA!

Se le detiene el corazón de inmediato. Familia, Peter dijo familia. James, Lily y Harry. Peter da un paso atrás y lanza tres hechizos. Sirius sigue pensando en las palabras de Peter mientras caen chorros de agua sobre él y Peter se escabulle por la coladera. Demasiado tarde, cuando está estallando en carcajadas tan fuertes que no puede ni encontrar su varita, se da cuenta que no es agua. Es sangre.

Un montón de aurores lo sostienen porque es imposible que camine mientras suelta semejantes risotadas. No sabe si es un hechizo o de verdad se está riendo porque es malditamente brillante.

Sólo Peter sabía que Marlene le había dicho su paradero, es obvio para cualquiera. Remus lo sabe –sabe que él sabía– y Peter debió decirle que buscó a su prima.

Ahora todas las flechas lo apuntaban a él como el traidor, y las flechas lo guían directo a Azkaban.

Marzo 1989

Escapar –sí, escapar– le toma más años de los que planeó, no se siente un hombre cuerdo, ni siquiera se siente un hombre. Así que el disfraz de un gigantesco perro negro, que además es un augurio de muerte, le parece un buen sitio al cual llamar cuerpo –casa–. Por lo menos mientras consigue algo de comida y orientación.

Cazará a Peter.

No sabe dónde están James y Lily, pero si Peter se atrevió a acusarlo de haberlos matado, él tiene que saber.

La guerra sigue quizá un poco peor a como la recuerda antes de terminar en Azkaban. Los magos miran detrás de sí al menos tres veces, las marcas tenebrosas son constantes en los periódicos y los muggles salen a las calles con más abrigos de los que alguien puede contar. Hay dementores sueltos y los mortífagos ya no se ocultan detrás de máscaras.

Así que Peter no resulta difícil de encontrar, le llaman Colagusano y es el encargado de vigilar los movimientos de la Orden con forma de rata. Peter está más que muerto para la Orden y los mortifagos lo alaban por encerrar a un traidor de la sangre en Azkaban. Sirius tiene que darle crédito en algo, desde que su rostro aparece en la portada de los periódicos tiene la decencia de mostrarse temeroso a lo que Sirius pueda hacerle. No es tan estúpido después de todo.

—¿Dónde están James y Lily? —preguntó sujetándolo por las solapas de su túnica, lo golpea con fuerza contra el muro detrás de él y repite la pregunta.

—¡No lo sé! ¡Te juro que no lo sé! —exclamó entre lágrimas—. ¡Sólo el señor Tenebroso asegura que están vivos! ¡Pero todos creen que murieron!

—¿Por qué? —exigió furioso. Sería tan sencillo presionar su cuello hasta que el aire no logre entrar.

—¡Se fueron! ¡Tú sabes que se fueron! ¡Nadie sabe dónde están! ¡Sirius, por favor!

No lo mata, por supuesto. Sirius tardó alrededor de dos semanas en robar un poco de poción de la verdad y en poder capturar a la rata de Peter por la cola –y el dedo que no tiene–. No piensa nada en las consecuencias que puede traerle dejar a Peter frente a la entrada de Hogwarts con una poción de la verdad y una simple nota de "Para Albus Dumbledore: Peter Pettigrew, traidor de la Orden del Fénix, bajo los efectos del Veritaserum".

Cree, después de ver al mismo Dumbledore levitar a Peter dentro del castillo, que cuando el profesor sepa por qué había tres animagos ilegales dentro del colegio, y todo lo que pasó antes de Azkaban, podrá entender y sabrá qué hacer con el Ministerio.

Sirius espera a que Peter sea el titular en todos los periódicos del país "Presuntuo mortifago es entregado en Hogwarts", por supuesto que él –Sirius Black, primer fugitivo de Azkaban— sigue apareciendo, necesitan saber qué mierda pasó desde el punto de vista de Sirius, pero él nunca ha sido bueno para complacer a otros. No va entregarse, prefiere seguir debajo de su disfraz hasta encontrar a Lily y James, aunque Dumbledore muy seguramente ya sepa cómo luce.

Abril 1991

Se ve tentado a buscar a Remus –¿dudaste de mí? ¿Creíste, aunque sea por un minuto, que yo entregué a Marlene? ¿Sabes algo sobre James y Lily?–. Remus es mucho más fácil de localizar que James. Pero no lo hace.

No tiene idea de cuál será su recibimiento. Después de tantos años en los que cualquiera podía ser el traidor, donde lo creyeron, donde después uno fue verdaderamente culpado y dónde ahora él sigue siendo prófugo… Sirius prefiere no tentar a la maldita suerte –esa desgraciada nunca ha estado de su parte– y continúa en la búsqueda de James.

Inicia en Escocia y baja y baja, finge que no conoce Gales y continua sin mirar atrás.

Tal como Remus debió hacer con él.

Cuando Sirius los encuentra no se ven ni por asomo como los recordaba. Harry es el único que se ve como el James que recuerda, –meh– no puede culparlos, él mismo se ve mejor siendo un perro.

—¿Sirius? —masculló Lily. James se asoma sobre su hombro y frunce el entrecejo al perro negro que los observa desde el porche.

—Canuto —afirmó el azabache. Sirius ladra una vez y entra en la casa por entre las piernas de sus dos amigos.

No hay bienvenida, ellos parecen más bien escandalizados y Harry se ve confundido.

—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Lily. Harry observa con ojos gigantes desde la barra de la cocina, James parece indeciso sobre abrazarlo o golpearlo, Sirius no tiene idea de por qué.

—No lo sé —confesó—. Los he buscado desde Escocia. He recordado un par de cosas en el camino y… no sé, sólo llegué aquí.

—¿Tú eres Sirius? ¿Sirius Black? —interrumpió Harry. Sirius parpadea en su dirección y asiente sin saber qué esperar –¿qué tanto sabes de mi Harry?–.

—Canuto… —comenzó James. Sirius sonrió con labios apretados y negó.

—He venido sólo, James. Llevo años solo —bufó rodando los ojos—. ¿Acaso no has leído ni un maldito periódico, Potter? —gruñó.

—No es común ver ciervos por el pueblo, Black —respondió de igual manera. Sirius lo observó con ojos entrecerrados, supuestamente preparado para lo que sea que está por decir—. ¿Dónde está Peter? —susurró.

—Azkaban —respondió con simpleza, como si no importara.

Lily suspira y se acerca hasta que lo está estrechando entre sus brazos con fuerza.

—Lo lamento tanto, Sirius. De verdad lo siento, que tuvieras que pasar por todo eso tú solo… —habló contra su oreja, afligida y molesta—. Basta, James, deja de actuar como un bebé.

Sirius escucha la risa de Harry y el resoplido de James, pero no se concentra mucho en ello, está un poco congelado entre los brazos de Lily. El último abrazo que recibió fue de Marlene, y ella está muerta.

—No actúo como ningún bebé —jadeó indignado—. ¿Por qué no me dijiste nada, Sirius? —acusó molesto.

Sirius está ligeramente confundido, desorientado, más que perdido.

—¿De qué hablas?

Lily se aparta y Sirius no se atreve a mirarla, si lo hace puede que vea los ojos de Marlene y no podrá contener sus gritos ni un minuto más.

—¡McKinnon! ¡Marlene y tú! —exclamó escandalizado—. Joder, ibas a tener un hijo con ella.

¿Un qué con quién?

—Dejaste a Lunático, ibas a tener una familia con Marlene y casi matas a Peter —enumeró James, aumentando su estado escandalizado y tono acusatorio con cada sílaba—. Y nunca me lo dijiste.

—Oh, lo siento tanto, Cornamenta —respondió con una sonrisa amarga—, es que las lechuzas pasan cada cien años por Azkaban y entré cuando acababan de partir.

Es una simple respuesta sarcástica, típica de un perro que está siendo molestado y suelta un mordisco, no significa que sea agresivo así como tampoco significa que todo lo que ha dicho James sea verdad. Sus palabras –sarcásticas y amargas– brotan como un reflejo a la acusación. Está desorientado, sabe sólo lo esencial –que la guerra continúa, que Dumbledore ha dejado el colegio en manos de la profesora McGonagall, que Peter está condenado a más años de los que vivirá en Azkaban y que la Orden del Fénix sigue en pie–, no tiene tiempo ni cabeza para los chistes de James.

—¿De qué diablos hablas, James? —exigió con irritación.

Ni Lily ni James le piden a Harry que se vaya, al contrario, James suspira y caminan a la barra donde Harry ha estado observando en silencio, Lily sirve té y Sirius les cuenta su travesía desde que estuvo en el armario con Marlene. Harry no interrumpe, escucha con atención y hace gestos que se borran con miradas tranquilizadoras de Lily.

Sirius se siente bien –mejor– hablando de todo lo ha hecho –y lo que no–, se siente bien porque son Lily, James y Harry, pero esa parte canina que se ha adherido –casi devorado– a su parte humana sabe que todavía falta algo más.

—Marlene no estaba embarazada —dijo finalmente, con el estómago encogido y el entrecejo fruncido—, y de estarlo les aseguro que no sería mío —bufó.

Pero Marlene no estaba embarazada, Marlene mejor que cualquiera sabía lo peligroso que era intentar formar una familia en esos tiempos, siendo una sangre pura rebelde, conocedora de la ubicación de los magos más buscados por Lord Voldemort –ajá–, Marlene no era tan idiota; y de serlo, no se juntaría con un idiota como él para procrear. En ninguna jodida vida alguien se atrevería a procrear con él, joder, debería estar prohibido –es un Black y con eso basta para prohibirlo–.

—Sabes lo que pasó con Remus, Cornamenta —suspiró con cansancio, lleva años evitando el simple pensamiento, si tira tan sólo un poco de esa cuerda terminará enredado, atrapado, atado y jodido—. Nada ha cambiado así que… Olvídalo.

No pasaría. James tenía una extraña fascinación por ignorar cualquier orden directa de cualquier persona, y su mirada de ojos entrecerrados le deja en claro que no va olvidarlo.

—¿Entonces nos has estado buscando todo este tiempo? —preguntó Harry, con ojos brillantes de curiosidad y algo parecido a la incertidumbre.

—Sí, a ustedes y a mi hermano —masculló—. Parece que se lo tragó la maldita tierra.

Sirius no puede mentirles, no es capaz de hacerlo, así que no le pone tintes claros a la realidad.

—No pueden volver, todo está igual.

Lord Voldemort está seguro de que los Potter están vivos, se rumorea que su humor y paciencia se acortan, el Ministerio está totalmente desmoronado, Azkaban está repleto de mortiffagos traidores o demasiado idiotas para trabajar con Voldemort, Dumbledore no hace acto de presencia y Hogwarts es constantemente invadido por mortifagos del Ministerio en busca de jóvenes sangre sucias para torturar.

De ninguna manera es seguro que vuelvan, pero ya están cansados de esconderse y tener miedo, por Merlín, Harry ni siquiera tiene un varita propia. Sabe lo suficiente porque sus padres le han enseñado, en realidad, sabe más que cualquiera a su edad.

Sirius haría cualquier cosa por él.

—Buscaré a Dumbledore y averiguaré qué es lo que está pasando —aseguró—. Volveré por ustedes, lo prometo.

Mayo 1993

Dumbledore está muerto. Sirius no sabe muy bien qué pasó. James escribió tres días antes –de manera tosca y poco legible– anunciando que Harry leyó un periódico y escapó de casa para ir a quien sabe dónde.

Sirius se debate entre volver con James o buscar a Harry, y finalmente cumple lo que dijo: buscó a Harry.

No fue necesario. Dumbledore tenía un extraña manera de comunicarse por medio de los patronus y de alguna manera logró recibir uno que informaba sobre un ataque a Hogwarts, no como los anterior en los que los mortifagos jugaban a asustar mestizos y perseguir sangre sucias por los corredores, no.

Esta vez Voldemort está ahí, enfrentándose a Dumbledore y a Harry –maldita sea, sí, es Harry–, un jodido demente enfrentadose otros dos jodidos dementes, uno demasiaod mayor y otro demadiado joven. Merlín los ayude.

Sirius no permite que los mortifagos se acerquen a Harry junto a James y Lily, después de lo que parecen año, no deja que Bellatrix se acerque a ayudarle a Voldemort. Ni siquiera intercambian palabras, parece que hacen un tradicional vals en la noble y ancestral casa Black, ambos sangre pura compitiendo con silenciosos movimientos en espera de saber quién es el mejor, quién se muere primero.

Y Bellatrix es la que se equivoca primero.

—¿Encontraste a Regulus, Sirius? —preguntó burlona, un razo amarillo, uno violeta—. Tal vez era tan cobarde traidor como tú y por eso se fue, ¿no lo crees?

—¿Nunca ha podido ganar un duelo sólo con la varita y por eso tienes que hablar? ¿O nunca te enseñaron a cerrar la boca? —es el mismo tono de burla, los mismos ojos emocionados por saber cómo va terminar, un rayo rojo, un rayo azul, lo que ha dicho es una ofensa directa a los Black –que primero enseñan a hablar, luego a maldecir y finalmente a callar–, específicamente a Druella Black.

Bellatrix grita con rabia y Sirius lanza un hechizo que la hace retroceder –puede hacer algo mejor que gritar–, trastabilla hasta que un conveniente rayo verde le da de lleno en el pecho. Bellatrix se queda inmovil por un par de segundos que parecen eternos, su pecho no sube y baja con fuerza, no grita, nada. Su mirada se cristaliza y su cuerpo cae como con un ruido seco. Siris sabe que él no la ha asesinado, pero siente como que lo hizo.

Una melena rubia se agita detrás del cuerpo de Bellatrix y Sirius tiene que parpadear para reconocerla como Narcissa y no alucinar con Marlene. Contrario a lo que espera, Narcissa no lo ataca, jadea al ver el cuerpo muerto de su hermana, se aferra a la mano de un niño pequeño y se va. No, huye.

Detrás de donde estaba la figura de Narcissa reconoce a Remus, comparten una mirada que se le antoja larguísima –no, no está listo para enfrentarlo–, y finalmente se decide por seguir a Narcissa a dónde quiera que vaya. Porque todavía necesita respuestas y si Bellatrix ya no se las puede dar, pues entonces tal vez la rubia pueda.

Hay una pequeña explosión que lo aturde y pierde por completo de vista a Narcissa, a Remus, a Harry y a Voldemort. Es entonces que no sabe qué rayos pasa ni qué rayos pasó, pero en cuanto el polvo deja de caer y las nubes de tierra se disipan puede ver tres cuerpos en el suelo.

Voldemort y Dumbledore están muertos, Harry está inconsciente, vivo y sin más rasguños que una cicatriz en la frente y el labio partido.

Se acabó.

Hay gritos, risas, pasos apresurados, cánticos, ruidos de desaparición, nombres, hechizos y un montón de palabras que Sirius no se molesta en descifrar. No, si ya ha terminado entonces Regulus puede volver, pueden estar juntos. Y Narcissa es la única que puede ayudarlo.