Nota de inicio: Nos encontramos en un mundo AU. Es decir, Yona es una princesa, Hak pertenece a la tribu del viento, hay una leyenda, tenemos los dragones (cada uno con su pasado canon) y también está la reencarnación de Hiryuu; sin embargo, yo me he inventado un par de cosas respecto a los dragones y sus "poderes" extrasensoriales para que se adapten a la trama y por supuesto la forma en la que se conocen dista muchísimo de la historia oficial. Ya lo veréis.

¡Espero que os guste!


Relato 2. De celdas y escapadas.

[Frase 60]


La visión que había ante sus ojos parecía irreal, algo imposible. Jamás, ni en sus más profundos pensamientos, llegó a imaginarse que…

Una mirada azul, clara como un día soleado, la estaba mirando desde el otro lado de los barrotes.

—¿Quién eres? — escapó la pregunta de sus labios antes de haberla pensado.

El cautivo siguió mirándola con intensidad y Yona, evaluando a ese producto de su imaginación, pensó que no tendría un par de años más que ella, unos 13 o así. Era tan solo un muchacho que apenas había entrado en la adolescencia, pero el desafío en su expresión lo hacía ver muchísimo más mayor y maduro de lo que era.

—No deberías estar aquí— dijo él, y su voz sonó vacía, hueca, desprovista de sentimientos alguno. Después, apartó la mirada y apoyando la cabeza en la pared a su espalda, ignoró su presencia.

La curiosidad pudo con la furia que la inundó debido a su comportamiento descortés con ella, ¡ella!, quien era, ni más ni menos, la princesa del reino de Kouka.

—Te he preguntado que quién eres— repitió con grandilocuencia, sacando pecho u alzando la barbilla en un acto inconsciente.

Él hizo como si no la hubiera oído.

Yona tuvo que contener las malas palabras que pugnaron por salir de sus labios y que no serían propias de una dama como ella. Seguro que estaba ahí encerrado por su grosería; su boca lo habría metido en algún lío.

—Muy bien, ¡me marcho, maleducado! ¡Quédate solo y aburrido! ¡Pienso olvidarme ti, tonto! — farfulló entre dientes, fulminándolo con la mirada, y se dio la vuelta para salir de aquel horrible e inquietante lugar.

Estaba llegando a la puerta cuando escuchó la voz de él a su espalda:

—No deberías estar aquí.

Yona reprimió la sonrisa de victoria a duras penas y cuando se giró para mirarlo, tenía los brazos cruzados en el pecho y una de sus cejas en alza.

—Lo sé, pero tenía curiosidad— respondió con seguridad. Nunca le diría que estaba huyendo de su Nana, quién la obligaba durante horas a leer en su habitación y ella lo único que quería era corretear por los jardines y conocer el mundo que había más allá de los ventanales de palacio; ver que había fuera de sus aposentos.

Sus palabras fueron acogidas con verdadera sorpresa por el muchacho, quién ladeó el rostro para mirarla con una pizca de curiosidad. En la distancia y alumbrado a duras penas por las antorchas de las paredes, no era más que una sombra en el lugar, un espectro desterrado en este lugar.

—¿Cómo has llegado aquí? — preguntó él y sus palabras seguían marcadas por esa indiferencia.

Esta vez no reprimió la sonrisa orgullosa que emergió de ella.

—Soy muy buena escabulléndome— se encogió de hombros, y no dudó cuando empezó a caminar hacia la verja que los separaba.

—Uhm— asintió él, y entonces, apartó la mirada, seguramente para ignorarla de nuevo.

¡Oh, no! ¡Otra vez no!

—¿Sabes quién soy? — inquirió llegando a la altura de los barrotes.

El chico la miró de reojo por un momento, pero no dijo nada.

—Soy Yona— insistió ella, sin dar su brazo a torcer— ¿Has oído de mí? Soy la prin-

—La princesa, lo sé— la cortó abruptamente— Tu ropa es demasiado cara y bonita y tienes muy mal genio.

—¡¿Mal genio?! — exclamó indignada y lo fulminó con la mirada— Eres muy maleducado y grosero, que lo sepas.

Él chasqueó lo lengua, poniendo los ojos en blanco.

—Siento mucho no poder invitarte a sentarte a mil humilde morada, princesa. No dispongo de suficiente mobiliario

El tono burlón y sarcástico debió haberla enfurecido algún más, pero no supo qué fue, quizás la tirantez y tensión de su cuerpo, la brusquedad en sus palabras aparentemente indiferentes, o el significado que había tras ellas, pero una extraña sensación de adueñó de su pecho.

Mordiéndose el labio inferior, se aferró a los barrotes y se quedó mirándolo por un momento en silencio. El muchacho no dejaba de observar el suelo y apenas podía distinguir sus facciones, pero fueron sus brazos rodeando sus rodillas lo atrajeron su atención. En uno de sus puños sobresalía…

Imposible.

—Yo te conozco— murmuró, entonces, sintiendo una súbita sensación de incredulidad.

Él alzó la cabeza y sus ojos se encontraron en la distancia.

—Sí, tú eres… Tú viniste al castillo antes. Te he visto aquí— siguió diciendo para ella misma, intentando hacer memoria— ¿Cómo te llamabas…? Hak. Sí, ¡Hak! Perteneces a la Tribu del Aire. Te enfrentarse hace unos meses a Joo-Doh y Geun-Tae y los venciste. ¡Me acuerdo de ti!

El chico, sí, Hak, se removió en el sitio y apartó bruscamente la mirada encogiéndose sobre sí mismo. Cualquier sensación de júbilo por haberlo reconocido que podría haber aparecido en Yona desapareció por completo y dejó en ella una incómoda sensación de vacío. Se aferró a los barrotes, intentando, inútilmente, acortar la distancia que los separaban.

—¿Por qué… por qué estás aquí? — preguntó en un hilillo de voz.

—No deberías estar aquí, princesa. Como te pillen, será malo para ambos— escupió con brusquedad, moviéndose para para darle la espalda y quedarse mirando la pared del fondo.

El sonido de unas cadenas arrastrándose por el suelo resonó en el silencio del lugar y no fue hasta ese momento que Yona descubrió que una de sus piernas estaba encadenada a la pared.

Sintiendo sus ojos llenarse de lágrimas, Yona se dio la vuelta y se marchó corriendo de allí.

·

—Toma— murmuró, dejando su pañuelo favorito de hilo fino en el suelo dentro de la celda.

—No era necesario, princesa— farfulló Hak, y aunque no veía su expresión, Yona se lo imaginó poniendo los ojos en blanco.

Le sonrió de esa forma que sabía que a él lo ponía de los nervios.

—Calla y come, anda. Te aseguro que cuando te lo acabes, estarás llorando de la emoción.

Hak murmuró por lo bajo algo que no llegó a entender, pero terminó acercándose a los barrotes, empujándose por el suelo con ayuda de sus manos. Yona, quién estaba acuclillada al otro lado, contuvo la respiración cuando lo sintió a pocos metros de ella y su corazón aumentó de velocidad incomprensiblemente cuando advirtió que, al contrario a lo que hacía siempre que ella le daba algo, no había alejado para volver a su lugar "favorito", sino que se quedó a lado apoyado en la pared.

Si Yona extendía la mano entre las barras de hierro, sería capaz de tocarlo, se dio cuenta en ese momento.

Su estómago cosquilleó, inquietándola aún más.

El flequillo negro de Hak tapaba sus ojos en el momento que cogía el pañuelo y lo abría en su regazo, descubriendo así en su interior unas galletas que parecían tener muy buena pinta.

—Pruébalas, ya lo verás— insistió Yona, al ver que se quedaba mirándolas en silencio.

Lentamente, él cogió una con sus manos llenas de tierra y se la llevó a la boca. Masticó sin que su expresión se alterase ni un palmo.

—¿Y bien? — exclamó la joven, intentando no mostrarse muy desesperada.

—Están buenas.

—¿Solo buenas? — tuvo que contenerse para no chillar de la indignación— ¡Las hice yo! ¡Están riquísimas, son las más buenas que has probado en tu vida, reconócelo!

De pronto, la comisura de los labios de él se alzaron ligeramente y la boca de Yona se abrió, incrédula cuando supo lo que estaba intentando -y había conseguido- con este comportamiento. ¡Se estaba burlando de ella!

—¡Oye! — se quejó, pasando la mano por entre las barras para golpearlo— ¡Eres malo!

La risa de él se escuchó en el lugar y Yona sintió como su corazón se detenía por un segundo. En los dos años que llevaban conociéndose, y en los que Yona lo visitaba diligentemente cada vez que podía escaparse en las noches para poder pasar un rato con él, jamás lo había escuchado reír.

Nunca habría pensado que era un sonido tan mágico y bonito, que causaba que se revolucionara todo su organismo.

—Ya en serio, están muy buenas. ¿De verdad lo has hecho tú? — la miró y la sonrisa por primera vez había ascendido a sus ojos. ¡Qué brillante se veía ese azul! Conseguía detenerle la respiración y hacerla olvidar cómo se pensaba.

—Bueno— murmuró, intentando salir de sus obnubilados pensamientos— Recibí un poco de ayuda… ¡pero solo con los ingredientes! Amasé yo misma y me aseguré de que no se quemaran después— sonrió con altivez.

Hak no dijo nada, pero la forma en la que se había suavizado su expresión -siempre tenso e irónico- mientras comía en silencio decía muchísimo más que cualquier palabra que pudiera soltar. Yona contuvo el deseo de llevarse la mano a donde su corazón golpeaba con fuerza. Parecía que iba a mil por hora y en cualquier momento se le escaparía.

¿Qué le estaba pasando?

Permanecieron uno sentado junto al otro con las barras de metal por medio y Yona no pudo evitar fijarse en la pluma que rodeaba su muñeca gracias al cordel que uno día, meses atrás, le había traído. Era esa misma pluma que había sujetado siempre en su puño y el motivo por el que ella había recordado quién era…

—Hak.

—¿Hhmm? — mordió la última galleta.

Nunca habían sacado el tema del porqué de su cautiverio. Yona temía que, si lo hacía, el poco avance que había tenido se esfumaría y por eso había estado conteniendo las ganas de saber, pero a veces era tan difícil…

—Quiero preguntarte algo, pero tengo miedo de que te enfades y vuelvas a ignorarme como al principio— decidió que lo mejor es sincera.

Hak desvió sus ojos a los de ella con la expresión llena de sorpresa. Instantes después, pasó a ser compresión y finalmente llegó la amargura e ira a él.

Pero para el asombro de Yona, Hak no hizo el amargo de querer alejarse y ella lo leyó como una pequeña victoria y una tímida invitación a que continuara hablando con cuidado. Apoyó la espada en los barrotes, de pronto incapaz de poder mirarlo, y rodeó sus rodillas con los brazos para después apoyar su mentón en ellas. Se quedó mirando un punto fijo a la distancia, pensativa.

—¿Por qué estás aquí, Hak?

Pensó que no respondería. Había asumido que él no abriría la boca, pero grande fue su sorpresa cuando lo escuchó removerse a su espalda -las cadenas tintinearon- y un suspiró escapó de sus fosas nasales.

—No lo sé— dijo en algún momento con la voz monocorde, desprovista de sentimiento alguno— Un día estaba en palacio luchando en el Torneo coronándome como ganador, como… Bestia del Trueno, y al siguiente… cuando viajábamos de vuelta a Fuuga… fuimos asaltados. Intentamos defendernos, pero alguien me atacó por detrás y perdí la conciencia. Lo próximo que recuerdo es despertar en este lugar.

—¿No sabes quienes fueron?

—¿Quiénes? Princesa, por favor.

—Oh— murmuró con entendimiento y sus mejillas se sonrojaron furiosamente. ¿Por qué si no estaría allí? — Sí, perdón… ¿Sabes al menos por qué te tienen?

—No. Los guardias que vienen a traerme la comida no abren la boca y a los único que veo aquí son a ellos y a ti, cuando consigues escaparte.

Yona luchó contra las ganas de llorar por la situación en la que Hak vivía porque sabía que no llevaban a ninguna parte. Además, él, después de todo lo que estaba viviendo, no necesitaba aguantarla a ella y a su débil carácter.

—Si pudiera…— se mordió el labio inferior, angustiada— Si pudiera salir del castillo, Hak, iría a buscar a tu tribu y les diría que estás aquí, pero papá no deja que nadie entre en el castillo, ni mucho menos a mi salir de él. Todas las reuniones del estado, con los emisarios de las tribus, tienen lugar fuera y soy incapaz de acceder a ellas…

—No te preocupes, princesa. Hacerlo sería ponerte en peligro y nunca querría eso— realmente no la culpaba o no le reprochaba el no poder ayudarle, y eso le hacía sentir a Yona aún peor.

—Pero…

Cualquier cosa que fuera a decir quedó acallada por un ruido seco y lejano. Hak y Yona rápidamente miraron hacia la puerta, lugar donde había provenido el sonido, y se sintieron aterrados. ¿Qué pasaba? Jamás habían aparecido nadie o se había escuchado nada como eso a esas horas de la noche.

—Tienes que irte— le susurró Hak con el cuerpo en tensión.

Yona asintió, poniéndose en pie, pero cuando estaba a unos metros de ella, el sonido de unos pasos resonó en la habitación y Yona tuvo deseos de chillar. ¡Alguien se acercaba!

—No puedo irme por la puerta— gimió Yona desesperada, volviendo a la celda del muchacho. Los pasos se acercaban cada vez más.

—Joder, joder, joder— masculló Hak, mirando a todos los lados en busca de otro plan— Prueba las demás celdas si están cerradas. Métete en la más alejada, allí nunca van y yo me aseguraré de que tampoco lo hagan esta vez.

—Vale— murmuró Yona conteniendo el miedo a duras penas y rápidamente acató la orden.

Las cinco celdas de ese lugar estaban distribuidas en una hilera y como él estaba en la primera, la última se encontraba fuera del rango de visión si venían a hablar con él. No la descubrirían.

Todo iría bien.

Apenas pudo pensar mucho más que la puerta se abrió. Hak se había colocado en el centro de la celda, en una aparente actitud despreocupada, y observó como entraba uno de los soltados, aunque le extrañó que lo primero que viera fuera la espalda. Su ceño se frunció y se acercó hasta las barras para intentar ver mejor.

Pronto descubrió que esa postura era porque estaban cargando un cuerpo entre dos y la respiración de Hak se detuvo cuando vio cómo se dirigían a la celda contigua, la abrían y lo dejaban en el interior. La persona en cuestión debía estar inconsciente porque no pronunció sonido alguno más allá de un gemido quedo.

Uno de los soltados, el que normalmente le llevaba la cena, salió de la celda del recién llegado y se colocó delante de la de Hak. Este le sostuvo la mirada sin vacilar.

—Aquí tienes al segundo de vosotros, bestia, para que os hagáis compañía— se burló mientras que el otro manejaba unas cadenas con las que seguramente pensaban apresar al muchacho.

—¿Quién es?

—¿No os conocéis entre vosotros?

El compañero salió sacudiéndose las manos con una mueca en sus labios y se encaminó hacia la salida, sin mirar en ningún momento en la dirección de Hak.

—Vámonos, que tengo ganas de sentir la suavidad de mi cama, hoy ha sido un día movidito.

—La dosis de droga que le hemos dado es pequeña, así que se despertará en unos minutos. Si no es así…—el viejo se encogió de hombros—, mala suerte.

Carcajeándose, salió en post de su compañero, cerrando la puerta tras él.

Hasta que el eco de las pisadas no desapareció, la respiración de Hak no fue tranquilizándose. Rápidamente se acercó a los barrotes a intentó asomarse entre ellos para ver la estancia entera, aunque fue imposible.

—¿Princesa?

—Estoy bien— murmuró ella.

Una cancela gimió al abrirse y después se escucharon unos pasos. Cuando Yona emergió, Hak la vio más pálida de lo normal con sus ojos puestos en la celda contigua.

—¿Lo conoces?

Yona sacudió la cabeza.

—No, pero se lo ve un par de años más grande que tú…— de pronto, su voz se detuvo y Yona abrió los ojos como plato— Imposible.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Hak… tiene… tiene una mano enorme y blanca… terminada en garra.

·

—Tú no lo eres— afirmó con seguridad Kija.

—Pero… ¿entonces por qué lo cogieron? — preguntó Yona mordiéndose el labio inferior.

Se encontraba sentada con las piernas cruzadas delante del muro que separaba ambas celdas para poder verlos a los dos mientras Hak y el nuevo cautivo, que se había presentado como Kija poco después de despertar, estaban apoyados de espalda en dicho muro en sus respectivas mazmorras.

—Se han equivocado, tú no eres uno de nosotros— insistió Kija— En mi aldea me dijeron que cuando estuviera junto a uno de mis hermanos, lo sentiría, pero no me ha pasado con él en ningún momento.

A Yona aún le daba dolor de cabeza pensar en toda la historia que Kija le has había contado sobre la leyenda de Hiryuu y los cuatro dragones. Aunque con el pasar de los meses había ido asumiéndolo, sobre todo después de ver en primera mano y de tocar la extremidad de dragón del chico, aun le parecía surrealista toda la situación.

Una situación en la que ella no podía hacer nada por mucho que rabiase y se enfureciese consigo misma.

—¿Alguna vez…

—No— Kija sacudió la cabeza— Solo digo lo que me han contado.

Yona suspiró. Eso tampoco decía mucho. Puede que su aldea tuviera razón, o puede que no. No ayudaba mucho a la hora de saber si Hak era uno de los cuatro dragones, aunque aparentemente no tuviera ningún poder ni "parte del cuerpo especial" que fuera herencia de su dragón. Sin embargo, había uno, Ouryuu, que según cuenta la leyenda, parecía un chico normal y corriente que no tenía nada extraordinario a la vista. ¿Y si Hak era ese dragón? ¿Podría saberse de alguna manera? Kija provenía de una aldea donde se veneraba la figura del dragón y Hak jamás había oído algo como eso… pero…

Secuestraron a Hak porque sospecharon de la destreza que mostró en el Torneo, juzgando que era imposible que un niño a esa edad pudiera hacer esas cosas, así que asumieron que debía ser uno de esos dragones. Sin embargo, con la llegada de uno que se veía que lo era que decía estas cosas…

Iba a estallarle la cabeza de tantas vueltas que estaba dándole al asunto.

—Todo lo que podemos decir y hacer son elucubraciones estúpidas— soltó de pronto Hak en su característico tono de indiferencia— Da igual que lo sea o no, seguiré aquí hasta que nos saquen para hacernos yo-qué-sé-que-cosa. Lo demás son tonterías.

—Hak…

Lo vio levantarse súbitamente y dirigirse hacia la esquina más alejada; lo que claramente decía que quería estar solo, o en este caso, que no le molestase nadie. Yona suspiró apesadumbrada.

—Princesa Yona…— Kija la llamó suavemente.

—¿Sí? — se volvió a él intentando despejar su mente.

La primera vez que lo había visto, Kija portaba una llamativa y lustrosa ropa blanca que dejaba claro la buena posición social que de la que venía. Ahora, sin embargo, el traje lo tenía manchado por todas partes de tierra, incluido su rostro.

Sus ojos azules la observaron con ternura.

—Deberías irte, ya se ha hecho muy tarde.

No quería.

—Hm, sí— murmuró, asintiendo y empezó a incorporarse. Kija la imitó y pronto estuvieron uno delante del otro con las barras por medio.

—Descansa, la veo agotada, princesa Yona. Ya es muy tarde.

—Volveré nada más pueda, ¿vale?

—No se preocupe, no corra riesgos innecesarios.

Yona suspiró y se contuvo a decirle que eran precisamente estos encuentros los que la mantenían cuerda a estas alturas de su vida y se giró hacia la celda de Hak para despedirse. Apenas pudo abrir la boca, que, de nuevo, unos pasos resonaron por el lugar. ¡No, otra vez no!

Hak rápidamente se incorporó y su mirada se encontró con la expresión histérica de ella.

—Ve— apuntó con la cabeza hacia el final del pasillo y Yona no dudó en meterse en la del final.

Aún quedaban tres más vacías, dos cuando viniera el nuevo ocupante, pero a este ritmo las probabilidades de que la descubrieran crecían con alarmante rapidez.

—¿Qué pasa? — inquirió Kija en la esquina pegada a la verja y a la celda de Hak.

—Alguien nuevo se nos une— respondió este en el segundo exacto en el que la puerta se abría.

Efectivamente, traían un cuerpo inconsciente consigo y después de un par de burlas en dirección a los cautivos, los soldados se marcharon cuando el nuevo estuvo convenientemente apresado con cadenas.

Esta vez, el chirrido de la puerta de metal se escuchó antes de que Hak hubiera hablado.

—¡¿Kija?! ¡¿Qué te pasa?! — susurró con fuerza Yona cuando descubrió al chico arrodillado en suelo de su celda con la mano en el corazón.

—Es él — susurró el albino con la respiración agitada y el rostro tenso— Es Seiryuu.

·

—Tomad.

Yona se inclinó para pasarle un odre con agua que había podido llevar de "contrabando" a Kija.

—Gracias, princesa.

Esperó a que terminara de beber para pasárselo al siguiente. Shin-Ah solo asintió en un modo agradecimiento cuando cogió el soporte. Ao, encogida en su regazo y mordiéndose la cola, saltó y pasó por medio de los barrotes hasta llegar a la chica.

—No creas que me he olvidado de ti, Ao— susurró la muchacha dándole un par de nueces. La ardillita, con su botín en mano -o patas en este caso-, se subió en ella para quedarse en su hombro mientras degustaba el regalo, acurrucada en el cabello pelirrojo de ella.

—Ya. Gracias— dijo Shin-Ah, pasándole de vuelta el odre.

—¿Quieres más? — preguntó preocupada. El muchacho de ojos dorados sacudió la cabeza con sus labios moviéndose ligeramente hasta formar una minúscula sonrisa, lo máximo que había visto de él.

Yona suspiró, cabeceando, y se dirigió hacia la última que le quedaba.

—No deberías estar aquí— murmuró Hak, con las manos aferrándose a las barras de metal en una actitud que se veía sospechosamente calmada. Sus pupilas se habían oscurecido.

Yona lo observó con los ojos entornados.

—Me suena esa frase. Hacía tiempo que no me la dedicabas.

Él le correspondió la mirada sin cambiar su actitud.

—Es peligroso que estés con nosotros.

—Hak, llevo viniendo por cuatro años y nunca me ha pasado nada. Tranquilízate. Toma, bebe.

Hizo caso omiso al odre que le tendía.

—Ya han sido dos veces las que han estado a punto de pillarte. ¿Quieres arriesgarte a que haya una tercera?

—¿Y qué pretendes? ¿Qué me vaya? ¿Qué me olvide de vosotros? ¿Qué ya no vuelva más? — le increpó intentando controlar el volumen de su voz, aunque le estaba costando bastante. Sabía las razones que había detrás de la actitud de Hak, pero que quisiera apartarla de esa manera después del tiempo que llevaban conociéndose le dolía más de lo que le hubiera gustado admitir— Lo siento, pero me conoces. Si no tiré la toalla al principio cuando estabas siendo un idiota conmigo, ignorándome completamente, no voy a hacerlo ahora.

Los labios de Hak se tensaron y sus ojos se entrecerraron. Aunque no dijo nada, Yona sabía que su cabeza iba a toda velocidad, pensando una réplica certera para callarla.

—Hak tiene razón, princesa Yona— exclamó de pronto la voz de Kija— Cuanto más tiempo pases con nosotros, mayor será el peligro para ti.

—Tú también no, por favor— gimió Yona— Estáis encerrados injustamente y ya que no puedo ayudaros a ser libres, esto es lo mínimo que puedo hacer por vosotros.

—Tú no debes hacer nada— espetó Hak entre dientes.

—Quiero hacerlo, Hak— se encaró a él con la barbilla en alto, sin mostrar ni un atisbo de vacilación— No puedes pedirme que me vaya y os deje, no mandas sobre mí o mis sentimientos. ¿Qué crees que pasará si salgo por esa puerta prometiendo no volver? Sí, estaré más "segura" como tú dices, pero por dentro estaré muy, muy angustiada por vosotros, triste porque soy incapaz de haceros esto un poco más llevadero y furiosa conmigo misma por yo estar disfrutando de muchas de las cosas de las que estáis privados. Así que, métetelo en la cabeza: por más que me lo pidas, no lo haré.

Hak le sostuvo la mirada por lo que pareció una eternidad mientras su corazón golpeaba con fuerza en el pecho. De pronto, un gruñido escapó de los labios del muchacho y supo que había ganado esta batalla, aunque, por supuesto, no la guerra.

Una petulante sonrisa se formó en sus labios.

—Estás loca— terminó mascullando él entre dientes, llevándose una mano al cabello.

—Tan maleducado como siempre.

Hak la miró con los párpados entrecerrados, pero no supo qué fue lo que lo ocasionó, pero la tensión que reflejaba su expresión fue desapareciendo hasta que acabó por poner los ojos en blanco. Se acercó hacia la verja y sacó la mano entre los barrotes en una muda exigencia.

—Ahora no debería dártela— Yona arqueó una ceja hacia él— ¿No era que no querías nada de mí?

—Venga ya, princesa.

Siendo imposible contener su sonrisa, sacudió la cabeza y mostró una cantidad exagerada de exasperación cuando se la pasó. Él, el muy… descarado, le guiñó el ojo cuando la tuvo entre sus manos.

—Nunca entenderé a los hombres— murmuró Yona acariciando la cabecita de Ao en un tono que era imposible que Hak no lo hubiera escuchado.

La risa baja de él fue la mejor recompensa que pudo obtener y Yona luchó contra el cosquilleo que se asentó en su estómago. Maldito cuerpo que reaccionaba de forma rara cuando de Hak se trataba. ¡No era el momento ni la situación!

Hak le pasó el recipiente vacío y ambos se quedaron apoyados en la reja que los separaba solo que, mirando a direcciones contrarias para estar cara a cara y uno al lado del otro. Sintió a Ao removerse en su hombro y con ello, notó el brazo de Hak cerca suya, así que, aunque no estaba mirado, sabía que Hak debía estar jugueteando con ella.

Un apacible silencio se instaló en el lugar.

—Quedan dos— murmuró Yona en algún momento.

Hak se tensó, pero no se alejó como ella había previsto, sino que tan solo murmuró un «ajá» bajo.

Después de que Hakuryuu hubiera reaccionado a la presencia de Seiryuu, la idea de que Hak fuera un dragón había quedado descartada por completo. Los dragones de la leyenda -o sus descendientes en este casi- sí sabían cuando estaban ante un hermano, y si no había pasado nada cuando Kija llegó ni Shin-Ah tampoco había sentido nada respecto a Hak…

Todo había sido una equivocación.

Hak llevaba allí encerrado por más de cuatro años por un mald- error.

Por supuesto, eso no significaba que los otros al sí serlo lo merecieran, pero… Yona se sentía muy enfurecida con el mundo y consigo misma por no poder hacer nada por ayudarlo. Por no poder hacer más que irlo a ver por las noches y hacerle compañía.

¡Cómo si eso fuese a solucionarle algo!

—¿Qué crees que pasará cuando se reúnan los cuatro? — decidió centrarse en el presente y dejar el fustigamiento mental para cuando estuviese sola durante el día.

—No lo sé. Pero ni siquiera es seguro que vayan a conseguirlo. Según la víbora albina, los que quedan son Ouryuu, que no tiene nada que lo identifique como tal, y Ryokuryuu, cuyo poder está en sus piernas, al parecer. Debería ser escurridizo, tendría que serlo.

No sabía qué le causaba más angustia, si el pensamiento de que esta situación tuviera un fin que no sabían cómo de malo podía ser o que nunca lo tuviera y esto se alargara eternamente.

—Eh, princesa— musitó Hak cuando advirtió la expresión decaída y angustiada de la muchacha— No tiene sentido preocuparse por el futuro. Lo sea que venga, llegará algún día queramos o no.

—No suena muy esperanzador— respondió ella compungida, pasando las manos por sus mejillas para asegurarse de que no se le habían escapado las lágrimas.

De pronto, sintió un roce en su mentón y el corazón de Yona se detuvo cuando los dedos de él la hicieron alzar la cabeza para que sus ojos se encontrasen. Su mano se sentía tan cálida y sus ojos eran tan profundos…

—Para esto estás tú aquí, princesa. Para traer alegría y vida a este lúgubre lugar.

—Hak…

—Sé que te dije antes que no deberías aquí— lentamente, subió su mano hasta pasar un mechón de su cabello por detrás de la oreja y Yona contuvo la respiración— Pero yo… Sabes lo que pienso acerca de eso y no voy a retractarme… Sin embargo, nunca te lo he agradecido. Nunca te he dado las gracias por todo lo que has hecho estos años por nosotros… por mí…— su expresión se suavizó e incluso una cálida y deslumbrante sonrisa se formó en sus labios— No sé qué hubiera sido de mí todo este tiempo si aquel primer día me hubieras hecho caso y te hubieras largado y olvidado de mí.

¿Podía un corazón explotar de lo rápido de que iba? ¿De lo loco que se había vuelto su bombeo? ¿De lo grande que parecía haberse hecho de pronto? ¿Podía un estómago desintegrarse por las intensas cosquillas que lo asaltaban?

—S-sabes que soy de-demasiado ca-cabezota— murmuró con la mente ida.

La mano de él viajó hacia su mejilla para darle una última caricia.

—Y todo los días agradezco que así sea.

Nunca supo Yona cómo fue capaz de llegar a su habitación esa noche.

·

—Así que tú eres la preciosa dama que viene en rescate de estos caballeros…

Yona sintió un estremecimiento cuando escuchó una voz desconocida en el lugar y las lágrimas amenazar con escapar.

Porque eso solo podía significar que habían encontrado un nuevo dragón.

Hak no había alzado la mirada cuando ella había entrado ni cuando había pasado por delante de él para ir hasta la cuarta celda, lugar donde deberían haber encerrado al tercer dragón. Kija le sonrió algo decaído por el camino y Shin-Ah se limitó a observarla y levantar el brazo en un silencioso saludo.

Cuando se detuvo ante el nuevo, descubrió que se trataba de un muchacho de unos veintipoco de años con un largo cabello verde y una sonrisa divertida que contrastaba por completo con el lugar en el que estaban encerrados.

Yona sintió sus piernas amenazaban con no sostenerla.

Ahora solamente quedaba uno.

·

—No.

—Pero…

—Se ha decidido que no y es que no, princesa, no insistas.

—Lo has decidido tú solo— espetó frustrada, conteniendo las ganas de alzar la voz. Se encaminó hacia las otras celdas— ¿Vosotros que pensáis, chicos?

Kija tenía una mueca disconforme en sus labios, Shin-Ah no la miraba a los ojos y Jae-Ha -quién creía que estaría de su lado- se encontraba insólitamente callado. Este último se llevó una mano al pelo y la pasó por ellos en un claro gesto de inquietud.

—Es peligroso, Yona querida.

—¿Y no lo es esperar aquí de brazos cruzado a que encuentren el cuarto dragón?

—Cuando sea, pasaremos por ello— resonó la voz de Hak en el lugar y Yona lo imaginó reclinado sobre los barrotes con el cuerpo en tensión, seguramente deseando deshacerse de ellos solo para estrangularla— Pero no te pondrás en peligro en vano. No cuando no podremos ir en tu ayuda.

—No sabemos cómo lo consiguieron, pero no podemos usar nuestros poderes, Yona. Solo somos unos humanos normales encadenados— añadió Jae-Ha con un deje de rabia.

—¿Perdón? ¿Me he perdido alguno de los últimos cinco años? ¡Ese es el motivo por el que tengo que ayudaros!

—La respuesta es no. Fin de la discusión.

Yona abrió la boca ante semejante muestra de… idiotez y tozudez, y quiso gritar de indignación.

—Yona, entiéndenos…— exclamó Kija en tono de evidente preocupación— Si te pasa cualquier cosa, nosotros no nos enteraremos y…— su rostro se volvió sombrío.

—Ya lo sé, chicos, y os entiendo— replicó con desaliento, sus manos convertidas en puños— Pero también tenéis que hacerlo vosotros conmigo. No podéis pedirme que me quede de brazos cruzados cuando que puedo hacer algo para…

—Ese "algo" tan vago me tiene de los nervios— exclamó Hak irritado, aunque Yona hizo como si no lo hubiera escuchado.

—Llevo mucho tiempo pensando en esto, de verdad. No creáis que es un loco plan que se me ha ocurrido de un día para otro. No. Son meses observando mi alrededor, investigando la rutina de palacio… Sé cómo salir de aquí, sé que puedo ir a buscar ayuda. No podéis pedirme que siga quedándome sentada, suficiente tiempo lo ha hecho ya.

—¿Y si te pillan? — inquirió Jae-Ha observándola con seriedad.

—No lo harán. ¡Confiad en mí!

—Lo hacemos, princesa, lo sabes… pero…— murmuró Kija recargado en una pared cercana a la verja para poder mirarla— ¿A dónde piensas ir? ¿A quién pedirías ayuda?

Hak empezó a mascullar por lo bajo sobre lo pensaba de esta idea.

Yona se quedó en silencio por un par de segundos, repentinamente nerviosa por su respuesta.

—He pensado ir a Fuuga.

El muchacho calló de pronto y el lugar quedó en silencio.

—¿Fuuga? — inquirió Jae-Ha con interés.

—No sabrás llegar, nunca has salido de aquí— espetó Hak en tono grave y bajo.

—¡Pues preguntaré! — exclamó alzando la voz inconscientemente por la frustración que se había convertido en un amasijo de nervios que no la dejaba tranquila— ¡Ya se me ocurrirá algo!

—Yona…— le advirtió Jae-He lanzándole una tensa mirada a la puerta.

La muchacha soltó todo el aire de sus pulmones con una exhalación y se llevó las manos a la cara.

—Lo siento, yo no quise…

—Lo sabemos, tranquila— murmuró Kija.

Yona se echó hacia atrás el cabello y una pequeña sonrisa se formó en sus labios cuando vio a Ao a sus pies. Se agachó para acogerla en sus manos y la llevó a su rostro. No quería, pero sintió las lágrimas acumularse en sus ojos después de que la irritación bajase de intensidad y luchó por que no escapasen; no quería que la vieran llorar, no tenían por qué aguantar su débil carácter.

La situación la estaba superando. Llevaba siendo así desde que admitió que todo esto no era una forma de sublevarse a las órdenes de su padre, que estaba hablándose de que había vidas por medio.

—Tengo miedo— las palabras escaparon de sus labios antes de pensarlo; notó la atención de los cuatro puesta en ella— Pero no por mí, sino por vosotros. Han sido años viviendo con la culpa de yo poder traspasar esa puerta cada noche, de venir aquí para estar un rato con vosotros, pero después tener fuera una cama cálida, comida caliente y variada, poder pasear por los jardines y ver la luz del sol… Siento culpa por haberme obligado a pensar que era incapaz de hacer nada y dejar que pasara el tiempo solo porque este miedo me tenía paralizada… Pero ya no más. Estoy harta de convivir con esta culpa, de menospreciarme— su voz tembló por un momento, pero Yona pudo recomponerse rápidamente— que puedo hacer algo, que puedo ayudaros…— cerró los ojos por un momento y cuando los abrió, cuando clavó su mirada en los dragones que la observaban embelesados, todo el miedo había desaparecido de ella para dejar paso a la decisión.

Ninguno de los presentes pudo replicar nada.

El mundo pareció detenerse cuando los tres dragones a la vez sintieron su corazón detenerse.

Y de pronto…

—Mierda— murmuró Jae-Ha llevándose una mano al pecho.

—¡Chicos! — Yona sintió el corazón a punto de escapársele por la boca. No, no, no…

—¡¿Qué está pasando?! — exclamó Hak nervioso.

Yona se acercó hacia la celda de Hak y lo vio observándola con desesperación a través de los barrotes.

—Ellos… creo que…

El rostro de Hak se volvió sombrío.

—El último, ¿verdad?

Yona asintió, incapaz de pronunciar palabra alguna por el nudo en la garganta.

—¡Joder! — espetó, llevándose las manos a la cabeza, y súbitamente le dio una patada a la reja con su pierna libre— ¡Mierda, mierda!

—¡¿Hak?! — exclamó dando un paso hacia atrás sorprendida por la actitud de él.

—Te van a pillar— la miró con tensión— No hay donde puedas esconderte, ¿lo ves? ¡Al final todo ha sido para nada!

Yona apenas tenía tiempo para preocuparse por sí misma, sobre lo que pasaría si los soldados de su padre la descubrían con los cautivos; el miedo de reunir a los cuatro dragones, de lo que sería de ellos cuando estuviesen juntos y la culpa por no haber hecho algo antes no la dejaba pensar. Sin embargo, no puedo evitar observar su alrededor como si de pronto se pudiera materializar un escondite que habían pasado estos años por alto.

—Princesa.

Empezaron a escucharse los pasos.

—¿Sí? — se giró a él y lo encontró aferrado a las barras con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

Sus ojos violáceos se encontraron con los azules de él y Yona sintió su corazón estallar en mil pedazos.

—Di que nos has descubierto ahora. Ni se te ocurra contarle que llevas conociendo el secreto desde hace años.

—Pero…

Apenas pudo decir nada más. De pronto, la puerta se abrió y Yona se acercó inconscientemente a los barrotes, pegando su espalda a ellos. Sintió los dedos de él en la parte baja de su espalda en una caricia rápida y fugaz antes de que ella se alejase súbitamente y Ao aprovechó el momento para pasar de su hombro al del muchacho.

Como venía siendo una tradición, los soldados entraron llevando un cuerpo al peso, pero esta vez no dieron más de un par de pasos antes de que se detuvieran.

—Pr-prin-princesa…— exclamó el que estaba sujetando las piernas, empalideciendo al encontrarla allí detenida.

Su compañero se irguió y dejaron el cuerpo de malas formas en el suelo mientras se giraban a encararla. Ambos parecían como si hubieran visto un espectro frente a sus ojos.

—¿Qué es esto? — exclamó Yona y casi lloró de alivio cuando vio que su voz no sonó temblorosa— ¿Quiénes son estos hombres?

Los soldados se miraron entre ellos con nerviosismo aunque sin decir nada, y entonces uno de ellos le hizo una señal con la cabeza al otro, quién inmediatamente escapó por la puerta abierta.

—¡Eh! ¡¿Dónde va?! — Yona dio un paso hacia delante sintiendo sus piernas temblar. No, no, no, las cosas estaban yendo de mal en peor.

Escuchó a su espalda el tintineo de la cadena de Hak y el jadeo de las respiraciones agitadas de los dragones.

¿Qué les estaba pasando?

—Pr-princesa, ¿qué ha-hace aquí? — dijo nervioso el soldado.

—Estaba dando un paseo por palacio cuando vi esto— se obligó a improvisar con voz calmada; alzó la barbilla y volvió a arremeter. A veces un ataque era la mejor defensa— ¿Qué es esto? ¿Por qué están encerrados estos hombres?

—Prin-princesa… usted…

De pronto, se escucharon más pisadas por el pasillo y Yona se tensó, desviando su vista hacia el espacio de la puerta.

Mierda.

—¿Qué está pasando?

No lo podía ver, pero Yona sabía que Hak estaba de pie detrás suya, observándola intensamente.

—Princesa, tenemos or-ordenes de su padre de que…

—¿Qué?

Del espacio de la puerta entraron un par de soldados más y de pronto, eran cuatro los que la rodeaban, como si ella fuera la amenaza. La cabeza de Yona daba vueltas, incapaz de asimilar lo que estaba ocurriendo y sus piernas amenazaron con ceder, pero ella se quedó en el sitio, sin mostrar el miedo que la dejaba paralizada. Tenía que ser fuerte. Por ella, por los chicos.

—Un poco descorteses estáis tratando a la princesa, ¿no? — la voz de Hak resonó en el lugar con contundencia y el matiz de indiferencia que él intentaba darle no hacía sino verlo más amenazante.

—Ordeno que os detengáis. Quiero ir a hablar con mi padre ahora mismo. Dejadme pasar— exclamó desafiante.

—Vamos a escoltarla hasta él, princesa— respondió el que se había quedado en el lugar y dio un paso hacia ella. Cuando extendió la mano para coger su brazo, Yona se apartó a tiempo.

—¿Qué haces? ¡Suéltame! ¿Cómo osas agarrarme? — chilló. Tengo que hacerme la indignada, no puedo dejarme llevar por ellos o eso será malo, pensó para sí misma con el miedo anidándose en su estómago.

Escuchó un golpe a espalda que le puso los pelos de punta.

—Princesa, por favor, no se resista, vamos a llevarla…

—No necesito acompañante ni nadie que qué me guíe, sé que el camino de sobra— espetó con dureza.

Los labios del soldado "jefe" se tensaron y desvió su mirada hacia sus compañeros. Cuando la trajo de vuelta en ella, el nerviosismo había desaparecido para dejar paso a un extraño sentimiento que no supo descifrar; pero que, definitivamente, no era algo bueno, sobre todo cuando segundos después se tiró otra vez hacia ella.

—¡Princesa! — oyó el grito de Hak.

De pronto, un fuerte estruendo dejó a todos los presentes conmocionados y paralizados en el sitio. Rápidamente se giraron hacia el lugar de dónde había provenido y… ¿la verja de hierro había sido arrancada?

Durante un segundo, nadie se movió. No se escuchó sonido alguno.

Entonces, una figura se mostró en el pasillo de las celdas, una que rápidamente Yona reconoció: ¡era Jae-Ha!

—Muchachos, tranquilicemos y no saquemos las cosas de quicio— exclamó en un tono jubiloso. Una brillante y amenazante sonrisa alumbraba su rostro.

¡Bom!

Otra verja fue arrancada, esta vez la que pertenecía a Kija y el sonido retumbó en el lugar. Kija apareció en escena con los ojos brillantes y su garra en alza.

—Pero… pero…— balbuceó uno de los soldados dando un paso hacia atrás.

—Cuidado, Shin-Ah— dijo Kija antes de acercarse hacia él y aferrándose a las barras con su mano de dragón, pegó un tirón y la arrancó de su sitio.

—Chicos…— exclamó Yona todavía conmocionada, sin poder moverse.

—Oh, dios mío… ¿qué está pasando?... — murmuraban para ellos los soldados asustados.

Jae-Ha, mientras que Kija ayudaba a su hermano dragón, se había acercado a dónde estaba Yona y la muchacha sintió un profundo alivio cuando la mano de él se posó encima de sus hombros y de un tirón, la colocó detrás de su cuerpo.

A su lado, se colocaron sus dos hermanos y cuando los soldados vieron a los tres cerniéndose sobre ellos, de pronto con todas sus fuerzas y sin nada que se impusiese entre ellos, empezaron a temblar. No duraron de pie mucho más tiempo; con una agilidad pasmosa, los dragones consiguieron dejarlos K.O en apenas un momento.

—Eso ha tenido que doler— exclamó una voz desconocida, sobresaltando a los presente que permanecían conscientes.

Todos se giraron hacia el muchacho de sonrisa abierta y expresión alegre con los cabellos rubio como sol que se encontraba sentado en el suelo con las piernas cruzadas.

—Ouryuu— exclamó Kija.

—¡Hey! — saludó él poniéndose en pie— Ha pasado tiempo sin tener noticias. Zeno está feliz de que el plan haya salido bien.

—¿Te dejaste capturar queriendo? — se sorprendió Jae-Ha.

La sonrisa de Zeno se hizo más grande y se encogió de hombros.

—No sé si lo sabéis, pero os estáis olvidando de alguien— dijo de pronto Hak con clara molestia— ¿Cuándo pensáis sacarme de aquí?

—¡Ah, sí! — exclamó Jae-Ha— Voy, voy…

—No, tú no, que terminarás aplastándome— lo fulminó con la mirada.

Jae-Ha sonrió aún más, pero reculó en su intento.

—¿Estás bien? — Yona se acercó hacia el recién llegado. No parecía tan cansado que sus hermanos cuando despertaron la primera vez.

—Zeno está perfectamente. En realidad, Zeno está feliz de conocerla finalmente, señorita.

—¿A mí?

Él asintió enérgicamente.

—¡Claro! ¡Es usted la persona de la leyenda, la reencarnación de Huryuu!

El corazón de Yona se detuvo por un instante.

—¡¿Qué?! ¡¿Yo?!

—Tenemos que irnos— murmuró Shin-Ah, apareciendo de pronto junto a ellos con la expresión tensa mientras miraba al infinito— Vienen más.

Se escuchó el crack de otra verja al ser arrancada y un par de segundos después estaban siendo rodeado por los demás. La vista de Yona se escapó por un momento hacia Hak y sintió su corazón -que ya de por si había estado bastante errático con los últimos hechos- hincharse un poco más. Después de cinco años… por fin… por fin

—Vayámonos de aquí— exclamó Jae-Ha, emprendido la marcha con decisión.

—Te lo explicaremos todo después, princesa Yona— le sonrió alentadoramente Kija—, pero sí, tú eres esa persona que buscábamos. No lo hemos sentido hasta que no nos hemos reunidos todos— le acarició fugazmente la mejilla y se marchó siguiendo a sus hermanos.

Los pies de Yona se quedaron anclados en el suelo.

—¿Qué haces? Tenemos que irnos antes de que lleguen más— le instó Hak cuando vio que no se movía.

—Yo… ¿Irme? — murmuró asustada.

El ceño de él se pobló de arrugas.

—Pensabas irte sola antes— en un par de pasos, acortó la distancia que les separaba y Yona se quedó admirándolo en silencio. Era… tan alto… y tan imponente…— ¿Qué pasa, Yona? — inquirió con suavidad.

—Es solo… Es solo que… ha pasado todo tan rápido que…— balbuceó perdida y, siendo sincera, muy asustada— ¿Qué pasará con mi padre? ¿Y qué es eso que han dicho que soy yo la reencarnación? ¡Solo soy una mujer débil y tonta, que nunca dio un paso por sí misma!

—Ni se te ocurra pensar eso— la calló abruptamente, con un brillo de molestia en su mirada— Te ponías en peligro cada que vez que venías. ¡Nadie habría hecho lo que tú…!

—Pero…— su corazón bombeaba con el aleteo de un colibrí.

—Princesa, escucha, no sabemos a cuántos ha avisado el que se largó antes, ni lo que ha dicho, pero no podría la mano en el fuego al decir que se ha callado tu nombre en todo esto. ¿No lo ves? Si te quedas aquí, estarás en peligro.

—Pero papá…

Su padre no dejaría que le pasase nada, ¿verdad? Sin embargo, ese hombre también había sido el causante de que un chaval de 13 años fuera apresado y encarcelado por cinco años y también había buscado en cada esquina de Kouka para encontrar a los dragones de la profecía para hacer no sabía qué con ellos…

¿Qué más cosas podría haber hecho? ¿Por qué la tenía tan celosamente resguardada en el castillo? ¿Sabría él quién era ella? ¿Se lo había estado ocultando?

—Tengo miedo, Hak— su voz se quebró y al abrazarse a sí misma descubrió que estaba temblando.

—Es normal, pero no debes tenerlo, princesa— exclamó con vehemencia, acunando su rostro— No te dejaré sola. Tú estuviste junto a mí en todo momento y no dudes que yo no haré lo mismo. Te protegeré, lo prometo aquí y ahora, para siempre.

Buscando su calor corporal, Yona pasó las manos a su alrededor sintiendo como el tiempo se escapaba de sus dedos conforme los segundos pasaban y ellos no se movían, pero llevaban tanto tiempo soñando con este momento: con ver a Hak a libre y poder sentirlo sin nada que se interpusiese entre ellos…

Él debía sentir lo mismo porque sus brazos la acogieron de decisión y ternura como si quisiera que se fundieran en uno.

—Ayúdame a ser más fuerte, Hak.

—Lo seremos juntos, princesa— le juró él.

Seis figuras escapaban del castillo Hiryuu poco después, cuando el sol despuntaba por encima de las montañas.


Nota final: Sé que he dejado muchas cosas en el tintero. En un principio había pensado hacer esta historia como un one-shot corto, sin embargo, soy así de maravillosa que cuanto menos quiero escribir, más cosas se me ocurren. Por ahora voy a dejarlo así, aunque dejo la posibilidad -no me comprometo- a escribir una continuación o una historia aparte donde entraría en más detalles de todo los años que he contado tan escuetamente. El tiempo lo dirá.

¡Nos vemos en próximo capítulo!