Capítulo 2: Pasado

Junio 1993

Por supuesto que Narcissa huyó, su esposo es un Malfoy después de todo, y Sirius tuvo que atar un par de cabos –mala fe, francés, mortífago– antes de dar con la nueva residencia de su prima –en Francia–. Muy ostentosa, muy Black y muy Malfoy. Tan fría como su recibimiento.

—Lárgate —saludó Narcissa, sujetando la perilla de la puerta con fuerza.

Sirius sonríe, claro que sí, Narcissa siempre fue la mujer más cómica que conoció jamás, con esas facciones estiradas en una auténtica mueca de disgusto, hablando sin abrir demasiado los labios, temerosa de que alguna arruga o mancha aparezca en su rostro.

—¿Sabes dónde está Regulus? —preguntó con voz afilada, la misma que Narcissa usaba con él, la misma que usaba con Orion Black, la misma que su madre le enseñó y que él rechazó toda su vida en Hogwarts.

—¿Regulus? —masculló como quien rechaza una sopa muy salada. Su ceja rubia apenas y se levanta un poco, Sirius eleva ambas con insistencia.

—Si, Regulus —gruñó—. ¿Sabes, o no?

—Lárgate, Black —hablaron a espaldas de Narcissa, un hombre alto, visiblemente demacrado y sangre pura, uno de los antiquísimos porque con todo y su pobre aspecto –ojos hundidos, cabello largo cubriendo parte de sus ojos y rostro— le ordena con el mentón elevado.

—Malfoy —saludó con una sonrisa burlesca—. ¿Sabes que aún te busca el Ministerio? Dudan de tu lealtad, me temo, y ningún aporte generoso será de ayuda esta vez —mencionó como quien habla del clima. Malfoy apretó los dientes y se posicionó frente a la rubia con un aire que pretendía ser peligroso.

—Si has traído a algún…

—Sólo quiero saber dónde está Regulus Black —interrumpió—. Nadie ha venido conmigo y nadie me siguió. Me iré si me lo dices, Malfoy. Me iré y no sabrás de mí nunca más.

Malfoy parece poco convencido, pero está todavía más temeroso de que alguien lo vea en el umbral de la puerta –si uno se esconde, ¿por qué vivir en una enorme y evidente fortaleza?–.

—Hace años que no sé de él —suspiró—, pero la última vez lo ví hablaba con el Señor Tenebroso sobre unas playas rocosas, cuevas encantadas, viejos relicarios y ejércitos para la guerra.

—¿Eran…. cómo misiones? —preguntó confundido. Malfoy sonrió arrogante y negó.

—El Señor Tenebroso no era como el viejo Dumbledore, Black. Eran servicios, no misiones. Y Regulus se ofreció voluntario para ir a aquellos lugares en busca de esos ejércitos —se encogió de hombros y frunció el entrecejo—. Es todo lo que sé.

Sirius asintió y comenzó a trazar nuevos mapas, ubicaciones y nombres en mente –playas rocosas, servicio, ejércitos, voluntario–; debería considerar volver, por lo menos para decirle a James que está bien, para intentar arreglar las cosas con Remus, para asegurarse de que Harry está bien, para ayudar a Lily, para despedirse de Marlene y asegurarle que nada fue en vano, por lo que sea.

Pero no lo hace.

Si tiene la oportunidad de encontrar a Regulus… tiene que encontrarlo, tal vez no sea demasiado tarde para salvarlo. La guerra terminó, Regulus pueden volver. Ambos pueden.

—¿Sirius? —llamó Narcissa. Sirius se detuvo y la observó con una ceja elevada—. Si… si ves a Andrómeda… ¿Puedes decirle que lo siento?

La curiosidad es un arma de doble filo, Sirius ha sido víctima de ella y aún así no aprende que es un arma peligrosa.

—¿Por qué lo siente? —preguntó manteniendo su ceja elevada.

—Su hija y esposo —respondió con obviedad, casi desconcertada, Sirius debió reflejar su confusión porque añadió con tono sombrío—: Están muertos.

Está seguro de que su confusión sigue impresa en su rostro, al menos hasta que pone sus ideas –y recuerdos– en orden –Andrómeda Black, Andrómeda Tonks, Ted Tonks, Tonks,

Nymphadora–.

—¿Ambos? —masculló. Malfoy resopló y miró a Narcissa con insistencia.

—Si. ¿Puedes decírselo? —pidió con ojos muy abiertos, insistentes, demandantes –ella no volverá nunca, nunca le dirá que lo siente por sí misma–. Suplicantes.

—Si, lo haré.

En cuanto vuelva a Londres con Regulus.

Julio 1997

Cuando Sirius llega frente a la casa que Andrómeda describió en su última carta decide que volverá después. No que la fachada sea tan horrible que Sirius no soporta verla, no, es que en realidad hay un niño observándolo por la ventana. No es un niño cualquiera, Sirius podría adivinar quiénes son sus padres si no lo supiera ya. Su cabello brillante y excéntrico delatan a su madre y sus ojos clarísimos evidencian a su padre.

Sí, Sirius definitivamente volverá después, cuando Andrómeda esté sola. Pero la suerte es una desgraciada –que jamás ha estado de su lado– y justo cuando gira sobre sus pies para irse, un par de ojos claros, iguales a los que observan detrás del cristal, le devuelven una mirada sorprendida.

—¿Sirius?

Es demasiado tarde para intentar regresar después, huir, escaparse, fugarse, ocultarse, eso es lo que pretende, lo que viene haciendo desde que tiene memoria, incluso antes de Azkaban.

—Hola, Remus —saludó con los labios apretados en una sonrisa. Sirius ni siquiera intenta ver a Remus, verlo como intentando saber qué ha cambiado, qué sigue igual, –cómo están–, nada, no puede hacer nada de eso, se queda ahí viendo cómo Remus lo recorre de pies a cabeza y resopla una risa.

—¿Estás bien? —dijo, que a pesar de ser una pregunta, Sirius escucha con claridad el tono acusatorio en su voz.

—Sí, supongo que sí —respondió con los labios todavía más apretados.

Remus asiente lentamente y no se corta en preguntar con brusquedad: —¿Dónde estabas?

Y Sirius no sabe muy bien qué responder. Por una parte sí que estaba buscando a los Black, cualquier Black, y por otra parte claro que estaba evitando regresar a casa, quería evitar estas preguntas específicamente de Remus.

—En todas partes —masculló. Remus frunció el entrecejo de inmediato.

A Sirius casi se le detiene el corazón cuando Andrómeda abre la puerta detrás de él y le dedica una mirada impresionada. Aún no sabe si es una impresión buena o mala, el punto es que Andrómeda luche perturbadoramente similar a Bellatrix antes de morir: con los pómulos marcados, las cuencas medio hundidas medio oscuras y la pizca de locura que todo Black posee en la mirada.

—Andrómeda —saludó en un suspiro. La mujer sonríe y ladea la cabeza, tal como solía hacer a la hora del té en Grimmauld Place para mostrar su afecto hacia Regulus y él.

—Es bueno verte, Sirius —respondió ella. Remus todavía está analizando a Sirius cuando el niño se aleja de la ventana sin más escándalo que dirigirle una mirada a Sirius y sonreírle con un hoyuelo en la mejilla izquierda.

El escándalo lo tiene Sirius, siente que el corazón le explotará en cualquier momento por ese simple hoyuelo que el niño comparte con su madre. La madre que se casó con uno de sus mejores amigos –un mejor amigo que fue muchísimo más que eso–, una madre muerta.

—Adelante, Sirius, preparé té —anunció Andrómeda, sin dar chance a declinaciones, le sonrió a Remus y les dio la espalda sin decir ni una palabra más.

Alcanzó a preguntarse vagamente si sería muy descortés desaparecer, literalmente –arriesgándose a sufrir despartición y todo–, o si quizá podría entrar evitando mirar a Remus o cruzarse con el niño –Ted, su nombre es Ted–.

—Vamos —habló Remus—, Andrómeda prefiere el té hirviendo.

Ojalá Godric esté orgulloso de él, porque quiere salir corriendo pero de todas maneras está caminando al interior de la casa detrás de Remus.

—¿Y bien? —preguntó Andrómeda—. No recibí respuesta a tu última carta, ¿todo está bien, Sirius? ¿Quieres un poco de té, Remus?

—Oh, no, no, gracias, los dejaré solos —dijo rápidamente, mirando entre ambos Black con una sonrisa—, así podrán hablar con…

—Está bien si te quedas —interrumpió Sirius—, no es nada que no puedas oír.

No esperaba que se quedara –quería, sí, pero no quería preguntas–, y no lo hizo, Remus sonrió y volvió a la estancia con el niño –su hijo–.

—Sólo quedamos nosotros dos. Regulus está muerto y Narcissa dice que está bien con Malfoy así que… sólo somos tú, yo y un montón de cosas espantosas como herencia —bufó cansinamente, sintiendo peso menos sobre los hombros al finalmente decirlo en voz alta.

—Lo lamento tanto, Sirius —murmuró Andrómeda, Sirius negó de inmediato y sonrió con labios apretados.

—Está bien, Regulus no… él no tenía particular interés en el oro de todas formas —Andromeda asintió lentamente y se acercó a él, lo observó en silencio por largos segundos antes de extender sus manos hasta tocar su rostro.

—También lo decía por la joven McKinnon, de verdad lamento mucho lo que le pasó, lo que… te pasó —habló bajito, como si con el menor soplido Sirius fuera a desmoronarse.

—Marlene odiaba la guerra, ella no… no habría querido vivir tantos años de esa forma, ninguno de nosotros —respondió suavemente, como si intentara convencerse más a sí mismo que a Andrómeda.

Andrómeda suspiró y quitó el cabello de su rostro con cariño, recorrió sus facciones en silencio y sonrió pequeñísimo, la misma sonrisa de Narcissa.

—Todavía podemos ser una familia —murmuró.

La parte sensata –aburrida, cobarde– de su mente le decía que no, que es imposible que Andrómeda y él siquiera intenten pensar que eso es posible –Andrómeda, Remus, Ted y él–, es inimaginable, hasta espeluznante.

Los Black no son personas aptas para tener familia, no saben ser personas y ya está, Sirius es prueba de ello, se siente mejor como un perro que como un hombre, no sabe usar las palabras, se comunica a gritos, le irrita no entender qué es lo que siente y actúa por instinto precisamente por eso. Es un perro. Y Andrómeda ya tenía una familia, al igual que Remus, así que no, él no puede entrar ahí.

La parte insensata –gamberra, imprudente– de su mente dice que sí, que es posible y si no es posible puede hacerlo, puede intentarlo y puede lograrlo. Es la misma parte que quiere –y siempre ha querido– sentarse a tomar té con Andrómeda mientras hablan de posibles escapes antes de Navidad, la misma que quiere –y siempre querrá– compartir todo con Remus –sin miedo a equivocarse, no de nuevo–, la misma parte que siente curiosidad por el niño –peligrosa curiosidad–, tanta como para acercarse y saludar.

Pero no puede hacerlo, no puede hacerle eso a Andrómeda ni a Remus, no después de desaparecer por años que parecen siglos.

—Tengo que ir a Grimmauld Place —respondió con una sonrisa apretada. Andrómeda suspiró y asintió nada sorprendida.

—Te estaré escribiendo —prometió la castaña.

Terminaron su té entre charlas sobre el pasado y el futuro –dónde estuviste, qué harás con las baratijas embrujadas de Grimmauld Place, a quién encontraste, dónde te quedarás, qué supiste de Regulus–, concentrándose más de lo necesario en Sirius, a propósito, claro. Sirius no sabe lidiar con las emociones de frente, así que no está particularmente interesado en escuchar sobre Nymphadora, Ted, Remus y ese Ted de ojos como Remus.

Y Andrómeda parece entender que no quiere tocar ese tema, tal vez sólo no por las razones que ella piensa.

Pero Andrómeda es su prima, una Black que no ha visto en décadas, una Black con la que sólo se escribió por el último año de su vida, mientras seguía en busca de Regulus y dejaba que el Ministerio creyera cualquier cosa sobre él. Andrómeda lo deja estar, pero James no, él es un maldito dolor en el trasero.

—¿De verdad vivías aquí? —masculló entre estornudos. Sirius resopló y lo observó con molestia.

—Es una pocilga. No toques nada, podría comerte la mano —James sonrió y se encogió de hombros con diversión.

—No robaré nada, Canuto.

—No me interesa que quieras robar, hablo en serio, cualquier cosa puede arrancarte la mano —insistió con aburrimiento—. Mi madre tenía una caja musical encantada en la estancia, pude hacerte dormir en menos de quince minutos. Vieja arpía, la usaba con Regulus y conmigo antes de cumplir los diez.

—Tu madre era una encantadora mujer —comentó con una sonrisa irónica—, tuve el placer de conocerla al entrar. Nada como su melodiosa voz para una calurosa bienvenida.

Porque sí, incluso después de muerta, la bruja quería ser lo primero, último y único que se escuchara en Grimmauld Place.

—Te habría fascinado conocerla en vida —comentó con una sonrisa ladina. James suspiró y se cruzó de brazos, dando por terminadas las bromas—. ¿Cómo está Harry? ¿Y Lily?

—Bien, ambos están ansiosos, Harry ya quiere volver a Hogwarts y Lily no lo quiere dejarlo ir así que… sería oportuno que pasaras por casa, Sirius —bufó—, Harry casi olvida tu cara fea.

—No lo hará, sigo siendo más apuesto que tú, Cornamenta. Dime, ¿Lily aún cree que tú fuiste la mejor opción?

Y quizá hubiera respondido que sí, que Lily está enamoradísima de él, que un Potter es mucho mejor que un Black, que Harry no necesita sus pulgas, que Lily prefiere los gatos o que no sabe cómo por qué son amigos, pero la hora de los chistes terminó hace rato y James simplemente suelta la lengua.

—¿Por qué no has ido con Lunático? —dijo en lo que parecía más bien una acusación.

—Fui con Andrómeda y él estaba ahí, pero, por si no te has dado cuenta, he tenido que clasificar este basurero en basuras inútiles, basuras todavía más inútiles, basuras malditas, basuras más malditas que…

—Si, si, si, cómo sea —interrumpió con fastidio—, no pregunté eso.

No, no lo hizo, pero James ya sabe la respuesta, sólo quiere joder.

—También fui al Ministerio —dijo como un último intento de dejar el tema en paz –en la basura, en el olvido, dónde sea menos ahí–. James eleva una ceja con cansancio como respuesta—. Soy un hombre libre y un animago ilegal a pesar de todo lo que había en mi contra, Cornamenta, deberíamos estar brindando.

—¿Qué te asusta? ¿Remus o Teddy? —preguntó con sorna.

—No estoy asustado, imbécil, sólo he estado ocupado —bufó. James elevó ambas cejas y sonrió.

—Bien, entonces, señor ocupado, libera tu maldito fin de semana porque hay luna llena el sábado —anunció—. Ah, y será el cumpleaños de Harry, así que date prisa con este basurero.

Y ya. Se largó sin darle tiempo de réplicas, excusas o cualquier palabra. James simplemente se fue, dando por hecho que Sirius estaría ahí el sábado sin importar nada. Maldito cabrón –que tenía razón–.

No son niños que juegan a romper reglas, incluso si estas velaban por su seguridad, no son adolescentes con pactos más allá de la sangre, incluso si es sangre maldita, ya no; son adultos –con hijos, por las barbas de Merlín–, viejos y animales. Amigos.

Sobre todo amigos.

Bueno, Sirius de verdad esperaba que lo fueran.

—Hola.

Remus ya no vive en Gales, Sirius no tiene idea desde cuándo, pero asume que se debe a Teddy y Andrómeda –y que alguna vez se debió a Nymphadora, algo que Remus nunca hizo por él–, no es como en Gales, ahora está más cerca que nunca de la civilización, tan cerca que un hombre lobo no pasaría desapercibido en un sótano por muy encantado que esté.

El bueno de James es una nenita, el tipo de nenita que se niega a dejar ir los buenos tiempos y consigue un buen sitio –un bosque no-turístico– para pasar la luna llena y no dejar sólo a Remus –ya no más–, y por supuesto que arrastrará a Sirius a dicho bosque porque sabe que también es una nenita –más guapa– que no dejará solo a Remus.

Sirius lo dudó por milésimas de segundos –ir y acompañar a Remus antes de que sea un lobo–, pero los recuerdos de Remus en la enfermería, porque la luna siempre está presente y haciendo daño aunque no se vea, pudieron más. El daño no cambia con los años.

—Sirius —respondió con sorpresa. Remus tiene ojeras, el cabello revuelto y las mejillas sonrojadas, además de esa mirada entre salvaje y depredadora.

—¿James te dijo que vendría? —preguntó desconcertado.

La madre de Remus solía decir: "Si vas a esperar a la muerte, asegúrate de esperar sentado", y Sirius añadía para sí mismo: "Porque es tan desgraciada como la suerte". Bueno, Remus creció escuchando aquello, así que era casi un chiste que La Casa de los Gritos tuviese una cama para esperar a que la luna lo dejara medio muerto –así de desgraciada es la muerte, léase los cuentos adheridos a la biblioteca de los Black–.

En Hogwarts tenían la casa de los gritos, ahora tienen una especie de cabaña a medio terminar, medio comenzar, medio destruir o medio armar, cómo sea, es suficiente para que Remus no se muera a la intemperie, o algo así dijo James.

—Sí, lo hizo, sólo… Creí que llegarías más tarde —dijo bajando el volumen de su voz. Sirius sonrió apretado y se encogió de hombros.

—Bueno, yo creí que preferirías la compañía, James dijo que llegaría un poco tarde.

No, James no dijo ni un carajo. Sirius salió de Grimmauld Place con un poco de telarañas y un mucho de polvo, además de la firme decisión de disculparse con Remus –por lo menos disculparse de una de las muchas estupideces que hizo–, aprovechando que no habría ningún niño que lo hiciera correr en la dirección opuesta a Remus. Después vinieron a su mente las imágenes de Remus ardiendo en fiebre por la luna llena –y el lobo bajo su piel clamando por salir– y las consecuencias de la dichosa fiebre, pero para entonces ya estaba demasiado cerca de la cabaña.

¿Debería decirle que lo siente justo ahora?

—No lo mencionó, pero quizá lo hizo para que no diga nada por la cabaña —murmuró Remus para sí mismo.

—¿Es muy fea? —preguntó con curiosidad—. James no es bueno con las propiedades, estaría perdido sin Lily.

Remus sonrió pequeño y negó mientras volvía al interior de la cabaña, a sabiendas de que Sirius lo seguiría sin necesidad de mencionarlo.

—Bueno, por lo menos tiene una cama —mencionó con optimismo, no se dio cuenta de su interpretación hasta después de escucharse a sí mismo. Remus le devolvió una mirada incrédula –y divertida– con una sonrisa temblando en sus labios—. Quiero decir, el… el techo apenas se sostiene, uno no creería que… tú entiendes.

La cabaña parecía un laberinto, tenía paredes por todas partes haciendo que los pasillos fueran imposibles. Sirius –y seguramente Remus– está feliz de encontrar la cama en la primera habitación, lejos de la ventana y con un par de mantas encima.

Definitivamente no debería estar ahí, no con Remus, no justo ahora.

—Es más de lo que esperaba, a decir verdad —murmuró Remus. Sirius se atrevió a observarlo y mantener su mirada sobre él en silencio mientras pensaba.

Lo peor que ha hecho en su vida es hacer las cosas sin pensar, tal vez ahora pueda cambiarlo un poco.

—Puedo ayudarte, ¿sabes?

—¿Uhm?

—En la luna llena. Yo puedo pagar por la poción mata lobos, seguro que Lily sabe hacerla, incluso podría enseñarme. Así no tendrías que venir hasta acá por una noche y podrías quedarte en casa —con tu hijo—, podríamos acompañarte de todas maneras, yo podría…

—Sirius —interrumpió con ojos estrechos—, no. No podría hacer algo así, tú no puedes.

—Si puedo, te estoy…

—No quiero que lo hagas, Sirius.

—Está bien, sólo fue una idea.

—Lo siento, es que…

—La luna, sí, entiendo.

—Sí, es… —se detuvo y respiró hondo antes de mirar directamente a los ojos grises—. Es que en realidad he querido preguntarte algo y la luna no es de ayuda para mantenerlo a raya así que… ¿Qué fue lo que pasó? Es decir, todo, todo lo que pasó.

Todo, comenzando por la guerra, pasando por los años en Azkaban y fuera del país, y finalizando con este momento, los últimos meses, días, segundos. Sí, Sirius entiende, y aún así se limita a responder: —No confiaba lo suficiente en ti, supongo que la guerra hizo el resto.

Porque es verdad, no que Remus quería oír, pero lo es. El problema es que Sirius sabe que todo se desencadenó a partir de entonces y no quiero decirlo.

—¿Y Marlene? ¿Estuviste con ella? —preguntó sin apartar la mirada. Sirius no está seguro si la desesperación es por la luna o por la respuesta.

Se sentía como un pay partido en rebanadas desproporcionadas, una parte quería reírse, otra está de acuerdo en que no es una idea descabellada –Marlene y él quizá hubieran salido si sus gustos no fueran en direcciones opuestas–, una parte pequeñísima está molesta porque Remus siquiera pueda imaginarlo y otra parte mucho más grande quiere disculparse por haber causado esas ideas en Remus.

—Nunca salí con ella, Remus, no de esa manera. Nosotros sólo...

—Todo el mundo dijo que estaba embarazada cuando murió. ¿Es verdad? —Sirius se sintió atrapado, no podía respirar, huiría si la luna llena no iluminara el cielo. Pero ahí está.

—Ella no estaba embarazada. E incluso si lo hubiera estado, su hijo sería mío —respondió bruscamente—. ¿De dónde mierda sacaron eso? —masculló bajito, alejándose un poco más de Remus –físicamente, claro, porque hace años que están lejísimos–, como si con eso se pudiera huir de las preguntas que le debe.

—De la madre de Peter —mencionó Remus, llamando nuevamente la atención de Sirius—. Ella le dijo a Dumbledore y a todo el mundo.

—¿Qué? —balbuceó desconcertado.

—Ella buscó a Dumbledore para decirle que había un traidor en la Orden, y cuando… Después de que Marlene muriera fui a casa de Peter de inmediato, yo… creí que él sabría dónde estabas, pero me recibió su madre y me dijo que había sido una pena lo de tu familia, que era de esperarse todo lo que hacías, ¿Sirius, de verdad no lo sabes? —preguntó confundido, casi desesperado.

—No tengo ni puta idea de qué mierda hablas —gruñó ansioso –esa maldita rata no tuvo suficiente con engañarlo a él, sino que manchó la memoria de Marlene y torció la verdad a todo el mundo–.

—Fue ella la que le dijo a El Profeta que Marlene estaba embarazada, por ella se esparció el rumor de que el niño que Voldemort buscaba ya no era Harry, sino el hijo de Marlene. El tuyo. El hijo de dos traidores. Después todo el mundo pensó que James estaba muerto, y por eso Voldemort buscaba a otro niño —explicó rápidamente, sin darle oportunidad a Sirius de interrumpir—. Peter le dijo a su madre que te había visto en la casa de los Lestrange, la señora Pettigrew asumió que buscabas… consuelo con el resto de tu familia por perder a tu hijo y… y que ya no te importaba fingir que estabas con la Orden porque ya no tenías a nadie por quien…

—¿Está muerta, cierto? —interrumpió Sirius—. La madre de Peter —aclaró entre dientes.

—Si, murió antes de que Peter fuera a Azkaban.

Sirius asintió para sí mismo y no fue capaz de decir más. ¿Cómo mierda pudieron asumir eso? ¿Cómo carajo inventas a un hijo sin argumentos? Es cierto que Sirius y Marlene fueron buenos amigos en la escuela y en la guerra, sí, pero nunca fueron amantes o algo así, jamás. Sirius ya estaba enamorado de Remus en ese momento –desde cuarto año–. Marlene era una amiga, la mejor de todos, su mejor amiga. Fue ella la que lo convenció de confesarle sus sentimientos a Remus, fue ella la que le ayudó con los regalos de cumpleaños, fue ella la que lo animaba a arreglar los problemas con todo el mundo –por Merlín, incluso llegó a insinuar a su madre–, y fue especialmente ella la que insistió en arreglar las cosas –su relación– con Remus cuando sospechaba de él, antes de que muriera.

Joder, es que para Sirius no tenía sentido, ¿Peter estaba así se loco? ¿Tan desesperado por divulgar su historia que incluso inventó un hijo? Uno suyo y de Marlene, un Black, –oh, Merlín los libre de tal calamidad–, alguien como él.

—Pero sí estuviste con los Lestrange, ¿no? —comentó Remus—. Tu prima lo dijo un billón de veces durante los ataques, que…

—Buscaba a Regulus —cortó con aburrimiento. Quería saber más –todo–, pero no estaba seguro de poder hacerlo, después de todo, no se supone que uno esté enojado con los muertos, sin embargo, Sirius es demasiado bueno llevando la contraria—. Él sabía desde siempre que alguien nos traicionaría, lo buscaba por respuestas, eso hacía con los Lestrange.

El cielo está púrpura cuando Sirius termina de pronunciar "Lestrange" con amargura, al mismo tiempo, James aparece dentro de la cabaña escupiendo un montón de disculpas que Sirius no escucha. Siente que ha estado debajo del agua por mucho tiempo –incluso antes de aparecer frente a la cabaña a medias– y sólo hasta ahora pudo respirar un poco de aire de la superficie.

La luna llena alumbra el bosque desde lo alto, alumbra el camino de tres animales, tres viejos amigos que se reencuentran después de muertes, guerras, secretos, y muchísimas lunas llenas en soledad, pero los animales no se concentran en eso, sólo en estar ahí, corriendo de sendero en sendero como en los viejos tiempos.