Han pasado ya 6 años desde que los gemelos se fueron de Gravity Falls. Los chicos ya tenían dieciocho años. Muchas cosas sucedieron desde entonces, pero la más impactante para el pueblo entero (menos para Mabel que ya lo veía venir), fue la del noviazgo de Dipper y Pacífica, o Dipcifica, como los llamaba Mabel. Esto había sucedido cuando ambos tenían catorce años. Claro que de todos modos a todos les parecía que hacían una buena pareja, por lo que eso no los molestaba, con excepción de Preston que casi se atraganta cuando su hija se lo comentó en una cena. No fue si no luego de un año, más o menos, que terminó por aceptarlo.

También luego de haber comprado la mansión, McGucket se la dejó a Pacífica, y es que él no se acostumbraba a los lujos y se decidió finalmente por venderla a Preston, aunque él y Priscila luego de unos años, cuando Pacífica tenía quince la dejaron vivir sola allí (con excepción del personal), y se fueron a Inglaterra.

El joven Pines se encontraba leyendo aquel diario que había encontrado en el bosque hacía ya seis años, en el sofá de la sala. Ford le había dicho que iba a rendir cuentas con unos unicornios que al parecer le debían dinero y Stan llevó a Mabel a un lugar tranquilo donde podrían hablar más cómodos, ya que iba a darle "la charla" porque sus padres, al no querer arruinar su inocencia, prefirieron no decirle nada. Claro que él ya sabía eso, sucede que cuando tenía ocho años, vió la palabra "sexo" en las noticias, le preguntó a sus padres y ellos le tuvieron que explicar. Le daba pena su hermana, siendo tan inocente, seguramente se encontraría traumada luego de eso.

No tenía intenciones de desayunar, y es que aunque nadie lo creyera así, él no sabía cocinar. Luego de unos minutos, el sonido de la puerta se escuchó, dejó su diario a un lado y se levantó del sofá para abrir. Fue grande la sorpresa que se llevó, cuando se encontró con su novia.

La rubia lo saludó con un beso en los labios que él correspondió al instante, ya que estaba acostumbrado al suave tacto de los labios de ella. ¿Para qué mentir? Besarla era una de sus cosas favoritas, podría hacerlo todo el día y no se cansaría jamás. Y pensar que la primera vez que ella lo recibió de ese modo, estaba sonrojado a más no poder, tanto que el color que había adquirido no parecía haber sido registrado en la gama de los colores existentes. Además se puso sumamente nervioso al punto de tartamudear.

"¿Cómo estás?" preguntó él, ella le sonrió, a lo que el joven no dudó en hacerlo. Saber que esas sonrisas eran solo para él y que era él quien las provocara, se sentía increíble.

"Bien. ¿Tú?" habló ella.

"Igual." dijo "¿Por qué no me avisaste que venías?" cuestionó, dejando que pasara.

"Quise darte una sorpresa." - le respondió ella entrando mientras que él cerraba la puerta.

"Si que lo lograste."

"¿Es que no sabes que todo lo que quiero lo logro?" preguntó con una sonrisa divertida. "Me conoces desde hace seis años."

"No, no tenía ni idea." dijo juguetón, cuando estaba con ella las palabras simplemente brotaban y ese lado de él salía a la luz.

"Bueno cambiando de tema ¿Ya desayunaste?"

"No, no tenía planeado hacerlo."

"¿Por qué?"

"Es que no sé cocinar." habló algo avergonzado. Al ver que ella parecía contener la risa le dijo. "No te rías."

Ella no pudo más y estalló en carcajadas. "Dipper Pines, que se enfrentó a Bill Chiper en el raromagedón y a un millón más de criaturas, no sabe cocinar." habló con dificultad debido a la risa, el mencionado apartó la mirada mientras esperaba a que la risa de la rubia cesara.

"Dije que no te rías." se frustró ligeramente, intentando contener una sonrisa. Lo cierto es que le divertía un poco, solo un poco, la situación. Solo que su orgullo y su frustración podían más que su diversión.

"Bueno, ya que el señor no sabe cocinar, cocino yo." dijo al terminar de reír.

Esta vez fue él quien se rió a carcajadas. "Pacífica, ese fué un muy buen chiste, casi te creo." dijo entre risas

Pero frenó su risa casi al instante, puesto que ver la expresión de la rubia, le provocó un escalofrío. Tenía

ladeada la cabeza, la ceja izquierda alzada, y la nariz un poco arrugada. Esa expresión era como para alertarle que corría peligro. Su novia la usaba para eso mismo. « Tan típico de ella », pensó mientras le sonreía nervioso.

"¿Crees que no puedo cocinar?"

"Bueno, creciste en una mansión rodeada de empleados, por lo tanto pensé que estarías bromeando."

"Te demostraré que sí puedo."

Él volvió a reír incrédulo. "¿En serio, rubia?"

preguntó usando aquel apodo de cariño que le puso al iniciar su amistad y que posteriormente siguió utilizando en su relación.

"Muy enserio." aseguró ella.


"Calabaza por favor reacciona" Stan estaba intentando hacer salir del estado de shock a Mabel, pero parecía imposible.

La castaña por fin reaccionó, pero no de la mejor forma..

"Ahhhhhhhhhhh." se escuchó el grito de la chica en todo el lugar. Los pájaros volaron lejos de allí. Era una suerte que estaban en el bosque, así nadie los escucharía.

"¡Calabaza, detente!" gritó al ver cómo la chica corría por doquier sin rumbo fijo.

El anciano suspiró y tomó su celular para comunicarse con su hermano.

"Ford, tenemos un problema." habló él viendo cómo su sobrina corría y en el proceso chocaba contra un árbol.


Un rato más tarde el castaño estaba sentado en la mesa del comedor, esperando un tanto temeroso de que la chica incendiaria la cocina. Había intentado convencerla por todos los medios, sin conseguirlo. Había intentado con los apodos de cariño, abrazos, besos… cosas que a Pacífica le encantaban, y sin embargo nada le sirvió.

La ojiazul tenía bien fija la idea en la cabeza y nada podría disuadirla. Maldijo lo terca que era su novia. ¡Podría estar incendiando la cocina y él no se enteraría!

Pero el temor que sentía se esfumó al percibir un aroma delicioso. Vio a la rubia trayendo dos platos con un omelette cada uno.

"Espero que te guste" le dijo colocando un plato frente a él y el otro en donde ella iba a comer. Después llevó dos vasos de jugo de naranja a la mesa y se sentó a comer con él.

El chico probó la comida, estaba increíble. Cuando terminaron, una pregunta rondaba en la cabeza del joven.

"¿Dónde aprendiste a cocinar así?"

"Mi abuela materna me enseñó." respondió con una sonrisa llena de melancolía. "Ella me enseñaba a espaldas de mis padres para que no supieran. Empezó cuando tenía seis años, recuerdo que lo primero que me enseñó fué un omelette. Los empleados guardaban el secreto. Falleció cuando tenía díez años."

"Lo siento, no quería…" empezó a disculparse él.

"No importa es lindo recordarla de vez en cuando sin que suene como una tragedia" se encogió de hombros con una sonrisa triste.

"Bueno. ¿Qué hacemos?"

"Ni idea." dijo secando las pocas lágrimas que salían de sus ojos. En ese instante se le ocurrió una idea "¿Vemos una película?"

"De acuerdo." sonrió. Luego frunció el entrecejo "A todo esto, me pregunto qué estarán haciendo los demás"


"Bueno, es un placer negociar con ustedes."

Ahí se encontraba Ford, con seis unicornios desplomados en el suelo, tenía cabellos, lágrimas y lo que se podría pensar que era sangre de unicornio en toda su chaqueta además de su pantalón y estaba rodeado de tesoros

"Es un demonio." dijo una de esas criaturas.

El hombre sonrió ante ese comentario, guardando una de las armas que había elegido para la ocasión. Aunque además de aquellas armas, también había usado el combate físico.

"La próxima vez lo pensarán mejor antes de no pagar una apuesta cuando pierden. Es una cuestión de honor amigos, espero que aprendan que…"

Sintió un ruido proveniente de su bolsillo, era su celular.

- ¿Stanley? Estoy a mitad de mi discurso de victoria." dijo. "¿Qué problema?" frunció el seño. "Oh, voy para allá. Bueno, debo irme."

Y se fué de allí triunfante mientras las pobres criaturas lamentaban haber conocido a aquel hombre.

Así que los unicornios aprendieron a que cuando hay que pagar nada te salva. Menos si es a Ford a quien hay que pagarle.


Dipper y Pacífica se encontraban viendo la película: Un príncipe para navidad. La programación de los canales era mucho mejor desde hace unos años. Estaban abrazados, sentados en el sofá. Escucharon la puerta y se asomaron a ver. Vieron a Ford lleno de joyas encima, incluso llevaba una corona sobre su cabeza, además de lágrimas y cabellos de unicornio, cargando varios tesoros. Stan con cara de pocos amigos, lleno de barro, también cargando tesoros y con una corona puesta. Y Mabel tenía ramas tanto en el cabello como en todo el cuerpo, un moretón en la frente y se encontraba en la misma situación que sus tíos, portando una corona más pequeña que las de éstos.

Los otros dos se miraron y enseguida se echaron a reír a carcajada limpia.

"¿En qué les servimos majestades?" preguntó el chico.

"¿Nos explican por qué vienen así?"

"Larga historia." dijo Ford

"Me han traumado." habló Mabel mirando a un punto fijo.

"El que le haya hecho eso a mi mejor amiga me la paga." y solo ésas palabras bastaron para que Stan quede pálido, pensando cuál sería el mejor lugar para huir. Los demás, salvo Mabel que seguía en shock, se estremecieron agradecidos de no ser el objetivo de la ira de la rubia.

Al final todos obtuvieron algo. Stan obtuvo una buena paliza. Pacífica tuvo la satisfacción de la justicia, tanta como para que Stan termine con una pierna rota al igual que un brazo. Dipper un buen desayuno. Mabel una lección de reproducción humana. Y Ford muchos tesoros que Stan no pudo robarle por su pierna rota.


Además de Miraculous, me encanta Gravity Falls, este fanfic es de hace un tiempo, así que lo edité un poco para que quede decente.

Gracias a los que comentaron y votaron mis otras historias.

~Kiaru1848~